Verano del 87
He vuelto a mi casa paterna y a mi ciudad natal después de siete años de ausencia. Todo me resulta
muy familiar y, a la vez, muy distante, como si se tratara de un sueño. Y tengo una extraña
sensación. Una nostalgia singular, no por el recuerdo de quien fui, no hay nada en mi felicidad
pasada que añore, sino por el recuerdo de quién podría haber sido si no me hubiera ido, si hubiera
tomado otras decisiones, si hubiera seguido otros caminos. En cada elección desechas algo y no
importa si ese algo es mejor o peor que aquello con que te quedas (y de todas formas, ¿cómo
saberlo?), lo cierto es que lo pierdes para siempre. En fin, que esa extraña tristeza o alegría me ha
hecho sentarme a escribir, y desde aquí, mirando por la ventana de la que fue mi habitación, veo la
piscina del verano de 1987...
He leído muchas historias en esta página web. Alguna me ha divertido en una que otra noche
lluviosa de Zürich. A través de Internet me reencuentro con el español y eso, para mis ojos, allí en
Suiza, es como para mi paladar un buen jamón de Jabugo y un vino del Duero. Así que aquí estoy,
dispuesto a añadir mi pequeña anécdota en pago por esos buenos momentos. Me agrada este
encuentro anónimo con los otros que escriben aquí, contigo que me lees. La única diferencia es que,
esta vez, es algo que me pasó a mí. Es improbable que sus otros protagonistas lean esto, pero en
cualquier caso, cambié sus nombres. Lo que voy a contar ocurrió durante mi adolescencia y, claro
está, marcó mi vida en lo sucesivo. Qué raro, me parece que todo ocurrió ayer. A pesar de cómo
esté escrito (lo siento, yo ya no sé hacerlo de otro modo) y de los equívocos que la memoria haya
querido introducir (esa trabaja por cuenta propia), lo que paso a narraros es estrictamente cierto.
En verano de 1987 aprobé el COU y la selectividad. Quizá pequé de inmodestia, pero siempre he
sido un muy buen estudiante. Matrícula de honor. Mis padres eran una continua sonrisa, así que
cuando me preguntaron qué quería como premio no dudé pedirles quedarme solo en casa aquel
verano. Incapaces de negar mi merecido derecho a obtener lo que quería, se desató en casa una
guerra de baja intensidad. Mi madre se encargaba en cada comida de retratar lo bien que lo iban a
pasar en Ibiza, con aquella cala para ellos solos, haciendo submarinismo y navegando con el barco.
Mi padre, por su parte, siempre más directo, me preguntaba si no preferiría una moto. Mi hermana
mayor, por fin, me apoyaba, relamiéndose de gusto ante la idea de perderme dos meses de vista.
Las vacaciones familiares eran, en realidad, una autentica maravilla. La casa de mis padres en Ibiza
estaba a doce kilómetros del pueblo más cercano y los días se desgranaban en excursiones en
bicicleta, días de submarinismo, excursiones nocturnas a la capital, acampadas al aire libre,
jornadas enteras de navegación... Pero yo tenía dos motivos muy concretos para quedarme en
Madrid: uno, el chalé de mis padres entero para mí y, dos, Susana.
Susana era amiga de una compañera de mi instituto que era vecina de la urbanización. La conocí en
una fiesta de cumpleaños en la primavera de aquel mismo año. Tonteamos desde que nos
presentaron y el flirteo pasó a mayores durante la cena: puso su mano sobre la mía fingiendo dejar
la servilleta sobre la mesa. Bebí como un cosaco para vencer el azoramiento. Cuando mi grupo de
amigos salió al jardín para fumarnos unos canutos, la invité a unirse. Ambos estábamos bastante
puestos y todo ocurrió entre risas: una carcajada, mi mano sobre su muslo, dos carcajadas, mis
amigos desaparecen, tres carcajadas, hacemos oes de humo contra el cielo estrellado, cuatro
carcajadas, nos besamos con desesperación, más carcajadas, mi mano en su espalda, en su vientre,
en su pecho, y, en fin, Susana desnuda en una habitación del piso de arriba. Yo no le he quitado ni
una prenda, eso lo puedo jurar: estoy completamente vestido y casi no sé cómo hemos llegado aquí.
Ya tengo bastante con mirarla. Estoy sentado en una cama individual y la miro. Todavía hoy miro
ese cuerpo adolescente. La miro como se mira con diecisiete años, la miro borracho y acobardado,
como si un rayo me fuese a fulminar. Ella gira sobre sí misma y me devuelve presumida mi mirada
sobre sus hombros. Su cara llena de pecas y su pelo corto naranaja zanahoria. Su espalda musculosa
con una constelación de pequeñas estrellas marrones, su ombligo, su culo casi varonil, cuadrado,
alto, encaramado a lo alto de dos piernas de suave vello rubio. Su cuerpo de atleta, duro y
andrógino, ambiguo y tenso a pesar de sus tetas marmóreas como de un mascarón de proa,
rematadas en pequeños pezones completamente tiesos. No sé cuándo me los meto en la boca, pero
no tengo suficiente. Me abrazo a su culo como un náufrago y la aprieto contra mi boca. Necesito
comerla entera, arrancarle la carne a mordiscos. Me abofetea la cara. Se levanta delante de mí. Sigo
sentado mientras sus costillas desfilan ante mi lengua, y luego su ombligo, y después una suave
línea de vello rubio, y después una selva naranja y húmeda. Su coño huele a marisma y aspiro el
perfume a pleno pulmón. Con la torpeza, pero también con la despreocupación del principiante,
hundo mi boca hasta la barbilla entre sus labios, que se asoman esperando un beso y una caricia
más profunda. Susana sujeta mi cabeza por la nuca. No la veo, pero escucho sus profundos suspiros.
Su coño es muy pequeño y mi lengua juega sola a comparar la tersura y dureza interior de los labios
con la rugosidad del vello que les rodea. Susana me aprieta y me obliga a hundir mi lengua, que
explora parajes rugosos y fuertes sabores metálicos. Me estoy ahogando. Escalo su raja, que ya no
es una raja, sino un pozo o un túnel. Siguiendo a ciegas un pliegue, encuentro un botón de carne que
sabe a sal y huele un poco a orina. Ese olor me vuelve loco. Susana gime. No sé cuánto tiempo estoy
comiéndole el coño, pero su humedad me empapa la cara cuando Susana con rapidez, pero sin
urgencia, me descalza, me quita los pantalones y arroja los calzoncillos lejos. No soy capaz de
pensar. Susana acerca su cara a la mía y me mira muy seria, con curiosidad. Ha agarrado mi polla
con su mano derecha y, sin dejar de mirarme, se frota el coño con mi glande: lentamente del clítoris
a la entrada. Empuña mi polla y en cada paseo se la mete un poco más. Sigue mirándome. Muy
lentamente retira la piel de mi prepucio y se penetra con toda mi polla hasta la base. Mis huevos
rozan su culo. Muy quieta, estira sus brazos como si estuviera desperezándose y entonces, en el
instante en que ella comienza a mover su cintura, soy consciente de que su coño desea tragar aún
más, quizá metérseme todo entero y de pronto pienso que tengo diecisiete años y que estoy siendo
desvirgado por una walkiria pelirroja y que quiero meterle aún más polla y que su coño me trague
entero y morir yo o que se muera ella en el intento, y entonces ella va y me dice: ni se te ocurra
correrte, no llevas preservativo.
Y así comenzó una de las relaciones más maduras que he tenido en mi vida, llena de emociones,
pero sin ningún sentimentalismo. Me siento afortunado con lo que ocurrió, todo se alió en contra de
esos idealismos demasiado románticos a los que tan propensos son los adolescentes.
Afortunadamente, no tuvimos tiempo de formar una pareja convencional y sí la inteligencia y la
curiosidad de acoger todas las sorpresas que el verano de 1987 nos había preparado. Aunque si lo
pienso bien, no puedo afirmar en realidad que aquello fuera el resultado de nuestras decisiones,
sino más bien, de las circunstancias, de un cúmulo de circunstancias propicias. No sé
bien quién podría saberlo. Juzgad vosotros mismos.
Susana y yo nos habíamos, pues, hecho amantes. Aprovechábamos cualquier ocasión para explorar
nuestros cuerpos y sus posibilidades y todo nos parecía poco. Aprendíamos qué nos gustaba y qué
no, hablábamos con plena libertad. Éramos el uno para el otro y cada uno para sí mismo unos
juguetes sexuales. Establecíamos reglas y así incluso la costumbre nos resultaba excitante. Uno de
los juegos que más repetimos era el siguiente. Susana me había presentado a su familia, de
ascendencia francesa por parte de padre, como un compañero de estudios aventajado (esto era
cierto) que se había ofrecido a ayudarla (y esto falso). Así, los sábados por la mañana
estudiábamos en su cuarto. Su madre, una señora de León anclada en las más viejas concepciones morales,
tomaba el sol desde el jardín, adonde daba la ventana de la habitación, de forma que creía poder
vigilarnos al tiempo que tomaba el sol (pobre mujer). Todo transcurría en el más absoluto de los
silencios. Susana cerraba con llave la puerta de la habitación ("para que no nos moleste el
chache"-mamá) y manipulaba la persiana ("me ciega la luz" -mamá) para que sólo ella
permaneciera visible. Los sábados por la mañana, Susana siempre llevaba faldas. Cuando yo
entraba en el cuarto, se quitaba las bragas mostrándomelas en silencio (esto ya me hacía
empalmar) y las guardaba debajo de la almohada. No había preámbulos. Yo me abría la cremallera
del pantalón, me sacaba la polla erecta y me sentaba en la silla frente al escritorio. Susana, que
estaba ya humedísima, tomaba asiento sobre mí y se penetraba en el más absoluto mutismo
mientras miraba al escritorio vacío como si estudiara. Sin movernos lo más mínimo, yo comenzaba
a masturbarla. Me excitaba lo indecible de la situación, pero muy especialmente ese punto, mi polla
dentro de ella absolutamente quieta mientras yo la atusaba su botoncito. A veces, le separaba los
carrillos del culo para que la penetración fuera más profunda y aquella operación, mis dedos
tocando prácticamente su agujero, me sumía en el más pertubador éxtasis. Susana era una
consumada actriz, nada en su respiración ni en su cara revelaba el placer que sentía, tan sólo yo
podía saberlo porque el coño se le contraía como un terremoto. Cuando sentía que estaba
a punto de correrse, bastaba con sujetarla por las caderas, estirar mis piernas y empujar su culo contra mi
pubis para meter unos milímetros más de polla: entonces eyaculaba salvajemente dentro de ella. Al
sentir mis últimos espasmos, Susana se levantaba con un guiño para ir al baño a lavarse. Cuando
volvía, yo ya la esperaba con el miembro bien guardado, pero todavía erecto. Un día, fingiendo usar
la papelera, Susana bromeó con olisquear mi bragueta, descubrió un charco de semen y flujo en el
suelo y el acontecimiento la excitó tanto que tuvimos que hacer un bis. Los sábados empezaban,
como veis, de lujo.
Cosas como esa, y las posibilidades de muchas más, tenía en la cabeza cuando, por fin, después de
interminables recomendaciones maternas y exhortaciones paternas, mi familia se marchó a sus
vacaciones. Faltaban dos semanas para que Susana volviera de las suyas en Francia. La
urbanización estaba absolutamente vacía, prácticamente todos mis amigos estaban fuera y yo tenía
todo ese tiempo por delante y una casa para mí sólo para no se sabía bien qué. Así que me daba
horas y horas a la literatura. Escribir y leer eran, y siguen siendo, mis grandes pasiones, pero
durante el curso escolar, las horas de estudio me robaban todo el tiempo que hubiera podido
dedicarle a esos placeres, así que en los veranos me desquitaba. Aquella mañana estaba leyendo El
Cero y el Infinito, cuando llamaron a la puerta.
No recuerdo con exactitud todos los detalles, así que me perdonaréis que ni trate recrear el diálogo
que tuve con Javier, el jardinero de la urbanización, que llamaba a nuestra casa familiar porque era
de las pocas de la zona habitada en ese momento y porque necesitaba saber no sé qué relacionado
con el agua. Finalmente acabó en la cocina. Sacando la cabeza de debajo de la pila, vio el libro que
llevaba aún en la mano y un comentario suyo sobre Koesler inició la conversación. El Cero y el
Infinito le parecía (es el único recuerdo exacto, vaya usted a saber por qué) demasiado duro y
desalentador. A mí me entusiasmaba, así que polemizamos un poco. Descubrí que nuestro jardinero
era tan agradable conversando, como erudito en temas literarios. Le invité a tomar una cerveza.
Aceptó. Nos sentamos. Abrí dos cervezas. No quería vaso. Y entonces ocurrió algo absolutamente
inesperado para mí.
Javier llevaba un mono azul, viejo y raído, al que había arrancado las mangas y recortado las
perneras. Debía de tener entonces unos veinticinco años y, bien por su propia constitución, bien por
su trabajo, poseía, al contrario que yo, un cuerpo fornido y de huesos anchos. Estaba respondiendo
a mí pregunta de cómo sabía tanto de literatura (era en realidad licenciado en filología hispánica)
cuando mi vista tropezó accidentalmente con su mano, que cogía la botella de cerveza. Un delta
azulado confluía en unas venas finas pero intensamente marcadas que navegaban hacia arriba por
los valles y circunvalaciones de la musculatura perfecta de un brazo que alzaba la cerveza a la boca.
Y de pronto, como si el tiempo se hubiera parado: el vello asombroso de su axila, un hombro
perfecto moviéndose, el pecho vislumbrado y en él una gota de sudor camino del abdomen, la
comisura de sus labios, el encuentro del mentón y el cuello, la barba aún no cerrada. Sin previo
aviso, me lo imaginé desnudo debajo de su mono, su polla flácida en mi mano. Un deseo voraz me
golpeó de lleno. Nunca antes me había pasado, si bien había mirado con placer la desnudez de
algunos de mis amigos, jamás antes había deseado a otro hombre de esa forma tan
nítidamente sexual, pero al tiempo tan descargada de ningún tipo de propósito. Me azoré. Hubo un segundo de
silencio. Javier me miró, o creí que me miraba, ligeramente burlón. Después, vencido el
nerviosismo, la conversación siguió su derrotero. No sé cómo ocurrió. Javier debía de ser muy
hábil, porque de pronto acabé invitándolo a comer dos días después para acabar nuestra discusión.
Al despedirse, bromeando, me palmeó en el muslo. Un gesto viril. Pero demasiado arriba del muslo
y tardando unos segundos en retirar la mano. El deseo volvió de nuevo. Yo era menor de edad y
esperaba el regreso de mi primera amante. Deseé y temí que aquel gesto fuera, además, una señal.
Javier, nuestro jardinero, regresó el jueves, con su mono de trabajo y un ejemplar de
1984 de George Orwel para mí. Quería que lo leyera después de Koesler para que pudiéramos charlar
comparando los dos libros, sin lugar a dudas, porque él no era ningún anticomunista. Hacía calor y
nos tomamos varias cervezas mientras yo acababa de cocinar algún plato que no recuerdo: pasta
probablemente, la comida internacional del adolescente emancipado. En determinado momento,
con un pudor sin duda muy bien fingido, comenzó a hacer una larga petición. Como venía de
trabajar, me decía, sudado y sucio, me pedía, "sé que es un poco raro", que le dejara darse una
ducha, por favor. Por supuesto, no tenía la más leve objección y le llevé hasta el baño de la primera
planta. "Te traigo ahora unas toallas", le debí de decir, sin saber claramente si eso era lo debido
cuando ejercías de anfitrión. Regresé al poco con las toallas y franqueé sin pensarlo la puerta
abierta del baño. Vi, de pronto, los zapatos y el mono en el suelo. Su dueño estaba de espaldas,
completamente desnudo, en la ducha. Avancé fingiendo naturalidad hacia la bañera. "Aquí te las
dejo". "Muy bien, gracias". Entonces, se giró. Me dirigí apresuradamente a la puerta. La simple
visión sesgada de su culo, de un pene circuncidado, pero sobre todo de sus manos cuadradas y
fornidas frotándose el cuerpo, me había puesto malo. Todo adolescente quiere dárselas de estar de
vuelta, de moderno o de liberal o de las tres cosas, así que, aunque la situación y mis propias
reacciones me resultaban de lo más extrañas, no quería de ninguna manera admitirlo, por lo que
me esforcé en concentrarme en mis guisos para hacer bajar una incómoda erección, y eso a pesar
de que, de fondo, escuchaba el ruido de la ducha. Cuando estaba poniendo la mesa, entró él, vestido
pero descalzó y se sentó. Sus pies. Sus pies los recuerdo aún más bellos que sus manos.
Durante la comida charlamos fluidamente y nos reímos animados por la cerveza, sin embargo, yo
no paraba de pensar que, bajo el mono, Javier no llevaba nada y mi imaginación reiteraba
fogonazos visuales de su glande purpúreo rozando la tela basta y sucia, la cremallera, los muslos...
En determinado momento, él se cruzó de piernas y su pie desnudo acarició mi pantorrilla. Pasaba el
tiempo y no lo apartaba. A mi excitación, amplificada por el alcohol, se le sumó una especie de
sensación de reto. Sí, Javier estaba retando mi audacia. Y yo no quería perder. Ideé un golpe de
efecto. Terminado el café, como si se me acabara de ocurrir, le propuse que nos diéramos un baño
en la piscina. "¡Ah, claro! que no traes bañador. No importa. Nuestra piscina está puesta para que
nadie nos vea y nos solemos bañar desnudos, así que si te apetece..." Tocado... "Un baño, ¡qué
buena idea!"... y hundido.
Nos desnudamos en el jardín. No podía soportar la visión de su cuerpo al sol, la evidente certeza de
que con sólo mirarlo sufriría una amarga erección, la consumidora excitación de saberme desnudo
con él al aire libre, la exposición a mi juiciosa moral, al desdén de los prejuicios ajenos... Javier trizó
mi turbado rubor tirándose de cabeza a la piscina. Me propuso, jugando y tranquilo, que nos
echáramos una carrera. ¿Y si me estuviera equivocando?, ¿y si yo, y sólo yo, viviera el momento
con deseo?. Me apliqué denodadamente a nadar, a pesar de ser inútil porque nunca lo he hecho
muy bien, así que tenía todas las de perder. Cuando había recorrido dos tercios, Javier ya había
llegado al final. Lo vi sentarse en el borde de la piscina, sonriendo, justo en línea recta a mí.
Fingí no darme cuenta, llegué al final prácticamente entre sus piernas. Alcé la cabeza. Le miré. Él medio
sonreía. Yo no. Contemplé el agua chorreando por su pecho, por su abdomen. Apenas tenía vello:
una discreta línea irregular marcaba un camino indeciso hacia su pubis. Su pene, medio erecto, me
apuntaba entre ceja y ceja. Algo ocurrió dentro de mí: el deseo explotó al tiempo que me sentí
derrotado. Comencé a besarle las pantorrillas, los muslos. Hubo un segundo de pánico: no sabía
qué habría de ocurrir. Javier, sin sorpresa, lentamente, sacó los pies del agua y me los tendió. Bajo el sol
de las tres de la tarde, mi lengua adolescente comenzó a lamer, a sorber uno por uno los dedos de
los pies de un adulto de veinticinco años. Me sentía abandonado, como violado por la situación,
borracho y tan completamente excitado que no sabía lo que hacía. Afortunadamente, Javier sí lo
sabía. Me tomó por la nuca y acercó mi boca a su pubis. Lo lamí cerrando los ojos. Cuando los abrí,
estaba dentro de mi boca. Una extraña sensación de liberación me estremecía. Él dirigía mis
movimientos, cada vez más abajo. Me atragantaba, pero yo quería más, él quería más. Lo
queríamos todo. Javier me tomó una mano. Secuestró uno de mis dedos y comenzó a dibujar un
contorno redondo y desnudo debajo de su polla. Adiviné qué quería y presioné un poco,
penetrándole con la punta del índice. Gimió. Se echó sobre su espalda. La polla se me escapó de la
boca. Adelantó su cadera, sacándola un poco sobre el borde de la piscina. Se abrió de piernas.
Flotando, agarrado a su muslos, medio ahogado por el agua, por el cuerpo de Javier, por mi
turbación vuelta toda excitación, volví a adivinar qué buscaba, así que le abrí los carrillos como
hacía con Susana. Cuando vi su agujero, amoratado, cercado con un casi imperceptible anillo de
pelos, sentí que para mí se anunciaba la muerte. Como un niño que explora, traté de meterle un
dedo, pero estaba demasiado seco y difícil. Me lo chupe y volví a intentarlo. Salivé sobre la mano.
Entró un poco. Le acerqué la boca. Javier comenzó a masturbarse. Sabía acre, casi amargo. Aquel
sabor, aquel olor, que imaginaba que era directamente a heces, me sacó de quicio. Catapulté mi
lengua dentro de él, le mordí los carrillos al tiempo que le exploraba primero con un dedo y luego
con dos y luego con tres y luego con todos. La emoción era un saco sin fondo. A cada arremetida,
Javier abría más las piernas y se masturbaba más fuerte. De pronto, paró, me ordenó que saliera
del agua y de su cuerpo. Me llevó al cesped. Se arrodilló frente a mí y comenzó a lamerme. Cada
vez que estaba a punto, paraba. Me miraba y se paraba. Me miraba medio sonriendo. Me miraba
sabedor de que dominaba la situación.
Continuará...