Dulce Amistad
Guillermo era un adolescente como cualquier otro, con los mismos problemas y responsabilidades que la edad de quince años implican. Él era simpático, sincero y un fiel
creyente de la doctrina del amor y de la amistad; esas dos cosas que él más quería, nunca las
había tenido por otras personas que no sean de su familia. Él no era muy alto, era delgado y su
cuerpo era casi atlético debido a la actividad física que había estado llevando a cabo y que dejó de
realizar a causa de las actividades escolares. Su cabello presentaba un color castaño claro, como
el de las hojas de los árboles cuando el otoño se empieza a hacer sentir y no era muy largo. Su
frente quedaba parcialmente cubierta por su cabello. Sus ojos eran de color verde claro, como el
verde de las esmeraldas más claras y puras que se puedan ver. En ellos se podía ver muy
claramente la inocencia característica de este muchacho. Su nariz era casi perfecta y muy
hermosa. No presentaba tanta rectitud, pero tampoco era muy curvada, lo que la hacía una de
sus partes del cuerpo más bellas. Sus labios, a pesar de sus quince años, nunca se habían tocado
con ningunos otros. No eran muy gruesos pero sí eran carnosos. Tenían un hermoso tono
rosado, semejante al del color de una rosa. En resumen, este muchacho era un adonis, un joven hecho de
marfil y pétalos de flores. Pero a pesar de su belleza, Guillermo era muy tímido y ésta
característica le había impedido conocer a la persona con la cual debería compartir el resto de su
vida.
La mañana del sábado en la que Guillermo se levantaba, inmediatamente se había dado cuenta
de que ese no sería un día como cualquier otro. Cuando se dirigía hacia el baño para higienizarse
un poco, sintió afuera unos gritos y como muy curioso que él era, se dirigió hacia la puerta para
ver de qué se trataba. El día estaba despejado, con un sol hermosísimo y no se veía ni una sola
nube en el cielo. De fondo, se podía escuchar el más bello canto de pájaros que se pueda sentir y
oír en un día de primavera. Los gritos provenían de la casa de enfrente. Esto a Guillermo le
pareció muy raro puesto que esa casa había estado deshabitada desde hacía algunos pocos
meses, cuando la familia que allí vivía decidió mudarse por cuestiones de trabajo. En esa casa se
estaba mudando una familia que no era muy numerosa: era una feliz pareja, Manuel y Paula, y
su único hijo, Fernando, de la misma edad de Guillermo, quince años. Guillermo, para tratar de
empezar a socializar con sus nuevos vecinos, se metió rápidamente a su casa, se cambió, se
higienizó, y se cruzó enfrente para ofrecer su ayuda a la nueva familia del barrio.
- ¡Bueno días! Yo soy Guillermo, vivo en la casa que está justo enfrente de la suya. Como vi que
ustedes se estaban mudando aquí, decidí pasar a echarles una mano.
- ¡¡Oh!! Muchas gracias joven, ahora vamos a poder terminar más rápido. A propósito, yo me
llamo Manuel, ella es mi esposa Paula y éste es nuestro hijo Fernando. ¿Cuántos años tenés
Guille?
- Quince.
- Fernando tiene tu misma edad. Seguro que entre ustedes dos se van a llevar muy
bien. - Dijo Paula.
Y tal y como lo dijo Manuel, Guillermo y Fernando se llevaron muy bien. Fue pasando el tiempo
y estos dos se convirtieron en muy buenos amigos. Pero para que su amistad se fortalezca, cada
vez más, se debieron enfrentar a los numerosos problemas que se deben enfrentar todos los
amigos. Incluso, una vez estuvieron peleados durante un mes completo. No se hablaban y si
se veían caminando en la calle, miraban para otro lado y seguían su camino. Pero ahora todo estaba
bien, no, me equivoco, todo estaba mucho mejor que antes.
***
Una noche, cerca de la medianoche, cuando la mamá de Fernando, Paula, volvía de trabajar, vio
a Guillermo que estaba llorando, sentado en el cordón de la vereda.
- ¿Qué te pasa Guille?.- Preguntó Paula.
- ¿Que qué me pasa? ¡De todo me pasa! Me va mal en el colegio, y tal vez pueda perder el año. Y
a causa de eso, mi viejo me trata como una porquería y hoy me pegó con tal brutalidad que casi
me rompió la espalda. No sé qué voy a hacer. Hay veces, te juro, en que pienso en irme, irme
muy lejos y nunca más volver. - Respondió Guillermo.
- ¿Pero qué decís? No seas boludo! Si vos te vas, ¿qué va a hacer Fernando? Vos sos su mejor y
único amigo que él jamás tuvo.
Mientras Paula decía esto, Guillermo no pudo evitar que se le escaparan las lágrimas y que su
voz se quebrara.
- Esta noche vas a dormir en casa. Manuel está de viaje de negocios y con Fernando nos
sentimos algo solos.
Como Guillermo esa noche no quería volver a su casa, aceptó gozosamente la invitación que
Paula le había hecho. Cuando Paula entró en su casa, Fernando estaba tirado sobre el sofá que
estaba en la sala, enfrente del televisor. Estaba viendo una serie que se había vuelto muy
popular ya que mostraba los típicos problemas que sufren los adolescentes. Tan pronto como
Fernando vio que su mamá estaba acompañada de Guillermo, inmediatamente se levantó y una
sonrisa iluminó su rostro.
- Fer, hacéle un sándwich a Guille.
- Bueno mamá, ya se lo hago.
- Bueno, como no me sobran las camas, vos Guille, vas a dormir a los pies de
Fernando. - Dijo Paula.
Tan pronto como Guillermo terminó de comer, Fernando le preguntó si se quería bañar y éste le
contestó que sí. Cuando Guillermo terminó de bañarse, Fernando entró al baño para acercarle la
toalla y accidentalmente vio las marcas que los golpes del padre de Guillermo le habían
producido. Guillermo se envolvió rápidamente con la toalla y se metió en la habitación de
Fernando. Éste último lo siguió y cuando ambos estaban en la habitación se pusieron a dialogar:
- Guille, ya sé lo que te pasó. Mi mamá me contó todo. - Dijo Fernando.
Después de un silencio muy cortito, Guillermo dijo:
- Basura, eso es lo que yo soy para mi viejo, una basura.
- Vos no sos nada de eso. Al contrario, sos la mejor persona que conocí en mi vida y sos una de
las más importantes para mí. Mirá, acá tengo una crema que es para los golpes y que calma los
dolores. Si querés, date vuelta, acostate sobre la cama y te froto la espalda.
Guillermo accedió sin problemas y Fernando procedió a realizarle el masaje con la crema.
Cuando Fernando terminó, Guillermo, acariciándole el pelo le dijo:
- Sos el mejor amigo que jamás tuve. - Y lo besó.
- Desde el primer día en que te vi, desde el primer día en que llegaste a mi barrio, desde ese
instante, en ese segundo, me enamoré perdidamente de vos. - Dijo Guillermo.
- ¿Por qué no me lo dijiste desde un principio? - Interrogó Fernando.
- No te lo quería decir porque tenía miedo, miedo de que esta amistad que costó tanto tiempo y
sacrificio construirla se destruya en un segundo. - decía Guillermo mientras sus ojos se llenaban
de lágrimas y poco a poco su corazón se agitaba más y más.
Fernando lo abrazó bien fuerte y le susurró al oído:
- Yo siento lo mismo que vos estás sintiendo en estos momentos y lo mismo lo vengo sintiendo
desde el segundo en el que puse mi mirada sobre vos.
Ambos se fundieron en un beso lleno de pasión. Cada uno podía sentir cómo la lengua de uno
jugaba con la del otro. Fernando se sacó la remera, Guillermo para entonces ya estaba desnudo
porque desde que salió de la ducha no se había cambiado. Luego Guillermo le
sacó los pantalones a Fernando y cada uno exploró hasta el rincón más íntimo del otro. Luego, Guillermo apoyó su
cabeza sobre el pecho de Fernando y se quedaron ambos totalmente dormidos.
FIN
Autor: Federico Galeano (14 años. Santa Fe, Argentina)
Los hechos y/o personajes son pura y exclusivamente extraídos de la mente del autor. Cualquier semejanza con la
realidad es mera coincidencia (jajaja, no, en serio, todo lo que dice acá está sacado de mi cabeza).
Agradezco cualquier comentario y/o sugerencia a federicogaleano@msn.com