La boda de Carlos

RELATO EROTICO

Sobre una idea original de autor anónimo, guionizado y actualizado en personajes y texto por: TXELU.

LA BODA DE CARLOS

  • … «yo os declaro, marido y mujer» – y con una benévola sonrisa en la boca, el sacerdote se dirigió al novio…
  • «Puedes besar a la novia».

El templo acogió un rumor de voces y risas dispersas que magnificaban el feliz acontecimiento. La boda había tocado a su fin y todo había sucedido según lo previsto, digno de un cuento de hadas. La novia estaba radiante. Su vaporoso vestido blanco llenaba a la sazón, cualquier estancia por la que pasara. Su cuidado cabello rubio, recogido en un gracioso topo y coronado con un pequeño adorno de flores blancas como la nieve, hacía juego con el resto del vestuario. El novio con esmoquin blanco, rompiendo los moldes establecidos, lucía también una esplendorosa y cuidada melena rubia, destacando con su metro ochenta y cinco entre la multitud de invitados.

Mientras los novios se besaban, los padrinos aplaudían sin cesar celebrando con regocijo el feliz enlace, al igual que gran parte de los invitados a la ceremonia. La madrina, hermana de la novia, llevaba un ceñido traje rojo que insinuaba gran parte de su exuberante figura, cosechando la envidia de las mujeres y el deseo apenas reprimido de los hombres allí presentes. El atractivo padrino, amigo íntimo del novio, lucía un sobrio frac negro, que contrastaba con su juventud, más acusada aún que la de la feliz pareja.

Tardaron alrededor de una hora en finalizar con las obligaciones pertinentes: las consabidas fotos con familiares y amigos, la interminable procesión de felicitaciones, tanto sinceras como de compromiso, las bromas de los amigos, más fotos, más felicitaciones, y así hasta que por fin llegaron al salón del hotel donde una suculenta cena pondría el broche de oro al magno acontecimiento y abriría las puertas a los bien ganados momentos de intimidad para la feliz pareja.

La celebración transcurría por los derroteros acostumbrados. Los camareros iban y venían trayendo y retirando platos y bebidas al ritmo que marcaba la apasionada gula de los invitados. Llegó el momento de la consabida tarta y los recién casados usaron para la ocasión, una espada de estilo oriental que los amigos les habían regalado. Fue también ese el momento que las amigas de la novia eligieron para quitarle la liga de las medias, haciendo un corrillo para que nadie viera más de lo que su imaginación le permitiera, y la cortaron en trocitos, al igual que el lazo del novio, que sufrió el mismo destino, y que después colocaron en una bandeja y fueron subastando entre los invitados, recogiendo al final unas cien mil pesetas, cantidad más que considerable, y cuyo destino era, naturalmente, conseguir que el viaje de los novios fuera disfrutado más aún por éstos, si eso era posible. Acabada la procesión de viandas, dio comienzo el baile y la fiesta. Los diligentes camareros apartaron las mesas del centro del salón, y en la improvisada pista de baile, la pareja empezó a moverse al ritmo del acostumbrado vals. Poco a poco fueron sumándose parejas, hasta que la mayoría de los invitados se encontraron bailando un poco de todos los ritmos de salón conocidos. Desde el pasodoble hasta el tango, pasando por la lambada y el merengue.

La noche era joven. Los amigos de los novios no pensaban dejarles dormir y tenían la firme convicción de alargar la fiesta hasta el amanecer. Incluso algunas de las personas menos jóvenes, daban ánimos y lecciones de baile a los más inexpertos, sacando fuerzas de donde nadie podía imaginarse en personas de esa edad.

Tras una mirada de complicidad del novio a su íntimo amigo y padrino Héctor, ambos traspasaron el salón en dirección a la habitación donde se suponía que los esposados debían de pasar la noche. Una vez allí, y después de haberse turnado por los lavabos de la habitación, se tumbaron sobre la cama y se quitaron los zapatos que llevaban ya varias horas martirizando sus sufridos pies.

  • ¡Dios mío, Héctor! Esto es aún más agotador de lo que me había imaginado. No sé si voy a tener fuerzas para volver a levantarme. El traje de pingüino me asfixia, la camisa me aprieta, los zapatos me están matando, y esos locos de nuestros amigos siguen queriendo fiesta hasta el amanecer. He bailado hasta con mujeres que no había visto en mi vida, y algunas de ellas incluso me han metido mano, disimuladamente eso sí. Mi recién estrenada esposa está como ausente, tengo veinticinco tacos y apenas puedo mantenerme en pié… ¡y se supone que este tiene que ser el día más feliz de mi vida!
  • No te preocupes amigo. Todo eso es normal. Yo tengo tres años menos que tú como bien sabes y tampoco puedo seguir. Entre los nervios y el cansancio, estoy para meterme en cama y no levantarme en una semana.

Realizando un enorme esfuerzo, Héctor se incorporó y ayudó a hacer lo mismo a su amigo Carlos. Se colocó detrás de él, arrodillado en la cama, y comenzó a realizarle un reconfortante masaje en los hombros.

  • ¡Hummmm! ¡Qué agradable! Gracias, Héctor. Me estaba haciendo falta algo así.
  • Relájate y deja que los nervios y el cansancio desaparezcan de tu cabeza. Vamos a estar aquí unos minutos descansando.
  • Pero abajo nos están esperando…
  • No te preocupes. Nadie nos echará de menos, al menos durante otra media hora. Cierra los ojos y relájate.

Carlos siguió las instrucciones de su amigo. Intentó olvidarse del mundo, de la fiesta, de su novia, ya esposa, del cansancio…

  • Eso es. Relájate y descansa. Concéntrate sólo en el sonido de mi voz, y verás como todos los nervios desaparecen por completo. Relaja los músculos, la cabeza… no pienses en nada y relájate…

Carlos notaba como todo desaparecía de su mente, excepto la voz de Héctor. Era una sensación maravillosa. Probablemente nunca hubiera podido relajarse tanto si fuera otra persona la que estuviera con él, pero confiaba en su amigo más que en cualquier otra persona del mundo. Se abandonó completamente a él.

  • Relájate sin miedo… no pienses más que en mi voz… nada es más importante que mi voz…

No; nada era más importante que su voz. La mente de Carlos se iba dejando llevar más y más por la voz de Héctor. Su relajación era casi absoluta. El cansancio de todo el día le había agotado hasta el punto de hacerle extremadamente sensible a las sugestiones.

  • … relajado… te sientes como flotando entre nubes… tranquilo… relajado… muy relajado…

Sí, relajado, muy relajado. Así se sentía Carlos en esos momentos.

  • … tan relajado que te está entrando sueño… mucho sueño…

Dormir. Solo sentía ganas de dormir. Sabía que no debía de dormirse porque abajo le estaba esperando mucha gente, pero tenía unas enormes ganas de dormir. Su amigo le decía que se durmiera, y no podía evitar sentir sueño…

  • … mucho sueño… muy relajado…

La oscuridad se apoderaba de su mente. Se sentía completamente abandonado a su amigo. Pensar era demasiado fatigoso, y solo quería dormir.

  • … dormir…
  • … y ¡Tres!

Carlos abrió los ojos de repente. Durante unos segundos no supo donde estaba, hasta que vio la sonriente cara de Héctor. Estaban en la habitación del hotel y habían subido allí para descansar un rato.

  • ¿Me he dormido?
  • Sólo un rato. ¿Cómo te encuentras?

Antes de contestar movió sus hombros para comprobar si el cansancio seguía allí. Nada. No había dolor, ni cansancio. Nada de nada.

  • Me siento estupendamente. Tu masaje me ha sentado de maravilla. Ya no me duelen los hombros, ni tengo los músculos agarrotados. Y además apenas me siento cansado. ¿Cómo lo has hecho?
  • ¿Recuerdas aquellos cursos de psicología a los que me apunté el año pasado? En uno de ellos me enseñaron a hipnotizar. Creo que soy un buen alumno.
  • ¿Me has hipnotizado? – había un cierto tono de incredulidad y de burla en su voz – Venga Héctor, seamos serios.
  • ¿No te lo crees?

Héctor no parecía molesto con la incredulidad de su amigo. Más bien parecía no dar importancia a su falta de confianza y divertirse con ello.

  • No se puede hipnotizar a la gente en tan poco tiempo. Lo leí en un libro una vez. Necesitas varias horas para conseguir que alguien sea hipnotizado.
  • En efecto, pero eso es cuando la persona conserva todas sus facultades. Tú estabas muy cansado esta noche, y tan sólo querías dormir. Inconscientemente, tu mente quería descansar, relajarse después del agotador día que has pasado, y así ha sido más fácil. En tan sólo unos minutos he conseguido ponerte en trance, cuando normalmente se necesitan horas para hacerlo.
  • Creo que has bebido demasiado esta noche. Y además, ya va siendo hora de que volvamos a la fiesta.

Cogió uno de sus zapatos y trató de atarse los cordones. – ¡Duérmete, Carlos!

Su cabeza cayó hacia adelante como si de una marioneta se tratara, mientras el zapato apenas hizo el menor ruido al dejarse caer en el enmoquetado suelo de la habitación.

  • Estás dormido amigo mío. Completamente dormido y relajado. Ya no sientes el cansancio. Tu cuerpo está completamente relajado y tranquilo. Tu mente no piensa en nada… en nada que yo no quiera que piense. Sigue poniéndote los zapatos, pero póntelos al revés.

Con los ojos cerrados, tanteando, Carlos siguió las instrucciones de Héctor.

  • Ahora, cuando cuente tres, abrirás los ojos: uno, dos, ¡tres! Con la ya familiar sensación de abandono de antes, los ojos de Carlos miraron durante un instante a su amigo.
  • ¿Me he vuelto a dormir?
  • Más o menos.
  • No es posible. ¿Qué me has hecho?
  • Ya te lo he dicho antes. Te he hipnotizado.
  • ¡Venga ya! Deja de decir tonterías.
  • Muy bien, como quieras. ¿Nos vamos?

Carlos se levantó de la cama y se dirigió hacia la puerta, pero cuando apenas había dado dos pasos una expresión de dolor inundó su rostro.

  • ¡Ouch! ¡Cómo me duelen los zapatos!
  • ¿Has probado a ponértelos en el pie que corresponde a cada uno?
  • ¿En el pie…? ¡Pero que tonto soy! Me los he puesto al revés.

Volvió hacia la cama y se sentó en ella. Se quitó rápidamente los zapatos y se los colocó de nuevo, pero esta vez correctamente. Se levantó y se dirigió hacia la puerta. Héctor bajó de la cama. Seguía descalzo. Sus pies apenas estaban cubiertos por los suaves calcetines que llevaba, pero no sintió frío, puesto que toda la habitación estaba cubierta por una mullida moqueta. Con una perversa sonrisa en los labios, miró como su amigo cogía el pomo de la puerta para abrirla.

  • ¡Duérmete, Carlos!

Aún con la mano sobre la puerta, la cabeza de Carlos volvió a caer hacia delante. Increíblemente, mantuvo el equilibrio aún cuando su mano se deslizó sin fuerzas hacia su costado.

  • Cuando te lo diga, abrirás los ojos, pero seguirás dormido. Vendrás hacia la cama y volverás a sentarte en ella. Te quitarás los zapatos, y entonces volverás a cerrar los ojos y a esperar mis instrucciones. ¡Ahora!

Tal y como su amigo le había ordenado, abrió los ojos. Tenía una inexpresiva mirada mientras se dirigía hacia la cama. Se sentó y se quitó los zapatos. Una vez finalizado el trabajo, cerró los ojos y su cabeza cayó de nuevo sobre su pecho.

Héctor se acercó a él y comenzó a hablarle mientras con las manos le soltaba el botón de la camisa que oprimía su cuello.

  • Eres mío, Carlos. Mientras estés dormido harás todo lo que yo te diga y ni siquiera sabrás que lo estás haciendo. Pero cuando despiertes también seguirás en mi poder. Cuando te diga que despiertes, lo harás, pero no podrás salir de esta habitación sin mi permiso. Harás todo cuanto yo te diga, sin dudar, sin rechistar, sin pensar. No pondrás pegas a ninguna de mis ordenes. Seguirás siendo tú mismo, pero sin voluntad para incumplir mis mandatos. Ahora, háblame. ¿Has entendido mis órdenes?

Lacónicamente, la respuesta de Carlos casi resbaló de sus labios.

  • Sí.
  • ¿Que es lo que harás cuando despiertes?
  • Todo cuanto me digas.
  • ¿Hay algo que no harías por mí si yo te lo pidiera?
  • No.
  • Muy bien, Carlos. Abre tus ojos, ¡ahora!

De nuevo la sensación de abandono. De nuevo la inquisitiva mirada sobre su amigo, aunque en esta ocasión, una breve sombra de enfado cruzó por sus ojos.

  • ¿Qué me estás haciendo?
  • ¿Todavía no crees que te haya hipnotizado?

Inquieto, miró a su alrededor. Oteó la puerta intentando recordar. Miró hacia el suelo, hacia sus zapatos, inertes sobre la moqueta, lejos de sus pies donde recordaba perfectamente haberlos colocado. Levantó los ojos hacia Héctor.

  • Sí. Creo que me has hecho algo. Pero si es una broma, ya está bien. Es suficiente. Ahora vayamos abajo. Hay gente esperándonos.

Se levantó de la cama y comenzó a caminar. Nervioso, ni siquiera se acordó de los zapatos. Sintió la mullida moqueta a través de la suavidad de los calcetines que cubrían sus pies.

  • ¡Siéntate!

Sin poder evitar hacerlo, volvió sobre sus pasos y se sentó de nuevo en la cama. Una vez allí, miró de nuevo a los ojos de su amigo, implorando.

-¿Por qué me haces esto?

  • Lo hago por tu bien. Hay alguien a quien quiero presentarte. Alguien a quien tú ya conoces, pero que probablemente habrás olvidado. Alguien a quien hiciste daño una vez, y ahora quiere felicitarte por tu boda.

Sin poder creer lo que estaba oyendo, dirigió su mirada hacia donde señalaba su amigo , hacia la puerta del cuarto de baño. Un hombre le estaba observando desde allí. Un hombre al que él conocía muy bien.

  • ¡¿Nacho!? ¿Qué estás haciendo aquí?

Nacho había sido su amante hacía un par de años. Habían pasado buenos ratos juntos, pero él decidió dejarle, precisamente por la mujer con la que acababa de casarse. Nacho había intentado hablar con él en algunas ocasiones, pero tan sólo en una pudo hacerlo, y él no le dijo cosas agradables. Rompieron del todo sin posibilidad de reconciliación, y no quedaron como buenos amigos precisamente.

Carlos comenzaba a sospechar que estaba teniendo un mal sueño. Más bien una pesadilla. Aquello no tenía mucho sentido. Su amigo decía haberle hipnotizado, y a pesar de que no acababa de creérselo, la verdad es que había estado haciendo algunas tonterías durante los últimos minutos. Y ahora, Nacho aparecía en su habitación saliendo del cuarto de baño. El había entrado allí apenas unos minutos antes y no había nadie. ¿Por dónde había entrado?… ¿Y cuándo? …

Intentando conseguir alguna respuesta coherente a sus no formuladas preguntas, volvió la mirada hacia Héctor, sólo para ver con total incredulidad como su amigo estaba en el suelo, descalzo, arrodillado, con la cabeza y los brazos en el suelo, en posición de total humillación, casi de adoración, hacia Nacho.

  • He hecho todo lo que me habías ordenado, amo. Le he traído aquí, y le he hipnotizado para ti. ¿Estás contento, amo? ¿Lo he hecho bien?… Por primera vez, Nacho dejó oír su voz.
  • Lo has hecho muy bien, Héctor. Tu amo está contento y te has ganado una recompensa. Levántate.

Ágilmente, Héctor se levantó del suelo y se acercó a su «amo». Nacho le cogió por la cintura y le besó apasionadamente, aunque ni siquiera con la mitad de pasión con la que él le devolvió el beso. Mientras se fundían en aquel inesperado abrazo, la mano de Nacho bajó hasta el trasero de Héctor y comenzó a sobárselo sin el menor pudor. Él dirigió sus manos hacia su pantalón y repentinamente se lo bajó, dejando a la vista unos excitantes calzones negros de seda, muy ceñidos, marcando sus hermosas y prietas nalgas, y casi acariciando la mano de Nacho, la dirigió hacia ellas guiándole y ayudándole a manosearlas.

Carlos mantenía los ojos fijos en su amigo. Jamás le había visto comportarse así. Parecía idolatrar a Nacho y disfrutaba de sus caricias más que él mismo. Había verdadera pasión en sus ojos y en sus actos. Le ofrecía su cuerpo como si estuviera poseído por una extraña fuerza que le impidiera hacer otra cosa y parecía gustarle que él estuviera delante, observándolos.

Sin dejar de asombrarse por el inesperado comportamiento de su amigo, sintió la fría mirada escrutadora de Nacho sobre él.

  • Hola Carlos. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.

Ante sus ojos aparecía Nacho, quien en otro tiempo fuera compañero de juegos sexuales, un hombre rozando la cuarentena, tremendamente atractivo, esbelto y con un porte que llamaba poderosamente la atención. Poseía unos verdes ojos furtivos, una esbelta silueta y vestía un traje negro entallado, que despedía un aire de profundo respeto. Su cínica sonrisa parecía más una mueca que una demostración de alegría. Ahora sus ojos le perforaban con la mirada.

Durante los meses que permanecieron juntos, jamás dejó que le penetrara. Él Mismo sólo le ayudaba a correrse, practicándole una rápida pero intensa masturbación, sin que nunca le hubiera subcionado el miembro, a pesar de su insistencia. Siempre se resistía a una relación plena, e incluso había evitado recorrer el jugoso trasero de Nacho, para evitar que éste se colara por él, más de lo que entonces ya estaba. La verdad es que no fue mas que un juguete en sus manos. Salió con él para pasar el rato, para tener alguien cerca que le calmara sus jóvenes ansias. Nunca se lo tomó en serio. Cuando descubrió que su relación sí que era importante para él, pensó en dejarlo, pero le agradaba la idea de tener a un hombre a sus pies como un perrito faldero. Pero cuando Nacho mostró su lado más posesivo, decidió acabar con el juego y abandonarle.

  • ¡Saluda al amo, cabrón!

La voz de su amigo Héctor, cortante y agresiva, le obligó a salir de sus pensamientos. No tenía nada que decir, y desde luego no pensaba saludar a Nacho, pero por algún motivo que se le escapaba, lo hizo.

  • Hola Nacho.
  • Estás muy interesante con ese atuendo. Yo soñaba que algún día lo llevarías para mí, en privado claro está.
  • Lo nuestro fue un error desde el principio. No había amor en nuestra relación, si es que puede llamarse así. Nunca debimos…
  • ¿Amor?… ¿Dices que no hubo amor?… – la voz de Nacho sonaba llena de furia – Eres el único hombre al que he amado de verdad en toda mi vida. Cuando me dejaste, pensé que no podría seguir viviendo. Nada tenía sentido para mí y me torné violento, hosco y hasta un tanto pendenciero. Por esa razón perdí mis amigos, mi trabajo y mi dignidad. ¿Y encima te atreves a decir que no hubo amor?
  • ¡Yo no te amaba! Sólo deseaba satisfacer mis ansias de vez en cuando – Carlos comenzó a sollozar-.
  • ¿Y por qué me lo hiciste creer? Si me lo hubieras dicho desde el principio yo lo hubiera comprendido. Pero no, me hiciste pasar los días más felices de mi vida para después abandonarme. ¿Por qué?, ¿Se puede saber por qué hiciste algo así…?

No podía contestar. Sus palabras estaban llenas de razón, aunque cargadas de odio. Su silencio fue largo y expresivo, tan sólo roto por la imperiosa voz de Héctor.

  • ¡Responde al amo cuando te hable!

Cada vez que escuchaba la voz de su amigo Héctor, una extraña fuerza le impelía a obedecerle.

  • ¡Para reírme de ti, de tu falta de hombría! – Las lágrimas corrían ahora libremente por sus mejillas, mojando su hasta entonces inmaculada camisa.
  • Todas aquellas semanas soñando con tu amor, adorándote, amándote, deseándote,… y tú sólo querías reírte de mí.

El brillo del odio en sus ojos pareció disminuir. La razón intentaba aflorar a su voz.

  • Tardé mucho tiempo en olvidarte. Después de perderlo todo, tuve suerte. Intenté controlar mi vida. Encontré trabajo, y comencé a recibir clases nocturnas. Desde entonces, he soñado con el día en que pudiéramos volver a encontrarnos.

Dejó de sobar el cuerpo de Héctor y se aproximó a la cama. Acercó la mano a su cara, repleta de lágrimas y la acarició suavemente. Después, con los dedos mojados, acarició su hermosa cabellera rubia.

  • Deja de llorar. Esa no es forma de enfrentarse a los problemas.

No había fuerza que pudiera hacer que dejara de llorar. Estaba asustado, humillado, perdido, y en sus ojos se había instalado una tormenta.

  • ¡Obedece al amo!

Una vez más, el efecto fue inmediato. Repelidas por una fuerza desconocida, las lágrimas dejaron de brotar.

La voz de su amigo Héctor le obligaba a obedecer, pero la de Nacho le llenaba de temor cada vez que la escuchaba.

  • Ayúdale a secarse las lágrimas, Héctor – . Sin decir palabra, Héctor hurgó en el bolsillo del pantalón tirado sobre la moqueta, cogió un pañuelo de papel y secó las últimas lágrimas del rostro de Carlos que adquirió un tono suplicante.
  • ¿Por qué le ayudas, Héctor? Eres mi amigo. Mi mejor amigo – . A pesar de no poder llorar, la súplica de Carlos fue acompañada por un breve sollozo.
  • Porque es mi amo. Su palabra es ley para mí. Mi cuerpo y mi alma le pertenecen: soy su esclavo… como también tú lo serás dentro de poco, ¡ya lo verás!

Los ojos de Carlos se abrieron con estupor. A pesar de que sus oídos habían escuchado perfectamente las palabras proferidas por Héctor, su cerebro no podía asimilarlo. Miró a Nacho esperando encontrar respuesta a su inexistente pregunta.

  • ¿Recuerdas cómo Héctor te ha contado que aprendió a hipnotizar en unas clases de psicología?

Intentando aclarar el inmenso caos existente en su mente durante los últimos minutos, encontró el recuerdo que Nacho mencionaba, aunque sin conseguir conectarlo con lo que le estaba diciendo.

  • ¡Adivina quién fue su profesor!

Tardó unos segundos en comprender por dónde iba la conversación, pero al final lo consiguió. ¡Nacho había hipnotizado a Héctor!… ¡Claro, ahí estaba la explicación! Ahora las cosas iban tomando cuerpo…

  • Te he contado que encontré trabajo después de que me abandonaras. Fue como ayudante de un hipnotizador del tres al cuarto. No era muy bueno, pero me enseñó algunos trucos interesantes y en la cama era magnífico. Pero a lo que vamos; resultó que con las enseñanzas adecuadas, yo era mejor que él. Cuando me matriculé en la escuela nocturna, no esperaba encontrarme allí con tu amigo. Héctor no guardaba buenos recuerdos míos y al principio me evitaba a toda costa, pero estando preparando un trabajo sobre la hipnosis, conseguí que nos asignaran al mismo grupo. Al ser el más experto en la materia, todos y cada uno de los estudiantes fueron cayendo bajo mi influencia, incluyéndole a él.

Mientras Nacho hablaba, Héctor estaba detrás de él, pegado a su espalda, restregando su pierna semidesnuda por su cuerpo, y acariciando su torso con ambas manos, intentando guardar el equilibrio. Su rostro no demostraba más emoción que el inmenso deseo de agradarle.

  • Al principio fue el que más se resistió, pero con la ayuda del resto del grupo, ya bajo mi influencia, conseguimos convencerle. Resultó ser un sujeto excelente para la hipnosis. En tan sólo un par de sesiones se convirtió en mi juguete favorito. El antaño altanero y orgulloso Héctor, es ahora mi más sumiso esclavo. ¿No es así, querido?
  • Sí amo. Completamente.

La sumisión y devoción existente en la voz de Héctor no dejaba lugar a dudas.

  • Cuando me comunicó la noticia de tu boda, decidí hacerte una pequeña visita, y con su ayuda, hemos llegado a esta situación. Yo le controlo a él, y él te controla a ti, así que el resultado de nuestro pequeño juego solo puede tener un ganador: ¿no opinas lo mismo?…

Carlos no contestó. Estaba atemorizado, y al mismo tiempo presa de un Enfado que iba en aumento. A pesar de haber sido hipnotizado, seguía teniendo su orgullo, y ser humillado de aquella forma, le producía un extraño sentimiento de rabia, temor e indefensión. Tan sólo tenía ganas de llorar para expresar su amargo dolor, pero ni siquiera eso podía permitirse, porque su amigo se lo había prohibido expresamente.

  • Héctor, quítate la camisa.

Sin dudarlo un solo instante, cogió el borde inferior de la camisa con ambas manos y lo arrastró por encima de su cabeza. Al hacerlo, sus pectorales, cubiertos por un excitante e insinuante vello negro, a juego con el resto de su ropa interior, bailaron durante unos segundos al ritmo de sus movimientos.

  • Tu amigo ha desarrollado un enorme interés por la ropa interior sexy – comentó dirigiéndose a Carlos – Ya nunca usa ropa interior hortera. Desde que nos conocimos, siempre utiliza los más excitantes y provocativos calzones. Es una suerte que le pidieras que te acompañara a comprar la ropa para tu boda.

Horrorizado, Carlos recordó que al ir a escoger la ropa interior para la ocasión, él tenía claro llevar unos slips cortos, porque eran muy cómodos, pero Carlos le convenció de que se probara unos gayumbos de media pata muy ajustados, para «marcar a tope». Decía que así excitaría más a su futura esposa.

Ahora sabía a ciencia cierta que no era a su esposa a quien Héctor pretendía excitar. Esperando las órdenes de Nacho, Héctor usaba las manos para acariciarse los pezones y los calzones ajustados. No se le había permitido aún masturbarse directamente, así que jugaba con su cuerpo de la forma más excitante que podía, sin dejar de mirar a los ojos de su «amo», para comprobar que todos sus movimientos cumplían un único objetivo: ponerle a tono para la ocasión.

La habitación era extremadamente espaciosa como corresponde a una «suite nupcial» y Nacho se acercó hasta un sillón cercano a la cama. Lo arrastró hasta el centro de la estancia, a unos dos metros del colchón, y se sentó cómodamente, preparándose para el espectáculo.

Miró a Héctor. Seguía acariciándose por encima de su ropa interior, esperando ansioso sus órdenes. Después miró a Carlos. Estaba sentado sobre la cama, completamente vestido, en el que se suponía iba a ser el día más feliz de su vida.

  • Quítate los pantalones y los calzoncillos – ordenó.

Carlos no se movió.

  • ¡Obedece al amo, tío! – sentenció su amigo.

No podía evitar cumplir la orden de su amigo Héctor. Con la íntima prenda en su mano, miró directamente a los ojos de Nacho. Era más que miedo lo que sentía en aquel momento. A su mente acudió la certeza de que iba a ser un juguete en las manos de Nacho y el odio vino a cubrir el hueco.

  • Tráemelo, Héctor.

Con gran celeridad, esperando siempre agradar a su amo, Héctor se dirigió hacia su amigo Carlos, cogió los calzones de su mano y se lo entregó a Nacho. Eran rojos, y suaves, muy suaves. Debían de haber costado un dineral por la marca. Era una lástima que una vez casados no siguieran haciendo lo mismo y siempre se decantaran por los antiestéticos calzoncillos blancos de algodón en aras de la comodidad.

  • Héctor. Tu amiguito está muy serio. Creo que tiene hambre. ¿No crees que deberíamos darle algo de comer?…

Carlos no comprendió del todo lo que escondía aquella irónica frase, pero no ocurrió lo mismo con Héctor. El tiempo que había pasado bajo la influencia de Nacho le había convertido en un excelente esclavo, capaz de entender las más sutiles insinuaciones y los más profundos deseos de su «amo».

  • Supongo que tenías pensado en que la noche de tu boda ibas a tener ocasión de practicar nuevas experiencias, amiguito. Ahora vas a poder realizarlas, pero no con la persona que tú creías. ¡Arrodíllate ante el amo!

Sin posibilidad de dudar o de resistirse, pero sin mostrar el más mínimo entusiasmo, Carlos siguió las instrucciones al pie de la letra. Se levantó de la cama y se arrodilló ante Nacho. Comenzaba a comprender lo que se esperaba de él. Miró a su amigo. Pensó que tal vez la posibilidad de que otro hombre también tocara el cuerpo de «su amo» podría causarle un sentimiento de celos que podría utilizar para liberarle del control de Nacho. Pero se equivocó. Al contrario de lo que esperaba, Héctor no mostraba indicios de celos o de envidia, sino una enorme excitación. Carlos seguía sin comprender por qué su amigo sólo existía para el placer de Nacho. Que su propio amigo hiciera el amor con su dueño, sólo le llenaba de goce y orgullo por haber servido bien a su señor.

  • ¿Acaso tengo que decirte lo que tienes que hacer, amigo?

El sarcasmo en la voz de Héctor era evidente. Pero Carlos no estaba dispuesto a darles el placer de obedecer. Sólo bajo el irresistible influjo hipnótico sería capaz de realizar lo que se le pedía. Muy en su interior, esperaba realmente poder resistirse a la necesidad de obedecer.

Como si estuviera tocando un objeto de incalculable valor, Héctor desabrochó los pantalones de Nacho, dejando al descubierto su enhiesto pene, tremendamente excitado por la situación actual, mientras daba claras y concisas instrucciones a su amigo.

  • ¡Escúchame bien Carlos! Durante todo el tiempo que saliste con Nacho, jamás le dejaste tocar tu culo, ni te dignaste mamar su miembro. Ahora vamos a remediar aquel pequeño descuido. Vas a practicarle la mejor felación que jamás hayas podido imaginar. Utilizarás tu boca, tus labios, tu lengua y tu garganta como jamás creíste que fueras capaz de hacer, sin preocuparte en lo más mínimo de tus propios sentimientos, ni de tu placer personal. Y cuando consigas hacer salir el jugo de nuestro amo, lo tragarás todo, sin dejar que una sola gota caiga al suelo. ¿Lo has entendido bien?

A pesar de la repugnancia que le causaba la idea de tragar el semen de Nacho, Carlos no tuvo más remedio que responder, y lo hizo con un lacónico:

  • Sí

Y sin poder resistirse, tal vez sin intentarlo siquiera, cogió el pene de Nacho con la mano y comenzó a masturbarle con suavidad. Después de algunos movimientos, introdujo el miembro en su boca y acarició el glande con la lengua, al tiempo que movía su cabeza arriba y abajo masturbándole con los labios.

Nacho cerró los ojos. A pesar de estar apenas en el principio de la masturbación, el placer era inmenso. Había estado con Héctor docenas de veces desde que le hipnotizó por primera vez. Había hecho el amor con él de montones de formas distintas. Había disfrutado de su cuerpo como casi ningún hombre deja jamás que otro hombre disfrute de él. Pero a pesar de todo, seguía excitándolo. Su presencia en aquella habitación, semidesnuda, no podía dejar de mantenerle continuamente excitado. Pero tanto o más que la visión del cuerpo de Héctor, le excitaba la subyugación de su amigo. No le tenía directamente bajo su poder, pero controlaba a la persona que a su vez manejaba a quien quería. El amor que sintió por Carlos se había convertido en odio al principio de su abandono, pero después, desde el momento en que hipnotizó a su amigo, el odio fue dejando paso al deseo de venganza. Y la satisfacción de estar cumpliendo su sueño se convirtió en una fuerte excitación sexual. Por no mencionar la visión de un hombre en el día de su boda con otro hombre, arrodillado a sus pies y succionándole el miembro, en aquella posición que se le antojaba mágica y que le llenaba de una irresistible atracción.

A pesar de que Carlos no era ningún experto, el trabajo que estaba realizando era magnífico. Las órdenes de Héctor habían sido, utilizar todas las partes de su boca, incluyendo su garganta, para acrecentar el placer de Nacho, y así lo estaba haciendo. Al principio sintió un presagio de vómito, pero poco a poco se fue acostumbrando a mover libremente el órgano masculino por el interior de toda su boca y las arcadas fueron sustituidas por frenéticos movimientos con su lengua.

Mirando el rostro de Nacho, Héctor era el hombre más feliz del mundo. La enorme mueca de placer y satisfacción que su amo estaba sintiendo, repercutía en su cuerpo como si fuera él mismo el receptor del placer. Sin poder evitarlo y a pesar de que Nacho no le había dado permiso para hacerlo, pasó sus dedos por el interior de sus calzones negros comenzando una masturbación basada exclusivamente en la visión del placer de su amo. Mientras tanto, con la otra mano acariciaba y pellizcaba sus pezones sin dejar de mirar tanto el rostro de Nacho como su polla, que desaparecía por momentos en el interior de la boca de Carlos. Faltaba muy poco para que su amo se corriera, y decidió hacerlo al unísono.

  • ¡Basta!

La brusca orden de Nacho le sacó de sus pensamientos y de la proximidad de un orgasmo. Sin pensarlo dos veces, cogió la larga cabellera rubia de su amigo y tiró de ella hacia atrás, provocando un pequeño grito de dolor en Carlos. Con una enorme preocupación en su voz, se dirigió a Nacho.

  • ¿Qué ocurre, amo? ¿Acaso este animal ha hecho algo que no te ha gustado? ¿Acaso te ha hecho daño? …

Nacho sonrió complacido por el sincero tono de preocupación en la voz de su esclavo. – No. No es nada de eso. Sólo que no quiero correrme todavía. La noche es larga y quiero disfrutar de ella.

Ya más tranquilizado, Héctor respiró con deseo hacia su dueño.

  • ¿Qué quieres que hagamos ahora, amo?
  • Pienso que un poco de juego no quedaría mal en la habitación, y de paso tu participarás un poco en él. ¿Te apetece?

El brillo en los ojos de Héctor alcanzó unos límites insospechados. – ¡Gracias amo! ¡Gracias!

Y volviéndose hacia su amigo, le ordenó que se tumbara de nuevo sobre la cama.

  • ¡Abre bien las piernas, amigo! Voy a hacerte gozar como nadie lo ha hecho hasta ahora.

Carlos no pudo evitar hacerlo, mientras notaba como Héctor le acariciaba los muslos. Sintió la mirada de Nacho sobre su amplio sexo, no menos ávida que la de su amigo. Durante unos segundos tomó conciencia de los sentimientos que despertaba en ambos. Tumbado sobre la cama, desnudo y con las piernas completamente abiertas, mostrando sin pudor, -aunque no por propia voluntad-, sus intimidades, para que dos hombres, -incluído su mejor amigo-, lo miraran e hicieran con él lo que quisieran, le puso un tanto a la defensiva. Si hubiera podido sonreír, -de estar en otra situación-, lo hubiera hecho, puesto que no podía dejar de pensar que él mismo hubiera podido sentirse excitado con una visión semejante.

Todavía estaba inmerso en sus pensamientos, cuando notó el húmedo calor de una lengua sobre su sexo. Los primeros movimientos le parecieron de tanteo, como si intentaran encontrar un camino entre la no demasiado abundante mata de pelo rubio que cubría su sexo. A pesar de odiar a muerte a Nacho y a su amigo por obligarle a hacer aquello, las continuas caricias sobre su glande y sobre las paredes de sus escrotos, comenzaban a excitarle realmente. Intentaba ignorar el placer que le causaban los sabios y expertos movimientos de su amigo, pero no podía evitarlos. Sabía que no era la hipnosis la que causaba aquel reconfortante calorcillo que comenzaba a ascender por todo su cuerpo desde su pene. Y eso era precisamente lo que más le molestaba. A pesar de haber sido obligado, hipnotizado, medio raptado y casi violado, sentía placer por todo aquello. Sintió asco hacia sí mismo, pero lo ignoró cuando notó la proximidad del orgasmo.

Héctor sabía que su amigo estaba disfrutando. Podía oírlo en sus gemidos, notarlo en los movimientos de su cuerpo e intuirlo en sus ojos cerrados. Sabía que Nacho les estaba mirando y que disfrutaría del placer que le estaba dispensando a Carlos. Disfrutaría cuando él se corriera, cuando gimiera de placer y se descompusiera sabiendo que el orgasmo no había sido causa de la hipnosis. Y disfrutaría aún más por el hecho de que Carlos se odiaría a sí mismo por haber disfrutado en aquella situación. Incrementó la fuerza y la velocidad de los movimientos de su lengua sobre el pene de su amigo para forzarle a alcanzar el clímax.

Nacho disfrutaba, en efecto, de aquel espectáculo. Desde donde él estaba sentado, apenas apreciaba más que el hermoso trasero de Héctor moviéndose insinuante ante sus ojos. A pesar de tener puestos los cinco sentidos en dar placer a su amigo, Héctor todavía conservaba la imaginación suficiente como para mover excitantemente su culo ante Nacho, sabiendo que como su propio cuerpo le impedía la clara visión del sexo de su amigo, debía de poder recrearse con algo mientras escuchaba los gemidos de Carlos.

Y así era, efectivamente. Deleitándose con aquel espectáculo, Nacho utilizaba una de sus manos para masturbarse lentamente mientras escuchaba los gemidos de Carlos y contemplaba sus piernas desprovistas de vello, así como el trasero casi desnudo de Héctor y sus hermosas piernas.

La explosión de placer de Carlos no les llegó de sorpresa a ninguno. Mientras su cuerpo se estremecía una y otra vez, la lengua de Héctor no dejaba de entrometerse en aquel orgasmo, intentando prolongarlo lo más posible. La velocidad con que Nacho se estaba masturbando aumentó el ritmo, mientras los gemidos de Carlos resonaban por la habitación, y éste, intentando reprimirlos, no podía dejar de odiarse a sí mismo por estar disfrutando del mejor polvo de toda su vida.

Con el rostro orgulloso de su hazaña y cubierto por el semen de su amigo, Héctor miró a Nacho, cuyos movimientos sobre su pene habían vuelto a la monotonía del que quiere darse placer aunque sin querer alcanzar todavía el premio. A pesar de notar pequeñas gotas del semen de su amigo corriendo por su cara, no se las limpió, a sabiendas de que esa visión acrecentaría el placer del amo.

Dirigió una mirada de triunfo hacia su amigo. Carlos no podía llorar porque Héctor se lo había prohibido. Sabía lo que iba a venir a continuación, y a pesar de no querer hacerlo, se abandonó a su suerte. Ni siquiera esperó la orden de su amigo. Ya no tenía miedo de ellos. Ya apenas les odiaba. Seguía sintiendo temor, pero en esta ocasión era hacia sus propios sentimientos. ¡Quería más! ¡Dios! Había sentido el mejor orgasmo de su vida y no contento con ello … ¡quería más! Sabía que si seguía todas las órdenes podría sentir un placer irrefrenable, y a pesar del momentáneo asco que sintió hacia sí mismo, decidió acallar su conciencia y colaborar todo lo posible. De cualquier forma, ellos iban a lograr lo que querían, – se consolaba – y tal vez, y sólo tal vez, si colaboraba, lograría disfrutar por encima de lo que hasta entonces había estado dispuesto a admitir.

Entonces se incorporó y se levantó de la cama. Con la ayuda de Héctor, deslizó la camisa por encima de su cabeza y la tiró al suelo. Todo su bien proporcionado y cuidado cuerpo quedó al descubierto.

  • Colocaos los dos juntos, uno al lado del otro: Quiero comparar vuestros cuerpos.

Complaciendo a su amo, Héctor se colocó rápidamente frente a Nacho y junto a Carlos. Éste hizo lo mismo, aunque con menos celeridad que su amigo.

  • Héctor, dame tus calzoncillos.

Sin dejar de mirar el rostro de Nacho, haciendo de cada uno de sus movimientos una clara insinuación, Héctor deslizó sus manos sobre sus calzones y los empujó hacia abajo disfrutando de cada segundo. Levantó una pierna y la sacó del agujero. Después levantó la otra pierna y repitió la operación. No tuvo prisa en hacerlo en ninguna de las dos ocasiones. Sabía que a Nacho le gustaba ver desvestirse a un tío y quería convertir cualquier simple acto en un íntimo strip-tease para su placer. Una vez tuvo el trofeo en su mano, se lo dió a Nacho. Sin mirarlo, éste lo estrujó con sus manos un par de veces antes de dejarlo sobre su regazo, junto al de Carlos.

Ahora los dos hombres estaban de igual a igual. Los dos estaban como Dios los trajo al mundo. El contraste era verdaderamente excitante. Héctor era moreno, muy moreno, al igual que el pelo de su pubis. Por contra, Carlos era rubio, y sin un pelo en el cuerpo a excepción de un pequeño triángulo junto a sus genitales. Los dos tenían más o menos la misma estatura, pero Héctor tenía el pene sensiblemente más grande que Carlos, aunque éste poseía un miembro hermoso y ciertamente tentador.

Nacho no dejaba de masturbarse, pero notó un cierto dolor en su órgano con la visión de aquellos dos hermosos ejemplares ante él. Dos cuerpos para el pecado dispuestos a cumplir todos sus deseos, todas sus órdenes, todos sus caprichos.

Mientras Héctor y Carlos se disputaban las miradas de Nacho, éste se levantó y comenzó a quitarse la ropa sin prisa. Comenzó con la camisa, dejando al descubierto su fornido torso, que fue inundado de inmediato por el impaciente deseo que insuflaba la insinuante mirada de Héctor. Siguió con los pantalones, que ya tenía mínimamente desabrochados.Finalmente quedó desnudo al completo. Miró primero a Héctor, que le devolvió la mirada ofreciéndole al mismo tiempo su alma. Después miró a Carlos. Por primera vez en toda la noche, éste también le devolvió la mirada, pero en esta ocasión no había temor en ella. Ni siquiera odio. Era una mirada desafiante. El deseo le había introducido en el juego, y quería demostrar que no era menos que Héctor, y que él también era capaz de ofrecer el máximo placer.

La firme convicción de su mirada le permitió ganar aquel asalto.

  • Carlos, sobre la cama, a cuatro patas.

Sin dudarlo un instante, sin rechistar, sin planteárselo siquiera, Carlos dió media vuelta y se colocó en la posición exigida. Héctor se tumbó a su lado, con el rostro cerca de su sexo, dispuesto a disfrutar del espectáculo.

Nacho se subió encima de la cama y se colocó de rodillas. La visión del excitante trasero de Carlos, tantas veces reprimida tiempo atrás, estuvo a punto de producirle un orgasmo, que con todas sus fuerzas se obligó a reprimir.

  • Héctor, ponte a su lado

La orden fue inmediatamente cumplida por su apasionado esclavo. Disputándose un pequeño hueco en el lecho junto a su amigo, dispuso su cuerpo junto al suyo, también a cuatro patas, aunque cuando estuvo colocado, bajó al máximo sus brazos y su cabeza, adoptando una posición de mayor sumisión aún si ello era posible. Aquello fue casi demasiado incluso para Nacho. Además del hermoso cuerpo de Carlos, tenía a su disposición a su más sumiso esclavo. Héctor, era consciente de la enorme excitación que su cuerpo era capaz de ofrecer en aquella postura, e intentaba elevar al máximo posible su trasero, dispuesto a ganar la batalla por los favores de Nacho, aplicando a sus movimientos una indecencia que tal vez no conocieran ni los más profesionales.

La mayor experiencia de Héctor en el arte de la seducción de su amo, hizo que éste decidiera cambiar su primera intención de penetrar a Carlos en detrimento de Héctor.

Cogiéndole por las caderas, introdujo su excitado miembro en el interior del esfínter de Héctor, que demostró un claro estremecimiento de placer al sentir en sus entrañas el preciado órgano de su amo y casi al instante, con unos ligeros empellones, alcanzó su primer orgasmo de la noche. Desde que Nacho le convirtiera en su esclavo, Héctor era capaz de recuperarse en pocos minutos y estar dispuesto para unas nuevas sensaciones. A pesar de estar disfrutando del placer máximo que un hombre es capaz de alcanzar, su cuerpo no dejaba de moverse al ritmo de los movimientos del amo, intentando procurarle placer, en detrimento del suyo propio. Una de las manos de Nacho se deslizó desde su cadera hasta sus pectorales, amasándolos y apretujándolos con muy poco interés en que él disfrutara. Pero el efecto que Héctor recibía no era más que placer y más placer. Cualquier contacto de Nacho con sus partes más sensibles le llevaba una y otra vez al clímax. Todavía con los residuos del primer orgasmo en su cerebro, el poco delicado masaje de sus pezones le condujo inevitablemente a una erección, mientras su mano dispensaba un nuevo alivio a su hermoso miembro. Nacho lo sabía, porque así le había programado durante las interminables sesiones de hipnosis. Sabía que cualquier cosa que él hiciera, tendría como resultado el placer de él, y que dicho placer no hacía más que excitarle cada vez más.

Pero también sabía que la potencia sexual de ambos era limitada y la suya aún más, mermada por la edad. Así, casi al borde del orgasmo, extrajo su pene del cuerpo de Héctor sin aviso, porque quería correrse dentro del cuerpo de Carlos, y por ello se deslizó sobre la cama para introducir cómodamente su miembro erecto por el sonrosado agujero que su otro esclavo también dejaba al descubierto. El interior del culo de Carlos era más estrecho que el de su amigo, produciéndole un enorme placer, algo que también debió de sentir éste al comenzar a mover su cuerpo sin demasiadas inhibiciones.

  • Muévete, amiguito. Muévete y haz disfrutar a nuestro amo.

Si quedaba algún resto de decencia o de dudas en la mente de Carlos, las incitantes palabras de su amigo habían acabado con ellas. En respuesta a las órdenes de Héctor, su cuerpo comenzó a estremecerse aún con más fuerza mientras sentía los rítmicos embates de Nacho sobre él. Inducido por la hipnótica influencia de la voz de su amigo, su principal deseo era el de hacer disfrutar a Nacho del encuentro, pero a pesar de ello, y siempre sin dejar de mover su cuerpo para producir goce más que para recibirlo, sus ansias de recibir más y más placer se estaban cumpliendo sin restricciones. Jamás hubiera podido creer que hacer el amor con Nacho fuera una experiencia tan maravillosa. Se sentía liberado de todas las ataduras terrestres, de su pasado, de su futuro, e incluso de su propia y recién estrenada esposa. Tal vez si hubiera llegado a hacer el amor con Nacho cuando eran amantes, nunca le hubiera abandonado, y jamás hubieran llegado a esta situación.

Pero de repente todos sus pensamientos dejaron de tener sentido. Un estremecedor fogonazo de placer inundó su sexo justo en el instante en que sintió el fruto del orgasmo de Nacho invadir sus entrañas. Con cada uno de los últimos estertores del clímax de Nacho, su propio cuerpo se vio invadido por un extremo placer no alcanzado jamás anteriormente, ni siguiera por el causado por su amigo pocos minutos antes. Su conocimiento del mundo del sexo y del placer había sido muy limitado hasta esos momentos. Breves escarceos amorosos con algunas mujeres, y algunas pocas ocasiones con su actual esposa antes de la boda, no le habían preparado para el mundo que Nacho y su amigo le habían hecho descubrir. Se desplomó sin fuerzas sobre la cama, notando como el pene de Nacho resbalaba fuera de sus nalgas. Con los ojos entreabiertos, comprobó como aquel mágico músculo se encogía por momentos al igual que el suyo y alcanzaba una flacidez imposible de adivinar pocos segundos antes. Sin tiempo a que el órgano acabara de volver a su posición habitual, Carlos se abalanzó sobre él, y con un enorme cariño solo comparable con el que las madres proporcionan a sus hijos, lo introdujo en su boca para limpiar con su lengua los restos delatores del placer del que pocos segundos antes había sido testigo.

Desnudo, indefenso sobre la cama, Carlos comprobó como Héctor y Nacho se fundían en un abrazo que poco tenía que ver con el amor convencional. No pudo entender las palabras que él susurró al oído de su amigo. Al cabo de un momento, sintió la fría mirada de Héctor sobre sus ojos, y comprobó como sus labios se abrían y cerraban diciendo algo que no llegó a entender, porque una penetrante oscuridad invadió su mente y el sueño le venció sin condiciones.

Sus ojos se abrieron lentamente sin comprender del todo lo que ocurría ni donde se encontraba. Su amigo Héctor estaba junto a él, en lo que al parecer era la habitación del hotel. Su recién estrenada esposa también se encontraba allí, y sus padres y algunos de los invitados.

  • ¿Ya te encuentras mejor, cariño?

La preocupación latente en las palabras de su mujer le desconcertaron durante un instante.

  • Menos mal que no ha sido nada – esta vez era Héctor el que hablaba – Cuando le he visto desplomarse al suelo perdiendo el conocimiento, me he asustado un poco.

Aquello era cada vez más confuso.

  • ¿Qué me ha ocurrido? – pudo decir al fin un tanto aturdido.
  • Has perdido el conocimiento, cariño. Habías venido a la habitación con Héctor y por lo visto el cansancio de todo el día ha podido contigo. Héctor ha venido corriendo a buscar ayuda, pero no ha sido nada grave. Gracias a Dios, ya te has recuperado.

Confuso, Carlos se contempló a sí mismo. Estaba completamente vestido, a excepción de los zapatos, y tumbado sobre la cama. No recordaba nada desde el momento en que había entrado en la habitación. Sentía un inmenso vacío negro en su mente y un penetrante dolor de cabeza cuando intentaba recordar lo ocurrido durante esos momentos. Tenían razón. Probablemente el vacío en su memoria había sido debido a un desmayo. El cansancio de todo el día le había jugado una mala pasada.

  • Estoy bien. Dejad de preocuparos y volvamos a la fiesta. Mañana me encontraré perfectamente, cuando haya descansado un poco.
  • Tiene razón. Dejadle descansar y que corra un poco el aire por la habitación. Dejad de agobiarle y volved a la fiesta. Ahora mismo bajaremos nosotros.

Héctor comenzó a echar a la gente de la estancia.

  • Me quedaré contigo – dijo con preocupación la amante esposa.
  • ¡Ni hablar! Carlos estará estupendamente dentro de quince o veinte minutos, así que vete abajo con los invitados y nosotros bajaremos dentro de un rato. Haz caso a un buen amigo y verás como toda va bien.

Refunfuñando, todos se fueron de la habitación dejando solos a las dos amigos.

  • Creo que he tenido una pesadilla durante mi desmayo. Me encuentro increíblemente agotado y estoy todo sudado. Y este maldito desazón en el culo …

Sus ojos se abrieron como platos mientras intentaba colocar bien el cinto en su sitio.

  • ¡Héctor! ¡Mis calzoncillos!

Miró a su amigo con una pregunta implícita en los ojos.

  • ¡No llevo puestos los calzoncillos!
  • Un pequeño descuido que deberemos de solucionar cuando vuelvas a despertar, amiguito.

Carlos le miraba desconcertado mientras le veía meter la mano bajo la cama y sacar sus flamantes calzoncillos rojos de seda.

  • ¿Cómo…?
  • No te preocupes por nada, Carlos. Sólo cierra los ojos y descansa un rato.
  • Pero…
  • Duerme, amigo… duerme…

** FIN **