El fetichista

Nunca me ha importado el hecho que me digan que soy un chico raro, me da lo mismo si lo piensan o no. Pero no, no es porque tal vez tenga algún indicio de mis preferencias sexuales por lo que la gente habla, mas bien es porque no me gusta lo mismo que a los demás, sobre todo a esta mi edad en la que se tiene que alardear cuan macho eres y cuanto te gustan los atributos físicos de las niñas, o porque no ando retozando por ahí con los vecinos jugando fútbol. ¡Caray!, ese bendito y popular deporte que siempre me ha disgustado, más aun porque mi abuela insiste en que me inscriba al equipo que dirigen mis primos, ese en el que todos los domingos los chicos regresan llenos de tierra y raspados de cualquier extremidad haciendo gala de su poderío y exhibiéndose como si estar golpeado fuera un trofeo.

Los chicos, eso sí que me gusta y es lo único que no aborrezco del fútbol, ¡ah si!, se me olvidaban esos lindos uniformes en los que se envuelven muy ataviados, son lo que sí me hace mirar un rato a los campos de balompié: tan brillantes y llamativos, justo a la medida, aunque serían mejor si dejaran ver un poco más esas hermosas piernas que los deportistas se ganan a veces sin querer, y con las espaldas tan bien formadas usando como escudo esos sílfides pechos que llevan por base la cintura más deliciosa, ufff, sólo de pensarlo…

Como Fernando el engreído, el hijo de la vecina Raquel: le he puesto el engreído porque siempre cree saberlo todo de todo, la verdad es que es muy tonto, imagínense, un día dijo que todas las operas estaban escritas en Italiano y que Beethoven era el mejor compositor de sonatas para trompeta, jajaja, si ni siquiera sabe qué son las bellas artes; se aprovecha de los menores porque sabe que siempre le creerán y además porque es él quien mejor juega fútbol, eso sí.

Pero no hago mención de él por su pedantería si no por lo bien que está y por lo que me sucedió casi con él, sí, casi con él, digamos que tuvimos un encuentro muy cercano sin que se diera cuenta, pero no crean que lo dormí, hipnoticé o le di algún brebaje mágico, mucho menos porque él me halla invitado a acercarme tanto: me hubiera encantado, de hecho le caigo tan mal como él me cae a mí; si he soportado que venga a mi casa es porque su madre sabe que sólo yo puedo ayudarlo con su tarea y porque no puedo negarle nada a Raquel pues me tiene una alta estima, al menos eso es lo que dice. Quizá esas comparaciones que hace con su hijo y conmigo en voz alta son la clave de su repudio hacia mí: lo ves “Nandito” qué fácil es hacer la tarea, mira “Nandito” te dije que Malcom sí sabía, jeje, me encanta que lo haga enojar llamándolo “Nandito” hace un gesto tan tierno que me derrite nada más de verlo. Pero les contaba de mi encuentro con el chico…

Resulta que en el último periodo vacacional a mis primas, quienes viven en Coahuila, se les ocurrió venir a visitarnos con el pretexto de entregar la invitación a su próxima fiesta de quince años y debían quedarse una semana con nosotros. Ya de por sí es malo soportarlas con sus constantes acosos y sus estúpidas risitas por cualquier comentario vano que se haga, pero una semana creí que no la sobreviviría, además de que debía dormir en el sofá porque usarían mi pieza como cuarto de visitas: siempre lo hacen; me pregunto por qué las mamás continuamente dan nuestra habitación para ese propósito es como si fuera una maldición, en fin.

Llegaron el lunes por la tarde con sendas maletas y, no habiendo abusado ya de la cordialidad de mamá, hasta se trajeron un castrante French Poodle Mini Toy que no para de ladrar y lleva el ridículo nombre de “Caramelo”: ni yo soy tan femenino como ese tonto animal. Imaginen la escena de bienvenida, yo estaba placidamente practicando el piano (electrónico) cuando mamá, excitadísima, toca estruendosamente a mi puerta obligándome a bajar, no tuve opción. Ya en la sala de la casa comenzaron los abrazos y las clásica frase “pero como has crecido Malcomcito”, mira que guapo estás, de seguro ya tienes novia. jajaja, sí, cómo no. Así pasó esa primera tarde entre el tedio de escuchar los pormenores de la fiesta y de los familiares que habrían de ir, ¡ninguno de mi interés!, al mismo tiempo llegó Raquel que estaba muy interesada en conocer a mis familiares.

La conversación se extendió hasta las diez de la noche y yo estaba cansado de voltear la cabeza hacía un lado y hacia otro como si estuviera observando un partido de tenis, así que le dije a mamá que me iría a acostar ya. Bajé mis cobijas y almohada, tuve que usar un pants viejo para dormir porque ya no me compran pijamas y por lo general duermo en boxer, es más cómodo. Al ver Raquel que me disponía a instalarme en la sala se levantó de la mesa súbitamente y dijo en voz alta- Por dios Malcom no dormirás en el sillón ¿verdad?- A lo que sólo alcé los hombros demostrando mi desacuerdo – De ninguna manera hijito mejor quédate en mi casa en el cuarto de Nandito- ofreció Raquel. Al escuchar su propuesta un frío extraño me recorrió el cuerpo entero y en fracciones de segundo, imaginé todo lo que podía suceder aquella noche y hasta olvidé que no simpatizaba con el chico, además de que no pude evitar poner cara de sorpresa – hay mi amor (decía Raquel) que no te de pena al fin que Nandito se ha ido esta noche con su abuela y regresará mañana en la tarde así que será como estar en tu casa y si quieres puedes llevarte tus juegos, te prestaré la tele que tengo en mi cuarto, mi marido ni la ve. Di un suspiro de alivio al saber que el chico no estaba en casa aunque un poco desilusionado, también, pues sería la oportunidad perfecta para ver si al fin hacíamos amistad, ni modo. Dejé mis cosas en el sofá, subí rápido por mi Nintendo, un suéter y mi mochila, y sin despedirme salí de mi casa, los reclamos de mi madre con tal de que diera las buenas noches formalmente fueron en vano pues cuando me propongo ser borde lo soy de verdad.

Ya encaminados hacía la casa de Raquel, que es como a 500 metros de la mía, ella no paraba de adular a mis familiares así que no le di mayor importancia. Ya en la puerta de su casa sacó las llaves del bolsillo y abrió cuidadosamente pues su marido dormía temprano para ir a trabajar al otro día. Al entrar recordé que nunca había visto con detenimiento la casa de mi vecina pues siempre entraba y salía rápidamente para no toparme con Fernando: me daba pena, y al mismo tiempo pude percibir ese peculiar olor que mi deseable enemigo (por decirlo así) tenía. La casa, además de ser muy limpia y ordenada, tenía muebles viejos y de todo estilo como si se hubieran adquirido por separado o como si alguien se los hubiera regalado, y no es que me importe la posición económica de las personas pero mi madre, siempre tan meticulosa, me había enseñado, indirectamente claro está, a analizar lo que a simple vista se puede. Raquel me condujo escaleras arriba para llevarme a la habitación de Fer mientras mi corazón latía rápidamente y, tragando saliva, traté de disimular mi nerviosismo. Abrió la puerta que tenía por portada el póster de un jugador, supongo famoso, y encendió la luz – Esta es la recamara de Nandito –apuntaba mi anfitriona- acomódate, enseguida te traigo la tele. Miré para todas partes y pude ver que no era lo que me esperaba pero Raquel detuvo mi análisis – Mira, aquí está- puso la televisión de 14 pulgadas sobre una mesita que parecía un pequeño escritorio y me dio algunas indicaciones – saliendo de frente está el baño por si quieres hacer pipí – qué tonta mujer pensé en mis adentros- y debajo de las almohadas está la pijama de Nandito puedes usarla es de la misma talla que tú, puedes ver la tele pero no duermas muy tarde si no tu mamá se molestará, por nosotros no te preocupes que enseguida caemos dormidos, hasta mañana-finalizó.

Una vez cerrada la puerta me puse de pié y me detuve a mirar cada rincón de la habitación de Fernando, en parte no lo podía creer, siempre desee verme en dicho lugar pero acompañado, me conformé y seguí paseando por el cuarto. Había, típicamente, en cada una de las paredes cromos de autos deportivos, algunos con modelos semidesnudas mostrando vulgarmente sus cuerpos, otros con tipos de pinta ruda que parecían más bien camioneros y unos cuantos más de equipos y jugadores de fútbol. Me dirigí a la esquina posterior izquierda en donde había un esquinero y observe unos libros del curso pasado bastante maltratados, revistas juveniles de espectáculos y una inconclusa colección de comics del hombre araña también maltratados, muñecos… perdón, figuras de acción de Max Steel que parecían usados pero cuidados, en formación militar y algunas armas que pertenecían a los soldados. Un poco más arriba había una figura de una virgen con tres flores artificiales y dos fotografías: una de su madre y una de su padre, y en medio una suya en un marco de madera: me sorprendí un poco al verla, la fotografía parecía reciente, la tomé, cuidadosamente saqué la imagen y miré si había alguna inscripción detrás, sí existía y decía: recuerdo de mi cumpleaños numero 13 en six flags seis de septiembre del 2005; me sorprendí al percatarme de que somos casi de la misma edad sólo que yo soy más chico por 12 días; le di vuelta nuevamente al retrato y recordé haber visto a Fer la semana pasada con la misma ropa: unas bermudas caqui con cargos a los costados, un yérsey de básquetbol que curiosamente no era tan holgado y unos tenis color azul también de básquetbol con la firma Nike y detrás de él se asomaba la montaña rusa con uno de los trenes pasando muy rápido, él se veía muy guapo además de que su sonrisa era genial, obviamente estaba muy feliz; coloqué la litografía nuevamente en el marco y éste en su lugar, seguí mi tour.

Junto a la pared de la entrada estaba la mesita que sostenía la tele, tenía un cajón en donde guardaba útiles escolares y una que otra chuchería: nada interesante; a un costado detrás de la puerta un espejo de cuerpo entero que tenía algunas huellas dactilares y un poco de polvo. A mi derecha estaba la ventana que da a la calle, me asomé entre las cortinas semitransparentes y pude ver de frente la ventana de la alcoba de Emmanuel el mejor amigo de Fernando, sólo se veían sombras, al mismo tiempo recordé cómo los dos chicos conversaban desde sus ventanas y cuando me veían pasar guardaban silencio: eso me incomodaba mucho, cerré las cortinas súbitamente y continué. Detrás de mí estaba la cama y lateralmente una cómoda en donde parecía estar la ropa de Fer, me precipité a esta y puse la mano en la jaladora de uno de los cajones pero me arrepentí, me sentía un poco deshonesto y dejé las cosas como estaban. Me senté en la cama que no era muy acolchonada, me acomodé en la cabecera y dije en voz baja: “así que esta es la recamara de Nandito”. Fruncí el seño dándome cuenta que había una parte más donde revisar para satisfacer mi morbo y era debajo de la cama, me puse bocabajo en el colchón y miré debajo de la cama. Ajajá había zapatos, algunos pañuelos desechables hechos bolita (inmediatamente intuí cual era su seco contenido pero los dejé por la paz… o para más tarde), y una caja de cartón que parecía guardar algo, la saqué con cuidado y la abrí: ¡¡el cofre del tesoro!!. En esta caja sí que había cosas que ver: un montón de fotografías, cartas, y unas revistas no muy correctas de bajo de un fondo falso, como si nadie supiera que estos existen. Lo primero: las fotografías. Me tomaría muchas cuartillas poder describir cada una de ellas pero hablaré sólo de las más importantes. Una en donde parece tener siete años, acompañado por una niña quizá compañera de clases, los dos vestían con trajes típicos del estado de Guadalajara: él con traje charro y sombrero amplio, botas lustrosas y un corbatín color rojo que realzaba el color de su piel; la niña con un vestido amplio. Seguramente después de algún festival escolar. Otra fotografía. En esta ocasión parecía de unos 9 años, tirado en el pasto boca arriba mostrando sus lindas piernas recogidas vistiendo un short de color azul, lástima que la perspectiva sólo mostraba el umbral del deseo; sonreía y mostraba con la mano derecha el símbolo de la victoria. La tercera fotografía y la más interesante. De aproximadamente doce años y vestido del fútbol, del equipo de Barcelona, posado frente una pared, con una pierna sobre un esférico, cruzado de brazos y muy sonriente. De verdad lucía lindo. Sus piernas morenas muy bien torneadas y fuertes: ¡¡esplendidas!!. Un poco más arriba el regazo se insinuaba delicioso, con ganas de presumirse, para mostrar qué tanto se había alimentado y fortalecido al igual que su dueño, una relieve que invitaba a ser escudriñada poro a poro, con el tacto, con la vista, con el olfato, mejor aun: con el gusto, pasé el dedo lentamente por su figura plasmada en la fotografía deseando materializar la caricia, regresé a la tierra. A su izquierda se encontraba Emmanuel, él vestía con el mismo uniforme, fenomenal, pero sonreía con poca gracia, sostenía un balón en el costado izquierdo e inspiraba poca cosa, no es que no me gustara pero no brillaba con luz propia.

Miré un poco las cartas que se encontraban debajo de las litografías y noté que la mayoría eran demasiado coloridas y emperifolladas, escogí una al azar y la leí desganadamente: nada más que sentimentaloides y estúpidas composiciones de sosas rimas, firmaba “Una admiradora secreta”.

La pornografía no era muy alentadora. Algunas eran fotonovelas con modelos bastante corrientes y de mal ver, llenas de conversaciones vulgares y expresiones coloquiales, más que excitación daban risa, con qué poco se conformaba el chico. Puse los artículos en su forma original dentro de la caja, pues no quería dar a sospechar nada, y ésta a su ves debajo de la cama. Era tarde y debía dormir. Comencé a desvestirme y recordé que Raquel me ofreció la pijama de Fernando, la busque en donde me indicaron y al descubrirla solté una carcajada tan sonora que tuve que taparme la boca para no despertar a mi vecina- toc, toc,- alguien llamaba a la puerta. ¿Te encuentras bien hijo?- preguntaba Raquel desde fuera de la habitación. Sí, le contesté fingiendo la vos como somnoliento- es que tuve un sueño raro, gracias. Duerme bien, por cierto si no quieres apagar la luz no te preocupes- me contestó. Esperé a que ya no se escucharan ruidos y sonreí al mirar de nuevo la “tiernísima” pijama: era un mameluco de color azul cielo con un pequeño borrego dormido, bordado en la parte derecha del pecho, la prenda lucia poco gastada, no parecía tener mucho tiempo. Así que el Rudísimo Fernando dormía aun con ropa de bebé. Extendí el ropaje a lo largo de la cama y la mire sonriendo, imaginé por unos segundos como luciría el futbolista dentro de éste y no pude contener pegármela al rostro para percibir su peculiar olor: ¡que sustituto tan completo!
Me quedé pensando un largo rato, no recuerdo cuanto, pensando en si debía o no usar esa prenda y al final de la disyuntiva decidía hacerlo.

Comencé a desvestirme, dejándome la ropa interior, divagando por unos instantes. Al bajar el cierre del pijama mi corazón empezó a subir su ritmo, ¿desnudaba a Fer? ¡No!, yo ocupaba su lugar, me puse las piernas: más rápido los latidos, los brazos: tragué saliva, subí un poco el cierre, la erección era inevitable: sentir la suave tela era un afrodisíaco excepcional. No soporté y me desnudé de manera exagerada y rápida. Me coloqué boca arriba en la cama con las piernas muy abiertas, la prenda yacía encima de mí rodeando mi cuello con los brazos, una de mis manos apretaba la espalda del ropaje contra mi pecho y la otra justo en el trasero frotando con la parte frontal de las telas mi regazo como queriendo encarnar al dueño en ese mismo instante: jadeaba saboreando ese virtual encuentro. Volví un poco en mi razón sólo para recordar que había un mueble sin explorar en el reciente pasado. Me senté en la cama dejando la razón de la fantasía entre mis piernas y jalé muy despacio la manija del roperito. La ropa se encontraba muy ordenada: de un lado camisas y del otro los pantalones, eso no me importaba mucho aunque frote las cremalleras de los pantalones y los olfateé un poco. En el fondo estaba lo que tanto buscaba: la ropa interior. Dos trusas de algodón blanco muy limpias, seguramente para uso en la escuela, tres bikinis de colores oscuros adornados con grecas, quizás para los deportes, dos boxers de personajes de caricaturas: los Simpson para ser exacto y un boxer cuadriculado blanco y negro que reconocí en una de mis furtivas miradas hacia su entrepierna cuando usaba pantalones cortos, éste parecía de todos el de más uso, por lo tanto mi favorito, dejé caer la pijama. Acomodé singulares prendas alrededor de la cama y me puse la favorita mirándome al espejo de la puerta, la erección regresó, saqué mi alfil por la abertura del pantaloncillo y me masturbé un poco de manera floja: lo mejor estaba por comenzar; me miré un poco, me coloqué de espaldas girando la cabeza para poder mirar mi trasero vestido de fiesta, las caricias no se hicieron esperar, imaginé que a él se le vería celestial. Me eché sobre la cama cuidando que el marco de prendas no se desbaratara, me hice el amor lentamente, disfrutando cada tallón, suave, muy suave, arriba y abajo, mi arma salía descaradamente de la prenda: imparable. De manera instintiva tomé una de las trusas blancas y la saboree con la parte del fondo entre los dientes, arriba y abajo mi mano diestra, la lengua saboreaba cada fibra de la tela, arriba y abajo, tomé otra prenda: el tacto decía que era uno de los bikinis, arriba y abajo, lo froté en el pecho un poco y lo dejé ahí unos instantes: un pedazo de cielo tocándome, arriba y abajo, más lento, cosquillas infinitas, un poco más, jalé otro calzón y procuré que la parte del frente forrara mi dedo medio de la mano izquierda, lo metí entre el boxer, apenas si cupo, me metí el dedo enfundado despacio para no lastimar mi deseoso ojal, entró un poco, no dejaba de frotar mi aguja, saboreaba la prenda: follaba y me follaba, Fernando inexistente me hacía el amor, una fiesta de los sentidos, enervado, desquiciado, enloquecido, froté más rápido, las cosquillas me picaban el cuerpo entero, un millón de hormigas caminando encima de mí, me quité el forro del dedo de la mano zurda y lo dejé entrar limpio en el aposento que ofrecía a Fer en la mente, casi grito, más rápido, adentro y afuera, arriba y abajo, adentro y afuera, arriba y abajo, un profundo suspiro, arriba y abajo, adentro y a fuera ahhh!. ¡Exploté! Un latigazo, dos, tres, así hasta terminar cada gota de semen. Me ensucié el pecho y un poco la barbilla, suspiré nuevamente. Esperé a recuperar la cordura, poco a poco cerrando los ojos…

Un incómodo frío me hizo girar, extendía la mano para taparme con una cobija, ésta no existía, volví en mí y recordé lo sucedido. Me miré enfundado en la ropa interior de Fernando y vi la demás dispersa en la cama. La luz del nuevo día comenzaba a dar rastros y me preocupé por unos momentos. Ya recobrando la conciencia hice un breve recuento de lo que había hecho la noche recién abatida y me paré muy rápido para acomodar mi efímera colección en su lugar de origen, sólo que no recordaba el orden; no creí que importara mucho y tomé cada cosa para ponerla pero, ups… uno de los boxers de Fer estaba manchado con un poco de mi erótico jugo y traté de quietárselo raspando la tela contra sí misma, el resultado no fue muy bueno y perversamente sonreí un poco decidiendo dejarlo por la paz, después de todo se podría confundir con un poco de lo suyo: así estaríamos unidos de alguna forma y llevaría parte de mí consigo a algún lugar y en algún momento. Me miré al espejo y la simiente que había saltado a mi cara se veía reseca, me tallé un poco con las manos para que no se notara mucho. Busqué la ropa interior que sí me pertenecía y me la puse para dormir, aun era muy temprano y no sería normal que me levantara a esa hora, además de que no quería molestar y me metí ahora sí en las cobijas.

Por fortuna en esta colonia aun cantan los pájaros cuando el sol ya está resplandeciente y me despertaron placidamente, como si estuviera en mi cama, abrí los ojos esta vez plenamente conciente del lugar en donde estaba, me di la vuelta jalando la cobija para mirar hacia la ventana y sonreí: ni se imaginaría Fernando lo que hice esa noche en su cama o quizá ni siquiera sabría que estuve ahí. Tocaron a la puerta- ¡Malcom ya son las 10:00! ¿no tienes hambre?- era la voz de mi amable anfitriona- ya voy- le contesté- me visto y bajo gracias- me puse lo que traía puesto al llegar, tomé mi mochila con el Nintendo que no use y unos instantes ante de salir se me ocurrió que me podía llevar a escondidas ese boxer que use durante toda la noche, al fin que ya estaba un poco viejo y yo lo apreciaría mucho mas que Fer, lo tomé y lo eché en mi mochila, me despedí con una rápida mirada al aposento de mi cándido enemigo y bajé las escaleras.

  • Anda Malcom te prepararé algo para desayunar, dijo la mujer desde la cocina; me negué argumentando que mamá se molestaría si abusaba de su hospitalidad y me despidió sin dejar de hacer lo que hacía. Me di la vuelta y cuando me disponía a abrir la puerta alguien lo hizo primero por mí… ¡Era Fernando! Casi pega un brinco al igual que yo cuando nuestras caras se toparon a unos centímetros de distancia y salí corriendo de ahí…

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