
Chapero16
Fecha original: 6 de octubre de 2005
Una de práctica.
Cuando yo tenía 12 años iba por la calle tan contento, me pararon un par de pibas y una me dijo que me daban dos mil pelas por hacerme una paja. Aluciné. Yo iba muy bien vestido, o sea, siempre he vestido bien como para confundirme con un tirao; y luego, además, ellas no eran unas nenas tontas, sino dos tías como de dieciocho o diecinueve, muy puestas. Al principio pensé que me estaban tomando el pelo, pero algo me dijo que aquello iba en serio y yo, tan pibe, tuve la suficiente como para reaccionar y dije:
-¿Y dónde la paja?
-En el piso de ésta, que está sola. Vamos.
-No tía. Es que, ¿sabes?, no soy tan barato. -y me piré.
-Espera, que hablamos…
Leche. Yo lo que quería era irme y ya estaba a cien metros vista. Me dio vergüenza aquello, no se crea y lo que dije lo dije por decir, porque yo entonces nada de nada, ni siquiera sabía ni de qué lado estaba, pero también es verdad que aquel día me miré al espejo de aquella manera y me expliqué algunas cosas en las que no había caído. Estaba ya más alto de lo que correspondía y no era de esos nenes que tienen el cuerpo sin marcar, blandito, sino que ya empezaba a estar definido, me parece ahora. No sé, porque de esa época tengo muy pocas fotos y casi todas de cara o de las que no se ve nada, que son la mayoría. O sea que quede claro que a mí me pervirtieron las mujeres, JUAS, JUAS!
Bueno, lo de las mujeres es la leche porque las hay varias, de las que se mueven donde yo me muevo, o sea que saben de mí todo lo que tienen que saber y yo de ellas, bueno pues que insisten en que lo hagamos a ver qué pasa. Yo siempre digo que yo sé lo que pasa y que no pasa nada. Quiero decir que yo, no como otros, no tengo ningún problema en hacerlo con una tía y lo que pasa es que lo más seguro es que ella se lo pasa muy bien y yo no. Uf, hoy estoy que me explico de pena.
Las cosas que me expliqué yo entonces, eran bobadas, claro, pero ERAN. Una cosa era en los recreativos el chaval como de 17 que siempre quería jugar conmigo en las máquinas, se ponía siempre detrás de mí, me apartaba el pelo de la frente y me cogía con suavidad. No me molestaba, me caía bien, era amable y encantador y no se pasaba para nada, pero ahora yo ya sabía de qué iba. Otra cosa era la pareja de dos que siempre iban conmigo a las duchas en el colegio. Digo la pareja de dos porque yo siempre, inconscientemente, los había considerado pareja a aquellos dos, aunque uno era bastante mayor que el otro, dos cursos por encima o así, pero era POR CÓMO SE MIRABAN. Iban siempre juntos, se miraban siempre como muy profundamente el uno al otro y siempre entraban conmigo a las duchas. ¿Qué explicación tenía aquello? Si ya se tenían el uno al otro, ¿para qué me necesitaban a mí?. Nunca me tocaron, nunca hicieron nada. Solo mirar. Me miraban y me miraban y seguían mirándose hasta el fondo entre ellos o yo que sé…
Debió ser a la vez que aquello, un poco más tarde, pero el mismo año, lo del negro del gimnasio. Al lado del colegio había un gimnasio en el que habían puesto a un negro de portero y mi amigo Jimmy me dijo varias veces que el negro se hacía unas pajas de la hostia. Me lo repetía hasta que le dije un día:
– ¿Cómo lo sabes? – Bajando un tramo de escalera, agachándose un poco quedaba un ventano horizontal por el que se veía donde se quedaba el negro después de que cerrara el gimnasio.
-¿Se desnuda?
-Del todo, casi siempre
-¿Tú lo vas a ver siempre?
-Siempre que puedo
-¿Por qué?
-Porque me pone
-¿Cómo que te pone?
-Que me pone. Me pone muchísimo
-¡Maricón! ¿Serás maricón?
-¿Por qué? ¿Y eso qué tiene que ver?
A lo mejor tenía razón Jimmy, y eso qué tenía que ver. Y eso qué tiene que ver.
Fuimos y tuvimos que esperar bastante rato. Yo creo que la espera nos calentaba más. El primer año que eres animal sexual, lo recuerdo muy bien, es como una paja sin fin, a mí me excitaba todo, absolutamente todo, de noche y de día, hasta el recuerdo de la chica de la paja y cada vez que estaba excitado me decía ¿por qué no fui yo? ¿por qué no fui con ellas? ¡seré imbécil!…
El negro, vestido, con la ropa tan rara que llevaba, no ponía mucho, la verdad, pero cuando se fue quitando algo ya era otra cosa. Era un tío enorme, ni un solo pelo en el cuerpo, según se iba viendo y la cabeza rapada, un pendiente en la oreja izquierda y un tatuaje pequeño y muy oscuro en la espalda, debajo del hombro, que desde allí no se podía distinguir. Jimmy tenía razón, porque el negro ponía.
Primero se quitó la ropa de arriba y se sobaba las tetas muy marcadas, se pellizcaba los pezones y ponía cara de idiota, se frotaba el pecho, el vientre liso… luego se quitó la parte de abajo, no llevaba ropa interior y ya salió toda la polla, todavía sólo un poco parada, pero enorme. Yo había pensado que la polla iba a ser mucho más negra. Se quedó en calcetines, se sentó en un banco de madera y empezó a darse de abajo arriba con toda la palma de la mano abierta, primero se daba en los huevos y luego hasta arriba de la polla. Funcionó, porque se empalmó enseguida. La polla era todavía mucho menos negra por dentro que por fuera. Luego se tocó mucho los muslos, el culo que nosotros no veíamos, el vientre… y ya empezó a machacársela. Fue una paja larga, muy larga, o por lo menos a mí me pareció eterna.
Al principio Jimmy y yo decíamos bobadas como para quitar el hielo, pero enseguida nos callamos como muertos y nos oíamos uno al otro respirar cada vez más fuerte. El negro tenía las manos enormes, con la derecha hizo una especie de canuto y lo pasaba por la polla de abajo arriba, sin detenerse en ella y cuando la polla quedaba libre, ese momento, cabeceaba. Con las puntas de los dedos de la izquierda se daba golpecitos en la parte más baja de los huevos. El negro era la hostia y a mí aquello se me quedó marcado. Por los movimientos que hacía, el cabrón, con todo el cuerpo, balanceándose, se veía como por qué grado de gusto iba, yo qué sé y cuando notaba que ya se iba, paraba, soltaba, respiraba muy hondo un par de veces, y seguía. ¿Cuánto duró aquello? Duró hasta que el negro paró un poco para quitarse los calcetines y a mí me pareció como si se desnudara otra vez, me excitaron muchísimo los pies grandes, oscuros y comprendí que se había descalzado para correrse y fue dándole más despacio, hasta que una de las veces la mano derecha se quedó arriba y la polla, sola, cabeceó varias veces y empezó a escupir. Mientras se derramaba, el cuerpo del negro se tensó como un arco y aguantó así las acometidas, y lo que veíamos nosotros era como si a un cuerpo lo estuvieran azotando… hasta que todo se aflojó, el cuerpo del negro quedó tendido en el suelo y los nuestros también, en posturas mucho más extrañas todavía. ***
