El braile de las botellas rotas



...y mi retina fotografió el paisaje de las postales mojadas de los charcos. Jake se largaba del pueblo a espaldas de todos. Tan sólo me lo dijo a mí. Era como ir solo a un funeral. Jake y yo sufrimos los agobios de las corbatas rojas desde la juventud. Lo más parecido a un hombre que pisó su habitación, fue una fotografía de un muro de cemento firmada por Humprey Bogart. Jake tocaba el acordeón en el Hurtey Colls, exceptuando el teléfono a la hora de llamar a su psiquiatra, tocar el acordeón era lo mejor que sabía hacer. A veces parecía que estuviese tocando con los pulmones de una plañidera. Cualquier melodía captada por su instrumento pasaba a ser un réquiem.

Siempre se jactaba de que era capaz de interpretar cualquier obra. Pero el pobre Jake a veces se mentía. Una noche en el que la barra acabó por vaciarse demasiado pronto me confesó que se le resistía una melodía, una canción que nunca había escuchado, pero había oído tararear por otros, “..siempre intenté tocar la sinfonía de los botones rotos, de las cremalleras abriéndose, pero lo más que me salía era un intento de oratoria frente a un espejo. Esa melodía se atragantó en mi mano derecha hasta que conocí que existían los asientos traseros de los coches.”. 

Antes de marchar le pregunté a dónde iba, él me contestó: “...hace unos minutos que he lanzado una moneda al aire, si salía cara, iría al sur, si salía cruz iría al norte. Antes de caer en mi mano, la agarró un cuervo... supongo que iré al norte.”

No supe qué decir, la bayoneta de la despedida cortó mi garganta. Y ahí me quedé, inhiesto, viendo la cristalera que formaba mi vaho y el humo del cigarrillo. Y a lo lejos, la luciérnaga negra de la chimenea del tren invitándome a una ruleta rusa con balas de juguete rellenas de whisky.

Hace unos días recibí en casa una carta de Jake desde Chicago, venía sin remitente, pero supe que era de él porque en vez de haber un sello, llevaba puesta una etiqueta de una botella de bourbon: “..Donovan, tenías razón, desayunar balas en el paladar es más agradable que mantener una conversación con alguien más de cinco minutos en esta puta ciudad. He visto gente que es capaz de leer el braile de las billeteras. Yo, como siempre, me quedé en las letras de tinta marrón de la última botella llena”. 


Juan Luis Martínez






 

 

 

 

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