Era la primera vez que me iba de chaperos. Pero no era un chapero cualquiera. Había «contratado» a un chico de compañía «de alto standig» para que viniese a mi ciudad, a mi casa, a pasar la noche conmigo, en mi cama. Puede parecer una locura, pero a veces la única forma de conseguir lo que quieres, de vivir, es cometiendo locuras. ¿Por qué recurro al sexo por dinero? Porque no encuentro otra forma lo suficientemente fácil de hacerlo. Considero el sexo como algo sin lo que no se puede vivir, de una forma u otra, como una necesidad fisiológica, vital. Los habrá más o menos viciosos, pero creo que en mi caso, llegar a estar un año sin tener un sólo contacto sexual de ningún tipo, no se puede llamar vicio. Ya paso completamente de entrar a chats, poner contactos… en su día dieron resultado, pero no me quedan ya ganas de estar horas y horas cada día perdiendo el tiempo con chicos a los que, tras enviarle la foto de rigor, no les gustas, o viceversa, de toparte con gente que no te da conversación, que está muy lejos, o demasiado cerca (tengo pánico a los de mi pueblo) y tener que pasar por el mal trago de decir que no es tu tipo, de cortar, o peor aún, de dar la callada por respuesta, de que se haga el silencio. La carne es débil. El sexo en parte es como una droga. Cuando lo has probado, necesitas más. En cuanto al amor… no es de eso de lo que hablo en este relato, pero creo que es algo tan importante como el sexo o más. No me siento sucio por hacer lo que hice, no me siento un bicho raro, y tampoco un viejo verde. Simplemente he pagado por algo, por un trabajo. He comprado un servicio que necesitaba. Si alguien lo ve mal, que sea él quien se pregunte por qué lo ve mal.
El oficio de chapero, la prostitución, suele ir siempre asociado a malos ambientes, drogas, abusos, SIDA… pero creo que cada caso es un mundo. Oscar no va más allá de unos porrillos… 😉 Me demostró ser ante todo una bellísima persona, por dentro y por fuera, ¿un profesional?. 18 años recién cumplidos. Es alguien que se cuida. Es cariñoso… No nos engañemos, yo fui sólo un cliente, pero, dejando a un lado el dinero, quiero quedarme con los hechos, con lo ocurrido, con lo vivido, con lo que sentí, y que escribo por una razón muy simple: no quiero olvidarlo. Quiero que los detalles permanezcan frescos en mi mente, porque las escasas 20 horas que estuve a su lado, puedo calificarlas como las mejores y más intensas de toda mi vida hasta el momento.
Tuve que hacer uso de toda mi capacidad organizativa, porque ese mismo día que Oscar venía, mis padres se iban de viaje, dejándome solo y a mis anchas en casa. Creo que fueron 8 o 10 pastillas de Valeriana las que me tomé ese día, intentando mitigar mi brutal estado de nervios, de tal intensidad que no recordaba nada igual. El chico llegaba a la estación de tren esa noche. Fui a recogerle. Estando en el andén, el tren llegaba y, con las puertas abiertas, aún en movimiento, pude distinguir fugazmente su rostro y le reconocí inmediatamente porque había visto fotos suyas previamente. En esos momentos actué más por automatismo que por decisiones propias. No hubo un saludo efusivo, no nos besamos ni abrazamos ni nos dimos la mano, sólo nos saludamos y empezamos a caminar en dirección a mi coche. Una vez dentro, ya por fin podía dar crédito a lo que estaba pasando: el chico estaba conmigo. Nos quedaban unos 20 minutos para llegar a casa. El camino no se hizo largo, aparte de porque hubo temas de conversación, se hizo corto porque enseguida puso su mano sobre mi muslo derecho. Yo puse mi mano derecha encima de su mano, y dije:
– Uf… por fin acaricio una piel que no es la mía.
Hacía mucho que no tocaba la piel de alguien, no en forma de caricia y deseo. Seguimos hablando. Yo también puse mi mano sobre su muslo, le acariciaba por donde podía. Pasé mi mano y brazo por encima de sus hombros con intención solamente de acariciarle en esa zona, pero él entendió que quería atraerlo hacia mí para besarle, y eso hizo, se acercó y pudimos darnos un primer y fugaz beso. Perdí la vista de la carretera y le dije que mejor no nos distrayésemos mucho…
Ya los nervios habían desaparecido como por arte de magia. Es lo que siempre me suele pasar: muchos nervios en los momentos previos, y a la hora de la verdad, muy relajado. Llegamos a casa, entramos. No podía creérmelo, por fin parecía que algo bueno, intenso de verdad, bonito y placentero iba a ocurrir en mi vida. Ya nada podía torcerlo. Por una vez, por primera vez en mi vida, iba a poder estar con un chico toda una noche, dormir junto a él, despertar sabiendo y sintiendo que está en la cama, conmigo. Yo ya había cenado, pero Oscar no, así que comió algo de lo que yo había preparado para cuando llegásemos.
En el DVD había lista para reproducir una película porno. No hizo falta, no dio ni tiempo. Él llevo la voz cantante en todo momento, al menos en esos primeros momentos. No recuerdo muy bien cómo surgió, pero estábamos frente a frente el uno del otro, y … nos abrazamos, nos besamos. Pude olerlo, sentirlo, acariciarlo. Dios… por fin, por fin… no podía ser verdad, estaba pasando y estábamos en casa, no teníamos prisa, teníamos toda la noche por delante para simplemente gozar. Nadie que nos molestara, nadie que pudiera pillarnos infraganti. La sensación de tranquilidad que eso daba, unido a lo que sabía que vendría, me hizo sentir muy bien, muy feliz… y apenas estábamos empezando!
– Oscar, podría pegarme horas así, abrazado a ti. No sabes cuánto necesitaba esto… -le dije.
Momentos después, yo estaba sentado en el sofá, y él, de pié, frente a mí. Le besaba, le sobaba por encima de la ropa. Arrimaba mi cara y la apoyaba sobre él. Le levanté la ropa y quedé asombrado ante lo que ya sabía y era conocedor por haberlo visto antes en fotos: su pecho, su torso divino y escultural. Ni plano ni muy musculoso, definido. Enseguida estábamos los dos sin camiseta, empezando a rozar nuestra piel. Debieron saltar chispas… Se desabrochó el pantalón y pude notar el olor a miembro, el tesoro estaba cerca, justo detrás de la tela del boxer. Lo lamí por encima del mismo, pero enseguida lo bajé para poder ver por fin el centro del universo: su polla, erecta y dispuesta a dar guerra. De un tamaño mediano, y muy bonita, con toda su piel. Sobra decir que me la metí en la boca, mientras le terminaba de bajar el boxer y comencé a sobarle el culo, lampiño y muy suave. Me puse de pie y él hizo lo mismo conmigo. No recordaba ya lo que se sentía, hacía tanto tiempo que no tenía sexo con nadie que estaba viviendo todo aquello con tanta intensidad e ilusión que casi sentía como si fuese mi primera vez.
Dijo que tenía frío, así que puse una colchoneta de un sofá-cama junto al fuego de la chimenea y continuamos con lo nuestro. Apagué las luces de la casa y la TV, y todo se desarrolló junto a la tenue y parpadeante luz del fuego, con todo lo relajante, sensual y romántico que conlleva.
Los detalles «escabrosos» son como los de cualquier otro relato pornográfico. No entraré en ellos (aunque a algunos les moleste) porque no es eso lo principal de este relato. Hicimos de todo, en casi todas las posturas imaginables. Estuvimos un par de horas disfrutando tanto como pudimos. La estampa era digna de contemplar: Oscar, el chico más guapo, bello y hermoso que había visto en mucho mucho tiempo, estaba conmigo. Esa noche era mío, y yo era suyo. Podía tocar, besar, lamer, mordisquear, sobar todo aquello que se me antojara. Y así lo hice/hizo. Sin darnos cuenta, como si de una progresión natural se tratara, estábamos follando. Las embestidas y el plas-plas sonaban en la estancia. En un momento le dije:
– Pellízcame, porque esto no puede estar pasando, es un sueño…
Nos corrimos casi a la vez. Yo sobre su pecho y hombros. Él a mi entrada trasera. Nada más terminar nos fuimos a duchar, lo cual era otra nueva experiencia para mí el hecho de no ducharme solo como siempre, sino esta vez acompañado, muy bien acompañado. Me imaginaba que sentir una piel mojada y enjabonada deslizarse contra la tuya debía ser lo más, y así era. Su culo era más perfecto que todos los que haya visto antes en fotos o esculturas. Este chico vale lo que pide y mucho más. Su silueta es digna del más codiciado modelo.
Después volvimos al colchón, frente al fuego, y nos tumbamos abrazados, de lado, yo detrás de él, con las piernas entrecruzadas y mi brazo por delante de su pecho, nuestros cuerpos pegados. Estuvimos así buen rato, muy tranquilos y a gusto, oyendo el cripetar del fuego, el silencio de la noche, nuestras respiraciones… hasta que el fuego se fue apagando y le dije que nos fuésemos a mi cama.
Recuerdo que se quitó la ropa en apenas dos segundos y se metió en mi cama como un rayo. Yo le seguí y nos pusimos en una postura parecida a la de antes. Él se durmió enseguida. Yo no pude hacerlo hasta pasadas un par de horas, por mi estado de incredulidad de lo que estaba pasando, y quizá también para ser consciente por más tiempo de su compañía. Dormí poco esa noche, pero lo suficiente para descansar, y sobre todo, para lo más importante, para despertar con las primeras luces del día que entraban ya por la ventana, volverme y verle a él, desnudo, junto a mí. La manta estaba un poco bajada y podía ver su escultural pecho y hombros. Podía oír su respiración. Le besaba y acariciaba allá donde podía, cuando podía. Me abrazaba a él, me apoyaba en él… intentaba el máximo contacto físico con su piel.
Cuando despertó, mis tocamientos tuvieron su respuesta, y pasados unos minutos estábamos de nuevo en acción, repitiendo todo cuanto habíamos hecho justo antes de irnos a dormir. Era el segundo polvo, pero ahora a plena luz del día, la estampa resultaba todavía más increíble: el chico de mis sueños estaba siendo poseído por mí en mi propia cama, esa misma cama escenario de mis sueños, de mis llantos y mis depresiones, ahora era un lugar de placer. Un placer que se esfumaría ese mismo día, pero un placer que estaba disfrutando en ese momento, y eso nadie podría quitármelo, ni en ese momento ni en el futuro.
Gemíamos… respirábamos hondo… veía mi polla entrar y salir de ese culo y no… no me lo terminaba de creer. Yo pensaba que era más bien pasivo, pero está visto que es algo que depende de con quién, cómo y dónde.
Tras esa segunda follada en toda regla, nos duchamos de nuevo, nos vestimos y pasamos el resto del día por mi ciudad en plan turismo. Gocé de su compañía, no sólo de su cuerpo. Quedé encantado con lo ocurrido. Me sigue pareciendo un sueño, que quizá repita alguna vez. Apenas han pasado unos días de aquello y me siento como nostálgico de lo ocurrido. Fue tan intensamente bueno, fui tan feliz, que no estaba acostumbrado a ello, y me ha marcado. No esperaba algo tan bueno, me desbordó en todos los sentidos.
Para terminar, una curiosa sensación que tengo: antes, cuando veía en persona o por Internet a un chico que me gustara mucho, me ponía «malo» de pensar que un chico así jamás sería para mí, jamás podría estar con un chico así. Ahora, cuando los veo, pienso «bah… ya sé lo que es eso». … Y en mi casa, cada vez que paso por los lugares exactos donde todo ocurrió (junto a la chimenea, en el sofá, en mi cama, en la ducha…) me vienen recuerdos, y se me dibuja en la cara una pícara sonrisa 😉
Pero ahora, días después, siento como si le echara de menos, como si le necesitase otra vez. Pienso en él y en lo que estará haciendo en este momento. Imagino que viviendo su vida, haciendo lo que le gusta, y encima, ganando dinero. Me pregunto si es feliz. Espero y le deseo que sí.
Desde aquí, un abrazo a todos los que ejercen de chapero (de una forma libre y voluntaria) porque ni se imaginan lo felices que hacen a mucha gente que, como yo, no pueden encontrar otros medios de placer de una forma tan fácil y directa, por los motivos que sean. No me importa el dinero, sino el momento. Claro que me gustaría tener una pareja así y no tener que pagar por ello, pero es lo que hay, y no por ello me voy a privar de ciertos placeres.
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