El primero y el último (II)
Abraxas
Después de doce años, nos volvimos a encontrar. Hacía mucho tiempo que no lo veía. Me habían contado de su matrimonio, que solo duró 3 años. Hacía
sólo 8 meses se había divorciado.
Caminaba por un centro comercial cercano a mi casa, y estaba viendo algunas ventanas. De repente sentí que alguien venía con gran velocidad hacia mí. Sentí que me iba a embestir. Apenas pude reaccionar abriendo mis brazos y recibiendo el abrazo de mi amigo. Me abrazó tan fuerte que ni podía pronunciar palabra. Después de un par de minutos, se separó un poco y me dijo:
- Espero que hayas olvidado lo que pasó hace tanto tiempo. Aún no estoy seguro
qué fue, pero ni un sólo día en todos estos años te he dejado de recordar. Jamás he querido a un amigo como te quise a vos.
Por un momento me sentí aturdido y hasta apenado, pero no había mucha gente cerca. Tuve que aceptarle que pensaba lo mismo. El odio y el rencor que sentí por él, no eran más que la otra cara del amor que le tenía. Me produjo una gran alegría ese gesto tan espontáneo, pues de otra forma nos habríamos saludado de lejos con una sonrisa, como acostumbrábamos las últimas veces que nos vimos.
Inmediatamente organizó una salida para contarnos todo lo que hubiera que contar de nosotros. E incluso me dijo:
- Quiero que volvamos hasta aquella tarde en que nos separamos porque necesito saber exactamente qué salió tan mal.
Para no hacer el cuento tan largo, él quedó de pasar por mí a mi casa. Así lo hizo y me pidió que trajera un poco de ropa pues me tendría que quedar a dormir en su departamento. Quería que la noche no la interrumpiera nadie y ese era, según él, el lugar más indicado.
Al llegar, me di cuenta de que había preparado un poco de comida, y de postre tenía mis chocolates favoritos. Eso me conmovió un poco. Después de hablar algunas trivialidades, nos tratamos de poner al día con nuestra vida.
Al rato le conté que, luego de unos años difíciles, aprendí a aceptar mi homosexualidad y que trataba de ser lo más feliz posible.
Él comenzó a preguntarme de todo: que si tenía pareja, que cómo era ser gay, qué cosas hacía, a qué lugares iba, etc.
Al rato se quedó pensativo. Guardé silencio esperando a que él hablara. Por fin se volvió hacia mí y me dijo:
- Yo también soy gay. Pero he sido un cobarde. Me casé pensando que eso lo dejaría atrás. Pero no pudo ser. Ya me habían dicho que eras gay, y te envidiaba por tu valentía. Y sentía celos también...
- ¿Celos? - le pregunté - ¿Te da celos o envidia? ¿Habías deseado estar con otros hombres como yo?
- No - me dijo - Habría deseado que no estuvieras con ningún hombre excepto yo.
- ¿Qué? ¿A qué viene todo eso?. No hagás bromas de ese tipo. Creo que seguís siendo el mismo de aquella tarde.
- No, te hablo en serio. Aquella tarde fui un cobarde. Yo también te amaba, pero no me atreví a decirlo. Preferí huir. Por miedo, por inseguridad, por lo que fuera. Y me perdí de todos estos años.
- ¿Y qué querés ahora?
- A vos. Te quiero a vos. ¿Por qué crees que me divorcié? Hace un tiempo hablé con mi esposa y fui sincero. Me
odió, me dijo hasta de lo que iba a morir. Pero luego lo aceptó. Entendió que no podía vivir con una mentira.
Sólo me pidió que me cuidara y que no fuera promiscuo. Yo le dije que no lo iba a ser. Que sólo habría uno. Y aunque me costara toda la vida lo iba a conseguir.
- ¿De qué hablás?
- De vos. ¿No te das cuenta que te amo? No sabés lo que sentía al verte por ahí, imaginando que conocerías a alguien más. Me odié tantas veces. Te amo, y te amo de verdad. No es algo que se me ocurrió ayer. Cuando te saludé en el Centro Comercial y me abrazaste, no existía nada ni nadie más en el mundo.
Sólo vos. Déjame compartir mi vida con vos.
- Pero Adrián, no es tan fácil. En doce años te hacés un extraño para los que dejaste atrás. Yo no soy el mismo. Vos tampoco.
- ¿Y si conocieras a alguien hoy y te invitara a salir? ¿No le darías una oportunidad? Dejá que nos conozcamos de nuevo.
Todo esto era una imagen surrealista. Todavía no entendía qué pasaba. Le vi su cara, sus ojos. Vi la ansiedad y el temor que reflejaban. Pensé en hablar más, en castigarlo más. Pero ese sería también mi castigo. A la mierda con todo. Lo abracé. Lo besé. Y todo fue maravilloso.
Comenzamos despacio, con precaución. Pero pronto nos volvimos locos. Creo que rompimos nuestra ropa en la prisa por encontrar la piel. Quería sentirla de nuevo.
Una vez desnudos, comenzamos a besarnos como quien lo hace la primera vez. Ninguno podía dedicar mucho tiempo a un mismo lugar. Humedecimos con nuestros boca cada centímetro del cuerpo del otro. No quería llegar hasta a su verga, que parecía a punto de explotar. No quería que llegara a la mía, porque no soportaría el roce de sus labios sin eyacular. Continuamos explorando cada parte de nuestros cuerpos. Encontré el agujero de su culo, lo
chupé con ansiedad. Él dio la vuelta, se puso sobre mí y en un perfecto 69 nos penetrábamos el culo con nuestras lenguas. La mía la sentía adolorida, pero quería sentir más sus pliegues internos y calientes.
Él metía al mismo tiempo su lengua que humedecía todo a su paso.
Esto no podía durar mucho. Tomó mi verga y la introdujo en su boca. Nunca sentí nada igual. Su calor, su humedad, la succión. Sentía que me sacaría por ahí todos los líquidos de mi cuerpo. Yo hacía otro tanto con la suya. Pasaba de su verga a sus huevos. Los chupaba con la fuerza suficiente para estremecerlo, pero con la delicadeza necesaria para no convertir el placer en dolor. Metí su verga en la boca una vez más, deseoso de sentir su semen en la boca. Yo no soportaba más tiempo y
él tampoco. Comenzó a regarse en mi boca y yo en la suya. Sentía que a ambos nos salieron litros de semen.
Tomé cada gota, la degusté y la tragué.
Pero nada había cambiado. El orgasmo, la eyaculación y todo seguía igual. Todavía seguíamos con el mismo
deseo. Como si en una noche pudiéramos recuperar doce años. Sin detenernos siquiera a respirar, nos besamos, intercambiamos restos de semen, y empezamos de nuevo a recorrer nuestros cuerpos.
En un momento se puso en cuatro y me dijo que lo penetrara. Ah! Tanto lo deseé. Tanto lo odié por no haberme correspondido, y ahí estaba, esperándome. Lo lubriqué un poco más, pero
él me dijo:
- No quiero tu lengua, quiera tu verga. Si duele que duela, he esperado muchos años ese dolor.
Lo penetré sin esperar más. Caliente, estrecho, suave. Era como si dos piezas perdidas se ensamblaran perfectamente después de mucho tiempo. Probamos todas las poses posibles y las imposibles también. El dolor en mis huevos era mayúsculo. Sentía tanto semen dentro que parecía que mi cuerpo lo había reservado durante muchos años para esta noche. Me vine y llené su culo con ese
líquido caliente, y al sentir él comenzó a estremecerse y, sin tocarse, comenzó a eyacular con gran fuerza. Me encorvé lo suficiente para limpiar con mi lengua cada rastro. Me desplomé sobre él, y nos besamos como si fuera la última vez... o la primera.
Mi beso se extendió desde su boca hasta su verga, pasando por su pecho y su vientre. Cuando mi boca llegó ya su verga estaba dura de nuevo. Mientras lo mamaba metí dos, tres y cuatro dedos en su culo, para llenar el espacio que había quedado vacío.
Él giro y comenzó a mamar mi verga también. Luego me volvió de espaldas, abrió mis piernas y comenzó a recorrer mi culo con su lengua. Desde mis huevos al principio de la espalda. Terminó concentrando la atención en mi ano, que se dilataba sin dificultad sabiendo que pronto recibiría al inquilino que hace mucho se había marchado.
Sin aviso, me penetró, sin contemplaciones, todo, hasta que sus huevos chocaron con mis nalgas. Me incorporé un poco y me puse en cuatro y luego puse mi cabeza y mis hombros sobre la alfombra, mostrándole completo el culo, favoreciendo una penetración completa.
Me cabalgó por mucho tiempo, preocupándose siempre por mi placer. Mientras mantenía el mete y saca, acariciaba mis huevos y me sobaba la picha. Olvidé el tiempo y el espacio. Era tanto el placer que casi era dolor. No quería que terminara. Yo contraía y distendía mi culo, y
él recibía con placer esta acción. El roce de su verga contra mi próstata me hacía casi delirar. Creía que moriría.
Nunca me excitó tanto una imagen que la de dos hombre machos, dejándose llevar completamente por el placer, sin ninguna inhibición, entregando todo, ofreciendo todo, sin ningún prejuicio, sin ningún complejo.
Era la imagen que veía reflejada en la ventana de la sala. Dos hombres llevando al extremo todas sus sensaciones, en cada parte de su cuerpo.
Luego se acostó de espaldas y me pidió que me sentará sobre él y que fuera yo el que llevará el ritmo de la
cogida. Me comencé a mover procurando a ambos el mayor placer. Pero no pude mucho, mi verga explotó y yo con ella, mientras al mismo tiempo sentía su semen derramándose de mi culo.
Me pareció como que ambos perdimos el conocimiento. Nos derrumbamos y permanecimos abrazados esforzándonos por retornar de un estado como el del coma.
Un abrazo más. Un beso más. Una mirada más. Las primeras palabras fueron para concluir que lo que salió con tanta fuerza, que produjo tanto placer y casi dolor, era el amor contenido por tantos años. Ambos sabemos que el amor hace una gran diferencia con respecto al buen sexo.
Después comimos, nos reímos y hablamos más. Luego dormimos e hicimos el amor de nuevo en la madrugada, en la mañana y en la tarde. Pero ambos sabíamos que lo que nos movía no era el temor del futuro sino la pérdida del pasado. Ambos sabíamos que en el futuro tendríamos mucho tiempo.
abraxas18@latinmail.com