¿Qué me ocurre?

Estaba junto a mi ventana, mirando cómo llovía. La lluvia seguía cayendo, mojaba las calles, los coches pasaban por la carretera. De pronto, mi cuerpo de 15 años de existencia sintió un escalofrío. Me aparté de la ventana y me levanté. Llegué hasta el baño. Me miré de nuevo en el espejo. Mis ojos verdes estaban llenos de lágrimas aún, me arreglé desesperadamente el pelo con un peine que había en uno de los cajones. Al final mi melena rubia quedó perfectamente. Me ocupé de lavarme la cara para que no se notasen mis ojos llorosos. Pero fue sin resultado alguno. Después de mirarme durante un ratito, no le di importancia y me senté de nuevo junto a la ventana. La lluvia no cesaba su caída. Mi corazón seguía entristecido por aquello. Aquel pensamiento que me atormentaba. Esta es mi historia.

En una oscura noche de otoño, bajo la lluvia casi gélida se acercaba una sombra a una casa. Un rayo cayó directamente del cielo y le siguió el estruendo del trueno. Esa silueta llegó finalmente a la puerta de la casa. La abrió y entró. Dentro se quitó una capucha negra dejando ver su rostro. Ese era yo. Delante de mí había unas escaleras. Las subí. Llegué por fin a una nueva puerta. Allí apreté al interruptor que hizo sonar el timbre. La puerta se abrió y un apuesto chico, de 15 años más o menos, rubio con el pelo cortito, rizado y con los ojos color del mar del Caribe, me saludó:

- ¿Cómo estás?
- Bien, no te preocupes, la tormenta no me ha hecho nada.
- Eso espero amigo. –dijo sonriendo– Pasa.

Así lo hice, entré y le dejé mi impermeable. Lo puso en el lugar donde pone todas las chaquetas de los invitados y me invitó a entrar en su habitación. Allí me preguntó:

- ¿Lo has traído?
- Sí. Te dije que no me olvidaría y que te ayudaría.
- Gracias.
- Espero que no vendrá nadie, ¿verdad? –le insinué en voz baja– Sabes que esto nadie debe saberlo.
- Tranquilo. No pasará nada durante tres horas.

Metí mi mano en el bolsillo, de él extraje una caja de una baraja de cartas. El chico me trajo dos velas, las encendió y apagó las demás luces de la casa. Después me senté en el suelo de su habitación, situé las velas a cada uno de mis lados y saqué de la caja las cartas. Extrañado me dijo:

- Por favor, tienes que encontrarlo. Si no, nunca más volveré a poder mirarte a la cara.
- No te preocupes.

Barajé las cartas. Repetí varias veces: 

- CARTAS QUE TODO LO VEIS, AYUDADME A ENCONTRAR EL OJO MALDITO. 

Y luego le dije a él que cortara la baraja en dos. Levanté las dos primeras cartas y las expuse a la vez al fuego de las velas. Estas cartas empezaron a arder, se consumieron y las cenizas llegaron a mis dedos. Cerré mis manos, las volví a abrir, junté las dos manos y restregué las cenizas. Separé de nuevo las manos y las dos cartas habían vuelto a aparecer. Estas empezaron a irradiar luz blanca. Me levanté de un salto y dije en voz alta:

- ¡En el comedor!

Salí disparado hacia el comedor, el chico me siguió y allí levanté la carta en mi mano y grité:

- ¡Muéstrate!

Una bola de Fuego se dibujó en el aire del comedor. Le lancé la carta que impactó en el centro de la aparición y desapareció. El quinceañero encendió las luces de la casa de nuevo y aplaudió. Le miré, sonreí y le dije:

- ¡Ya está! Ya lo he capturado. No volverá a molestarte.
- ¿Sabes al final qué era?
- Sí. Era un espíritu que alguien ha querido enviarte para atormentarte.

Después de lo sucedido me llevó a la cocina y nos sentamos en la mesa redondita que tiene. Allí me sirvió una taza de leche con chocolate y magdalenas. Se sentó frente a mí. Y por un momento le miré a los ojos. Dentro de mí pensé: "¡Qué ojos más bonitos! Si solamente me amase. Es tan especial".

Su voz me despertó de mi sueño despierto. Le dije que no me diese sustos de esa manera y él rió. Amablemente me dijo:

- David, te voy a enseñar un truco muy divertido. Ya verás.

De la nevera, sacó tres huevos frescos. Y los lanzó al aire. Se situó debajo de ellos, abrió su boca y alzó sus brazos. Agarró los tres huevos sin que se le rompiesen. Yo reí durante un rato. Y finalmente pude decirle:

- Eres fantástico.

Sonrió y se sentó frente a mí otra vez. Estuvimos hablando un rato de nuestras cosas. De los estudios, de las notas. Yo siempre he suspendido alguna, en cambio él las aprobaba todas, no le quedaba ni una. Eso le hacía más importante todavía para mí. Era listo, amable y muy sincero. Llegó la hora de irme. Y así lo hice. Al día siguiente le invité a venir a casa por la tarde, pero esta vez no haría demostración de poderes ya que lo hacía muy poco porque era una habilidad que no me gustaba mucho mostrar porque de pequeño siempre me habían criticado por tener poderes, decían que era hijo del Diablo. Llegó. Entramos a mi habitación y echamos una partida de “Whist” (un juego de cartas Americano muy complicado). Estuvimos bastante rato jugando a ese juego. Y finalmente le pregunté si quería merendar. Asintió con la cabeza. Me fui a la cocina. Corté unos cuantos trozos de pan por la mitad para hacer barquillos. En el pan unté tomate frito, le puse jamón, atún y bacon. Le eché por encima queso y lo metí en el horno. Después lo serví en bandejas junto a zumo de piña y melocotón y lo llevé a la habitación. Me quedé parado al ver que estaba estirado de lado en posición romana girado hacia la televisión. Su espalda era ancha y fuerte. Sonreí. Se giró y me vió mirándole. Me despertó de nuevo con su melodiosa voz. Le di la bandeja y se incorporó. Siguió mirando la televisión mientras comía. Yo fui a buscar mi bandeja a la cocina y volví. Le vi comer y me dijo que estaba muy bueno lo que había hecho. Yo me puse contento. Al terminar se ofreció para lavar los platos. Le pregunté si quería quedarse a dormir. Y me dijo que si no molestaba que se quedaría. En ese preciso instante, me hubiera gustado decirle que durmiese en la misma cama que yo, pero eso no podía ser aún. Nos quedamos mirándonos. Yo pensaba cosas bonitas de él. Y lo más seguro es que él también lo hizo. Casi en silencio le ví murmurar algo mirándome fijamente a los ojos. Le pregunté lo que había dicho y empezó así:

- Pues verás, estaba... pensando en que... encuentro que desde que nos conocemos ha pasado mucho tiempo. Todo ese tiempo he estado enamorado de alguien.
- Yo también he estado enamorado de alguien.
- Pues verás, esa persona... esa persona a la que amo, es un chico.
- Yo también amo a un chico –le dije.
- Pues quería decirte esto. Desde siempre, te he amado.

Me lancé a él y le abracé con las lágrimas en los ojos y le dije que yo también le amaba. Me apretó en sus brazos muy fuerte y sentí toda la fuerza de su cuerpo. Sentía el calor de su ragazo y sus brazos musculosos a mi alrededor. Era una sensación tan divina. Cerré los ojos y apoyé mi cabeza en su pecho. Levanté la cabeza y le ví la carita de cerca. Nunca le había mirado a los ojos tan de cerca y eran muy hermosos. Vi la llama de la pasión en su interior y me abracé aún más fuerte a él. Después me separó un poquito de él y acercó poquito a poco sus labios a los míos. Al final sentí sus labios calentitos besándome. Con su mano izquierda me acarició el pelo y luego la cara. Sonreí. Yo también le acaricié la carita. 

Llegó la noche. Habíamos cenado ya, y era tarde. Nos fuimos a dormir y como mis padres no estaban, Jordi y yo nos metimos en mi cama. Las sábanas estaban frías pero al poco rato se calentaron con el calor de nuestros cuerpos desnudos completamente. Jordi me abrazó y yo a él. Luego me besó de nuevo en los labios y descendió poco a poco por mi cuello, llegó a mi pecho y continuó besándome. Después de los besos nos perdimos bajo las sábanas saboreando el gusto a miel de nuestro amor.


Continuará...



Esta historia no me ha ocurrido, pero a mí ya me gustaría que de verdad mi niño me pudiese decir esto y besarme así. Él no lo sabe pero aquí tiene a un chico muy enamorado de él. Ya lo sabes Jordi G.V. Te quiero mucho. David.









 

 

 

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