La cara (ausente) de la agresividad pasiva

“–Es algo tarde para que me pidas ser un hombre responsable y un padre amoroso en lugar de un completo hijo de puta desde tu perspectiva; ten cuidado, se te puede cumplir…”

Esta es una de las cosas que me patean las bolas cuando tengo dolor de cabeza; pensar demasiado cuando sería mejor no pensar en nada. Ahora mismo quisiera echármele encima y molerlo a putazos, y el problema es que lo quiero un chingo. Por eso en lugar de saltar sobre él y vengar mi orgullo, estoy buscando una explicación al hecho de estar todavía aquí, en el centro de la sala de nuestro “nidito de amor” disfrazado de apartamento compartido, con un condón puesto como única prenda y frente a él, el causante de todas mis preguntas sin respuesta. Aun está excitado, lo puedo sentir incluso por debajo de su cara de chantaje meloso (sus párpados saltaron; ¡hijo de puta! ¡Tuvo un orgasmo justo ahora!) ¿Qué hacer? ¿Le rompo la cara con el centro de mesa que tan cariñosamente nos mandó su madre? ¿Le propongo jugar con el hilo del tendedero otra vez (pero con intenciones de hacerlo por última vez)? ¿Hago lo más inteligente y me voy lejos? ¿Hago como que nada está mal, como lo he venido haciendo todo este tiempo? La verdad ya estoy harto de dormir junto a él exhausto de tanto coger, despertar e ir a lloriquear al cuarto de baño sintiéndome sucio, y salir de ahí sin recordar cómo es que entré. Ya han sido demasiadas veces. Aunque suene estúpido, esta vez necesito entender para justificar este amor, pero lo poco que entiendo hasta hoy no me da siquiera un hilo en llamas al cual aferrarme. Entiendo de un tiempo a la fecha sus ansias de poder metidas en el papel de víctima, estrellándose contra mi afán de no dejar de ser yo mismo por ser suyo; entiendo que lo suyo es algo que no puedo corregir, por lo menos no yo solo; entiendo que lo más sano hubiera sido alejarme lo más lejos posible antes de darle el puto beneficio de la duda hace ya tanto tiempo. Entiendo que nunca fue mío en el sentido estricto de la palabra, sino que se divertía haciéndomelo creer. Bueno, veamos… el presente está claro, el futuro aun no llega, y el pasado… el pasado sigo sin entenderlo del todo…

Fue hace poco más de diez años…

–No mames; es que ¿pa’ qué se largaba? –Así es de mamón, luego por eso le pasa lo que le pasa –Sí; está bien pinche loco, hace cosas bien raras –Es bien atrabancado, por eso se enterró el clavo en la mano el día que estábamos oyendo los Radio fantasmas –No, es que el cabrón sí está loco –Bueno, eso también –Es que ¿sí te conté lo que hizo el día que sus jefes se fueron a Tepa? –No –Estábamos jugando con sus monitos, en el árbol que hay en el jardín de su casa, y colgamos a uno con una cuerda de trompo que amarramos en una rama. Él estaba sentado en la rama y me dijo “¿cuánto a que me cuelgo de los huevos?”, y yo le dije “¡no mames Emmanuel!”, y ándale que se baja el short, agarra la cuerda del trompo, se amarra los huevos y se avienta según él de la rama. Pero se agarró con las patas y quedó colgando de cabeza –Ah, entonces no se colgó – ¡Sí buey! Es que, el pendejo se iba a sentar de nuevo y se zafó; cayó de manos, pero la cuerda no era tan larga, y las patas no le daban hasta el suelo. Entonces empezó a gritarme bien espantado que le llevara un cuchillo – ¿Se quería cortar los huevos? ¡Ja, ja, ja! – ¡Ja, ja, ja; no mames buey! Fui en chinga a la cocina y me puse a buscar en los cajones; ¡pero no mames! Su jefa tiene un buen de chingaderas por todos lados, y el buey se estaba cansando de estar parado de manos. Trató de romper la cuerda colgándose con las manos, pero le quemó los dedos y la soltó otra vez. Yo encontré un cuchillo de esos que se usan con los tenedores y las cucharas y me fui al patio. No mames, yo creo que me tardé como un minuto en cortar la cuerda y cuando la corté el pendejo cayó de nalgas en el suelo, con los huevos colorados, colorados, y quejándose de que le ardían.

No, no puedo creer que durante tanto tiempo haya pretendido que todo era normal. Y es que es difícil pensar en él cuando niño de otro modo que no sea como aquel crío descalzo y descamisado, flaco y atrabancado, que iba de aquí para allá, y trepaba los árboles, y era el más rápido de todo el grupo cuando corría. Sólo alguien como él pudo arrebatarme el sueño convencional para llenarme con las pesadillas que vivo en carne propia. Y es que él, él fue quien lo hizo.

Tiempos de preparatoria… él preparándome ¿para qué?

–Emmanuel, no mames. Esta vez sí te la jalaste. Estoy hasta la madre de que diario que te rompen el hocico sea yo quien tiene que calmar al cabrón al que le doraste la píldora con tal de que te suelte. Ya me ha tocado partirme la madre con dos o tres por ayudarte, y a ti te importa un pito; digo, somos amigos de años, pero no chingues, yo sí me quiero. ¿Qué chiste le hayas a que te hagan mierda a cada rato? –Me calenté porque perdimos, es todo – ¡Yo también, cabrón! Y no por eso me pongo a querer partirle la madre al equipo de básquet entero. Desde que llegaste aquí siempre ha sido la misma chingadera; si no era con Daniel, era con los bueyes de la colonia Cárdenas, y si no, con los primos del Liendre ¡el chiste es que no has parado ni un instante! – ¡Tú no entiendes! ¡Nadie entiende! – ¿Entender qué? Se nota que no te quieres ni tantito, eso es lo único que entiendo – ¡Es que es difícil! – ¡Difícil es ser tu amigo! ¡Difícil ha sido aguantar tus pendejadas tanto tiempo! ¡Difícil ha sido ir a recogerte del suelo tantas veces! ¡Reacciona, con una chingada! – Si te es tan difícil ¿por qué chingados no haces lo que han hecho todos y te abres a la verga de una vez? ¡Eso no es difícil!

Eso fue; yo no supe ni sabré nunca por qué no lo dejé abajo ni una sola vez, ni siquiera esa vez. Y aunque en ese instante la oferta fue tentadora y me habría ahorrado muchos dolores de cabeza, decliné la invitación. Pero mi orgullo propio ya de por sí humillado y rabioso con la nueva embestida reaccionó al instante, y venido de mis tripas, esa vez le receté un puñetazo que fue a estamparse contra la parte de su boca que aun no tenía trazas de violencia escritas. Y no entiendo; si ya él me había insultado ahí, a solas; si me había usado todo ese tiempo, si yo estaba realmente molesto ¿por qué no sentí placer al cerrarle el hocico? ¿Por qué tuvo que pasar que se me vino al instante una culpa enorme; como si fuese un conductor de una camioneta monstruo que acababa de pasar por encima de una anciana con andadera? Y lo que viene después de esas metidas de pata eso también me caga; cuando estoy con el remordimiento por un lado y ninguna idea brillante por el otro. Congelado, callado, temblando por dentro ante lo que acabo de hacer. Y algunos minutos después, lentamente comienzo a reaccionar, y me muevo como si mis manos y pies no fuesen míos en verdad, y balbuceo tonterías que nunca en mi vida entenderé, y trato de resarcir el daño, como si fuese cuestión de cerrar un escopetazo en el pecho de un herido con una espátula de repostería.

–P… perdón, es que… es que… es que… ¡no mames! ¿Qué hice? ¡Perdóname Emmanuel! Es que me colmaste el plato y… y pues no… ¡Ay, no mames! ¡Levántate por favor! ¡Déjame ver qué te pasó!

Ese instante tan claro y tan confuso; el labio roto de Emmanuel, mi propia confusión y la verdad sobre su extraña conducta ante mí ¿y qué pasó? Pasó que no recordé mi nombre en las siguientes seis horas a partir de ese momento. Su comisura izquierda herida y sus ojos hinchados acercándose muy rápido, el sabor de su sangre y su saliva tomándome totalmente desprevenido… Dos segundos; dos segundos en los cuales pude sentir a cada una de las células de su boca robándome el oxígeno hasta el punto de la asfixia; dos segundos, los más largos de mi vida, dos demonios que trastornaron mi mundo y me esclavizaron desde ese día al planeta retorcido de mi amigo de años. Luego la ira, el quitármelo de encima y verlo rodar de nuevo por el piso, convertido en el sicario de mis días celestes.

– ¡Qué chingados te pasa!

Furioso, irracional, incapaz de tomar conciencia de mí mismo y salir de ahí; y así fui víctima de una nueva embestida, y entonces fui yo quien quedó con la espalda en el piso, con su sangre y saliva invadiendo y quemando mis deseos de un salón lleno de gente, donde la champaña tendría un sabor a ciruelas frescas, y los labios de la mujer de mi vida una tersura de copo de nieve; sí, era yo un romántico ¿qué le hago? El resabio acre que sus fluidos dejaron a su paso traté de limpiarlo golpeando su cuerpo en donde me era posible, con mis puños, mis pies y rodillas, pero fue como si con cada ataque le hubiese inyectado al infeliz más y más fuerzas, y lejos de retirarse, se aferró desesperado a mi humanidad. Mordió mis labios, recorrió con su lengua cada rincón alrededor de mi cuello; y lloré, y grité, pero casi al instante se encargó de apagar mi garganta y de sacar hasta el último aliento de mis pulmones. Y me rendí, y dejé caer mis brazos al piso, y entre mis lágrimas y mi resignación él terminó de ganar esa batalla, la primera victoria en su vida quizá. Se quedó quieto y resollando levemente encima de su nuevo trofeo, mientras yo busqué el modo más sencillo de desintegrarme, para no sentir su peso sobre mi conciencia.

Y ausente de mí acabé charlando con mi padre. Qué raro… [1]

– ¿A dónde vas? –Lejos, eso creo ¿Sabes hasta dónde llega esta línea? –Nunca he ido de lado a lado; uno nuca puede recorrer todo cuanto desea –Tienes razón; catorce años no te han llevado muy lejos; hete aquí, otra vez – ¿Cómo sabes que soy yo y no tú quien está aquí? –Elías, creo que lo más normal en éste preciso instante sería que me dijeras cosas que un padre común y corriente le dice a su hijo, en lugar de aparentar que eres un Confucio dadaísta –No estoy aquí por gusto, no estás aquí por gusto… y es cierto ¿por qué estás aquí? –Voy de visita –Tú tan buen hijo, como siempre –Ese dejo de sarcasmo apesta saliendo de tu boca ¿sabes? Sí, sí sabes –Tú disculparás, pero las carnes del bufete tenían mucho ajo, y mi hijo demasiado vinagre. Perdón si mi aliento ha ofendido a la concurrencia… ¡Mira! Siempre lo he dicho; las estaciones subterráneas están mejor diseñadas que las que están por encima –Debajo de todo, a oscuras, muy lejos… bastante de tu estilo. Y dices que tal vez no eres tú quien está aquí; seguro… – ¿Qué es lo que te molesta? –Que no sé en cuál estación debo bajar para empezar a sentirme en casa, de nuevo – ¿Cuándo te hizo falta saber eso? Según me has gritado a la cara varias veces eres bastante seguro de ti mismo –Y no gracias a ti –No, eso es seguro. Todos cometemos errores, pero los míos, de ninguna manera son tan oscuros –Nos reencontramos después de tanto tiempo únicamente para que me patees los cojones, ¡qué tierno de tu parte! –Es algo tarde para que me pidas ser un hombre responsable y un padre amoroso en lugar de un completo hijo de puta desde tu perspectiva; ten cuidado, se te puede cumplir… –Tienes razón; el Elías desbraguetado que conozco es horrible, no quiero saber de uno responsable… –Atento, que esa era la última estación subterránea – ¿Y eso qué importa? –Que el sol aun no se pone y tienes ojos muy sensibles…

Mierda. Esa estúpida claridad otra vez. De pronto vino el blanco ostión del techo de la habitación, el frío en mis brazos y el dolor en mi espalda, así como esa misma respiración que acompasadamente me mandó lejos de todo lo que conocía. Volví con diez años menos, pues como chiquillo asustado me quité de encima a Emmanuel, tomé mi mochila y corrí a casa con la cara tiesa; pasé de largo a todo el planeta y me encerré para tirarme en mi cama y continuar llorando a grito abierto, silenciado con la almohada en la cara. Horas se fueron y vinieron, y yo continuaba en el limbo, perdido dentro de mi propio cuerpo, atento hacia la nada, como esperando al tren de mi sueño para tirarme hacia sus ruedas. Algo sobre el hecho de que fueron a despertarme aún sigue en mi cabeza; trozos así son lo único que puedo conectar.

– ¡Aquí estás! Me tenías muy asustada ¿qué te pasa? –Me siento mal –No tienes fiebre ¿Te duele algo? –El estómago, un poco, pero estaré bien –Pensé que no estabas –Llegué desde las seis, creo –Sonia me dijo que creía haberte visto entrar, y se me hizo raro no verte bajar a cenar. Pensé que habías vuelto a salir. No sé por qué pensé que no estabas –Me quedé dormido, creo – ¿Crees? Me estás preocupando –No pasa nada; una rachita de depresión, me imagino. Ya pasará – ¿El asunto de tus medios hermanos? –Tal vez, no sé… Elías, Tony, Mayra… [2] – ¿Viste a tu padre? –No –Entonces no pasa nada. Tony y Mayra tal vez te sean de gran ayuda; y Elías… tu padre nunca ha sido un problema. Haz un esfuerzo. Aunque suene a mal consejo, él siempre fue algo muy lejano en nuestras vidas; mantenlo así. Sabes que nos tienes a todos, y ahora que tienes a más gente de tu lado, no hay motivo para que el ánimo decaiga – ¡Ah! Los dedos de mi madre metiéndose entre mi cabello… la medicina correcta para todas mis dolencias… ¿dónde estuvieron esos dedos mágicos horas atrás, antes de subirme al tren? Soy una mierda por haberle mentido tantas veces –Baja por algo de cenar, porque ya sabes que no puedes dormir con el estómago vacío, pero no cenes mucho –OK, bajo en un rato

Madrugada, leche fría entrando en la garganta y segundos después saliendo desaforada por el mismo camino. El vómito, el escusado, el ardor en la nariz y la garganta. Eso cansa, siempre cansa. El abrazo de mamá que se levantó al escuchar mis ahorcajadas, reconfortarme finalmente y tratar yo de tranquilizarla. Dormir en blanco puro… vaya manera de re-armar mi cabeza.

Right here, right now.

–Vamos, no te pongas tan dramático – ¡Hijo de puta! ¿Qué no puedes quedarte callado? – ¿Cómo quieres que lo tome? Sólo mírate, por Dios; acabas de recuperar el conocimiento al tiempo que te vaciabas. No tienes madre –Limítate a quererme y no hagas preguntas –Ahora él pone condiciones. Con esas marcas en las muñecas, los tobillos y el cuello ¿no hay algo mal en el cuadro? – ¡Déjame, carajo! No me digas lo que debo hacer, eres el menos indicado –Si no soy yo quien te dice cómo amarme ¿quién lo hará? – ¡Pendejo! ¿Qué te hace pensar que me hace falta? –Lo que necesito es que alguien me explique por qué lo sigo haciendo. Tú no me quieres, no quieres a nadie; no te quieres ni a ti mismo ¿cómo podrías decirme cómo amarte si ni tú lo haces desde que me acuerdo? –Ya, abrázame y no digas pendejadas – Puta madre ¿qué parte no quedó clara? – ¡Que me dejes en paz! –Sí; hiciste que me gustara madrearte de vez en cuando, ahora no te quejes… bueno, no lo harás, lo sé perfectamente. – ¿Ya ves? Aprendiste muy bien; dame otro bien fuerte y cógeme en el suelo – ¡No mames! Incorregible, sólo eso. Por cierto, hacía tiempo que no veía la cicatriz de tu corva.

Hospital regional de zona número 12, cama 403, traumatología.

– ¿Cómo estás? –Con yeso, un par de costillas estrelladas… –No sabía si venir o no –César, yo no muerdo –No digas mentiras, cabrón –Bueno, sí muerdo, pero te gustó ¿qué no? –Quisiera partirte la madre justo ahora –No te detengas, lo merezco –El hijo de puta eres tú, no yo. Mejor espero a que te den de alta para ingresarte otra vez –César, no te enojes. He querido buscarte para hablar sobre eso, pero ya ves, tampoco me atrevía; tres meses con las ganas y ahora así como estoy… – ¿Por qué lo hiciste? –Porque lo sentí adentro –Pero me mandaste a la verga antes de hacerlo ¿cómo te creo que lo sentiste? –Estaba molesto, confundido… –Yo también y no por eso… – ¿Te fuiste después de tumbarme al piso de un madrazo? –Emmanuel, no confundas; eres mi amigo, estabas todo madreado… –Te quiero César –Emmanuel, no digas eso –Es la verdad –Me vale madre que sea la verdad, no lo digas –Te quiero. Siempre has estado conmigo, siempre cerca… – ¡Ya Emmanuel! No quiero oír nada más –Pero quiero que sepas por qué lo hice –Ya me lo dejaste claro, y creo que debo irme –Quédate un poco más –No quiero, no es buena idea –Quédate –No sigas –Me voy a levantar y te voy a detener –No digas pendejadas –César, quédate –No quiero. No debo –César… –Quédate donde estás. No se te ocurra mover un pie de la cama –Me vale madre, quédate conmigo o hago que te quedes –Emmanuel ¿qué haces? ¡No! –No, te quiero y quiero abrazarte –Emmanuel ¡no!… ¡enfermera! – ¡César, agárrame… me estoy mareando! ¡Me duele! – ¡Emmanuel! ¡En… enfermera! – ¡No me sueltes! ¡No me sueltes! – ¡Emmanuel, no hagas esto! –Te quiero César, te quiero y no te dejaré ir nunca – ¿Por qué me haces esto? ¡Enfermera! –Te quiero, te quiero un chingo

Puta; dos Magdalenas lloronas abrazadas en un cuarto de hospital. Qué tierno. He de decir que le admiro el hecho de haber cumplido su promesa de no dejarme ir nunca, pero que poca madre, lo ha hecho todo a su modo. Siempre ha sido así; con pinta de no tener idea de nada, y al mismo tiempo, tan fríamente calculado. Siento que el tiempo se me acaba, aun no tengo idea de por qué o para qué, sólo quiero salir huyendo, ya no tengo dudas sobre eso. Sólo sé que la puerta me llama a gritos, y él no estará dispuesto a negociar conmigo el hecho de que lo deje. Es muy astuto, no debo darle oportunidad, no debo levantar sospechas.

Right here, right now part II.

–El piso está frío amor, te estoy esperando, hagámoslo arder juntos – ¿Amor? ¡Sé honesto, con una chingada! Sólo he sido el fuete que usas para madrearte y masturbarte –Sabes que para todo lo referente al amor se necesitan dos personas, no eres en ningún modo inocente, así que no finjas – ¡Qué hijo de puta! Si dices amarme tanto no deberías intentar cortarme las bolas con la verdad que ya conozco desde hace años –Por supuesto que no; soy el único culpable de haber llegado tan abajo en tu infierno compartido, pero a diferencia tuya, a mí los putazos me encabronan con el tiempo – ¡Estás atado a mí, y me vale madres lo que pienses! Nunca te dejaré ir, eres mi dueño, y porque te pertenezco no me puedes dejar – ¡Me hiciste adoptarte a la fuerza! ¡Me odias lo suficiente como para haberme convertido en esclavo tuyo, para ponerte cada noche las cadenas y castigarte! ¡Me hiciste adicto a tu carne sin dejarme opciones! ¡Fornicaste mi cabeza hasta despojarla de todo cuanto tenía para repelerte! Me martirizas al usarme de verdugo para tus torcidas pasiones ¡puta madre! ¡Me hiciste amarte sin razón ni medida! ¡Yo sí te amé de verdad, y tú sigues siendo un cabrón egoísta! – ¡Todo lo he hecho por amor! – Maldito nuevo vicio. Son justo estos momentos en los que me pongo a pensar si de verdad es malo lastimarte, si a final de cuentas me debes tantas…

Dulce vida de soltero…

–El depa no es malo, además el papá de Emmanuel nos lo va a rentar muy barato. Ya ve, hasta teléfono tiene – “¿Se lo rentará a su hijo también?” –Bueno, yo insistí en lo de la renta; usted me ha enseñado siempre que no es bueno deberle nada a nadie. Respecto a Emmanuel, no sé, no creo que le cobre un peso –“Pudiste quedarte en casa, espacio tenemos” –Quiero valerme por mí mismo Má; sabe que no salgo huyendo ni nada de eso. Quiero crecer –“Sí, lo sé, pero pues ¿qué le hago? Soy tu madre y me cuesta trabajo a veces. Bueno flaquito, cuídate mucho, y no se te olvide pasar a saludarme cuando puedas” –Su beso y su bendición los necesito a diario, así que no se preocupe. Mire, Emmanuel acaba de llegar, la veo mañana cuando salga de la facultad –“Cuídate amor, si no puedes venir me llamas” –OK Má, besos. – ¿Quién era? –Mi mamá, ya sabes, los primeros días son medio difíciles –Sí, no te imaginas el drama que hizo la mía… Por cierto ¿cocinarás hoy? –No sé ¿se te antojó algo o…? –Es que invité a alguien a comer – ¿A quién? – ¿Conoces a Maya? –Sí, la chava esa de docencia de francés –Emmanuel, ayúdame con las bolsas… –Mira, ya llegó –Sí, ya la…

Amor, sí, seguro… cocinar para mi rodilla, sonreírle, mirar cómo se metían mano mientras yo estaba purgado de coraje en el fregadero, resistir las ganas de despedirla de beso, cerrar la puerta y arrancarle las gónadas a Emmanuel… ¿cómo puede decir que todo lo que ha hecho ha sido por amor? Si eso es cierto, entonces el amor no es otra cosa que mierda de perro con aroma de rosas. Te hace aceptar lo que te patea el culo y hasta darle las gracias, y para cuando ya te hartaste, la mierda la tienes hasta el pescuezo. Recuerdo haber querido vengarme pagándole con la misma moneda, pero claro, él es desde siempre y a la fecha jodidamente encantador…

–No sé a qué vienen tus comentarios; digo, la vez que trajiste a Maya a mí me quedó muy claro que somos un par de solteros –Eso fue diferente – ¿Diferente? ¿De qué privilegios gozas? –Es diferente, yo no la quiero de verdad – ¿Entonces? ¿Es que sólo se te antojó el pollo? Porque déjame decirte que también yo puedo comer carne blanca y roja, y si he de decirlo, no me desagradan en lo más mínimo ninguna de las dos… (Un momento… me parece que esto ya lo había visto en otra parte…) – ¡Cállate! –No, esta vez me vas a escuchar; no sé qué pensaste que iba a pasar al estar viviendo juntos, coger tan rico y añadir un elemento más a la ecuación; no me quebraré la cabeza en encontrar la respuesta, pero espero que entiendas que sólo estoy equilibrando las cosas – ¡Basta! – ¿Qué pasa? ¿No soportas que otro jugador use tus mismas reglas? Ahora te aguantas, porque si no quieres andar derechito, también yo me voy a agachar

Y vino desde adentro como su primer beso; me cruzó la jeta de un derechazo y por supuesto que le demostré “cuanto lo amaba”. Varios minutos corrieron, mientras mis puños, rodillas y pies se estrellaron en su cuerpo al tiempo que él torpemente trataba de devolver el ataque, sólo logrando enfurecerme aun más. Quedé satisfecho hasta escuchar su llanto y mirarlo hecho un harapo en el suelo, y con una frialdad de la que aun me sorprendo, fui a la cocina por agua de fresa. Mastiqué con algo de dificultad un trozo de pizza vegetariana, luego a mi habitación a terminar una investigación sobre el expresionismo alemán, y al poco rato me di cuenta de que el llanto seguía ahí, y no sólo el llanto, sino Emmanuel mismo tirado en el piso, listo para desarmarme y confundirme de nuevo. Ciencia perfecta; ante cada elemento en el universo, uno más que lo anula por completo.

–Levántate de ahí, te va a hacer daño –Como si eso te importara… –Precisamente porque me importa lo digo – ¿Por qué tenías que vengarte? –Porque me importas, y porque tienes que entender que si juegas con fuego te vas a quemar. Emmanuel, no sé por qué te sigo amando, no lo entiendo; pero si insistes en creerte invencible, entonces me vas a conocer por la mala, porque aun amándote tanto, puedo acabar contigo si se me ocurre –Perdón –No te disculpes, eso no sirve de nada – ¿Qué pasa? ¿Quién eres? César, has cambiado tanto… –No, sigo siendo el mismo, y eso me caga –Antes no había problemas –Antes no vivíamos juntos, y aunque no hubo nunca un pacto oficial, creí que teníamos algo grande entre manos al llegar hasta aquí. Tal vez supuse demasiado –Antes me amabas de verdad –Eso es mentira; antes estaba confundido, y hoy más que ayer todo es incomprensible. Hoy te amo, sé que te amo, y sé que me respeto muy poco por estar aquí, tratando de resarcir el daño que tú mismo causaste. Esa es la diferencia real entre antes y ahora –Siempre te he querido, te lo juro –Y me has lastimado aun con tu querer. Sólo escúchate ¿para quién quieres cuando quieres? Cuando amas de verdad no amas para ti mismo, sino para ambos. No has madurado nada –Perdón –Dije que no te disculparas, tú no crees en eso –Abrázame

Y el sexo conciliador fue genial en la sala. Y aunque era lógico pensar que todo quedaría ahí, la charada duró un año más. Ni él ni yo dejamos de inmediato a nuestros repuestos para los eventos sociales. Me importa un bledo si él lo lamenta o no, pero en mi caso, el estar tan podrido por dentro a tan temprana edad me ha causado estragos enormes. Y ahora me atrevo a asegurar que precisamente Maya y Anaís fueron el chivo expiatorio perfecto para más y más trifulcas.

Más fuerte cariño; no lo siento aun entre las piernas.

– ¡Pero hasta parece que te urge ir a checarle el aceite! –Te di la opción hace tiempo de dejar esto por la paz, pero tú insististe en jugar a las vencidas, ahora no me vengas con mamadas – ¡Entonces lárgate con ella y llévate también tus chingaderas! –Eso ni tú te lo tragas, por eso lo estás escupiendo – ¡Te quiero fuera de mi casa, pedazo de caridad malagradecida! – ¡Le estoy pagando renta a tu padre, a ti no te debo nada! – ¡Éste es mi depa; tú y tus chingaderas se van ahorita mismo a la verga! – ¡Toca una más de mis cosas y te juro que te parto la madre!

Siempre gritos, siempre amenazas, siempre golpes, siempre llanto, siempre disculpas, siempre gemidos, siempre su cuerpo castigado retorciéndose de gozo mientras me tenía dentro… Siempre parecía que el mundo se acabaría en cada una de las ocasiones, pero siempre había un mañana más brillante que el anterior. Me cuesta trabajo creer que eso era posible; ¿cómo después de nadar por la noche entre la mierda nuestros cuerpos brillaban con la luz del sol por la mañana? Aun contra todo pronóstico, él lo supo hacer tan discretamente que no me di cuenta de que me convertía a pasos agigantados en lo que él siempre anheló que sería un amante perfecto. Así, entre el hacer de la violencia en nuestro “hogar” la tensión indispensable para alimentar nuestro amor tan raro, y mis propias conjeturas sobre el punto en donde acabaríamos si seguíamos juntos, su máscara fue cayendo lentamente, y mis fuerzas por defender lo que yo creía correcto se acabaron con la misma rapidez. De pronto, ya no había necesidad de un pretexto, sólo era cuestión de que él me lo pidiera para que sin un ápice de ira sembrara en su cuerpo rosas que iban del púrpura al negro, y que se regarían minutos después con nuestro sudor y eyaculaciones

–No me gusta cómo se ve esto Emmanuel, ya es suficiente en este lado –Bueno, ahora muerde mi nuca mientras me la metes – ¿Y si te dejo marcas? –Se me tapan con el cabello

El problema fue que con todo y que parecíamos una relación sadomasoquista convencional (no había reparado en esto, es un buen chiste de humor negro) algo en mí hacía corto con su manera de sentirse amado. Y aunque su llanto era por alcanzar a su manera el éxtasis, el mío por las mañanas era de remordimiento auténtico. Lo amaba desde hacía tanto tiempo de un modo indescriptible; mi dios, mi piel ajena que sentía tan propia, y que me dolía ver envuelta en moretones y heridas. No veía una llama vivaz como la que ven los amantes convencionales; sólo me limitaba a hincarme y pedirle a Dios un poco de piedad, mientras él hacía la noche más y más oscura con cada nueva ocurrencia. Pedirle que se detuviera fue un error, y tratar de obligarlo fue un intento de homicidio técnicamente hablando.

– ¿Por qué lo haces? ¿Qué no te das cuenta que me llevas contigo al borde de la locura? – ¡Tú eres el culpable de que busque tu amor en mis propias manos! – ¡Pero te estás destruyendo, y me estás matando! – ¡Es que tú no ya no me amas! ¡Ámame otra vez! – ¡No me pidas ese amor de nuevo! – ¡Entonces déjame buscar tu amor a mi manera! – ¡Está bien! Está bien, perdóname, pero suelta eso, estás sangrando mucho. Ven, ven conmigo, perdóname…

Esa debe ser la imagen perfecta del agresor pasivo; el cordero ensangrentado que con sus estertores de muerte le quita la vida al lobo mucho antes de que éste piense en devorarlo. No conoce límites, no sabe a ciencia cierta qué es lo que hace, ni por qué lo hace; simplemente existen en el universo él y su conducta destructiva cual agujero negro, devorando todo a su alrededor. Y precisamente en este instante, sumido en su negrura lo hago mío del modo en que le gusta, después de casi quitarle la vida por accidente, cuando el hilo del tendedero le traía asfixia y un orgasmo de antología.

Right here, right now: round 3.

– ¿Ves cómo no necesitas pensar demasiado en quererme? – La verdad es que sólo estoy ganando tiempo para emprender la huída, sólo déjame encontrar la ruta de evacuación… –Hoy te daré más amor que nunca, créeme – Un instante más, unas cuantas palabras duras más, y quizá inmovilizarlo un tanto… ¿un tobillo? Sí, puede funcionar… ¡En la madre! ¿Eso fue un diente? – ¡Sí, así amor mío! ¡Quiéreme tanto como te sea posible! – Gózalo, porque esta será la última vez que me tendrás para ti solo… – ¿Qué quieres decir? – Eso, eso amorcito es una sorpresa – ¿A dónde vas? –A ponerle fin a lo nuestro de la única manera que veo posible – ¿Te volviste loco? ¡Cierra la puerta! – Lo siento cariño, esta vez yo pongo las reglas –No Emmanuel; esa puerta no volverá a cerrarse estando yo dentro, eso te lo aseguro – ¿Y crees que puedes ir a alguna parte donde no pueda encontrarte? –Puedo intentarlo, y tal vez sacarte un susto muy bueno

Aun no se hace de noche por completo, y el espectáculo es digno de recordarse; un hombre desnudo y golpeado yace dentro de la sala de su apartamento; su amante, vistiendo un discreto condón texturizado abre la puerta del nidito de amor y se acerca al muro de la terraza. Abajo, niños en patines, una vendedora de fritangas y la paletería atestada de clientes; si alcanzo a calcular bien en menos de dos segundos y mi pierna izquierda me da el suficiente impulso, tal vez llegue a media calle y aquella unidad de la ruta 47 me reste aun más las probabilidades de fallar. Esta será la única vez que lo veré arrastrándose por una causa auténtica más allá del placer que nunca se cansa de buscar. Sus gritos que se vuelven súplicas, los murmullos de la gente debajo de nosotros, el motor del microbús que tal vez acabe lo que estoy comenzando… y antes de continuar, como en un cuadro congelado, con los huevos al aire y mi pierna izquierda impulsándome a la libertad que sólo la puerta falsa puede darme les hago la siguiente aseveración: Aunque no parezca, en este preciso instante es cuando tengo el control verdadero de la situación…

Elías Strikes Again. [3]

–Después de tu berrinche ¿por lo menos podrías darme la satisfacción de decirme lo que siempre quise escuchar?… Me lo imaginé.

Carlos Alejandro Torres Ildefonso. Febrero 16 de 2007. Apéndice. “Para todos aquellos que necesiten un poco más de material para hacer más comprensible lo que se acaban de chutar, o simplemente por las ganas de leer más, sigan más abajo”. El autor.

Debido a que concebí esta historia como el guión de un mini cuento más visual que literario, hubo pequeñas cuestiones que no quedan muy claras sin una breve explicación, puesto que hacerlas explícitas le restarían por completo el dinamismo a la lectura (bueno, según mis planes). Por eso, añadí estas breves explicaciones y anexos a la historia:

[1] Elías es el padre biológico de César. Queda más que obvio el parentesco de Elías y César desde el título de ese fragmento. Lo que no se integró a la historia es que César sólo ha visto a su padre muy pocas ocasiones, y la última vez que lo vio fue antes de cumplir cuatro años (De hecho, nunca lo llamó “Papá”). El hecho de que César lo traiga a su vida en ese instante se entiende con mayor claridad al explicar el próximo anexo; y por si no ha quedado claro, Elías nunca tiene en la historia una aparición material. Él es solamente un ser que habita en la mente de César y que se le aparece en momentos muy poco oportunos. De hecho, el título de esta historia tiene que ver casi únicamente con la relación César-Elías, puesto que la cara que nunca vemos es precisamente la de César enfrentando lo que realmente siente por su padre. Lamento profundamente arruinar el misterio del título si es que no lo habían descubierto hasta este punto.

[2] Tony y Mayra. Ese par de nombres apenas y se mencionan una o dos ocasiones, pero en realidad son el detonante que causa la aparición de Elías en el inconsciente de César, puesto que son los hijos que Elías tuvo en cada uno de sus matrimonios frustrados (hubo dos matrimonios en su vida, pero Elías jamás se casó con la madre de César) y aparecen en la historia tras haber encontrado a César. En esos momentos, los tres medios hermanos incluyendo a César recién se habían puesto en contacto.

[3] El cuadro final. Es bastante confuso leer simplemente esa línea accidentada de Elías como final definitivo, pero la “viñeta” del desenlace la imaginé impráctica desde mi punto de vista, aunque es rica en detalles:

Desde la perspectiva de César.

Es chistoso como el mundo entero de pronto se quedó en silencio. Sigo aquí, lo sé porque todo aquello que se mueve hacia mí, minutos antes estaba en sus propios asuntos. Los niños, la señora de las fritangas, Doña Alicia y su hija la solterona, todos los que compraban paletas… bueno, hasta el dueño de la paletería. No sé que me hará más famoso; si reventarme la cabeza contra el pavimento o el hecho de que estoy con el culo al aire libre justo a mitad de la calle.

¡No, Dios! Digo; ¿qué no habrá escuchado nunca la frase “En vida hermano, en vida”? Ahora que no venga a chingar a su madre.

–Después de tu berrinche ¿por lo menos podrías darme la satisfacción de decirme lo que siempre quise escuchar?… – ¡Ay Elías, no mames!

Todo se pone color rojo oscuro; creo que la sangre por fin nubla mis pupilas; no arde en los ojos; bueno, hace tiempo que ya no sentía nada de todos modos.

–Me lo imaginé – Por cierto, el microbús no se atrevió a rematarme, aunque no creo que haga falta. Por fin estoy tranquilo.

Desde la perspectiva de Elías y el autor que se coló para hacerse notar.

Si hay algo que debo reconocerle, es que escoge lugares muy interesantes para citarme. Vaya, lindo atuendo para recibirme. Tal y como nunca me tocó verlo (César está representado con la figura de un bebé; desnudo, tendido boca arriba en un pequeño charco de sangre en plena calle desierta)

–Después de tu berrinche ¿por lo menos podrías darme la satisfacción de decirme lo que siempre quise escuchar?… – (En ese instante, el bebé mira a Elías con cara de seriedad, y apenas parece reconocerlo suelta el llanto inconsolable, situación que decepciona a Elías) –Me lo imaginé.

Carlos Alejandro Torres Ildefonso Febrero 16 de 2007. agonistes_80@hotmail.com

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