Mi primo Enrique

Pues bien, al cabo de un tiempo indeterminado empezamos a desperezarnos. Había oscurecido y en la calle sonaba un claxon insistentemente. Me levanté. La habitación estaba en media penumbra y sobre las sábanas de color verde pálido destacaba el cuerpo moreno de Sergio, abrazado al de Enrique. Sergio abrió los ojos y murmuró, soñoliento:

  • Me muero de hambre …
    Enrique se despertó también e intentó levantarse, pero Sergio le estrechó contra su cuerpo. La polla de Sergio empezaba a endurecerse apretando las nalgas del muchacho. Mientras con la mano libre le pellizcaba los pezones, nos propuso:
  • ¿Qué tal si encargas una pizza?
    Fui a llamar por teléfono. Cuando volví, Enrique tenía una pierna levantada y la verga de Sergio, gruesa y morena, empezaba a presionarle el ano. Me tumbé frente a Enrique y empecé a mamarle la polla. Enseguida noté cómo crecía dentro de mi boca. Estuvimos así unos minutos. Sergio comenzó a penetrar a Enrique, que gemía de gusto. Pronto la tuvo completamente dentro del culo del chaval y se dedicó a meterla y sacarla, cada vez más rápido. En un momento puso a Enrique de espaldas sin dejar de darle por culo y le levantó las piernas. Yo también estaba excitadísimo: solté la polla de Enrique, me senté sobre su cara para que fuera aspirando mi trasero y me dediqué a morrear a Sergio. Éste se tensó, empujó con más fuerza y soltó todo el semen dentro de Enrique, quien no pudo resistir más y volvió a soltar varios chorros de leche. Yo estaba a punto de hacer lo mismo cuando sonó el timbre estrepitosamente.
  • ¡Joder, la pizza! recordé de pronto.
    Me levanté para abrir. Sergio se desplomó sobre Enrique, sin desencularlo. Yo me anudé una toalla a la cintura, aunque la erección se me notaba muchísimo. El timbre volvió a sonar.
    -¡Ya voy! grité
    Y abrí. Un chaval rubio de unos 16 o 17 años traía la pizza. Llevaba un mono de trabajo rojo y tenía un aspecto simpático. Se quedó algo sorprendido al verme de aquella guisa.
  • Pasa
    Cerré la puerta, dejé la pizza en el estante del recibidor y al darme la vuelta otra vez se me soltó la toalla y quedé en pelotas delante del chico. En pelotas y con la polla tiesa y el capullo a punto de explotar. El repartidor se puso colorado pero no apartó la vista de mi rabo. Me lancé.
  • ¿Te gusta? y le dirigí una amplia sonrisa.
    Él alargó la mano, tímidamente, y me la tocó con suavidad. Yo estaba supercaliente y decidí aprovechar la ocasión.
  • Venga, bájate el mono.
  • Pero yo …
    Y empezó a bajarse la cremallera. Le ayudé. El mono le cayó por las piernas y se quedó en un tanga rojo. Así desnudo estaba buenísimo, casi sin vello, y la parte frontal del tanga le abultaba bastante. Por el espejo del recibidor vi que la puerta de la habitación se entreabría, sin que el chico se diera cuenta. Supuse que Sergio y Enrique estarían espiando. Decidí que les iba a dar un buen espectáculo.
    Le bajé el tanga al repartidor, le di la vuelta y lo apoyé contra la mesita del recibidor. El chico se resistió un poco.
  • No, no, no quiero … yo … ésto no …
    No le hice mucho caso. Las protestas me sonaron a formularias; cuando apoyé un dedo en su ano se limitó a gemir y a abandonarse. No debía ser la primera vez que le daban por detrás. Un ligero crujido me confirmó que Sergio y Enrique estaban alerta. Ésto me excitó muchísimo.
  • Venga, guapo, abre el culo
    Y se la metí. Le costó un poco abrirse y gimoteó. Lo tenía bien sujeto por las caderas y él, con una mano libre, se iba pajeando. Su culo era caliente y suave. El muchacho se lo debía pasar bien, porque no tardó en correrse y salpicarme de semen todo el mueble del recibidor. Cuando noté las contracciones de su ano me dio tanto gusto que yo también exploté llenándole el culo de leche.
    Extraje lentamente mi polla y la limpié con la toalla que llevaba antes y que recogí del suelo. También la pasé por el trasero del repartidor, que mientras tanto se había incorporado y, rojo como un tomate, se subía el tanga y se reajustaba el mono. Con la prisa casi se iba sin cobrarse la pizza. Desapareció en seguida.
    La puerta se abrió y aparecieron Sergio y Enrique, ambos desnudos, riéndose a carcajadas.
  • ¡Se va a enfriar la pizza!
    En realidad, ya se había enfriado y tuvinos que recalentarla. No quedó muy bien, pero teníamos tanto apetito que la devoramos enseguida. Sergio tenía que irse y nos prometió volver pronto; Enrique y yo nos pusimos a mirar la televisión.
    Al cabo de poco tiempo Enrique empezó a bostezar. Estábamos cansados de los juegos vespertinos.
  • ¿Nos acostamos?
    Enrique se dirigió a su habitación y yo le seguí. Normalmente duermo en la mía, pero este día hice una excepción. Me metí en la cama por detrás de mi primo y me apreté a su cuerpo. Estaba suave y tibio. Le susurré:
  • ¿Te lo has pasado bien?
  • ¡De maravilla!
  • ¿Te ha dolido?
  • Bueno, un poco al entrar … Sergio la tiene bastante grande. Pero luego me ha dado mucho gusto. Y, sabes, me ha excitado ver cómo Sergio te la metía.
    Noté cómo otra vez se me endurecía y la apreté contra sus nalgas. Seguí hablándole al oído:
  • Un día quiero follarte delante de un tío desconocido. ¿Te gustará?
  • Pues claro, si eres tú quien lo hace …
  • Y luego quiero que sea él quien te encule …
  • ¿Tú estarás mirando?
  • Quiero ver cómo gozas con otro tío …
    Me puse tan caliente que tuve que introducirle mi verga por el ano. Me sentí bien con su presión … y no recuerdo más hasta que me desperté bien entrada la mañana, sin haberla sacado de su culo.

Los días siguientes transcurrieron monótona y apaciblemente. El jueves tuve un examen y volví tarde. Al entrar saludé:

  • ¡Hola, estoy aquí!
    Oí la voz de Sergio:
  • ¡Bienvenido!
    y venía del dormitorio. Qué raro, pensé. No porque estuviera Sergio; tiene llave y puede venir cuando quiera. Me dirigí al dormitorio y cuando entré me llevé una buena sorpresa: ambos estaban desnudos en la cama, y Enrique tenía las piernas levantadas sobre los hombros de Sergio, quien le estaba enculando. Ambos me sonrieron pero noté que Enrique se sonrojaba un poco. Le tranquilicé:
  • Te lo pasas bien, ¿verdad?
    Sergio lo follaba rítmicamente, con fuerza. No hizo ningún comentario. Yo tampoco; simplemente me tumbé detrás de Sergio y acerqué mi cara a su trasero y lo olí. Me encanta su aroma fuerte, masculino. Le pasé la lengua por la raja y le separé las nalgas para llegar mejor a su ano. Mientras Sergio continuaba penetrando a Enrique, yo me dedicaba a comerle el culo a mi amigo. Yo seguía vestido, pero mi polla se había puesto dura y me molestaban los pantalones. Paré un momento y me la saqué. Sergio lo advirtió:
  • Sigue … sigue … me voy a correr … méteme la lengua …
    Lo hice mejor. Cuando noté que estaba a punto, retiré mi cara y le introduje un par de dedos en el culo húmedo. No pudo contenerse y su verga soltó toda la leche en el culito de Enrique. Cuando Sergio sacó la polla, la tenía chorreante de esperma blanquecino, que también se escapaba del ano superdilatado del muchacho. Yo también había sacado los dedos del culo de Sergio y el lo debió sentir vacío porque me rogó:
  • Dame por culo, Miguel, quiero tu rabo dentro, todo dentro …
    Mientras Enrique limpiaba con su lengua la polla de Sergio y se relamía con los restos de semen en los labios, yo apunté mi glande contra el esfínter oscuro de mi amigo, aún húmedo de mi saliva, y se lo introduje de golpe. Mientras tanto, le apretaba los pezones y le mordisqueaba el cuello y las orejas. Enrique había terminado con la polla y estaba chupando con delectación los cojones velludos. Notaba en mi verga una presión creciente y me sentía cada vez más cerca del orgasmo, mi semen ascendía, lenta y seguramente.
    Enrique nos estaba lamiendo los huevos a ambos. Los míos estaban superllenos y no tardé mucho en soltar todo mi jugo, pero no lo hice dentro del culo de Sergio, sino en la carita dulce y entusiasmada de Enrique. Tanto Sergio como yo nos abalanzamos entonces sobre él y recogimos con las lenguas mi esperma, que luego mezclamos dentro de la boca de mi primo en un beso a tres.
    (continuará)
    miguelquintes@yahoo.es

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