El instante en que todo se enfrió
Uno muchas veces se pregunta y repregunta qué es el amor. Trata de sacar conclusiones, busca, compara, mide, recuerda y vuelve a comparar. Sin embargo cuando uno menos lo espera se da cuenta de que el amor esta ahí. Es la energía y fuerza de mayores magnitudes que el cuerpo no es apto para sostener, y que nos lleva a hacer lo increíble. Es ese sentimiento a flor de piel que te da la motivación y te proyecta a vivir un día más, con una sonrisa, y la tranquilidad de apoyar la cabeza sobre la almohada y sentirse suave como una pluma. Sentirse vivo, fresco.
Pero el amor también está en ese llanto incontenible. En el pecho congestionado, en las ganas de violentarse, Dios sabe contra qué o quién. Ganas de dormir mucho tiempo, no sé si despertar. Estar ausente, irse lejos en tiempo y lugar, volar y olvidar. El amor es una maldita espada de doble filo. Que te puede dar la más dulces de las mieles, pero también puede envenenarte de la peor de las formas, la muerte en vida, despacio y de a poco…
El amor juega con perras desventajas, porque uno no puede dominar el juego… apenas si uno puede dominarse a sí mismo. ¿Por qué tengo que poner linda cara? No sé si comprobé que hay frivolidad allá afuera esperándome, al ver a todos en la facultad vistiendo Levi´s o quizás al darme cuenta que el que no tenía teléfono celular no tenía amigos. Hasta reniego por el mal de otros… esto se expande… pero todo me entristece más, incluso esos complementos. Los veo superfluos e innecesarios. Hay cosas más importantes… como lo que ahora me falta por ejemplo. El sentirme amargado me demuestra que hay cosas más importantes por las que lamentarse. El amor también habita allí. En la delgada línea entre el amor y el odio, hay más amor. Entre la felicidad y la tristeza. Así como el amor te da la ceguedad y aceptación por lo creado como divino, también te da la capacidad para renegar y criticar lo más trivial de la vida, como es la forma de vestir de otro. ¿Habré llegado a tal punto que necesito de tu amor irreversiblemente para vivir? Tengo tanto acá en mi pecho… no puedo explicarlo con palabras… ¿Por qué tengo que poner linda cara? ¿Por qué tengo que reír y tratar bien a la gente? ¿Por qué a veces hay que fingir? ¿Puedo pedir permiso para estar triste? ¿A quién se lo pido? ¿Estoy bajando esto y escribiendo lo que siento, o sólo estoy formalizando una queja para que luzca bien y con eso mortificarme aún más?
No pongo buena cara porque no quiero, y porque no me es útil, no me sirve. No pongo buena cara porque no los conozco y porque no me quieren, porque el día que me muera no van a estar a mi lado, porque no saben por qué estoy triste, porque no les interesa lo que pienso y mucho menos gastar tiempo escuchando mis estupideces. Podría desplomarme justo aquí, que nadie se inmutaría. O eso creo. No pongo buena cara porque mi pecho no quiere, y él es el que manda, o quizás no mi pecho… quizás mi pecho es sólo un peón. Debo aprender que las soluciones y las respuestas no siempre dependen de mí. Hay veces que me toca callarme, tragarme la saliva espesa, contener las lágrimas y sentir ese puto sentimiento de frío que cruza mi cuerpo y sólo poder decir ESTÁ BIEN.
Quizás llegar a mi refugio y encontrar la mínima excusa para llorar, una canción, o el viejo remordimiento de haberle dicho a un ser querido algo que pudo haberle dolido y sentirme culpable y querer pedir perdón, pero no sentirme lo suficientemente fuerte para hacerlo. El amor está en todos lados. En las canciones y los remordimientos también. Está en las palabras y en el uso que les damos. Está en el tiempo que no pasa y en el sentimiento de sentirse pequeño y diminuto ante todo y todos. El sentirse vulnerable, pero también el sentirse invulnerable, todopoderoso, omnipotente. Es la ambigüedad del amor, el doble discurso. El sentirse fuerte y enorme en un momento que lo tenés, y pequeño y débil cuando más lo necesitas y te desgarras por poseerlo, un segundo más, a cambio de una vida. Descubrir que perdiste la vergüenza por escribir, pensar que te autoriza la cátedra del amor a hacerlo, y no saber a dónde van las palabras, perder importancia a las consecuencias y hacerlo todo por simple instinto. No poderse estabilizar y tratar de encontrar una salida para no pensar.
Distracción. ¿Sirve? ¿Es útil? Debe ser como una droga. Pensás que te soluciona los problemas, pero en realidad te hace huir momentáneamente de ellos, pero no, estarán esperándote ahí, latentes, para que lidies contra ellos, te golpees y luego con suerte cures. Parece incurable. Cual si fuera una gran úlcera… cómo duele…
Impotencia también es amor, querer estar ahí dentro tuyo, con lo más naif de mis intenciones y no poder. Querer encontrar los medios y no poder, chocarse contra esa pared de la incertidumbre e indiferencia, caer, y nuevamente lamentarse. No encontrar lo que necesito, y como mejor herramienta para sobreponerme, elegir involuntariamente seguir amando, pero cada vez más, y como siempre adaptándome a las reglas del juego. Dispares por cierto. Sentirse solo, y más solo. No encontrar la palabra exacta, nadie la tiene, no existe. Deambular, vagar buscando un consuelo, alguien que me diga por qué! Arrastrarme… ¿Llegaré a mendigar amor? Qué triste… pero quizás sí. Es parte de lo insano que haría… sólo para llegar a mi casa y sentir que hay alguien que está esperándome, quizás también con esa sonrisa estúpida y despojada de malicia, acompañada por el infaltable latido en el pecho como la primera vez…
Desesperación por tener a esa persona y jurar amarla como sello a todo, por siempre, sentirla cerca y tener la fuerza para enfrentar al mundo y a quien sea necesario, con el estandarte más grande y colorido, el amor. El instante después de que, según vos, todo se enfrió… yo siento y escribo esto. Es involuntario. Axel, te amo.
Iván.
“Si te quiero es porque sos mi amor, mi cómplice, y todo, y en la calle codo a codo, somos mucho más que dos”