Tú
Hace
unas semanas de esto, a lo sumo un mes. La noche moribunda ya, hacía
rato que agonizaba tras las puertas mal encajadas del balcón. Llegaba
un rumor ahogado desde el salón y sobre él sonaba de nuevo mi cantautor
preferido. Entre libros abiertos y bolígrafos sin capucha, sobre el
ajado escritorio, titilaba distraída alguna vela, seguramente blanca.
No
sé como, no se por qué, otra vez estábamos en mi cama, solos, uno
sobre el otro. La fiesta no había terminado ni mucho menos, quedaba
mucha gente en casa, pero que más da. Ahora importaba poco cualquier
cosa más allá de tu cuerpo o mi cuerpo. Las sábanas retiradas con
premura, casi con desprecio; aunque mudas, me increpaban sin miramientos.
Nadie mejor que ellas sabía que aquello no iba a terminar bien, si
es que acababa alguna vez.
Las
ropas y la almohada, abúlicas represoras. Tus dedos delgados, exquisitamente
suaves, incansables colonos de mi cuerpo desnudo, firmes, dóciles,
trémulos, tibios, ardientes por momentos, rudos, amables, ingenuos
ahora, casi pueriles; jugaban en mi espalda, bajando por mis costados,
semejando el zapateo travieso de unos danzarines noveles que se quedaran
sin preceptor. Al tiempo y en dirección contraria, subían por mi espina
dorsal incesantes ráfagas de polvo de estrellas.
Los
músculos de mi espalda, cuello, brazos, iban distendiéndose sin sutileza
hasta hacerlo descaradamente; dorsales, lumbares, tríceps… uno a
uno fueron rindiéndose al levísimo roce de tus dedos. Poco más abajo,
mis glúteos se tensaban al contacto con la repentina dureza de tu entrepierna.
Un potente flujo energético recorría mi ser, hundiendo mi polla en
el colchón dormido; cerrando mis manos sobre sí mismas; esbozando
muecas de placer extremo en mis labios, constantemente acariciados por
mi lengua, que soñaba ser la tuya; mis piernas, delirantes, se entreabrían
incitándote a conquistar nuevas tierras, encontrando la resistencia
de las tuyas entre las que me prendías.
Hiciste
algún comentario sobre la expresión de mi cara, el cantante y tú
reísteis socarronamente; mi garganta dejó escapar inaudibles gemidos
que sólo tu oído percibía y que secretamente vigorizaban tus caricias.
Te animaban a transmitirme a través de tus delicadas manos cada nueva
sensación que te abordaba y empequeñecían al rapsoda que, sólo por
respeto al íntimo placer ajeno, acabó callándose sin que nos diéramos
cuenta.
Hace
unas semanas de esto, a lo sumo un mes. No sé como, no se por qué,
otra vez estábamos desnudos, las prendas se habían ido escabullendo
de entre nuestros cuerpos. Apenas quedaba mi escaso calzoncillo, que
el tuyo hacía rato ya que había volado. Como volaba en ese momento
la dulzura de tus mimos, la inacción de mi goce, la presión de la
ropa interior en mi culo; desterrados todos, en un placaje casi mortal,
por la urgencia de las insospechadas caricias que te prodigaba, por
la vehemencia casi sangrante con que agredí la fragilidad de tu cuello,
por el súbito calor que me invitaba a fundirme entre tus nalgas, por
las tácitas palabras que escaparon de tus labios para darse de bruces
con los míos.
Lo
habías dicho Amor, después de tanto tiempo te soltaste. Te dejaste
llevar, me dejaste llevarte y me arrastraste contigo.
Afloraron
nuestros instintos más primarios. Entre el lecho y tu cuerpo, sin concederme
tregua alguna te amé como se ama cuando se ama de verás. Sin medida,
sin consideración, casi sin amor, sin prisa, sin descanso, sin fin.
Mis
manos semejaban fuego aferrando tus caderas, las tuyas, en los labios,
me daban de beber, te miré a la cara mientras mis dedos jugaban en
tu ano y me perdí en el negro fulgor de tus ojos. Cerré los ojos y
caíste en el dulce abismo de mi boca, bebiste de ella con delectación
y yo bebí de ti. Mi verga al filo de la explosión, pujaba por enterrarse
en lo más hondo de ti, tus esfínteres cedieron gustosos a la invasión
y tu cuerpo fue mío a partir de ahí. La tentación de tus pezones
atrajo con fuerza mi pecho contra tu torso lampiño, tus piernas abrazaron
mi cintura, tus brazos mi cuello, tu boca poseyó a la mía y ahora
yo era tuyo y tu mío. La cópula era tan perfecta, tan completa, tan
preciosa, que fue prácticamente insultante.
Sabías
como encenderme y ahora nos estábamos quemando. Un susurro casi inexistente
y un roce no más evidente de tus labios en mi oreja derecha, me hicieron
estremecer. Tus labios resbalaron por mi cuello, como el agua de un
torrente, recreándose en llenar hasta el desborde el triángulo que
forman los huesos de mi clavícula con la base del cuello, seguiste
deslizándote por mi pecho, volviendo travieso al cuello para bajar
de nuevo hasta llegar a mi pubis, entretenerte con los vellos ensortijados
que circundan lo que tú buscabas. Qué imagen tan admirable la de mi
polla recortada sobre el perfil de tu carita, y esa media sonrisa que
se te dibuja cuando descubres la lascivia en mi mirada. Te tragaste
mi rabo y clavaste tus ojos en mis ojos mientras dejabas, como distraído,
que escapara de tu boca. Cuando me mordí el labio inferior de esa manera,
tú sabías que habías vuelto a tocar algún resorte oculto.
Rodamos
hasta terminar en el suelo, el frío del mármol en tu espalda te hizo
arquearla hacia arriba y como un autómata mordí tus tetillas, las
lamí impregnándome de su sabor ligeramente salobre; contrastaban con
lo dulce de tus labios horas antes, cuando compartimos el enésimo chupachups
de fresa. Mis manos, las dos, perfilaban las mínimas curvas de
tu cintura. Mis ojos quedaron prendados de tu boca enorme, de la lindeza
de tus labios, del gracejo con que tu lengua se asomaba, insinuante,
entre ellos. Era imposible aguantar esa visión sin besarte de nuevo,
mis manos seguían estrechándote por el talle y el aroma del deseo
llenó mis fosas cuando hundí la nariz en tu cuello. Sonreíste y dijiste
que te hacía cosquillas. Volví a besarte, ahora con ternura, qué
momento tan bello; todos mis sentidos dedicados sólo a nuestro disfrute.
Más al mío por qué no decirlo, que me deleitaba sobremanera teniéndote
así.
El
ardor era grande, pero el frió del piso no era menos y trataste de
volver a la cama. Qué pose tan insinuante. A ti te gusta provocarme
y ambos sabemos que es fácil que me provoques. Rodilla izquierda en
el suelo, el torso apoyado en el borde del colchón, el resto de tu
peso recayendo en el codo izquierdo, la pierna derecha a medio subir,
como si treparas, el brazo derecho estirado y la divinidad de tu culito
expuesta sólo para mí.
Quédate así. Voy a follarte cielo.
No
dijiste nada, estuviste como petrificado, acaricié la redondez de tus
nalgas y las besé tiernamente. Tu ronroneo, la forma en que te movías
y como aprestaste la sábana con tu derecha cuando me acerqué a tu
entrada, me hicieron considerar si nos merecíamos tanto placer. Yo
ya había decidido que sí y tú que lo tenías aun más claro, me miraste
y volviste a decirlo Amor.
Encendido
por tu exigua declaración, alenté tu huida con un suave muerdo en
la nalga; alcanzaste, juguetón, el tálamo y yo contigo, sobre ti.
Olfateé el aroma de tu pelo delicioso. Tomándote en un abrazo perfecto.
Movías tu pelvis, dulcemente provocativa, invitándome a mancillar
tu maltrecha pureza; alcé un poco mi cuerpo, avizorando la particular
beldad que me entregabas. Ardía de deseo, cuando me guiñaste un ojo
y te viraste entre mis piernas, quedando, ahora yo, a horcajadas sobre
mi eterno eventual fetiche. Salté de la cama con la exigencia, mal
disimulada, de oír nuevamente tu deseo. Permaneciste en silencio, sólo
escuchaba tu respiración. Y la mía se aceleraba al ritmo de tus caderas
que, levemente elevadas, ondeaban en el aire.
Te
así por la cintura empujándote hacía mí, tu trasero quedó a la
altura exacta de mi pubis, tus rodillas flexionadas, mientras pecho
y hombros seguían empotrados en el colchón. Mi cara se disolvió en
los más ignotos recodos de tu cuerpo, tu sexo recién depilado se fundió
entre mis labios, al tiempo que mis manos inquietas abarcaban tu retaguardia
hasta terminar todos los dedos de mi derecha atrincherados en el exquisito
hueco de tu culo. El ronroneo del principio era ahora un allegro de
gemidos oportunamente descarados, delicadísimos... Apresurados se atropellaban
en tu garganta, arreciando cuando los dedos cedían lugar a mi lengua
empapada de saliva y presemen; amainaban cuando me empleaba en besar
la cara interna de tus piernas desde las rodillas a las ingles, tornándose
implorantes y lastimeros con el roce fortuito de mi glande justo ahí.
La
avidez de tu recto eleva mi ardor a niveles casi trágicos y sólo el
candor de tu mirada me inhibe de salir corriendo, de escapar. Tus ojos
escrutan mis pupilas y me descubren calladamente lo más oscuro de tu
deseo; has vuelto a atraparme para siempre.
Ahora
tumbado sobre tu espalda sacaste una pierna de la cama posando tu pie
en el suelo; la otra plegada sobre ti, grácil y embaucadora.
Beso tu sexo por última vez, beso tus labios. Sonríes y me alejas
de tu boca preciosa. Travieso persigues a mis labios hasta que fueron
tuyos de nuevo. Me choqué con tu mirada triunfante. Aún no sabías
que son tuyos, Amor.
La
turgencia de mi entrepierna apremiaba las caricias secretas que se esconden,
pasada la frontera de lo púdico, mi polla jugaba entre tus bolas y
ese delicioso agujerito. La humedad extrema facilitó el acoplamiento
y como en una mágica maniobra, te abriste a mí ciñendo mi sexo de
esa manera tan delicada. Todos mis esfuerzos se concentraron en contener
una eyaculación, que sería inexcusablemente precoz. El gesto contrito
de tus labios denotaba cierta molestia, aunque tus ojos chispeaban,
leíste en los míos lo que pensaba; sonreíste y dijiste que estabas
bien. Te besé con renovada ternura.
De
la forma más sibilina en que se fraguó nada jamás sobre este mundo,
fuimos abandonándonos al vaivén cadencioso de mi cuerpo sobre el tuyo.
Los brazos estirados, flanqueando tu cinturilla; la espalda recta, ligeramente
curvada en la base y mi pelvis rozando entre tus piernas inquietas,
que no dejaban de inventar nuevos enredos cada vez; las plantas en mi
pecho, ahora en los hombros, los pies a mi espalda, de nuevo en el suelo…
Ahora arrodillado, sin salirme de ti, los movimientos iban siendo más
y más duros cada vez. Tus muslos aferraban mis caderas, te tomé por
las nalgas, trepando en una caricia infinita hacia tu espalda, que se
arqueaba al contacto de mis yemas. Te abrazaste a mi cuello y me mordisqueaste
el lóbulo de la oreja.
Me
hacías morir a cada paso con las filigranas que tu lengua dibujaba,
los labios, los dientes; tu falo apretado en mi vientre; el roce de
tus cabellos en mi cara y mi pecho; tus piernas exprimiéndome como
si trataras de encajarme entero en lo más hondo de ti.
Tu
entrega era total y yo no pude menos que darme completamente. Tu culazo
y mi verga no se separaban, como si estuviéramos abotonados; agarré
tus nalgas, levantándote para llevarte conmigo y terminar con la espalda
adosada a la pared y sujeto a mi cuerpo de la misma forma que antes.
Detuve cualquier movimiento, excepto el de mis labios que te besaban
con voracidad. Aplaqué una y otra vez el impulso natural y primitivo,
que me empujaba a mecer tu culito sobre mí; el mismo que te llevaba
instantes después a moverte tímidamente. Te pedí que pararas; sólo
sentir todo tu peso sobre mí era ya algo inenarrable, mi polla batía
con fuerza dentro de ti; por momentos creí que iba acabar así. Me
besaste, mordí tu cuello con violencia casi vampírica, sin ninguna
piedad. Después me confesarías que fue un momento prodigiosamente
placentero.
Hasta
el más mínimo roce se tornó extremadamente apasionado. Me desasiste
de tus piernas, me empujaste contra la pared y te dedicaste a volverme
loco con tu lengua durante un buen rato, vulnerando sólo puntualmente
el pacto tácito de no mimar mi sexo, pues ambos queríamos seguir viendo
aún lejano el final de aquello.
De
nuevo zalamero, como el niño que pide un caramelo justo antes de la
comida, me sugeriste taparme los ojos. Naturalmente me dejé; cómo
no iba a dejarte. Me tumbaste en la cama y te colocaste como al principio,
sólo que ahora cara a cara; igual empezaste a masajear mis hombros,
pecho, mi barriguita, flirteaste con mi sexo, que te aguardaba espléndido.
Reiniciaste la ruta, ahora con levísimos besitos, por las mismas veredas,
que te conducirían allá de donde, feliz, subiste a mi boca. Lamiste
la cabeza de mi polla, me besaste tiernamente los labios,
espérame.
No
dijiste nada más, escuché tus pisadas y el tintineo de la puerta.
Me pregunté adónde habrías ido. Ardí en deseos, en ansias, de que
volvieras a mí. Pero nunca se me pasó por la cabeza deshacerme de
mi antifaz improvisado, me encantaba tu juego. ¡Me encanta!
Otra
vez oí abrir y cerrar la puerta, y alguno de mis sentidos, que no el
oído, me anticipó tu acercamiento. Recuerdo algún perfume vago que
te acompañaba. Reconocí tus dulces labios en los míos, estaban fríos,
pero por lo demás mantenías la elevada temperatura de tu cuerpo; probé
tu lengua y el sabor se hizo patente, tenías un trocito de helado de
fresa, ─supe adónde fuiste─. Lo dejaste resbalar sobre mi mentón,
tus dedos, arteros, lo acompañaron cuello abajo. Llegaste a mi pezón
izquierdo, el más sensible; continuaste bajando después de haberte
recreado un poco, nunca llegaste tan abajo como yo quería. Traté de
quejarme, tu dedo pringoso y dulce me cerró los labios; lo lamí y
tú hiciste lo propio con lo que habías esparcido por mi cuerpo. Cuando
ya lo daba por perdido, sentí tu lengua gélida en el glande. Qué
explosiva mezcla de sensaciones cuando te tragaste mi rabo y… tenías
el trocito de helado en la boca. Cómo explicarlo, no creo que pudiera,
nada parecido a un orgasmo ni una tentativa de corrida, nada. Placeres
nuevos, sensaciones encontradas, muy propio de ti y de mi. Siempre tan
lejos y tan cerca, tan queridos y odiados ambos por momentos, o incluso
días; tan fríos o tan tiernos, tan inconscientes, tan perdidos, inmisericordes
conquistadores y emigrantes raudos, ávidos de encontrar, de encontrarnos,
de sabernos el uno para y por el otro y sin el otro.
Hace
unas semanas de esto, a lo sumo un mes. No sé como, no se por qué,
esta noche ha retornado el infatigable insomnio, la mañana ha vuelto
a hallarme echándote de menos, esta vez en otra cama; añorando la
dulzura de tus labios rosas; mis ojos soliviantados buscan tu lacia
melena en la almohada; mi abrazo tenaz, incansable, no abraza más que
tu ausencia. Las sábanas, hechas un ovillo en el suelo; la lámpara,
apagada ya; ese peluche que me regaló otro tío, callados todos,
como siempre, ya ni me regañan. No acusan, no advierten. Sólo me miran
y soy yo quien me reprende, quien me increpa por sorprenderme queriéndote
de esta forma tan nociva.
oskarnomellamo@hotmail.com; para lo que quieras…