Primer relato
Conocí el sexo, por primera vez, a los trece años cuando fui víctima del sadismo sexual de los alumnos de los años superiores de mi colegio. Sin embargo, ahora creo que todo comenzó mucho antes de esa fecha. La primera erección de la que me acuerdo fue un domingo, en la misa de la iglesia a la que concurría con mis padres. Allí oficiaban de monaguillos dos hermanos, rubios los dos. Uno de ellos de unos 17 años y el más chico, como de mi edad, de unos 8 o nueve años. Yo los miraba y me gustaba ir a esa misa porque me imaginaba que ocupaba el lugar del hermano menor y que era protegido, cuidado y acariciado por el mayor. Estaba con esos pensamientos cuando, de pronto, sentí que mi calzoncillo me molestaba y, mirando hacia abajo con disimulo, descubrí que tenía una carpa en el pantalón y que mi pito, aunque oculto, estaba haciendo una exhibición indecente. La sorpresa, la vergüenza, el temor a un castigo de mis estrictos padres, para los que todo lo que fuera sexo era sucio e indecente, hicieron que me olvidara del hermano mayor y que, afortunadamente, mi pito volviera a su recatada posición de descanso. En ese momento no lo supe, pero me había excitado pensando en las caricias del más grande. Debo aquí aclarar que no sabía nada de sexo, ya que en mi casa no se hablaba de este tema. En mi pueblo eran muy conservadores y este tipo de cosas no se comentaban ni en público ni en privado. Como mis padres me traían y llevaban de la escuela no tuve oportunidad de hacer amigos en la primaria y, por ello, entré en el mundo de la sexualidad muy tarde. Además, el temor a la “indecencia del pito” reprimió alguna posible intención de explorarlo manualmente y por ello, aunque mis erecciones eran cada vez más frecuentes y menos controladas, no tenían alivio. Por otra parte, ir a misa los domingos era una tortura y un placer al mismo tiempo. Me había dado cuenta de que mirar y fantasear con los hermanos monaguillos me proporcionaba una gran satisfacción pero, al mismo tiempo, me producía erecciones incontrolables. Así, debía preocuparme para que, en el trayecto a la iglesia, mi pito no se desacomodara dentro del calzoncillo ya que, si estaba caído, me producía una intensa molestia al entrar en erección y tenía prohibido “tocarme ahí”, aunque fuera para acomodar el bultito.
Ya en el colegio secundario me aficioné a mirar a los alumnos de los años superiores, imaginando que eran mis protectores. No comprendía que, para muchos, eso era una perversión y una degeneración. Por ello, no me di cuenta de que debía ocultarlo y así mis compañeros de curso lo advirtieron y comenzaron las bromas. Al principio eran suaves pero, gradualmente se fueron poniendo pesadas. Las agresiones se hicieron constantes y mi vida en el colegio se fue poniendo cada vez más difícil. Comencé a escuchar la palabra “puto” cada vez más seguido y, en defensa propia, comencé a alejarme de mis compañeros, buscando, con mayor frecuencia aún, a los de los años mayores. Había uno, de cuarto año, que me trataba con una mezcla de afecto y burla y que, en broma me decía: “venga… putito…” y me revolvía el pelo o me acariciaba la mejilla. Era pelirrojo y muy alto. Sus compañeros no me hacían caso y, cuando mucho, me despreciaban. Cuando pasaba al lado de ellos me tocaban el culo y me decían indecencias. Así siguió el tiempo hasta que un día, a instancias del que me acariciaba la mejilla (eso lo supe mucho después) los de cuarto decidieron enjuiciarme y castigarme porque yo era una vergüenza para ese colegio de varones. La cosa comenzó un día en el que, por una huelga de docentes, estaba previsto que tendríamos algunas horas libres. Uno flaco, de los de cuarto, me dijo en un recreo que, cuando entráramos al aula, pidiera permiso para ir al baño y que, en lugar de hacerlo, fuera para los fondos del colegio, que daban a un campo vecino. Allí había un claro entre los árboles y debía esperarlo. Lo miré interrogante y quise protestar pero me amenazó con castigarme a la salida del colegio si no cumplía sus órdenes. Cumplí entonces sus instrucciones y, a los diez minutos de comenzada la clase, ya estaba marchando hacia el campo. Tenía curiosidad y necesitaba desesperadamente que los mayores me trataran bien y quería agradarles. Esos escasos ciento cincuenta metros se fueron haciendo cada vez más difíciles de transitar a medida que dejaba la seguridad del edificio y de sus preceptores. Cuando me interné entre los matorrales buscando al alumno de cuarto comencé a sentir temor pero seguí avanzando hasta llegar al claro. Cuando llegué no había nadie y me quedé nervioso, esperando. Luego llegó el flaco. Le sonreí amistosamente pero no me contestó y luego comenzaron a llegar algunos compañeros de él. El pelirrojo que me demostraba afecto también venía. Sentí temor y vergüenza, pero no sabía qué hacer. Me rodearon y el flaco, que llevaba la voz cantante, me anunció que iban a juzgarme por puto y que me castigarían porque mi presencia en el colegio era un deshonor. Me puse a llorar, pero me dieron una cachetada para que me callara y comenzaron a enumerar mis actitudes reprobables. Todos decían cosas y me hacían preguntas y me acosaban. El único que permanecía callado era el pelirrojo y no participaba del acoso. De pronto uno, desde atrás, me dio un empujón y me tiró al suelo. Caí de rodillas, con las manos en el suelo y comenzaron a azotarme con ramas de los arbustos que había por allí. Sentía los golpes en mi espalda, en mis nalgas y lloraba. Cuando me castigaron la cara, la quise proteger con las manos y rodé hecho un ovillo. Entonces los golpes arreciaron. Me cerré para protegerme y, ante ello, el flaco dijo que debían atarme para que no pudiera evitar el castigo. Entonces suspendieron el castigo y entre varios me levantaron, me ataron las muñecas con una soga que habían traído y me colgaron de una rama de un árbol. Cuando estuve colgado descubrieron que tenía una tremenda erección y uno de ellos me abrió el cinturón y me bajó los pantalones y los calzoncillos. Eran brutales y toda esa maniobra me lastimó. Cuando comenzaron a caerme los azotes el pelirrojo los paró y les dijo que si me lastimaban el pito mis padres me mandarían al hospital y que la policía intervendría y que se sabría todo. Propuso entonces desnudarme por completo y azotarme todo el cuerpo pero sin lesionarme y sin marcarme la cara o los brazos, así mis padres no descubrirían el castigo. Su reflexión los calmó y él, personalmente, me desató y, poniéndose delante mío, me sacó la camisa y la camiseta y me terminó de sacar los pantalones y calzoncillos. Sus manos eran fuertes y sus gestos duros pero me desnudó con gentileza y no me hizo sufrir. Cuando estuve desnudo por completo volvieron a atarme pero, ahora, con las muñecas separadas. Además con otras sogas me ataron los tobillos bien separados a los troncos de unos arbustos. Así quedé todo expuesto y recomenzaron los azotes. El castigo duró bastante. Se ensañaron en mis nalgas, en mi espalda, en la cara interna de los muslos y quedé con el cuerpo lleno de verdugones.
Para mi terror, el castigo me excitaba y noté que volvía la erección. Tenía pánico de que alguno decidiera castigar mi pito, por la exhibición desvergonzada que estaba haciendo, pero el pelirrojo les dijo que no lo tocaran y nadie me castigó en esa parte tan sensible. Cuando se cansaron de castigarme y de insultarme el pelirrojo, que no había participado del castigo, les dijo que la leche que yo tenía no servía para nada y que no merecía guardarla. Les dijo que a gente como yo había que castrarla pero, ya que no podían hacerlo por temor a las consecuencias, les propuso pajearme. Estuvieron todos de acuerdo y él, entonces, se acercó y poniéndose detrás de mí comenzó a acariciarme. Él se burlaba y hacía comentarios hirientes pero sus manos eran dulces y acariciantes. Recorrían mi vientre y mi pecho, me pellizcaban las tetillas y aunque les decía a sus compañeros que me estaba haciendo sufrir era, en realidad, muy considerado. Pronto, mientras con la izquierda recorría mi cuerpo, con la derecha comenzó una paja lenta, muy lenta y deliciosa, la primera paja de mi vida ya que yo jamás me había animado a tocarme. Me retorcía de placer y los muy tontos creían que era de dolor. La paja siguió, interminable, hasta que acabé como un caballito. Todos se burlaron y se fueron yendo. Quedaron conmigo, únicamente, el pelirrojo y el flaco. Cuando todos se fueron, el flaco se acercó a mi cuerpo indefenso y agotado y, mientras me manoseaba el pito chorreante, le dijo el pelirrojo que no era boludo y que sabía que él estaba muy caliente conmigo. Le aclaró que no tenía problemas y que “este pendejito” estaba “muy bueno” y que, si eran discretos, podían compartirme hasta que se cansaran. El pelirrojo se rió entre dientes mientras me desataba y los dos se fueron dejándome en el suelo, buscando a gatas mis ropas, atemorizado, dolorido, pero, por sobre todo, con la inexplicable sensación de placer a raíz de la primer paja de mi vida.
Luego vinieron otras experiencias que, si quieres, te las contaré más adelante. El flaco y el pelirrojo hicieron de mí su esclavo pero, para guardar las apariencias con sus compañeros, cada tanto volvían a hacerme un juicio y un castigo público. En esos juicios fueron invitando a cada vez más alumnos hasta que las autoridades del colegio me descubrieron colgando desnudo, lleno de cardenales y con el culo roto. Mi padre, ¡¡¡¡para curarme!!!! me puso en un colegio militar donde mi masoquismo halló su más acabada expresión.
Segundo relato
Después de mi primer castigo por “puto”, los que estaban “en el ruido” dejaron de molestarme abiertamente, pero me hacían burlas en privado y se acostumbraron a manosearme. Me tocaban el culo o me acariciaban la bragueta en los recreos, todo ello con una mezcla de brutalidad y sexualidad adolescente. Ellos querían hacerme sufrir o, quizás, se sacaban la calentura normal de la edad de algún modo. Lo único sexual que tenían a mano era mi cuerpo ya que las chicas del pueblo estaban muy controladas por sus padres y, por otra parte, ir a un prostíbulo, era para muy pocos y más grandes. En cambio, me habían visto desnudo, me habían tocado y me habían visto cuando el pelirrojo me pajeaba. Mi cuerpo de chiquilín, por otra parte, no estaba bien formado y era asexuado. Digamos que, sin ser afeminado, tenía un cierto aspecto blando, casi femenino, propio de muchos cuerpos adolescentes en formación. Pero, de esta manera, logré que me consideraran como una cosa de su propiedad y que comenzaran a castigar a mis compañeros de curso cuando ellos se ensañaban conmigo. Se habían transformado en mis amos y mis protectores. Yo estaba contento con esa situación y la disfrutaba.
La segunda vez que tuve sexo fue con el pelirrojo. Creo que él ya había aceptado, para sí mismo, que estaba caliente conmigo. Así un día me dijo que podía ayudarme a hacer los deberes y me ofreció ir a su casa. Para mi, fue tocar el cielo con las manos. Quedamos en que el sábado, cuando sus padres se fueran al campo, iría a su casa y él me pondría al día con la tarea. Yo andaba bien y mis notas eran buenas, pero fingí necesitarlo. Los dos estábamos actuando ya que él sólo quería mi cuerpo y yo sólo quería su protección. La excusa para ambos era el estudio. Pasó la semana. Yo, cada vez que pensaba en el pelirrojo me ponía al palo. Fantaseaba con estar en su casa, sentados lado a lado, haciendo los deberes y que él me pusiera la mano en mi hombro y su mejilla al lado de la mía para leer juntos el texto. No me daba cuenta aún de que el interés de él era puramente sexual. Cuando llegó el sábado me desperté sólo muy temprano. El pelirrojo, sin saberlo, me había enseñado a pajearme y, ahora, lo hacía a cada rato, recordando sus manos fuertes pero gentiles, cuando recorrían mi vientre y acariciaban mi pito. Me había bañado con esmero y me había puesto una colonia para “oler bien”. Esperé con impaciencia la hora convenida y salí para su casa con los libros del colegio. Cuando llegué y toqué el timbre, el corazón me latía con fuerza y me dio un vuelco cuando él se asomó. Allí estaba mi protector. Estábamos formalizando una relación con la que había soñado desde chico cuando, en la misa, fantaseaba con el monaguillo mayor. Me hizo pasar y me llevó a su pieza. Fue muy vivo ya que, para no asustarme, se sentó frente al escritorio y me hizo sentarme a su lado para mostrarle la tarea. Lo hice, rogando a Dios para que no se diera cuenta de que no necesitaba ayuda . Su cercanía me tenía nervioso y cuando, como yo soñaba, me puso la mano en el hombro para acercarse, ahí, en ese momento mágico y romántico, mi pito se despertó y comenzó a pedir a gritos que lo dejara salir de su encierro. Primero quise no pensar en ello, pero cuanto más esfuerzo hacía para olvidar a mi pito, el pobre y sufrido “pitito” más bulla metía y más me dolía, apretado por el calzoncillo.
Al final no pude más y, disimuladamente, traté de acomodarme el bulto. El pelirrojo, que debería tener experiencia, en cuanto vio bajar mi mano a la bragueta me dijo: “….¿qué te pasa?…”. Me puse rojo de vergüenza. No sabía qué decir y él, paternal y tranquilizador, me preguntó: “….¿te molesta el pito? ¿ se ha parado?…. no te hagas problema, es común que eso suceda cuando dos muchachos se estiman. Párate y acomódalo…..” Se corrió y me ayudó a ponerme de pie. Cuando quise acomodarlo, entonces, el muy zorro dijo : “….¡ que bulto admirable tienes, déjame palparlo….”; y retirando mi mano puso la suya sobre mi bragueta y acarició suavemente. Me retorcí de placer y él me preguntó si me había hecho daño. No sabía cómo decirle que no era doloroso sino muy placentero, porque todo eso me daba mucha vergüenza. Además sentía que, si me seguía tocando, iba a acabar mojando el calzoncillo y el pantalón y no quería que eso ocurriera. El pelirrojo era muy maduro para su edad y no apuró las cosas. Cuando me acomodé, se sentó de nuevo y seguimos estudiando y él me explicaba como debía hacer mi tarea. Yo ni lo escuchaba. Sólo sentía su cuerpo protector junto al mío. Sus manos sobre mi hombro que, a veces, acariciaban distraídamente mi cuello. Cada vez que sus dedos recorrían mi cuello con lentitud y suavidad explorando mi nuca yo me estremecía y él, notándolo, no seguía. Así siguió durante un tiempo interminable hasta que me dijo que, por ese día, era bastante y me invitó a pasar a la cocina a tomar una Coca-Cola. Yo sentí decepción. Quería estar con él para siempre, protegido, querido, cuidado y considerado. Se había roto la magia y el notó mi pena. Fuimos caminando hasta al cocina. Su mano en el trayecto se mantuvo sobre mis hombros, acariciando mi cuello y cuando dejó de hacerlo para abrir al heladera sentí otra decepción. Él no apuraba el trámite. Él quería que yo lo necesitara y que yo lo buscara y así estuvimos bebiendo la gaseosa y charlando de mis estudios. De lo sucedido, días antes en el colegio, yo no decía nada hasta que, de pronto me preguntó. “……¿qué te pareció el juicio que te hicieron los de cuarto el otro día?….”. Me puse rojo de vergüenza. Estaba muy confundido y no sabía cómo decirle que me había dolido y que lo había disfrutado. Me quedé callado mirando al suelo y, de pronto, comencé a sollozar. Tenía una gran angustia por mi profunda soledad ya que no tenía amigos, por una necesidad de protección y de afecto y por un sexo que no podía expresarse. El esperó un rato largo y, luego, se levantó de la silla y, atrayéndome hacia él, me acarició la nuca. Esos dedos en mi cuello fueron mágicos. Yo me aflojé y entre los sollozos me pegué a su cuerpo buscando refugio, protección, afecto y, sin darme cuenta, sexo. Porque cuando él, disimuladamente, abrió mis piernas con la suya y presionó con su muslo mi pubis, descubrimos los dos que yo estaba, una vez más, al palo. Era evidente que mi pito era un indiscreto y quería mostrar lo que yo necesitaba aunque la educación me reprimiera. Nos quedamos un rato apretados el uno contra el otro. Él acariciando mi nuca y mis hombros. Yo, con mi cara llena de lágrimas, pegada a su pecho. Su muslo se balanceaba suavemente contra mi pubis y, ahora sí, yo también sentía como su erección empujaba mi vientre. Luego de un rato él me dijo, suavemente: “…..ven, sígueme…..” Él iba adelante. Yo detrás, sumiso, esperanzado, encariñado como un perrito con su amo. Hubiera hecho cualquier cosa por él. Llegamos al dormitorio. Él se sentó en la cama y me dijo: “….. ven, párate aquí….”; y señaló el espacio entre sus piernas abiertas. Yo lo hice. Él entonces me acarició la mejilla y comenzó a desabotonarme la camisa. Sus ojos estaban fijos en los míos. Fue lento, botón por botón y el mensaje era claramente sexual. Él me estaba desnudando y yo aceptaba libremente y gozosamente el hecho. Cuando la camisa estuvo abierta con una mano comenzó a acariciar la camiseta a la altura del pecho y a pellizcarme las tetillas suavemente mientras que con la otra me aflojaba el cinturón. Luego me abrió la bragueta del pantalón y metiendo la mano debajo de la tela del calzoncillo me acarició el vientre. Luego tiró la camisa hacia atrás y la dejó caer. Después abrió bien el pantalón y también lo dejó caer. A continuación, tomó mi calzoncillo y abriéndolo, para no forzar a mi pito erecto, lo fue bajando despacio hasta las rodillas y luego dejó que cayera solo. Mi pito estaba a la vista, durito. Él, en broma y para aliviar la tensión, le dio un besito en la punta del glande y me sonrió. Yo estaba expectante y le sonreí tímidamente. Ante esa sonrisa, él, sin moverse ni moverme, se agachó y me ayudó a sacarme las zapatillas que llevaba sin medias. Luego echó a un lado toda la ropa y volvió a abrazarme con fuerza. Mis rodillas entre sus piernas; mi pito contra su pecho; su cara contra mi pecho. Después de unos minutos, sus manos pasaron debajo de la camiseta y me acariciaron la espalda y luego, lentamente, fueron bajando hasta llegar a mis nalgas. Allí cada mano tomó una nalga y las abrió con fuerza y un poco de violencia. Me asustó, no sabía qué quería hacer. Cuando un dedo me buscó el agujerito, me cerré con susto (todavía no sabía qué hacían los putos, ni por dónde) Cuando él notó mi cerrazón, retiró el dedo y me soltó de pronto. Temí que dejara de quererme y me abandonara. Temí que se rompiera la magia delicada de ese momento y me pegué a él. Sus brazos estaban caídos a los costados de su cuerpo. Comprendí su mensaje silencioso y tomando sus manos las llevé a mis nalgas y las apoyé con fuerza. Él entonces volvió a acariciarme la espalda dándome placer y luego volvió a bajar hasta mis nalgas. Cuando me buscó con el dedo me pegué con fuerza a su pecho echando la cola para atrás y abrí ligeramente las piernas para indicarle que estaba dispuesto a todo. Su dedo entonces me recorrió el aro del culo y lo masajeó. Supongo que no quería penetrarme en seco, sin ningún lubricante en el dedo, para no lastimarme. Así estuvimos un rato largo. Mi pene duro contra su pecho, sus manos en mi culo, yo relajado, gozando de esa caricia localizada. Luego se levantó, me sacó la camiseta, me acostó en su cama y tomando unas sogas que tenía debajo de una cómoda me dijo: “….te voy a atar, no te voy a hacer daño…”. Sentí un poco de miedo, recordando el “juicio” pero le sonreí. Me pidió que estirara los pies bien abiertos. Estaba dispuesto a todo por complacerlo y lo hice. Entonces me ató los pies por los tobillos a los travesaños altos de la cama. Luego me pidió que pusiera las manos hacia la cabecera de la cama. Era evidente que no quería forzarme sino que buscaba mi complicidad. Aún no sé cómo hacía para controlar su calentura y llevarme, voluntariamente, a hacer todo lo que él quisiera. Decidí mostrarle confianza y, sonriéndole, tiré las manos hacia atrás resueltamente. Él entonces las ató con firmeza y luego las estiró. Luego, comenzó a sacarse la camisa y la camiseta. Lo hizo sin desabotonar la camisa, por la cabeza. Todo era lento y era evidente que estaba calentándome. No lo sabía aún, pero si hubiera tenido música eso hubiera sido un “strep-tease”. Cuando su torso estuvo desnudo tiró la ropa y se acercó a mí. Me besó dulcemente en las mejillas mientras sus manos recorrían mi pecho. Se lamentó de los verdugones que mostraba mi piel y los acarició suavemente. Luego se levantó y buscó algo en el cajón de una cómoda. Volvió con una pluma y comenzó a hacerme cosquillas. Al principio fueron agradables. Nos reíamos los dos. Luego, cuando siguieron, comencé a inquietarme y a retorcerme. Él seguía implacable. No me animaba a pedirle que parara, pero ya era insoportable. Me retorcía, me estremecía. Luego se fue a los pies de la cama y me hizo cosquillas en la planta de los pies y yo me volví loco. Entonces mientras lo hacía, un dedo con alguna crema me fue masajeando el aro del ano y, lentamente, el dedo fue penetrando. Me quería cerrar, pero las cosquillas me hacían dirigir la energía a los pies que, por las cosquillas estaban retorcidos, cerrando los dedos como garras. Su ojos me miraban sufrir impasibles. El dedo comenzó a entrar y salir, cada vez, con más energía y comencé a retorcerme de placer y de cosquillas. Luego fueron dos dedos que, al principio, dolieron un poco. Esos dedos entraban con fuerza, un poco a lo bruto. Cuando creyó tenerme preparado, se trepó a la cama entre mis piernas, y abriendo la bragueta sacó el pene erecto y apoyándolo en mi culito empezó a buscar la penetración. Me cerré asustado pero él volvió a las cosquillas y se relajó el agujero del culo. Entonces me entró despacito. Era muy doloroso y comencé a llorar. Él me hablaba. Me decía que ya me acostumbraría. Por suerte su pene, aunque largo (eso lo sabría después) no era muy gordo y, al ratito, yo ya estaba relajado, con todo adentro. Entonces comenzó a hamacarse dentro mío mientras me masturbaba. Lo hacía de una manera curiosa. Tomaba con una mano mi pito, con fuerza, y con la palma de la otra, llena de crema, frotaba el agujero por donde sale el pis. Comencé a retorcerme de placer. Sentía que acababa pero, al tenerme apretado el conducto por donde sale la leche lo demoraba. Yo ya estaba loco. Quería acabar pero él no me dejaba y seguía serruchando dentro mío. Cuando notó que estaba por enlecharme, entonces, aflojó el puño en el tronco de mi pene y, apurando la masturbación, mi leche saltó hacia arriba y la suya me llenó el culo. Cuando me tranquilicé se estiró sobre mí, me dio un beso en la boca, me abrió los dientes con su lengua y buscó la mía. Yo se la ofrecí y él la succionó goloso con los labios. Parecía que quería arrancármela. Luego se salió de adentro mío. Buscó una toalla y sin desatarme me fue limpiando. Con una toalla con agua fría me apretó el culo que sangraba un poco y me puso una pomada que, me explicó, era cicatrizante y anestésica. Luego me desató los pies y, buscando mi ropa, comenzó a vestirme. El estar atado por las muñecas, mientras él me ponía los calzoncillos, pantalones y zapatillas fue tan erotizante como el desnudamiento anterior. Me volví a poner al palo. Al advertirlo, me bajó nuevamente el pantalón y el calzoncillo, me hizo una mamada rápida y volví a acabar. Me chupó toda la leche que tragó. Era increíble. La sensación de estar siendo vestido, como cuando mi mamá me vestía de chiquito, era placentera, erotizante. Luego me desató las manos, me ayudó a levantarme y terminó de vestirme. Después me llevó al baño y me peinó y acompañándome a la puerta de calle me hizo salir. Todo esto lo hizo sin decir palabra alguna. Yo quise decirle algo, no sé… agradecerle, explicarle, quizás pedirle disculpas por si lo había hecho enojar. Me dijo “…SHHHHH, vete….”. Me fui y volví a mi casa donde me pajeé otra vez recordando todo lo sucedido. Al día siguiente, en el colegio, me trató como si no hubiera pasado nada. Así pasaron los días hasta que el flaco que me consideraba “pendejito fuerte” me ordenó seguirlo hasta el fondo del colegio. Pero eso te lo contaré otra vez.
Un abrazo.
Tercer relato
Cuando “el flaco” me ordenó seguirlo hasta el fondo del colegio, aunque me faltaba la malicia que tengo ahora, ya suponía que lo que quería era sexo. Sobre todo, porque en ningún momento había disfrazado de afecto su actitud. Él iba derecho al grano. Tomaba lo que quería y punto. Fuimos los dos, yo adelante y el atrás. Los pocos alumnos que nos vieron no se dieron cuenta o se hicieron los tontos. Yo, esta vez, tenía más aprensión, porque el flaco tenía un “no sé qué” de violencia que me asustaba. Yo sentía su mirada en la espalda, o más exactamente en mi culo. Las piernas me temblaban un poco y me costaba caminar. Cuando los árboles nos taparon la vista del colegio, el flaco tomó, al pasar, una rama caída y me dio un par de azotes en las piernas para que me apurara. Corrí, tropecé y caí. Él, detrás de mí, se acercó y me dio azotes para que levantara. Lo hice con torpeza y seguí trotando. Escuchaba sus risas y sus indecencias y la cabeza me latía. Pese a todo, sentía curiosidad y sobre todo, excitación. Al llegar al claro me detuve y el me miró. Yo bajé la cabeza y él me dijo: “……¿qué esperas?, sácate la ropa!!!….” Era demasiado directo. Me ofendía con su rudeza y quise protestar pero de un golpe en el estómago me tiró al suelo y me dijo “…..en bolas, pendejo, rápido, rápido!!!…” En el suelo, sentado, como pude me saqué zapatos y medias. ero, ya en ese momento y sin darme cuenta, busqué seducir. En vez de sacarme la camisa y la camiseta primero y luego los pantalones, como hacía en casa para bañarme, me puse de pie, me abrí el cinturón, la bragueta, dejé caer los pantalones y los calzoncillos y luego, despacio me saqué la camisa, sin desabotonarla, como había hecho el pelirrojo. Cuando lo hice, miré al flaco con disimulo y noté que el espectáculo le gustaba. Luego me saqué la camiseta también lentamente. Había aprendido rápidamente la lección del “strep-tease”, aunque lo hacía inconscientemente. Cuando quedé desnudo, el flaco me dio algunos sopapos. Supongo que le molestaba darse cuenta de que yo le gustaba demasiado. Supongo, también, que no quería enredarse en una dependencia de mí y me quería demostrar quién era el amo. Pero los sopapos eran flojos, sin convencimiento. Yo, en esa época, era un pendejito lindo ( o fuerte, como decía el flaco); no era gordo pero tampoco se me veían las costillas. Tenía una cola linda sin llegar a tener un culo de nena. Cuando el flaco terminó de demostrar quien mandaba, peló la pija y , sin miramientos, me dijo: “….chúpala!!!…..”. Ahí se me vino el alma a los pies. Me había encantado la mamada del pelirrojo, pero me daba asco meter esa cosa en mi boca. Sobre todo porque el flaco tenía fama de sucio. Mudo de sorpresa, de asco y sorprendido por la violencia que se me hacía, me negué con la cabeza sin decir palabra. Ahí el flaco soltó toda la violencia que siempre tenía a flor de piel y comenzó a darme golpes con mucha bronca. Cuidaba de lastimarme la cara pero me daba trompadas en el pecho y en el estómago, me pateaba las canillas. Estaba loco de ira. Yo me cubrí como pude y traté de escapar pero me alcanzó fácilmente, ya que estaba descalzo y las ramas y piedras del suelo me impedían correr bien. Me tomó del pelo, me tiró al suelo y allí siguió golpeándome. Luego tomó una rama y con ella comenzó a azotarme con violencia. Yo estaba asustado. Lloraba, me quejaba en voz baja por miedo a llamar la atención y escuchaba su jadeo de perro enfurecido. Me cubría como podía y él me seguía azotando hasta que de pronto se calmó. De pronto sentí que volvía a levantarme por los cabellos. Con mucha violencia me arrastró hasta un árbol caído y me echó sobre el árbol, boca abajo, las piernas colgando. Yo estaba aterrado ante tanta violencia y casi no me movía y, sentí que me abrían las nalgas y que algo trataba de entrar en mi culo. Todavía me dolía de mi primera penetración y me cerré instintivamente pero la violencia del pene del flaco era imparable y…. oh, sorpresa…. Me penetró limpiamente y empezó a serrucharme sin darme tiempo a acomodarme. La corteza del árbol me lastimaba la piel y mi pito se había puesto duro otra vez (ese pito tenía vida propia). Su pubis embestía con furia contra mis nalgas y me decía “¿te duele, puto de mierda? dime que te duele!!!” A mí me dolía mi pito que, por sus empujones, se forzaba contra el tronco. El culo casi no me molestaba y a veces al flaco se le escapaba la pija y tenía que volver a ensartarme, pero, para tranquilizarlo, le decía que sí, que me dolía y me quejaba. Después, mucho después, comprendí que el flaco tenía un tremendo complejo con su pene chiquito, casi un maní…. ja…ja… ja…
La verdad es que ese polvo casi lo disfruté porque no me dolía nada y los azotes ya habían pasado. Después, con el tiempo, los maníes ya no me gustaron y fui buscando pijas más grandes. Aunque debo reconocer que, más que el tamaño, importa la habilidad. Hay algunos, con una pija enorme, que no saben usarla mientras otros, con una pija discreta o casi chica, hacen una obra de arte dentro de mi culo. Cuando el flaco acabó dentro mío, se salió rápidamente y se cerró la bragueta. Me miró con bronca y me dijo unas cuantas amenazas. Yo ya no sentía miedo. Sabía que su pene no me iba a destrozar. Pero tenía que evitar que me hiciera chupar su pija, porque me daba, en esa época, mucho asco. El flaco se fue, yo me hice una paja rápida, me vestí y me fui para el lado del colegio. Cuando estaba llegando, el pelirrojo apareció detrás de un árbol y me detuvo. Lo miré, me miró. Se sonrió y me preguntó: “¿Ya probaste el fierrito del flaco?” Sonreí, asentí con la cabeza. Él lanzó una carcajada y tomándome del cuello, de esa manera que me ponía la carne de gallina, me hizo avanzar. Sus dedos acariciaban mi nuca y el pito se me paró nuevamente. Entonces, cuando pasamos por un pasillo desierto y nadie nos podía ver, como al descuido, con mi mano izquierda le acaricié la bragueta, suavemente pero con firmeza. Él se rió y me dijo: “sos rápido… pendejito” y empujo su pubis adelante como diciendo: “me gusta”. Entonces hice algo que no esperaba hacer. Que jamás me hubiera imaginado, porque pensaba que eso era definitivamente asqueroso. Lo empujé hacia un cuarto que tenía elementos de limpieza y cerré la puerta, trabándola con un escobillón de esos super-anchos que se usaban para el patio interior. Luego me di vuelta. El pelirrojo me miraba curioso y divertido y yo, febril, caliente, agradecido por su afecto y su protección, ansioso de que no me dejara, le abrí la bragueta con torpeza, busqué su pene que estaba medio fláccido, me arrodillé y me lo puse rápidamente en la boca. No sabía chupar y con los dientes lo molesté un poco. El me dijo. “despacio, nene, me vas a capar”. Entonces con la lengua lo lamí, lo puse al palo y seguí lamiendo. Cuando largó la leche no la quise tragar como había hecho él. Todavía me daba asco y separé la cara y su leche me mojó el pelo y las mejillas. Él acabó, se rió, me limpió con su pañuelo y me empujo afuera con una palmada en las nalgas. Yo salí feliz. Había hecho feliz a mi protector. Había chupado mi primera pija aunque todavía no me tragaba el semen. Ese día, las miradas burlonas de mis compañeros de aula no me llegaron. Además estaba descubriendo que tenía un poder sobre los demás. Algunos estaban calientes conmigo y eso me daba una superioridad. La usaría con todos menos con el pelirrojo. A él, lo quería con todo mi corazón. A los pocos días, el pelirrojo me paró en un recreo y me dijo: “te van a hacer otro juicio pronto. Yo no los puedo parar…. Voy a tratar de que no te lastimen…. pero, por nada del mundo digas lo que haces conmigo y con el flaco” Yo me asusté y se me aflojaron las piernas. Él se dio cuenta y me tomó de un brazo con firmeza para que no me cayera. Me dijo: “tranquilo, yo te voy a proteger…. pero no puedo evitar que te den otra zurra….” Y para tranquilizarme me acarició la nuca. Él ya sabía que eso era lo que más me gustaba porque era puro afecto, sin sexo, sin usar al otro. Era lo que haría un padre afectuoso con un hijo. Y a los pocos días vino el flaco y me dijo: “mañana, en la hora de educación física no va a haber clases y hemos pedido permiso para irnos al campo del fondo. Vos te vas a venir con nosotros. Los de cuarto sabemos que te hace falta otra clase de buena educación”. Esa tarde anduve medio descompuesto por la aprensión. A la noche casi no dormí y cuando fui al colegio las ojeras me delataban. Cuando llegó la hora fatídica pedí permiso para ir al baño y me fui caminando para el fondo, pero eso será tema de otro relato.
Cuarto relato
Cuando llegué al claro en el bosque estaban el flaco, el pelirrojo y otros alumnos de cuarto. Hablaban en voz baja y cuando me vieron llegar se callaron. Yo llegué, mansito como un cordero. Tenía temor, pero ya me estaba acostumbrando y la situación me excitaba. Me quise acercar, pero el flaco me dijo que no me podía juntar con hombres. Que mi lugar era con las hembras. Los otros se rieron. Me quedé callado y me senté en el árbol caído, donde el flaco me había “pasado por el fierrito”. Siguieron llegando más alumnos hasta completar el curso. Cuando estuvieron todos, entonces, el flaco, que era el líder, les dijo hacia donde iban a ir y les contó el plan en voz baja. Yo no alcanzaba a escuchar y sólo sentía las risas de los otros que, cada tanto, me miraban. Luego el flaco se dio vuelta y me dijo “en bolas!!! Pendejo!!!”. Todos se rieron y yo lo miré al pelirrojo, pidiendo ayuda, pero él, supongo que para no perder imagen y, quizás, para evitarme una paliza, me gritó “dale boludo, no tenemos todo el día…” Entonces comencé a sacarme la ropa una vez más, y sin ser totalmente consciente de ello, repetí el “strip-tease”. Me saqué los zapatos y medias, luego me abrí el cinturón y la bragueta y deje caer los pantalones y los pateé con los pies. Me bajé los calzoncillos y los dejé caer y luego, me saqué la corbata y la camisa. Al final, me saqué la camiseta. Mientras lo hacía, notaba como todos ellos miraban mi cuerpito de preadolescente con algo muy parecido al hambre. (hambre de sexo se entiende), a medida que iba subiendo, lentamente, la camiseta sobre mi torso, hacia la cabeza. Cuando la tuve en la cabeza me demoré, como si se hubiera enredado y, espiando por el agujero del cuello, vi que todos estaban muy excitados. Eso, me dio una perversa satisfacción. Cuando estuve desnudo, entonces bajé la cabeza y esperé, sin saber qué habían planeado. El silencio del grupo duró un tiempo que, para mí, fue eterno. De pronto el flaco dijo “vamos”. Lo miré….. Él pretendía que los siguiera. Entonces me agaché a recoger la ropa pero él la alejó a patadas y me dio un azote con una rama. “nada de ropa…. los esclavos van desnudos” y me empujó. Caminamos hasta el cerco que separaba el fondo del colegio del campo vecino y allí todos saltaron. Yo los imité y luego seguimos caminando. Me dolían los pies por las piedras y por las ramas ( por suerte no había árboles con espinas) pero no me dejaban detenerme. Estaba rodeado de todos los alumnos y el flaco y el pelirrojo iban detrás de mí. A lo lejos, vimos una choza de jornaleros y noté que nos dirigíamos hacia ella lo que me preocupó. Cuando ya estábamos cerca, escuché ladridos y, al llegar, vi que había unos perros atados. El flaco se adelantó y se puso a conversar con un muchacho con el que, evidentemente, tenía alguna familiaridad y luego nos hizo señas de que nos acercáramos. Cuando el campesino me vio, desnudo entre todos, se rió. Los perros ladraban enfurecidos y el flaco, que era muy retorcido, le dijo algo al muchacho. Este lo miró, se rió y asintió vigorosamente con la cabeza. Entonces trajeron unas sogas y el muchacho ató a un perro con una soga larga y la fijó a un poste. Luego me ataron las muñecas con una soga a una rama de un árbol frente al perro. Cuando estuve colgado, el flaco fue soltando, de a poco, la soga que tenía atado al perro. El perro, que me estaba ladrando, se me abalanzó pero la soga era, aún, corta. Entonces, fueron soltando la soga y el perro, enfurecido me mostraba los dientes y me ladraba. Cuando los dientes del perro se me acercaron yo me tiré para atrás todo lo que pude y allí, en esa posición, con los dientes del perro a unos centímetros de mis genitales, ataron la soga del perro. Ya estaba preparado el suplicio y comenzaron a azotarme, con ramas y con sogas, la espalda, las piernas. Debía permanecer inmóvil y no retorcerme. Con el bullicio y por algunos latigazos que había recibido en el hocico, el perro estaba enloquecido y quería devorarme. Y, por desgracia, lo que tenía más a mano para morder
era mi pobre pito y mis inocentes bolitas de 13 años. Y, esta vez, el pito también tenía vida propia y debería estar tan asustado como yo, porque no se levantó ni un milímetro. Al contrario, estaba chiquito y arrugado buscando esconderse. El castigo duró un largo rato. Los gritos y ladridos me agotaron y pronto se hizo evidente que me estaban fallando las fuerzas y que, en cualquier momento mi pubis iría a parar ante las fauces del perro. Allí intervino el pelirrojo que estaba atento y pidió que pararan de castigarme y volvió a advertir por las consecuencias de una lesión grave. El flaco dijo entonces que ya que los había calentado, ahora debía darles placer y debía chuparles la pija a todos. Sus compañeros asintieron calurosamente y, alejando al perro, me desataron. Luego me ataron las manos a la espalda y me hicieron arrodillar y, por turno, fueron pelando la pija y me la pusieron frente a la boca. Estaba dolorido, muy dolorido y agotado por la tensión de esquivar los dientes del perro. Fue un alivio y, aunque no me gustaba la idea, me costó menos de lo que pensé cuando empezaba. Supongo que se debía a que ya se lo había hecho, por cariño, al pelirrojo. Chupé pijas de piel oscura y pijas casi lechosas, algunas rodeadas de abundante vello y otras lampiñas. A alguna me costó meterla en la boca pero la mayoría eran de tamaño normal. A la primera, traté de lamerla con la lengua pero la calentura de esos bestias era demasiada y, una vez en la boca, me agarraban de los cabellos con ambas manos y me “cogían la boca” si vale la expresión, con un entusiasmo verdaderamente juvenil. No me dejaron apartar la cara cuando terminaban y me llenaron de leche. Al principio hice arcadas intentando vomitar pero cuando comprendí que, si me resistía, iba a terminar asfixiándome, comencé a tragar el semen voluntariamente. La única pija que me dio verdadero asco, por lo mal oliente y llena de un “queso” blancuzco, fue la del campesino pero, como era un inferior lo habían dejado para el final. También descubrí que el semen no es asqueroso ni tiene el mismo gusto. En algunos es más dulce, en otros más salado, pero tiene poco sabor. En realidad, ahora no me muero por tragar semen, pero si me lo piden lo hago sin problema ya que el “asco” es, más que todo, algo psicológico. También noté que el olor de cada pubis era diferente, aún en los más limpios. Fue un alivio que ni el pelirrojo ni el flaco me hicieran chupar su pija. El pelirrojo por cariño, para no alargar mi sufrimiento y el flaco, supongo, para no avergonzarse de su “manicito”. Todos comentaban lo que pasaba y hacían apuestas para ver quién acababa más rápido (esta idea les sirvió para inventar otra tortura en otro “juicio”). Yo solo quería terminar y al final se alejaron y me dejaron arrodillado, agotado. El campesino quedó conmigo y tuve suerte porque no quiso violarme. Supongo que pensaba que yo, pese a la situación, era socialmente superior a él y, sin la ayuda de los de cuarto, no se animaba. Pero hizo algo que me asustó ya que me ató los pies y me empujó dejándome acostado. Luego soltó al perro que, cuando se vio libre y sin los gritos de los demás, perdió su agresividad y se acercó a husmearme. Cuando me holisqueó el pene, el pito, perra suerte, decidió cobrar vida y comenzó una erección tímida al principio pero luego decidida. El perro entonces le dio unas lengueteadas y el decidido pito se puso belicoso. Yo estaba asustado y quería que me bajara la erección pero el pito, siempre independiente, estaba en guerra. El perro entonces me lengüeteó con energía y yo comencé a retorcerme de placer y de temor. Entonces el perro me puso una pata encima, me gruñó y siguió pasándome la lengua. Eso ya era una paja hecha y derecha y así acabé, mamado por un perro feroz. El campesino me miraba, se reía y se meneaba su pija y cuando el perro terminó miró para todos lados, se bajó los pantalones y el perro, evidentemente acostumbrado, se lo montó. Con su mano entre las piernas, el muchacho guió la pija del perro y se hizo penetrar y cuando el perro empezó a serrucharlo el muchacho lanzaba quejidos de placer. Después de un tiempo, cuando me hice amigo de este campesino, descubrí que muchos campesinos, cuando no tienen mujer a mano, se cogen a las ovejas (dicen que la concha de oveja se parece mucho a la de una mujer) y que, los que son homosexuales pasivos, se hacen coger por perros para no descubrir su condición ya que, para ellos, es mucho mas deshonroso que para nosotros el ser “puto”. Cuando el perro terminó de cogerlo tuve otra sorpresa y aprendí lo que ellos llaman “estar abotonados”. El pene del perro, cuando coge, se infla en la cabeza y tarda en desinflarse y no puede retirarse de adentro de la perra. Con los humanos ocurre algo parecido, salvo que tengan el culo muy agrandado. El perro se quería retirar del muchacho pero “estaba abotonado” y los esfuerzos le hacían daño en el culo por lo que el muchacho lo tenía agarrado con las manos hacia la espalda para que no dejara de montarlo. Cuando al final se separaron el muchacho vino a mi lado, me desató y dándome una camisa suya me llevó a su choza y me hizo sentar en su cama, bastante sucia, para esperar la vuelta de los de cuarto. Pasó casi toda la tarde, yo tenía hambre y frío y el campesino, apiadándose de mí, me dio de comer un poco de pan y una especie de salame medio rancio. Al caer la tarde escuché voces. Venían todos y me hicieron salir afuera y así caminamos de vuelta, yo entre todos ellos que me hacían bromas y que, cada tanto, más por deporte que por maldad, me daban algún latigazo con una rama. Cuando llegamos al claro allí estaba mi ropa. Yo temía que la hubieran robado. Ellos siguieron y yo quedé para vestirme. Cuando llegue al colegio no había nadie. Hasta el portero se había retirado y me fui a mi casa. Tuve una desilusión porque tenía la secreta esperanza de que me estuviera esperando el pelirrojo para consolarme. Pero esa desilusión pronto se transformó en agradable sorpresa y te lo contaré en la próxima.
Quinto relato
Ya te conté, en el anterior relato, que después del segundo juicio en el que me habían obligado a mamar a cuarto año completo y en el que un perro feroz me había mamado hasta deslecharme tuve que volver caminando desnudo, rodeado de todos los alumnos que me decían insultos y me azotaban en forma “deportiva”. Creo que ya no me tenían tanta bronca porque, aunque mi actitud les rompía los esquemas, les servía también para obtener un gran placer. Es decir, me despreciaban por puto pero me apreciaban como objeto de placer y una cosa compensaba la otra. Había vuelto al colegio y me había desilusionado. Creía que el pelirrojo iba estar esperándome para consolarme, pero no fue así y me tuve ir para mi casa, solo y apenado. En el camino a casa debía pasar por la calle principal del pueblo y allí había un bar al que, a veces, iba con mi padre. Tenía mesas en la vereda porque era verano y, cuando me acerqué, mi corazón dio un salto de alegría. En una mesa, contra la pared, estaba sentado el pelirrojo que me venía observando desde hacía rato en mi caminata. Yo me acerqué, tímidamente, porque no sabía si me iba a aceptar pero, cuando estuve cerca, me hizo señas con una mano para que me sentara. El cielo se abrió, todo era maravilloso. Mi protector no se avergonzaba de mí y me invitaba a compartir su mesa. Me dijo que suponía que tendría hambre, lo que era cierto, y me invitó con una Coca-Cola y un sandwich. Acepté y llamó al mozo. Mientras esperábamos el pedido no hablamos casi nada. Yo estaba feliz. Quería que ese momento se prolongara. El pelirrojo entretanto fumaba en silencio y me miraba de reojo, con un brillo en los ojos y una sonrisa muy tenue, cómplice. Cuando llegó el sandwich lo comí lentamente, pese a que tenía mucha hambre. Quería demorar el momento de la despedida. El pelirrojo cuando se dio cuenta de mi lentitud me dijo: “apúrate, termina pronto”. Otra vez me apené pero cumplí su orden. Quería agradarlo y en tres bocados terminé de comer. El pagó, se levantó de la silla y me dijo “vamos…”. Lo miré, interrogador pero comenzó a caminar y yo, de un trotecito, lo alcancé. Él, entonces, me puso la mano en la nuca y comenzó a acariciarme. Otra vez salió el sol para mí ( aunque ya era tarde) y la piel se me puso de gallina. Al llegar a la esquina donde debía doblar para mi casa quise hacerlo, pero él me tomó del cuello como se toma a un conejillo y me obligó a seguir derecho. Yo obedecí, sumiso e intrigado. Pronto descubrí que íbamos hacia su casa. Lo miré y le pregunté por sus padres y me dijo: “esta noche vendrán tarde, tienen una cena en la cámara de comercio…”. Me alegré sin saber qué esperar. Sólo sabía que se prolongaba mi permanencia con mi protector y ello sólo bastaba para darme alegría. Él abrió la puerta y entramos. Luego me hizo esperar en el recibidor diciéndome : “voy a controlar que estemos solos” y revisó la casa. Cuando volvió, puso la llave trabada en la puerta para impedir que los padres entraran y con una amplia sonrisa me dijo “ven …”. Lo seguí escaleras arriba y me llevó al gran baño de sus padres. Allí había una bañera extraña que – él me explicó- era un hidromasaje. Él abrió los grifos y comenzó a llenarla con agua tibia. Entonces se sentó en un taburete y me dijo “desnúdate… para mí…”. Comprendí el mensaje y entonces me saqué primero zapatos y medias, luego dejé caer el pantalón y me demoré de espaldas a él. Agachándome para que me viera la cola, bajé mis calzoncillos hasta los pies. Allí me los saqué despacio mientras maniobraba de espaldas y, al estar agachado, lo miré por entre mis piernas y le sonreí. Pese a que me era difícil, por la posición, interpretar su gesto era evidente que estaba muy interesado en el espectáculo. Después, me incorporé y, aún de espaldas, me saqué la camisa con lentitud dejándola caer y, finalmente, me di vuelta y con ambas manos, tomé la camiseta por los costados y me la fui sacando despacio por la cabeza. Mientras lo hacía, lo miraba a los ojos, entre provocador y sumiso. Cuando terminé de desnudarme, él se levantó y comenzó a sacarse la ropa. No hizo un strep-tease sino que lo hizo rápido y cuando quedó en bolas se acercó a mí, me acarició la nuca y me empujó hacia la bañera. Nos metimos casi al mismo tiempo y él, sentándose primero, me colocó entre sus piernas y me dijo: “te voy a lavar todo, como lo hacía tu mamá cuando eras chiquito…..” y comenzó por enjabonarme la cabeza. Una vez lavada la cabeza -él me lavó también las orejas y allí descubrí que son zonas erógenas- tomó jabón y comenzó a enjabonarme la espalda. Mientras lo hacía, cada tanto iba a mis axilas y me hacía cosquillas lo que me hacía dar un respingo. Me lavó a conciencia y su mano bajaba hasta la cola, en el agua. Luego me dijo, “acuéstate sobre mi pecho….” y, entonces, me enjabonó los brazos y las manos con esmero. Después, comenzó con el pecho y me fue acariciando con las manos enjabonadas, lentamente. Me pellizcó las tetillas y, acomodándose para llegar mejor, su mano derecha fue bajando lentamente hasta mi pubis. Me lavó los incipientes pelillos del pubis y, bajándome el prepucio me enjabonó el pene y lo acarició. El pito se puso al repalo en el acto y él, al darse cuenta, lo abandonó y comenzó a enjabonarme los muslos. Luego me pidió una pierna y yo, tirándome bien hacia un costado levanté la derecha y el la lavó concienzudamente y, tomándome el pie, me hizo cosquillas lo que me hizo retorcerme. Luego me lavó la otra pierna de modo parecido. Cuando estuve todo limpio, entonces, me acomodó un poco mejor y comenzó a acariciarme los muslos interiores y, luego, su mano fue hacia mi culito. Lo acarició y recorrió el aro suavemente, en forma circular, durante un rato largo, cada vez con más fuerza hasta que, de pronto, dejo de dar círculos y entró un poquito. Yo me cerré instintivamente, pero, inmediatamente, me aflojé e hice fuerza hacia afuera. El culito se abrió y el dedo enjabonado comenzó a entrar y salir. Allí descubrí que el jabón es irritante y que, por ello, excita el culo más que cualquier crema. Lo malo es que, después, es un poco molesto pero, en el momento de coger, lo hace más interesante. Imagíname… Yo estaba acostado boca arriba, sobre el cuerpo del pelirrojo quien, a esta hora, ya estaba con su pija al palo y la sentía latiendo en mi costado. El pelirrojo estaba agachado sobre mi cuerpo, su axila velluda tapando un poco mi cara. Sus dos manos abriendo mis nalgas y un dedo, irritantemente enjabonado, entrando y saliendo de mi culito. Comencé a retorcerme de placer cuando ese largo dedo llegaba a mi próstata y la excitaba y él, notándolo entonces, volvió a bajarme el prepucio con la otra mano y comenzó a pajearme lentamente. Yo estaba relajado, abandonado, excitado, feliz y, para colaborar en algo comencé a darle besitos en la axila y a lamer lo que podía. El acentuó la entrada y salida del dedo y su masturbación y yo acabé, entre su cuerpo, retorciéndome con tal violencia que casi me ahogo porque hundí la cabeza en el agua. La saqué afuera y terminé de deslecharme pero él siguió acariciando mi pene fláccido durante un rato y siguió masajeándome la próstata hasta que, al perder la excitación, me molestó el jabón y cerré el culito. Notándolo, sacó el dedo y durante un rato me acarició el cuerpo, ya sin intención sexual, solo para darme placer, para mimarme. Cuando hube descansado un rato y volví a la consciencia, llevé una mano a mi espalda y traté de acariciar su pedazo pero él retiró mi mano y me hizo levantar. Yo obedecí y me puse de pie con ambas piernas a sus costados. Él se sentó erguido en la bañera y tomando una crema cicatrizante me metió una mano entre las piernas. Yo entendí y ayudé flexionando las rodillas y él me encremó bien el ano y el recto y, tomándome de las manos me ayudo a sentarme. Descendí lentamente sobre su pija que estaba completamente al palo. Él, con una mano tomo las dos mías y con la otra orientó su pija a mi agujero y así me fue penetrando despacio. Aunque me irritaban los restos de jabón, la crema lo hacia tolerable y comenzó a hacerme subir y bajar sobre su pedazo. Yo quise ayudar flexionando mis rodillas pero él me dijo : “espera, sigue mi ritmo, si no acabaré muy pronto y tu quieres darme placer por un rato, ¿ verdad?” En realidad ya estaba cansado y deslechado; tenía ganas de terminar pero comprendí que debía darle gusto y así, él me tuvo un rato largo subiendo y bajando sobre su pija. El culo ya me ardía pero lo dejé hacer hasta que él comenzó a acelerar y, allí, yo ayudé con mis piernas y así acabó con grandes espasmos. Me quise salir pero él me tomó de los hombros y me enterró su pija hasta el fondo. Cuando hubo acabado, sin dejarme levantar, me acostó sobre su pecho y me acarició durante un tiempo largo. Yo estaba incómodo, por la posición de mis piernas, pero me abandoné y lo dejé hacer y él me premió acariciando mi nuca lo que me llenó de felicidad. Cuando todo pasó, me ayudó a levantarme. Me hizo vestir y me llevó a la puerta porque ya era muy tarde y me ligaría una bronca de mis viejos. Ya afuera, me dijo que hiciéramos planes para las próximas vacaciones. Esa sola idea me llenó de esperanza y me fui.
