Sucedió una tarde al regresar de la escuela. Yo, entonces, tenía 16 años. Empezaban a brotar en mí las desconocidas fuerzas del deseo. Continuamente despertaba por las noches con erecciones temidas e inquietantes al mismo tiempo. Continuamente me sorprendía a mí mismo con la imaginación vagando, por los fabulosos países del placer indefinido. Continuamente me masturbaba, como cumpliendo un rito atávico, salvaje y solemne. En el momento del clímax, mi imaginación mezclaba palpitantes desnudos masculinos; siempre masculinos...
En casa vivíamos papá,
mamá, mi hermana y la abuela. Agobiada esta última por el
peso de los años y la enfermedad. Pues bien, la historia que contaré
enseguida, confesión gloriosa, tuvo inicio aquella tarde al regresar
de la escuela.
Mi extrañeza comenzó
al cruzar frente al comedor. En vez de los acostumbrados cinco lugares,
había dispuesto uno más.
Mamá,-pregunté-¿invitaste a alguien a comer con nosotros?
Ha sido tu padre. Me llamó por télefono para avisarme. Viene un primo tuyo del pueblo. Tú no lo conoces.
En efecto, media hora después, llegó papá con Jorge, mi desconocido primo. Desde el principio su presencia me impresionó. Tenía veinte años. Alto. Piel clara. Ojos color marrón, de mirada extrañamente inquietante. Los cabellos peinados con cuidado, en rizos bien distribuidos. Su ligera ropa de verano dejaba entrever la turgencia de los músculos. De su cuerpo todo emanaba una masculina y poderosa atraccion...
Este es David, tu primo-presentó
mi padre.
Mucho gusto, David. Yo
soy Jorge.
Su voz sonó grave y turbadora, mientras sentía el calor de su mano en la mia. Algo me turbó aún mas; su mano apretó la mía con intención, prolongando la presión más allá del tiempo de un saludo. Y, su mirada. Su extraña mirada que buscó mis ojos con insistencia, durante todo el tiempo de la comida.
Mientras tomábamos café, mi padre anunció satisfecho:
Jorge vivirá con nosotros durante un tiempo. Gracias a su esfuerzo tiene ya un trabajo seguro; pero aún no encuentra un apartamento. Espero te gustará vivir entre nosotros.
Desde entonces su presencia se convirtió para mí en una especie de tormento delicioso. Su mirada y su físico turban mi adolescencia y mis sentimientos. Empecé a amarle en secreto, con la fuerza del amor primero. Ahora los desnudos de mi imaginación tenían un rostro y un nombre y un sexo y un color en la piel: el de Jorge.
Un día, de improviso, la abuela se agravó. Todos tuvieron que marcharse con ella al hospital. Todos, menos yo que al dia siguiente debería entregar un especial deber de matemáticas. Papá me llamó por teléfono diciéndome que su regreso sería hacia las siete u ocho de la noche. Me dijo también que ya habia informado a Jorge de lo acontecido. Jorge salía de casa muy temprano y regresaba hacia las cinco de la tarde.
Asi que aquel atardecer la casa estaba extrañamente silenciosa. Ningún rumor. Sólo el ruido de la calle, que se oía lejanamente. El silencio duró hasta las cinco de la tarde. A esa hora oí el ruido de la puerta de casa al abrirse. Es Jorge, pensé. Luego me invadio aquella extraña sensación nunca experimentada hasta ese momento. Una sensación de anhelante espera. Sentía que algo estaba por revelarse. Algo desconocido y olacentero. Algo largamente deseado. Así me lo decía el corazón latiendo más fuerte que de costumbre. Así me lo decia aquel temblor en el cuerpo. Aquella erección incipiente y aquel deseo indefinido; pero ya plenamente presente...
Después todo sucedio de manera normal y lógica. Jorge abrió la puerta de mi habitación. Entró. Me miró. Parecía que todo el deseo del mundo se concentrara en sus ojos. ( Tal era la fuerza de su mirada). Se me acercó despacio. Yo me levanté del escritorio tratando de esconder mi delatora erección. Solo acerté a decir: -Jorge...Jorge. ( El deseo quebraba mi voz temblorosa ). Luego sus labios buscaron mi boca casi con furia. Yo se la entregué abierta y dispuesta. Nuestras lenguas se unieron en un beso prolongado hasta el delirio de la violencia. Las manos buscaban los cuerpos como con desesperación. Y yo aprendí todo sin prisa y con el gozo de haber descubierto la revelación esperada. El me quitó la camisa -sin dejar de besarme- y yo le despojé de la suya. Su torso desnudo era una irressistible invitación al beso. El me quito el pantalón y yo baje el suyo. El paquete enorme, bajo la tela estirada de su bikini, es la meta de mis labios. Así el misterio se reveló completamente. Ya no era la imaginación, era la realidad de un cuerpo desnudo delante del mío, también desnudo y dispuesto.
No quedó ningún espacio de nuestros cuerpos; ningún centímetro de nuestra carne tibia y joven, que no fuera mutuamente besado y lamido: ojos, cabellos, axilas, vientre, pubis, vergas, anos, muslos, nalgas, piernas, pies...
Luego sucedió la penetración desconocida. Que hace daño al principio; pero luego se vuelve el paraíso de los sentidos. Jorge se convirtió, todo él, en verga palpitante y roja, y yo en un enorme y glorioso ano, donde hace nido todo el placer del universo. Nuestros cuerpos fueron ya uno. Los dos fuimos una sola carne. Una sola carne que busca, en comunión, el orgasmo explosivo y vivificante.
Todo el maravilloso cuerpo de Jorge se contrajo, mientras me bañaba el alma con la lluvia de semen poderoso. Yo recibí su eyaculación en el nombre del primer amor inolvidable y en el nombre del único amor eterno.
No pude evitar las lágrimas. Jorge me besó con sus labios carnosos y trémulos, mientras murmuraba: Te amo, David. Te amo...
Desde entonces nunca me he avergonzado
de ser como soy. He vivido mi condición con plenitud, sin miedo.
Hasta el último y reciente orgasmo ( diez años después
del primero ) al lado de Jorge. Cuando él me dice, con palabras
siempre nuevas, < te amo David >; yo no contesto. Sonrío y me
ofrezco de nuevo en anhelante entrega, como aquella tarde primera....
Miguel