SEXO EN GRANADA III
Intercambio en el Sheriff


¡Hola de nuevo! Primero quiero agradecer a toda la gente que me ha escrito, por los relatos anteriores, ya veis que siempre contesto; si me he olvidado de alguno lo siento, perdonad, pero habéis sido bastantes. Una nueva entrega de la saga, espero que os guste.

Bueno, para quien no sepa el Sheriff es un bar granaíno donde pueden hacerse intercambios lingüísticos los miércoles noche y fácil encontrar chicos y chicas de casi cualquier nacionalidad. Allí he conocido chicas holandesas, belgas, norteamericanos, algún británico, muchos franceses, un japonés…

Pero lo que quiero contar pasó hace dos miércoles. Estuve en el bar con unas amigas, una francesa y una alemana y, lo mejor de todo, el chico de la moto, Benôit; ya le había visto antes, pero ahora le conocería más a fondo.

Quedamos con JB en una plaza y cuando llegamos el bar estaba cerrado, el intercambio se había trasladado a otro garito, muy cerca. Apenas cinco minutos después llegó Ben, el chico francés amigo de Cristine. Primera alegría, se acordaba de mí. Nos saludamos y estrechó mi mano de una manera muy delicada, casi poética; después me contaría que le gustaba escribir poemas y yo le animé a escribir algo en español, aunque no le vi muy convencido.

Ben es un chico raro, no es muy guapo. Es algo más alto que yo, 1,80 m o algo menos, rubio, con melenita, llevaba vaqueros, cazadora y el casco negro en la mano, los ojos verdes y una sonrisa perpetua remataban el cuadro. Un chavalito de 22 años lleno de encanto, charme (en français). Su español es bastante fluido, pero a veces le cuesta y tiene la tentadora costumbre de acercarse muchísimo, como si así le entendiera mejor. ¡Me encanta!

El bar estaba llenísimo y después de un par de horitas JB se fue, él también es francés, pero nada que ver… Algo más tarde le dije a las chicas de cambiar de sitio, no quisieron salir de nuevo a la noche helada y además lluviosa. Total que media hora después estábamos Ben y yo solos en otro bar, cerca, en calle Sócrates. Por cierto tiene un camarero que me encanta y el relaciones públicas conoce, digamos, mis aficiones.

El RR.PP. no estaba hoy en la puerta, había una chica muy simpática que nos acompañó a la barra. Ben pidió un Martín blanco y yo cerveza. Empezamos a hablar de no sé qué, de todo y de nada en particular, era la segunda vez que nos veíamos y no teníamos mucho que contarnos. Yo estaba sentado en la esquina de la barra con las piernas muy abiertas y las manos apoyadas en las rodillas. Ben tenía sus piernas cruzadas y, acodado en la barra, su mano derecha acariciaba insinuante el vaso de tubo lleno hasta arriba de hielo. Volvimos a hablar de poesía, me ofrecía para "corregir" su expresión en español. Ben alegaba que siempre escribía de amor y no podía sentir, expresar, amor en otro idioma distinto del suyo.

Francia es un país que me fascina. Paris, la ville de l'amour; la lengua más sensual que existe; buen vino; chicos guapos… Siempre que tengo oportunidad me gusta conocer más de su cultura, le mencioné que me encantan las baladas de Edith Piaf, una cantante gala de los '40. Me tarareó unos versos de su canción más conocida:

« … quand il me prend dans ses bras, il me parle tout bas, je vois la vie en rose. Il me dit des mots d'amour, des mots de tous les jours et ça me fait quelque chose… »

Este chico tenía que ser gay (pensaba), es demasiado sensible, demasiado perfecto para ser hetero. Si todos los franceses son así me mudo. Aunque claro (seguía en mis elucubraciones), Cristine me lo habría dicho, ella sabe que me gusta ¡putain!

• ¡Hey Oskar! ¿qué piensas tío? Estás muy callado.
• ¿Eh? Sí, perdona. ¿Tomamos algo más o nos vamos a casa?
• Como tú prefieras, yo estoy bien.
• (dios qué sonrisa) Mejor me voy a casa, tengo que madrugar.
• Vale, voy a buscar los abrigos.

Mientras se alejaba su culito moviéndose descaradamente llamé al camarero para pedir la cuenta; otro rubio que me encanta y ya me conoce. Le pagué.

• Gracias tío (me dijo en un tono cordial, haciendo notar que me recordaba)
• Las que tú tienes, chavalín.

Un guiño y me reuní con el francés junto a la puerta; acababa de echar el cebo por si picaba otro día.

Ben insistió en acompañarme a casa que estaba bastante lejos, media horita de camino a buen paso. Yo le dije que no era necesario y, finalmente acordamos que me acompañaría hasta la mitad del trayecto. Pasamos todo el rato hablando, la verdad no recuerdo de qué, pero cuando me di cuenta ya estaba en mi calle.

• Bueno Ben, aquí es. Nos vemos otro día, ¿OK? Gracias por acompañarme
• Gracias a ti, la noche estuvo cool. Yo seguiría hablando contigo.
• ¿Quieres subir? Te invito a un vino, sólo que supongo que mis compañeros estarán en casa.
• Si te parece bien, a mí me apetece mucho.
• Entonces entra.

En mi piso no hay ascensor (lástima) es un tercero y Ben subió delante. Ese culo me tenía hipnotizado. Al llegar arriba se giró y conforme subía el último escalón me besó en los labios.

• ¡Vaya! ¿Y esto?
• Je pense que…
• No te pongas nervioso -le interrumpí-, en español.
• Sí, yo pienso que te iba a gustar

Le indiqué silencio con un gesto, abrí la puerta de casa y le cogí de la mano. No había luz, supongo que estarían durmiendo. Le conduje hasta mi habitación.

• Sí, me gustó.

Le besé de nuevo

• ¿Quieres que abra el vino?
• Quiero que te quedes conmigo. Puedes abrir mi agujero, he visto cómo me miras mi trasero.

No sé por qué, lo primero que aprendemos en un idioma nuevo son toda suerte de guarradas, insultos varios y un vocabulario sexual de lo más completito. ¡Ventajas de la globalización!

No hubo más palabras esa noche, o quizá sí, aunque no más de dos o tres seguidas. Un calorcito muy agradable recorría mi cuerpo desde mi entrepierna subiendo por la espina dorsal hasta el cuello, ¡qué bueno!

Me aferré al culo del francés con ambas manos y él se lanzó a comerme la boca con una perfecta combinación de dulzura y desenfreno. Metí las manos dentro del pantalón y amasé sus nalgas tratando de alcanzar el agujero preciado. Sólo rozarlo y Ben enloqueció. Me empujó sobre la cama, a partir de ahí sólo hablaba francés, poco claro, entre gemidos, no entendía nada, pero estaba gozando como pocas veces. Se montó sobre mi pelvis y empezó a mover el culo mientras sus manos recorrían ahora mi torso, ahora mi cara; jugaba con los botones de mis tejanos. Estaba en sus manos, había perdido completamente la razón, sólo pensaba en arrancarle la ropa y abrirle bien el culo. Dejó poco a poco de mover sus caderas a la vez que se inclinó hasta darme un mordisquito en el labio inferior.

• Baise moi chêri!

Yo seguía sin reaccionar; entre cervezas, vino, el calorcito de la calefacción, el aroma de incienso que se resistía ha dejar la alcoba… Ben seguía mordisqueándome la boca, lamiéndome el cuello, besándome la frente, el mentón… entre cosa y cosa repetía esa frase mágica.

• Baise moi chêri!

El francés, entre suspiros, iba tomando forma en mi cabeza y la reacción no se hizo esperar: baise moi chêri, fóllame cariño -traduje en voz alta casi sin darme cuenta-.

• Si mon cœur, debouché moi.

¡Mmm! Mejor no traducir más. Al francés le iba el juego "sucio", duro, guarro, intenso, bien vivo, latino al fin y al cabo.

Me di la vuelta en la cama dejando a mi precioso partenaire bajo mi cuerpo. Ben gemía, seguí lamiendo mi cara y empujaba mi culo haciendo que mi polla presionara con fuerza sobre su paquete. Estábamos los dos muy duros. Me saqué el jersey y desabroché mi pantalón. Me quedé con slip y una camiseta corta de lycra. Salí de la cama y el francés conmigo; mientras dejaba la ropa en la silla, a través del espejo, vi cómo se acercaba a mí por la espalda chupándose el dedo medio y con su mirada fija en el reflejo de la mía. Sabía que le estaba viendo, claro. Desabotonó su camisa despacio, me quitó la camiseta desde atrás y estrenó nuevas e insólitas caricias a mi polla todavía dentro del slip; una paja suavecita, para abrir boca. Me giré para besarle; le quité el pantalón y la ropa interior de una vez.

• Quiero chuparte el culito.
• No Oskar, quiero follar ahora.

Mi polla saltó de excitación, ¡joder con el francés! Parecía un chico modosito en el bar, nunca habría imaginado que le iba la marcha de esta manera. Dicho y hecho, no me hice de rogar. Yo también lo estaba deseando.

Ben se apoyó en la puerta del armario, con los brazos en alto, las piernas semiabiertas e inició un contoneo insinuante con su precioso culo. Miró hacia atrás y sonrió con lujuria.

• ¡Fóllame! -me dijo, ahora sí, en español y con ese acento tan lindo-.

Me aferré a su cintura, adosándome literalmente a su culo sin penetrarle. Lamía su cuello, pellizcaba sus pezones con mi derecha, mientras mi mano izquierda permanecía en su cintura estrecha. Qué lindo, sin un pelo en ningún sitio, en ninguno. Se giró otra vez hasta encontrarse con mi boca, le agarré de nuevo para impedir que se separara de mí.

• Fóllame Oskar -insistió-.

Mordí su boca y se la metí de una empujándole contra el armario. Inicié un bombeo intenso, apurado, me traía loco hace tiempo, supervaliente, no podía aguantar más. Mi polla no es grande, aun así se la ensarté hasta las bolas, cogí la verga lampiña de mi francés y empecé a follarle con ganas, sin parar. Fue poco rato, quizás diez minutos.

Ben recuperó su postura inicial, empujando su trasera para tragarse más de mi rabo, estábamos como locos, nos movíamos sin control. Mi polla escapó de entre sus fibrosas nalgas; en un segundo la tuvo de nuevo dentro, hasta el fondo. Aceleré el pajote y mi garçon comenzó a deshacerse en gemidos, como poseído, y yo con él. Llenó mi mano y la luna del armario de rica leche. Las contracciones de su ano aceleraron el orgasmo, me vacié completamente en el culito de Ben. ¡Cómo apretaba!, controlaba los músculos del ano a su antojo.

El francés se separó de mi polla y se agachó para lamerla, recogió los pocos restos de leche que quedaron. Yo intenté hacer lo mismo con él, pero en su rabo ya no había restos de la venida, ya que había seguido masturbándole, así y todo atrapé su nabo entre mis fauces hasta cubrirlo de una capa perfectamente homogénea de mi saliva. Me arrodillé en el suelo para lamer el espejo embarrado de su semen y Ben se tiró a mi lado, peleando su leche en mi lengua. Acabamos desnudos en el suelo gélido, comiéndonos la boca con vehemencia, con violencia, prácticamente devorándonos, sin tregua. Benôit logró inmovilizarme de espaldas en el piso, sujetando mis brazos con sus piernas contra mi cuerpo. Besó mi polla, erecta con renovada fuerza, automáticamente dejé de resistirme y, también como con resorte, se levantó. Lamió mis labios y se tumbó en mi cama de medio lado, mirándome,

• ¿Y si abres el vino ahora?
• Claro chêri, te abro lo que tú quieras. Ahora, ya sabes cual es la tapa, ¿no?

Un guiño, un agarrón a su polla. Tomé mi albornoz de la percha y salí hasta la cocina a buscar el vino. Lo que "vino" después, quizás te lo cuente otro día. ¡Un besito!

oskarnomellamo @ hotmail.com para lo que quieras…

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