Primera parte: Aún no sé bien cómo empezó. Yo acababa de llegar a aquel país huyendo de la situación de caos político en el mío, con el miedo metido en el cuerpo y, de pronto, sucedió todo. Sí, ahora voy recordando: Había alquilado una pequeña casa en el barrio judío de la población y salí a hacer las compras más necesarias al supermercado más cercano. Bueno, digo supermercado por decir algo. Era una tienducha donde las frutas, la carne, el pescado, y cualquier otra clase de comida que se pueda imaginar, se mezclaban tanto en el mostrador como en unos estantes de madera llenos de moscas y toda clase de insectos. Pero encargué lo preciso a la tendera y, por señas, porque no entendía su idioma le pedí que me lo enviara a mi domicilio. Era una mujer morena, gordinflona, bajita y feúcha, pero bastante agradable, que pronto pareció entenderme y me tranquilizó: – “Yes, yes, a la casa junto la fuente, dos horas, en dos horas, ok” – Me contestó con una amplia sonrisa. Le pagué y decidí dar mientras una vuelta por la zona para empezar a conocer mi nueva ciudad. Había dejado todo mi pasado detrás. Comenzaba una nueva vida en otro lugar y me maravillaba cada uno de sus detalles: desde la preciosa vista del mar, que se divisaba casi desde todas las calles, y la arquitectura sencilla de casitas blancas encaladas, hasta los exóticos cuerpos de los lugareños: delgaduchos, muy morenitos y de naricillas respingonas. Pronto me rodearon un montón de chavalitos hablándome con sus vocecillas agudas no sé qué, pero tendiéndome las palmas de sus manos en clara petición de monedas. A los primeros les di las que me quedaban el bolsillo, pero después fue peor, porque cuantos venían detrás reclamaban también lo mismo. Un poco avergonzado, porque me sentía responsable de haber formado aquel bullicio a mi alrededor, busqué refugio en mi nuevo hogar. Me despedí en la puerta de los que aún me seguían prometiéndoles más monedas en otra ocasión y me puse a deshacer mi escaso equipaje. En mi rápida huida, casi no me había dado tiempo a cargar en las maletas más que los libros de mi biblioteca más preciados. Y en eso estaba, organizándolos por el suelo, cuando sonaron unos golpecitos en el portón. Era un chico de unos diecisiete años, larguilucho, moreno y muy risueño, de ojos negros, naricilla respingona y boquita y labios grandes, con camiseta blanca y unos shorts grises que dejaban al descubierto sus bonitas piernas sin rastro de vello. Nada más abrirle me preguntó con acento inglés: – ¿Está su Señora?. – ¿Cómo? – le pregunté a mi vez. Y él, por toda respuesta, me señaló el paquete que cargaba: – ¿Su Señora? – repitió. ¡Ah, claro!, comprendí, era el pedido que había hecho en el super un rato antes. Le hice pasar a la cutre cocina de la vieja casa a la vez que buscaba unas monedas para la propina entre mis cachivaches. Pero cuando me volví para dárselas, me encontré otra vez con su picarona sonrisa: – ¿No Señora?. – Así que le aclaré: – No, no tengo esposa. Y él me echó una mirada rápida de arriba abajo, como evaluándome, a la vez que cogía las monedas sin dejar de sonreír enigmáticamente. Esa fue la primera vez que conocí a Tajez. Aquella noche la pasé un poco sobresaltado. Me desperté en varias ocasiones, pero me pareció lógico después de un viaje tan largo y de tantas cosas como había dejado atrás. Lo que me extrañó un poco es que se me repetía la imagen de la sonrisa de Tajez una y otra vez. La excitación me llevó a pensar en aquellas piernas tan bonitas que dejaban a la vista los shorts. Sentía el deseo de acariciarlas, besarlas, y… ¿Es que me estaba volviendo loco?. Me levanté del camastro en que dormía y decidí tomarme un par de copas para conciliar el sueño. Pero fue peor. Tras las copas, recordaba su imagen aún más vívida: aquella camisetita blanca, dejaba traslucir un torso de lo más dulce y, bajo sus shorts, se adivinaba un paquete que… A la mañana siguiente, desperté con una resaca como no recordaba desde mucho. Y lo primero que hice, tras ordenar las viandas en el frigorífico, fue volver al super a buscar cuanto había olvidado comprar la tarde anterior. – ¡Hola! – Se me escapó con la mayor alegría y sin ningún disimulo en cuanto me encontré con Tajez tras el mostrador. Él, se limitó a devolverme la sonrisa de bienvenida y me hizo un gesto dándome a comprender que la tienda estaba a mi disposición. Al parecer, acababa de abrirla y yo era el primer cliente, de modo que comencé a indicarle: – Ponme eso, y aquello y lo de más allá,… Y, bueno, le encargué incluso un montón de cosas que no me hacían la menor falta, pero me agradaba tanto verle sonreír mientras lo apartaba todo en una caja de cartón para llevármelo… Así que aquella tarde esperé de nuevo sus golpecitos en la puerta. Pero pasaba el tiempo y no llegaba. Y me fui preocupando. Ya casi había anochecido y Tajez parecía haberse olvidado por completo de mi encargo. De vez en cuando, miraba por la ventana que daba a la plazoleta de la fuente. Había otros chicos jugando que parecían intercambiar sonrisas cómplices al observar mi preocupación por la tardanza de Tajez. ¿O es que mi locura iba de mal en peor?. Conforme pasaba el tiempo, volvía a recordar su imagen tal y como cuando me atendía en el super, agachándose para coger las frutas que le pedía, dejándome ver su culito ceñido por los shorts sin el menor rubor. Yo era quien me sentía avergonzado por mis deseos hacia aquel cuerpecito tan lindo que se me ofrecía tras su sonrisa. En eso, sonaron de nuevo los golpes en la puerta y corrí a abrir. – ¡Hola!, – me dijo otro chico distinto, pero casi más guapo aún que Tajez, que cargaba con el paquete del día. – Tajez no venir, yo Ezra. ¿Su Señora?. – Me quedé petrificado. Tuve que explicar de nuevo que no tenía esposa y le indiqué el camino hacia la cocina pero, en esta ocasión, no me distraje buscando las monedas de propina (ya las tenía preparadas un rato antes), me dediqué a acompañarle admirando la belleza que rebosaba a cada paso. Y él, se diría que ya estaba avisado (¿por Tajez quizás?), porque se mostraba de lo más feliz, orgulloso y seductor mientras caminábamos por el pasillo. – ¿No casado? – insistió. Y vuelta a repetirle que no, que no tenía ninguna mujer, que acababa de llegar a su país, que aún no había aprendido nada de su idioma y que vivía solo. Llegamos junto al frigorífico y él mismo se puso a descargar las viandas aprovechando cada movimiento de su cuerpo, cada gesto de su rostro, para insinuárseme de forma más y más descarada. Pero yo aún estaba muy cortado. Me sentía en otro mundo completamente distinto al mío, jamás me había pasado nada parecido, y me derretía por dentro admirando su belleza a la vez que me sentía atemorizado por la posibilidad de hacer algo que pudiera asustarlo. Entonces, como adivinando mis pensamientos, justo al terminar de sacar la última lata de la caja de cartón, se puso a pedirme como un niñito al que le acuciara la necesidad: – ¿Baño, baño?. – A la vez que se indicaba sus partes dándome a entender que se estaba orinando. Ambos rompimos a reír, como si lo real de aquel momento rompiese el hielo, y le llevé hasta el water. Sin esperar a que me fuese, ni a que me diera la vuelta siquiera, se bajó los shorts y se puso a mear ante mi mirada. Estaba claro que no sólo no se avergonzaba lo más mínimo, sino que estaba de lo más orgulloso de mostrarme aquella polla tan linda. Su fuerte y dorada meada resonaba contra la losa del water, cuando llegué a la conclusión de que, efectivamente, aquel era otro mundo muy distinto al que había conocido antes. Me arrodillé ante sus piernas, puse mi boca abierta a la altura de su capullo y Ezra dirigió su chorro a mis labios. Cuanto sucedió a continuación fue como un sueño. Ezra reía y reía viéndome beber ansioso su meada y, ahí, desapareció el resto de lo que pudiera quedar de mi pudor. Antes aún de que terminaran de caer las ultimas gotas, ya estaba mamándosela extasiado. Su glande, entre los restos de orina y el presemen que destilaba, me ofrecía el sabor más delicioso que hubiera probado nunca. Ezra me ordenó: “Stop, stop”. Y comprendí que no quería correrse todavía, que algo habían tramado. Se subió los pantalones sin dejar de reír y, haciéndome un guiño, corrió hacia la puerta. Desde el baño, le vi en el portal hacer señas a otro chico que esperaba entre las sombras en la calle y, segundos después, entraba Tajez con él. Ambos lo habían acordado todo, sabían cuanto había de suceder antes de que lo supiera yo y, al comprenderlo así, entendí que estaba en sus manos. Un país extraño, un idioma desconocido y unos jovencitos perversos que me tenían a su merced, ¿qué pasaría después?. Por el pasillo, Ezra debía ir relatándole a Tajez su hazaña y, al llegar hasta mí, que estaba secándome la cara con una toalla, le indicó mi camisa chorreando de su orina. Tajez me agarró del brazo y tiró de mí hacia abajo. Comprendí que deseaba que me arrodillara también ante él. Se bajó sus pantalones cortos y me puso ante la boca un aparato aún mayor que el de Ezra. Entonces pude calcular que, si Tajez tenía unos diecisiete, Ezra debía contar quince o dieciséis, y quizás hasta eran hermanos, aunque eso resultaba difícil de saber porque los lugareños tenían rasgos tan parecidos que todos podrían estar emparentados. Pero sigo con lo que importa: aquella polla era todavía más grande y bella que la anterior y abrí mi boca para recibir su regalo. Tajez hizo un poquito de fuerza y pronto empezó a soltarme su chorro calentito mientras Ezra se la meneaba mirándonos. Como me pasó antes, en cuanto noté que soltaba sus últimas gotas no pude resistirme a abalanzarme ansioso a chupársela. Hummmmmm. ¡Qué bueno estaba el chaval!. Pronto se le puso tan tiesa que ya no me cabía entera y tuve que lamérsela por partes. Ezra reía excitado viéndonos y Tajez decidió algo nuevo. Me la sacó de la boca de repente y me hizo incorporarme. Dándome tirones de la camisa mojada, me hizo entender que quería que me la quitara. Mientras, se puso a dar vueltas a mi alrededor, mirándome por delante y por detrás, y palpándome las nalgas, como comprobando que las tengo prietas y apetecibles. Apenas me despojé de la camisa, me tiró de los pantalones para que me los quitase también, y terminé de desnudarme por completo ante ellos. Me sentía un poco avergonzado al encontrarme en pelota ante aquellos chicos desconocidos que me miraban con aspecto de caníbales pensando en cómo guisarme. Ezra, el más desvergonzado, y Tajez, el más decidido, no paraban de reírse tocándome por todas partes, hasta que comprendí que lo que tanto les llamaba la atención eran mis vellos. En aquel país, por lo que había podido ver, todos los hombres eran barbilampiños y conservaban la piel sedosa de los bebés hasta los más viejos. De modo que yo debía ser una novedad para ellos en ese sentido. Cuando se cansaron de dar vueltas a mi alrededor y palparme desde las tetillas hasta los cojones y la raja del culo velluda, me hicieron inclinarme sobre la mesa de la cocina, abrirme de piernas y levantar mi trasero a la altura de sus sexos. Asustado por cuanto me estaba pasando, pensé: ¡ya está, ahora me van a follar!. Y lo deseaba ardientemente a la vez que temía el dolor que me pudiera causar, porque hasta entonces jamás me lo habían hecho. Pero no parecían tener prisa. Les oía hablar entre ellos mientras me tocaban el ojete. Era como si lo estuviesen estudiando. Sentí que uno me soltaba un escupitajo y empezaba a meterme un dedo untado de saliva, como viendo el tamaño de mi agujero. Di un respingo por el dolor del principio, pero después empezó a gustarme cada vez más y me puse a menear el culo para que su dedito me diera aún más placer. Tajez soltó una carcajada y ambos se dijeron algo, quizás acababan de darse cuenta de que iban a ser los primeros en desvirgarme, pero… ¿qué hacían ahora?. Tajez me sacó el dedo y fue Ezra el que empezó a hurgarme por el ojete, pero con dos, o quizás tres de sus dedos a la vez. Hummmmmmmmmmm. ¡Me estaban poniendo tan caliente que mi polla estaba ya como un palo de tiesa y quise agarrármela y meneármela mientras ellos siguieran jugando con mi culo!, pero, en cuanto se dieron cuenta, me dieron un manotazo en el brazo y comprendí que me lo prohibían: no querían que me masturbase. Al parecer, deseaban ponerme cachondo usando mis agujeros y evitar que yo me corriese antes de que hubieran terminado de usarme para su placer. Así que me resigné a dejarme hacer lo que quisieran. Tras aquel primer manotazo, al ver que yo seguía obedeciendo, se animaron todavía más y quisieron seguir probando hasta dónde podían llegar: Ezra me empezó a pellizcar los glúteos y los muslos y Tajez cogió mi cinturón y empezó a darme suaves latigazos por las piernas y la espalda. Yo me sentía derretir de gusto en cada estremecimiento, creo que hasta babeaba de placer, y ya era evidente que me habían convertido en su esclavo. Riéndose, volvieron a intercambiar unas palabras entre ellos mientras seguían cogiéndome el culo. Aunque no entendía nada de su idioma, juraría que se estaban disputando cuál me iba a desvirgar primero. Y ganó Tajez. Volvió a escupirme en la raja y empezó a presionar con su glande en mi ojete. Yo traté de facilitarle la tarea abriéndome cuanto pude y, en ese momento, me la metió de golpe hasta los huevos: – Agggggghhhhhhh – Grité. Pero apenas me dio tiempo, porque Ezra parecía tenerlo previsto y corrió a taparme la boca metiéndome la suya hasta la garganta. Humm. Me sentía partido en dos por la tranca de Tajez trabajándome el culo y Ezra me estaba follando por la boca sin la menor preocupación porque me pudiese ahogar con su rico nabo. Ahora ya sí que no podía más y, aprovechando que ambos estaban tan ocupados, volví a cogerme la mía para masturbarme al mismo tiempo. Así continuamos no sé cuanto rato, yo acababa de descubrir un goce tan grande que me parecía estar en el paraíso mientras meneaba mi culo para Tajez y mamaba ávido la jugosa polla de Ezra. No sé cuál de los dos se corrió antes, pero fue como una cadena: primero uno, después el otro, e inmediatamente a continuación, sintiéndome lleno con sus leches chorreándome por el recto y la garganta, yo. HUMM. Acabé tan agotado y satisfecho, que casi no me di cuenta de que recogían sus ropas y se marchaban. Con el culo abierto y todo mojado de orina, semen y sudor, apenas me tendí en la cama me dormí de inmediato. _______________________________________________________________________________________________ Segunda parte: A la mañana siguiente, recién abrir los ojos, me dirigí al cuarto de baño y me metí bajo la ducha. Necesitaba aclarar mis ideas. Mientras el agua recorría mi cuerpo y me frotaba con la esponja empapada de jabón por todas partes para quitarme el fuerte olor que me impregnaba, se me venían imágenes de la orgía de la noche anterior, con aquellos dos chicos, entremezcladas con otras de mis sueños. Tajez aparecía en uno de ellos con un nabo tan inmenso que más bien parecía una especie de Totem. En otro, Ezra se había convertido en un pequeño dulce de chocolate, como los que comíamos cuando niños en mi casa por Pascuas, pero con su figura de efebo desnudo y con el pito tieso; y yo me veía a mí mismo, tan goloso como cuando tenía siete años, devorándolo de un solo bocado. Pero ahora tenía que reflexionar, de modo que procedí a secarme y vestirme rápido, y me puse a limpiar un poco la casa a la vez que trataba de poner orden en mi cabeza. Toda la ropa de la cama, y la que había dejado por los suelos la noche antes, había que lavarlas. Mientras, un pensamiento me agobiaba: ¿Qué sucedería si los chavales contaban algo en sus casas, o a sus amigos?. ¿Cómo reaccionaría la gente del pueblo si se corría la voz?. Aunque en el mapa figuraba como una ciudad, aquello no era mayor que un pequeño pueblo de mi país. Y casi no sabía nada de sus costumbres. Sólo me imaginaba que debían ser bastante tradicionales. ¿Musulmanes, judíos, hindúes,…?. Sí, había una cierta mezcolanza en cuanto a las religiones, de lo que se podía deducir que, al menos en ese aspecto, serían tolerantes. ¿Pero, y en lo sexual?. No habría apostado ni un penique a que no existiera alguna ley por la que me pudieran mandar al patíbulo por lo de la noche anterior. Y justo pensaba en esto, trasladando la ropa hacía el lavadero, cuando caí en la cuenta: ¡coño, y mis calzoncillos?. Habían desaparecido. Me puse a buscarlos por todas partes y, de paso, a comprobar qué otras cosas podían faltarme. Tras un rato de desasosiego, llegué a la conclusión de que eso era todo: mis calzoncillos y las monedas que tenía preparadas junto a la mesita de la puerta para dárselas a Tajez como propina por el mandado. Bueno, de todas formas eran para él, y si anoche me lo hubieran dicho, le habría dado por lo menos otro tanto a Ezra (al fin y al cabo se lo habían ganado de sobra). Lo único que me preocupaba, pues, era el detalle de los calzoncillos. No es que les tuviera especial afecto, sino simplemente que eran occidentales, por allí no debían abundar, y no podía evitar el temor de que se los hubieran llevado con la intención de extorsionarme o algo así. Los problemas se me acumulaban en la mente unos tras otros pero, por fortuna, acerté a comprender que iban aminorando: si al principio temía por mi cuello expuesto a la horca o el hacha, ahora ya se trataba tan sólo de un simple chantaje. ¡Más valía que dejara de darle más vueltas al asunto en la imaginación y me dispusiera a salir a la calle y enfrentarme con la realidad, fuese la que fuese!. El sol brillaba de pleno, hacía un precioso día de primavera, más bien caluroso como era propio en aquellas latitudes, y decidí ponerme unas bermudas, una camiseta blanca de tirantas y las sandalias para dar un paseo por la playa. Salí de casa y tomé el camino sin pensar que habría de pasar por la puerta del super. En cuanto me di cuenta, dudé si dar un rodeo, pero finalmente me decidí a ir a por todas: ¡lo que tuviera que suceder, cuanto antes mejor!. Lo primero que me llamó la atención es que las calles estaban casi vacías. A lo lejos, en el campo, se divisaba a los hombres trabajando la tierra, mientras que en los pequeños locales que me encontraba en mi camino, eran tenderas las que atendían a otras mujeres en sus compras. La mayoría vestían como árabes, con el velo cubriendo su rostro, aunque también alguna que otra (seguramente de diferente religión) llevaba la cara descubierta. En cualquier caso, ninguna parecía valer un duro. Al igual que la que me atendió en el super, me parecían más feas que Picio. ¿Y las chicas, me pregunté?. No se veía ni una adolescente. Tras pasar por delante de la carpintería, donde varios mocetones se peleaban con las tablas de madera usando viejos serruchos y martillos, creí empezar a entrever la respuesta: Desde un edificio con aspecto de colegio antiguo, se oía el murmullo de las muchachas enclaustradas. Justo una calle después, cruzaba por delante del super y miré hacía su interior, pero lo atendía la gorda del primer día que me saludó como si nada. Ya sólo me quedaba descender una vereda hasta la playa y resolver la incógnita acerca de los chavales. ¿Estarían en algún otro colegio en la parte alta del pueblo?. Tras bajar por una ladera rocosa hasta la arena, miré a mi alrededor para abarcar todo el horizonte curvo del mar que se me ofrecía para mí solo. ¡Hasta allí no habían llegado aún las agencias de turismo!. Sin pensarlo ni un instante, me desnudé por completo y me sumergí entre las olas con ganas de gritar de felicidad: ¡libertad, libertad!. Nada había pasado, ni me habían detenido por el camino, ni me encontraba en ninguna celda de mala muerte esperando a que me ejecutasen, ni tan siquiera me había mirado nadie como a un proscrito. Podía estar tranquilo, los chicos no habían hablado y la playa era toda mía. Comencé a nadar como una fiera, quería distender mis músculos y relajarme por completo. De pronto, escuché unas voces que provenían de unas pequeñas cuevas que me habían pasado desapercibidas y se ocultaban bajo la parte derecha de la ladera rocosa. ¿Eran ellos?. Dejé de nadar y presté más atención. Al menos una voz era la de Tajez, ya estaba seguro. Debía haberlo imaginado, ¿cómo podría estar un chico de su edad aún en un colegio?. Eran varios adolescentes los que jugaban por allí ocultos, quizás algunos haciendo novillos y otros escapados de sus respectivos trabajos de aprendices, para disfrutar de aquel hermoso día de playa. Y yo me estaba bañando en pelota a sólo escasos metros. Fue captarlo de golpe y sentir como mi sexo se erguía bajo el agua. ¿Y si trataba de acercarme a la boca de la cueva para intentar verlos o, por lo menos, escucharlos?. No me lo pensé dos veces. Fui acercándome lentamente, procurando que no me oyesen bracear, y dispuesto a sumergirme en cualquier instante y bucear cuanto hiciera falta para que no me viesen. La idea de espiarlos sin que lo supieran me excitaba cada vez más. ¿Qué estarían haciendo entre ellos en su cueva?. ¿Se lo estarían montando como la noche anterior conmigo?. Mientras nadaba muy despacio, iba acariciándome la polla fantaseando con lo que me podría encontrar. (Continuará) _______________________________________________________________________________________________ Si te está gustando mi relato, escríbeme tus sugerencias a: albertovicent@latinmail.com
