FANTASMAS

«¿Lo ves? Te lo advertimos. Ya te habíamos avisado. ¿La felicidad junto a él? ¡Era imposible de alcanzar! Pero mírate: lloroso, demacrado, preocupado, hundido. Eso es lo que ha quedado: la desolación. Ya te lo habíamos dicho, pero no quisiste oírnos. ¿Un hombre con otro hombre? ¡Jamás se ha visto tal aberración! Si vas a continuar así, olvídate de la felicidad, porque no la vas a encontrar.»

Me hallaba así conversando con mis fantasmas interiores en aquel antro al que osaban llamar café, sucio y oscuro. Llorando. Sí, él me había dejado, tras nueve meses de relación. ¿Que si le quería? Con toda mi alma. Y era mi único apoyo. El pilar donde yo había resistido el asedio de aquellos fantasmas, encarnados en mis padres, que me echaron de casa en cuanto se enteraron. Y esperaban ansiosos el día en que volviera a ellos negando mi condición sexual, mi naturaleza, alegando como única excusa la confusión. ¡Cuánto se reirían humillándome!

Él. Javier. Lo había conocido en aquel café, en aquella misma mesa. Pero doce meses atrás. Me hallaba yo sentado en aquel mismo taburete leyendo un periódico. Solo. Por aquel entonces mis padres aún no sabían nada. Ni sabían que me iba a lugares de ambiente solo, porque no conocía a nadie como yo.

Y de repente había entrado él. Yo miré instintivamente a la puerta y al principio creí ver a un ángel: moreno, con ojos azules, de un azul como el hielo; labios carnosos, cara algo curtida, alto, algo ancho de hombros, proporcionado, algo musculado. No pude apartar mi mirada de él.

Me miró. Yo estaba ruborizado. Y, entonces, sin más, sonrió. Y aquellos ojos que a priori parecían incapaces de transmitir nada, fueron los ojos más cálidos que nunca vi.

Se acercó a mí. ¡Yo estaba temblando!

— Hola —me dijo con aquella voz grave y sensual llena de melodía y calor.
— Hola —acerté a decir.
— Me llamo Javier. ¿Está solo?
— Me llamo Adrián. Sí.

A partir de aquí, haciendo Javier gala de un innato don para la sociabilidad, iniciamos la conversación, hasta entonces, más interesante de mi vida. Me sentía bien: no debía fingir, sólo hablar, ser sincero.

Nos intercambiamos los móviles.

A partir de aquel día, nos empezamos a llamar y a ver más a menudo. Se hacía pasar por un amigo de la universidad, pues estaba al corriente de que mis padres desconocían que era gay.

Íbamos de discotecas, de copas, al cine, de compras... íbamos juntos para cualquier cosa. Y a medida que el tiempo pasaba, yo notaba cómo poco a poco me enamoraba de él. Mi primer amor. Por supuesto había tenido rollos esporádicos en las discotecas, pero aquello era mera atracción física. Lo que sentía por Javier era distinto. Lo sabía.

Al cabo de un mes éramos los mejores amigos que existían. Teníamos gran confianza. Nos contábamos absolutamente todo.

Y por fin, tres meses después de habernos conocido en aquel antro, me pidió que saliéramos juntos. Él se había enamorado de mí.

Lógicamente le dije que sí. Fueron nueve meses maravillosos.

«Pero ya te lo habíamos avisado. ¿Qué son nueve meses de felicidad cuando ahora estás así? Hace semanas que te dejó y aún no lo has asimilado. Es un error.»

Cierto. Me ha dejado. Pero viví muchas cosas con él. Cosas que no me arrepiento de haber hecho. Gracias a él tuve la fuerza y el apoyo necesario para decirles a mis padres que era homosexual. Me echaron de casa y él estuvo allí todo el tiempo. Me hizo creer que entre homosexuales puede existir el amor.

«Pero ya ves que era falso. Te ha dejado.»

Pero, ¿por qué me ha dejado? Sólo encontré una nota. Me levanté una mañana y no lo encontré en la cama, a mi lado. Aquella cama cómplice y testigo de nuestro amor y nuestra pasión.

Me levanté, me puse el batín y fui al comedor. Todo desierto. Me empecé a asustar. Fue entonces cuando en la mesa del comedor, oscura, como a Javier le gustaban los muebles, vi un pedazo de papel que resaltaba.

Me acerqué. Era una nota de Javier. En ella me decía que por motivos que no entendería me dejaba. Que lo sentía, porque me quería.

Pero, ¿me quería? ¿Me quiere aún? ¿Cómo es posible que alguien ame a una persona y aún así le deje?

«Y si volviera, le volverías a dar otra oportunidad. Porque eres un perdedor. Siempre lo has sido.»

Sí. Si supiera por qué me dejó y me pidiera una segunda oportunidad, volvería con él. Porque le amo. Porque él es mi existencia. Él es mi religión. Sin él, no soy nada.

«¿Sigues creyendo en el amor?»

Sí. Creo en el amor, puesto que es el único sentimiento que me mueve, que me ayuda a seguir viviendo. Y creo en él. Aunque me haya dejado, sigo creyendo en él.

«Eres un perdedor.»

Tal vez. Pero no pienso negar mi condición. Porque he descubierto el amor con él. Sólo con él. Ninguna mujer me ha podido dar el amor que me ha dado él. Tal vez tarde, pero me repondré y encontraré de nuevo el amor. Aún así... estoy tan triste...

«Lo ves? Te lo advertimos. ¿Felicidad junto a él? ¿Junto a un hombre? ¡Imposible! Mírate: tan frustrado, tan triste, tan hundido... ¡Dos hombres juntos! Deberías haber aprendido que no lleva a ninguna parte. Y mientras no te retractes no alcanzarás la felicidad. Tenlo presente.»

Me hallaba así conversando con mis fantasmas interiores en aquel antro al que osaban llamar café, sucio y oscuro. Llorando. Y tomando café.

— Hola.

De pronto, aquella voz me saludó. Una voz tan familiar... pero no podía ser... ¿me giraría?

Tras un largo silencio, respondí.

— Hola.

Me giré.

— Ja... Javier... ¿qué haces aquí?
— ¿Me puedo sentar?
— Claro.

Tomó asiento.

— No podía aguantar más, —dijo— tenía que verte.
— ¿Qué quieres ahora?
— Aclarar lo que pasó. Aclarar por qué te dejé.
— Adelante. Te escucho.
— Me llamaron dos días antes de nuestra ruptura ofreciéndome el trabajo de mi vida en Inglaterra. Debía abandonarlo todo y partir en dos días. Durante este tiempo me debatí entre mi ambición y tú...
— Y elegiste la ambición.
— Sí. Por eso te dejé aquella nota. No tenía derecho a pedirle que me esperaras cuando yo me iba por mi estúpida ambición. Pero una vez allí me di cuenta de que no podía vivir sin ti. Que no me importa el trabajo. Que me da igual subir de categoría social si tú no estás conmigo. Prefiero vivir debajo de un puente contigo que vivir en una mansión donde tú sólo estés en mi imaginación.

Empecé a llorar. Él también lloraba.

— Sé que no tengo derecho —dijo él con esa preciosa voz, ahora rota—... pero te quiero preguntar si querrías volver conmigo.

Sonreí.

— Claro que sí. Pero ahora no quiero que nos volvamos a separar.
— No. Ni tampoco habrá secretos.

Nos abrazamos y nos besamos.

¿Tenéis algo que decir ahora, fantasmas?

De pronto, los fantasmas que me atormentaban se disiparon con aquel beso.


Carlos García Castilla
14-11-2002






 

 

 

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