EL TANGA DE MI AMIGO AFRICANO

 

 

Geof había llegado esa misma mañana a Barcelona. Lo habíamos invitado un grupo de amigos que lo conocimos el año anterior participando en un campo de trabajo en su país: Costa de Marfil. Se hospedaba en mi pequeño apartamento puesto que yo era el único del grupo que vivía sólo. Parecía no haberle dado mucha importancia al hecho de que deberíamos compartir la misma cama.

 

Andaba por la ciudad completamente alucinado. Era la primera vez que viajaba a un país occidental y, por lo tanto, todo le parecía increíblemente precioso. Aún así, por instantes se le notaba en el rostro un cierto aire de tristeza y preocupación. Geof había llegado al aeropuerto sin sus maletas. Él era una víctima más del típico extravío de equipaje en los aeropuertos.

 

Así pues, caminábamos por una avenida comercial con el objetivo de comprar algo de ropa. Pantalones cortos, camisetas, calzado de verano,... Geof se lo estaba pasando en grande y eso me satisfacía. Ya tan solo nos faltaba comprar la ropa interior y decidí entrar en la tienda donde yo solía adquirir este tipo de prendas.

 

El dependiente me saludó como siempre muy afectuosamente. También saludó a mi acompañante. Éste respondió el saludo de inmediato mostrando una reluciente dentadura blanca. Geof era un chico evidentemente de color, de estatura mediana, delgado y con un rostro muy lindo. Pero nada era comparable a sus carnosos labios y, por supuesto, a su espectacular trasero. Geof lucía un culo precioso y él parecía no haberse percatado de ello.

 

Llegado nuestro turno, el dependiente se dirigió a mi acompañante y empezó a mostrarle diferentes modelos. Él prefirió los de tipo slip y, siguiendo las indicaciones del dependiente, cambiamos de mostrador. Allí empezó a sacar toda clase de slips. Geof estaba totalmente maravillado al ver tal cantidad de modelos. El dependiente seguía abriendo cajas y envoltorios mostrando prendas a mi amigo, hasta que, de forma natural, empezó a enseñarle... los tangas! Miré a Geof y éste tenía los ojos como platos, pero su expresión también reflejaba un cierto aire de ansiedad y curiosidad. Después de algunas indicaciones del dependiente y de algunos oportunos comentarios de mi parte, mi amigo se decidió al fin por dos slips de color blanco de tela semitransparente y por... un tanga de color amarillo increíblemente pequeño! Como me hubiese gustado ver en ese mismo momento a ese negro con aquella ínfima prenda...

 

Llegamos a casa algo exhaustos por las compras y, sobretodo, por el mucho calor que hacía. Le dije a Geof que iba a darme una ducha para refrescarme y que si quería él podía hacer después lo mismo. Geof asintió. Ya en la ducha, no podía quitarme de la cabeza la idea de ver a mi amigo africano con aquel tanga que le acababa de comprar. Me excité mucho con la idea, pero preferí apresurarme sabiendo que mi compañero se estaba esperando también para ducharse. Salí del cuarto de baño con una toalla al mi alrededor y llamé a Geof para decirle que la ducha ya estaba libre. Él entró rápidamente en la habitación, cogió una toalla y se dirigió rápidamente a la anhelada ducha.

 

Verdaderamente hacía mucho calor, y aún habiéndome dado una buena ducha refrescante, mi cuerpo empezaba otra vez a sudar. Así pues, para encontrarme más cómodo en el apartamento, decidí no vestirme en exceso. Al cabo de un rato, salía de la habitación con tan sólo unos pequeños slips de lycra de color negro. Por un momento, ya en el comedor, pensé que al verme con tan poca ropa, Geof decidiría seguir mi elección.

 

Oí como Geof salía del cuarto de baño y entraba en la habitación. Minutos después, llegaba al comedor con unos pantalones vaqueros y una camiseta. Rápidamente me apresuré a comentarle si le importaba que yo anduviera por casa con tan poca ropa. Él respondió que no tenía ningún problema. Y seguidamente le pregunté si no tenía mucho calor con tanta ropa. Él asintió y después de un rato charlando se levantó del sofá y volvió a la habitación.

 

Ya a solas, me quedé algo dormido y casi sin quererlo me fui estirando en el sofá de dos plazas. Me sentía muy relajado. Pero al cabo de un rato noto como alguien se sienta a mis pies, levanta ligeramente mis piernas y dejándolas reposar sobre otras piernas desnudas, empieza a acariciarme suavemente. Me dejé llevar por estas agradables caricias, pero mi grado de excitación subió hasta límites insospechados. Así que en un momento oportuno me incorporé i quedé sentado nuevamente en el sofá. Miré a mi lado y lo que observé casi me hace desmayar. A escasos centímetros de mi, estaba Geof que con una amplia sonrisa en la cara mostraba casi su entera desnudez.

 

Rápidamente Geof se levantó del sofá y situándose delante de mí me preguntó: qué tal? Yo atónito, tan sólo pude tragar saliva y observar aquel cuerpo que se mostraba ante mi. Geof solamente llevaba puesto el tanga de color amarillo que hacía horas habíamos comprado. La diminuta prenda cubría bien poca cosa y dejaba bien a la vista todos los encantos de este chico negro que empezaba a volverme loco.

 

Le dije que el tanga le quedaba de primera, pero que debía llevar las gomas de la prenda un poco más altas. Así pues, en un alarde de valor por mi parte, me acerqué a su cuerpo y tocando su piel tersa y suave subí ligeramente las gomas del tanga amarillo. Estos roces causaron efecto en Geof y el bulto que apenas escondía empezó a cobrar vida de repente. Yo, observador, no dije nada. De pronto descubrí un pequeño error en aquella pequeña prenda íntima. Mi amigo africano se había puesto el tanga del revés y una diminuta etiqueta en la parte de delante era la prueba de ello. En seguida se lo comenté a Geof y sin vergüenza alguna me respondió que aquello tenía una muy fácil solución.

 

Geof se quitó rápidamente el tanga amarillo y quedó desnudo frente a mi. Yo no podía dejar escapar aquella oportunidad y cuando el chico pretendía volver a colocarse la prenda le dije que se detuviera. Él no dijo nada y me miró con sus ojos color café. Ya no podía detenerme y, cogiéndolo de la mano, lo acerqué al sofá y le dije que estaba precioso con aquel tanga pero que ahora prefería que no se lo pusiera. Él no dijo nada y sonrió.

 

Se sentó a horcajadas sobre mi y nuestras bocas se acercaron en un cálido beso. Esos labios me traían loco y noté como su lengua se adentraba en mi interior como quien quiere encontrar los tesoros todavía no hallados. Seguíamos besándonos, pero mis manos empezaron a recorrer todo su cuerpo, hasta que alcancé las zonas más íntimas de Geof.

 

Tuve que dejar de besarlo para poder observar con detalle que es lo que tenía entre mis manos. Geof estaba totalmente empalmado y lucía una poderosa estaca de una longitud considerable, 18 centímetros, pero de un grosor indescriptible. Mi mano no podía abarcar toda su circunferencia. Era simplemente, alucinante!

 

Nos incorporamos y me deshice de mi slip dejando al alcance de Geof mi preciado tesoro. Nos dirigimos rápidamente a la cama y allí nos enfrascamos en una auténtica pasión sexual. Como me gustaba sentir aquel cuerpo tan cálido entre mis brazos y mis piernas! Después de haber explorado a conciencia nuestros cuerpos, me decidí a dar a mi amigo africano nuevas sensaciones que seguro jamás había experimentado. Deslicé mi lengua desde su boca, pasando por su barbilla, su cuello, su pecho... Lamí sus tetillas y las mordisqueé ligeramente. Por sus suspiros, Geof parecía estar disfrutando con aquello. Seguí descendiendo y pronto me encontré con sus abdominales que besé apasionadamente, después su vientre, y, finalmente, el magnífico pene del chico. A escasos centímetros de mi boca tenía ante mi aquel tronco de ébano pidiéndome la máxima atención. Tuve que abrir mi boca al máximo para poderme tragar aquello. Geof se relajó y abrió sus piernas, así que mientras chupaba su preciosa polla negra me dispusé a acariciarle los huevos y también su pequeño agujero. Esta última acción aún satisfizo más a mi compañero africano y todavía abrió más sus piernas para que pudiera tener un más fácil acceso a sus entrañas.

 

Pero yo no quería tan solo dar placer, así que lentamente y sin dejar de poseer en mi boca aquel increíble trofeo, empeze a darme la vuelta dejando muy cerca de la boca de mi amigo mi pene erecto. Evidentemente, Geof captó rápidamente mis intenciones, y se apresuró a abrir su boca para satisfaces mis deseos. Para lo que no estaba preparado era para notar en mi retaguardia los dedos de Geof. Abrí yo también más mis piernas para que sus dedos pudieran explorar más mis entrañas, y cual fue mi sorpresa cuando noté que uno de sus dedos entraba sin dificultad en el interior de mi ano. Eso me produjo mucho placer, y repercutió positivamente en la mamada que estaba propiciando al pollote del negrito. Era sin lugar a dudas, el mejor 69 que jamás había realizado.

 

Pero Geof quería más... y así, al cabo de un rato el chico africano ya había introducido en mi interior un par de dedos más. Ambos estábamos a punto de estallar. Pero yo no quería finalizar aquella sesión sin sentir algo más contundente en mi interior. Me incorporé y le indiqué a Geof que deseaba ser penetrado. Él sonrió. Me coloqué a cuatro patas encima de la cama y Geof detrás mio se propuso a satisfacer tanto sus deseos como los míos. Tenía miedo de que su grueso miembro me hiciera mucho daño puesto que nunca me habían follado con semejante instrumento. Pero no, el trabajo que me había proporcionado con los dedos había dejado mi ano de lo más dilatado. En seguida noté la cabeza de su polla en mi esfínter y suavemente Geof deslizó su miembro en mi interior. Estaba absolutamente lleno de placer y me sentía totalmente dominado. El africano había introducido su gran tronco hasta el máximo e iniciaba un ritmo rápidamente, cuando de pronto noto como una de sus manos se desliza hasta mi pene y a la vez empieza a masturbarme.

 

No aguantamos demasiado y pronto nuestro placer estalló. Él en mi interior y yo encima de la cama gracias a sus manipulaciones. Quedamos abrazados y nos dormimos.

 

A la mañana siguiente, me levanté y pasando por el comedor me encontré con algo en el suelo que llamó mi atención. Era el tanga de color amarillo de Geof. Me dirigí otra vez a la habitación y viendo que mi amante africano se había despertado le enseñé lo que había encontrado. Él sonrió y sin mediar palabra alguna se acercó a mí, cogió la prenda y se la puso esta vez de forma correcta. Mostrándome otra vez el tanga, me preguntó: qué tal así? en medio de carcajadas, nos enfrascamos otra vez en otra sesión apasionada de sexo...

 

 

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