¡Qué historia la nuestra!
Esta historia es absolutamente verídica y se desarrolló en una ciudad del interior de la República
oriental del Uruguay. Debo manifestar que estoy orgulloso de haberla vivido y todavía en la
actualidad en alguno de esos momentos tristes que tiene la vida, puedo ser feliz pensando en
ella.
Hace catorce años atrás tenía entre mis alumnos de doce años, uno que particularmente me caía
bien, pero no pudo aprobar el curso, debido a su ausentismo y a su incumplimiento. Abel, que así
se llamaba, tenía un apodo: le decían "Lito" y yo siempre lo llamé de este modo.
Con mis compañeros, con los padres y con el resto de mis alumnos tenía una muy buena relación pero mi
vida... no estaba completa. Pasó el tiempo, más exactamente pasaron cuatro años de mi vida en
que yo me había alejado de aquel colegio. En todo este tiempo nada supe de todos ellos.
Un día, cuando me di cuenta de que vivir como trabajador independiente era difícil, decidí volver a mi
antiguo trabajo de maestro, y por supuesto lo hice en el mismo colegio donde había trabajado
antes. Mi vida amorosa tenía en su haber muchas personas, y digo personas porque las había de
los dos sexos. En ese momento mi vida afectiva pasaba por una nube de aburrimiento. Tenía un
amante que había conocido en mis vacaciones de ese mismo año, en Piriápolis, pero era
solamente eso. Un amante: sexo activo para mí, un par de horas los fines de semana y... a volar
luego, para que no se le haga costumbre mi presencia. Todo de incógnito y bien lejos, a treinta
Km de mi residencia y sin vueltas.
Mi vuelta al colegio fue todo un acontecimiento. Todos me apreciaban por mi trato amable, mi
compañerismo, mi alegría y, por qué no decirlo, por mi belleza. Yo era un joven de 27 años, alto
(1,80), buen cuerpo, 80 Kg, cabello negro lacio, piel blanquísimo-rosado, ojos verdes, barba
tenue y lindo rostro. Además, tenía el brillo en los ojos de quien es curioso y vive todo
intensamente. En definitiva, estaba a punto para el amor, pero no lo encontraba. Como mi vida
estaba desprovista de intimidad, lo único que me quedaba por hacer era trabajar, porque de esa
manera la pasaba bien.
Conseguí emplearme como maestro en el último curso de la mañana, de la tarde y también de la
noche. El turno de la noche era muy distendido, muy apacible, los alumnos eran adultos y
adolescentes que trababan una relación muy familiar con el maestro. Todo se desarrollaba en un
contexto agradable para trabajar y compartir con los demás. Pero había un problema: los
alumnos de la nocturna no eran suficientes. Por este motivo constantemente salíamos a recorrer
la comunidad en busca de nuevos alumnos que no hubieran terminado los estudios elementales...
En esa tarea me hallaba, caminando por la calle a unos doscientos metros del colegio, cuando de
repente vi delante de mí la figura de un adolescente. Mi corazón inmediatamente se despegó de
mi pecho y se fugó con sus rulos, con su mueca, con su rostro moreno. La adrenalina me surcó
íntegramente. ¡Ya lo amaba y todavía estaba a veinte metros! Pero a la vez que me acercaba y
me pasaba todo esto me estaba dando cuenta de que: ¡era mi querido Lito! Aquel chiquillo que
tanto apreciaba cuando fui su maestro. Él también se alegraba de verme porque se notaba en su
expresión la emoción del encuentro.
- ¡¡Lito!! ¿Cómo te va, mi amigo? ¡Tanto tiempo! - exclamé yo.
Y él, sorprendido pero feliz, me observó íntegro revoleando sus hermosos ojos pardos para
detenerlos luego en mi rostro y mirarme sonriendo. Ambos sonreíamos porque estábamos
contentos, era el reencuentro que nos daba felicidad y no podíamos ocultarlo. ¿Sería que en estos
cuatro años nos habíamos olvidado de la existencia del otro? Ahora que nos volvimos a ver nos
recuperamos el uno para el otro. ¡Afortunadamente! Mi primera pregunta fue:
- ¿Has terminado la escuela?
Ante mi sorpresa, él me contó que no, que había abandonado después de que yo me fuera.
Entonces recordé: había desaprobado conmigo aquel último año que trabajara en aquella
escuela. Inmediatamente encontré una mezcla de emociones en mi garganta y sentí culpa y pena
por haber impedido que aprobara, pero también sentí el remolino del regocijo que nace en el
corazón e invade tu persona entera. Tenía la posibilidad de terminar conmigo ahora, en la
nocturna. Ya le haría la propuesta. Me contestó que sí y seguimos conversando mientras nos
mirábamos a los ojos e imaginábamos la escena. No puedo dejar de decirles que cuando nos
separamos ya fantaseaba con abrazarlo y protegerlo. Me despertaba toda la ternura que llevo
adentro. Me huracanaba el deseo. ¿Cómo era Lito? Bien: 1,65m, delgado (60 Kg), moreno pero
tenue, casi dorado; cabello semi-largo bien ruliento, ojos pícaros y buenos, nariz pequeña, ojos
pardos, vestido con jeans y remera, solía caminar con las manos en los bolsillos como diciendo:
¡aquí las llevo porque no tengo donde ponerlas! Dieciséis años. Lindo, curioso, tierno. Yo temía
que nunca viniera a las clases nocturnas o que viniera y se fuera. Pero, no. Vino y se quedó,
generalmente llegaba primero. Se sentaba a lo alto y me conversaba, me preguntaba, me
observaba, me contaba. En ese momento salía con una mujer mayor que él y según decía
pasaban la noche juntos teniendo sexo. Yo salía con aquel chico que conociera en al playa, pero
cuando se lo contaba a él "lo transformaba en chica", no quería que supiera que era bisexual por
temor a que se asustara y se fuera.
Así pasó un mes, Lito venía todos los días temprano y conversaba con su maestro, a veces nos
reíamos mucho e intercambiábamos miradas cómplices ante la presencia de otros. ¡Cómo lo
quería! Él, seguramente me quería como un hermano mayor(10 años) y esto lo sufría como una
sentencia. Una vez vio cómo dos amigos me venían a buscar y se iban conmigo a mi casa. Al otro
día me interrogó directamente:
- ¿Qué van a hacer a tu casa?
Mmnn ¡celos!, pensé yo. Mi respuesta fue la realidad:
- Vienen a conversar o a jugar a las barajas.
Yo no perdí la oportunidad y le pregunté:
- ¿Tú quieres venir? - No, me contestó.
Al día siguiente se repitió la escena:
- ¿Otra vez van a tu casa? - preguntó Lito.
Mi respuesta fue la pregunta:
- ¿Vos querés venir?
- ¡Noo! ¡A ver si hacen cosas raras en tu casa!.
Lo que no se imaginaba era que ninguna cosa rara me pasaba con mis amigos y sí me pasaba con
él. Pensé que ahora sí se me iba a dar, que iba a ser mío, lo miraba y me quería meter en sus
pantalones, quería acariciar sus rulos. Algo me detenía, pues la diferencia de edad era
importante (10 años). Él me miraba y se sonreía con picardía como dándome a entender que me
comprendía. A la tercera invitación mía ya estaba a mi lado, expectante, curioso, divertido. Nos
fuimos a casa después del cole. No estábamos solos, otros amigos vinieron con nosotros.
Llegamos luego de unos minutos. Tomamos algo, comimos, jugamos barajas, escuchamos
música, conversamos mucho. Cuando tomamos conciencia del tiempo ya era la noche muy tarde.
Repartimos las camas y los colchones. Lito tenía claro que debía dormir al lado mío. Peleó por un
colchón con otro de mis amigos, lo arrojó en el suelo al lado mío y luego de conversar un rato en
voz baja, nos dormimos los dos. En paz, felices de estar uno junto al otro aunque no sea en la
misma cama. Se fue al otro día que era jueves, el Viernes volvió conmigo y se quedó todo el fin
de semana. Yo falté a la cita con mi amante rubio (que ya demostraba síntomas de celos).
Una tras otra transcurrían las semanas y nuestra relación que hasta el momento era puramente
amistosa ya se mostraba como sólida, casi simbiótica a la vista de los demás.
Cuando supe con seguridad que nada más anhelaba en esta vida que tener su cuerpo sobre el mío y besarlo
eternamente, entonces preparé la estrategia que me permitiría concretar esto. Abandoné
definitivamente a mi amante rubio, que sólo me daba una hora de placer. Esto era así porque yo
quería que así fuera. Sólo me interesaba que me succionara bien la pija y después se clavara mi
estaca con muchas ganas. ¡Basta!, era únicamente sexo. Yo siempre activo y él exclusivamente
pasivo. Un contrato irrevocable. Después de acabar me invadía una sensación de culpa y fracaso
que me obligaban a levantarme e irme. Aquella vez, después de mi decisión de fundirme con
Lito, me levanté después de eyacular y me fui. Nunca más volví. Nunca más supe de él.
Libre para el amor. Viví algunas semanas dedicadas exclusivamente a la seducción. Algunas armas
tenía. Tenía que enamorar a mi Lito, tarea aparentemente difícil porque esto suponía revertir su
heterosexualidad. Lito estaba ahí, al lado mío. Siempre estaba. A veces se iba un par de días a su
casa y luego regresaba con más ganas de estar conmigo. Yo sabía que en su territorio era un
felino cogedor y que había una mujer experimentada que le estaba extrayendo los jugos
amorosos. Y no era la única. Me dolía. Lo escuchaba y sufría. También es cierto que él suponía
que yo sólo pensaba en mujeres. A veces me decía:
- Con la facha que vos tenés conseguís las mujeres que quieras, además tenés un
chamuyo... - se refería a mi facilidad para convencer a la gente de algo que yo
quisiera.
Había admiración en estas palabras. Y un poquito más que ya se insinuaba en nuestra intimidad.
Nunca había visto a Lito desnudo. Lo imaginaba y me derretía al pensarlo. Sin amante y loco por
tenerlo, me masturbaba varias veces por día. Y el mundo giraba, pero a esta altura de los
acontecimientos, yo, ni cuenta me daba. Vivíamos juntos definitivamente; cocinábamos,
salíamos, jugábamos, usábamos la misma ropa, las mismas hojitas de afeitar, los mismos
perfumes, etc... Dormíamos uno junto al otro, separados pero muy próximos. Yo lo amaba y
tenía la sensación de que él también me amaba. No había sexo todavía, pero había miradas
sostenidas, preguntas íntimas, amistad, sociedad para la vida... amor. No necesitábamos nada
para pasarla bien. Solamente estar juntos. Teníamos la misma ropa, el mismo olor, los mismos
gustos. Eso era todo.
Lito y yo habíamos hecho un pacto de caballeros: podíamos recibir visitas, inclusive mujeres,
durante el día y hasta la cena, pero después... nadie podía quedarse a dormir que se interpusiera
entre nosotros dos. Las mujeres que merodeaban nuestras vidas tenían prohibido quedarse, y
cada uno de nosotros dos se encargaba de que el otro cumpliera su parte del trato. Ya nos
cuidábamos. Éramos celosos uno del otro y eso nos gustaba, aunque no lo decíamos de esta
manera.
Hacía una semana nos habíamos declarado nuestro amor y nos habíamos prometido fidelidad.
Yo le dije:
- Lito, ¿sabes cuánto te quiero? Mucho. ¡Te quiero tanto! ... y no sé por qué. Necesito tenerte
cerca.
Él me miró con sus ojos oscuros, con mirada sostenida pero mansa, buena, y me declaró lo que
necesitaba escuchar:
- Yo también te quiero un montón y no te quiero perder.
- Estemos siempre juntos, Lito!. - agregué.
- Siempre! - me confesó con tono de verdadero deseo.
Seguíamos siendo profesor y alumno por las tardes. Él iba conmigo a la escuela, volvía conmigo,
hacía sus tareas conmigo. Siempre conmigo. Tres meses habían pasado de esta vida y teníamos
que cumplir con nuestro destino de amantes. Hacía once días que había cumplido Lito los 16
años. Yo andaba por los 28 y medio. Ese día era un martes del mes de Agosto y después de
cenar, nos ayudamos con la limpieza y nos metimos en la cama a conversar y escuchar música.
Siempre hacíamos esto y nos divertíamos mucho. Disfrutábamos de la soledad entre dos que se
quieren. Lito quería trabajar para ayudar en la economía de nuestra casa. Entonces
conversamos acerca de conseguir un trabajo para él. Yo lo ayudaría. Entonces con ese tema de
conversación estábamos cuando se me hizo imprescindible besarlo y abrazarlo, protegerlo,
mimarlo. No me animaba a decírselo por miedo al rechazo al contacto físico y de sopetón no lo
podía hacer. No quería asustarlo. Se me ocurrió decirle que había una forma de ganar dinero
haciéndole un favor sexual a alguien. Me miró y me dijo que le contara. "Es inteligente!" pensé.
"Me lo dice porque ya sabe lo que estoy tramando". Le conté de qué se trataba y le deslicé con
mucho tacto la palabra hombre. Me miró y se sonrió. Picardía en sus ojos. Mi mente corría a mil
y la de él también. Me dio a entender que no había problemas. Yo comencé a amasar aquella
idea maravillosa que era imaginarme en sus brazos. Le dije:
- No tienes experiencia en este tipo de cosas.
- No, pero cuando era más chico un par de veces me chuparon la pija.
- No es lo mismo, eras chico y no conocías el verdadero orgasmo, además, no se trata sólo de eso.
- No importa, dale para adelante.
En ese momento supe que lo tendría enterito para mí. La adrenalina empezó a inundarme.
Comencé a temblar de la emoción. Lito me miraba con una paz indescriptible. Se sentía deseado,
querido, contenido, sentía que me podría poseer y que podría llegar a pertenecerle. No se
equivocó. En este estado de euforia mi corazón galopaba y haciendo un gran esfuerzo me calmé y
le dije:
- Bueno, pero entonces te tengo que enseñar algo.
Era puro teatro de mi parte y de la suya, pero no podíamos y no sabíamos hacerlo de otra
manera. Mi respiración estaba agitada, la de él también. Lo miré y lo amé una y mil veces antes
de tocarlo. Un orgasmo en el alma. ¡Eso es amor! pensé, mientras me deslizaba de mi cama hasta
la de él. Cuando llegué, ahí estaba esperándome. Se inmovilizó a la espera de mis acciones.
Acerqué mi cabeza a la suya y susurrando le dije:
- Yo te voy a enseñar a hacer el amor con un hombre.
De más está decir que yo tampoco sabía, que sabía coger y nada más. A hacer el amor aprendí
con Lito, con mi amor. Él no me dijo nada, sólo me miraba y en esa mirada me pedía el cielo. Yo
se lo iba a dar. Lo besé con un beso suave, romántico, eterno, y le dije que lo principal era hacer
sentir bien al otro. Cerré los ojos, no sabía cómo seguir. Esto era demasiado fuerte para mí.
Estaba con la persona que amaba y lo que vendría sería sólo embriaguez de amor y sexo.
Él estaba absolutamente entregado a cualquier cosa que yo quisiera. Me miraba y le costaba
convencerse de que esa persona que tanto él admiraba, lo quería a él y justamente a él.
Acaricié con mis manos su cuerpo magro, fuerte, dorado, y besé su pecho, luego su vientre; me detuve en
su pubis y aspiré su aroma, sencillamente delicioso. Nunca me gustó la idea de oler ni succionar a
nadie, pero en este caso me fascinó. Era mi buena disposición emocional causada por el amor.
Sentí la caricia de sus vellos púbicos, sentí el aroma de su pene, me auto acaricié con él pasándolo
por mis pómulos, ojos y nariz. Luego lentamente lo introduje en mi boca. Allí creció
instantáneamente y se convirtió en un majestuoso falo. Pétreo, férreo, de una dureza
impresionante. Lo mamé con ganas pero con delicadeza, siempre romántico. El corazón se me
volcaba, ya no era yo sólo. Éramos los dos. Lito disfrutaba y gemía de placer y me miraba como
si quisiera entender mejor la situación. En ese momento me hubiera gustado poder ver por sus
ojos, para ver qué veía y me hubiera gustado poder estar en su mente, para saber qué sentía. Yo
saqué su mástil de mi boca y cuando lo largué su erección era tal que lo golpeó en su propio
vientre. Nos acostamos en el suelo y continuamos con lo nuestro. Comencé a besarlo en forma
ascendente hasta llegar nuevamente a sus labios. Nos besamos sintiendo nuestros sabores; la
saliva se colaba en la boca del otro y misteriosamente no me disgustaba, era capaz de tragarme a
mi compañero. Nuestras lenguas se entrelazaban, subían, bajaban, entraban, salían y volvían a
enredarse. ¡Qué placer! Ninguna de mis otras parejas, ni mujeres, ni varones, me habían hecho
sentir de esta manera. Eran tantas las cosas que teníamos para hacer que ni él ni yo sabíamos
cómo seguir. "Necesito sentir su cuerpo entero", pensé. Lo abracé, entonces Lito adoptó una
postura de quien quiere ser protegido. Lo cobijé. Lo acaricié y le pedí que
se acostara boca abajo; él obedeció instantáneamente. Se puso boca abajo y me ofreció su culo levantándolo un poco
hacia mí. ¡Qué momento! Lindo, firme, dorado, cubierto por un tenue vello oscuro; desprendía
un calorcito hermoso; olía a limpio. Una delicia. Él me miraba como invitándome a subirme
encima suyo. No lo iba a hacer esperar mucho. Sin duda esto era lo que yo quería, pero sabía con
certeza que esta sería la primera vez para Lito, que me estaba ofreciendo todo lo suyo. Además
su pasado era casi exclusivamente heterosexual. Su culo era virgen. "Debe quererme
mucho para hacer esto", pensé. Ahora estoy seguro de que era así, entonces no lo tenía muy claro. Creía
que era como yo, pura energía sexual, la líbido a su máxima expresión. Él no, era muy
hombrecito y tenía mucha fuerza, pero no era libidinoso. (A excepción de aquellas tres veces que
me exigió tener sexo con él, pero esa, es otra historia.)
Mi pene duro como el acero, estaba en su cota máxima y eso es mucho decir: un tronco de 21 cm
reales y muy grueso. No sé bien cuánto, pero bien grueso, y esto dicho por las mujeres con las
que tuve sexo, "¡qué grueso!" me decían. Y lo que es más importante, aumenta el grosor hacia la
base del mismo; por lo tanto nada le entró la cabeza y ya. El dolor es hasta el final, pareciera que
cada vez costara más. Con estos antecedentes estaba yo apuntando la punta de mi pija hacia la
entrada sin estrenar de mi hermoso muchacho. Usamos nuestras salivas. Presioné y no cedió el
esfínter. Intenté varias veces más e incluso me guió Lito con su propia mano en mi aparato. No
entró. Nada. El agujero de él era demasiado estrecho y nuevo y mi pija demasiado grande y dura
para él.
- No importa, no te preocupes, ya vamos a poder.- le dije a mi muchachito dorado.
Repentinamente me levanté de su lado y le pedí que esperara un momento. Volví
inmediatamente con aceite en un pequeño recipiente para untar mi nabo y su ano. Me empapé
el nabo con aceite y le puse el líquido justamente en el orificio anal y en los pliegues de alrededor.
Volví a encarar la entrada a punta de pistola. Hice fuerza para adelante y Lito culeó para atrás
pero no conseguimos que penetrara. Decidimos abandonar la tarea y continuar con las caricias. A
pesar de que mis testículos volaban de la calentura y mi pieza cilíndrica estaba dura como una
roca y dolía de dura, decidí pensar en mi muchachito y no forzarlo. Entonces le propuse que me
penetrara él a mí, pero de otro modo. Me acosté de cúbito dorsal y lo atraje hacia mí colocándolo
encima mío, frente a frente. Fue excitante. Estar con toda la superficie de nuestra piel en
contacto fue volver a sentir un shock de adrenalina, nueva emoción, más calentura. Y siempre
estábamos ahí dos personas de distintas edades pero que nos queríamos y queríamos
descubrirnos el uno para el otro. Nuestras pijas duras, durísimas, batallaban para presionarse
una contra la otra. La viga de mi muchacho era larga, 19 cm reales de cabo a rabo, no tan gruesa,
dorada como el resto de su cuerpo, pero perfecta, sin venas exageradas, glande rojizo pero liso,
definido, importante. No me importaba mucho cómo era, lo importante era que era la lanza de
él. La quería adentro porque quería a Lito dentro mío, como si metiéndose adentro mío pudiera
fundirse conmigo. Yo soy preferentemente activo, es más, en casi todas mis relaciones
homosexuales yo fui el macho que penetra y luego no se deja penetrar. Pero con
éste no importaba cómo se diera la relación, sólo quería unirme a él.
Levanté mis piernas al cielo, las recogí sobre mi pecho y como Lito estaba encima mío sus
genitales se deslizaron con él hasta quedar a la entrada de mi culo. Yo le dije que me introdujera
su miembro y lo aceité para luego aceitar mi agujero. Tomé el cipote dorado con la mano derecha
y lo coloqué en posición. "Ahora!" le dije. Empujó y nada. (Hacía años que nada entraba). Volvió
a empujar y sentí la presión, otro intento y ahora sí entró el glande. No dolió, molestaba. Le pedí
que empujara poco a poco y así lo hizo. Fue entrando y fui recordando. Cuando caí en la cuenta
de que era un acto amoroso, no genital, entonces me relajé y entró hasta el último milímetro.
Sentí su vello púbico rozar mi perineo y comenzó un vaivén acompasado y tranquilo. Su vida se
iba por su pija y estaba por entrar en mí. Comenzó a bombear más fuerte y me besó en la boca
apasionadamente. Le susurré que cuando acabara me dijera algo cariñoso. (Me lo había
enseñado una novia que tuve y lo usé toda la vida). Me selló la boca con un besó y gimió a la vez
que me apretaba contra sí. Yo lo agarré de sus nalgas y ayudé a que bombeara más fuerte
contra mí. Recorrí, en medio de ese desenfreno, todo su cuerpo con mis manos para cerciorarme
una y mil veces de que era Lito quien estaba por derramarse en mí. Gocé como nunca. Lito
explotó y sentí la catarata dentro mío. Se detuvo, me miró fijo a mis ojos y me dijo muy
dulcemente: "te quiero". Se recostó sobre mi pecho y se quedó así disfrutando el momento. Yo le
dije que también lo quería. No nos movimos. Sonaba la música en la radio. Pasó media hora de
estar en comunión y recién entonces nos levantamos. Fuimos juntos al baño, nos higienizamos y
luego bebimos alguna cosa.
No había pasado mucho, sólo unos minutos cuando mi pija se puso dura como antes, lo miré, le
hice señas y se acomodó de rodillas en mi cama, él quería que yo lo poseyera aunque yo ya había
comprobado que su ano era virgen además de hermoso.
Esta vez le di un beso negro largo y gozoso y sin dejar de acariciarlo todo el tiempo,
apunté mi tranca hacia su culo. Presioné una vez, nada, presioné otra vez y entró la mitad del glande. Ya no
podía parar, entonces empujaba y frenaba, como dando oportunidad a que sus esfínteres se
agrandaran y permitieran el paso a mi pasión. En pocos minutos tenía media pija adentro de su
cuerpo y deliré con la visión de esta escena. Yo desde arriba miraba mi cilindro perforando su
trasero y tocaba sus nalgas y las abría más permitiendo que entrara más cada vez.
El bombeo me dio el placer esperado, Lito me miraba cuando podía volteando su cabeza y con una
expresión de resignación que hablaba a las claras de su amor por mí. El mete-saca se hizo cada
vez más intenso. El dolor que sentía Lito no aflojaba, mi pene es grande y muy duro, no es fácil
tragárselo sin chistar. Ahí comencé a amarlo como siempre lo había soñado. Eyaculé dentro suyo
y me sentí fundido con su cuerpo y su alma. ¡Qué placer¡ Un orgasmo fisiológico y otro orgasmo
emocional! Le saqué el pito de su cola y me quedé mirándola, enrojecida, abierta, desvirgada y
mía. Lo besé para sanar sus dolencias. Luego nos higienizamos nuevamente y posteriormente le
unté con crema su ano. Me sentía un poco culpable por ser el mayor y él todavía un
menor (que cojía como los mejores). Conversamos, nos abrazamos y nos dormimos juntos en una cama de
tan sólo una plaza.
Pasada la noche, al otro día se fue y yo sentí un vacío indescriptible.
"¡Nunca más lo voy a ver!" pensé. Me arrepentí. No pude sacármelo de la cabeza por los siguientes días. Pensé en hablar
con él en el colegio y pedirle que olvidáramos esto y cada uno siguiera con su vida mientras
conserváramos la amistad. Así lo hice. El Lunes (¡cuánto tiempo sin verlo! ¡48
h!) le planteé este tema en el colegio y él me dijo que sí, que era mejor para los dos. Sin embargo ese día se pegó a
mí y se vino conmigo a mi casa. Ambos queríamos una amistad pero sentíamos y sabíamos que
tendríamos un gran romance.
Continuará...
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