El primero y el último
Primera Parte

Abraxas


Cuando aún era adolescente y estaba en tercer año de colegio tuve mi primer encuentro sexual con un hombre. Fue con mi mejor amigo. No creo que ninguno de los dos pensara que por disfrutar un poco con el otro éramos gays. Ambos lo veíamos (o nos esforzábamos en verlo) como la forma en que dos adolescentes descubrían otras posibilidades de placer además de la recurrente y constante masturbación solitaria.

Fuimos probando cosas durante un tiempo. Lo habremos hecho en unas diez ocasiones. La primera fue sólo un juego nervioso de dos personas rebosantes de deseos sexuales confusos. A partir de ahí, las cosas fueron tomando, cada vez, mayor forma. Desde las primeras exploraciones con manos temblorosas e inseguras, llegamos a probar el sexo oral. Pero fue durante la penúltima vez que me hizo una propuesta que cambiaría nuestra relación y, por qué no decirlo, nuestras vidas. Me propuso penetrarme y yo le contesté que tendría que pensarlo.

El sexo anal era algo que no me había planteado. A mi edad aún estaba lleno de prejuicios respecto al sexo. Una cosa era masturbarnos mutuamente y mamarnos un poco, pero ser penetrado era algo que asociaba solo con los "playos" o "maricones", como llamamos en mi país despectivamente a los gays. Esa noche me quedé pensando hasta dónde habíamos llegado y me di cuenta de que tenía una lucha interna entre lo que quería hacer y lo que debía hacer. Pero comencé a aceptar que yo lo deseaba intensamente, y que lo que sentía por mi amigo ya no era amistad sino amor. Por lo tanto yo era gay... los dos éramos gays.

Al día siguiente llegó a mi casa. Fuimos a mi cuarto con el pretexto de estudiar. Apenas entramos nos comenzamos a desnudar. Nos tiramos en la cama y me pidió que lo mamara. Los dos teníamos las pichas exactamente iguales: 18cm, perfectamente duras, del grosor perfecto, circuncidadas. A los pocos minutos me dijo que me diera la vuelta y me trató de penetrar en seco. La falta de experiencia era evidente, y la premura de él por hacerlo también. Comencé a sentir algo amargo, pues después de lo que pensé la noche anterior, deseaba besos, caricias, palabras amables. Pero me callé esos sentimientos y me decidí a darnos el mayor placer posible.

Tome un crema y me llené mi culo y su picha con eso. Me acosté de espaldas y me penetró de un golpe. Me salieron lágrimas pero soporté el dolor. Al momento, comencé a sentir que el ardor y el dolor se transformaron en una sesión de placer que no podía describir. Sus arremetidas inexpertas me producían gran placer. Me llenaban. Sentía su verga entrar y salir de mi culo, despertando sensaciones dormidas desde siempre. Eran sensaciones casi insoportables. Me hacían temblar, estremecerme. Comencé a sentir una presión en la base de mi picha insoportable. Me di cuenta que el semen se escurría por mi verga a pesar de no haber sentido aún un orgasmo como tal. Tal vez desde el principio. De repente comencé a eyacular con una fuerza y en una cantidad que me asustó. Pero lo que más me alarmó fue lo que sentía. Un placer tan grande que dolía. Al mismo tiempo mi amigo explotó. 

Yo me sentí pleno en todo sentido. Cuando él sacó su verga lo volví a mamar. Él me dijo asombrado:

- ¿Qué ha pasado con vos? Te volviste un maricón. Hasta te gusta que te meta la verga en el culo.

Yo me asombré y me sentí mal. De repente caí en la cuenta de que los sentimientos no eran los mismos. Me levante, me vestí y le pedí que se fuera. Ese día terminó nuestra amistad y empezó un período de confusión y depresión para mí, que se extendió por muchos años. 

Lo primero que me dije fue: "No soy una loca, no sé por qué hice esto. No lo vuelvo a hacer".

Yo era todo lo contrario al prototipo de un "maricón". Era deportista, de cuerpo musculoso, líder de mis amigos, buscado por mis amigas. Pero cada noche, al buscar mi verga para masturbarme, volvían las imágenes de hombre, de pichas deslizándose en mi boca, de vergas entrando en mi culo. Hice muchas cosas en los años siguientes para romper con eso, pero fue inútil. Después de muchos años me tuve que aceptar. Me di cuenta de que ser gay no era la tragedia que creía y que no era monopolio de hombres afeminados.

De mi amigo les puedo decir que trató en varias ocasiones de acercarse de nuevo a mí. Incluso me escribió una carta pidiéndome perdón y que volviéramos a ser amigos de nuevo. Nunca contesté. Lo ignoré. No lo podía perdonar. 

Esa posición se mantuvo por doce años, hasta hace cuatro meses, cuando nos volvimos a encontrar. Esa es la otra parte de la historia.


abraxas18@latinmail.com