Relato incluido en el libro "Semen
y Celindras" de
Cipriano Torres. Edita: Mestizo
A.C.
- Hola, llamo por lo del anuncio
en el Segundamano, ¿lo has puesto tú?
- Sí, ¿quién
eres?
- Me llamo César, ¿y
tú?
- Ricardo. ¿qué edad
tienes, César?
- Creo que soy muy joven todavía.
- Eso es estupendo.
- Tengo 16 años, ¿y
tú?
- Un poco más.
- Me gustaría conocerte,
¿por qué no me das tu dirección?
- Creo que es un poco precipitado.
Háblame de ti.
- Es que por teléfono me
corto y no sé que decir.
- Responde a lo que te pregunte,
¿te parece?.
- Bueno.
- ¿Tienes vello en el pecho?
- No, todavía no. Lo siento.
- Mejor, mejor. Eso es lo que quiero.
¿Cómo la tienes?
- No sé, normal.
- ¿Qué es normal
para ti? ¿Como un dedo, como un lápiz, como un pepino?
- ¡ Qué cosas dices
!. No sé, si la tengo floja es pequeña, un poco
gorda quizá. Empalmada
es más grande, como un pepino largo.
- Eso está bien. ¿Se
te baja la piel del capullo?
- Claro, desde chico.
- ¿No te operaron de fimosis?
- No, qué va, no me ha hecho
falta.
- ¿Te la meneas con frecuencia?
- Sí, últimamente
más. No sé por qué.
- Supongo que habrás encontrado
el sentido de la vida.
- No sé que es eso.
- No importa. ¿Cómo
eres?
- Aparento menos edad de la que
tengo. Dicen que soy guapo; vamos,
gracioso de cara, no sé.
- Pero tú, ¿cómo
te ves?
- Estoy contento conmigo. Tengo
el pelo un poco rizado y tengo los
ojos grandes.
- ¿Cómo son tus labios?
- No sé.
- Cómo que no sabes. ¿Grandes,
pequeños, jugosos, vulgares?
- Creo que son suaves, llenos de
estrías. Dicen que tengo una sonrisa
muy bonita.
- ¿Eres gordo?
- No, qué va. Soy delgado
y alto para mi edad. Bueno, y tú, ¿cómo
eres?
- Luego hablamos de mi...¿Qué
te gusta hacer?
- Me gusta bailar en la discoteca,
montar en moto, ir al cine, salir
con los amigos.
- Me refiero en la cama. ¿Qué
te gustaría hacer en la cama?
- No lo sé. Nunca he estado
con nadie.
- ¿En serio?. Seguro que
me estás engañando.
- Te lo juro.
- Me encanta. ¿Y cómo
sabes que te gustan los tios si nunca te has
acostado con ninguno?
- Eso es una tontería. No
hace falta acostarse con nadie para saber
que te gusta. Yo veo una
tia en la tele y me quedo tan fresco; sin
embargo, un tio que esté
bien me excita.
- Ya lo sé, hombre, ya lo
sé. Era una broma. ¿Y a qué te dedicas?
- Estudio. ¿Y tú
como la tienes?
- Estoy bien preparado. Oye, ¿por
qué has llamado? ¿No te lo haces con
tus amigos? ¿No vas
a sitios de ambiente?
- La gente con la que voy no sabe
nada y los sitios de ambiente no me
gustan. Además, no
conozco ninguno.
- Ahora mismo, ¿qué
haces?
- Pues hablar contigo por teléfono.
- Quiero decir si estás
solo, si estás preocupado por que te oigan.
- No hay nadie en casa, por eso
te he podido llamar.
- Donde estás, ¿en
un cuarto, en el salón de tu casa?
- En el salón, tumbado en
el sofá.
- ¿Qué ropa llevas
puesta?
- Una camisa de cuadros y un pantalón
vaquero.
- ¿Es ajustado?
- Bastante.
- ¿Cómo te hace el
paquete?
- Grande, pero yo creo que es por
la postura.
- Cógetelo. Ahora te digo
lo que yo llevo puesto. Una camiseta sin
mangas, negra, y un pantalón
corto y ancho, de deporte. No llevo
calzoncillos, ¿y
tú?
- Yo sí, me da angustia
ir sin nada. Me estoy empalmando, Ricardo.
- Yo también. Bájate
la cremallera del pantalón, César. ¿Estás ya
empalmado del todo?
- Sí, ahora sí.
- ¿La tienes para un lado
o para arriba?
- Me la pongo para un lado.
- Póntela para arriba y
saca el capullo por el calzoncillo. ¿Cómo la
tienes?
- Me llega casi al ombligo. ¿Tú
estás empalmado?
- Me la he sacado por el pernil
del pantalón. Va a reventar. ¿Te
gustaría que te la
chupara?
- Claro que sí.
- Quítate los pantalones.
- Es que temo que venga mi madre.
- Si oyes que entra alguien, cuelga
y te vas al baño a vestirte. Yo me
voy a quitar lo poco que
tengo. Así es más cómodo.
- Ya estoy desnudo. Bueno, con
la camisa.
- Desabróchatela. ¿Tienes
la piel suave?
- Estoy sudando.
- ¿Sabes si tendrá
tu madre zanahorias?
- ¿Zanahorias?. Supongo
que sí, pero no entiendo nada.
- No te preocupes. Haz lo que yo
te diga. Deja el teléfono, ve a la
cocina y coge una zanahoria
que no esté muy torcida, luego vete al
cuarto de baño y
coge cualquier crema hidratante. Te espero.
- Ya estoy aquí, con todo
eso.
- Está bien, César.
Echate crema en los dedos y con suavidad te vas
dando con ella en el culo,
procurando meterlos poco a poco.
- Estoy nervioso.
- No te preocupes. Hazlo despacio.
- Acaba de entrar uno.
- ¿Ves? No pasa nada. Estoy
muy excitado, César. Están entrando bien,
Ricardo. Cuéntame
qué haces tú.
- Me acaricio la polla lentamente.
¿Sigues empalmado?
- Claro que sí. Quisiera
tocarte, verte. ¿Tú no?
- Echale crema a la zanahoria.
Póntela en el culo y empújala hacia
dentro, despacio. No, no,
relájate.
- Me va a doler.
- Confía en mí, hombre.
Hazlo despacio, nenito. Ya verás.
- Está entrando, Ricardo,
y no me duele.
- Ahora, con una mano, te la sacas
y te la metes, y con la otra te la
meneas. Pero no te corras
todavía.
- No puedo, ¿cómo
sigo hablando contigo?
- Apoya el teléfono con
el hombro y la cabeza. Echate crema en la
cola. Yo lo acabo de hacer
y sólo con rozarme tengo bastante.
- No puedo más, Ricardo.
Estoy a punto de correrme.
- Yo también, pero tenemos
que aguantar. Tenemos que corrernos los dos
a la vez.
- Acaba de salir una gotita.
- Me gustaría lamerla.
- Díme donde vives y voy
ahora mismo.
- ¿Tal como estás?
- Creo que sería capaz de
salir a la calle desnudo si tú me lo pides.
Disfrutaríamos más.
Me gustaría comerte, chupártela, quedarme quieto y
sentirte dentro de mí.
Me gustas, Ricardo, creo que me estoy
enamorando de tí.
- No digas tonterías, César.
Procura correrte como un mulo y olvídate
de lo damás. Mis
huevos están duros y el pito me arde. Tengo que
morderme los labios. Creo
que no resistiré más. ¿cómo estás tú?
- Loco, medio muerto. Chúpamela,
Ricardo, la tengo más grande que
nunca. No lo soporto.
- Yo tampoco. Vamos a corrernos,
nene mío.
- Cuando quieras.
- Ponte a punto. Luego contamos
hasta cinco.
- Uno.
- Dos.
- Tres.
- Cuatro.
- Cinco !!, Ricardo, me voy, me
voy, te quiero !!!
- ¿Te has manchado mucho?
- Como nunca. Me ha llegado hasta
la barbilla. Estoy hecho polvo !.
- Descansa ahora, César.
Y olvídate.
* * *