Nuestra Historia
Ismael discutía acaloradamente por teléfono con uno de los repartidores de la panadería en la que trabajaba. Cubierto de harina prácticamente hasta las cejas, el dueño de la única panadería que aún hacía el pan a mano gritaba sin cesar al joven que le informaba que no podía entregarle más material hasta que se levantara el aviso de temporal que pendía sobre esa parte de las montañas. Rojo por la ira, Isma colgó el teléfono de un golpe y volvió a la cocina. El horno ardía con vigor consumiendo los últimos trozos de madera que le quedaban y el calor que desprendía era lo único que calentaba toda la tienda. Se dejó caer, derrotado, en una silla y esperó a que llegara la hora de cerrar... quién sabe si definitivamente.
Unas horas después de todo aquello, Isma yacía en su cama, mirando al techo en el que se reflejaban las llamas mortecinas de la chimenea a medio apagar. Fuera soplaba un viento helado que a veces se colaba por las rendijas, pero el ambiente en aquella habitación era cálido. Isma acarició su brazo y luego su pecho, pensativo y triste al mismo tiempo. No deseaba perder el negocio que tanto trabajo le había costado conseguir pero no tenía dinero para continuar así, y menos aún material hasta que remitiera aquel odioso temporal. Girándose en la cama, y tapándose con el edredón, cerró los ojos y poco a poco fue quedándose dormido.
A tan sólo 100 km de allí, Jonás escribía concentrado en su ordenador portátil, sentado en la hamaca en la terraza de su piso. Llevaba varias horas así, en uno de sus raros "ataques de inspiración" y había adelantado su novela mucho, incluso podía tenerla acabada para la semana que entraba. Cuando levantó la vista, ya estaba atardeciendo y el sol se filtraba por la persiana entreabierta. Jonás dejó el portátil a un lado y se levantó a abrir la persiana, ante la falta de luz que se iba haciendo notar. Desde aquél ático, en el piso 15 de una torre céntrica en la ciudad, pudo ver cómo las nubes se arremolinaban a lo lejos en la sierra. Agradeció no estar allí, pues el aspecto de esas nubes no parecía demasiado acogedor. Volvió a girarse y a mirar al portátil, donde aún faltaba una palabra por completar. Se sentó de nuevo, respiró hondo y terminó la frase. Un ruido de llaves le alertó de que su pareja ya había llegado a casa, y cerrando los ojos pudo identificar su recorrido mentalmente: primero dejaba las llaves en la entrada, la chaqueta tirada en el sofá, los zapatos en la puerta del baño, el ruido de la cadena, los pantalones al bajarse y luego el tímido roce de los pantalones de algodón y la camiseta al pasear por la casa buscando a Jonás. Unos brazos le rodearon por detrás y no pudo evitar sonreír. Aquellos momentos de felicidad no eran muy numerosos y había aprendido a aprovecharlos. De pronto, aquellos brazos le soltaron y se alejaron los pasos, y el consabido grito de "qué hay de cena?" rasgó aquella atmósfera acogedora.
Jonás permanecía de pie, ante la ventana, mirando las nubes acercándose mientras su pareja dormitaba en la cama. Suspiró y bajó la persiana, quedándose en boxers y camiseta como todas las noches. Sin embargo, sintió frío y se metió en la cama de inmediato. Acercó su boca a la oreja de su compañero de cama.
" Tengo frío ... "
" Mmm... Coge el pijama o pon otra manta, a mí no me importa" murmuró el otro, sin siquiera moverse. Sin embargo aquella no era la respuesta que esperaba oír Jonás. Se levantó, se vistió de nuevo en silencio y cogiendo las llaves, su ordenador portátil y metiendo en una bolsa la poca ropa que era suya en aquella casa, salió sin hacer ruido ni decir nada.
El motor del todo terreno ronroneaba por la autopista, mientras circulaba a una velocidad moderada. El conductor, Jonás, iba distraído pensando en lo que acababa de hacer, pero sin tener ningún sentimiento negativo al respecto. En la radio sonaba alguna cinta de música lenta, muy acorde con el momento. De pronto la nieve comenzó a caer y Jonás se dio cuenta que había estado conduciendo hacia las montañas todo aquel rato. Sin embargo, no frenó y siguió hasta donde le llevara su instinto.
Ismael se removía intranquilo, preso de una pesadilla. El sudor empapaba su cuerpo semidesnudo y la agitación aumentó su respiración hasta que por fin pudo salir de la pesadilla y se incorporó, de golpe, sin poder evitar un grito. Se quedó sentado en la cama, jadeante, intentando calmar su respiración y los latidos del corazón, que parecía que se le iba a salir del pecho de un momento a otro. Echó una ojeada hacia la ventana y la claridad - y el reloj que había justo encima - le indicaron que ya era hora de levantarse. Aún inquieto por la pesadilla, se encaminó a la ducha para ir a la panadería.
Jonás despertó, recostado en el asiento trasero de su todo terreno, aparcado en un área de servicio. La nieve se acumulaba hasta una altura de más o menos medio metro, haciendo el tránsito imposible excepto para coches adaptados para ello. Jonás empujó la palanca de todo-terreno y enfiló la carretera, dispuesto a pararse en el pueblo más cercano y quedarse ahí hasta que aclarase sus ideas. Aparcó el coche en la plaza del pueblo, y comenzó a andar hacia los soportales, donde olía a pan y bollería casera recién hecha. Entró en la panadería y se sorprendió al notar la calidez del ambiente. Un chico joven, grande y delgado, con unos preciosos ojos verdes le atendió con una sonrisa, pero con un matiz de tristeza en sus ojos.
" Hola, buenos días ... ¿qué te pongo? "
" Em ... Hola. Me das... no sé, ¿un suizo? " Jonás dijo estas palabras sin retirar sus ojos de los del joven panadero.
" Claro! " contestó él, sonriéndole. Cogió las pinzas para coger el bollo, cuando de pronto un pensamiento cruzó la mente de Jonás.
" Perdona, no sabrás de un hotel, pensión, hostal ... cobertizo ... lo que sea para hospedarme unos días, ¿no?"
" Pues ... " comenzó a decir Ismael. De pronto, tuvo una idea " No hay un hostal hasta el siguiente pueblo, a unos 20 kilómetros de aquí, y con lo que cae ... " señaló a la ventana, a través de la cual se veía una copiosa nevada " pues no creo que te apetezca. Pero si quieres, mi casa es muy grande ... y vivo sólo, si no te importa compartir puedes quedarte el tiempo que necesites ".
Jonás sonrió, agradecido, y se dispuso a esperar, pero ante su sorpresa, Ismael se quitó el delantal que usaba para no llenarse de harina y saltó ágilmente por encima de la barra. Jonás le miró sorprendido, e Ismael, divertido, le explicó.
" No tengo muchos clientes habitualmente, y con este tiempo creo que tendré menos. Puedo acompañarte y así descansas... tienes una pinta de no haber dormido en mucho tiempo. Por cierto, yo soy Ismael. ¿Cómo te llamas tú? "
Mientras mantenían esta conversación, Ismael cerraba la tienda y caminaban hasta una casa muy cercana, abriendo la puerta y dejando pasar a Jonás. Una vez dentro, éste le tendió la mano y le dijo:
" Me llamo Jonás, encantado "
Ismael asió la mano de Jonás y sintió la calidez y la suavidad de su piel. Sin dejar de sostenerla, le condujo hasta el salón y se sentaron en un sofá.
Los dos jóvenes se miraron, y miraron luego a sus manos que seguían unidas. Se soltaron lentamente, sin mirarse de nuevo a los ojos. Ismael pudo observar detenidamente a aquel chico, delgado y alto, moreno y con los ojos marrones con el que, sin saber aún muy bien cómo, se había encerrado en su coche. Miró a su alrededor, y vio el portátil abierto en el asiento de atrás.
" Vaya ... ¿ejecutivo? " dijo, para romper el hielo. Jonás se sorprendió, y esbozó una sonrisa tímida. Siempre le daba corte confesar su profesión, porque siempre le habían mirado como si fuera un loco, un acabado o un caso perdido. Pero aquel joven tenía algo especial, así que decidió ser completamente sincero con él.
" No... Soy escritor " lo soltó rápido y en un tono más bajo de lo normal. Pero aquella declaración pareció sorprender y animar a Ismael y sonrió más abiertamente.
" ¿Escritor? Coño, qué chulo, no había conocido a ninguno nunca. ¿Y qué escribes? " preguntó, interesado. A Jonás se le cayó el mundo a los pies. Una cosa era ser escritor, de cualquier tema, y pregonarlo por ahí. Pero otra muy distinta era decir abiertamente, " oye, soy escritor de literatura gay " Así que optó por tirar al traste la sinceridad otro rato y mentir lo mejor que pudiera. Así que preparó su mejor sonrisa falsa y contestó:
" Bueno... un poco de todo "...
Ismael pareció desilusionado por la falta de detalles, y miró hacia el portátil. En aquel momento estaba el salvapantallas girando, con el nombre de Jonás en multitud de colores y formas. Se quedó boquiabierto y se sentó de nuevo, mirándole.
" Jonás Vázquez... ¡joder, si me encantan tus libros! " ahora fue Jonás quien se quedó de piedra. Le reconfortó saber que no tenía que esconder nada delante de aquel joven. Pasó su mano por detrás del respaldo, y le miró con una sonrisa amplia en la cara. Ismael se acercó a él y ... "
BATERÍA BAJA, ENCHUFE SU EQUIPO A LA RED
" ¡Mierda! " exclamó Jonás, enfurecido. Cerró de golpe la tapa del portátil sin pensar siquiera si habría salvado la copia de seguridad. Desde la otra habitación, asomó Ismael la cabeza y le preguntó " pero qué pasa, la batería otra vez? " sonriendo divertido. Jonás no pudo sostener más tiempo su cabreo ante la sonrisa de Ismael y se levantó, dispuesto a irse a la cama. Se desvistió, quedando como siempre en boxers y camiseta y se metió en la cama. Sin embargo, sintió frío, y cuando iba a girarse, Ismael le abrazó y le atrajo contra él, cubriendo a ambos con el edredón.
" No te preocupes, no tendrás frío ".
Y besándole en la nuca, se durmió.
Madrid, 13 de Septiembre de 2002
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