Sólo una hora de amor



Mi relato es 100 % real , me sucedió el verano del 96 en la ciudad de Mar del Plata, Argentina.
He tratado de volcar en él todas mis sensaciones, mis sentimientos hacia ese ser al que 
recordaré de por vida.

Era una noche de verano, nublada, desapacible. Estaba solo y ansiaba un momento de placer.
Decidí ir a un cine gay en busca del ser que calme mi calentura. Luego de pagar mi entrada, 
descendí la escalera y entré a la sala. Oscuridad y vacío. Nadie con quien poder comenzar el 
juego. Solo una película que recién se iniciaba. Me acomodé y comencé a ver como desfilaban 
ante mí, una multitud de penes erguidos de bellos e incansables jóvenes, penetrándose
furiosamente. A medida que avanzaba la proyección la sala comenzó a llenarse poco a poco.
En la fila detrás de la mía, un tipo de cuarentitantos años ponía sus zapatos encima del respaldo 
de la butaca de al lado mío y sentí como estos se movían acompasadamente, intuyendo yo lo 
que estaba haciendo...  Dos butacas hacia la derecha, en mi fila, un viejo verde ponía cara de 
degenerado mientras miraba la película y se tocaba una semiblanda polla. Los minutos pasaban 
y yo desesperaba. Tendría que volverme a casa solo, a pajearme otra vez, leyendo mis gastadas 
revistas gay. Cuando de pronto, en la fila de atrás, en la primera butaca pude vislumbrarlo. Era 
casi una sombra, de campera clara, cabellos que impresionaban cortos y facciones juveniles. 
Me deslumbré. Lo miraba con deseo, con fruición, aunque en la semipenumbra, en realidad, 
solo divisaba una sombra bella. De repente se levantó y salió de la sala y al instante tras suyo, 
otro joven. Tal vez el instinto, la calentura o no sé que, me hizo salir rápidamente tras ellos. 
Se dirigieron al baño y ocuparon los dos mingitorios libres que había. Yo solo atiné a observar 
la escena en la puerta del baño. Se miraban y tocaban sus miembros erguidos, mientras yo estaba 
parado allí, como un tonto, excitado, presintiendo que algo mágico podría ocurrir. Me quedé, 
dos o tres minutos. Al ver que aquel muchacho no parecía interesado en mí, volví a la sala triste. 
Miré la pantalla donde dos machos hacían el amor de mil formas. Mi mente estaba puesta en el 
tipo que había visto hacia un rato. A los pocos minutos, me di vuelta para observar el panorama 
de la sala y lo veo nuevamente a él, parado en la puerta, desafiante, viril. Traté de convencerme 
que ese hombre no podría ser mío nunca, yo no le atraía. Pero el destino, por vez primera en la
vida, se puso de mi lado en el amor. Al verme interesado, salió de la sala y yo, impulsado como 
nunca por la fuerza del deseo, fui a buscarlo. Se había sentado en un sofá. Me senté casi enfrente 
a él y lo empecé a comer con mi mirada. Tenía en efecto, cabello corto, rubio, peinado con gel, 
ojos increíblemente celestes, cara angulosa y un bronceado intenso, estaba vestido con una 
ajustada campera de jeans.

Era el macho de mis sueños, de invierno y de verano. Mientras con mis ojos recorría su anatomía 
masculina, él encendió un cigarrillo y comenzó a fumarlo sensualmente. Me animé a hablarle y lo 
invité a ver una película en una de las cabinas privadas. Sonrío y me respondió que sí. No lo podía 
creer!. En mis treinta años jamás algo así me había ocurrido. Tenía por primera vez alguien a mis 
pies, un macho al que no tendría que pagarle para satisfacer mis deseos, un hombre que saciaría 
mis instintos. Por desgracia o por suerte, todas las cabinas estaban ocupadas. Algo debía hacer. 
Le propuse ir a mi departamento y aceptó. Salimos y comenzamos a hablar, a pesar de mi 
emoción, de bueyes perdidos. Me confesó que el tipo del baño lo perseguía, pero al él no le 
gustaba. Me comentó que era arquitecto y se llamaba Guillermo. Le pregunté por sus ancestros, 
luego de alabar la belleza de su rostro, y me dijo que eran españoles. Dijo que era bisexual y 
que no le gustaba penetrar, solo una mamada. Yo al pasar por una farmacia compré preservativos. 
Le juré (es verdad) que yo me cuidaba del mal del siglo. Pero él me dijo que si pensaba en la 
penetración, mejor que lo olvidara. (Como iba dejar escapar a esta preciosura, pensaba yo). 
Llegamos a mi departamento y le mostré una revistas gay , que había comprado.
Mientras él las miraba, yo comencé a desnudarme. Puse la punta de mi lengua, alrededor de 
su oreja y comencé a hacerle cosquillas con esta, sensualmente. Él bajó el cierre de su pantalón 
y sacó un pene rosado, de mediano grosor y tamaño normal. Nos besamos de lenguas y me 
ofreció su virilidad, la que tomé como ofrenda de amor entre mis labios. Succionaba mientras 
él iniciaba una danza frenética entrerrándome su miembro en mi garganta.

Se quitó luego los pantalones y pude observar ahora libres, sus pelotas medianas cubiertas por 
un vello rubio. Era un Adonis real. Un ángel que por vez primera había descendido a la tierra para 
hacerme por media hora feliz. De repente, como si la Dicha Universal, hubiera querido premiarme, 
se dio vuelta y tomó los preservativos que estaban sobre la mesa, y se los colocó. Era evidente que 
el momento supremo del amor y del sexo había llegado. Sin palabras me hizo colocar sobre el sofá 
e intentó penetrarme. Mi esfínter no estaba acostumbrado a recibir visitas muy a menudo, me dolía. 
Él intentaba infructuosamente ser mío, yo lo deseaba pero no podía. Incluso sentí en mi estrecho ano, 
romperse el profiláctico. El inconveniente debía subsanarse. Fue al baño a higienizar su pene erguido 
que presentaba algunas gotas de sangre en el forro y yo a buscar crema para lubricarme. Esparcí la 
crema en mi culo con desesperación. No quería dejar escapar ese momento. Precavido, se colocó 2 
forros con dificultad, me puse nuevamente en posición y ayude a entrar su barra de  carne dentro de 
mí. Comenzó un va y viene con jadeos que me estremecían. Estaba siendo penetrado por alguien 
superior, divino, viril. Era el prefecto acoplar de dos hombres que hacían el amor. Sentía sus estocadas 
que ya no eran dolorosas sino una afirmación de su hombría sobre mi ser.

Aceleró sus movimientos y lo sentí acabar. Salió despacio. Sentía calor, estaba bañado en sudor. 
Su rostro, marcaba la felicidad y mi cuerpo la dicha. Comenzó a vestirse rápidamente, me comentó 
que se le hacía tarde. Le pedí que me besase. Un tierno beso de lenguas rubricó nuestro momento 
de amor. Ya vestido y con un nuevo beso, lo acompañé a la calle. Sólo le dije gracias y él se fue.....

Y fuiste un amor de Polaroid. 
Instantánea fresca en el mar,
mi locura, mi éxtasis, mi obsesión, 
sólo una hora de amor.


Si les gustó el relato, escríbanme.

sanhec33@latinmail.com