Mi sobrino y sus amigos


¡Hola a todos! Quiero contaros algo que me sucedió este verano y que nunca creí que podría ocurrir.

En los primeros días de Julio recibí una llamada de teléfono de mi sobrino Sergio. Me sorprendió por ser algo verdaderamente poco frecuente, y me agradó al mismo tiempo. Preguntaba si podían quedarse él y dos amigos más unos días en mi casa, en el mes de Agosto.

- ¡Por supuesto que sí! Le dije.
 
Llegaron un viernes a última hora de la tarde. Yo me quedé impresionado al ver aquel trío de bellezas masculinas. ¡Por cierto! Vivo en Madrid, tengo 43 años y creo que estoy muy bien para mi edad; mi nombre no hace al caso. Volviendo a mis visitantes os diré que los tres son muy parecidos: los tres visten prendas deportivas permanentemente, pasan de los 1,80m de altura y tienen unos 70 kg. de peso; mi sobrino Sergio tiene 19 años, pelo castaño; Isaác también tiene 19, dice que tiene el pelo negro pero se lo acaba de rapar; y Emilio es el menor, tiene 18 años y es rubio. Es el típico niño bien de buena familia burguesa de provincias. Tras cumplir 18 años y por sus buenas notas en los estudios, su padre le ha regalado un coche con el que hace su primer viaje largo, a la capital y luego a un camping de la sierra.
 
Tras las presentaciones y saludos, dejaron sus cosas y se acomodaron a descansar del viaje. Para cenar salimos a una pizzería cercana a mi casa y tras la cena les invité a una copa a un pub del barrio; aunque ninguno tomó alcohol, yo sí. Luego supuse que querrían irse de marcha y me dispuse a entregar a mi sobrino una llave de la casa, que había mandado hacer para la ocasión. Pero cuál seria mi sorpresa cuando dijeron de volverse a la casa a dormir, ya irían de marcha el sábado; además querían aprovechar el día para conocer la ciudad. Yo dispongo de una cama grande para mí y de un sofá-cama con una colchoneta debajo, con lo que el tercero tenía que dormir en el suelo, aunque pondría debajo la estera que usan en el camping. Me insistieron repetidamente en que no me preocupara por ellos.
 
- ¡Tú a tu bola, tito!. - Dijo mi sobrino Sergio.
- ¡Incluso en bolas! - Dijo Emilio entre risas.
- Bueno, eso no estaría bien, - dije yo algo sorprendido - aunque yo suelo dormir en bolas y andar por casa así. - añadí.
- ¡Pues nosotros dormimos en bolas! - Afirmó Isaác.
 
Así quedó la cosa, por el momento. A todo esto yo ya sólo tenía puesto un slip tipo tanga de color negro que me marcaba todo el paquete. Me retiré a dormir dejando la puerta del dormitorio abierta mientras ellos terminaban de acomodarse en el amplio salón. Finalmente apagaron la luz y el piso quedó a oscuras y en silencio.
 
Habrían pasado unos 20 o 25 minutos cuando escucho la voz de mi sobrino preguntar:

- Tito, ¿duermes?
- No. - respondí yo.
- Es que, digo, si podría dormir yo en tu cama y así no tendríamos que dormir uno en el suelo.
- ¡Claro! - dije yo.
 
Se echó en la cama a mi lado y ya desde el primer momento quedó rozándose conmigo y pude notar que, como Isaác había dicho, estaba en bolas. Pronto se giró quedando boca arriba y poniendo su mano, como por descuido, sobre mi polla que a estas alturas tenía ya una buena erección.

- ¡Vaya tito, la tienes bien dura!
 
Yo no respondí nada, sino que comencé a acariciar su hermoso cuerpo, a pellizcarle los pezones, rodear con la yema de los dedos el ombligo; y mientras mis manos acariciaban su cuerpo, mis labios ardientes se posaban en la parte que tenían a su alcance. Poco a poco me fui poniendo sobre él y bajé la cabeza hasta quedar con mi boca a la altura de su sexo, ya en el pleno esplendor de sus 19 cm. Primero rocé levemente la punta, llevándome con la lengua una sabrosa gotita de presemen, luego continué lamiendo por el tieso mástil hacia abajo hasta llegar a los huevos. Fue algo más que un lametón lo que le produjo el primer quejido de placer; le chupé el otro y se repitió el quejido. Volví al pene y probé a introducírmelo en la boca: me cupo sólo la mitad. Para que me entrara más, me di la vuelta, quedando mis cojones a la altura de su boca, a su disposición. Sin dudarlo me los lamió y chupó, devolviéndome el placer que yo le daba.
 
Ya había percibido yo la movida de los otros dos en el salón; pero me sorprendí al notar una mano sobre mi cuello y otra que bajaba acariciando mi espalda hasta pararse en el culo y comenzar a jugar con él. Solté la polla de mi sobrino una vez más, para evitar que se corriera demasiado pronto, pero esta vez me encontré con los huevos de Emilio a la altura de mi boca. Tomé el manjar que se me ofrecía y los chupé con placer. Pronto me obligó a soltarlos y me metió su polla en la boca. Era algo más pequeña que la de mi sobrino, igual de gorda y muy sabrosa. Mientras se la chupaba a Emilio, Sergio seguía mamándomela e Isaác me trabajaba el culo con sus dedos untados en saliva. Pero yo quería probar las tres, de modo que me di la vuelta en la cama buscando la polla de Isaác y abandonando la de Emilio, que se fue a buscar la boca de Sergio; Isaác debía tener unos 18 cm pero era la más gorda de las tres.
 
Pero aquella noche yo lo quería todo. Tomando a Isaác y a Emilio por la cintura con mis brazos, los acerco el uno al otro, de modo que pueda meterme las dos pollas en la boca; esto no hubiera sido posible sin la ayuda de mi sobrino, que seguía debajo. Mientras gozaba de las dos pollas, ambos me trabajaban el culo con sus dedos. Algo cansado del esfuerzo, me dejo caer con la intención de sentarme, pero pareciera que Sergio estaba esperando este momento con la polla dura como un palo, de modo que quedé ensartado en ella de un golpe. Todo mi cuerpo vibró de placer mientras me entraba. Hubiera querido gritar, pero los otros dos muchachos me apretaban la cabeza contra sus pollas. Me movía suavemente arriba y abajo sintiendo en mis entrañas la dureza de la hermosa polla de mi querido sobrino, mientras mamaba las de sus amigos y les acariciaba sus culitos y espaldas.
 
Finalmente, Emilio volvió atrás, se acomodó entre las piernas de Sergio y comenzó a metérmela.  Cuando sentí que entraba la cabeza, no pude más y comencé a gritar de placer. Ellos respondieron de igual manera, subiendo todos un peldaño en la escala del morbo: comenzamos a desbarrar. Me golpeaban, insultaban, pellizcaban los pezones y castigaban los huevos y la polla. Yo les animaba a ello con palabras soeces. Emilio ya había conseguido metérmela toda y me follaba como un poseso, con lo que consiguió correrse; dejó el sitio para Isaác y vino a que se la limpiara con la boca, lo que hice con placer. También Isaác consiguió metérmela junto con la de mi sobrino Sergio, pero cuando Emilio sacó su polla limpia de mi boca, cambiamos de postura; Sergio se incorporó en la cama de modo que pudiera comérsela, e Isaác se quedó solo follándome el culo. Ahora podía yo acariciar mi sexo y ponerlo a punto para el momento oportuno, que no tardó en llegar. A pesar de lo dilatado que estaba, noté perfectamente el chorro de semen caliente que Isaác depositaba en mi culo, de inmediato aprieto la boca entorno a la polla de mi sobrinito, como indicándole que ha llegado el momento de correrse, y él así lo entiende y me suelta su lefazo llenándome la boca al tiempo que me corro en mi mano. Saboreo su leche rica y se la suelto sobre el pecho, untándoselo además con la que yo traigo en la mano. Todo mojado de semen, lo abrazo y lo aprieto contra mi pecho y le beso en el cuello, como muestra de mi amor y agradecimiento. Lo suelto suavemente, me giro y me dejo caer sobre la cama.
 
- ¡Sois estupendos, podéis hacer conmigo lo que queráis!
 
Fueron mis últimas palabras aquella noche, porque luego caí profundamente dormido, cansado, pero lleno de placer. Eran mas de las 2 de la mañana cuando terminamos la sesión de sexo y nos dispusimos a dormir; pero antes de las 9 ya estaban los tres despiertos. Me despertaron a mí y aún adormilado y sin saber muy bien qué pasaba me llevaron al baño, hicieron que me metiera en la bañera, estábamos todos en bolas y comenzaron a orinar sobre mi cuerpo, incluso en la boca, cuando la abrí para expresar el placer que sentía.
 
- ¡Ah! más, ¡dadme mas!
 
No sé si lo tenían previsto o fuera que yo les animé a ello, el caso es que Emilio, como siempre el más lanzado, se dio media vuelta y yo, que adiviné lo que iba a hacer, me tendí en la bañera esperando gozoso recibir su gran cagada matinal, que no tardó en caer sobre mi pecho. De inmediato le imitaron los otros dos, que evacuaron sobre mi vientre y genitales.  Pero sólo Emilio se atrevió a meter las manos en la masa y untarme el resto del cuerpo: cara, brazos, piernas, espalda; los otros se limitaban a mirar.
 
Y como si tal cosa pasaron uno a uno a lavarse las manos, la cara, los dientes.

- ¡Quédate ahí! - dijo Emilio antes de salir, mirándome con una risita burlona.
 
Los sentí prepararse el desayuno y tomarlo entre risas y bromas. Luego volvieron uno a uno al baño, se fueron metiendo en la bañera y duchándose, conmigo untado en su mierda dentro; yo tenía que lavarles los pies para evitar cualquier resto de suciedad. Emilio fue el último y antes de salir me ordenó que les preparase el almuerzo. Cuando sentí que la puerta de la calle se cerraba tras ellos, me incorporé y me duché frotando fuerte para eliminara la mierda, en parte ya seca, de mi cuerpo.
 
Abreviando os diré que volvieron hacia las 2 de la tarde, hambrientos como lobos. Yo había comido antes, para poder atenderlos adecuadamente, y tenía preparada suficiente comida: ensalada y carne, y bebida: 2 litros de cerveza bien fría para los tres y de postre toda la sandía que quisieron. Yo esperaba que de todo esto resultase otra estupenda sesión de meadas. Pero ellos tenían otra cosa en mente.
 
Tras pasar unos minutos a mi dormitorio aparecieron sin el pantalón del chandal, sólo con una camiseta sin mangas y suspensorios, tipo americano, que al parecer se habían comprado aquella mañana. Se sentaron en el sofá, me hicieron desnudar y colocarme a sus pies, sobre el suelo. De inmediato comenzaron a pisarme todo el cuerpo con sus enormes zapatillas deportivas, intentando meterlas en mi boca, obligándome a lamerlas. Yo, en cambio, luchaba por acceder con mis manos, ya que no con la boca, a los enormes paquetes que se adivinaban tras la fina tela de los suspensorios, que resaltaban aún más si cabe; pero no me lo permitían. Sólo podía acariciarles las piernas.
 
A continuación me obligaron a descalzarlos, usando sólo los dientes para desanudar los cordones, cosa nada fácil. Cada zapa que conseguía sacar de su pié me la ponían sobre la boca y nariz, con lo que tenía que aspirar su olor un ratito; así hasta que todos estuvieron descalzos. Lo siguiente fue sacarles los calcetines, por el mismo método. Mientras estaba ocupado con un pié, los demás no dejaban de pisarme, incluso la polla y los huevos con el tacón. La siguiente tarea fue más agradable: chuparles los pies. Si lo anterior había sido un puro juego de dominación, esto les daba auténtico placer pues se relajaron, me permitieron acariciar sus genitales e incluso comenzaron a morrearse entre ellos. 
 
Todo esto nos ocupó casi hora y media; hasta que finalmente la sandía y la cerveza hicieron su efecto. Por una vez, fue Isaác el que tomó la iniciativa. Se incorporó, me cogió de un brazo y tiró de mí hacia el baño; yo le seguí obediente, y los demás tras nosotros, adivinando de qué se trataba. De nuevo recibí encantado las meadas de mis tres jóvenes y guapos cachorros, tragando todo lo que pude y resbalando el resto por el cuerpo. Vaciadas las vejigas, me dieron a limpiar sus ricas pollas. Las mamé mientras me dejaron, pero ninguno quiso correrse. Finalmente me echaron del baño y se ducharon ellos para quitarse el sudor y prepararse para salir de nuevo a la calle.
 
Volvieron hacia las diez de la noche cargados cada uno con dos menús de una hamburguesería. Las bebidas correspondientes se las habían tomado por el camino, por lo que yo tuve que ponerles, encantado, otros dos litros de cerveza. Para la cena se quedaron en slip y esto les dio opción a todo tipo de juegos. A mí no me gusta jugar con la comida, pero miraba divertido cómo se untaban las tetillas de ketchup y se las lamían uno a otro; o se ponían mostaza en la polla y decían que era una salchicha. Incluso se metían patatas fritas por el culo y luego otro se las comía directamente. Aunque no me guste mucho la mostaza ni el ketchup, y al principio me limitara a mirar, en cuanto me animaron participé activamente del juego llevado de mis ansias de gozar de aquellos bellos cuerpos. Como ya eran más dueños de la casa que yo mismo, sacaron para postre una tarta helada que tenía, casi entera, en el congelador y se la tomaron.
 
Tras recoger los restos de la cena continuó el juego erótico.  Para esta noche habían imaginado otra sesión de dominación. Me dejaron en bolas y ellos sólo con las zapas puestas. Me tumbaron en la cama, boca arriba, a lo ancho. Isaác se situó sobre mi cabeza, me metió la polla en la boca y comenzó a torturarme los pezones. Mi sobrino Sergio se interesó por mi culo, que comenzó a trabajarme con los dedos untados en saliva. Mientras, Emilio rebuscaba mis cosas hasta que encontró mis juguetes: condones, crema lubricante, dildo, esposas, cuerdas. Lo sacó todo y lo depositó sobre la cama. Uno tras otro los irían usando.
 
Sergio cogió la crema, para lubricar mejor mi ano y abrirlo más,  en tanto que Emilio se entretenía atándome los cojones con la cuerda.  Isaác me dejó un momento y salió; volvió provisto de dos pinzas de la ropa que me aplicó a los pezones y me volvió a meter la polla en la boca. Yo chupaba con avidez, pero antes de correrse la sacó, se calzó un condón y buscando mi culo me la metió de un golpe de cadera, pues ya estaba bien dilatado. El lugar dejado libre por Isaác lo ocupó Emilio; mientras mi sobrino Sergio se pajeaba mirándonos. Tampoco quiso Isaác correrse en mi culo, sino que la sacó cuando estaba a punto. Hubo un nuevo cambio de posiciones mientras este descansaba. Emilio se ocupó de mi culo y Sergio de mi boca y mis pezones. Por suerte decidió quitarme las pinzas, que ya me estaban matando, y usó sólo las yemas de los dedos. Decididamente mi sobrinito se estaba portando cariñosamente conmigo. En cambio Emilio era un auténtico castigador. En vez de meterme la polla, me metió el consolador sin ninguna consideración, siendo como era más largo y grueso que su polla. El dildo mide algo menos de medio metro y cada mitad es una polla; una más gruesa que la otra. Me había metido unos 20cm del lado más fino. Pero no contento con esto, intentó y consiguió meterme también la suya. Grité e intenté zafarme, pero no me sirvió de nada, me la metió igual.
 
Mi demostración de resistencia sirvió para que Isaác, a ordenes de Emilio, buscase mis corbatas y me atase las manos con dos de ellas a las patas de la cama. Tras atarme, Isaác se dispuso a follarse a su amigo Sergio, mientras Emilio seguía a lo suyo. Una vez que me había metido toda la polla, junto con el dildo, Emilio comenzó a desatar la cuerda que antes había colocado entorno a mis huevos y polla. Sentí un momento de alivio; pero duró poco porque acto seguido procedió a colocarme las esposas entorno al paquete. Ahora sí que comenzó a follarme; primero despacio, luego cada vez más rápido, durante varios minutos. Pero tampoco se corrió. Cuando se cansó cedió el puesto a mi sobrino, que aún no me había follado aquella noche.  Por tercera vez me levantaron las piernas aquella noche y por tercera vez me metieron un pollón en mi culo ya bien dilatado. Aunque, como siempre, mi sobrino fue más considerado y tuvo el detalle de untarse crema lubricante antes de metérmela de un golpe, todavía con el consolador dentro.

Entretanto, Isaác había vuelto a llenarme la boca con su polla y a ponerme las pinzas en los pezones mientras que Emilio se lo follaba. Tampoco mi sobrino se corrió. Se salió de mi culo, también Isaác me sacó la polla de la boca y me dejaron descansar un instante. No sabía cuál sería el siguiente paso. Y fue que el puto Emilio me sacó el dildo y me lo volvió a meter, pero por la parte mas gruesa. Luego, con otras dos corbatas me ató cada pierna a las respectivas patas de la cama, con lo que quedé totalmente inmovilizado. Tenía el dildo en el culo, las esposas en los cojones y las pinzas de la ropa en los pezones; pero todavía me espera algo más desagradable.  De pronto percibí unas arcadas y antes de que las reconociera como tales ya tenía sobre mi cuerpo buena parte de la abundante cena que los tres habían ingerido, pues, uno tras otro, me vomitaron encima todo lo que llevaban en sus estómagos. Y allí me dejaron mientras que ellos se fueron al baño y se prepararon para salir y gozar de la noche madrileña.
 
Cuando volvieron - luego me dijeron que sobre las 5 de la mañana - me desataron y entre los tres me llevaron, envuelto en la ropa de la cama, a la bañera y me depositaron en ella, me mearon y se fueron a dormir. Para ello hicieron a un la lado la cama, le dieron la vuelta al colchón que estaba manchado y se tendieron los tres juntos sobre el suelo.  Cuando la casa estuvo en calma, me incorporé, me deshice de la ropa de cama que me envolvía, me duché y me fui a dormir al sofá.
 
Me desperté pasadas las 9 de la mañana y me dispuse a tomar justa venganza de mis jóvenes Señores. Los desperté rociándolos con una abundante meada. Rápidamente se incorporaron, me golpearon y me echaron al suelo donde me mearon los tres (el colchón ya estaba de todas maneras para tirarlo), y me hubieran cagado allí mismo si no se lo impido; con lo que me arrastraron hacia el cuarto de baño donde me volvieron cagar.
 
Aquella mañana quisieron que les acompañase a pasear por la ciudad, luego comimos juntos en un mesón y volvimos a casa pues ellos tenían que marcharse al camping. Pero todavía me dieron una buena despedida.
 
Al llegar a casa nos desnudamos, nos tiramos sobre el colchón, ya seco aunque sucio, y comenzamos a meternos mano, acariciarnos, besarnos, chuparnos. Yo creo que hasta ese momento no les había besado en la boca, pues comencé por ahí. Luego pasé a mamarles las pollas, algo de lo que nunca me cansaría. También los culitos sufrieron el ataque de mi boca glotona. A esta altura ya mi culo había probado de nuevo todas y cada una de sus pollas. Como la primera vez, mi sobrino se tumbó boca arriba y me ensartó el culo y uno de sus amigos me la metía por detrás, mientras el tercero me la daba a chupar. Los tres pasaron por todas las posturas y, esta vez sí, fueron terminando, corriéndose uno tras otro, en mi boca. Uno tras otro nos fuimos dejando caer exhaustos sobre el colchón, abrazados y besándonos. Permanecimos así unos 15 minutos; luego nos fuimos levantando y de nuevo me llevaron al baño y me mearon entre risas.
 
Se ducharon, se vistieron, recogieron sus cosas, nos abrazamos y se despidieron hasta el viernes siguiente que volverían.


 
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