VERANO DEL 89
Algo le decía que no era como los demás chicos de su clase. Quizás era esa manía suya de mirar los paquetes de sus compañeros durante las clases de gimnasia y en los entrenamientos. Siempre le habían dicho que no era natural interesarse por los atributos de otros hombres, pero a él no le inquietaba esa perspectiva; intuía que eso no debería tener nada de malo. Y así, a los 14 años, comenzó a masturbarse recordando el pene de su amigo Chema, bamboleándose descaradamente cuando salía desnudo de la ducha tras los entrenamientos de balonmano; o esas
nalgas prietas y con hoyuelos de Gabriel, cambiándose tres veces por semana a su lado en el vestuario, que sin recato, casi frente a su cara, se ofrecían como un escaparate a su imaginación; o la boca de Raúl, cuyos labios le sugerían la sensualidad del beso lento y profundo; o el olor que impregnaba el vestuario después de los partidos.
Durante dos años se conformó con acariciar torpe y rápidamente su herramienta hasta obtener algo parecido a un orgasmo, pero todo cambió cuando César cumplió 16 años. Esa misma noche, encerrado en su habitación, se desnudó lentamente frente al
espejo observando su propio cuerpo. Definitivamente no había nada en él distinto exteriormente a los demás que justificara su obsesión. Su cuerpo estaba bien formado por las horas dedicadas al balonmano; sus genitales poco tenían que envidiar a los de la mayoría de sus compañeros, salvo los penes equinos de Chema
o de Tomás o los de unos pocos más. La mata de pelo castaño tirando a rojizo que circundaba su sexo comenzaba a ser abundante, aunque por el momento apenas poblaba sus testículos. Esos labios carnosos que añoraban besos. Se giró. Mirando
por encima de su hombro podía ver su culo. Tampoco desmerecía del de Gabriel. Se llevó las manos a sus nalgas separándolas; allí, sin apenas vello, un círculo rosado salía de la clandestinidad. En ese instante tomó su decisión. Definitivamente el cuerpo de los hombres le gustaba y buscaría algo más que la simple contemplación. Necesitaba saber lo que se siente al ser acariciado por un
hombre e, incluso, masturbado por otro. Su inocencia de colegio religioso no concebía otra forma de disfrutar el cuerpo ajeno, aunque a veces, como retazos, se preguntaba si habría otros modos de gozar con los culos o las pollas que admiraba. Cuando concluyó su examen, algo le disgustó. Sí, eran esas gafas ovaladas que le daban un
aire tímido y melancólico. Tal vez era eso lo que impedía que un par de compañeros suyos, Jaime y Tino, a los que había sorprendido mirándole en los vestuarios, intentaran algo. Esas miradas eran como las suyas y, en el fondo, sospechaba que tenían los mismos deseos que él. Acostado en la cama, imaginó sus manos acariciando las nalgas de Gabriel, asiendo las vergas de Chema y Tomás o besando sin fin la sedienta boca de Raúl. Se vio acariciado por multitud de manos que exploraban su cuerpo y, con el semen aún fresco sobre su abdomen, se durmió plácidamente.
Firmemente decidido, preparó su plan. Pronto serían las fiestas de su ciudad y la noche de San Juan sería el momento. Esa noche, sus padres le dejarían salir hasta las tres de la mañana. Había oído que en una zona del gran parque frondoso, lleno de árboles centenarios y setos densos, que se yergue en las inmediaciones del río que divide casi simétricamente su ciudad, se reunían al anochecer algunos hombres para relaciones misteriosas. Iría allí. El gran día llegó y César contaba inquieto el tiempo que faltaba para su gran aventura. A las once de la noche salió vestido con su ropa más seductora; esas bermudas que dejaban ver sus piernas torneadas, con un suave vello fino; ese polo que se ceñía sin excesos a su cuerpo; ese pelo con reflejos pelirrojos del que tan orgulloso estaba. Sentía temor, pero su ansiedad por contemplar a otros hombres lo impulsaba hacia el parque.
El parque se abre ante sus ojos. La fragosidad de sus añejos árboles y los altos setos apenas dejan que la luz de la ciudad desvele los secretos encerrados en su recinto. Decidido, se encamina hacia la espesura adentrándose en ella. Sus ojos casi no ven pero sus oídos permanecen alerta ante cualquier indicio deseado. En una zona densa donde se atisban algunos pequeños claros comenzó a oír suaves gemidos apenas perceptibles. Se acerca hacia un seto en el que se abren algunos pequeños orificios y mira. Dos
cuerpos enrollados están tendidos en el suelo. Poco a poco su vista se acostumbra a la oscuridad. Uno de ellos, tumbado sobre su espalda, deja entrever su pecho entre la camisa abierta mientras que sus pantalones, bajados
hasta las rodillas, permiten ver su pene endurecido, asido por la mano de su compañero. Rítmicamente la mano sube y baja por el tronco, firmemente pero sin pausa, mientras el dedo pulgar acaricia el brillante glande y el frenillo. El otro hombre,
despojado de su camisa, acerca ansioso sus labios a los de su compañero para fundirse en un profundo beso, descendiendo luego por su cuello hasta el pecho. César mira magnetizado, incapaz de apartar su vista de la escena. Su verga
comienza a expandirse dentro de sus bermudas alcanzando casi instantáneamente su máximo esplendor. Las manos se restriegan sobre su paquete con intensidad
creciente. De repente, César detiene sus movimientos. El hombre que está masturbando a su compañero, retira su mano del falo y acerca su boca al
glande, besándolo. Desliza su lengua por la piel dejando un rastro de saliva que brilla bajo la tenue luz de la luna llena. César contempla atónito la escena sintiendo cómo la sangre hierve en su interior. Sus instintos se despliegan indicándole que libere su
miembro. Inicia frenéticamente la danza sobre su herramienta ansiosa para aliviar la tensión de sus testículos. Su boca deja escapar ligeros gemidos. Repentinamente, el
hombre que lame la polla de su amigo, abre la boca y engulle el enhiesto pedazo de carne
aprisionándolo entre sus labios. El dueño de la preciada joya echa la cabeza hacia atrás con la boca entreabierta y los ojos casi en blanco. Unos gemidos prolongados, seguidos de un ligero temblor, anuncian el orgasmo. La boca no abandona el falo, sorbiendo cada gota de semen. César no aguanta mucho al ver
aquello, y tras el seto, siente cómo sus huevos se contraen, cómo una descarga eléctrica recorre su columna vertebral y su miembro hasta que la leche abandona a borbotones su recóndito averno, eyectándose en múltiples descargas. El espeso
semen, resbalando lentamente por su mano y su escroto, se detiene un instante al final de éste para acabar desprendiéndose y, por fin, como las gotas de una tormenta, estrellarse contra la hierba que se dobla en cada impacto.
Después del rayo que había traspasado su cuerpo en el momento del mayor orgasmo de su vida, una sensación deliciosa de abandono inunda sus entrañas y, con los ojos
cerrados, se tumba en la hierba, sosteniendo, aún, su debilitada fuente de placer entre las manos. El mundo le está enseñado que el amor entre hombres es más complejo y excitante de lo que ha imaginado.
César permaneció así hasta que una mano acarició su cabeza.
- ¡Mira Martín, nuestro espía! -dijo una voz profunda y suave.
César abrió los ojos sobresaltado. Frente a él estaba el hombre que lamía con deleite la verga de su amigo, mirándole con ojos brillantes y alegres. Entre los setos apareció otra figura fuerte y alta subiéndose los pantalones.
- No está mal nuestro pequeño mirón, ¿verdad, Manolo? -dijo el recién llegado mientras se reía profundamente.
César se cubrió el sexo con las bermudas y se levantó temblando. Se sentía sorprendido en una travesura y temía una dura reacción de aquellos hombres. Apenas lograba balbucear intentado explicarse. Los hombres miraban sonrientes sin decir nada. Poco a poco César se tranquilizó examinando a aquellos dos seres
extraños. Manolo, el primero que había hablado, tenía unos 25 años y unos verdes ojos brillantes, inquietos y alegres. Su torso, aún desnudo, mostraba unos pectorales algo marcados,
cubiertos por una leve capa de vello que descendía hacia su ombligo para perderse, luego, bajo los pantalones. Martín, su compañero, debía llegar a la treintena. Era alto y su cara presentaba facciones duras, dulcificadas por su boca que sonreía con una mueca graciosa. César centró su mirada en el pecho lampiño y
musculoso de Martín que aún asomaba desafiante entre su camisa abierta.
- Tranquilo, tío -dijo Manolo- No estamos enfadados. Además, lo confesamos, nos ha excitado que nos miraras.
Roto el hielo, comenzaron las confidencias. Manolo y Martín se habían conocido hacía ya cuatro años esa misma noche de San Juan, se habían enamorado, y cada año, como un rito, acudían en el aniversario a recordar el momento del encuentro, en el mismo lugar donde sus manos iniciaron la exploración ansiosa de sus
cuerpos. César miraba expectante y, con una serenidad que no esperaba, les confió sus sensaciones al observar los cuerpos desnudos de sus compañeros de vestuario, sus
fantasías y sus deseos. Martín y Manolo se miraron recordando esas mismas sensaciones de su adolescencia. Manolo tomó la palabra:
- Mira César, si quieres, podemos ir a nuestra casa y hacer lo que quieras. Sólo lo que quieras.
- Es que tengo que estar a las cuatro en casa -respondió César atrapado entre el deseo de experimentar el amor físico y el temor a sus padres.
- No te preocupes, son las doce y media y a las tres estarás en casa.
La voz de Martín logró disipar sus últimas dudas. Sí, iría.
Sólo son retazos de sensaciones lo que conserva César en su memoria. Apenas se cierra la puerta, Martín se acerca, apoya sus manos en la nuca de César y atrae su boca hacia la suya. El suave contacto de los labios de Martín provoca una descarga en su cuerpo que se acrecienta cuando siente las manos de Manolo, pegado a
su espalda, acariciar su pecho sobre el polo. La lengua de Martín traspasa el umbral de sus labios y penetra suavemente en su boca recorriendo lentamente con la punta sus encías, sus dientes, casi como una caricia. César se abandona y su lengua renace a la vida participando en la contienda con el furor
precipitado del neófito. Las lenguas se enroscan, giran entre sí palpando cada porción de la boca del otro. Las manos de Manolo levantan con parsimonia el polo de César dejando al descubierto su piel blanca. Martín abandona la boca de César y recorre con su lengua el mentón descendiendo lentamente hasta sus pezones. César está en la gloria y su verga, desde hace tiempo tensa, comienza a dolerle. Siente el contacto del torso
desnudo de Manolo contra su espalda mientras unas manos desabrochan parsimoniosamente el cinturón de sus bermudas que se desploman en el suelo retenidas únicamente por
sus tobillos. Esas mismas manos recorren ahora su espalda, deteniéndose en sus nalgas que son amasadas con placer. Martín, arrodillado, desliza su boca sedienta y
su lengua juguetona por los muslos de César mientras se deshace de su camisa. La boca ahora recorre el paquete ansiado de César humedeciendo el calzoncillo
por cuya cima ya asoma el glande húmedo y descapullado. Con los labios, Martín desliza los calzoncillos hacia abajo liberando el sexo de César. Manolo, ya desnudo, hace
girar a César. Sus manos agarran las de César y le obligan a acariciar su pecho y sus testículos. El suave contacto con la piel del escroto acelera el corazón de César.
Lo que tantas veces había soñado, por fin es real. Sus manos sopesan los huevos de Manolo imaginando cómo sería hacer lo mismo con Chema, Tomás y Raúl, sus compañeros de clase. Algo se mueve a su espalda. Entre sus nalgas inmaculadas
siente la presión de una roca que se desliza levemente entre la raja sin llegar a penetrarle, mientras otras manos firmes se posan sobre sus testículos y su pene al que una mano extraña y amable comienza a masturbar.
No recuerda qué ocurre. Sólo se ve a sí mismo sobre la cama con sus manos recorriendo suavemente la piel de Martín, trazando el curso de los músculos definidos y poderosos de su amante. Las bocas juntas repiten la sagrada danza del beso; no de un beso de afecto sino de la pasión desatada, de suaves descargas de
placer que dominan su cuerpo abierto al descubrimiento del sexo. Martín pellizca con ternura los erectos pezones de César. Manolo, hasta ahora callado espectador del delirio que recorre la carne de César, toma entre sus manos la tensa verga del
adolescente y su lengua comienza a describir suaves círculos en la piel del escroto; con dulzura ensaliva después cada milímetro de órgano viril hasta escalar al capullo pleno de líquido preseminal. César
está deslumbrado por el cúmulo de sensaciones hasta ahora ignoradas y su respiración se agita. Abre sus ojos cuando siente un
cambio en la postura de Martín y un duro objeto golpea su cara; frente a sus ojos aparece el sexo rotundo de Martín a la altura de su boca mientras los labios de aquel toman el relevo de Manolo en su tarea deleitosa. César mira primero con asombro el duro pene de su amante; luego, tras dudar un instante, desliza su lengua por el glande húmedo y sabroso. No sabe qué hacer, pero su instinto le aconseja repetir en aquella hermosa golosina las mismas maniobras que frente a un gran helado de nata. Sus ojos no pierden detalle de ese hermoso sexo que se agita sobre él, mientras su lengua lo devora con la gula del hambriento. Introduce el sonrosado capullo entre sus labios sintiendo por primera vez su boca llena del vigor de un hombre. Martín da un respingo, acaba de experimentar la boca de Manolo
recorriendo sus nalgas hasta deslizarse en busca de la sima deseada. La lengua describe pausados círculos en torno al esfínter de su amigo, inundando de saliva el
suave agujero que se contrae y dilata reclamando su premio. Es primero un dedo; luego, dos; por fin, el tercero. Esos dedos juguetones que se adentran en el
suplicante ano de Martín, mantienen fijados los ojos de César con la atracción de un imán.
A la puerta de la sima deseada se aproxima ya el falo enfundado de Manolo y el grueso glande traspasa el umbral del cuerpo de Martín. Poco a poco todo el pene se pierde en su interior hasta que los testículos golpean las paredes de la gruta. La
excitación de César crece a pasos de gigante. La vista de aquel instrumento de los dioses horadando impasible el pozo del deseo es demasiado para el
adolescente. Al cuarto envite, César siente una descarga eléctrica que recorre su cuerpo; siente sus
huevos contraerse y, casi al instante, sin tiempo apenas para apartar su boca del falo de Martín, la leche atesorada en sus testículos se dispara sin
control dentro de la garganta de Martín. El cuerpo se relaja. Con sus ojos cerrados, César siente cada
poco el violento choque del vientre de Manolo contra el culo acompasado de Martín. Abre sus ojos y ve el duro pene de Martín oscilando sobre él al ritmo de las acometidas de Manolo. No quiere dejar pasar su oportunidad de saborear el semen de otro hombre y agarra con fuerza la verga introduciéndola en su boca. Su mano se alza instintivamente hacia el escroto de Martín y juega con sus huevos mientras devora la carne. Martín pregona su descarga entre jadeos y convulsiones y, como
una explosión de sabor nuevo y desconocido, César siente su boca llena. Casi al instante, el temblor de los muslos de Manolo anuncia el grito silencioso del orgasmo, y tras varias contracciones su cuerpo cae sobre Martín, aún a cuatro patas, mientras
ambos respiran con dificultad.
Aquella noche, ya en casa, los sueños de César eran agitados. Su mente reproducía cada imagen, cada olor, cada sabor. Se
despertó sudando y con una lechosa humedad en su vientre. Eran las siete de la mañana y su cerebro aún repetía
machaconamente la visión de aquel brillante falo entrando y saliendo del agujero, los huevos golpeando el culo una y otra vez. Él
tenía que saber qué sentiría al ser poseído, qué sentiría en el instante de hendir el culo de otro hombre, qué significaba la entrega absoluta. César se debatía en un mar de miedos y ansiedades desde
entonces. ¿A quién pediría ayuda para satisfacer sus deseos?. Pensó en Martín y Manolo, pero ignoraba su teléfono y le daba corte acudir a su casa. Los días del verano pasaban rápidamente y las pajas diarias rememorando su iniciación no
aliviaban su búsqueda. Llegó agosto y con él los quince días de vacaciones en Galicia. Tal vez allí, lejos de su ciudad y entre gente extraña, podría dar rienda suelta a sus frustraciones y
encontrar a ese ser que colmara su anhelo. Los días pasaron en balde. En sus noches de discoteca sólo entreveía algún cuerpo sudoroso y
salvaje contorneándose sin recato en la pista o jóvenes como él acodados en la barra y mirando tímidamente a las
chicas. También, algún macarra de discoteca llamaba su atención pero el miedo lo atenazaba. Alguna fugaz visita a los servicios le permitían observar disimuladamente las pollas de sus compañeros de urinario. Tampoco encontró alivio en sus escapadas nocturnas a esas pequeñas playas donde, en ocasiones, se atisbaban siluetas borrosas de cuerpos fundidos en misteriosos abrazos. La vuelta a casa le sumió en una profunda melancolía.
Agosto agonizaba entre visitas diarias a las piscinas del club. El rito era siempre el mismo. Nadaba un par de horas para cansar su cuerpo intentando olvidar su sueño. Luego, mientras se secaba en la hierba, observaba los cuerpos húmedos y
deseables de algunos bañistas preguntándose si alguno de ellos sentiría lo mismo que él. En la cabina del vestuario, antes de vestirse, se masturbaba salvajemente hasta casi despellejar su miembro. Desde el autobús contemplaba la ciudad que
ignoraba su infortunio. Y ese día primero de septiembre vio a Manolo pasar. Su corazón dio un vuelco, cogió la mochila y en la siguiente parada abandonó el vehículo. Con pasos precipitados siguió la dirección de Manolo pero su sueño se había perdido entre el gentío y las quebradas callejas del barrio antiguo. César era ahora un náufrago perdido en el proceloso océano de la soledad.
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El nuevo curso prometía ser largo y triste. Ese primer día de clase no iba a ser como otros. Ya no tenía ilusión por ver a sus compañeros, ni limitarse a otra cosa que mirar a hurtadillas sus cuerpos en los vestuarios. Estaba sólo frente a su sexualidad y a su mundo. Las clases discurrían en el aburrimiento. Ni tan siquiera la historia y el deporte, sus pasiones, levantaban su ánimo. A finales de septiembre se incorporó un nuevo compañero venido de Venezuela. Jorge Wilson fue presentado a la clase y el
profesor le indicó que se sentara en el pupitre vacío delante de César. Durante días no le prestó atención hasta que, en una clase de ciencias, mientras se explicaban determinadas funciones del cuerpo humano, el vaivén de la mesa delantera sacó a César de su letargo. Con cuidado observó a J.W. y vio su brazo izquierdo moviéndose rítmicamente en dirección a su bragueta. ¡El jodido se la estaba
cascando en clase!. César sonrió y emuló a su compañero. Con cuidado, abrió la cremallera del pantalón, metió su mano izquierda y comenzó a masturbarse imaginándose de nuevo con Martín y Manolo. Ahora eran dos los pupitres que se quejaban de los sueños de sus inquilinos.
El golpe seco de una tiza sobre su cabeza sacó a César de su ensimismamiento.
- Veamos, el último de la fila de la ventana! -clamó la voz del profesor- repítame lo que estaba explicando.
César, rojo como un tomate, apenas pudo articular palabra.
- Mañana quiero un resumen de la lección sobre el aparato reproductor humano, para que sepa lo que se trae entre manos.
El profesor apenas pudo acabar. J.W. estalló en una sonora carcajada.
- Como veo que le hace gracia, tráigame mañana lo mismo. -dijo mitad ofendido, mitad jocoso el hermano Pablo.
Ahora era la clase en pleno la que se reía. La mañana discurrió sin más sobresaltos. A la salida J.W. esperó a César.
- Perdona por las risas, no me reía de ti. Es que me la estaba meneando cuando el cuervo dijo lo de traer entre manos...
- Pues hacías lo mismo que yo. -dijo César sin poder contener la risa.
Por primera vez se fijó en J.W. Era algo más alto que él, delgado, moreno y con una voz profunda para sus 16 años. Su cuerpo, al andar, mostraba la flexibilidad del junco.
Camino de casa su nuevo amigo le contó sus peripecias en Venezuela. Su madre, viuda en la emigración, había liquidado sus bienes y regresado a España. J.W. resultaba un iconoclasta introducido en un ambiente clerical y era evidente que
desentonaba. Quizá por eso agradaba a César a quien la rígida moral de su entorno impedía dar rienda suelta a sus sentimientos. Al llegar a un cruce próximo a su casa, se despidieron.
Y la luz de un nuevo amanecer llegó al día siguiente. En la clase de ciencias, César leyó su trabajo preciso y académico, como gustaba al
profesor. Cuando llegó la hora a J.W. su redacción provocó el escándalo por sus insinuaciones procaces. Bronca del profesor y viaje al despacho del Jefe de Estudios. Vino el recreo y César esperó a su compañero a la salida de la jaula.
- ¿Cómo te ha ido? -preguntó César.
J.W. sonrió:
- Nada especial, llamada a mi madre, que pasa de todo, y el sábado por la tarde castigado en clase.
- Podía haber sido más -le consoló César.
- A mí me da igual. Oye, a propósito, ¿qué te parece si terminamos en un servicio el trabajo de ayer? -dijo J.W. con picardía- Me da pena dejarlo a medias...
César dudó un instante pero asintió. Su corazón latía acelerado. ¿Sería sólo una paja comunitaria de adolescentes o J.W. escondía algún secreto bienaventurado para César?
La puerta del servicio se cierra a sus espaldas. En la lejanía, como el ruido de una tormenta aún por llegar, se oye el sordo eco de la algarabía del recreo. J.W. se baja los pantalones y los calzoncillos. Su pene se eleva casi instantáneamente
mientras la mano de su dueño comienza a acariciarlo. César mira fijamente su nuevo descubrimiento. Es más pequeño que el suyo pero está adornado de unas bolas grandes y rotundas a las que César imagina golpeando su culo virgen mientras
desliza vaqueros y slips por sus piernas. Los dos adolescentes exploran con su mirada el sexo del otro al tiempo que sus manos danzan sobre los palos enhiestos perlados de gotas brillantes en sus glandes. Sólo el silencio reina entre miradas furtivas. César está apunto de arrodillarse y engullir esa visión celestial, pero se contiene. Sus primeras descargas de esperma se lanzan a la conquista de los azulejos; después sólo siente una humedad resbalando por su mano, entre los dedos. Observa a J.W. que continúa cazando su placer con los ojos cerrados, emitiendo leves gemidos. Por fin el espasmo y unos trallazos lechosos abandonan la cueva para lanzarse desesperados al mundo. Suena el timbre que anuncia la vuelta
a la realidad. J.W. se viste rápidamente y sale como una exhalación hacia clase. César se demora un instante, el tiempo justo para recoger con su dedo una gota de
semen de su compañero que resbala por la pared y llevarlo a la boca. ¿Y si J.W. fuese su príncipe azul...?
Los días discurren lentamente. No hablan entre ellos de su experiencia. César se agita cada día esperando alguna señal. En los recreos, acude cada día al santuario de aquella paja evocada para masturbarse recordando el pene de
J.W. pero siempre solo. Ese viernes empuja la puerta y se dispone a entrar. Una mano amistosa se instala en su hombro. César gira y ve la sonrisa luminosa de su amigo. Sin mediar palabra, entran oyendo tras de sí el chasquido del cierre. J.W., con mirada enigmática, comienza a desnudarse íntegramente mostrando ese pequeño tatuaje en forma de letra china bajo su pezón derecho. César, expectante, lo imita. Ambas vergas se elevan apuntando acusadoras al otro. El suave contacto de la mano de J.W. sobre la piel de su miembro, asusta a César. Otra mano acompaña la suya
hasta el sexo anhelante de J.W. Comienzan el lento ritmo de la masturbación. Sus miradas se cruzan y sus labios se acercan rozándose tenuamente. Una pausa y ahora sus cuerpos se juntan, se abrazan, se acarician en un reñido combate
mientras el beso se hace más profundo y la respiración más agitada. J.W. se arrodilla deslizando entre sus labios la joya buscada de César y amasando con las manos sus nalgas hambrientas, rozando su esfínter, jugando con los dedos en el umbral
de la entrega absoluta. César agita espasmódicamente su cabeza, sus párpados cerrados, sus manos aferradas al cráneo de su amante disfrutando cada instante de pasión. Los testículos se contraen; la espina dorsal vomita oleadas de placer; el lechoso fluido se derrama en la húmeda boca de J.W., desborda las comisuras y resbala por el mentón. Sólo paz y sosiego. César se arrodilla delante de su príncipe mirando con gula la verga deseada. Sus dedos recorren la piel rugosa del escroto poblada de un incipiente bosque. La lengua se acerca presurosa al glande; lo acaricia serpenteando en cada curva; lo atesora en su boca y pretende defenderlo de todo, como el dragón vigila los tesoros; siente el tronco resbalar por sus labios húmedos hasta casi invadir el acceso a su garganta. Luego, tras algunos minutos de locas sensaciones, el sabor generoso del jugo viril llena su boca. César reza para que el tiempo se detenga. Nadie más, los dos tan sólo.
Llegaron a clase por los pelos. A la salida J.W. acompañó a César hasta su casa. En el portal, agarró su mano y le besó.
- El sábado quedamos, a las 5 en la sala de juegos.
Las palabras de J.W. le excitaron. Toda una tarde con su príncipe.
A la hora convenida César se adentró en la sala de juegos. Al fondo, junto a la máquina del fútbol, esperaba su amigo. Durante casi una hora, los dedos pulsaban frenéticamente los botones y las palancas danzaban salvajemente entre sus manos. Entre partidas, las manos se unían un instante, aunque fuera tan sólo la caricia furtiva de la piel. Los rozamientos esporádicos de las caderas y de los muslos, buscados unos, deseados otros. Cansados, algo
sudorosos, felices con su secreto salieron del local. Los dos excitados, los dos caminando sin rumbo en el magma de sus pensamientos. Cerca casi de las siete, J.W. le invitó a su casa. Su madre había salido y no vendría hasta las doce. Su hermano mayor estaba de viaje. César presentía que esa tarde conocería el placer de la entrega absoluta. Su cuerpo temblaba.
El mundo ya no importa. El tiempo queda en suspenso mientras las manos del príncipe desabotonan lentamente la camisa de César. Los labios entreabiertos buscan la otra boca para después galopar hacia la oreja, aprisionando el flexible lóbulo mientras el aliento de cada exhalación sopla en su oído presagiando la fuerza del ciclón que se está desatando. La boca retorna a la boca en tanto que los pulgares de esas manos calientes juguetean cansinos en los pezones endurecidos y el vello se eriza. César está inmóvil dejándose hacer, sintiendo latir la sangre en su interior. Pronto caen también los pantalones y los calzoncillos renaciendo la vida. J.W. empuja suavemente a su amante sobre la cama. Apoya la cabeza sobre el pecho para escuchar el corazón
palpitante; sus labios atenazan los pezones mordisqueándolos a la vez que su lengua dibuja su deseo en la aureola; las manos aprisionan los músculos marcando el rastro de los dedos hasta alcanzar el sedoso matojo que preludia la columna del gozo; la boca abandona su presa para aferrarse al falo deseado; una mano retoma con placer los abandonados pezones; la otra, amasa los testículos mientras el dedo corazón explora el valle de las sombras hasta alcanzar el ano virginal y allí comienza el masaje iniciático. César cierra los ojos y se precipita en un mar de sensaciones y deseos. Su cabeza baila al ritmo del placer. Siente ese dedo desflorando su esfínter, penetrando poco a poco, palpando su secreto. Siente esa boca intentando extraer su alma, su vida. El cuerpo se pone rígido, los muslos tiemblan, los huevos se contraen y siente ascender precipitadamente su fruto por el pene hasta derramarse en la boca ansiosa que sorbe sin descanso. Los músculos se relajan, quedan exánimes.
J.W. se incorpora. Se desnuda y atrapa una caja de un cajón. Se hinca de rodillas entre las abiertas piernas de Cesar. Instintivamente, éste las levanta apoyando sus rodillas en el pecho, dejando expuesto su ano implorante, rosado, sin mácula al destino. La cara de J.W. se aproxima a la abertura con la húmeda lengua extendida. Rodea los contornos llenándolos de saliva que fluye sin fin. Ahora los dedos acompañan el masaje. La lengua siente abrirse el último obstáculo y penetra hasta el fondo. Poco a poco dos dedos secundan el avance. Giran, exploran, empujan la saliva más adentro. La boca se separa y el miembro enfundado se precipita hasta la entrada. El glande presiona el esfínter que se abre con alguna dificultad. Ya ha entrado. César aprieta los dientes, y alguna lágrima resbala por sus mejillas; siente dolor, pero aguanta esperando el momento de triunfo. El pene se introduce poco a poco, en pequeños embates, hasta llenar por completo la oquedad. El último golpe hace chocar los testículos contra las nalgas hambrientas. El príncipe permanece quieto permitiendo a su amante relajar el músculo; agacha la cabeza y le besa tiernamente. Un minuto que se hace eterno y emprende lentamente el vaivén. César cierra sus piernas entorno a la cintura de J.W. aprisionándolo, obligándolo a penetrar más rápida y profundamente, quiere sentir el impacto continuo del pubis golpeando su culo. Dulcemente, J.W. invita a su amigo a cambiar de postura. César se tumba boca abajo mientras unas manos amables separan sus piernas. De nuevo experimenta la sensación de la entrega absoluta, del dolor olvidado trocado en placer. No aguanta mucho y sus entrañas explotan. Su amante empuja cada vez con más tesón, besando entretanto la nuca desnuda. En un instante, es él quien prueba el éxtasis del orgasmo. Se tumba sobre la espalda de César jadeando y su miembro aún latiendo en su interior.
Charlas, besos, confidencias y luego, renace la pasión. Las manos anhelantes de César son ahora las que buscan el cuerpo que se ofrece. Sus dedos giran contorneando el perímetro del esfínter de J.W. cuyo culo en pompa se alza abierto, expuesto e
implorante. Pronto es la lengua la que colabora. Dedos y lengua pugnan por entrar en el recóndito agujero. El músculo se abre y se cierra como una boca hambrienta, reclamando más y más. La lengua se distrae bajando por la raja hasta sentir la rugosa piel del escroto, se eleva y desciende nuevamente una y otra vez hasta retomar la sima abierta y palpitante. J.W. se vuelve; empuja a César sobre la cama y el falo duro apunta al cielo; besa el glande de su amante; lo enfunda suavemente; se sienta sobre el pubis y lentamente aproxima su agujero a la verga suplicante. Siente la joya traspasando el umbral; sin prisas culmina el instante de la penetración total. Sobre sus codos, César eleva el torso buscando con su boca los labios del Príncipe. Suaves giros de cadera y el elevar y abatir del cuerpo, mientras que una mano agarra con firmeza el miembro iniciando la masturbación. No hay más que sentidos alerta y sensaciones gozosas desplegadas en esa habitación. El tiempo ha muerto. Durante minutos los cuerpos se funden variando posiciones, explorando nuevos modos y, al final, sudorosos, exánimes, llenos el uno del otro, yacen respirando agitadamente, rememorando el tacto de la piel desnuda, el aliento
soplando por su cuello, en sus oídos, el placer de la entrega absoluta.
Los días sucedían a las noches; los meses discurrían sin pensar, llenos de nuevos encuentros furtivos en los servicios, en los montes perdidos, en las solitarias casas cuando la oportunidad se presentaba. Y así pasaron dos años. Fue ese día maldito, a finales de mayo, cuando sucedió. En mitad de la clase de religión unos papeles cayeron de un bolso de J.W. a los pies del profesor. Eran fotos de hombres desnudos.
- ¿Y esto qué es? -preguntó irritado el maestro.
- Sí, ¡qué pasa!, soy maricón -tronó la voz de J.W.- Y estoy orgulloso!.
César se acurrucó en su pupitre sintiendo en su imaginación el dedo acusador de la clase apuntándole y voces clamando "Si eres su amigo, tú también lo eres". Aunque era sólo su imaginación, una inmensa vergüenza, una gran cobardía atenazó su alma. A la salida del colegio, César huyó sin esperar a su amante, sin darle siquiera una explicación.
Aquel último encuentro furtivo y la cara llorosa de su príncipe es el último recuerdo del sueño, de su sueño. Ahora J.W. es un ecologista que pregona a los cuatro vientos su orgullo gay. César, añorando a su príncipe, permanece en su armario y espera algún día tener el valor necesario para salir de su torre de marfil.
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