The one
Aún recuerdo
cómo me
quedaba, bajo el frío de la noche. Mirando su figura varonil perderse de mi
vista. Mi cuerpo, o mejor dicho, todo mi ser, se estremecía con cada gesto
suyo. Le encantaba rozar su rostro con el mío. Para notar nuestra piel cuando
no estábamos afeitados, y eso, me llenaba de ilusión. Ilusión en sus ojos, en
mis labios al tocar su piel. La escarcha mojaba la carretera y la humedad se
calaba hasta los huesos. Tiritaba un poco, pero no me importaba. Su contorno ya
se había perdido, pero continuaba recordando su cuerpo. Su cuerpo, de complexión
delgada pero fuerte. Que al tocarlo, tocaba el de un dios griego. Mi dios.
Toda la situación me hacía
suspirar. Mover la lengua en mi boca, buscando su sabor en cada milímetro.
Los dos reíamos juntos por
cada conversación que manteníamos. Pero al recordar el pasado, el peso
inconsciente de los celos hacía su aparición. O bien por mi parte, o también
por la suya.
El muñecote del semáforo
se bajó a verde. Pero hasta que no noté el ruido de un coche al frenar no
reaccioné. Ya en la otra cera volví a quedarme quieto. Quizás esperaba su
inesperada llegada. Me autoengañaba.
Necesitaba, como ahora, el
eco de su voz en mis oídos. Un te quiero, rotundo y sin rodeos.
Mi cuerpo ardía en ganas de
volver a notar un susurro suyo sobre mi oído, dejando caer las mil gotas de
felicidad de su lengua. Dejando
caer sobre mí su cuerpo, recordando con él para siempre; la primera vez.
La primera risa del año, la
primera mirada del sol; el primer sueño de gloria. Mi lamento, si podía
llamarlo de algún modo, me llenaba de una tremenda tristeza. Su rostro tan
peculiar, cuando nos adoramos en nuestro lecho. Rasgando los pasados y creando
cicatrices. Fundando maravillas con nuestros cuerpos. Recorriendo por mis
mejillas las lágrimas de ilusión, o escalofríos, por su cuerpo. Todo al hacer
el amor.
La segunda carretera que debía
de cruzar, estaba tan solitaria, como mi alma en ese mismo instante. Lo notaba,
él se aproximaba a mí, pero era un pensamiento etéreo. Levanté la cabeza, miré
al frente y comencé a cruzar con el aire divino de un antiguo emperador.
El amor, me
preguntaba. ¿Era amor eso que estaba notando?.
Al llegar
justamente al otro extremo pude oír un silbido. Me volví, aunque no
acostumbraba el hacerlo, y justamente detrás de mí; sus ojos.
Bueno, ¿y por
qué no?. ¿Qué me impedía sentir amor?. Si el mundo, por cruel que fuese
rodaba con cariño. Disfrutaba con los cantos de los niños, y lloraba por los
corazones rotos. Las palomas arrugaban las plumas de estremecimiento incluso. Si
hasta un animal podía notar en el ambiente esas cosas. Pasaba la esperanza
sobre mis miradas, y los besos de nuestras almas recordaban los de un antiguo
ritual.
Debía de
continuar andando hasta mi casa. Era tarde y las cosas se complicaban en cada
minuto. Pero debía de esperar hasta que su figura varonil desapareciese. Toda
mi creación temblaba de felicidad. Bajo el frío de la noche y la escarcha. Aún
lo recuerdo todo, y ahora mismo. Cuando escribo todo esto y lo veo tumbado a mi
lado. Al verlo sonreír, o al hacerme el amor. Aún sigo llorando por todo. Aún
sigo dando gracias a Dios.
Sí.
Es amor lo que
he sentido. Es amor lo que siento.
Gracias por
alimentarlo todos los días. Por hacerme feliz. Gracias.
El primero, y me
llena de orgullo.
Gracias, amor.