A César
Yo quiero ser gaviota y en el cielo
salvaje de tus ojos, teñidos de mar
embravecido, cruzar el fulgor
de tus pupilas hasta llegar al final
de tu mirada, allá en el horizonte.
Quisiera ser el aire que respiras
y en cada torbellino de tu aliento,
soplar como un ciclón desesperado
para sellar tus labios con los míos,
llenando tu existencia con mi vida.
Yo quiero ser el agua que acaricia
tu piel cuando te bañas y resbalar
con gotas cadenciosas, ciñiéndome
a tu cuerpo con tesón, hasta inundar
cada oculto lugar inexplorado.
Quisiera ser latiente y roja sangre,
recorriendo las venas palpitantes
que recubren la piel de tu vigor
y, sediento, alcanzar la suave cima
de tu glande y allí beber por siempre.
Yo quiero ser volcán enardecido
que libere con furia incontenida
la lava blanquecina, hasta colmar
de fuego ardiente la sima deseada
que se abre en tu valle de las sombras.
Quisiera ser ariete de batalla
para expugnar la bella fortaleza
de tu cuerpo y así, con mis sentidos
a modo de soldados victoriosos,
de tus músculos gozar la posesión.
Yo quiero ser el dique de tu puerto,
contra el que rompen las olas de la vida
y darte abrigo y esperanza en la furiosa
tormenta de tu alma que, aullando,
empuja tu existir a la deriva.
Quisiera dar mi ser, y tantas cosas,
por sentir tu presencia junto a mí
que, a veces, olvido que lo ignoras.