DON PEPITO

Chapero16

Fecha original: 20 de febrero de 2006

Ayer se ha muerto don Pepito. No sé por qué le llamaban así, su familia. Se llamaba José A. M. y a mí, antes de ser puto, me contrataron para sacarle en la silla, porque era paralítico, no sé si de siempre o no, porque nunca se lo pregunté. Me salió aquello, digo, y a mí no me pareció ni bien ni mal. Unas pelas. Yo tenía que ir a buscarlo por las tardes y le sacaba a pasear. Era amable y tenía buena conversación, el señor, pero desde el primer día yo ya sabía que lo que más quería era meterme mano, lo que pasa es que lo dejé, porque me daba pena. Lo explico.

Al segundo día de sacarlo ya empezó con que en el parque había mucha gente y muchos niños y mejor íbamos un poco más allá, tan allá fuimos, hasta que me cansó y entonces me dijo que descansara sentándome en el brazo de la silla y ya empezó a meterme mano. Bueno, pues entre darle una hostia y abandonarlo allí y dejarlo estar elegí lo segundo, no sé, porque tendría yo un buen día o porque el hombre lo hacía todo con mucho miedo. Me ponía la mano en la cintura y no se atrevía a pasar de allí, luego en la pierna y tampoco. Yo me reía porque él no me veía la boca, pero tampoco hice nada por que parara. Era tan aburrido aquello y el pobre señor también que con el metemanos yo empezaba a divertirme un poco.

Yo hablaba muy poco entonces, por no decir nada, o mejor es que yo nunca había hablado de nada con un señor mayor, que también y visto desde ahora lo que me debió pasar es que empezó a gustarme que me desearan, aunque fuera él, pero yo entonces no sabía bien identificar esas cosas. Como yo no le cortaba, don Pepito ya se iba atreviendo a meterme las dos manos por debajo de la ropa y yo a notar cómo se excitaba como un burro y cómo se empalmaba.

-¿Te gusta? -se atrevió a decir un día.

Y por primera vez le miré mientras me estaba metiendo mano. Desde luego no iba a decirle que sí, pero si le decía que no, aparte de que me daba pena, no lo volvería a intentar y yo me iba a aburrir mucho en aquel desmonte, aparte de que lo más fácil era que me despidieran. O sea que lo miré con la mirada más clara posible y no dije nada y él siguió sus avances. Luego, la verdad, cuando te están metiendo mano mucho rato te acabas excitando, por lo menos yo y ya empecé a pensar que aquello tenía que ir a más o a menos, pero así no…

Y un día don Pepito se corrió, con mucho aspaviento y puso perdido, pero es que perdido, el pantalón de tela. A mí, la verdad, me pareció bien, que se corriera quiero decir, pero él enseguida se puso histérico porque no sabía cómo se lo iba a poder ocultar a su mujer y sí que era un problema eso. Don Pepito estaba casado y no tenía hijos… Pues desde aquel día, cuando iba a buscarle, ella me miraba de distinta manera, que a mí esas cosas no se me pasan y yo me di cuenta de que ella lo sabía, o por lo menos lo sospechaba mucho y a mí todo aquello me rayaba un poco, pero también era divertido.

Luego, desde la corrida, tanto le gustaría, don Pepito empezó a hacer planes como un loco. Debajo de la casa tenían un garaje que no usaban para nada y lo que él planeaba era que salíamos como si fuéramos a otro sitio, dábamos la vuelta y la mayoría de los días íbamos a parar allí al garaje, que era un poco cutre -en realidad, toda la casa era bastante cutre-. En la media oscuridad, porque estaba muy mal iluminado aquello, don Pepito se soltaba más, se sacaba la polla, ya tenía cuidado de no mancharse y me metía mano a lo bestia hasta que se corría con mucho escándalo. Luego, me daba más pelas, distintas cantidades que pasaban con mucho de lo que tenían que pagarme a la semana por sacarle. Yo a él no le toqué nunca -cuando me lo pidió una vez le dije NO y bastó- y que me tocara él no me importaba demasiado y estaba ganando mucha más pasta de la que pensaba, pues bien. Luego ya se atrevió a pajearme él a mí y también lo dejé, porque tal como iban las cosas estaba bien correrme allí y era lo mejor, lo que pasaba era que don Pepito montaba mucho escándalo, se ponía nervioso todo el día y si yo tardaba un cuarto de hora en llegar se ponía loco y, además, me estaba dando demasiada pasta, y las caras que ponía su mujer eran de ver, o sea que era total que aquello iba a acabar mal, pero por mí que durara lo que durara…

Un día, me acuerdo, estaba yo más sembrao o lo que fuera y don Pepito estaba excitadísimo tocándome por todas partes y me pidió que me quitara la camiseta. Bueno pues me quité todo menos la camiseta. Me solté de él y, muy despacio, primero me saqué la bermuda, luego las zapas y luego los calcetos. Como la camiseta era XXL y me tapaba los webos y el culo empecé a subírmela tope lento y con mucho morbo, para que me viera bien visto, primero por detrás, y girándome, luego por delante y sin sacar los webos, envolviéndolos con el final de la camiseta y luego ya dejé soltar la polla que se empalmó de un tirón, como me pasa a mí siempre. Don Pepito estaba alucinando y poniéndose rojo oscuro. Me pasé la camiseta por detrás del cuello, para que pudiera sobarme bien todo y me subí a la silla. Don Pepito se puso loco y más loco. Le saqué la polla y se la toqué por primera vez y empecé a manejársela llevando para atrás mi mano derecha. Luego, cuando él ya no podía respirar más fuerte de agitado que estaba y

temblaba entero y no decía más que sí… sí… sí… le metí mi polla en la boca…

Al día siguiente, ya se había vuelto loco don Pepito. Había estado de bronca con su mujer, que tenía los ojos hinchados y rojos y ya había decidido que él y yo nos íbamos a vivir juntos o algo así y después al mar, no recuerdo a qué mar, porque no le hice ni puto caso, no veas. Estaba emocionado, la verdá y yo, pues le dejé hablar y no le dije nada y tiré para el parque en vez de para el garaje. Aquello no terminó mal, porque yo dejé de ir. No aquel día, sino un tiempo después, porque empecé a tener otra vida, a conocer otra gente, pero don Pepito seguía hablando y hablando, supongo… hasta que se murió. Ayer. Me mandó su mujer la esquela recortada porque tenían mi dirección de antes. No voy a ir a verla a ella, ¿para qué? Ella lo sabía todo, fijo que lo sabía. Y se aguantó. Pues ya está.

***