Hace tres años ya, que "compartí"
un verano con mis amigos y amigas. Éramos
una docena: 6 y 6. Algo así como
parejas. Por cuestiones de disciplina los
campamentos de hombres y mujeres estaban
separados.
Los campamentos estaban distribuidos a
lo largo de la orilla del lago algo
así como a 5 minutos caminando
entre uno y otro. Lógicamente llegar del
primero hasta el último tomaba
poco menos de una hora.
Dos de mis amigos y yo ocupamos el campamento
de un extremo. Las chicas,
en el extremo opuesto --su área-,
y los otros tres estaban en el primero de los
campamentos de hombres, o sea, junto al
último de las chicas. Cada
campamento tenía su propio guía.
En realidad no sé como eran los de los
demás campamentos. Casi no nos
veíamos. Teníamos, cada grupo, muchas
actividades.
Durante la semana que estuvimos ahí,
montamos a caballo, nadamos,
esquiamos en la laguna, fuimos de cacería,
acampamos en el bosque y algunas
otras cosas más. El último
día estaba destinado a ir de visita por los alrededores
en un tour, ya que no conocíamos
los poblados vecinos. Al terminar, tendríamos
tiempo para comprar recuerdos de la estancia
por la región en una de estas villas.
Nuestro guía se llamaba Aníbal.
Era todo un tarzán moderno. El jefe de ellos
nos había puesto al tanto sobre
él. Había quedado huérfano desde niño. Sus
padres habían sido los dueños
del campamento. Su tío y jefe se volvió su
tutor a la muerte de sus padres. Intentó
mandarlo a la ciudad a estudiar,
pero él no se sobreponía
a su pena sino estando en la región. Por eso es que
lo dejaron ahí.
Construyeron una cabaña. La última,
justo después de la nuestra. Ahí vivía
él, en el rincón más
aislado de la región. No le gustaba apartarse de ahí y
conocía la zona como sus manos.
"Teneis el mejor guía", nos dijeron.
Él tenía sus propios caballos,
uno era de porte salvaje -el suyo-, de tono
castaño y el otro era gris y nada
menos elegante. Como él tenía su modo
personal de atender a sus huéspedes,
casi no estabamos en contacto
con el resto de los grupos. No nos importó.
Los amigos con quienes compartía,
eran bastante vagos pero acataban. Ellos
eran entre sí bastante más
amigos que conmigo. Por eso es que tenían una
complicidad especial. Eso, tampoco me
importó.
Yo me sentía maravillado por ese
goliat. Sus largos cabellos castaños
cubrían todo su cuello. Sus brazos
y el resto de su cuerpo parecían
perfectos. Tal como los de cualquier atleta.
El tono de su piel era el mismo
en todo el cuerpo. Bueno, eso es lo que
pretendía averiguar. Su pecho y sus
piernas eran poco menos que lampiños.
Una capa casi invisible de delgadísimo
vello los cubrían. Solo bajo su
ombligo nacía un hilo delgado de denso
cabello que bajaban hasta... ocultarse
bajo su ropa. Y bajo sus brazos
perfectos, sus axilas mostraban también
abundante y estético cabello castaño
que tenía siempre aspecto fresco.
Tendría unos 22 o tal vez mi edad:
21. De vez en vez, apreciaba su miembro
bajo sus ropas, que al parecer siempre
dormía. Formaba un volumen
considerable bajo su short. También
bajo este, pero por su parte posterior
tenia un atractivísimo trasero.
Sus glúteos estaban arqueados perfectamente.
En fin, todo él parecía
estar hecho a mano.
Como decía, a doquiera que íbamos,
mis amigos montaban juntos. A unos 20
metros tras de nuestro caballo. Seguramente
para sentirse libres de la
vigilancia de Aníbal. Yo los olvidaba
solo poner mis manos sobre sus muslos
para sujetarme. Ignoro si él sentía
ese hierro mío casi dentro de su
trasero. Yo diría que no. ¡Era
tan inocente, siempre había vivido ahí! Me
encantaba también, durante las
cabalgatas, poner mis manos sobre sus
pechos para asirme firmemente.
Me imaginaba frotando sus pezones ligeramente
cafés, con mis pulgares, hasta
conseguir que se erectaran. La verdad
es que no era un experto en este tema.
Nunca lo había hecho con otro hombre.
En fin, siempre que la situación
se prestaba, lo acariciaba disimuladamente.
Una ocasión hasta me sujeté
de él metiendo las manos en los bolsillos de sus
shorts, por supuesto buscando algo más.
El sábado, después de ir
de cacería, el plan era hacer una fogata por la
noche frente a la cabaña. Aníbal
escuchó inquietos a los caballos y los
llevó a su cabaña temiendo
que estuviesen lastimados.
- Comiencen ustedes, yo volveré
con algo para cenar -nos dijo con
su voz serena.
Yo aproveché para recostarme en
mi cama para pensar eróticamente en él. Mis
amigos decidieron ir a buscar un poco
de leña, para estar preparados ya para
cuando Aníbal llegara.
Solo recuerdo que desabotoné mi
short mientras no estaban. Bajé mi bragueta
y me toqué. Mi tronco ya estaba
humedeciéndose con ese líquido transparente.
Apreté y saboree lo que quedó
en mi mano. Tendría tal vez 17 por 5 cms. y su
cabeza estaba descubierta y bastante roja.
Hacía ya bastante que no "me la
jalaba". A pesar de que parecía
un pene de acero, presto a eyacular, no
quería venirme. No supe más
y me quedé dormido.
A la mañana siguiente me vi. Estaba
en la misma posición que la noche
anterior. Sentí un poco de pena,
seguramente me habrían visto Carlos y Joel.
No me importó, nos conocíamos
bastante bien. Recordé que ese día -domingo-
debimos levantarnos y caminar hacia el
centro del campamento, a la Casa
Grande, que era el lugar de reunión,
para alcanzar a tomar el tour. Aníbal
no gustaba de ir a este último
paseo, así que debíamos haberlo hecho solos.
Como ya pasaban de las nueve, supuse que,
tal como nos advirtieron, nos
habrían dejado.
Qué suerte que así haya pasado.
Me incorporé. Me abotoné
y busqué a aquel par. Los encontré en su
habitación. Carlos estaba boca
abajo y desnudo sobre su cama. Era
excesivamente velludo, y podía
ver entre sus nalgas, el abundante bosque que
al poco se despejaba para dejar lucir
sus prominentes bolas. Joel, por su
parte, boca arriba y también desnudo,
tenía sobre sus genitales un extremo
de la sábana. De ella asomaba la
punta de su mazorca. Parecía que tenía una
de esas erecciones matutinas. Supuse que
les pasaría lo mismo que a mí, que
tendrían tal vez un mes sin hacérsela.
Antes de despertarlos los contemplé.
Aunque habíamos compartido la ducha en
los gimnasios muchas veces, siempre los
había mirado muy discretamente.
Ahora no tenía que cuidarme. Suavemente
rocé las nalgas blancas y peludas de
Carlos y comencé a excitarme. Mi
pene quería liberarse. Toqué también la cara
interna del muslo de Joel. Hice a un lado
la sábana. No lo notaría. Lo conseguí.
Joel finalmente se había decidido
a afeitar sus genitales. Sus bolas colgaban
disparejas cerca de su culo. Acaricié
entonces a ambos, trataba de hundir mi
mano entre las nalgas de Carlos y al mismo
tiempo la otra masajeaba el paquete
de testículos larguiluchos y afeitados
del rubio. Me contuve ya que no quería
despertarlos.
Traté de pensar en otra cosa para
relajarme. Mi pene segregaba sus mieles
otra vez. Cuando más o menos lo
conseguí, nuevamente me acerqué a ellos. Los
desperté moviéndolos pícaramente
por sus zonas eróticas, es decir, a uno por sus nalgas y al otro
por su vientre. Se miraron uno a otro. Tampoco se extrañaron.
Carlos caminó desnudo hacia lo
que era la sala y se paró justo bajo el marco de
la puerta esperando que yo hablara. Su
aparato colgaba de él flojo, casi escondido
por su vellosidad. Él sabía
que estaba bien provisto, por ello, siempre que encontraba
la ocasión, aprovechaba para exhibirse.
Eché un vistazo efímero para apreciar
el dulce que emergía de su boscosa
entrepierna oscura. Un momento me bastó.
Medía tal vez 8 por 3 cms. en reposo.
Era cobrizo, no estaba circuncidado.
La punta de su pene tenía una capucha
carnosa que escondía un glande
igualmente rosado. Alguna vez escuché
que inflado hacia temblar.
Entonces ya estaba yo sentado en su lugar.
Joel se incorporó. Buscó un
calzoncillo que se puso. Alcancé
a apreciar, cuando se agachó, que se había
afeitado también por atrás
y pude ver su ano grisáceo. De vez en
cuando tenía una de esas ideas
locas de afeitarse "todo cuerpo".
¡Vaya que iba en serio!
-Debemos buscar a Aníbal. Hemos perdido
el tour. ¿Volvió ayer?
-No --dijo Carlos, que seguía a mi derecha aún desnudo.
-Si quieres búscalo tú. Nosotros
después de almorzar, nadaremos y
esperaremos a que dé la hora de
irnos.
-Sí -repitió el velludo,
al tiempo de que jugaba con sus genitales como
para terminar con una comezón.
Su miembro resorteaba a cada tirón que
daba a sus vellos.
-Bien, yo iré. Nos vemos -entonces me levanté y los oí planear su día.
La verdad es que ardía de ganas
por estar a solas con mi tarzán. Sin problemas
llegué a su cabaña. Al parecer
estaba vacía. Después de pensarlo un momento,
recorrí todo su interior y tras
cerciorarme de que efectivamente no estaba, regresé.
Habrían pasado tal vez 20 minutos.
Al acercarme, hundido en mis pensamientos, no
escuché los sonidos que provenían
de la habitación y cuando iba a comunicarles la
noticia, el panorama fue sorprendente.
Carlos hincado al pie de la cama, concentrado
en un trabajo oral. Joél me vio
y con la mano llamó la atención de Carlos, este, al ver
la dirección de su mirada, se volvió
también a verme. Me miró asustado. Se retiró del
miembro de su compañero -que hasta
ese momento había estado ingiriendo
profundamente-, y me miró de frente.
Joel, estaba de costado sobre la cama,
apoyando uno de sus hombros, abriendo
y cerrando sus delgadas piernas como
bisagra, como convidándome el recurso
que tenía desplegado. No lo miré.
-¿Quieres unirte? Será divertido
-habló Carlos al tiempo que su mirada de
temor cambiaba por una de complicidad.
-No gracias -tartamudee, dando un paso atrás.
-Entonces... ¿podemos contar contigo? Tu sabes... -me interrogó Joel.
No lo dejé terminar. Respondí convincente.
-Por supuesto, guardaré su secreto
-dije mientras pensaba como escapar de
esta escena-. Aníbal no estaba;
imagino que ya habrá regresado.
Volveré para partir.
Mi asombró no daba a más.
Mi primera reacción fue involuntaria. Mi pene
estaba como una estaca, pugnando por salir
del calzón. Desde afuera los
observé a través de un orificio
en la pared de su habitación. Estaban teniendo
sexo desesperada e impetuosamente. Como
si fuera su última vez.
-Déjame a mí. -le dijo Joel, mientras dejaba su posición.
Se levantó. Tumbó en la cama
a Carlos y apoyó su abdomen en la orilla
mientras comenzaba a ingerir el vástago
de su pareja, tal como minutos antes
hacía su compañero. Definitivamente
había escuchado lo correcto, este hombre-lobo
tenía un arma de alto calibre.
Mediría tal vez 19 y 5 de ancho. Su vello púbico que
alcanzaba a camuflajear hasta casi la
mitad de su cañón, sin duda parecía cubrir no
solo eso sino todo su cuerpo. Joel, no
solo chupaba, con sus manos peleaba con el
bello tan espeso que tenía que
hacer a un lado para alcanzar el culo de Carlos. Al
parecer lo logró. Solo empece a
perderse de mi vista su mano entre las nalgas del
peludo. Cansado de este movimiento de
vaivén, Joel cambió la estrategia.
Después de que Carlos se recorrió
hasta la orilla, Joel lo tomó como a un bebé a
quien se va a cambiar un pañal.
Empujó sus piernas estiradas hacia sus hombros,
doblándolo en dos. Contempló
su chorizo afeitado como para concentrarse. Carlos
lo interrumpió desesperado.
-¡De prisa, tenemos que probar tanto!
-exclamó mientras manoteaba sobre el
colchón.
Ese pene blanco sostenía un par
de bolas de forma estirada. No tenían
consistencia, siempre colgaban de él
y se sacudían como cueros viejos. El
pene, por su parte, constaba de 18 por
5 cms. y estaba tan arqueado que parecía
que quería clavarse en el ombligo
de él mismo. Su cabeza comenzaba a ponerse
rojiza, mientras escurría lubricante.
Exprimió su plátano y tomó el néctar, lo depositó
en el bosque negro que cubría el
agujero; apuntó y le clavó todo de un golpe, tal como
se clava un garfio. Adentro y afuera,
adentro y afuera, una y otra vez. Carlos
desesperadamente movía la cabeza
a uno y otro lado, como buscando dar escape
a esa sensación de placer, pero
sobre todo de ardor. Joél le soltó las piernas. El otro
las apoyo en sus hombros.
Gemían ambos a cada inserción.
Joél se aceleró y dijo:
-Estoy cerca.
Sacó entonces el miembro y forzándolo
hacia abajo para apuntar a la cara de
Carlos, comenzó a venirse.
Bañó al peludo con dos primeros
disparos mientras este se acercaba de un
brinco a la fuente. La tomó firmemente
y devoró el resto. Tomó por las nalgas al rubio
y lo hizo girar. Su ano quedó frente
a él. Hundió nariz y boca entre sus nalgas. Vi cómo
realmente lo saboreaba, movía su
boca suave y lentamente, como su estuviera
besando unos carnosos labios. Y vaya que
eran labios, pero de proporciones
bastante mayores. Se retiraba de él.
Sacaba su lengua y nuevamente se hundía
entre las nalgas. En esa posición
inclinaba su cabeza hacia uno y otro lado a la vez
que lo recorría de arriba a abajo,
buscando transmitir más placer. Lo estaba
consiguiendo, Joel alimentaba nuevamente
su garfio de energía. Nuevamente
estaba pulsando completamente cargado.
Carlos frotó los muslos lampiños y se
dejó caer de espaldas.
-Siéntate -le dijo en actitud expectante.
No tuvo que repetirlo. Joel montó
sobre él comenzando a dar brincos en la
cama. Carlos tenía que frenarlo,
parecía que no se llenaba con nada. Su pene
rasurado chocaba contra su ombligo formando
hilos trasparentes en él como
telarañas, producto de la viscosa
miel.
Solo vi que Joel se vino de nuevo. Se retiró
de Carlos, que al mismo tiempo
le anunciaba con gemidos de extasis que
se venía, recorriéndose hacia atrás
terminando de consumir el derrame del
peludo, mientras acariciaba sus bolas.
Aseguraría que el grito de Carlos
pudo oirse hasta las cabañas más próximas.
Finalmente Carlos comenzó a juntar
con sus manos el producto lechoso de la
segunda eyaculación del garfio
de Joel. Cuando me percaté de mi estado observé
que mi ropa estaba mojada. Creo que me
vine junto con ellos. Joel se unió a Carlos
en un beso mientras se acariciaban de
nuevo y rendidos por la fatiga descansaron.
Entonces decidí alejarme. Giré
mi bolsa de canguro de manera que no dejara ver el
derrame escandaloso sobre mi short. Caminé
pensativo hacia la morada de mí guía.
Sí, mi guía; durante el
transcurso de la semana, las relaciones entre ambos se habían
vuelto mas estrechas. Tal parece que él
necesitaba un amigo de la edad. Yo no tuve
inconveniente. Eso me hacía sentirlo
más mío que de nadie.
Llegué. Nuevamente vacío.
Sin saber qué hacer, caminé. Junto a la casa,
estaba el hogar de los caballos. Me introduje.
Estaban tranquilos. Después de
observarlos, noté el tobillo vendado
que uno de ellos tenía. Aníbal había tenido razón.
Al salir tomé por un camino angosto
y pobremente que descubrí dibujado entre los
arbustos. Avancé por él
silencioso y me detuve unos metros antes de llegar a final de
este, al oír unos ruidos. No vi
nada y decidí avanzar aún más calladamente. Todavía
escondido en el camino lo vi. A unos metros
de distancia, de aspecto triste, me ofrecía
su perfil. Estaba apoyándose sobre
uno de sus pies. Sus pantorrillas, como el
resto de su cuerpo eran robustas. Su short
parecía no tener ninguna buena
sorpresa bajo de sí. Solo el abultamiento
de su trasero. Más arriba, su abdomen
marcado, daba paso a sus pechos robustos.
Su cabeza estaba agachada.
Casi no podía verle la cara ya
que su cabello caía sobre ella. Estaba arrojando
piedras al lago.
3 o 4 veces rebotaban sobre su superficie
antes de hundirse definitivamente.
No pude resistir más y decidí
acercarme.
Aníbal reaccionó asustándose
y después de reconocerme, en su cara se dibujó
una noble sonrisa.
-Hola, ¿te pasa algo?
-Estaba acostumbrado estar solo. Ahora,
con cada campamento me desacostumbro
cada vez más. Pero qué pasó
¿no tomaron el tour?
-¡Ah! No nos levantamos. De cualquier
manera, prefiero seguir aquí -contesté
fingiendo cierta indiferencia.
Entonces, ya recuperado, soltó sus piedras y me dijo:
-Sígueme, te mostraré un
lugar donde podremos lanzarnos al agua a nadar -me
invitó asumiendo que querría
hacerlo.
Por supuesto que acepté. Ansiaba
contemplar su desnudez. Porque supuse que
no lo haríamos de otra forma. Subimos
una pequeña cuesta. Desde ahí
podríamos arrojarnos. Él
desabotonó su short y sosteniéndolo en su lugar con
sus manos, me interrogó:
-¿No quieres nadar? -dijo mientras
yo distinguía entre la abertura de su
ropa, una mancha oscura que anunciaba
su genital-. Si lo prefieres,
caminaremos.
-No, no te detengas -tartamudee, y después
corregí mi insinuación-, nos
caerá bien refrescarnos.
-Y sabes que el agua está rica -dijo
mientras yo me levantaba la playera.
Cuando pude ver otra vez, él estaba
ya desnudo frente a mí esperándome. Con
las manos a la cintura, y parado al centro
de sus piernas, sus hombros
contrastaban con lo angosto de su cadera.
No quería que viera mi miembro
febril, pero no pude controlarme y terminé
por observarle. Era un centauro,
uno de esos personajes mitológicos
que eran parte hombre y parte caballo.
Aunque solo su miembro fuera de animal.
¡Gigante! De unos 11 por 4 cms.
durmiendo. Mi excitación no daba a más.
Circuncidado. Sus bolas hacían
juego perfectamente con el miembro. Grandes,
largas y peludas. Sin duda cualquiera
imaginaría que este no estaba mal.
Pero verlo, ver ese miembro ligeramente
más oscuro que su piel morena clara,
de aspecto tan fresco como sus axilas,
tan flácido, tan dormido, superaba las
expectativas. La línea delgada
y densa de cabellos que bajaba de su ombligo
terminaba en un triángulo invertido,
también de denso aspecto, que enmarcaba
ese caramelo de carne. Sus axilas y genitales
combinaban. Ambos tenían
abundante cabello castaño; el que
faltaba al resto del cuerpo. Y en sus ingles
se veía excesivamente marcada la
línea que separa las piernas del abdomen.
Por fin tomé el control de mí mismo.
-Adelántate, todavía tengo las botas puestas -intenté persuadirle.
Entonces dio unos pasos hacia la orilla
de la colina. Miré otra vez su miembro,
miré como este se movía
armoniosa y naturalmente a cada paso que daba, y
entonces se paró frente al agua
en la misma postura anterior ofreciéndome su
espalda, mientras buscaba el mejor lugar
para arrojarse.
Comprobé lo que vi antes. Sus hombros
amplios y bien formados disminuían en
su torso hasta terminar en unas caderas
pequeñas, pero suficientes para
alojar ese par de volúmenes de
carne separados por una senda estrecha y
oscura. Seguramente así solía
bañarse porque el color de su piel, como
supuse, era igual en todo el cuerpo. Solo
sus genitales eran ligeramente más
oscuros. Lo que los hacía mas antojables.
Volvió su cabeza y sin verme asintió.
-Esta bien, no tardes. Quiero mostrarte algo.
Entonces se agachó como un experto
clavadista hasta tocar con sus manos sus
pies. Cuando lo hizo vi abrirse un poco
esa senda estrecha que había entre
sus nalgas. Expuso ante mí el color
auténtico de su piel. Esta era blanca y rodeaba
su ano, despejado de cabellos como la
mayor parte de cuerpo. Se arrojó en un
clavado al agua. Me apresuré mientras
trataba de imaginar qué habría querido
decir. Por fin terminé y sin pensarlo
me arroje también cuando él todavía no salía
a la superficie. Alcancé a distinguirlo
bajo el agua cristalina. Iba hacía arriba. Estabamos los dos flotando
en la superficie, y lo observé mirando extrañado mi
miembro, sin poder distinguirlo bajo la
ondulante agua. Entonces observé un cambio
en el suyo. Hubiera sido imposible no
notar algo en una masa de tal tamaño.
También comenzó a crecer.
-Nademos a la otra orilla -propuso mientras comenzaba.
Le seguí.
Parados sobre la rampa de tierra, el agua
nos llegaba hasta arriba del
abdomen. Era imposible ocultar nuestros
cuerpos.
-¿Qué te pasa? -hizo una ingenua pregunta.
-No lo sé, tal vez estoy apenado.
Para ti es algo natural -mentí. En el gimnasio
había compartido la ducha viendo
veintenas de hombres desnudos. Eso sí,
ninguno de esos tamaños.
Decidimos caminar rampa arriba. Él
echó unos cuantos vistazos a los 17 cms
de mi largo mástil que ya no podía
controlar. En un intento por ternimar con
mi vergüenza decidí mejor
tomar mi pene con mi mano y descubrir totalmente su
cabeza, que hasta ese momento todavía
estaba cubierta de la delgada capa de
piel dejando así que él
viera como empezaba a descubrirse el color rosado de los
pliegues próximos al glande. Mi
circuncisión era casi una obra de arte, parecía que
mi miembro era un dulce de dos sabores:
de fresa en la punta y de chocolate en la
base. Él no dejó de notar
esto. Yo por mi parte conté unos 15 cms. del suyo, que
hasta ese momento apenas se había
separado de sus bolas y que parecía congelado
en esa posición, sin ánimos
de continuar su desarrollo. Cada uno caminamos hacia
lados opuestos. Me llamó la atención
otro camino apenas dibujado que se adentraba
en la flora. Sabía que él
conocería el porqué; las tierras habían sido de su
padre y
ahora eran suyas.
Me volví repentinamente al tiempo
que, señalando con el brazo el camino, le
preguntaba. -Y ¿eso? -lo sorprendí.
Su torso estaba torcido, no podía verle
su cilindro (porque eso era), pero sus
ojos miraban mi trasero.
Entonces comprendí que si no era
la primera vez que veía a otro hombre
desnudo, sí era la primera en que
veía a un hombre excitado. Queriendo
parecer que no le ocurría nada,
respondió volviéndose y caminando hacía mí.
-Es un camino secreto -dijo dando especial entonación a esta última palabra.
Se detuvo a unos 5 pasos de frente a mí.
-¿A dónde conduce? -no supe si le
interrogue a él o a su miembro,
cuya cabeza empezaba a desencapucharse, y
que no podía dejar de mirar.
Sin querer, se hizo un momento de silencio.
Noté como otra vez él miraba
ingenuamente el mío, que había
dejado ir el agua que lo humedecía para
comenzar a cubrirse con el jarabe que
de él brotaba. Y nos volvimos a ver el
suyo. Comenzaba a erguirse. Nunca antes
había presenciado algo similar. Dudo
que ver levantarse un obelisco en tiempos
antiguos haya sido tan excitante.
Alcanzó casi 20 cms. y tendría
su ancho tal vez 6. Lo dicho, era un centauro.
Alcanzó un aspecto horizontal. Entonces
él, imitándome, retrajo la piel que
cubría su cabeza dejándola
al descubierto. La punta era de aspecto rosado.
Afilada en su extremo como para penetrar
a cualquiera. Se había levantado lo
suficiente para verla por debajo. Su hendidura
era larga y bajo de élla
comenzaban los pliegues de la piel ligeramente
más oscura de su tronco. De
no ser por el peso que algo así
no puede dejar de tener, ese hierro humano
habría estado recargado contra
su vientre eclipsando su ombligo.
Estaba temblando. Seguramente nunca pensó
que ver a otro hombre caliente le
produciría semejante sensación.
Bajo los pliegues que marcaban el fin de su
cabeza, comenzaba el canal por el que
me encargaría de hacerle vaciar esas
pesadas bolas que se habían abultado
ya.
Trató de cubrir su desnudez con
su mano derecha. Ni el sol habría tapado una
cosa así. Me acerque a él
sorprendiéndole. Le retiré su mano, con mi izquierda,
mientras con mi derecha le tomé
el pene desde la raíz, lo apreté mientras él se
estremecía y, oprimiendo ese canal,
conseguí hacer que brotara una gota
transparente de su cabeza. La tomé
y me la llevé a la boca.
Yo también temblaba. Parece que
sería nuestra primera vez. En un intento por
relajarnos le dije.
-¿Es tan secreto? ¿No me dirás hacia dónde conduce?
No dijo nada. Dudo que pudiera decir algo.
Me tomó con las manos mis ingles,
que no estaban tan marcadas como las suyas,
y se animó a seguir con los
dedos su camino hacia mi entrepierna.
Acarició de abajo a arriba mi miembro
como conociéndolo, y tomó,
como antes hice yo, la gota que le había hecho brotar.
-Claro -Caminó con grandes zancadas
delante de mí, sobreponiéndose a su
excitación. Mientras admiraba otra
vez su hermoso trasero le seguí-. Es lo que
quería mostrarte. - A cada paso
que daba recobraba su seguridad. Por fin,
después de hacer a un lado unas
cuantas ramas que cubrían el camino, llegamos.
Estabamos frente a una caverna. Nos adentramos
en ella. Para mi sorpresa,
adentro no estaba oscuro. Tenía
unos convenientes orificios hechos por el
tiempo por donde se ventilaba e iluminaba.
-Sólo yo sé de este lugar -dijo
mostrándose orgulloso mientras frotaba sus
nalgas, consiguiendo antojarme por cierto.
Se sentó en la piedra que parecía
un altar cubierto de musgo seco y suspiró
sin saber que se acomodaba para
comenzar a hacerle un trabajo oral. Esa
piedra nos serviría. Me acerqué a él, lo
tomé por su cintura, él
abrió sus piernas y me dejó colocarme entre ellas. Nuestros
penes se golpearon un par de veces mientras
me agachaba a lamer sus pezones.
Uno a uno se erectaron. Subí hasta
el cuello. Avancé hasta su barba e hice lo mismo.
Le daba mordizcos mientras sentía
sus cabellos rasurados contra mis labios.
Entonces bajé de nuevo. Dejé
de abrazarlo. Ardía en deseos de chupársela. Así lo
hice. Saboree las mieles que el miembro
ya no podía contener. Lo recorrí como
cuando se chupa un helado que empieza
a derretirse de sus lados. Lamí sus bolas y
me las ingenié para intentar devorarlas.
Imposible. El no hablaba. Solamente
acariciaba mis hombros mientras yo trabajaba
con su caña. La ingerí.
Imposible cubrirla toda. Arriba y abajo,
lo intenté una y otra vez. Imposible.
Entonces, obsesionado con esconderlo en
alguna parte de mi cuerpo lo insté a
que tomara la iniciativa. Se levantó
y yo recargué mi vientre en el altar.
-¿Ves esto? -le dije mientras flexionado
hacia la izquierda, con mi mano
tiraba de mi nalga.
-¿Tu ano? -había respondido.
Su mano derecha empujó hacia afuera la otra
nalga- Ya lo veo.
Su izquierda se movía queriendo simular una masturbación.
-Métemela.
Su cara estaba congelada. No entendía
lo que estaba oyendo. Pero su instinto
se lo sugería.
-¡Anda! -presioné mientras
pensaba en lo imposible que parece a veces que
los monumentos de hombre que conoce uno
compartan nuestros gustos, es decir,
que también sean homos.
Entonces sentí como mi ano comenzaba
a estirarse. No estaba seguro si podría
contenerlo, pero lo intentaría.
Comenzó a doler.
-Espera, ¡ah! -gemí de dolor-, espera.
-¿Qué pasa?
-Falta algo -le dije al tiempo que me volvía
con desesperación, tome cada
pene con una mano y los estimulé-,
falta lubricante.
No pensé conseguir tanto. En especial
de él. Seguramente estaba ardiendo en
fiebre. Ya no me coloqué boca abajo.
Así, unte el líquido en mi ano y en su
tronco y abrí más mis piernas.
Quería verlo.
-¡Vamos, hazlo!
Se acercó empujando una de mis rodillas
hacia mí. Con su otra mano forzaba
hacia abajo su miembro, de manera que
embonara en mi ano. Y comenzó. Sentía
cada una de sus venas al pasar por mis
esfínteres. Al terminar de presionar, me
incliné. Todavía faltaban
unos 4 cms. y yo sentía reventar.
-Él parecía el experto. Esperó un momento y continuó.
Recargué mis codos en el altar.
Me tomó de la cintura y comenzó su vaivén.
Sentía tanto dolor, pero también
tanto placer, que a cada inserción gemía.
"¡Ah!, ¡Ah!". Lo hacía
muy bien. Su barra, de vez en cuando, incontrolada por tan
acelerados movimientos, se salía
de su sitio. Él, maliciosamente, la jugaba entonces
alrededor de mi ano. Metía la punta
tan solo y me dejaba esperando. Se detuvo y se
hincó ante mi culo. Como un animal
lo hace, acercó la nariz, la deslizó hacia arriba por
él. Siguió con su lengua.
Era sumamente hábil. La escena era similar a la que vi en mi
cabaña. Mordía mis nalgas.
Buscaba introducir su lengua en mi ano y me hacía
cosquillas mientras tiraba con sus labios
de los cabellos que cubrían el circulo
rosado. Subía hasta mi miembro
y recogía cada derrame de caramelo líquido
que este arrojaba.
Tal como se le pone tiza en la punta a
un taco de billar, él rodeaba mi
miembro y lo frotaba con sus labios y
dientes. Mis 18 por 5 cms. no estaban
nada mal. No podía más,
una barra no habría resistido tanto. Entonces, grité:
-¡Me vengo, me vengo!
Por supuesto que él no conocía
la expresión, y no le importó lo que hubiera
querido decir. Siguió en su juego.
Poco antes había descubierto que podía
trabajar al mismo tiempo con sus dedos
en mi ano, y así lo estaba haciendo.
Entonces su boca se inundó de leche
espesa mientras la caverna se inundaba
de mis estentóreos gemidos. A cada
expulsión correspondía un grito. Entendió
entonces a qué me había
referido mientras tragaba cada secreción. No le
bastó y como a un helado, chupaba
no sólo a la punta, sino a cada vena que
el miembro dejaba ver.
Lo tuve que retirar de mí. Me empezaba
a colmar de dolor. Mi miembro estaba
enrojeciendo y sus venas se marcaban cada
vez más.
-Es mi turno -dijo mientras abría sus piernas esperando.
Quería que yo se la metiera. No
entendía que yo no podía más. Seguramente
entonces también sería la
primera vez que se vendría. No quise dejarlo así y
tomé con mis dos manos su asta.
De nuevo fracasé en mi intento de devorarla.
Lo estaba masturbando mientras yo me recuperaba.
Estaba hincado frente a ese
poste de carne inmenso. Mis dos manos,
una junto a la otra apenas si alcanzaban
a rodearlo aunque no alcanzaban a tapar
sus extremos. Estaba comprobando que
era sumamente grueso. No me había
recuperado del todo, pero mi miembro no
dormiría. Aunque todavía
dolía, no podía resistir metérselo aunque fuera una
vez.
Lo coloqué boca abajo. Forcé
su acero hasta que con dolor lo colocó fuera del altar,
apuntando hacia abajo. Él estaba
abriendo sus piernas ofreciéndome su anillo rosado,
enmarcado por un sendero blanquecino.
No lo despreciaría. Con cada mano presioné
de nuevo nuestros miembros extrayendo
fácilmente los néctares. Los unté en su culo y
me dispuse a clavarlo. Así lo hice.
Una y otra vez él me recibía con un gemido.
Seguramente su ano era tan delicado como grande
era su caña. Cada
gemido que él daba me excitaba
más y más. Pero tuve que detenerme. Sufría
punzadas de dolor en la cabeza de mi miembro.
Con el pretexto de cambiar de estrategia,
mientras me recuperaba lo volteé
boca arriba y saboree todo lo saboreable
en su entrepierna.
Una vez más, resistiendo el dolor
lo inserté en su rico ano blancuzco, me
aceleré desesperadamente y grité.
Expulsé por segunda ocasión el jugo de mi
vientre dentro de su ser. Como pude, aguantando
el dolor seguí el ritmo. Mis manos
comenzaron a trabajar. Las dos juntas
subían y bajaban. Quería ver su potencia, así
que cuando él se levantó
yo tomé su lugar comprometiéndolo a que no tocaría
mi
miembro. Aceptó y comenzó
a reventar mi canal. Parecía que no conseguiría que él
se viniera. Solo a mí me estaba
colmando el dolor.
Por fin comenzó a gemir. Gemíamos
juntos. Él con sus manos estaba formando
un rombo alrededor de mi ano, acariciando
mis nalgas y muslos hacia arriba y
abajo. No le quedó más después
de su compromiso de no tocar mi punzante
palo, que por cierto estaba de un rojo
intenso producto de dos eyaculaciones
seguidas.
Entonces él se vino. Tal vez fueron
quince disparos enérgicos y de gran
volumen. Así, en la posición
de parto en que estaba, 5 de ellos bañaron mi
pecho alcanzando también mi cara.
Me avalancé al origen de estos brotes y
comencé a ingerir el resto con
mi boca. Chupé y chupé tan duro que él gemía
tanto como yo antes.
Finalmente el turno de separarme le correspondió
a él. También había
enrojecido por tanto placer, pero aún
dura, todavía punzaba con cada latido
de su corazón. No quise abusar
de él y lo dejé reposar. Teníamos toda la tarde.
Apenas serían las 3.
En un intento por despejarnos salimos a
caminar por el valle. De vez en
cuando, lo tomaba por su cadera y acariciaba
la región de su ano. Él
aprendía rápido e intentaba
algunas otras cosas. No hubo área entre los
arbustos en que no acabara encaramado
uno en el otro.
No sé cuántas veces lo hicimos.
Al comenzar a soplar el viento fresco que
anunciaba el inicio de la noche,
tomamos el camino opuesto. Nadamos, nos
vestimos y todo acabó. Tal como
siempre, guía y turista, caminamos
rumbo a la cabaña. Cuando nos acercábamos
me aseguré de hacer suficiente
ruido para no sorprender a aquel par.
Otra vez dormían desnudos en sus
camas.
-Dijeron que nadarían -dije a Aníbal
que presenció el espectáculo-.
Seguramente terminaron cansados.
Comenzamos a arder, pero nos contuvimos
cuando por nuestro ruido ellos
comenzaron a despertar. Al ver a Aníbal,
se sorprendieron, pero no se
cubrieron, en su lugar caminaron frente
a nosotros y comenzaron a
acomodar su equipaje. Parecía como
si quisiera ahora también Joel presumir
frente a nosotros. Nuevamente sus miembros
se movían rítmicamente a cada paso,
y cuando se agachaban, estos penes pendían
de los contrastantes cuerpos. El del
peludo ricamente descubría su glande
circuncidado entre sus vellos. El lampiño,
como siempre, nos exponía su ano
que ahora lucía de un rosa intenso producto
de la cojida de aquella tarde. Yo no sé
Anibal, pero ese panorama me insitaba a
desnudarme y hacerle el amor a mi centauro
una vez más. Tuve que contenerme.
Después de todo, ellos no imaginaban
mis deseos y no quería que lo supieran.
Al terminar se vistieron.
Tiempo después llegó la hora
de partir. Caminamos hacía la Casa Grande.
Aníbal nos acompaño. El
tío despedía personalmente a cada uno, invitándolos
a volver al año próximo.
Nos tocó el turno.
-Veo que fueron buenos turistas. Aníbal
no acostumbra acompañar hasta aquí a
sus huéspedes. ¿Vendrán
el año próximo? -preguntó casi afirmando.
-Por supuesto -respondimos los tres como
uno solo mientras yo miraba a
Aníbal entristecerse.
Abordamos el camión. Al año
siguiente, llegamos justo cuando el tío estaba
partiendo. Regresaba al norte del país.
Nos dijo que Aníbal ya no lo necesitaba,
que su matrimonio le había hecho
reponerse. Después de nuestro campamento,
él tuvo que hacerse cargo de un
grupo de tres chavas. Se enamoró de una de ellas
y se casaron. La pareja se había
mudado a la Casa Grande y continuaría el negocio
de su tío.
Volvimos los mismos 12. Por fin salió
él. Había cambiado ligeramente. Nos
presentó a su esposa. Yo por mi
parte, presenté a la mía. Nos hospedamos en
la misma cabaña.
Desde entonces las cosas han cambiado ligeramente,
aunque nada significativo.
Carlos, Joel y yo nos hospedamos juntos
siempre y en la misma cabaña. Ellos así lo
quieren, saben que yo guardo su secreto
y les doy tiempo solos. Anibal, con pretexto
de atendernos como merecemos, se muda
temporalmente a su antigua cabaña.
Yo, por mi parte, cada último día
de campamento, recorro un conocido
camino secreto........