SAXOFONES Y OTROS “INSTRUMENTOS”

 

 

            No soy ningún Adonis pero creo que no estoy mal del todo: mido 1,78 cms., peso unos 75 kg., tengo el pelo negro y los ojos verdes. Vivo en una provincia del norte de España.

           

Hace años, yo tocaba en una banda de música. La integrábamos varias personas, tocando diferentes instrumentos: saxofones, trompetas, bombo, clarinetes... Mi instrumento era el saxofón alto.

 

Años después, yo dejaría el mundo de la música para realizar mis estudios universitarios, pero ésa es otra historia.

 

Lo que voy a relatar a continuación debió de suceder, más o menos, en el año 1.997, es decir, cuando yo contaba con 16 años.

 

Toda la banda de música tocábamos tanto en nuestro pueblo como en diferentes ciudades de España que contrataban nuestros servicios. Si no recuerdo mal, he tocado en pueblos de Navarra, La Rioja, Valladolid y Barcelona. Fue en un pueblo de esta provincia donde sucedió lo que voy a contar.

 

Tras un duro viaje en autobús de unas 4 horas, llegamos al pueblo catalán donde teníamos que animar las fiestas patronales. En el autobús creo que no hablé prácticamente con nadie, puesto que soy parco en palabras a no ser que conozca muy bien a la gente con la que estoy y me una a ella una gran amistad. Al ser de noche cuando llegamos, lo primero que hicimos fue reservar habitaciones en una pensión de mala muerte donde siempre nos alojábamos cuando tocábamos en ese pueblo.

 

Estuvimos esperando un buen rato y cuando me tocó el turno, no pude reprimir una mueca de horror, al descubrir que tendría que compartir habitación con Carlos, otro de los músicos que tocaban el saxofón en la banda y con el que no me unía, precisamente, una buena amistad. Es más, me caía bastante mal. Todo eso era debido a su prepotencia y chulería. Pero, ¿qué podía hacer yo? Tendría que dormir a su lado (nunca mejor dicho). Carlos tendría, más o menos, 35 ó 40 años y estaba de muy buen ver: con el pelo negro y rizado, los ojos marrones y un cuerpo muy sexy.

 

Dispusimos nuestras maletas en la habitación y ordenamos nuestras ropas rápidamente para poder bajar a la recepción con los demás músicos y partir todos juntos hacia la Plaza Mayor del pueblo para empezar a tocar.

 

Como era muy avanzada la hora, no se oía gran cosa por la pensión, puesto que la gente, o bien estaba durmiendo, o bien estaba por ahí, de marcha. Pero cuál fue nuestra sorpresa cuando escuchamos unos gemidos procedentes de la habitación de encima, que nos llegaban a través del balcón (era a principios de septiembre, y todavía hacía calor, así que los balcones estaban abiertos). Carlos me dijo: “¡Qué bien se lo están pasando esos! ¿Verdad?” Yo sonreí y traté de disimular lo mucho que me estaban calentando esos gemidos de placer. Mi pantalón se empezó a abultar y mi pene se puso “alegre”.

 

En fin, nos fuimos abajo y, junto con los demás músicos, abandonamos la pensión para comenzar la “fiesta” por el pueblo.

 

Si he de ser sincero, yo no disfrutaba mucho tocando por ahí. ¿Por qué? Sencillamente, por mi carácter introvertido. No me gustaba mucho beber y hacer excesos. Supongo que eso se debía a mi condición de homosexual. Quizá creyese que si bebía y hacía el loco como los demás, se iban a dar cuenta de que soy “maricón”. Y eso me daba bastante miedo, la verdad.

 

El caso es que después de tocar, los músicos se querían ir de fiesta por ahí. Yo decidí volver a la pensión y dormir, puesto que al día siguiente tendríamos que madrugar para seguir tocando. Le dije a Carlos que yo me volvía a la pensión y él me dijo que, en ese caso, dejase la puerta de la habitación abierta para que, cuando él volviese, pudiese entrar sin despertarme.

 

Al llegar a la habitación, recordé los gemidos de la habitación superior y comencé a calentarme otra vez. No sabía qué hacer para saciar mi excitación, así que me desnudé y salí tal como estaba al balcón. Siempre me ha excitado que los demás me vean desnudo. Pero la verdad es que la gente que pasaba bajo el balcón no se dignaba mirar hacia arriba, así que, tal y como estaba, me tumbé encima de la cama y me puse a masturbarme. Mi mano bajaba y subía con facilidad por el tronco de mi polla y no tardé en correrme. Por fin me quedé a gusto, así que decidí meterme en la cama y dormir.

 

Unas horas después, oí cómo Carlos entraba en la habitación sin hacer demasiado ruido. Yo hice como que seguía durmiendo pero en realidad tenía los ojos semi cerrados. Carlos se desnudó y se sentó en el borde de su cama, de cara a mí. Miré su polla, grande, gorda, de un color oscuro y me calenté otra vez. De pronto, se levantó y cogió una toalla del armario. Salió con ella de la habitación, rumbo al baño (que se encontraba en el pasillo). Me levanté de la cama y cogí sus calzoncillos. Eran unos slips “de los de toda la vida”. Me los acerqué a la nariz y aspiré el olor a hombre que manaba de ellos. Vi que en la zona donde se asentaba el culo, había una mancha marrón y donde se apoyaba la polla, una mancha amarilla. Eso me calentó sobremanera y desnudándome, cerré los ojos mientras me frotaba la polla con el calzoncillo de mi compañero. Tan excitado estaba que no me percaté de que la puerta se abría y entraba Carlos, con la toalla anudada a la cintura y aún húmedo por la ducha que había tomado. Se quedó mirándome y me dijo: “¿Te gustaría tocar mi polla de verdad?” Yo no sabía qué hacer, me quedé petrificado. Él, cerrando la puerta, se acercó a mí y me acarició la cara. “No pasa nada, precioso”, me dijo. Y, acercándose más a mí, me besó en los labios. Tomó mi mano y me la acercó a su polla, la cogí y empecé a masturbarle. Él gimió de placer. Entonces, se abalanzó sobre mí y me empezó a chupar la polla. Yo le dejaba hacer y, durante un buen rato, los gemidos de la habitación de encima fueron sustituidos por los que yo lanzaba. No me importaba que los demás nos oyesen. Después de todo, estaba disfrutando como una perra en celo. “Más, cabrón, chúpamela más”, le decía yo. Nos pusimos en la posición del 69 y yo también disfruté de ese trozo de carne enorme.

 

Probamos varias posturas y después, él empezó a acariciarme el culo y a introducir un dedo en mi agujerito. Di un respingo y él me djo: “No tengas miedo, mi vida. Esto no te va a doler”. Confié en él y me dejé llevar; me gustaba lo que me estaba haciendo. Después de un rato con el “mete-saca” de su dedo, probó a introducirme la punta de su preciosa polla. Al principio me dolió un poco pero después... uffff, cómo gocé. Estuvimos follando, gimiendo, lamiendo, chupando... toda la noche, hasta que amanecimos abrazados el uno al otro.

 

Qué bien se siente cuando te despiertas abrazado a un hombre de verdad. Carlos era eso y mucho más: tenía una polla enorme, un cuerpo muy bien formado... me excitaba muchísimo cada vez que me tocaba cualquier rincón de mi piel.

 

Esa mañana fuimos a tocar por el pueblo y los demás de la banda nos miraban de forma extraña. Quizá notasen que entre Carlos y yo había nacido una amistad que antes no existía. Quizá viesen en nuestros ojos la felicidad que nos embargaba por la noche de placer que nos habíamos dado. Quizá nos hubiesen oído y estuviesen muertos de envidia... Qué sé yo.

 

El caso es que durante todas las noches que pasamos en Barcelona, no hubo una sola en la que no durmiésemos juntos y nos corriésemos violentamente el uno sobre el otro.

 

Ahora, años después, hemos descubierto a una persona que nos excita a los dos, y hemos empezado a instruirle en los misterios del sexo. Se trata, nada más y nada menos, que de su sobrino. Pero esa... es otra historia.

 

 

 

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