Recuerdos de un verano


Ya he escrito algún relato antes, pero siempre han sido historias creadas por mi imaginación y mis deseos. Ahora tengo la necesidad de contar mi primera experiencia, sin añadir ni quitar nada, tal cual sucedió, creo que en estos tiempos de películas e historias llenas de artificios y efectos especiales, de tecnología y personajes digitales, viene bien una historia cierta, cruda y sin adornos, tierna y humana como, ahora lo sé, fue la mía.

Corría el año de 197y... España seguía siendo intransigente, pecata y muy reaccionaria. Yo vivía en Madrid, donde ya algunos íbamos pensando en que el dictador debía acabar de morirse cuanto antes y queríamos recuperar aquello que llamábamos libertad, pero que no sabíamos a ciencia cierta lo que era.

Yo tenía 17 años, estábamos a principios de Agosto. Quien haya vivido en Madrid sabe bien que los veranos son muy calurosos y convierten la ciudad en un desierto, de calor y soledad.

Era un sábado por la tarde y yo me dirigía a la esquina donde siempre nos reuníamos los de la pandilla, con la esperanza de no ser el único que se había quedado en Madrid. Mi pandilla era una de tantísimas que por aquel entonces ocupábamos los bancos de los parques, comíamos pipas en ellos o veíamos dos pelis de sesión continua en aquellos cines de barrio donde no había casi nunca películas buenas.

Iba, como siempre, pensando en cómo mataríamos el aburrimiento y llegué a la esquina. Tan sólo estaba allí Enrique, esperando. Nos saludamos y me dijo que sólo íbamos a estar él y yo, el resto de la panda, o no salían o se habían ido ya de vacaciones. Enrique era un tipo especial, siempre alegre y con ganas de divertirse, la verdad es que me alegré de que, aunque sólo fuésemos dos, él estuviese esa tarde.

- ¿Qué hacemos?

Era la pregunta. Enrique me dijo que sus padres se habían ido a una casita que tenían en el pueblo, así que podíamos organizar un guateque. Siempre era así, un guasón. Pero decidimos que para estar sentados en el parque comiendo pipas, mejor en su casa, que al menos podríamos escuchar música. Y allí fuimos, pasamos al salón...

- ¿Tomamos un cubata?
- Vale. Hay vasos en la cocina, hielo y cocacola.
- ¿Y un chorrito de ginebra?
- Pero que no se dé cuenta mi padre.
- Oye ¿Y si miramos en el escondite de tu hermano?.

Su hermano tenía 6 o 7 años más que Enrique, y trabajaba en el aeropuerto, lo que le daba acceso a cierto "material clasificado", en concreto revistas porno que estaban prohibidas y no se podían comprar en la calle. Enrique ya nos había enseñado alguna, en las pocas ocasiones que nos había invitado a su casa en ausencia de sus padres.

- Bueno, pero hay que dejarlo todo tal y como estaba.

Allí, sobre el armario y entre otras cajas de zapatos, estaba aquella, con cuidado la sacamos y abrimos.

- Qué bueno, esta es nueva. Mejor, así no hay que rebuscar, que podría darse cuenta, vamos a sentarnos cómodamente.

De nuevo en el salón, sentados uno junto al otro, con la revista en medio, íbamos descubriendo el secreto de la vida, el misterio de las cosas. Los cuerpos desnudos juntos, húmedos, introduciéndose unos en otros, hombres y mujeres satisfaciendo nuestra curiosidad y excitándonos... Porque con 17 años hace falta muy poco para tener una buena erección.

Acabamos el cubata de un trago. Aquí debo contar que en nuestra pandilla ya habíamos estado todos juntos, acampados en el monte y nos habíamos masturbado en "común", eso sí, cada uno con la suya y "sin mariconadas", sólo por el placer de compartir, de satisfacer curiosidades. Quién la tiene más grande, quién tiene más vello, o se corre antes o con más fuerza. No es menos cierto que, al menos en lo que a mí me consta, y esas cosas no se ocultaban, éramos todos vírgenes. Por eso, no me sorprendí cuando Enrique me entregó la revista para ponerse en pié, bajarse pantalones y calzoncillos de un sólo golpe y volver a sentarse a mi lado, a lo que yo respondí devolviéndole la revista y haciendo exactamente lo que él había hecho.

- Ponte cómodo, que estás en tu casa -me dijo.

Ambos teníamos una estupenda erección. Su sexo era un poco más largo que el mío, pero algo más fino, los dos teníamos el prepucio intacto, aunque yo descapullaba completamente y él no del todo. Con toda naturalidad, seguimos mirando aquella revista, aunque con una sola mano y con menos "estabilidad". Yo estaba sentado a su izquierda, sintiendo la tela del sofá bajo mis nalgas y su brazo junto al mío, sostenía la revista con mi mano izquierda mientras con la otra me acariciaba despacio arriba y abajo.

Enrique estaba a mi lado, también se acariciaba, sabíamos que podíamos acabar en un par de golpes, pero queríamos estirar aquel placer todo lo posible. Comentábamos las fotos, las posturas...

- Ese la tiene más larga que tú.
- Sí, y también más gorda que tú.
- Pero no se le pone tan dura como a mí.
- Ni como a mí, pero si le apunta al suelo, con lo que tiene delante.
- Oye, me han dicho que si te hacen una paja da más gusto que si te la haces tú...

Se hizo el silencio, nos miramos...

- Bueno, primero me la haces tú a mí y luego te la hago yo.
- ¿Te crees que soy tonto? Primero tú que luego te escaqueas.
- No, primero tú.
- Que no, que tú...
- ¿Nos la hacemos al mismo tiempo?...
- Bueno, pero también hay que llegar al mismo tiempo, así que vamos avisando de cómo vamos...

A partir de aquel momento, parecía que estábamos sincronizados, la verdad es que éramos amigos y confianza entre nosotros había, pero ambos éramos conscientes de que en aquel momento íbamos a cruzar una línea importante. Ninguno de los dos quería hacerlo solo, era como saltar al agua desde un sitio muy alto, necesitas alguien que arriesgue lo mismo que tú para poder sentirte seguro en el riesgo del otro, al que ofreces al mismo tiempo el peligro que vas a afrontar con él.

Apartamos la revista y agarramos nuestros sexos, que saltaron inmediatamente al contacto con una mano extraña. Mi mano agarró el suyo con firmeza, mientras sentía su mano rodeando el mío. Nos miramos, como para darnos confianza, para ser totalmente cómplices en aquello. Comenzamos a masturbarnos muy despacio, como buscando cualquier síntoma en el otro.

- ¿Cómo vas?
- Bien, pero esto es muy incómodo, yo no soy zurdo y nos estamos estorbando, además, si salpicamos el sofá y lo ve mi madre...
- Pues vamos a ponernos cómodos.

Me levanté, me quité la camiseta y las sandalias para quedarme completamente desnudo, me senté en el suelo con las piernas abiertas.

- Aquí podemos fregarlo luego si salpicamos ¿No?

Enrique pareció convencido, terminó de desnudarse y se sentó frente a mí, entre mis piernas, con las suyas bien abiertas y sus rodillas sobre las mías, para ser más exactos, una encima y la otra debajo. Buscando siempre estar exactamente iguales, sin ninguna posición de ventaja.

- ¿Seguimos?
- Sí, antes de que se nos quede el culo frío.

Volvimos a agarrarnos, creo que no hubiésemos podido dejarlo de ninguna manera, estábamos decididos a probar aquello y nos estaba gustando, y mucho. Yo estaba tremendamente excitado, sentía su mano frotando mi sexo y su sexo palpitando bajo mis caricias, que como las suyas se iban ralentizando al sentir la proximidad del orgasmo.

- ¿Cómo vas?
- Bien, me falta poco -me contestó casi sin aliento.

Su cara era un poema, supongo que como la mía, pero aún así hicimos un amago de sonrisa.

Todo sucedió muy rápido y casi al mismo tiempo. Noté que su respiración se detenía, su mano se aceleró, lo que disparó mi orgasmo, mientras notaba en mi mano cómo se corría Enrique, de modo que nos dejamos ir. Un disparo, dos, tres, cuatro, salpicándonos, y el último flujo corriendo por nuestras manos... Qué delicia... Jadeábamos como si hubiésemos subido corriendo a un décimo piso, nos mirábamos sorprendidos... Y seguíamos acariciándonos, un poco más lento cada vez...

- Joder tío, pues sí que es verdad que da más gusto ¿No?
- Mucho más, ni comparación...
- Además es más largo ¿No?
- A mí todavía me da "cosilla"

De hecho, hacía un buen rato que habíamos llegado y seguíamos aún erectos y acariciándonos. Exprimiendo hasta la última gota de placer. Sintiendo palpitar nuestros sexos. Ahora estábamos más relajados y sonreíamos satisfechos.

- Lo malo es cómo nos hemos puesto, yo no recuerdo haber echado tanta leche en mi vida me dijo- La verdad es que me has “ordeñado” bien.

Y mientras reíamos, limpiaba mi mano en el vello de su pubis y en su costado.

- Yo me voy a duchar.

Enrique estaba en su casa, pero aún así me levanté tras él y le adelanté por el pasillo.

- Me pido primer...
- Tramposo, que yo lo he dicho primero.
- Pero yo he corrido más.
- Que estamos en mi casa.
- Venga ¿los dos a la vez?
- Vale.

Nos metimos en la bañera. Enrique abrió el agua caliente, nos salpicábamos esperando a que dejase de salir fría, nuestros sexos se habían caído rápidamente. En el momento en que empezó a tomar temperatura, los dos quisimos meternos debajo, jugábamos empujándonos y rozándonos. Le dejé que se mojase bien y luego, mientras yo me mojaba, él se iba enjabonando, luego yo tomé jabón e hice lo mismo.

- Pues yo siempre me hago una paja en la ducha. ¿Tú no?.

Me estaba mirando con cara de niño travieso mientras me decía aquello.

- ¿Te ha parecido poco?
- No, pero tengo ganas de más. ¿Tú no?
- Yo nunca voy a ser menos que tú -dije agarrando su sexo, que estaba lleno de jabón.

La de la ducha es mi segunda experiencia y creo que merece otro relato, quizá otro día me recree en contarla.


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