El lenguaje del silencio 
 
 
 

Si alguna vez la vida te maltrata,

acuérdate de mi,

que no puede cansarse de esperar

aquel que no se cansa de mirarte. 

Luís García Montero,

Habitaciones separadas 
 
 
 

Estábamos a primeros de junio y hacía mucho calor. A pesar de que todavía no había comenzado el verano, el sol acechaba de tal modo que éramos pocos los que nos atrevíamos a salir de casa a las tres de la tarde, por lo que las calles estaban desiertas.

 
Llegué a la parada del autobús buscando cobijo a tan caluroso ataque. Llevaría cinco minutos sentado bajo la marquesina de la parada cuando, de repente, le vi. Todas las tardes me lo encontraba en el mismo lugar. Era un chico de unos treinta años, de tez morena y de mediana estatura, aparente mente normal excepto por un detalle que me llamó poderosamente la atención: siempre llevaba un libro entre las manos, diferente cada día.

 
Yo también acostumbraba a leer mientras esperaba el autobús, pero desde que le vi, decidí leer sus manos, su rostro, aquellos penetrantes ojos negros que clavaba en las palabras de un libro cada día distinto, de una historia que le atrapaba hasta conducirle a parajes lejanos, insospechadamente vivos, en los que vivía aventuras espectaculares, porque solo un libro puede hacernos olvidar el calor sofocante que nos aguarda en la calle cualquier caluroso día del mes de junio a las tres de la tarde.

 
Lo cierto era que no sabía nada de él, ni su nombre, ni su ocupación. No había cruzado ni media palabra con él, y ni tan siquiera había oído su voz. Pero en silencio fui conociéndole, sin conocerle apenas. Porque aunque era un completo desconocido, su lectura me iba deleitando cada vez más.

 
Y aquel caluroso día estaba junto a mí. Se había sentado a mi lado, sosteniendo un libro cuyo título no acerté a leer. Por un momento, noté que me miraba. Me volví hacia él y nuestras miradas se cruzaron durante unos segundos que se desvanecieron enseguida en el tiempo. Se levantó bruscamente aferrando su libro. Fue entonces cuando vi, a lo lejos, un débil espejismo, un reflejo de color verde que se iba aproximando cada vez más, y caí en la cuenta de que aquel capítulo estaba a punto de finalizar pues llegaba su autobús. Maldije entonces al conductor, tan puntual como siempre. Pero de nada sirvió.

 
Subió al autobús, y vi como se sentaba en un asiento junto a una de las grandes ventanas de cristal. De repente, giró su cabeza, su mirada se cruzó con la mía y, sin dejar de mirarme, me sonrió. Me hubiera gustado devolverle la sonrisa, pero el autobús arrancó antes de que me diese cuenta y se perdió entre la espesa humareda del tráfico.

 
No volví a verle. Los días siguientes deseé volver a encontrarle en aquella parada, pero al cabo de las semanas aquella ilusión se desvaneció. Pese a todo, no me abrumé demasiado, porque aquella sonrisa que me dedicó desde el autobús me hizo comprender que aquella lectura silenciosa había concluido con un final feliz.
 
 

Mario F. J.  

17/09/06