Sexto relato
Te conté que me había separado del pelirrojo con la esperanza de tener vacaciones juntos. No sabía como, pero a esa edad todo es posible y uno no lo piensa. Pero cuando llegué a mi casa, bastante tarde, tuve que aguantarme una bronca de mi padre de la puta madre. La cosa pasó y durante las dos siguientes semanas no hubo novedades ya que nadie me molestaba y el pelirrojo, salvo alguna mirada cómplice y cariñosa, no daba señales de conocerme demasiado en el colegio. Pero todo lo bueno dura poco y el lunes mi protector me avisó que se avecinaba otro juicio. Yo me preocupé un poco pero también me excitó la cosa. No sabía qué estarían planeando para mí y podía ser desagradable o agradable, según como viniera. Pasaron los días sin que supiera nada y mi aprensión fue creciendo. Lo malo es temer algo y que no se concrete porque uno siempre tiende a pensar lo peor, a magnificar las cosas. Hasta que, al otro lunes, el flaco se me acercó para decirme que me harían otro juicio durante unas horas libres que tendríamos por unos cursos docentes. Bueno, ahora ya sabía el cuando, pero no sabía el donde ni el cómo, de modo que mi aprensión seguía subiendo. Cuando el lunes señalado llegaron las horas libres, quedamos todos los alumnos solos con los preceptores y mi aprensión subió más aún ya que el flaco no me había dado ninguna instrucción. Pasaron los minutos, no sabía qué hacer y temía desobedecerlo y, de repente, se me iluminó la mente. Quizás quería que yo pidiera permiso para ir al baño como la vez anterior. Lo hice y el preceptor me dejó marchar y yo tomé rumbo para los fondos de colegio. Al llegar al claro escuché voces y entonces me entró un ataque de timidez. No sabía si presentarme o retirarme. Me quedé escuchando para tratar de decidir pero las voces eran muy confusas. Tuve miedo y entonces decidí volver. Cuando me estaba acercando al edificio salió a mi encuentro el pelirrojo y me dijo “si no te presentas va a ser peor” Le pregunté “¿qué van a hacerme?” y me contestó: “no se…. depende de si el flaco está más o menos torcido…. pero es mejor que vayas, si no vas …. se van a poner jodidos”. Le pregunté: “¿no vas a estar?” con la esperanza secreta de que estuviera para protegerme y, aún, de que compartiera mi sufrimiento pero él me contestó que se había peleado con el flaco y que no lo habían invitado. Mirando para todos lados me acarició la nuca como sólo él sabía hacerlo y me dijo: “anda… se valiente…”.
Caminé, entonces, de vuelta para el claro del bosque y llegué haciendo ruido para que me escucharan. Cuando estuve en el claro vi que estaban, no sólo los habituales alumnos de cuarto, sino que también había algunos de los más grandes de tercero. A estos “juicios” sólo faltaba que los pasaran por televisión. Cuando llegué y me quedé en el medio del claro el flaco me dijo “¿que esperas?….”. Supuse que quería que me desnudara y comencé el “strip- tease” que tanto les gustaba. Los nuevos se miraron y se rieron con algo de nerviosismo. Una vez desnudo me ataron con el pecho contra el árbol pero lo hicieron con maldad ya que cuando notaron que estaba con una semierección se preocuparon de que mi pene quedara hacia abajo. Cuando notaron que estaba retirando la cola para acomodar el pene otra vez, entonces me ataron una soga a la cintura. La intención era obvia. Que yo mismo me hiciera sufrir ya que mi erección daría contra la corteza y me lastimaría. No se equivocaron ya que el pito, casi siempre independiente, estaba obstinado en pararse y hacía fuerza (inútilmente) para perforar la corteza. Luego llegaron los azotes con sogas que fueron dados con saña. Me castigaron por turnos. Cuidaban únicamente de no dejarme marcas visibles pero dejaron mi cuerpo lleno de verdugones y, en algunos lugares donde se repitieron los azotes, llegué a sangrar. Esta vez la cosa no tenía ninguna connotación sexual. El pene me dolía y comencé a llorar primero y luego a sollozar. Cuando fue muy doloroso se me escapó un grito y entonces me amordazaron. Se burlaban de la nenita que lloraba y el pobre pito fue perdiendo toda belicosidad y no dio más trabajo. Cuando el flaco consideró que ya estaba “ablandado” entonces ordenó suspender el castigo y comenzar la segunda etapa. Entonces me desataron y me dieron vuelta. Estaba lastimado y debilitado. La cara surcada de lágrimas. Me arrodillaron y me colocaron de espaldas contra el árbol y allí me ataron las muñecas rodeando el tronco del árbol y las estiraron bien. Me dolía por la tensión pero, sobre todo, por los verdugones en la espalda que, apoyados contra la áspera corteza me hacían sufrir. Luego me ataron los tobillos también hacia atrás y me abrieron las rodillas y quedé en una posición incómoda. Cuando estuve listo entonces todos fueron pelando la pija y comenzaron a cogerme por la boca. Pero ahora el objetivo de esto era ganar la apuesta de “¿quien acaba más rápido en la boca del pendejo?.” Entonces, un alumno, cronómetro en la mano fue controlando el tiempo. Y cada uno me fue tomando por el cabello o por las orejas y me fueron enterrando la pija hasta el fondo de la garganta en una carrera para deslecharse cuanto antes. Fue doloroso. No fue nada placentero ya que la espalda y las nalgas me dolían, las muñecas atadas y estiradas con violencia también y las rodillas abiertas en una posición forzada completaban el martirio. Estaba entregado, relajado por agotamiento, los golpes de la pija contra la garganta me empujaban la cabeza hacia atrás y me la sacudían contra el árbol. Para no ahogarme comencé a tragar la leche rápidamente, antes de que entrara en mi boca la siguiente pija. Algunos de los que ya habían acabado y que habían tardado demasiado consideraron que era mi culpa y comenzaron a pellizcarme las tetillas y los costados. También alguno me apretó los huevos con la obvia intención de que por el dolor mordiera la pija que tenía en la boca. Lo consiguieron y entonces recibí bofetadas del que me estaba cogiendo en la boca. Al final, ya estaba al borde del desmayo. No era consciente de cuando comenzaban ni cuando terminaban. Solo sé que, después de un tiempo largo, cuando recobré la conciencia comprendí que estaba solo, que se habían ido todos y que estaba desnudo, atado a un árbol y con mis partes expuestas a que cualquier perro suelto viniera a hacerse una fiesta con ellas. Lloraba de angustia y no me animaba a gritar pidiendo auxilio aunque no sabía si alguien me escucharía.
El agotamiento pudo más y, pese a la incómoda posición, me fui adormeciendo. Me desperté al sentir una erección y al abrir los ojos vi la cara del pelirrojo que, arrodillando frente a mi, me estaba masturbando. El pito volvió a tener carácter y se puso al palo enseguida. La mano suave del pelirrojo me acariciaba despacio y subía y bajaba lentamente hasta que toda la violencia sufrida y la excitación contenida me salieron en una incontrolable explosión de leche. Cuando terminé el pelirrojo fue por atrás, me desató las manos y caí de bruces. Luego desató los pies y me ayudó a ponerme de pie y me fue vistiendo. Lo hizo con cierta brusquedad mientras renegaba, en voz baja, contra la brutalidad de sus compañeros de cuarto año. Cuando estuve vestido me tomó del brazo y me fue llevando hacia un costado. No quería sacarme por la puerta del colegio estando yo en tan lamentables condiciones. Cuando salimos a la calle tomó un taxi y me llevó a su casa. Era ya la media tarde y sólo estaba la mucama en la casa. Haciéndome pasar, me llevó a su cuarto. Allí me acostó en la cama y me dejó descansar (no se qué explicación le habrá dado a la señora por este comportamiento inusitado). Yo me desplomé en un sueño profundo del que me despertó a las dos horas y llevándome a la cocina me hizo servir por la mucama un chocolate con leche y unas rebanadas de pan con manteca. Él, mientras yo comía, iba y venía como si no le importara demasiado y cuando terminé me dijo que ya era hora de irme. El sueño y la comida, además de mi vitalidad de chiquilín habían obrado milagros y estaba como nuevo. En el recibidor, cuando él me despedía, le acaricié la bragueta con cariño y noté que se le ponía al palo rápidamente. Entonces lo empujé hacia un salón lateral que resultó ser una biblioteca y allí me arrodille y comencé otra mamada rápida mientras él me acariciaba la nuca. Cuando comenzó a acabar me tragué hasta la última gota de leche y levantándome le sonreí. Él me dio un beso afectuoso en la mejilla, la acarició y llevándome a la puerta me dejó ir. Pero le recordé que me había salvado de los animales salvajes y de la vergüenza y que la próxima vez yo le iba a dar placer a Él. Me sonrió y nos separamos con la promesa mía de darle una satisfacción inolvidable.
Séptimo relato
Te conté en mi anterior relato que le había prometido al pelirrojo (ahora que lo pienso, aún después de tantos años lo sigo llamando “el pelirrojo” aunque tenía nombre – Eduardo- y yo lo usaba con él) que le daría placer. No sabía cómo hacerlo ni organizarlo. Recuerda que era muy chico y que estaba acostumbrado a que mi vida estuviera organizada por mis padres por lo que casi carecía de iniciativa. Pero la solución vino de un feriado largo que mis padres pasarían en una playa de la costa atlántica. Cuando lo supe se lo comenté a mi protector y él me dijo que tenía unos amigos con una gran casa de verano en esa playa y que trataría de pedirla prestada. Yo estaba deseoso de que así fuera y cuando me confirmó que iba a poder concurrir a esa casa, mi corazón se llenó de alegría. Él me dio la dirección y el teléfono de la casa y convinimos en llamarnos. Mis padres me llevaron, como estaba previsto, y, en ese lugar de veraneo, me aflojaron los controles pensando que allí no había peligro de inmoralidad para mi almita. Nada más llegar, llamé por teléfono y escuché el sonido del discado durante un largo rato sin que tuviera respuesta. Así pasé toda la tarde llamando en forma intermitente y con mis padres sorprendidos de que no quisiera salir. De pronto se me ocurrió que podían estar rotas las líneas y le avisé a mis padres que saldría. De una carrera ansiosa llegué hasta las verjas de una imponente pero desierta mansión y, aunque toqué el timbre, nadie salió. Desalentado, volví a mi casa y esa noche seguí intentado llamar. Ante la extrañeza de mis padres les expliqué que estaba llamando a la capital para ubicar a un compañero para que me informara de unas tareas escolares pendientes. Pasé una muy mala noche y, al día siguiente bien temprano, me levanté. Antes de desayunar ya estaba en el teléfono y, al quinto timbrazo, escuché la voz somnolienta de Eduardo quien, reconociéndome, me saludó cariñosamente. Le pregunté si podía ir y él me dijo que sí, pero que acababa de llegar y quería dormir. Que dejaría la verja del jardín sin llave y la puerta de la casa bajo una maceta y que, cuando llegara, lo despertara. Mi corazón rebosaba de alegría y de expectativa y quise salir de inmediato pero mi madre, que se había levantado, me ordenó desayunar primero. Obedecí y tomé rápidamente un vaso de leche y unas medialunas y salí a escape luego de haber pasado por mi dormitorio y de haberme puesto un poco de colonia en el cabello, para oler bien. Cuando llegué a la verja la puerta estaba sin llave y pude entrar. Luego busqué la maceta y la llave debajo de ella y, cuando la encontré, abrí la puerta silenciosamente. Eduardo no me había dicho en cuál dormitorio de esa mansión se encontraría y fui recorriendo las silenciosas habitaciones con excitación. Al final, llegué a una espaciosa estancia con una gran cama matrimonial y allí, acostado y apenas tapado con la sábana estaba el cuerpo desnudo de Eduardo. Dormía profundamente, relajado, y no soñaba conmigo ya que su pija estaba completamente relajada. Mirándolo con cariño decidí sorprenderlo y me fui sacando la ropa en silencio. Una vez desnudo, con infinito cuidado, me acosté a su lado en la cama y corriendo la sábana me cubrí con ella (es curioso pero me daba algo de vergüenza que despertara y me viera desnudo sin que él me lo hubiera pedido). Una vez acostado, me corrí lentamente y apoyé mi cabeza con mucha suavidad en su pecho y me quedé quieto durante un rato. Sentía su corazón latir lentamente y su respirar acompasado. Entonces, lentamente, mi mano fue acercándose a su verga que estaba “dormida” y la acaricié con especial suavidad. Repetí la caricia por segunda vez y comenzó una leve erección y Eduardo se removió un poquito inquieto. Cuando él se movió levanté la cabeza para que no pesara y cuando se calmó volví a apoyarla. Cuando volvió a la absoluta inmovilidad, entonces, tomé su pija y lentamente le fui retirando el prepucio. Cuando tuve la cabeza descubierta, ensalivé el dedo y se lo pasé por el
frenillo ya que sabía, por experiencia propia, que ésa era la zona más sensible. Su erección subió de nivel y yo lo llevaba muy despacio para no despertarlo. Pero fue inútil. Pronto sentí que se movía y que una mano de Eduardo me tomaba de la nuca y me empujaba despacio la cabeza hacia su pubis. Me dejé llevar y cuando mi boca llegó a la verga, la abrí y comencé a chuparla. Mientras lo hacía sentía que sus manos acariciaban y exploraban mi cola y mis huevitos. Un dedo travieso comenzó a explorar mi anito. Ante esta rapidez le dije: “”espera…” y levantándome me arrodillé entre sus piernas y, luego, me agaché hasta que mi boca entró en contacto con su pija. Entonces con la lengua, suavemente, comencé a lamerle el frenillo y la parte exterior del glande. No lo chupaba como un caramelo sino que le daba largas lengüeteadas. Comenzó a retorcerse y yo me detuve. Quería hacerlo durar y para ello me levanté y me acosté sobre su pecho con mi pito, ya duro, contra su vientre. Comencé a besarlo en la boca, en las mejillas, luego fui bajando y le chupé las tetillas, después siguió mi lengua recorriendo su pecho, su vientre y, al llegar al pubis, me hice a un lado y abriéndole las piernas comencé a acariciarle los muslos. El los abrió más para que me pudiera colocar cómodo entre sus rodillas y yo entonces le acaricié la raya del ano. Él se removió y le pregunté si le disgustaba. Me dijo que no y mis dedos, con más confianza, le acariciaron el aro del culo. Él abrió bien las piernas y entonces decidí arriesgar una travesura y comencé a intentar una penetración del culo de mi protector. No sabía por qué lo hacía. Eduardo se cerró y yo ante la evidencia del rechazo no insistí. Entonces seguí acariciando y luego volví a su verga. Me volví a colocar entre sus piernas y comencé a besar y dar pequeños mordiscos en sus muslos interiores, fui subiendo hasta llegar a los huevos a los que acaricié y luego chupé tratando de meterlos en mi boca sin lograrlo por su tamaño. Luego tomé los huevos y los estrangulé un poco en la base del pene. Sabía que, cuando lo hacía con mis huevitos, podía retardar la deslechada y, por ello, lo intenté con Eduardo. Una vez estrangulados comencé a chuparle el pene y pude hacerlo durante un largo rato ya que la eyaculación se retardaba efectivamente. Al final, comenzaron los espasmos y la leche me llegó a la boca en borbotones que yo tragué y, cuando ya no salió más, seguí lamiendo hasta que su verga se puso flácida.
Cuando levanté la cabeza Eduardo me estaba mirando y me dijo: “venga mi pollito, yo lo voy a aliviar…” pero negué con la cabeza. Quería que se durmiera y luego volver a darle placer. Es increíble pero, conociendo la realidad de las relaciones humanas, hoy me resulta difícil aceptar el grado de madurez que tenía pese mis escasos trece años. Contentarse con el placer del otro no es algo frecuente, ni siquiera entre adultos que se aman en serio. Cuando comprendió mi actitud sonrió y me hizo acostar a su lado. Se dio vuelta para mi lado y me colocó contra su cuerpo, en la “posición de la cucharita”. Nos cubrió con la sábana y poniendo su mano sobre mis caderas se durmió acariciando mi pijita que estaba un poco dura pero que, en un extraño acto de solidaridad conmigo, no quería entrar en guerra. Me costó dormirme ya que su manaza pesaba y el esfuerzo de quedarme inmóvil me mantenía en vela pero finalmente la mala noche pasada pudo más y me dormí en los brazos de mi protector. A media mañana desperté y, saliendo de su abrazo, me levanté en silencio, me vestí y salí corriendo para mi casa para que mis padres no me retaran. Comí con ellos sin novedad y al terminar les avisé que saldría a dar un largo paseo y que volvería cerca del anochecer. Me recomendaron prudencia y me fui a la casa de Eduardo. Cuando llegué abrí la puerta con cuidado para no despertarlo pero fue inútil porque el ya estaba levantado y había preparado un almuerzo para los dos por si yo volvía. No me animé a despreciarlo y volví a comer otra vez, ya sin ganas. Él se dio cuenta y me preguntó “¿ almorzaste en tu casa?”. Cuando le dije que sí y que no quería desairarlo se rió, me dijo que no se ofendía y que dejara de comer que me haría daño. Acepté y me puse a mirarlo mientras comía. Él terminó de comer y me dijo: “Vamos a ver televisión” y fuimos al living y pusimos un canal con una película de guerra. Nos acomodamos en un sofá y yo me acurruqué contra él y él comenzó a acariciarme la nuca y la piel se me puso “de gallina”. Me estremecí y él siguió acariciándome sin ninguna intención sexual. Simplemente me transmitía cariño y protección. Pasaron un par de horas en que solo éramos dos personas tranquilas y satisfechas hasta que la película terminó y él, entonces, me miró con ojos de pícaro. Le sonreí y le dije “¿te gusto más que la tele?” y comencé a desnudarme frente a él, haciendo el “strip-tease” que ya conocía. Él me alentó sonriendo y , de pronto me dijo “¿te molesta si te hago unas fotos?”. No pensé en nada malo (aunque después me arrepentiría de mi ingenuidad) y le dije que me gustaría. Él entonces fue a su habitación y trayendo una cámara complicada y un flash me fue sacando fotos mientras me desnudaba. Cuando estuve desnudo me sugirió posar desnudo para él y acepté. Entonces me llevó al fondo de la casa, a un jardín boscoso, y allí me hizo posar de diversas maneras. Me dijo que quería que se notara el contraste entre mi piel lisa y joven y la corteza de los árboles, vieja y llena de arrugas. Lo más lindo de todo es que cada vez que quería una pose, se acercaba y me la indicaba con detalle tocando mi vientre para que lo hundiera, palmeando la cola para que la sacara afuera. Tomando mis piernas con delicadeza para colocarlas en el ángulo que deseaba. Cada contacto de sus manos con mi piel me estremecía. Yo quería seguir así por horas pero, de pronto, sentí frío y me estremecí. Él se dio cuenta y me llevó adentro de la casa. Una vez adentro comimos algo liviano y me recomendó que me fuera con mis padres y que volviera a la mañana siguiente.
Octavo relato
Al día siguiente me levanté temprano para volver con Eduardo y, para disimular, le pedí a mi madre que me preparara un sandwich ya que no volvería al mediodía. Mamá lo hizo sin pensar nada malo y cuando me lo entregó lo guardé en una mochila y salí a la calle. La puerta de la verja de la casa de Eduardo estaba sin llave y la de la casa escondida bajo la maceta. Entré y, conociendo bien la casa, me dirigí a la habitación donde dormía mi protector. Quise sorprenderlo y darle placer pero estaba despierto y me sonrió cuando entré. Me quedé frustrado pero él me dijo “Ven aquí, métete en la cama.” Entonces volví a desnudarme para él, con el strip-tease que iba perfeccionando poco a poco. Cuando estuve desnudo me metí en la cama y me acurruqué contra su cuerpo. Él me fue acariciando lentamente y su mano recorría mi piel en forma muy suave. Así estuvo durante mucho tiempo. Cuando yo quise tomar su verga para chuparla me preguntó: “¿quieres darme placer, mucho placer, no es cierto?”. Levanté la cabeza y asentí con timidez. Entonces me dijo: “ven conmigo…” y levantándose salió afuera de la habitación. Me llevó a un salón grande donde ya ardía un fuego y me sentó en un sillón. Era un poco cómico vernos a los dos desnudos y sentados en importantes sillones, él con su “pedazo” colgando y yo con mi “maní” arrugado, porque el tono de su voz me había hecho perder toda excitación. Entonces me dijo que él creía que yo tenía una vena masoquista, ya que me prestaba gustoso a todo lo que me hacían sus compañeros aunque me hiciera sufrir. Que si realmente me hubiera disgustado ya habría denunciado la situación o me habría escapado del colegio. Comencé a llorar. Sabía que tenía algo de razón, pero no es agradable enterarse de que uno es un degenerado y menos, por la boca de una persona a la que queremos mucho. Eduardo, entonces, se quedó durante un largo rato mirándome llorar. Cada tanto, yo levantaba la cabeza buscando comprensión en su mirada pero ésta era neutra. Cuando al final dejé de llorar, él me dijo que, si era cierto que yo era masoquista, no debía preocuparme. Cada cual expresaba su sexualidad como podía y me dijo también que eso debía tenerlo desde muy chico. Entonces me vino a la cabeza un recuerdo que tenía muy escondido. A los ocho años, había ido a la casa de unos primos en otra ciudad y estábamos jugando a los vaqueros o algo parecido. Entonces, el primo más grande (sólo un par de años más pero mucho más vivo que yo) había propuesto que a los derrotados había que castigarlos. En su torpeza y brutalidad de pibe, sólo se le ocurría “cagarlos a piñas a los que se rindieran”. Entonces yo propuse que los atáramos a un árbol y le hiciéramos cosquillas con la secreta intención de que yo fuera uno de los derrotados. Mi primo me miró extrañado pero lo aceptó. Yo no sabía en ese momento que los genitales era una zona donde las cosquillas eran terribles. Cuando, luego de la lucha, conseguí estar en el bando de los derrotados me llevaron a un árbol y allí me ataron. Yo pregunté, en mi inocencia, por qué me ataban las manos abajo cuando las cosquillas en las axilas estarían mejor hechas si me ataban las manos por arriba del cabeza. Entonces mi primo, siempre brutal, les comentó a los otros “éste,
además de puto, es un boludo…” pero me hicieron caso y me ataron a mí y a otro primito derrotado las manos por arriba de la cabeza y los pies por los tobillos a dos árboles. Una vez que estuvimos atados comenzaron las cosquillas y el primo mayor, de entrada no más, comenzó a atacarme los genitales. Me sorprendí y protesté. Esa parte no se tocaba ni jugando ( eso decían mis padres) pero ellos siguieron y nos hicieron cosquillas en las axilas y en los genitales durante un largo rato. Yo me retorcía pero sentía un extraño placer en mi pito infantil. Aunque no llegué a tener una erección porque eran brutales en sus manoseos y me hacían doler, disfruté de ese castigo. Lamentablemente, por la educación que había recibido, no comprendía todo lo que me podían deparar el pene y el sexo. Como no volví a juntarme con mis primos en mucho tiempo, me perdí la posibilidad de aprender muchas cosas. Además, mi memoria, condicionada porque “eso” no se hablaba y “a eso” no se lo tocaba, le hizo un “delete” urgente y borró todo hasta ese momento en que estaba charlando con mi protector. Cuando recordé ese suceso lo miré a Eduardo y le pregunté si podía contarle un secreto. No se qué habrá pensado, pero asintió y, entonces, le conté la experiencia infantil que había borrado de mi memoria. Mientras le contaba, él me pedía detalles y entonces me confirmó que yo tenía una vena masoca y que debía aceptarla sin hacerme dramas. Eso no fue fácil ya que, a los trece, ya había leído algo y los sadomasoquistas eran, para mi, unos enfermos. Me puse a llorar nuevamente. Me llevaría un tiempo aceptar esa parte de mi personalidad sin poder decir que la culpa era de los de cuarto, sin poder decir que ellos me violentaban. Pero Eduardo lo aceleró cuando me dijo “vamos a hacer una prueba…. yo te voy a atar…. te voy a torturar suavemente….. cuando quieras me lo dices y paramos….”. Me dio mucha vergüenza porque, al escuchar sus palabras, mi pito se puso en guerra en forma inmediata. La erección fue tan evidente e inmediata que Eduardo se rió y palmeándome la pierna me dijo: “¿ comprendes que tengo razón ? …. esto te gusta….”. Sonreí avergonzado. Era evidente que la idea me excitaba. Entonces Eduardo añadió: “pero, para que la decisión de detenerse no sea producto de un arrebato, te voy a vendar los ojos y te voy a amordazar…. ….cada tanto detendré la tortura y te preguntaré si quieres que me detenga…. de tal manera, la decisión la tomarás sin estar sometido al sufrimiento, aunque te recuerdo que esta primera vez será suave…” Yo estaba excitado y temblaba. Mi pito estaba al “repalo” y ya estaba goteando solo. Nunca había estado tan excitado. Lo miré gravemente. No había, en mi actitud, cariño ni sensualidad. Eduardo estaba hurgando en las capas más profundas de mi personalidad y eso no era un juego amoroso de adolescentes. Yo intuía que esa experiencia definiría mi personalidad y sabía que Eduardo podía ayudarme. También intuía que me metía en un camino sin retorno, en el que podía terminar muy mal y que Eduardo sería, también, responsable de ello. El corazón me latía en forma desbocada. El pito estaba erguido. Yo tenía ganas de definir las cosas. Hice los temores a un lado y asentí con la cabeza, sin palabras. Ni siquiera sonreí. La situación era de extrema importancia y me daba cuenta de ello. Entonces Eduardo, quien también tenía una actitud seria, se levantó y tomándome de la mano me hizo ponerme de pie. Creo que él comprendía mi preocupación, mi susto y mi excitación porque puso su mano en mi nuca y mientras me hacía caminar me fue acariciando. Sentí el afecto pero no sentí la protección. Eduardo no podía protegerme de mí mismo. Estaba solo, a los trece años, internándome en un camino desconocido y peligroso. Supongo que, en Eduardo, se mezclaban sentimientos de afecto con poderosos impulsos sexuales ya que estaba mostrando una vena sádica. Pero él quería que yo me sintiera acompañado hasta algo que bien podría haber llamado “el cadalso”. Hoy pienso que yo me sentía como los cristianos que eran llevados al patíbulo para ser torturados hasta la muerte y que hubieran podido salvarse por el simple recurso de abjurar de su fe. Esos cristianos tenían un pavor atroz pero no querían perder la fe. Yo también estaba asustado, pero no quería perder esa oportunidad de saber. Caminamos los dos, desnudos, por un largo corredor. Él sin erección y yo “al repalo”. Sus dedos acariciando mi nuca y dando algún consuelo a mi extrema soledad. Ni siquiera Eduardo podría acompañarme en ese camino que iniciaba, pese a que lo emprendía de su mano. Cuando llegamos a un salón vi que, allí también, había un fuego encendido y comprendí que Eduardo me conocía demasiado bien y que había supuesto, acertadamente, que yo entraría en su juego. El salón estaba lóbregamente iluminado y contribuía a provocar aprensión. Además de la enorme chimenea con su fuego, colgaban cadenas y sogas del techo, había mesas con esposas y unos caballetes acolchados cuya función no comprendía. Sobre las paredes, como decoración, estaban fijadas hachas, espadas, mazas y había una amplia variedad de látigos. Sobre una mesa había pinzas de largos mangos y, en un brasero al lado de la mesa, estaban algunas de esas pinzas calentándose. Más tarde sabría que esa habitación era lo que los aficionados llaman “una mazmorra” y que esos instrumentos son, en la mayoría de los casos, sólo una puesta en escena. También, más tarde, comprendí que Eduardo era un aficionado al sadomasoquismo y que tenía amistades de mucho dinero a las que él proveía de víctimas adolescentes como yo. A cambio de esa provisión de esclavos, le permitían usar esas instalaciones y compartir orgías de dolor. Eduardo notó, en mi nuca, la rigidez de mi cuerpo. Dejó que observara bien todo mientras sus dedos seguían trasmitiéndome cosas a través de la piel de mi cuello. Estuve a punto de dar marcha atrás y era evidente que la mano de Eduardo no quería empujarme. Hasta se había retirado un poco, como dándome la opción de huir. Pero, como los cristianos, aunque ahora tenía pavor a la vista de los instrumentos de tortura, di un paso adelante. Creo también que si me hubiera empujado, aunque sea levemente, hubiera retrocedido para siempre y hoy no estaría contando esto. En cambio, el simple hecho de darme libertad decidió mi camino y mi vida actual. Sentí su alivio, pero me dijo: “estás a tiempo de volverte atrás…. nada cambiará entre nosotros si no seguimos”. Pero yo, sin saberlo claramente, entendía que Eduardo era un sádico y yo un masoquista. Éramos uno para el otro. Si yo retrocedía, lo perdería porque él buscaría otro chico a quien hacerle lo que me estaba ofreciendo. Tenía una soledad tan grande que estaba dispuesto a todo para no perderlo y hundirme en el vacío. Además, estaba mi sexualidad (hoy reconozco que enfermiza) que me pedía, a gritos, ser sometido. Di entonces otro paso adelante y, entonces, Eduardo me ordenó caminar unos pasos hacia el fuego y esperar sin darme vuelta ni mirarlo. Lo hice y al acercarme al fuego me detuve por el calor intenso pero él me ordenó alcanzar un paso más. Al avanzar sentí que el calor enrojecía y secaba mi piel y que mi pito parado sufría un poco por el calor excesivo. Esto me asustó pero me excitó más aún y me quedé quieto mientras sentía ruidos de roces a mi espalda. Cuando Eduardo me lo ordenó me di vuelta. Eran ahora las nalgas las que recibían el calor intenso. También me sorprendí al verlo a Eduardo que estaba semivestido con ropa de cuero y una capucha de verdugo. Me estremecí pero me quedé quieto cuando él, con un látigo en la mano, se fue acercando a mi cuerpo desnudo e inerme. Cuando llegó cerca, me acarició el pito erecto con el látigo y luego dando la vuelta me empujó con el látigo apoyado en la espalda para alejarme del fuego, llevándome al centro de la habitación, mientras me explicaba que, sobre mi cabeza, colgaban unas sogas con esposas acolchadas; que en el suelo había otras sogas con esposas para los tobillos y que en una mesa cercana había otros instrumentos para mi iniciación como esclavo voluntario. Yo temblaba de excitación y de temor. El corazón me latía y estaba impaciente por empezar. Entonces me ordenó tomar una venda especial elastizada con forma de anteojos que había sobre la mesa y colocármela bien ajustada. Cuando lo hice y quedé ciego me dijo: “palpa sobre la mesa y encontrarás una pelota de goma con unas abrazaderas….. Póntela en la boca…”. A tientas, localicé la venda bucal y aunque me costó la introduje en mi boca y luego la até detrás de la nuca. Luego, me ordenó agacharme y buscar , también a tientas, las esposas para los tobillos y ajustarlas a mis pies cosa que hice. Una vez que tuve los pies atados sentí que las sogas se estiraban y me arrastraban los pies hacia los costados, dejándome con las piernas bien abiertas. Después escuché su voz, ordenándome que tanteara el aire para localizar las esposas para las muñecas y que me las colocara bien ajustadas. Cuando lo hice, esperé y noté que muy lentamente las sogas se iban poniendo tensas levantando y abriendo mis brazos. Pronto quedé con mis pies apenas apoyados, con las extremidades bien abiertas formando una X. Luego se hizo un silencio y sentí que Eduardo caminaba alrededor de mí. Yo estaba atado, desnudo, ciego, amordazado e indefenso. Sentía la excitación en la cabeza del pene. En eso sentí que algo tocaba mi nuca y mi piel se erizó. Luego, ese algo fue bajando despacio por la espalda hasta llegar a mis nalgas e introducirse entre mis piernas y me acarició el ano. Yo estaba expectante. No sabía qué era lo que me esperaba pero lo aguardaba con ansia y con temor. Luego sentí pasos que se alejaban y quedé solo cuando se cerró una puerta.
Noveno relato
Ahora , pese a mi juventud, soy un experto en masoquismo y me doy cuenta de que Eduardo era un psicólogo nato, pese a tener menor edad que la que yo tengo ahora. Me manejó a su voluntad sabiendo que su presión obtendría resultados negativos y me hizo elegir libremente, sabiendo que mi libertad no era tal ya que estaba condicionada por mi historia previa. Cuando se fue, cerrando la puerta, jugó con mi fantasía y mis temores ya que , al tiempo de sentirme solo, comencé a preocuparme. El estar ciego y amordazado me privaba de toda idea de tiempo. Para aumentar mi aprensión comencé a escuchar, tenuemente primero y luego con mayor fuerza quejidos de dolor y voces de chicos pidiendo perdón. En ese momento no lo sabía, pero eran cintas grabadas con anterioridad en sesiones de sadomasoquismo. Cuando mi aprensión llegó al máximo escuché que se abría la puerta y que se volvía a cerrar. El ruido de los quejidos y las voces me impedían distinguir pasos y por ello me puse tenso. De pronto sentí que algo se apoyaba en mi mejilla y me hacía una cosquilla suave. Esa cosa siguió bajando y luego se entretuvo con mis axilas y, lo que comenzó como algo agradable, fue haciéndose paulatinamente molesto y luego enloquecedor. Yo me retorcía pero ese algo (luego sabría que era una pluma) pasó a la espalda y comenzó a torturarme bajando despacio hasta llegar a mis nalgas. Luego la pluma buscó mi ano y comenzó a hacerme cosquillas alrededor del ano y comencé a tener espasmos. Mi torturador detuvo el suplicio y, cuando me hube calmado, me preguntó si quería que nos detuviéramos (esa frase “nos detuviéramos”, me hizo definitivamente cómplice de mi sufrimiento ya que lo transformaba en un trabajo de “a dos”. Lo pensé y, amordazado, negué con la cabeza. Entonces la pluma volvió a mi ano y otra vez me llevó a niveles insoportables de sufrimiento y placer conjunto. Después de esto, Eduardo volvió a detenerse y me preguntó si quería que “nos detuviéramos”. Aunque estaba agotado, volví a negar con la cabeza. Entonces sentí que se alejaba y de pronto cayeron sobre mi cuerpo latigazos dados sin mucha fuerza. No lastimaban pero sí ponían los nervios de la piel en un estado extraño de excitación. Mi espalda, mi pecho, las nalgas, los muslos , el vientre, el pubis, todo menos el pito recibió un prolijo aunque suave castigo hasta que de pronto sentí que los azotes dejaban de caer. Después de unos instantes de silencio, las sogas de los tobillos se fueron tensando y me levantaron por los pies con lo que quedé colgando de manos y pies. A continuación, sentí que Eduardo colocaba bajo mis caderas algo acolchado (después supe que era uno de esos caballetes misteriosos) y que su cuerpo se introducía entre mis piernas. Primero recibí una caricia fuerte, violenta, que casi no era caricia, en los muslos y en las nalgas. Luego, un dedo encremado primero y, después, dos dedos juntos se introdujeron en mi ano y comenzaron a dilatarlo. Cuando estuve listo me penetró con alguna violencia y comenzó a serrucharme sin asco. Yo esperaba que me masturbara pero no lo hacía y no podía decir nada porque estaba amordazado. Sentí su violenta deslechada en mi culo y cuando terminó se salió de adentro y sentí que se iba. El golpe de la puerta me dijo que estaba solo otra vez. Yo estaba caliente por la cogida y no me habían aliviado con una paja o una mamada. Pasó el tiempo y no sabía qué pasaría. Los quejidos habían cesado y la casa estaba en silencio. Luego de un tiempo largo, que no puedo precisar, me adormecí y estaba relajado cuando, de pronto sentí que algo estaba a mi lado. Traté de preguntar “¿Eduardo?” pero, por la mordaza, solo me salieron gruñidos. Nadie contestó, pero, pese a ello, tenía la seguridad de que alguien estaba a mi lado mirándome. No sabía qué parte de mi cuerpo era observada ni qué planes tenía. Solo sabía que era detenidamente inspeccionado. Volví a gruñir pero solo el silencio me respondió. Así pasó el tiempo (era increíble la paciencia de Eduardo para hacerme esperar lo peor). Pronto volví a escuchar quejidos, gritos e insultos. Me atemoricé y comencé a retorcerme. De pronto volví a sentir una presencia muy cerca mío (era Eduardo quien, en realidad, no me
había abandonado en ningún momento y había estado en la habitación calibrando mis respuestas, como me lo confesaría mucho después) y volví a gruñir. Entonces, por respuesta, sentí que un dedo encremado me acariciaba el culo y me iba penetrando despacio, muy despacio. Me volví a excitar y comencé a empujar con el culo para apurar la penetración. Pero Eduardo retiraba su mano cada vez que yo empujaba e iba penetrando milímetro a milímetro. Me desesperé y gruñí pero no hubo respuesta. Una vez adentro el dedo comenzó salir muy despacio. Yo quería que me cogieran con violencia pero esa negativa era parte del refinado sadismo de Eduardo. Así pasó un tiempo largo que no puedo precisar. El dedo entraba despacio y luego salía despacio. Cada vez que entraba me acariciaba la próstata y yo llegaba al borde de la deslechada pero, al retirarse me dejaba con las ganas. Finalmente Eduardo se decidió y comenzó a serrucharme con el dedo y esta vez me alivió por el ano, ya que al masajear la próstata, consiguió que me deslechara. Volví a sentir que se iba. Ya hacían tres o cuatro horas que estaba sometido. Me sentía cansado y me adormecí de nuevo pese a la posición incómoda ya que sentía que me faltaba circulación de sangre en las muñecas y en los tobillos. De pronto volví a despertarme y sentí que me estaban penetrando con algo que no era una verga. Era, lo supe después, un consolador bastante grande porque me produjo mucho dolor su introducción. Quise gritar pero no pude, me retorcí pero la mano de Eduardo, implacable, lo fue enterrando despacio hasta que ya no pudo más. El ano me latía por el dolor, la cosa no era agradable y me quejaba con gruñidos. Entonces sentí las manos de Eduardo acariciándome y su boca besándome. Me acarició todo el cuerpo pero no llegó a tocarme el pene y lentamente me fui relajando y acostumbrándome al consolador dentro mío. Su caricias siguieron y luego se transformaron en cosquillas. No podía evitarlas y, ahora que tenía mis pies levantados, se entretuvo en las plantas de mis pies. Me volví loco, me sacudía tratando de evitar las cosquillas y retorcía los dedos de los pies como garras, pero él continuaba impasible. Cuando se detuvo, dejó que me calmara y volvió a preguntarme si quería que “nos detuviéramos”. Esta vez demoré más la respuesta pero finalmente sacudí la cabeza negando. Entonces sentí que se alejaba y luego de hacer algunos ruidos volvió a acercarse a mi cuerpo. Esperé con aprensión pero sólo escuchaba sus movimientos y como tardaba mucho comencé a excitarme y a sentir temor. Eduardo esperó a que mi pito se pusiera nuevamente al palo y, en forma sorpresiva me tocó el glande y sentí que mi cuerpo se contraía. Me sacudí brutalmente y luego él siguió tocando mi cuerpo. Ese algo que me obligaba a tener contracciones feroces me tocó las
tetillas, las orejas, los labios, luego volvió al pene y a los huevos y después se entretuvo en el ano hinchado por el consolador. Cada vez que me tocaba era como si un ave de rapiña me diera un picotazo. Llegó un momento en que estaba enloquecido por los “picotazos” y Eduardo refinó su tortura porque comenzó a alternar los toques acariciantes de su lengua con los “picotazos” brutales de ese algo (después me contaría que era una picana eléctrica en 12 volts). Entonces, eso me enloqueció ya que la primera vez que me acarició el glande con la lengua yo temí un picotazo y contraje aterrado el pubis pero la lengua acariciante lo siguió y me dio un gran placer. Luego me chupó una tetilla y cuando sentí que me tocaba la otra tetilla pensé que sería la lengua pero era la picana y me volví a retorcer. Así pasó un largo rato donde se alternó el placer y el sufrimiento. Finalmente Eduardo conectó el consolador que empezó a vibrar y comenzó a aplicarle electricidad al consolador que estaba modificado y que tenía electrodos en la punta. Estos me tocaban la próstata mientras el aparato vibraba y pronto sentí que la leche me venía y acabé en medio de gruñidos y espasmos. Cuando hube terminado de largar toda la leche, Eduardo me retiró el consolador, me desató los pies y sacándome el caballete que tenía bajo la espalda me ayudó a incorporarme. Luego me sacó la mordaza de la boca y, entonces, aún atado de las manos me acarició y me apretó contra su cuerpo. Yo estaba agotado y dolorido pero satisfecho y empujé mi pubis para que diera contra sus piernas. Él, entonces, aflojó las sogas del techo, sin desatar mis manos y me ayudó a arrodillarme. Yo entendí y abrí la boca. El peló la verga y me la metió hasta la garganta y, sin miramientos y con violencia, me cogió por la boca hasta acabar llenándome de leche que pude tragar sin problemas. Luego me sacó la venda de los ojos, me desató y me llevó por largos pasillos hasta una cocina donde me hizo sentar en una silla y me dio unos sandwichs con leche. Pregunté la hora y me dijo que ya eran las tres de la tarde. Habían pasado ya siete horas desde que había salido de mi casa y calculaba que Eduardo me había sometido durante unas cinco o seis horas. Con razón estaba agotado. Mientras comía (me sentía incómodo de estar desnudo mientras Eduardo estaba vestido con ropa de cuero) Eduardo me contó lo que me había hecho con lujo de detalles y me dijo que, si yo quería, podía encontrar en la Capital placeres semejantes o mayores aún. Me explicó que él tenía amigos mayores que gustaban de “pendejitos como yo”. Me aseguró que, si yo aceptaba, me llevaría a algunas mazmorras de la capital donde “me harían volar” y me aseguró que él siempre se encontraría presente para que no me hicieran daño. Le pregunté qué tendría que hacer y me dijo que debería desnudarme frente a varios hombres o dejarme desnudar por ellos si eso les gustaba más y luego dejar que me hicieran cosas. Cuando lo dijo, sentí que me excitaba y mi pito, pese al agotamiento, volvió a ponerse en pie de guerra. Eduardo se rió al verlo y, estirando una mano, comenzó una paja lenta y placentera mientras yo comía el sandwich. Yo lo dejé y él siguió hasta hacerme acabar con lo se me atragantó el bocado que estaba comiendo. Entonces me limpió con un repasador y me ayudó a llegar hasta la habitación del principio donde estaba mi ropa en el suelo. Allí, Eduardo me fue vistiendo con mucho cariño y cuando terminó me dijo que debía volver a la capital. Luego me acompañó hasta la puerta y me recomendó que pensara su propuesta y que se la diera en el colegio, la próxima vez que nos viéramos. Las cosas que me pasaron en esas “mazmorras” de la capital son poco creíbles. Cuando, para calentarme, me mostraban fotos de torturas a “pendejitos” yo pensé que eran fotos tomadas en los países subdesarrollados donde los pibes, muertos de hambre, se entregaban por unas monedas. Pero luego aprendí, cuando vi más chicos participando conmigo en esas orgías de dolor, que el masoquismo está mucho más extendido de lo que se cree…
Décimo relato
En el colegio pasó una semana sin novedades de importancia. Los de cuarto y los de tercero que habían participado en mis “juicios” me hacían bromas y me tocaban el culo o me acariciaban la bragueta cuando pasaba junto a ellos. No me respetaban pero tampoco me trataban mal y me protegían de mis compañeros. Un día Eduardo me dijo que lo acompañara y lo seguí hasta un rincón del patio que estaba desierto. Allí, sacando unas fotos del bolsillo me las mostró. Cuando las vi el corazón me dio un vuelco y me puse colorado aunque al mismo tiempo sentí una gran excitación. Eran las fotos que Eduardo me había tomado desnudándome y en el jardín boscoso. Eran lindas fotos en blanco y negro. No eran fotos pornográficas, de aquellas donde se ve todo. Eran fotos sugerentes, con muchas sombras velando mis genitales que apenas se insinuaban. Era cierto además que el contraste entre mi piel y la corteza de los árboles producía un resultado muy erotizante ya que resaltaba la suavidad de mi piel. Le pedí a Eduardo que me las prestara para verlas con calma en casa pero me dijo que era mucho riesgo ya que si mi padre las descubría me obligaría a confesar su origen y todo quedaría descubierto . Por ello, las guardó nuevamente. Yo me apené pero comprendí el argumento. De todas formas, durante muchos días, cuando volvía a mi casa me hacia unas terribles pajas recordando esas fotos y las electrizantes manos de Eduardo cuando tocaba mi cuerpo para ponerlo en posición. Lo que no sabía es que Eduardo había sacado esas fotos para venderlas más adelante y que, años después, las vería publicadas en alguna revista de pornografía infantil. Esto me significó una gran desilusión ya que, al verme expuesto de tal manera, me sentí usado y estafado por Eduardo. Pero, en ese momento, verme en esas fotos acrecentó mi sometimiento a Eduardo y luego le pedí que me sacara fotos la próxima vez que tuviéramos una sesión de sadomasoquismo ya que quería verme cuando era torturado. La respuesta de Eduardo a ese pedido fue, una vez más, displicente, y con ello, obtuvo que yo me calentará más y más, esperando el momento de ser fotografiado mientras me sometían. Pero pronto volví a tener otro juicio. Esta vez el procedimiento fue por sorpresa ya que nadie me avisó. Era un día normal de clases y, de pronto, por problemas en la dirección llamaron a los profesores de cuarto y quinto a una reunión y tuvieron todo el día libre. Entonces, en el recreo, el Flaco me dijo que en la hora siguiente pidiera permiso y me fuera para el fondo. La sorpresa me paralizó. Pero a los diez minutos ya había cumplido el trámite y estaba caminando para el fondo del colegio. Al aproximarme me extrañó la falta de voces y cuando llegué al claro vi que estaba sólo el flaco. Lo miré, me miró y me quedé de pie, a una distancia prudencial, esperando que llegaran los demás pero el flaco se aproximó sonriendo torcidamente y me dijo: “en bolas, pendejito”. Comprendí que estaba a solas con ese sucio y asqueroso y quise retroceder pero tomándome del brazo me lo retorció y el dolor me hizo arrodillar. Se rió y me fue sacando la ropa con brusquedad, casi rompiéndola. Cuando quedé desnudo entonces me ató las manos a la espalda, me forzó a ponerme de rodillas y con el resto de la soga me ató por el cuello a un arbol, y luego se sentó a mirarme. Yo ya estaba asustado y no tenía ninguna excitación. No sabía qué me esperaba pero estaba seguro de que no sería agradable. De pronto sacó un cigarrillo y se puso a fumar. Eso me tranquilizó un tanto pero pronto me di cuenta de mi error. Se acercó y dando una pitada al “pucho” tocó apenas mi axila. Fue tan sorpresivo que no atiné ni a moverme y sentí un gran dolor por la quemadura y grité con angustia. Entonces, puteando, sacó un pañuelo sucio del bolsillo y me lo metió en la boca con lo que me silenció. Luego siguió acercando la brasa a los muslos, a las axilas, a las tetillas. Apenas me quemaba, pero el terror hacía que me retorciera. Cuando terminó de “ablandarme” me miró, se rió y “pelando” su “mansito” lo puso frente a mi boca mientras me sacaba el pañuelo sucio. Yo comprendí pero el olor de su miembro era demasiado repugnante y torcí la cara. Entonces, frustrado y en un ataque de rabia, me apagó la brasa del pucho en el pubis produciéndome una lesión cuya cicatriz la deberé tener para siempre como recuerdo de ese sicópata. El dolor fue tanto que me descompuse y vomité allí mismo. El flaco me abofeteó y volvió a ponerme su pija frente a mi boca y allí claudiqué. Abrí la boca y él me puso su “pedacito” adentro. Con asco, pero con terror, lamí el glande sucio tratando de abreviar el trámite. Al principio sentía que me venían arcadas como para vomitar pero, por miedo, me controlé y comprobé, una vez más, que casi no tenía gusto y que lo verdaderamente repugnante era el olor a bolas sucias del flaco. Acostumbrado rápidamente a ese olor le chupé la pijita con eficacia y lo hice acabar. Creo que era la primera vez que alguien le chupaba la pija a ese asqueroso y cuando acabó lo hizo con violencia agarrandome de las orejas y enterrándome los pelos del pubis en mi cara. Yo estaba entregado y no sentía el dolor de la quemadura en mi pubis y tampoco sentía asco. Solo quería que terminara por lo que no me hice drama y me tragué la leche. Cuando terminó el flaco se dejó caer hacia atrás mientras me miraba satisfecho. Cuando se arregló la ropa y me aflojó la atadura en el cuello pensé que me soltaría pero estaba muy equivocado ya que era un enfermo completo que disfrutaba del sufrimiento ajeno. Me liberó el cuello pero no soltó mis manos y me volvió a poner el pañuelo en la boca. No sabía qué planeaba pero volví a asustarme. Él entonces me arrastró hasta un tronco caído y mostrándome una rama del tronco que sobresalía me dijo que debía sentarme sobre esa rama y hacerme coger por ella. Lo miré aterrado. La rama no tenía astillas pero era bastante gruesa y me iba a destrozar. Cuando vio mis temores sacó otro cigarrillo y lo encendió en forma deliberadamente lenta. Luego le dio una pitada profunda que avivó la brasa y se acercó sonriendo lobunamente. Entendí el mensaje…….. estaba clarito…… Incorporándome dificultosamente por mis manos atadas me acerqué al tronco y cuidadosamente me puse a horcajadas sobre la rama y fui descendiendo lentamente para sentarme sobre la rama. No acerté de entrada y la rama se hincó en los músculos que rodean el ano provocándome un gran dolor. Cuando me levanté el Flaco acercó el cigarrillo a la cabeza de mi pene y yo con gruñidos volví a sentarme. Esta vez, por suerte la emboqué bien y la rama fue entrando en mi ano. Era muy doloroso porque, aunque no tenía la corteza seca, era áspera y gruesa y no tenía ninguna lubricación pero finalmente entró hasta el fondo y me dejé caer, agotado por el esfuerzo, sobre el tronco. El flaco entonces me ordenó que debía subir y bajar para que la rama me cogiera. Inicié entonces un agotador trabajo flexionando las piernas para que la rama me entrara y saliera del culo y, oh sorpresa, mi pito quiso guerra y se fue parando lentamente. El flaco se reía y me amenazaba con el cigarrillo y al ver que era lento comenzó a aplicarme la brasa en las nalgas, cada vez que subía para que me apurara. El pito estaba al repalo y comenzó a salir un poco de leche por la punta y de pronto sentí que me deslechaba. Así, entre retorcimientos y espasmos largué toda la leche concentrada en tanto sufrimiento previo. El flaco se reía y cuando quedé sentado, agotado, sobre el tronco me desató y se fue. Esperé un poco y saliéndome de la rama tomé mi ropa, me interné entre los árboles, me vestí y volví al colegio aunque esta vez rengueaba inevitablemente por el dolor que tenía en el culo.
Jorge
