Santa Pizza
 

Esta historia es real, por prudencia y respeto por la privacidad he alterado los nombres y algunas circunstancias. Sucedió en Buenos Aires, Argentina.

Hace ya varios años, yo tenía por entonces 25 y hasta ese momento estaba convencido de ser heterosexual, había tenido novia, salía con chicas y todo lo demás. Un domingo de invierno, como tantos otros, salí de casa para ir a Misa en la parroquia que está a dos cuadras; entré en la iglesia, empezó la celebración y algo me impactó, no sabía bien qué era. Después me di cuenta: era el cura. Se trataba de un sacerdote recién llegado de Europa, donde había ido a estudiar, tendría unos treinta años e irradiaba un no sé qué que me dejó medio turulato. Voz profunda, aspecto muy serio y hablaba muy bien, ideas muy claras. Al principio no le di importancia a lo que sentí.

Al día siguiente coincidimos en el subte, yo iba a trabajar y él tenía que hacer unos trámites en el centro. Me acerqué a él y lo saludé, le dije que había estado el día anterior en la iglesia y que era la primera vez que lo veía;   fue muy simpático y amable, me contó que se llamaba Daniel, que tenía 31 años y que había estado en Italia varios años y que ahora se quedaría ahí, me dijo además que era del barrio y se acordaba de mí que había sido alumno de la escuela. Cuando llegamos a Plaza de Mayo nos separamos.

El domingo siguiente lo encontré en el confesionario y charlamos un buen rato, mis "extrañas sensaciones" se acentuaron; yo no podía entender o más bien me resistía a entender lo que me pasaba. Cada vez que lo veía, hablaba con él me sentía excitado. Para no alargarme mucho sólo diré que poco a poco fui intimando con él y surgió una amistad: algunas veces venía a comer a mi casa, se relacionó muy bien con mi mamá y con mi hermana, mi papá ya hacía varios años que había fallecido. Con mi mamá se enganchó mucho hablando de Roma donde ella había vivido en su juventud con el padre de mi hermana.

Un día me animé y le hable de mis problemas en las relaciones con las chicas, de mi timidez, de que algunas veces me costaba relacionarme y de otros temas referidos a la sexualidad y de ciertas dudas que me habían surgido en los últimos tiempos... Ni se imaginaba que me refería a él, tampoco se lo dije claramente y pienso que en ese momento ni siquiera lo intuyó. Sin perder su simpatía habitual ni su buena onda, me escuchó con interés y me habló muy bien, se mostró tan afectuoso y comprensivo como siempre; tampoco se sorprendió cuando le dije que mis fantasías muchas veces incluían hombres (ya hacía tiempo que me pajeaba pensando en él), aunque no le aclaré de quién se trataba. Me dijo que lo que me pasaba era más común de lo que se podía pensar y que me quedara tranquilo, que en cuanto me enamorara de alguien se me iban a aclarar las ideas.

Bueno, con todo esto no sabía qué pensar ni qué decir, sólo sé que con él me excitaba cada vez más y ya no tenía otra idea que la de estar con él, sea como fuere. Por más que trataba de alejar de mí esa idea, pensando que no estaba bien y que iba contra todo lo que me había enseñado y vivido hasta ese momento, inclusive iba contra mis más profundas convicciones (de ese momento). Además y tomando sus palabras, sentía que estaba enamorado de él.

La oportunidad se presentó de la manera más inesperada, una tarde de febrero volví de trabajar y lo llamé, lo invité a comer unas pizzas y quedamos en encontrarnos en mi casa más o menos en dos horas. En el ínterin salí a correr un poco, pensando que para cuando Daniel llegaría yo ya estaría listo para salir. Algo ocurrió, no me acuerdo qué, pero me demoré más de lo que pensaba en el parque. Cuando llegué a casa él ya me estaba esperando en la puerta. En casa no había nadie porque mi mamá se había ido con el centro de jubilados a una excursión a las Cataratas del Iguazú e iba a estar afuera varios días y mi hermana hacía un tiempo que estaba en pareja y ya no vivía con nosotros. Lo hice pasar, le pedí disculpas y le dije que me bancara un rato mientras me bañaba y me cambiaba. Se acomodó en el comedor, le puse la tele y preparé el baño. Estaba excitado y nervioso por su presencia y por la idea de que estaba tan cerca de mí, sólo una puerta nos separaba, yo estaba desnudo en el baño y Daniel mirando tele en el comedor. Lo imaginaba conmigo en la ducha...

No fue a propósito, pero me olvidé la toalla. Eso me excitó todavía más, no sabía qué hacer, estaba medio tarado. Por un lado no me hacía problema por el hecho de estar desnudo o de que Daniel me viera así, estoy acostumbrado al vestuario del club; pero por el otro temía no poder controlar mi erección y eso, lo sabemos, no se puede ocultar. Finalmente tomé coraje y lo llamé, le dije que fuera al cuarto de mi mamá y que del armario me trajera un toallón, el primero que encontrara. Así lo hizo y me lo alcanzó al baño, con mucha discreción golpeó la puerta y metió sólo la mano con el toallón, le dije que entrara y que me lo acercara pues yo estaba en la ducha y no quería mojar el baño, si no después nos demoraríamos todavía más.

Entró; verlo y ponerme al palo fue todo uno, muy discreto me dio la toalla y se dirigió a la puerta inmediatamente, yo no sabía si se había dado cuenta o no, la cortina de la ducha me tapaba un poco. Para que no se fuera tan rápido intenté hablarle con alguna excusa, mientras me secaba dentro de la bañera. En concreto le pregunté si no preferiría que encarguemos la comida y que nos quedáramos en casa ya que yo estaba un poco cansado. Se quedó junto a la puerta, mirando distraídamente hacia otro lado y me dijo que le parecía bien, yo seguía secándome. Se quedó ahí y seguimos hablando de los gustos de las pizzas y de lo buena que es la comida casera y de cuánto extrañaba cuando no la tenía, etc.

Finalmente salí de la ducha con el toallón envuelto en la cintura, mi erección con la charla se había bajado un poco y era menos notoria, al menos eso creía yo. Fui a mi cuarto a vestirme mientras él volvía a la tele. Sabía que la oportunidad era esa porque seguramente no tendría otra; pero tenía miedo. De nuevo estaba al palo y no sabía qué hacer, cómo hacerme notar. Con la excusa de ir a buscar algo al dormitorio que ocupaba mi hermana, volví a pasar por el comedor, noté que me vio y seguramente debe haberse dado cuenta de mi erección. Me siguió con la vista, luego se levantó y se me acercó. Me preguntó qué me pasaba que estaba tan nervioso, ya no me importó más nada, me acerqué a él y le estampé un beso en la boca, lo abracé y me puse a llorar como un bebé, contándole lo que me pasaba. Creo que entre otras cosas le pedí perdón. Temí que reaccionara con violencia o con enojo; pero no, aceptó mi abrazo y me correspondió, mientras yo lloraba y le hablaba no dejó de acariciarme suavemente la cabeza. De repente me di cuenta de que algo le pasaba, se puso tenso, lo miré y se había puesto colorado, bajé la mirada y noté su erección.

A partir de ahí ya no me contuve más, lo empecé a besar casi con desesperación, al principio se resistió, luego se dejó hacer y empezó a corresponderme, seguimos abrazados un rato más entre besos y caricias. Yo no tenía ni idea de lo que se hace con otro hombre, pero me dejé guiar por el instinto. Lo fui desvistiendo de a poco, al principio parecía como que le daba vergüenza, que le costaba vencer su propia resistencia interior; pero una vez desnudos nos sentamos en la cama y no dejamos un centímetro de nuestros respectivos cuerpos sin explorar. Fue una sensación extraña cuando le vi su erección, nunca antes había visto en vivo una pija parada salvo la mía, más extraño me resultó cuando se la empecé a chupar y sentí sus reacciones. Después él me la chupó a mí y fue algo fantástico, era la primera vez que me lo hacía un hombre. Estaba muy excitado y a la vez contento y sorprendido, contento por lo que estaba experimentando y sorprendido porque hasta ese momento nunca había vivido algo así.

Luego hicimos un 69 que fue de locos. Un momento crucial fue cuando en nuestras mutuas exploraciones llegamos al ano; instintivamente sentía rechazo por la idea de que me lo toquen, pero la sensación que me produjo el primer roce de su dedo y luego su lengua no la podré olvidar por mucho tiempo, como tampoco sus gemidos y sus contorsiones mientras yo lo trabajaba con mi lengua. Seguimos besándonos y acariciándonos hasta que acabamos prácticamente juntos abrazados y con un beso profundo de aquellos. Esa vez no hubo penetración, ambos éramos primerizos y no nos animamos: teníamos un poco de miedo al dolor y a lastimarnos por no saber cómo hacerlo bien.

Siempre me había dado un poco de asco pensar en el semen de otro derramado sobre mi cuerpo y por eso siempre me había cuidado de no derramarlo sobre mis compañeras sexuales, aunque no acabara adentro nunca me quitaba el preservativo hasta que terminaba y lo hacía con mucho cuidado. Sin embargo, esta vez fue distinto, experimenté placer cuando sentí las contracciones de su pija sobre mi panza y los chorros calientes que me mojaron casi hasta la mejilla, tanta era la fuerza y a pesar del abrazo y del beso que nos estábamos dando, lo mismo sentí mientras acababa yo durante el mismo abrazo y beso interminable. Así nos quedamos un rato, pegoteados por esa mezcla de sudor y semen, hasta que nos levantamos y fuimos a la ducha. Esta vez nos bañamos juntos, nos enjabonamos mutuamente y nos seguimos besando y acariciando.

Nos quedamos en silencio un buen rato después de vestirnos. Después se fue, la pizza nunca llegó y cené con "fondo de heladera". Al día siguiente lo fui a ver, no sabía qué decirle y temía que me echara con malos modos. Sin embargo, me recibió muy bien, un poco nerviosos al principio, después nos fuimos distendiendo, hablamos del tema, nos dijimos todo lo que pensábamos y llegamos a la conclusión que era necesario trabajar para asumir y aceptar los hechos.

Estaba pendiente la pizza y me dijo que no me iba a perdonar si no cumplía con la invitación, así fue que nos volvimos a encontrar dos días después...
Pero ésa es otra historia. Si ésta les gustó, más adelante les cuento la continuación.
 

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Santa Pizza II
 

Como contaba en mi relato anterior (Santa Pizza), después de nuestro fogoso encuentro con Daniel ya nada volvió a ser como era. Al día siguiente lo fui a ver con cierto temor, pues dada su situación temía que me hiciera salir corriendo. Pero no, conversamos como si nada hubiera pasado; cuando quise tratar el tema de lo sucedido, lo hicimos más o menos abiertmente, aunque me dijo que era mejor conversar tranquilamente en otro lugar, no ahí en la Parroquia y que, como todavía le debía la pizza, me dijo que pusiera un día para ir a comer juntos y aprovechar para conversar. Se lo notaba nervioso y me confirmó que todo eso era algo demasiado nuevo para él y que al mismo tiempo le creaba muchas dudas de conciencia. En fin, quedamos para dentro de dos días, el domingo por la noche.
Mientras tanto, por mi parte no estaba tan convencido de que nuestro próximo encuentro fuera sólo para "conversar" sobre lo sucedido, sino que yo tenía intenciones de hacer el amor con él, cosa que, por lo que parecía pintar, no iba a ser tan fácil.

Como yo era totalmente inexperto en esta materia, quise aprovechar esos dos días de tiempo para "documentarme" todo lo posible y, preparar el terreno para tener otro encuentro con Daniel, pero esta vez quería que el encuentro fuera completo.
Ese viernes a la tarde, entonces, al salir de la oficina, me fui a recorrer la Av. Callao donde había visto que algunos kioskos vendían material "ilustrativo". Encontré uno que parecía satisfacer mis expectativas, pero había mucha gente por la calle en ese momento y me daba vergüenza que me vieran comprar material porno y para colmo gay. Algo se me ocurriría, aunque tenía poco tiempo.

Me fui a casa y decidí volver en la madrugada, ya que el kiosko funcionaba las 24 horas. Me levanté a eso de las cinco y antes de las seis menos cuarto ya estaba en el lugar. Me acerqué y traté de poner mi mejor cara de "yo no fui". Le metí al vendedor el verso de que era estudiante de sociología y que tenía que hacer un trabajo para la facultad sobre pornografía, tanto como para disimular un poco, ¿no?, y le pedí que me recomendara algún material tanto hétero como gay y que no fuera muy caro ya que, como se imaginaría, no tenía mucho dinero para gastar, además de que ese material, una vez hecho el trabajo lo iba a destruir... Bueno, no sé si me creyó o me pescó la onda, pero la cosa fue que al rato me vi en posesión de dos series de revistas de esas de oferta y dos videos. No me acuardo cuánto pagué, pero no fue mucho.

Estaba sumamente exitado, escondí "el tesoro" junto a la rueda de auxilio del auto y volví a casa. Quise volver a dormir; pero no lo lograba. Así que me decidí y me puse a estudiar el material que había comprado. A las revistas hétero no les presté gran atención, el tema ya lo conocía, salvo a una que traía la propaganda de un sexshop que estaba a pocas cuadras de mi trabajo y de cuya existencia nunca me había percatado. En cuanto al video hétero, me entretuve mirando a los muchachos más que a las chicas... ¡algo definitivamente no andaba bien!

La revista gay traía varias fotos de chicos muy bien dotados y una serie en la que dos muchachos muy lindos hacían un poco de todo: se besaban, se chupaban, se acariciaban y finalmente uno, después de  jugar un poco con el ano del otro lo penetraba sin problemas, ahí descubrí un detalle que no conocía: el lubricante. El muchacho que recibía la penetración ponía las caras más increíbles, indudablemente estaba gozando y en forma, aunque en la primera foto de la penetración se podía sospechar un poco de dolor.
El video fue mucho más "instructuvo": se veía con mucha más claridad el tema del lubricante y las reacciones del que era penetrado... A este punto yo ya estaba a mil, pero no quería malgastarme solo, deseaba esperar a estar con Daniel. El video y las revistas los miré una y otra vez, la verdad es que perdí la cuenta, hasta creo que los sabía de memoria.

Por la tarde hice una escapada al sexshop cuya propaganda habia visto. Cuando llegué quedé un poco decepcionado, pensé que me había equivocado, parecía una librería / disquería normalita. Igualmente entré y me puse a recorrer el local con aire pretendidamente distraído, observando las distintas ofertas del momento, hasta que me topé con una abertura sin puerta, pero con un cartelito en el marco que decía "Prohibida la entrada a menores de 18 años". Como los dieciocho ya los había pasado hacía rato, me mandé nomás y ¡Oh, sorpresa!, me encontré con una fauna increíble de objetos de las más variadas formas, tamaños y propósitos. ¡Jamás había imaginado que existía algo así! Después de curiosear un rato me acerqué al vendedor y le pedí un tubo de lubricante, me hice el entendido y hasta le pedí una marca determinada, la que vi en el video... ¿Qué tal? Ya me sentía todo un superado y sin embargo todavía estaba en pañales...

Esa noche me costó dormir, pero finalmente con el madrugón y el trajín del día me quedé profundamente dormido. Me despertó el domingo por la mañana el tañido de las campanas de la Parroquia. ¡Ya era casi la hora de la Misa del mediodía! Me vestí a las apuradas y fui a la Iglesia. Celebraba Daniel. En el confesionario estaba otro padre que yo conocía desde hacía años porque era director de la escuela cuando yo era alumno. Me acerqué dispuesto a confesarme, pero no me animé a contarle toda la verdad, tampoco quería hacer nombres ni dar muchas explicaciones de lo que había pasado. Me limité a presentar simplemente los hechos sin entrar en detalles... No entendió que hablaba de otro hombre, seguramente creyó que me refería a alguna de mis novias y la cosa pasó como otras veces.

Al terminar la Misa fui a la sacristía a saludar a Daniel y de paso para recordarle nuestra cita para esa noche. Me saludó como siempre, ¡admiro su aplomo!, y me dijo que no se había olvidado y que a las ocho y media estaría en casa y que, dado que yo invitaba, me dejaba elegir a mí el lugar donde iríamos. Creo que ni se imaginaba lo que yo tenía planeado...

La tarde parecía no terminar más, volví a mirar las revistas y el video y me imaginé toda la situación imaginando estar con Daniel. Fue una de las fantasías que más disfruté. Para matar el tiempo me empecé a bañar a las seis, me afeité y me cambié de ropa como tres veces, nada de lo que me ponía me parecía adecuado... Finalmente me quedé con una remera azul marino con el cuello y el borde de las mangas en blanco y una bermuda blanca de tela de jean, zapatillas de playa blancas y sin medias. Me puse un poco de un perfume importado que me había traído mi hermana de su luna de miel y me senté a esperar mientras miraba un rato la tele. También encargué una pizza de roquefort y otra de jamón y ananá, las favoritas de Daniel. La media hora que va desde las ocho hasta las ocho y media parecía durar horas.

Faltando pocos minutos para las ocho y media, según su puntualísima costumbre, llegó Daniel. Corrí a abrirle la puerta, tratando de parecer tranquilo, aunque estaba que volaba de la ansiedad y de la exitación que tenía en ese momento. Cuando lo vi, me quedé sorprendido: traía una bermuda beige y una chomba verde oscura acordonada que dejaba ver un poco del vello del pecho. Estaba muy elegante y seductor. Le dije que me parecía raro verlo vestido así, sin su camisa clerical y por toda respuesta me dijo que en ese momento no era Padre Daniel, sino Daniel que salía a cenar con su amigo Nicolás. Lo hice pasar y nos sentamos en el living, le dije que la pizza no tardaría en llegar ya que me parecía que para poder charlar tranquilos lo mejor era quedarnos en casa. No puso objeciones, menos cuando le dije los gustos que había ordenado; se limitó a hacer una amplia y generosa sonrisa.

Mientras esperábamos las pizzas hablamos de vaguedades. Cuando finalmente las trajeron, fui a recibirlas y a pagar el envío, las llevé a la cocina y las puse en el horno para que no se enfriaran. Volví al living con dos cervezas y me senté en el sofá junto a él. Empezamos a disfrutar nuestras cervezas y nuestra conversación se animó. En un momento bromeábamos sobre una anécdota que él me contaba de sus años en Europa y mientras reíamos me apoyó la mano sobre la pierna, fue un gesto espontáneo y natural. Sin embargo, no sé cómo lo miré, pero la retiró como si hubiera recibido una corriente eléctrica. Era la ocasión que yo estaba esperando y volví sobre el tema de la vez pasada.
Le dije sinceramente que me sentía muy atraído por él y que si bien era la primera vez que me pasaba algo así con un hombre, casi no tenía dudas de que me parecía estar enamorado de él. Se quedó en silencio unos momentos que parecieron siglos y luego con una dulzura que me conmovió me dijo que estaba realmente confundido, que antes de entrar en el seminario había tenido novia y había salido con chicas desde su adolescencia. Me confesó además que desde el momento en que tomó la decisión de hacerse sacerdote no había vuelto a tener sexo hasta la otra noche y que nunca en esos doce años se le había cruzado por la cabeza ni mínimamente la idea de que podría llegar a provocarlo un hombre. Había tenido ganas muchas veces y  oportunidades no le habían faltado, con mujeres, claro está; pero siempre había sido fiel a sus votos y a sus convicciones. Mientras me hablaba, se notaba que lo hacía con el corazón, inclusive se le llenaron los ojos de lágrimas y se le entrecortaba la voz. Lo que más me conmovió fue que me dijo que me quería mucho y que mi amistad había sido de gran ayuda para él ya que sentía que yo era amigo de Daniel y que no lo buscaba, como le sucede a menudo, porque es sacerdote. Me dijo además que mi amistad le importaba mucho y que no quería que se perdiera por lo sucedido y que debíamos tratar de que no volviera a suceder.

Aquí, lo confieso, me desarmó. No pude menos que ponerme a llorar y decirle que no podía prometerle algo así ya que eso iba en contra de mis sentimientos más íntimos de ese momento. Me arriesgué y le pregunté si no me deseaba. Me dijo que sí, pero volvió a la carga con aquello de que no estaba bien y de sus dramas de conciencia y... ¡qué se yo!
Finalmente nos abrazamos y nos quedamos así unos momentos, casi sin darnos cuenta entrelazamos las piernas y pude sentir cómo su bulto crecía contra la presión de mi pierna. Seguimos abrazados y tímidamente al comienzo intenté besarlo. Con un poco de miedo le acerqué la lengua a sus labios y suavemente se entreabrieron, permitiéndome explorarlo con cuidado y jugar con su lengua después. Bajé mi mano hacia su pierna y comencé a acariciarle el muslo, lentamente fui introcuciendo mi mano por su bermuda hasta llegar a la zona perianal, cuando lo toqué dio un pequeño respingo, pero me dejó hacer. Ya no me detuve más. Estuvo al juego y me respondió con caricias y toqueteos por encima de la ropa.

Nos pusimos de pie y empezamos a desvestirnos lentamente entre caricias y besos, fuimos al dormitorio y continuamos nuestro mutuo striptease. Ya desnudos nos acostamos en la cama y estuvimos un rato largo jugando con nuestros cuerpos: besos, caricias, toqueteos. Recordando la vez anterior nos entregamos a un 69 delicioso, él abajo y yo arriba. Amagamos a jugar también con nuestros anos, intentos tímidos al comienzo, inexpertos pero sumamente placenteros.

Volvimos a quedar uno junto al otro, abrazados, entrelazados y besándonos con pasión y ternura. Luego quedé yo arriba y comencé a trabajar su cuerpo con besos y ligeros mordizqueos en sus orejas, cuello, pecho, pezones. Seguí bajando despacio, jugué con el vello de su pecho y abdomen, su ombligo. Llegué a su pija y despacito le chupé la cabeza y le bajé el prepucio, dejándole el glande al descubierto y comencé a darle ligeros toques con mi lengua en el frenillo (en una de las revistas leí que ese lugar era como el punto "G" y parece que es cierto porqué lanzó varios gemidos de placer). Seguí lamiéndole el cuerpo del pene, los testículos y bajé lentamente hasta su orificio anal. Levantó las piernas para facilitarme el trabajo y se entregó.

Estaba sorprendido porque me dejaba hacer, de manera que empecé a estimularlo con la lengua, su reacción no se hizo esperar: gemía y se contorsionaba de placer, de repente tuvo como una pequeña convulsión acompañada de jadeos y gemidos. Después supe que eso es lo que se llama "orgasmo anal".

Yo seguí con lo mío. Luego lo miré, subí hasta su boca y lo besé. Preparé el lubricante, me puse una generosa porción en el dedo índice y mientras lo besaba comencé a acariciarle el ano hasta que le introduje de a poco el dedo. Sentí la presión de su esfínter y me costó un poco vencer su resistencia. Al principio me pidió que me detuviera, pero una vez atravesado el esfínter, se relajó y la expresión de su rostro cambió. Le pregunté si sentía dolor y me dijo que ya no, que tenía una hermosa sensación. Esperé un poco con mi dedo dentro de su culo hasta que lo sentí relajado y comencé a masajearlo despacito con un movimiento de entrada y salida, pero sin sacarlo completamente. Mientras tanto seguíamos besándonos y acariciándonos. Luego retiré mi dedo índice y preparé el mayor, esta vez casi no hubo resistencia, evidentemente se estaba dilatando y relajando, cada tanto se contorsionaba un poco y gemía de placer. Luego le puse dos dedos juntos, el índice y el mayor y también me dejó hacer.

Preparé un preservativo, me lo puse, me agregué una dosis extra de lubricante, le apoyé la cabeza de mi pija sobre su orificio y empujé despacio, muy despacio. Su ano cedió a la presión, la sensación que tuve al penetrarlo fue extraordinaria: sentía mi pija bien comprimida y eso se sentía delicioso. Observaba atentamente su cara para ver si su expresión denotaba dolor, por nada del mundo quería lastimarlo o hacerle mal. Al principio parecía dolerle un poco, pero apenas pasé la estrechez del esfínter se relajó y su expresión fue de placer y felicidad.

Finalmente estaba adentro de él. Continué despacio hasta que se la puse toda, me incliné sobre Daniel y nos confundimos en un fuerte abrazo y un beso interminable. Poco a poco fui sintiendo como su ano se adaptaba a mi pene y cuando me pareció relajado empecé el movimiento de vaivén, lento al comienzo, más rápido y apasionado después. Sentía su pija bien parada y dura contra mi abdomen mientras yo me movía hacia adentro y afuera dentro de su recto. Las sensaciones se agolpaban una después de otra, era increíble lo que estaba sintiendo en ese momento. Nunca había gozado así cuando cogía con una mujer.

Por su parte Daniel no dejaba de gemir, gritar, besarme y mordizquearme los hombros y el cuello hasta que acabamos casi juntos, no recuerdo si él acabó cuando sintió las contracciones de mi pija dentro de su culo o si lo hice yo cuando sentí las contracciones de su hermoso ano sobre mi palo cuando él empezó su orgasmo. Su semen salió con tanta fuerza que uno de los chorros me llegó hasta la oreja. El beso que nos dimos en ese momento fue impresionante y nos quedamos así un rato, mientras mi pija se relajaba y perdía turgencia dentro de su orificio.

Me incorporé, la saqué y lo limpié y me limpié con unas toallas de papel. Lo miré y noté que de sus ojos escapaban algunas lágrimas, me asusté y le pregunté si sentía dolor y si lo había lastimado. Me miró con mucha ternura y me dijo que de alegría y de felicidad también se llora. Lo abracé y nos besamos con ternura y pasión.
Después de un rato de descanso abrazados, continuamos con nuestros besos y caricias. Sentí que estaba otra vez al palo y que Daniel iba por buen camino ya que su pija estaba creciendo casi a la par de la mía. Le pregunté si estaba bien y me dijo que maravillosamente; entonces le pedí que si le había gustado lo que había experimentado antes, me lo hiciera sentir él a mí. Me miró entre divertido y pícaro, se puso sobre mí y comenzó a repetir paso a paso todos mis movimientos.

El juego de su lengua sobre mi frenillo fue estupendo. Con ansiedad esperaba el momento de que llegara a mi ano, pero el muy juguetón se hacía esperar: me besó los muslos, las piernas, los testículos, bajo el escroto. Cuando estaba por llegar a mi culo se desviaba y se iba para otro lado, parecía divertirse con mi ansiedad; así dos o tres veces hasta que por fin llegó y empezó a jugar con su lengua y a hacerme cosquillas sobre el orificio. Así un rato largo hasta que, como él, experimenté mi primer orgasmo anal. Fue una sensación tremenda que me invadió todo el cuerpo y sentía contracciones por todas partes, no pudiendo reprimir ni las contorsiones que me provocaba ni los gritos que me salían de manera irrefrenable.

Enseguida empezó a jugar con los dedos. El primer dedo costó hacerlo entrar, a pesar del lubricante me causó un poco de dolor mientras vencía la resistencia del esfínter, después mi ano se empezó a habituar al intruso y la primera sensación dolorosa dio paso al placer. El masaje que siguió fue igualmente agradable. El segundo dedo se deslizó adentro con más facilidad, si bien lo sentí, me causó poco dolor y mucho placer. Cuando me puso los dos dedos sentí que mi culo se abría, me parecía increíble que mi pequeño agujerito pudiera contener dos dedos y estirarse así sin problemas.

Cuando se preparaba para penetrarme con su pija tomé conciencia de que en pocos instantes más tendría todo ese palo dentro mío y, confieso, me dio un poco de miedo. Si bien su pija no es demasiado grande, sí es más bien gruesita. Pero ya estaba en camino y no quería echarme atrás. Se puso el forro, se lubricó bien, especialmente la cabeza y me la apoyó. Intenté por todos los medios de relajarme y prepararme para su entrada. Empezó a empujar y la sentí pasar, al tiempo que sentía que mi ano se dilataba. El paso por el esfínter fue doloroso y no pude reprimir un quejido. Siguió adelante lentamente hasta que sentí su vello púbico contra mis nalgas y mis testículos. El dolor iba desapareciendo y me invadía una sensación nueva: sentía su pija adentro mío, me sentía lleno y a la vez sentía un cierto cosquilleo que me llegaba hasta la boca del estómago. Poco a poco mi culo se fue amoldando a su invasor y el placer fue aumentando. Como yo lo hice con él, se inclinó y me besó, después comenzó un lento movimiento de vaiven que fue aumentando poco a poco en ritmo e intensidad.

Sentía toda su fuerza varonil dentro de mí, ese ir y venir de su pene en mi recto me ocasionaba sensaciones nuevas e indescriptibles. El ritmo de sus movimiento se fue haciendo cada vez más fuerte y rápido, tanto que en uno de esos movimientos su pija se deslizó afuera. Pensé que al intentar ponerla de nuevo iba a causarme dolor, y traté de prepararme, pero mi orificio ya estaba dilatado y la nueva penetración, aunque no fue precisamente suave y delicada como la primera, me hizo retorcer más de placer que de dolor.

Mientras tanto yo no paraba de gemir, de morderlo y de besarlo. Sus embestidas se hicieron más fuertes y frenéticas hasta que en una de esas, la más fuerte, dando un grito empezó a eyacular. Parecía no terminar nunca, fueron como siete u ocho contracciones fuertes de su pene que provocaron que yo no pudiera aguantar más y también acabara sin tocarme.

Para mi sorpresa, su pene no se distendió sino que seguía al palo adentro de mi ano. Entonces se irguió, tomó mi pija y comenzó a pajearme mientras me bombeaba otra vez. Fue una locura de pasión; los dos acabamos otra vez juntos, Daniel dentro de mí y yo sobre su pecho y el mío. Después se relajó, retiró su pene de mi orificio, un tanto dolorido por tanto trajín y se recostó sobre mí dándome un montón de besos.
Después de casi una hora nos levantamos, nos bañamos juntos, calentamos las pizzas y las disfrutamos junto con unas buenas cervezas mientras mirábamos muy interesados el video que yo había comprado el sábado por la mañana. A todo esto ya eran casi las tres de la madrugada cuando terminamos de comer y volvió a su casa.
Con Daniel seguimos siendo buenos amigos, aunque está claro que dada su situación no podemos pensar en una relación estable. Sin embargo, después de esto cada tanto nos reunimos con Daniel para comer pizza... ¿qué tal?
 

Con el tiempo conocí otros chicos con los cuales salí y con alguno también formamos pareja. Años más tarde me fui a vivir solo. En estos momentos estoy saliendo desde hace ocho años con Ernesto un ex compañero de la facultad con el que nos reencontramos después de casi seis años, sin saber nada el uno del otro. Pero ésa será otra historia.
 
 

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