CARTA A LAS ALMAS; CARTA A TI
Querido Giovanni:
Aún recuerdo cómo, a las puertas de la vejez, la figura juvenil de un chico vino a recordarme aún más cuán viejo soy y cuán poco me queda de vida.
Hace cosa de medio año. Como sabes, tengo sesenta y cinco años. Y como sabes también, siempre he odiado envejecer. Nunca he sobrellevado bien los años. Ocurrió que una mañana de agosto decidí dar una vuelta por el parque. Desde que moriste, hace ya tanto tiempo, mi vida quedó vacía de sentido. Sin ti, amante, confidente, amor, amigo, mi vida carece de significado. Pero tal y como te prometí en el lecho de muerte, mi amado Giovanni, seguí y sigo viviendo.
Sí, es cierto. Intenté rehacer mi vida con otros chicos, pero nunca cuajó ninguna relación. Tú fuiste, eres y serás mi otra mitad, y nadie puede sustituirte. Cuando me iba a la cama con otros chicos más jóvenes que yo, para probarme a mí mismo que aún estaba vivo, me daba cuenta que aquello no era amor, era la simple necesidad humana de echar un polvo. Y después del clímax, un vacío extraño parecido a la culpabilidad por haberte traicionado me embargaba, un vacío que me llevaba al borde del vómito y el llanto.
Pero como te contaba, sucedió una mañana de agosto. Decidí dar una vuelta por el parque de al lado de casa, tal y como habíamos hecho muchas otras veces, cogidos de la mano cuando nadie miraba, mirándonos con miradas de complicidad. Iba yo caminando bajo la sombra de aquellos sauces que tantas veces han sido testigos de nuestras aventuras cuando se me cruzó un joven.
No pude moverme. Me quedé blanco. Había visto un fantasma. No podía ser... Aquel joven era como tú cuando nos conocimos, con tan sólo dieciocho años. Era (y eras) tan bello... aquel cabello moreno y liso y largo por los hombros, peinado con la raya en medio, unos ojos azules agrisados fríos y cálidos a un tiempo, tan profundos y misteriosos; unos labios carnosos, una piel dorada, un cuerpo trabajado, musculado y ancho... Unos pantalones ajustados marcaban unas piernas de gimnasio y una entrepierna más que apetecible.
Pasó como un rayo. Ni siquiera se fijó en mí. Pero mi corazón dio un vuelco. ¿Podía ser que te hubiera visto? Sin duda mi mente chocheaba ya... Decidí seguirle.
Cuando lo localicé, lo vi esperando bajo aquel sauce escondido donde nosotros quedábamos. Esperaba a alguien. No quería asustarle, así que me escondí tras unos matorrales. Me avergonzaba de mí mismo, porque no era propio de mí convertirme en vouyer, pero no podía apartar mi mirada de aquel chico.
De pronto, vi que el chico sonreía mirando hacia el horizonte. Vi entonces que llegaba un chico que me recordó a mí de joven, cuando te conocí. Era un chico rubio, con el pelo cortito y ojos verdes, delgado, poco musculado y con piel blanca. Se abrazaron y se besaron.
Cuando me quise dar cuenta, estaba contemplando cómo aquellos dos jóvenes hacían el amor. Y te digo hacían el amor, porque no era simplemente follar; en cada caricia, en cada beso, en cada embestida había amor. Debo confesar que me puse caliente. Pero también debo confesar que me hicieron vivir una regresión: recordé cada momento que pasé contigo, cada minuto que pasábamos juntos, dándonos y demostrándonos cariño, cada sensación que me embargaba cuando hacíamos el amor... me vino a la mente todo lo que viví contigo, incluso lo que pensaba que ya no recordaba.
Pero cuando llegué a casa, sentí que me asfixiaba. Me miré al espejo y me vi: un viejo con poco pelo y ya blanco, sin aquel brillo lleno de vida en los ojos que tenía cuando tú estabas conmigo, velados por las lágrimas, con un rostro arrugado y con los labios finos; un cuerpo esmirriado, frágil y repulsivo: el rostro de la vejez. Fue entonces cuando recordé que la Muerte me acecha cada vez más próxima a mi persona; cada vez soy más y más viejo. Y es precisamente la idea de la vejez, lo efímero de la belleza y el pavor a morir sin que tú estés a mi lado, lo que me aterra.
Lloré. Lloré como un niño, como el más desamparado de los bebés. Lloré con un grito desquiciado, pidiendo a la Muerte que no me viniera a buscar y maldiciéndole por haberte arrebatado de mi lado. Sí, soy débil. Sin ti me siento perdido en un mar de caos. Sin ti, no me queda nada.
Sin ti.
Te necesito y no estás. Y mientras, la decadencia de la vejez cae sobre mí, encorvando mis huesos, arrugando mi rostro, haciendo recordar otros tiempos. Otros tiempos en los que tú estabas junto a mí. Hundiéndome en la más absoluta de las desolaciones y en la más profunda oscuridad. En la más desesperante de las tristezas.
Carlos García Castilla,
13-1-2003
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