
Chapero16
Fecha original: 29 de septiembre de 2005
Discusión por teléfono con el tío de Salamanca sobre quién putas me ha mandado a mí preguntarle a la peña que si tenían orgasmos por detrás. A mí me pareció IMPORTANTE y punto, lo que pasa es que estamos uno a cada lado de esta mierda y eso se tiene que notar, no sé si me explico. Luego, cuando ya estoy de un mosqueo subido, que retome -así dice él- el hilo del asunto. Vale. Lo retomo.
Lo de los pisos de la Mari es la cosa más surrealista que he conocido yo. La Mari tiene alrededor de 30 tacos, es difícil precisar, y es drogata total. Siempre, siempre, siempre, la verás enfarlopada pero jamás jamás jamás la verás ni subida ni bajada. Es una tía delgada, muy pálida, con gafas redondas, que viste muy normalito y siempre con vaqueros y siempre con el pelo recogido, habla muy bajito y siempre con mucha educación, nunca se enfada y nadie sabe cómo puede hacer todo lo que hace todos los días, porque siempre está como en una nube, sobre todo con el jaleo inmobiliario que se lleva la piba, lo mismo en Madrid que en Salamanca.
Es que verás: la Mari, que la llamamos así como la podíamos llamar yo que sé, abre y cierra pisos como el que abre y cierra puertas. Los pisos son todos pero es que igualitos, nuevos, algo apartados, siempre en bloques grandes, más bien amplios y con luz, no como los tigres que hay por ahí si yo te contara, que he visto cada sitio cutre que uno no sabe como los clientes no salen corriendo… Pues la Mari hace a todo, o sea, en cada piso suele tener 3 ó 4 tías y 2 ó 3 tíos por término medio, no más y allí no duerme nadie, a no ser con cliente. Ella se encarga de todo, de los anuncios, de los avisos, de medir el tiempo cuando hay que medirlo, que de eso ya cada vez menos, y de tener la casa bien, que siempre está bien. En realidad con ella nunca hay ningún problema, pero se lleva el cuarenta y eso es mucho. Cuando cambia de piso, que es cada dos por tres, te avisa enseguida y ya sabes dónde tienes que ir. En las habitaciones siempre hay una cama grande en la que se pone una sábana para follar, que se cambia cada vez, una mesilla con preser, algún chisme mecánico, lubricante de agua, guantes de látex… y video. Lo del video yo no lo soporto y suelo decir que no funciona, porque lo que hace es distraer al cliente o darle ideas sobre poner posturitas y tanto lo uno como lo otro mal para mí.
La otra casa en la que suelo parar yo, más antes que ahora, que voy menos, es la de la calle Toledo, que ya es como una cosa establecida y allí mucha gente no va a tiro hecho, sino que va a ver qué hay, o sea como una casa de putas de las de antes, vaya. El fulano se sienta en un sofá, dice más o menos lo que quiere y vamos pasando, de uno en uno, los pavos que según el jefe nos ajustamos a la demanda, saludamos muy majos y salimos y al final el fulano le dice al jefe el que quiere y ya está. Encantador, ¿no?. Seguro que alguien duda que esto exista. Pues existe y además funciona del copón. El jefe es D., un maduro alto y delgado, medio calvo, dicen que está en esto de toda la vida y donde primero se anuncia es en el ABC, te cagas. Son varios que yo me sé que se anuncian en el ABC por dar en las narices, o sea que tampoco es tan raro. También el D. es un tío sereno que no se porta mal y a esa casa van a parar siempre muchos chavales que llegan despistados de provincias y se evitan hacer la calle o dedicarse a chupar pollas en los servicios o mataos a palizas por skins, pero esa es otra historia…
En lo demás, la casa funciona igual: la sábana, la luz de colorín por si se quiere, la mesilla con los preser, el K-Y (lubricante), alguna polla de látex o abridor de esfínteres y el puto video. En los pisos de la Mari conocí yo a dos chicos que no se me olvidan: Roger el Cubano y luego Iván el futbolista. El Roger era un cabronazo imponente de ventialgo, no sé yo si cubano, pero caribeño total y con un cuerpo de anuncio. Bueno, pues el tío no era gay para nada, yo creo que ni siquiera bi y a los clientes les decía siempre que tenía novio, a saber por qué -eso lo dicen muchos-, lo que sí era es lo que se llama una máquina de follar. NO HE VISTO A NADIE IGUAL. Controlaba las erecciones como quería y se julandreaba a los clientes como le daba la gana. Estaba tan bueno y era tan sureño y tan sobón que los clientes se le corrían encima y él muchas veces se ahorraba el gasto, pero si le hacían correrse no pasaba nada, porque el tío se recuperaba en lo que iba y venía y luego yo no he visto a nadie capaz de estar empalmado tanto rato seguido y sin estar haciendo NADA, o sea, sentados allí en la tele, con las cartas o tomando algo (en las casas se juega mucho a las cartas, ya ves.)
Lo del Iván es algo mucho más personal, que no lo he contado nunca. Yo cuando vi el anuncio me hizo algo de gracia porque decía Ivan, futbolista, las medidas y estaré todo el rato contigo. No se entendía bien, por lo menos yo. Bueno, pues cuando le vi me entró enseguida y es que cuando te entra uno, te entra y no hay más leches. Mira que a mí no me suelen gustar así, tan hechos, sino como más suaves, más, no sé, no tan definidos, que se dice. Pues el Iván era un tío de ventitantos, potente, más bajo que yo, bastante macizo, muy bien labrado él, no sé si futbolista, pero lo diría porque tenía unas patas impresionantes, casi lo mejor que tenía. Iba siempre con un pantaloncito corto -pleno invierno era- y unas camisetas levis sin mangas muy ajustadas. A mí me tenía estartalao, como diría Kvin. XD.
Yo no puedo decir que me enamorara, porque a mí esas cosas no me pasan, pero yo tenía que estar con él, no quería más que estar a su lado. En una época en que yo no iba para casi nada al piso de la Mari, me aboné casi total. Hasta quedaba con gente allí, adrede, perdiendo dinero. Esto fue en Salamanca y al Iván sabía que lo iba a tener muy justo porque en Salamanca siempre paramos poco y luego después íbamos a coincidir o no. El Iván tenía mucha clientela, porque lo hacía muy bien y te puedes creer que yo quería que la tuviera. Bueno, no sé si voy a poder explicar esto. Yo me pasaba los días esperando que no me llamara nadie, sin querer hacerlo con nadie y cada vez que lo cogían a él me ponía loco, loco como de agitado, quiero decir, no enfadado, ni celoso -puaf!ni nada de eso. Me ponía a tope saber que él lo estaba haciendo con otro allí, detrás de un tabique, qué estaría sintiendo y qué estaría sintiendo el otro, no sé. Debí de tener fiebre o algo aquella temporada, si no, no se explica. Yo al otro no le veía salir nunca, claro, y me lo tenía que imaginar, si quería, pero a él sí le veía venir. Estaba todo el rato esperando que saliera y el corazón se me ponía como un caballo porque el Iván, que siempre salía de la habitación con el boxer puesto, se lo quitaba delante de mí, que nunca los aguantó los boxers y le veía la polla todavía medio parada y yo tenía que ponerme, recuerdo, algo encima, un cojín, una revista para que no se me notara el empalme, que me muero de vergüenza. Yo todo el rato disimulando, dale que dale… ¿qué esperaba yo entonces?, ni lo sé. Pasó, nos fuimos y se acabó. Le he vuelto a ver alguna vez y ya no he sentido nada parecido.
¡Chapero, a lo tuyo! Voy, ya sé, me he disipado, como dice el de Salamanca. A mí me encantan estos palabros. Pero ha estado bien, ¿no? Bueno y ya basta por hoy.
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