Un Recuerdo

 

 

“””  ...Recuerdo con tanta añoranza mis sueños, mis sueños contigo y en los días que juntos pasamos. Mis días pensando que te tendría mientras chateábamos y pensábamos en nuestro futuro. Mis sueños utópicos pensando que algún día te tendría a mi lado.

 

 

Soñaba mientras hablaba contigo cómo sería nuestro encuentro. Cómo mis nervios recorrerían mi espalda, mi cuerpo. Cómo aflorarían en mi ser esperando mientras desembarcases de ese avión en mi ciudad, que muy pronto pasaría a ser la tuya.

 

Yo lo había planeado todo: cena romántica, hotel de cuatro estrellas donde alojarnos, habitación con chimenea y un amplio jacuzzi como bañera y una enorme cama donde desataríamos con furia nuestros más íntimos deseos durante toda una larga noche...

 

El avión aterrizó y, desesperadamente, mi mirada se perdía entre la multitud de viajeros que buscaban con sus enormes maletas a sus parientes, amigos y algún que otro mozo para que le acompañasen hasta algún taxi.

 

Mis ojos se clavaban nerviosos juntos con mis saltos de malabarista para encontrarte. Ese es, ese no es, ese se parece... No te encontraba.

 

De pronto, un suave toque en mi hombro llamó mi atención. Me di la vuelta y allí estabas tú, medianamente alto, con vestimenta deportiva y desaliñada y con unas humildes y pequeñas gafas de sol que dejaban entrever tus ojos cansados de tantas horas de viaje.

 

No sabía qué decir, qué hacer, qué responder. Jamás había creído que esto llegase a pasarme. Tan sólo tus manos estrecharon las mías, con suavidad, sintiendo cada nervio, cada gota sudorosa de tu piel.

 

-         Hola.- dijiste.

-         Hola.- respondí. Sonreiste. - ¿Qué tal?.

-         Bien, ¿y tú?.

-         Bien

-         ¿Nos vamos?.-, preguntaste. Me encontraba inmóvil, cual estatua de parque siendo observada. - Sí, vamos. - Seguiste mirándome sin apartar esa cálida sonrisa de tus labios.

 

Buscamos un taxi e inmediatamente montamos, arrancando en dirección al hotel indicado. No decíamos nada, sólo nos observábamos. A tus miradas, yo las mías bajaba, sonrojándome. A mis miradas, tú sonreías. Sentía tu cuerpo al lado del mío. Tu suave pierna rozando la mía. Sentí entonces tu mano tocando la mía. Tus dedos largos y suaves buscando los míos. Yo sentía tu aliento y el mío empezaba a exaltarse. Tímidamente, mis dedos buscaron los tuyos y tímidamente, mi mano buscó la tuya. Te sonreí entonces y fijamente pude por fin mirarte a los ojos sin esa venda oscura que antes los cubría. Y te sonreí bajo la mirada picaresca del taxista que en silencio observaba.

 

Llegamos al hotel como dos enamorados y como dos enamorados entramos juntos en aquel amplio palacio de cristal. Llegamos hasta la barra de información y pedimos nuestra habitación. Tú estabas más acostumbrado a esto. Para mí era la primera vez. Bajo la mirada atenta de aquellos botones y recepcionistas, yo disimulaba como podía para no sospechar lo que entre los dos se ocultaba. A ti, en cambio, te daba igual y con ironía maliciosa te los quedabas mirando. Entonces ellos, volvían a sus quehaceres.

 

- ¿Vamos?.- dijiste. Yo asentí con mi cabeza.

 

Subimos en el ascensor junto al joven que transportaba nuestras maletas y las puertas se cerraron. De pronto, cogiste mi mano y luego rozaste con tu otra mano, mi cara. Me sonrojé. El chiquillo volvió su cabeza y tú continuaste. Cerré los ojos. Acercaste entonces tu mejilla a la mía y me musitaste un largo te quiero. El botones tosió disculpándose y las puertas del ascensor se abrieron. Me soltaste y salimos juntos del ascensor. Entonces, yo rocé con mi mano mi mejilla y a continuación, la llevé ante mi nariz para olerla detenidamente. Olía a ti.

 

Nos llevó ante nuestra habitación, allí descargó nuestras maletas y después de hablar tú con él, se marchó. Cerraste la puerta y fue la primera vez que nos quedábamos solos. Entonces te acercaste a mí y me besaste en la mejilla y sonreiste.

 

-                     - Por fin solos.- comentaste. – Ahora debo ducharme, quiero estar fresco y limpio para ti. – Entraste en el cuarto de baño y allí empezaste a desnudarte. Yo no quería mirar y creo que tú empezaste lentamente a insinuarte a mí.

 

Poco a poco fuiste despojándote de la ropa. Tu calzado, tus calcetines, tu polo blanco, tu pantalón negro. Ante mí se postraba el más autentico adonis que jamás había conocido. Buenos pectorales, buenas piernas. Pusiste el jacuzzi en movimiento y sus aguas empezaron a mecerse. No quise mirar, pero de refilón vi cómo te despojabas del slip y aquello me excitó. Mi polla empezó a crecer y me escondí entre la ventana mirando el paisaje como si aquello no fuera conmigo.

 

Al cabo de un rato me llamaste. – ¿No te metes conmigo? Esto es muy tonificante y relaja un montón.

 

- No sé – dije. No sabía qué hacer. Aquello me apetecía pero no sabía cómo iba a  responder. Mi polla estaba a punto de reventar y creo que no aguantaría mucho.

 

Entre aquellos magreos que te dabas por el cuerpo, entre la espuma que tu cuerpo adornaba, pude ver la cabeza de tu esfínter que asomaba una y otra vez. Pude ver cómo tu polla afloraba y la vi crecer. Estabas excitado.

 

-         Anda ven, denúdate.- insisitiste.

 

Poco a poco, con vergüenza, con excitación, con miedo, con pudor, fui despojándome poco a poco de mi ropa. Tú me observabas. Cuando llegué a mis calzoncillos, me llamaste. Me acerqué a ti cubriéndome como podía y sonreiste de nuevo. Apartaste mi mano suavemente y tus ojos parecieron salirse de sus órbitas. Mi polla se salía ya de mi ropa interior. No es que fuese un chico guapo, un chico bien parecido, pero lo más orgulloso que tenía de mi cuerpo era el hermoso trozo de carne de veintiún centímetros que tanto me había enamorado.

 

Bajaste mi calzoncillo y cogiste con cuidado aquel cacho de carne y empezaste a moverle con suavidad. Empecé a gemir. Poco a poco, con cada movimiento, me fuiste atrayendo hacía ti hasta que pudiste oler mi sexo. Sentí cómo lo besabas, lo olías, lo rozabas con tu cara, con tus labios, con toda tu alma. Me sentía feliz.

 

La sensación de tenerla dentro de tu boca, para mí era lo más nuevo que nunca me había pasado. Mientras me hacías una suave felación, tu mano meneaba mi polla para endurecerla hasta el máximo. Estaba excitado, realmente excitado. Yo miraba de reojo viendo cómo entraba una y otra vez en tu boca, cómo te deleitabas con ella.

 

Paraste y me indicaste un sitio a tu lado y me acogiste en tu regazo. Nos abrazamos para fundirnos en uno sólo, nos besamos. Nuestras lenguas se unieron, nuestros cuerpos se sumergieron. Aquello parecía una fantasía, un sueño hecho realidad. Nuestras lenguas se buscaron, nuestros sexos jugaron con nuestros movimientos. Poco a poco, con aquella excitación, fui recorriendo con mi lengua y con mis besos, tu cuerpo, tu nuca, tu pecho, tus tetillas, tu fuerte pubis, tu vello negro... Tu sexo.

 

Lo lamí con intensidad, con fiereza, con fuerza, con rabia, lujuria y sin compasión. Sin dejarte respirar y haciéndote gritar en cada movimiento de mi boca en tu enorme y erecta polla. Arriba, abajo, lento, suave, armonio, salvaje... Gritabas, chillabas, jadeabas, susurrabas, hablabas bonitas palabras de amor que armonizabas y amenizabas con tus movimientos.

 

-         Para, para, me vas a hacer correr y no quiero aún hacerlo. Para...

 

 

Esta vez, el malo era yo, el de la mirada insinuante era yo, el de la sonrisa perdida en algún lugar del tiempo, tú. Volví a subir hacia arriba y capturé con mi boca, tu boca. La besé y me senté encima de tu vientre. Mi culo estaba dilatado y necesitaba llenarlo. Nunca lo había hecho y me apetecía probarlo. Me miraste fijamente y poniéndote un dedo en tu boca, te hice callar y empecé a empujar hasta adentro, con suaves golpes y vaivenes para dilatarme. Por fin entró, lo noté porque chillé y gotas de sangre se unieron a la espuma y al agua. Me miraste con lastima puesto que grité de placer mientras las lágrimas rodaban por mis mejillas. Era impresionante, bonito, maravilloso, apoteósico.

 

Empecé a follarme, empezaste a follarme. Arriba y abajo, arriba y abajo, arriba y abajo. Tú me sujetabas la polla para masturbarme con mis movimientos. Arriba y abajo, arriba y abajo. Cada vez más deprisa, arriba y abajo, arriba y abajo, arriba y abajo. Estaba apunto de perder el sentido, estaba cerca de un orgasmo apoteósico. Como un volcán en ebullición a punto de expulsar su rico maná. Tú me mirabas entre jadeos. Me amabas, me lo decías. Y como éxtasis final, mi leche brotó de mis testículos al tiempo que tú abrías la boca para que no se desperdiciase ni una gota. Ni una sola gota.

 

Creía morirme cuando acabé, pero tú aún no habías terminado, no habías acabado, así que me dispuse a darte tu merecido y empecé a bombear tu polla con más fuerza. Con furia, me miraste negativamente pero apenas te hice caso y sentí dentro de mí tu leche, tu rico néctar caliente, a borbotones, a ebulliciones pasmódicas, empujando hacia dentro, destrozándome mi pequeño e imberbe culo.

 

Cómo gozamos, cómo lo pasamos. Nos acomodamos entrelazados y nos besamos ahora con amor y con delicadeza, con sentimientos y con dulzura. Me apoyé junto a ti y junto a ti, caímos en los brazos de Morfeo.

 

Cuando me desperté, mi teclado estaba húmedo, mi ordenador encendido y mi chat apagado. Se había desconectado. Habías desaparecido, cuántas veces te había buscado, cuántas veces te he llorado. Cuántas veces te he amado.

 

Ahora, te recuerdo con tanta añoranza, dentro de mis sueños, que por desgracia creo que ya han acabado... “””

 

 

 

J.Mª SALVADOR