Adiós Rodrigo

Aunque ahora ya no tengo frío, afuera sí lo hace porque los vidrios del taxi en el que viajo están empañados y una pequeña gota de agua corre justo frente a mis ojos. Mi cabeza está apoyada en la ventana y desde allí puedo ver el pasar de las luces del exterior. La radio del taxi suena y la voz del locutor de trasnoche anuncia la hora que es, pero al segundo de escucharla la olvido. La gota de agua condensada que caía por el vidrio termina su carrera cuando llega hasta el fin de la ventana. Y aunque afuera parece que hace frío, ya no lo siento. Ahora otra gota comienza a caer, pero ésta lo hace por mi mejilla; la pequeña lágrima se me ha escapado, a pesar del esfuerzo que había hecho por contenerla. Es seguro que vendrán más lágrimas; es seguro que quiero desahogarme con más lágrimas. Sentado estoy en este taxi y el chófer me pregunta si me siento bien, pero no estoy en condiciones de contestarle y me disculpo con él. Todavía puedo sentir la música de la discoteca de la que acabo de salir e incluso lo puedo ver delante de mí bailando y disfrutando de la noche.

Las luces de los demás automóviles que pasan junto a nosotros se mueven y las luces de la discoteca también cuando comienza a sonar el ritmo de moda y él lo baila. Por su expresión puedo ver que disfruta de esa música porque siempre ha dicho que le gusta mucho bailar. Está frente a mí y puedo ver claramente su cara de alegría y me concentro en sus ojos y en sus labios, en su cara y en su pelo al aire que baila como con vida propia. Nos cruzamos la mirada y me lanza una sonrisa por la que me dice que lo está pasando bien y yo le respondo con una igual sonrisa. Sólo existe él en la pista de baile y mágicamente desaparecen todas las otras personas. La música sólo suena para nosotros y pienso en lo que siento por él desde que lo conocí, algo que nunca antes había sentido por otra persona. Y sigo mirándolo y concluyo que es lo máximo; el corazón se me agita igual que cada vez que pienso en él, que cada vez que estoy cerca de él. Los segundos que llevo contemplándolo son mágicos y parecen eternos. El movimiento de sus labios al tararear la letra de la canción parecen hablarme y decirme que me ama y que me propone arrancarnos juntos de esta discoteca a un lugar en el que podamos estar solos y le respondo que sí, que con él iría hasta el finisterre, hasta donde quiera llevarme; sigue bailando y mi corazón sigue latiendo por él; sigo mirándolo y me concentro en sus labios torneados y maravillosos y veo que se acercan peligrosamente a otros labios deseosos de recibir los suyos y veo que sus labios se funden con esos otros labios; horrorizado descubro que esos otros labios no son los míos, sino de Paula, su novia. Fue demasiado cruel mi regreso a la dimensión real y a constatar que él está con Paula y la abraza y los cuerpos de ambos, rozándose, se mueven al ritmo de la música que ahora suena más fuerte que antes, tan fuerte que no puedo soportarla.

La segunda lágrima anuncia el inicio de su recorrido desde mis ojos que han sufrido el inmenso golpe de verlo a él disfrutando con otra persona que no soy yo. El taxi se detiene en los semáforos. Y me pregunto ¿por qué no puedo estar en sus brazos y poder decirle el inmenso amor que siento por él, a pesar de nuestra larga amistad?. La marcha del taxi se reanuda después de la luz verde y es esa luz verde la que indica la ubicación del baño al cual voy para evitar seguir viéndolo junto a Paula. Dentro del baño hay un murmullo permanente y una atmósfera cargada de humo. Busco la llave y la abro y el agua que cae por mis manos me ayuda a bajar la tensión del momento, pero rápidamente comprendo que la tristeza que siento es tan enorme que no sé si existe forma de controlarla. Si por lo menos estuviera mi amigo Javier aquí ya habría fumado uno de esos mágicos cigarrillos delgaditos; pero no está, no ha venido hoy a la discoteca y aunque debería preocuparme, confío en que debe estar seguro. Javier, necesito uno de tus cigarritos. Tomo un sorbo de agua y me mojo los labios que preferiría fueran mojados por la saliva de él. Levanto la cabeza del caño y me veo al espejo; luzco fatal y me arreglo el pelo con las manos.

Aunque ya no me interesa el pelo, una parte de éste se ha mojado con el empaño de los vidrios del taxi en el que ahora viajo. El chófer me anuncia que ya hemos llegado al lugar que le había indicado, que es mi casa, pero me falta valor para bajar y prefiero quedarme sentado en ese lugar que, al menos, está calentito. Le pido al taxista que me lleve a otro lugar y le contesto que no se preocupe cuando me pregunta si me siento bien y me ofrece llevarme al hospital. Cómo explicarle que me siento mal, pero no físicamente. El taxi retoma su marcha y en la radio sigue sonando la canción de Manu Chao:

Qué voy a hacer - je ne sais pas

qué voy a hacer - je ne sais plus

qué voy a hacer - je suis perdu

qué horas son, mi corazón

me gusta la canela, me gustas tú

me gusta el fuego, me gustas tú


Me gustas tú, me gustas tú, me gustas tú. Qué voy a hacer. No sé, estoy perdido cuando salgo del baño porque hay mucha menos luz que antes. Lo busco, pero ya no está en el mismo lugar y mi primer impulso fue buscarlo por cualquier lado, por cualquier rincón hasta hallarlo, pero me abstengo por miedo a encontrarlo con Paula. Prefiero ir al bar por una nueva copa, ya que la necesito. Y cuando la tengo en mis manos, el frío del hielo me lastima las manos y las gotitas de agua que corren por el vaso son iguales a las que sigo viendo en el vidrio del taxi. El valor que me da esta quinta copa de la noche me permite ir a buscarlo y subo largas escaleras y paso junto a mesas con muchas personas, pero no lo veo en ninguna parte, las sillas desordenadas son obstáculos casi insalvables para mis piernas cuyo control estoy perdiendo por el alcohol a cambio del valor que me dio para buscarlo. Hasta que creo divisarlo en un rincón, sobre unos taburetes convenientemente dispuestos en un lugar poco iluminado. Mi vista que también ha empezado a ceder por el trueque con el alcohol a cambio de valor o de tranquilidad, me obliga a acercarme más a ese rincón y a alguna distancia puedo reconocer, sin riesgo a equivocarme, su polerón azul. Ahí está él y siento una enorme satisfacción al verlo y me dan ganas de correr a ofrecerle de mi copa, como muchas veces antes lo habíamos hecho, bebiendo de una copa común. Pero, claro, no puedo correr, sino sólo caminar dificultosamente hasta acercarme lo suficientemente y le digo si quiere de este cubata que está bueno y antes que me conteste, me doy cuenta que está besando a Paula en un beso apasionado y los cuerpos se funden recorridos por las manos de ambos. Sus manos sobre el cuerpo de Paula explorándolo y yo ahí, tan cerca que hasta puedo sentir lo que Paula siente. Sentí una enorme envidia de Paula, la mujer más afortunada de este planeta. Sentí una enorme tristeza. ¿Por qué no yo?. Cuando me vio me dijo que fuera a bailar y a aprovechar la noche porque él está ocupado y que en un momento más nos juntamos abajo para seguir bebiendo. Fue demasiado fuerte para mí y no pude aguantarlo. No quise llorar frente a él. Cerré los ojos y regresé por donde había venido. No quería estar ni un solo momento más en esa discoteca y no quería vivir ni un solo momento más. Bajé las escaleras y salí de la discoteca. Sentí mucho frío y llamé un taxi que estaba aparcado afuera. Me subí y le pedí al taxista que me llevara a mi casa.

Ahora aprovecho el momento para pensar en él. No existen palabras en el idioma castellano que me permitan describirlo correctamente. Sólo puedo hacerlo por aproximación debido a las limitaciones del lenguaje. Lo que es él sólo se siente. Su belleza es inagotable. Le pido al taxista que me deje en el lugar en el que estábamos; le pago y me bajo. Camino sin sentido consciente, pero mi inconsciente me dirige. Camino y vuelvo a sentir frío. Nunca antes había sentido una tristeza tan profunda. Me duele el alma. Me duele el alma.

Me duele el alma saber que nunca podré decirle a Rodrigo cuánto lo amo, saber que nunca podré estar con él. Esta duda permanente sobre sus sentimientos hacia mí me consume desde hace meses, porque uno siente la correspondencia de los sentimientos. Pero cada vez que pudo habérmelos expresado no lo hizo, cada vez que pudo, optó por no hacerlo. ¿Por qué?. Creo que nunca lo sabré. Y sigo caminando, sin rumbo consciente.

Suena mi teléfono celular y veo en su pantallita verde el mensaje titilando “Rodrigo llamando”. No le quiero contestar y apago el teléfono. Después pienso que debí contestar su llamada porque debe estar preocupado por mí. Pero pienso que así es mejor. ¿O debí responder y decirle cuánto lo amo?. No sé.

Mi caminata inconsciente me lleva un lugar no muy lejano al cual me bajé del taxi. Hay un olor extraño y un ruido permanente que no logro descifrar. Me arrepiento de no haberle contestado porque me gusta tanto escuchar su voz. Cuando miro adelante, me doy cuenta que estoy en un puente y que el ruido que escuchaba era el que producía el incesante cauce del río que pasa por abajo. Comprendí por qué había caminado inconscientemente hasta ese lugar. Decidí comunicarme con Rodrigo, pero no quería hablarle. Tomé el teléfono y le escribí un mensaje que decía “Adiós Rodrigo. Te quiero mucho. Felipe”. Presioné send y me tiré del puente al río.


strafre@hotmail.com

 

 

 

 

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