Tengo 22
años. Cuando tenía 16, un día me
sentí lleno de profunda
melancolía.
Estaba deprimido y sin ganas de nada. En un pueblo a 20 Km
del mío
se celebraban las fiestas patronales y el día que me refiero
era, además,
domingo. Todos mis amigos habían ido desde la mañana
y
algunos de ellos
ya desde la víspera por la tarde. Yo no fuí porque la
"paga" que
me daba mi padre de los domingos era sólamente
de 1000
pesetas.
Después de pagar el viaje no me quedaba ni para pipas.
Por
ello me
quedé en el pueblo, aburrido, dando
rienda suelta a la
tristeza que
me atormentaba con mis 16 años.
A media
mañana salí hacia las afueras del pueblo y caminaba pensativo
por las
orillas del río a cuyos lados había bastantes
árboles que
daban
sombra al fuerte sol que brillaba y comenzaba a
quemar. En
ocasiones, en
mis pensamientos, me daban ganas de retroceder sobre mis
pasos y
presentarme en mi casa y protestar valientemente contra
la
injusticia que
yo creía que se cometía con un muchacho de 16
años,
exponiendo el
daño que se me hacía por no poder
alternar con mis
amigos y viviendo
en un contínuo complejo. Pero, conociendo a mi padre
como le
conocía, esos ímpetus los calmaba y seguía
caminando dando
vueltas a mis
pensamientos que se revelaban con protestas interiores.
Bajo la sombra,
me senté en una piedra y aburrido me tumbé, quedandome
dormido un rato.
En éstas que me despertó un ruido por allí
cerca.
Sobresaltado
miré y a unos 20 metros observé que
un hombre estaba
bañándose
en el río. Me incorporé y caminando despacio fuí
a sentarme
en la hierba
en el lugar mismo donde aquél señor estaba bañándose.
El
salió
del agua dándome los buenos días
y se sentó junto a mí
preguntándome
si me iba a bañar. Al decirle que no tenía bañador
me
manifestó
que por allí no solía pasar nadie y que bien podía
hacerlo
desnudo. Como
notó que me costaba ponerme desnudo delante de él y por
ello le
manifesté que no me iba a bañar, él mismo, para darme
ánimo y
confianza, se
quitó su traje de baño y me dijo que yo podía
hacer lo
mismo.
Tanto me insistió que decidí desnudarme, pero inmediatamente
y
con bastante
verguenza me tiré al río a fin de
que no me viera
totalmente desnudo.
También él se tiró a nadar y los
dos estuvimos
dentro del agua
como un cuarto de hora.
Entonces, me
invitó a compartir con él y consumir un buen bocadillo de
tortilla
que había traido y otro de jamón. Acepté.
Salí del agua
detrás
de él y fuí rápido a ponerme
los pantalones para no estar
desnudo
delante de él. Pero él, más rápido
que yo, tomó su toalla y
comenzó
a secar mi cuerpo quedándome yo sin saber cómo reaccionar.
Me
secaba
por la parte de atrás y eso hacía
que no me diera tanta
verguenza
y pasaba la toalla por el pecho, pero siempre dándole yo la
espalda. Cuando
comenzó a secarme las piernas, metía por entre ellas
la toalla y
se recreaba en "mis partes" frotando mi pene y testículos
suavemente,
despacio, para secarlos bien.
Se notó
bastante nervioso y apurado y me dijo
que no me
preocupara,
que del ombligo para abajo todos los hombres somos lo
mismo,
y que unos serían más velludos,
pero que no había otra
diferencia.
Todos tenemos lo mismo, me dijo. Me dió la vuelta y
como
él estaba
secandome toda esa parte y las piernas agachado, poniendo su
mano en mi trasero
se puso a apretar mi polla contra su cara y terminó
metiendosela
en la boca. He de confesar que, si bien es cierto que
estaba
dándome mucha verguenza ya que jamás
había tenido una
experiencia
con hombre alguno, sin embargo aquello me causaba placer,
que yo trataba
de disimular, pero me dejaba hacer.
Comenzó
a acariciarme alrededor de mi ano con una mano y con la
otra los
testículos a la vez que mi pene estaba introducido
en su
boca. Me
corrí pronto. Y al venirme el semen no pude
disimular el
placer
que sentí y recuerdo que hasta le acaricié
la cara. Pero
inmediatamente
volvió a darme verguenza una vez pasado aquello. El me
animó
mucho tratando de tranquilizarme. Y así, seguimos hablando y los
dos desnudos
a la vez tomando los dos bocadillos que él había traido,
junto con una
botella de vino.
Yo le expliqué
el por qué había ido por allí, cómo
no fuí con mis
amigos porque
sólo me daba 1000 pelas a la semana, y que, aburrido,
había
ido a dar una vuelta por el río para hacer tiempo y no verme con
otros conocidos,
ya que ellos me acomplejaba.
Ante estas
explicaciones, Emilio (que así se llamaba) me dijo que si
yo no
tenía dinero era porque no quería. Que con mi cuerpo
tan bello
podría
conseguir que nunca me faltaran pelas en el bolsillo. Y que él
estaba dispuesto,
si yo sabía callarlo, a darme 5000 pelas por cada
vez que
hiciera lo que habíamos hecho. Yo le conocía de vista, ya
que
en el
pueblo nos conocemos todos, aunque nunca nos hayamos hablado.
Sabía
que era una persona formal, seria y
rica, y me inspiró
confianza.
Desde
aquel día ya no me faltaba dinero, y abundante. Podía ir
con mi
cuadrilla sin
complejos. Porque yo acepté su propuesta, ya que me
pareció
una forma de salir de mis apuros económicos a la vez que me
resultaban agradables
aquelos ratos de convivencia.
Por otra parte,
y por la cuenta que me tenía, traté de ser prudente no
haciendo
gastos llamativos. Llevaba conmigo la misma cantidad
de
dinero que podían
llevar mis amigos. No me sobrepasaba en gastos, ya
que todo
ello hubiera dado lugar a sospechas. Iba ahorrando sin que
mis padres supieran
que tenía guardado bastante dinero que me servía
para cuando
en verano íbamos de excursión y siempre se originaban más
gastos.
Yo tenía un depósito con cierta cantidad,
pero la mayor
cantidad
me la guardaba el mismo Emilio.
Así seguimos
meses y meses. Un día (quedando de antemano conmigo
y haciendo ver
a mis padres que yo nada sabia) fué a hablar con ellos.
Les dijo
que necesitaba en la oficina de su pequeño negocio
un
escribiente
para la correspondencia y anotar en
los libros las
entradas
y salidas de gastos, cuyos libros después iban a un contable
que desde
su casa le llevaba la contabilidad de su negocio. Les dijo
que se había
fijado en mí y que me conocía de vista y siempre le había
parecido
un chico formal y responsable. Que le gustaría probarme como
empleado durante
un mes y caso de resultar quedaría definitivamente
con él.
Hablaron de sueldos y condiciones, y a mis padres les agradó
mucho la
proposición y la seriedad de la persona que
iba a ser mi
jefe.
Cuando fuí
a casa, mi madre me explicó cómo había estado allí
Don
Emilio a
ofrecerme un trabajo y que mi padre me explicaría en cuanto
llegase aa casa.
Yo hice como que me chocaba, ya que "no conocía a ese
señor
más que de vista"... Y pregunté si mi padre tenía
alguna amistad
con él
para venir precisamente a casa en busca de mí. Me contó todo
lo
que Emilio les
había dicho. Y yo seguí haciéndome el extraño
hasta que
vino mi
padre a casa y muy contento me dijo todo y que podía comenzar
desde el primero
de mes.
Tenía
yo entonces 18 años. No tenía más estudios
que los primarios y
hacía
un año que trabajaba en una ferretería ordenando en
el almacén
las cosas
y pasando nota de lo que faltaba para su pedido a fábrica.
Ganaba
muy poco. Mis padres estaban contentísimos y el día primero
de
mes comencé
a trabajar con Emilio en su oficina.
Han pasado unos
cuantos años. Sigo con Emilio. Y me quiere mucho, lo
mismo
que yo a él. Yo no nací homosexual, ni jamás
sentí una ligera
inclinación
hacia otro hombre, hasta que la necesidad me obligó
a
conocer a este
hombre con quien tan feliz me encuentro.
Anónimo.
* *
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