Unsent (III)

Recordando viejos tiempos me acordé de algo (I):
 


Fue contigo con quien decidí jugar este juego, y tú decidiste también jugarlo conmigo, fue contigo que decidí danzar en el tiempo, fue contigo con quien encontré un refugio curioso a mis miradas, una respuesta curiosa a mis dudas.


Recuerdo que los días solían ser aburridos, que odiaba a los salseritos y chicheritos, que me sentía vacío y sin esperanza, y ni siquiera me sentía feliz con la música que me gustaba, yo sólo fui casual y empecé a abrir en mi corazón la opción del perdón.


Y curiosamente, allí apareciste, me incitaste con tus ojos, y yo huí cual prófugo cobarde, a refugiarme en la inercia, a regocijarme en lo tranquilo, pero tú no cesaste, me observaste pasivamente y sin quererlo una coincidencia me volvió a poner frente a tus ojos.


Te arriesgaste, o tal vez sólo hiciste una inteligente jugada, la necesaria para que yo me percatara de que había estado en tu juego sin saberlo por un buen tiempo, sin percatarme, intacto, inmóvil, tranquilo, pasivo, y no reconocido.

Aprendimos los pasos del desprecio al aburrimiento, encontramos en nuestras almas un divino secreto preso por los barrotes de nuestros cuerpos y nos dispusimos a liberarlos, quisimos aniquilar nuestros miedos y derrochar placeres pecaminosos por el tiempo, librar de sus condenas a nuestros demonios secretos, que exigían saciar su sed de pasiones paganas.

 

 

 

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