La vida es una y hay que disfrutarla (I)
Vivo en Bogotá, Colombia. Una ciudad hermosa, ordenada, segura, amable, con más de 8 millones de personas. Una ciudad que nadie se imagina cómo es. Una barraquera. Se nota que ando orgulloso de mi ciudad y mi País por más problemas que tengamos.
Vivo al norte de la ciudad. Tengo actualmente 30 años. Físicamente soy tipo promedio, 1.75, 75kg, blanco, lampiño. Tengo que hacer ejercicio para marcar bien mi cuerpo. Pero ando lleno de trabajo así que no hago mucho ejercicio y pues tampoco es que salga mucho a rumbear o a cualquier cosa. Encerrado en el trabajo es que ando.
Gracias a Dios trabajo en Internet, así que conozco mucha gente. Tengo amigos de México, Argentina, Panamá, gente chévere que de vez en cuando tienen su cam y que como yo nos desordenamos y hacemos cosas muy interesantes que espero alguno de Uds. lo hayan hecho también.
En una de esas noches conocí a alguien especial. Se llama John. Un pelado como decimos acá de 18 años. Hablamos de muchas cosas, de lo que nos gustaba, de cómo éramos, de las relaciones que habíamos tenido. Y pues hablando y hablando llegó un sábado en el cual andábamos reaburridos. Al final en una decisión relámpago, decidimos vernos.
Esta ciudad es muy grande. Más que todo porque la mayoría de las construcciones son casas y edificios no muy altos. Y John vive en el otro extremo de la ciudad al que yo vivo. Lo pensé mucho. Muchísimo... es que una hora manejando para ver a alguien que de pronto se asusta y no va pues hace pensar mucho... Me subí al carro, y arranqué a ver qué tal estaba el tráfico. Llegué en 30 minutos. El destino empezaba a ayudarnos.
Lo llamé para darle la sorpresa y él me sorprendió más dándome la dirección de su casa. Me aventuré entonces en un sitio de la ciudad que no conocía, y pues después de muchas vueltas encontré la casa. Parqueé y me bajé del carro y timbré en su puerta.
173 mts, 60kgs, ojos grandes y lindos, cejas gruesas, manos grandes, blanco. Lampiño, nada de barba o bigote. Perfecto. Lo miré y me invitó a entrar a su casa y pues seguí. Nos sentamos en su sala y hablamos. Hablamos como 3 horas. Nos conocimos un montón. Finalmente, nos despedimos. Iba hacia la puerta con un nudo en la garganta. No quería que todo terminara así. Sobre todo porque John me gusta muchísimo. Así que nos decidimos y nos acercamos. Nos abrazamos. Nos besamos. Nos desnudamos. Besos largos y húmedos, abrazos fuertes y cálidos, nos tocábamos por todos lados. Un pene hermoso, blanco, firme y largo apareció entre sus piernas. Delicioso. Perfecto.
Ese día nos besamos y nos acariciamos. La pasamos delicioso pero no hicimos nada más. ¿Por qué? Porque tenía afán. Así que salí de allí, caliente y contento. Con mi verga erecta y manejando feliz. Reprochando en mi interior las 3 horas de charla que pudimos aprovechar en otras cosas. Pero feliz porque conocí a la persona más linda y transparente del mundo. Me estaba enamorando.
Días después se quedó en mi casa. Vimos un partido de futbol mientras nos besábamos. Nos arrunchamos un rato y dormimos. Nos despertamos urgidos de sexo y fue lo que hicimos. Besos húmedos de nuevo, profundos, con la respiración entrecortada. Temblábamos no más con los besos. Nuestras manos recorrían todo nuestro cuerpo de arriba abajo sin cesar. Nuestros penes erectos luchaban por salir del pantalón. Las camisas cayeron al piso, también los pantalones. Los calzoncillos finalmente. Nuestras bocas buscaron el sexo del compañero ejecutando un 69 perfecto. Mi boca trataba de mantener un ritmo endemoniado chupando y lamiendo ese pene perfecto, grueso y largo. Él hacía lo mismo con el mío.
Un descanso. Otro beso. Su cuerpo desnudo sobre el mío, qué delicia. Me sentí tan bien que en mis ojos aparecieron algunas lágrimas de felicidad. No podía creerlo. En los de él también.
El 69 prosiguió, un ritmo endemoniado de ambos nos acercaba al final. Sentía cómo su pene se movía y palpitaba por la excitación creciente en su interior. Parecía vivo. Lubricaba, qué delicia. Mi respiración acompasada con el mete y saca de su verga en mi boca mas la respiración de él era todo lo que se escuchaba en ese momento. De pronto, sentí la cercanía de la eyaculación y sacó su verga de mi boca y me concentré. Él dio un chupón final, y eyaculé. Uno, dos, tres, cuatro chorros de semen llenaron su boca y algo de mi semen cayo a las sábanas. Me dio risa, nerviosa, no sé por qué. Mi éxtasis y mi alegría se expresaron en ese momento así.
Terminé y él seguía lamiendo mi pene. Me concentré en el de él. Le chupé su hermosa verga vehementemente, hasta que las palpitaciones se hicieron un poco más acompasadas y finalmente eyaculó. Cuatro chorros me llenaron la boca y yo me tomé ese líquido caliente y salado por primera vez en mi vida.
¿Qué más hicimos esa noche? Dormir. Uno junto al otro, abrazados. Dormimos como nunca. Soñando con nuestro próximo encuentro.
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