Violación
Por Jesús Meza León

¿Se acuerdan cuando estaba de moda recortar los jeans viejos para utilizarlos como shorts? Pues yo los usé mucho en mi adolescencia y por ellos perdí mi virginidad, mas finalmente me acepté como gay, que por ese entonces aún no me definía y pensaba que mi homosexualidad sería sólo algo pasajero. El acordarme de cómo dejé de ser señorito me resulta un tanto cuanto penoso, pero de que fue cachondo, pues sí, fue cachondo y sumamente morboso, por lo que ahora ya puedo narrarlo, mas en ese tiempo me provocó traumas que afortunadamente ya he superado.

Acababa de cumplir los 15 años de edad y la hormona vencía a mis neuronas las 24 horas del día; mi cabello rubio atraía mucho, aunque viendo mis fotos de ese entonces pienso que el mayor pegue debió de consistir en mi cara de no romper un plato y habría que agregar por supuesto que mi cuerpo se desarrolló prematuramente, que tenía las piernas bastante musculosas, la pechuga airosa y al vecinito de abajo siempre candente y en posición de firmes. Recuerdo que por las tardes me gustaba salir a lucirme vestido sólo con diminutos jeans recortados, camisas abiertas, mis tenis de moda y calcetas hasta las pantorrillas. Obviamente piropos no me faltaban y mi ego se encontraba a su máximo, pero curiosamente en cuestiones sexuales no me había sucedido nada como no fueran los tradicionales manoseos entre condiscípulos, mas mi líbido no había dado aún el paso definitivo y todo se me iba en matarme a puñetas soñando con los cueros de las revistas que llenaban mi mente adolescente.

Una día, un compañerito que me gustaba (aunque nunca se lo dije) me citó en su casa para hacer un trabajo escolar y me presenté ataviado como era mi costumbre. Al terminar, ya anocheciendo, su mamá me ofreció una chamarra al verme tan descubierto, pero no la acepté. Caminé a la orilla del canal donde se encontraba su fraccionamiento hasta el puente y al atravesarlo un grupo de mariguanos me dijeron de cosas pero no les presté atención; a poco sin embargo noté que dos me seguían y entonces sí, asustado, eché a correr, mas para mi mala suerte tropecé entre unos montones de cascajo por donde quise acortar camino; al incorporarme ya estaban junto a mí y sin decir más se me echaron encima; uno de ellos me besó y todavía recuerdo con asco su aliento a cemento, en lo que el otro abrió mi short y me mordió las nalgas. Quise gritar, pero me tiraron al suelo tapándome la boca; entonces primero uno y después el otro me penetraron salvajemente, además de golpearme para que no me moviera. El dolor, como podrán suponerlo fue atroz y sangré abundantemente. Al final me dejaron vomitando y echaron a correr. Recogí en la oscuridad mis pocas ropas, llegué a mi casa sin que afortunadamente nadie se diera cuenta de mi estado físico y emocional.

Tardé meses en superar el miedo, pero el trauma me duró todavía más y desde entonces me volví menos provocativo en el vestir, si bien, debo de aceptarlo, aunque el acto de violación fue pavorosamente animal, en mis pesadillas revivía esa extraña mezcla de dolor y placer que siempre me ha producido un pene moviéndose en mis entrañas hasta hacerme despertar sudoroso y alterado, pero con la truza empapada de semen.