Ana Istarú es una destacada poetisa costarricense. Ahora
que en Costa Rica se discute la posibilidad de permitir la unión entre parejas
del mismo sexo, escribió este hermoso texto.
Carta a los ex-suegros
"La sangre en el caucho de la llanta también es
mía"
Ana Istarú
Ustedes nunca
me quisieron a mí porque ustedes nunca lo quisieron a él. Aunque él haya sido
su hijo y yo, lo juro por el vientre de mi madre, quien más lo quiso. Por él
aposté mi vida y todos lo saben. Por él y por este amor que, sangre quien
sangre, todavía me hierve entre el pecho. Por él miré hacia la pared con el
rostro marcado por el sablazo del desprecio, clavándome en la lengua los
incisivos. Por él y por nosotros tragué fuerte la saliva de la humillación.
Nuestra unión no cabía en los moldes de hierro de las convenciones y es temible
el precio que por ello se paga. Pero el amor no comprende esas razones. Hoy
está muerto. Para mí, por primera vez. Ustedes en cambio por segunda vez lo
entierran, en ese funeral al que no se me invitó. Porque ahora, ya muerto, es
de nuevo respetable. Lo atropelló borracho un decente padre de familia, este sí
casado como Dios y la
Santa Iglesia mandan. Yo sé que la sangre en el caucho de la
llanta también es mía, aunque pretendan borrarme de su vida como una mala
palabra del cuaderno de un niño. Porque fui yo quien construyó con él esta casa
de la que ahora me expulsan. Porque fui yo quien ofrendó su patrimonio en el
altar de la pareja, quien combatió a su lado en todas las contiendas. Me
arrancaron su cuerpo desde que entró en el hospital. Yo, que no tengo una
alianza dorada en la mano, no puedo convencer a una enfermera. No soy nadie, no soy nada, salvo quien más lo
quiso. Ustedes, junto a la camilla que no pude seguir, en el cuarto al que no
pude acceder, junto a esos ojos que mi mano no cerró, se acordaron por fin de
sus genes y apellido, de ese hijo del que un día abjuraron. A mí, que soy su
familia elegida, me arrancaron mi muerto, mi casa, mi patrimonio, mi herencia.
Solo porque no pudimos casarnos como se casa la gente,
de blanco, de traje, de fiesta. Con niños que cargan flores, con ese anillo de
boda que habría de marcar sobre su piel mis iniciales. Ustedes me despojaron;
yo lo quise. Ustedes lo rechazaron: yo lo quise. Ustedes, y buena parte del
mundo, en pleno siglo XXI, nos impidieron alcanzar la dignidad de ser esa
familia que de todas formas fuimos, le duela a quien le duela, por obra y
gracia de nuestro amor. Ustedes, que creen que se puede doblegar el curso de la
historia, negar lo inevitable, tapar con un dedo el sol de la verdad, aplastar
con los pies la hoguera del amor que se enciende entre dos seres. Sólo porque
el hombre que amé y yo somos del mismo sexo.