Esta vez sí que la había cagado pero bien.
Había suspendido casi todas las asignaturas y mi idea era pasarme un verano de
lujo en la playa alegando que mejor repetiría curso para obtener una mejor
media que me permitiera elegir una mejor carrera cuando accediera a la
universidad.
Sin embargo, mis padres se enfadaron mucho
más de lo que yo había calculado y mi plan falló. Mi padre consideró que era
acertado que repitiera el curso, pero que durante el verano y como castigo me
pasaría tres meses trabajando en su empresa en lugar de irme a la playa con mi
familia. Lamentablemente la empresa familiar era bastante rentable pero poco
interesante a la hora de ofrecerme un trabajo de verano, pues se dedicaba a la
construcción.
En definitiva, mi castigo consistiría en
quedarme trabajando en una obra desde las 8 de la mañana a las cinco de la
tarde, en pleno verano y con un calor increíble. No tenía otra opción que
aceptar el castigo. Aún no era mayor de edad y tenía que someterme a los designios
de mis padres por dura que fuera su decisión.
Empezaré por describirme. Tengo 17 años, soy guapete y voy al gimnasio cinco días por semana, lo que
hace que tenga un cuerpo casi perfecto. Tenía mucho éxito entre mis compañeras
de clase y entre las amigas de mi barrio. Con muchas de ellas había tenido
escarceos amorosos más o menos largos, pero en ese momento preciso no tenía
novia, más que nada porque prefería salir con varias a la vez.
Ciertamente no me preocupaba excesivamente el
trabajo físico que tendría que desarrollar en la ocupación estival que me
habían buscado, pero sí que me resultaban duros los madrugones, el extremo
calor bajo el que tenía que trabajar y el polvo y la suciedad propias de una
obra.
Hasta entonces yo no había trabajado nunca.
Pasaba las mañanas entre el instituto
y los bares de la zona jugando a las cartas, las tardes en el gimnasio con una
panda de amigotes de mi edad y los fines de semana saliendo de marcha, gastando
la generosa paga que me daban mis padres con chicas de mi edad a las que les
encantaba mi cuerpo fibrado, mi peinado de moda, mi
ropa de marca y una moto con la que me movía por la ciudad. Comprendí, en mi
fuero interno, que el castigo de mis padres era más que acertado aunque no lo
quisiera reconocer y eso me daba bastante rabia. Me habían desmontado mis
planes para pasar un verano estupendo y tendría que hacerlo o todo lo que me
daban durante el año se terminaría... No tenía otro remedio.
Así que acepté. Me presenté en la obra
puntualmente después de pegarme un madrugón de aúpa un lunes por la mañana. El
encargado – un tiarrón de casi dos metros, unos cuarenta años y cara de
pocos amigos - sabía de mi situación y se mostró bastante considerado conmigo.
A fin de cuentas era el hijo del jefe. A pesar de eso
me aclaró que yo iba allí a trabajar duro, como cualquier otro y que mi padre
le había dado instrucciones para que me tratara como a los demás obreros de la
empresa y para que le informara sobre cualquier salida de tono que pudiera
tener. Decidí en ese momento no empeorar más las cosas y asumir mi nueva situación de obrero.
El primer día fue muy duro, pero debo decir
que me lo esperaba aún peor. Me pusieron a trabajar con un chaval de unos
veinte años, de
La verdad es que trabajar con Edgar era
bastante entretenido. Es cierto que el trabajo era duro de verdad, pero él se
pasaba el día bromeando y con una sonrisa en la cara y aquello hizo que fuera
mucho más llevadero. Tenía un cuerpo muy bien definido fruto del esfuerzo
diario que tenía que hacer todos los días. Era mulato y tenía unos rasgos muy
agradables, una piel muy fina, casi sin vello, unos labios abultados y una
dentadura perfecta que mostraba casi continuamente con su eterna sonrisa.
Pasaba muchas horas al día junto a Edgar y
empezamos a conocernos más profundamente. Me sorprendía mucho el optimismo y el
buen humor que derrochaba con la vida tan dura que llevaba. Trabajaba un montón
de horas, ganaba un poco más del sueldo
base y vivía en un piso compartido con otros seis inmigrantes de su país. No
tenía a nadie de su familia en España y se las apañaba para enviar dinero a su
país para que su madre pudiera vivir dignamente, a pesar de todo eso, conseguía
sacar una broma prácticamente de todo lo que pasaba durante el día, de
cualquier comentario que hacían los compañeros, o de una simple anécdota que
ocurría durante el trabajo.
Hasta entonces solo me había relacionado con
gente de mi edad, de un nivel socioeconómico alto y que no habían pegado un
palo al agua en su vida. Conocer a Edgar fue toda una experiencia y cada día le
admiraba un poco más, hasta el punto que casi podía decir que cada día estaba
esperando a que llegara el momento de empezar mi trabajo para pasar el día con
él. Edgar era tremendamente considerado conmigo y me ayudaba en todo lo que
podía para que mis primeros días en la obra fueran lo mas llevaderos posible.
Siempre estaba pendiente de mi trabajo, me daba consejos para manejar el
material de construcción, me llamaba la atención si algo no hacía bien y sobre
todo ante los peligros que te puedes encontrar en un edificio en construcción.
Así pasaron dos semanas casi volando. El
primer fin de semana que estuve trabajando ni siquiera salí de casa. Me dolía
todo el cuerpo del trabajo físico que había desarrollado de lunes a viernes y
tenía un montón de sueño atrasado de los madrugones que me pegaba. Además todos
mis amigos estaban fuera de la ciudad de vacaciones, así que no tenía grandes
cosas que hacer. Me pasé los dos días durmiendo, comiendo y tirado junto a la
piscina de mi casa tomando el sol y quitándome todo el calor acumulado en mi
piel durante la semana.
El segundo fin de semana fue distinto. Ya me
había acostumbrado al ejercicio diario y no notaba tanto el cansancio físico.
Además tenía ganas de salir de marcha, pero como mis amigos no estaban en la
ciudad, le propuse a Edgar salir a tomar unas cervezas el viernes después del
trabajo.
El aceptó encantado, así que cuando por fín sonó la sirena que indicaba el fin de la jornada
laboral, nos fuimos rápidamente a la caseta donde nos cambiábamos de ropa para
deshacernos del mono de trabajo. Como allí no disponíamos más que una ducha
bastante cutre que teníamos que compartir con los demás trabajadores, le
propuse que fuéramos a mi casa a ducharnos. Mi padre se había ido a pasar el
fin de semana a la playa con mi madre y mis hermanos y tenía toda la casa para
mí. También aceptó, así que cogimos mi moto y nos fuimos a mi casa.
Su cara al ver el chalet donde vivía con mi
familia fue todo un poema. La verdad es que la casa era enorme y mi madre la
había decorado con mucho gusto y con todo el dinero que la empresa de mi padre
le proporcionaba. Era evidente que Edgar nunca había estado en una casa así y
se le notaba un poco cohibido, sin embargo, su buen humor afloró enseguida y
gastó un par de bromas sobre lo grande que era la casa, el jardín y la piscina.
La verdad es que me encontraba muy a gusto con él no lo podía negar. Teníamos
muchas cosas en común a pesar que nuestras vidas hubieran sido tan distintas
hasta entonces.
Le hice pasar hasta la habitación de
invitados y le dejé una toalla para que se pudiera duchar en el baño. Luego le
dije que le esperaba en la cocina para tomar algo de comer. Salió de la ducha y
apareció en la cocina solo con un slip que dejaba casi a la vista todo su bien
formado cuerpo y que marcaba un paquete monumental, en el que no pude dejar de
fijarme, a pesar que yo por entonces no había sentido nunca ningún tipo de
pensamiento o deseo homosexual. En fín, no le dí mas importancia al tema y
achaqué mi súbito interés por su entrepierna a una cuestión puramente
anecdótica.
Me preguntó si no me importaba que se quedara
solo en slips, por el calor y porque no tenía otra
ropa que ponerse. Le ofrecí una camiseta pero me dijo que prefería estar así. A
mí no me importó. La verdad es que estaba acostumbrado a ducharme en pelotas
delante de mis amigos en el gimnasio, y nunca me había cortado por estar
desnudo junto a otros chicos desnudos. Sin embargo, la presencia de Edgar en slips, en la cocina de mi casa, me estaba empezando a
inquietar. Comencé a notar un cosquilleo en mi entrepierna que rápidamente
identifiqué con un principio de erección y que primero me alarmó, pero
enseguida identifiqué con el estado de abstinencia sexual en que me encontraba.
Estaba acostumbrado a “achucharme” con mi novia de turno un par de veces por
semana y llevaba dos semanas en que no me comía ni una rosca. A fín de cuentas no era tan grave que de repente me diera
cuenta que estaba cachondo, así que no le dí mayor
importancia al tema.
Comimos algo y luego le propuse darnos un
baño en la piscina. Le ofrecí uno de mis bañadores, pero él me dijo que en su
país estaba acostumbrado a bañarse desnudo, que le gustaba la sensación de
libertad que se notaba en la piscina sin bañador y que como estábamos solos,
nadie nos iba a ver, siempre y cuando a mí no me diera vergüenza, claro. La
verdad es que a mí si que me daba un poco de vergüenza, pero esa era una de las
cosas que no estaba dispuesto a reconocer, así que le dije que no había
problema.
Cuando llegamos a la piscina Edgar se quitó
el slip con bastante parsimonia y caminó lentamente hacia el agua. Así pude
admirar aunque de reojo su cuerpo mientras se dirigía a la piscina. Tenía un
culo duro y prieto como el resto de su anatomía y tal y como había sospechado
su polla era tremenda. Estaba circuncidado y su capullo de un color algo más
claro que el tronco colgaba entre un par de huevos también enormes y redondos.
Como ya había sospechado no tenía casi nada de vello en su cuerpo, salvo una
pequeña mata de pelo en el pubis. La verdad es que nunca había visto una tan
grande como esa.
Yo tenía puesto un bañador con el que había
estado comiendo y dudé si quitármelo también y bañarme desnudo igual que mi
invitado. Edgar se rió de mí y me dijo que me tirara al agua, que estaba
estupenda y que me quitara el bañador de una vez, que nadie nos veía y que así
podría comprobar la sensación de libertad que se sentía estando desnudo en el
agua. Así que no me lo pensé más y lo hice.
Efectivamente bañarse en pelotas es
fantástico. Sientes como el agua recorre todo tu cuerpo incluso por zonas en
las que habitualmente no estás acostumbrado a sentir. Nuevamente noté que mi
polla empezaba a dar muestras de querer levantarse pero esta vez no me preocupé
y me dije a mí mismo que era por estar en la piscina sin bañador.
Nadamos un rato, jugamos con una pelota de waterpolo que tenía por allí y al cabo de un rato empezamos
a hacernos aguadillas y a pelear en el agua. Nuevamente noté que mi polla
crecía enormemente pero al parecer no era al único al que le pasaba eso, porque
una de las veces en que Edgar se me acercó pude notar como su enorme polla,
dura como un palo, se restregaba contra mi pierna. Ahí empecé a preocuparme,
porque me estaba dando cuenta que la causa de mis erecciones espontáneas estaba
en el hecho de tener a mi amigo desnudo tan cerca de mí y lo que era más, que él
sentía una sensación muy parecida a la mía.
Estaba concentrado en este tema cuando sentí
que me agarraba por la espalda y me inmovilizaba como parte del juego. Esa
postura, aparentemente inocente, sin embargo facilitaba que su enorme pollón, tieso como una viga, se aplastara contra mi culo.
Luché e intenté zafarme de él, pero fue imposible. Era mucho más fuerte que yo
y me tenía completamente dominado. Le dije que me soltara, pero él por toda
respuesta me empezó a recorrer el cuello con sus labios.
Me quedé petrificado, porque no me lo
esperaba. La verdad es que toda la tarde había estado llena de un montón de
alusiones sexuales implícitas que no había sabido o no había querido captar,
pero nunca pensé que aquel inocente baño terminara de aquella manera.
Una sensación eléctrica recorrió mi espalda,
proporcionándome un placer desconocido hasta entonces. Se me pusieron los pelos
de punta de puro placer y aunque algo en mi interior me decía que eso no estaba
bien, mi cuerpo se negaba a responder contra la sensual caricia que me estaba
proporcionando mi amigo. Me quedé inerte, dejando que Edgar explorara mi cuerpo
con sus manos y sus labios mientras cerraba los ojos, diciéndome a mi mismo que
si no participaba en aquella locura no tendría ninguna responsabilidad en ello.
Notaba su fuerte pecho apoyado contra mi
espalda, sus piernas entrelazadas con las mías, favoreciendo que el contacto
entre ambos cuerpos fuera prácticamente total. La carne se me puso de gallina.
Jamás había sentido una sensación como esa con ninguna de las chicas con las
que había estado antes.
También pude notar claramente su olor, que
era completamente distinto al de una chica, mucho más parecido al mío y muy
agradable y al tiempo que disfrutaba de todo aquello, me sentía completamente
seguro en sus brazos, como si nada malo me pudiera ocurrir mientras él me
estuviera abrazado. Comprendí entonces que la dedicación que me prestaba
durante las horas de trabajo tenía un aire protector que ambos habíamos asumido
con total naturalidad y que estaba aflorando nuevamente en esa piscina, pero en
otras circunstancias mucho más placenteras para ambos. Asumí el mismo papel de
protegido que tenía todos los días cuando íbamos a trabajar y ello me
reconfortó bastante.
No se cuanto tiempo duró ese abrazo. En un
momento determinado Edgar me giró y volvió a abrazarme, esta vez de frente. Mi
pecho mojado chocó contra el suyo y volví a sentir su poderosa erección, esta
vez contra mi vientre. Me miró fijamente como pidiéndome permiso para continuar
y ante mi pasividad, acercó sus labios a los míos y me besó profundamente. Sin
saber como, abrí la boca dejando que su lengua se entrelazara con la mía y me
abandoné definitivamente al torrente de sensaciones que me trasmitía su cuerpo.
Sus manos me recorrieron la espalda para
terminar apoyadas en mis nalgas, que apretó acercándome aún más a él. Yo
acaricié sus hombros y bajé por los brazos notando como se estiraban sus bíceps
para abarcar mi cuerpo. El contacto con su cuerpo era completamente distinto a
acariciar a una chica. Me sorprendió y agradó la fuerza de su cuerpo y el tacto
de su piel, mientras su lengua se dedicaba a explorar mi boca por dentro,
transmitiéndome una pasión desconocida hasta entonces.
Súbitamente comencé a temblar. En un primer
momento pensé que podía ser por el frío del agua, pero tuve que reconocer que
era por la increíble experiencia que estaba disfrutando. Edgar lo notó y
suavemente me tomó de la mano y me ayudó a salir de la piscina. Cogió una
toalla y comenzó a secar todo mi cuerpo.
Yo le dejé que lo hiciera como parte del
juego en el que ambos habíamos decidido participar sin saberlo. Ese juego que
consistía que un chico algo mayor que yo, con mas
experiencia en la vida cuidara de mi en ese momento tan especial para ambos.
Una vez estuvimos secos nos tumbamos al sol,
sin hablar. De hecho no habíamos cruzado una sola palabra desde que él había
comenzado a besarme por la espalda. Nuevamente Edgar comenzó a acariciarme y a
besarme. Acepté sus besos y sus caricias con avidez. Ambos estábamos
visiblemente excitados en ese momento y nuevamente hube de adaptarme a una
nueva situación. La inicial ternura con la que había comenzado todo aquello se
había transformado en una pasión desenfrenada. Mordía sus labios, y acariciaba
con fuerza todo su cuerpo, igual que hacía él con el mío.
Se tumbó sobre mí mientras continuaba
besándome y yo acepté su cuerpo con naturalidad, abriendo mis piernas de manera
inconsciente para que ambos pudiéramos estar cómodos. Hasta entonces no me
había dado cuenta que su actitud protectora hacia mí era lo más parecido a
considerarme como el más débil en la relación y ello, llevado al plano sexual
podía implicar que me intentara tratar como yo trataba a las chicas con las que
había estado hasta entonces. Esta idea se pasó fugazmente por mi cabeza, pero
la deseché rápidamente confundido por el estado de excitación en que me hallaba
sometido. Pronto Edgar comenzó a pasar su lengua por todo mi cuerpo,
deteniéndose en mis pezones y mi ombligo. Yo no dejaba de gemir, rendido a sus
caricias y al trato especialísimo que me brindaba su lengua. Poco a poco fue
bajando hasta que se encontró con mi polla, que estaba tan dura que parecía que
iba a reventar de un momento a otro. Sin pensárselo mucho la agarró con una
mano y se la fue metiendo en su boca, mientras que yo, alucinado por la
situación no paraba de gemir, disfrutando a tope del momento.
Edgar continuó atendiendo mi polla y
haciéndome cosas increíbles para mí hasta entonces que incrementaron incluso el
estado de excitación en que me encontraba. Pronto sus atenciones continuaron
hacia mis huevos que lamió y chupó y hacia la zona que los separaba de mi
trasero. Mientras tanto sus manos no dejaban de acariciar mi pecho y mi vientre
y yo, rendido ante tanto placer no podía
hacer otra cosa que gemir y retorcerme.
En un momento dado me miró a los ojos y
sonriendo, como siempre, me preguntó si me estaba gustando lo que estábamos
haciendo y me pidió permiso para seguir. Yo le contesté que estaba algo
confundido porque la situación era nueva para mí, pero que estaba disfrutando
muchísimo. Mi amigo me dijo que eso no era nada, que aún faltaba lo mejor...
Deseé que así fuera.
Después de eso, Edgar concentró sus lametones
alrededor en mi ano. Aquello me sorprendió tanto que di un respingo. El me
sujetó fuertemente mientras su lengua continuaba explorando una zona que hasta
entonces nunca hubiera pensado que podía ser tratada de aquella forma.
Tampoco había pensado nunca que se pudiera
sentir tanto placer de ese modo. Suspiré y me abandoné ya definitivamente a las
atenciones que Edgar me brindaba sobre una parte de mi cuerpo que hasta
entonces nunca había sido explorada. Si es que aún quedaba algo en mí que se
negaba a disfrutar de la situación, sin duda en ese momento se rindió a la
evidencia y aceptó la nueva condición
que estaba asumiendo en ese acto.
Yo no paraba de gemir y de disfrutar con lo
que me estaba pasando, hasta el punto que ni siquiera me hubiera dado cuenta
que me había metido un dedo por el ano si no fuera porque sentí un leve dolor
cuando lo hizo. Lancé una pequeña protesta que Edgar calló inmediatamente
juntando su boca con la mía y dándome un sensual beso. Acto seguido alcanzó un
bote de crema de protección solar que estaba junto a las toallas y empezó a lubricarme
el ano, mientras seguía besándome.
En aquel momento me dí
cuenta de lo que pretendía y me asusté un poco. Intenté recuperar la cordura
evitando que mi amigo fuera a romper la última parte de mi virilidad que me
quedaba después de aquella sesión de sexo que tanto estaba disfrutando, pero su
dulce sonrisa, su profunda mirada y sus palabras tranquilizadoras hicieron que
me volviera a recostar y me preparara para lo que iba a ser mi primera
penetración. Me parecía imposible que aquella tranca tan enorme fuera a caber
en mi estrecho culo, pero poco a poco la pericia de Edgar hizo que el milagro
se produjera y lentamente comenzó a introducir su enorme polla por el culo.
Tardó mucho en hacerlo, no sabría decir
cuanto tiempo, lo que si puedo asegurar, es que no me dolió prácticamente.
Supongo que eso se debía a la infinita ternura con que me trató o la intensa
excitación que ambos sentíamos. El hecho fue que antes de que pudiera darme
cuenta, sus gordos testículos descansaban sobre mi culo de modo que podía notar
su dureza y calor.
Cuando consiguió introducirme del todo la
polla en el culo comenzó a bombear, primero despacio y poco a poco más
rápidamente. Yo me sentía un juguete en sus brazos y casi no me atrevía a hacer
nada. Los dos gemíamos como auténticos animales y el sudor empapaba nuestros
cuerpos. Mi polla estaba a punto de reventar en todo momento hasta el punto que
no me atrevía a tocármela para no correrme enseguida y conseguir así que aquel
momento se prolongara todo lo posible.
Edgar parecía incansable, empujaba y bombeaba
como un loco mientras me besaba en la boca y yo me agarraba a sus hombros. Nos
mirábamos a los ojos y nos dábamos cuenta de cuanto estábamos disfrutando de
aquello, hasta que en cierto momento no
pude evitarlo y me corrí como un bestia sin ni
siquiera tocarme. Unos segundos después noté como todos los músculos de Edgar
se ponían tensos y vertía todo su semen en mi interior.
Nos quedamos tumbados juntos, uno encima del
otro, exhaustos, besándonos y mirándonos a los ojos durante unos minutos. Yo
aún no me terminaba de creer lo que acababa de ocurrir ni el giro que había
dado mi vida durante aquella tarde de verano.
El fin de semana Edgar se quedó en mi casa y volvimos a repetir la sesión de la piscina, pero eso ya es otra historia...