Recuerdo que tuve una infancia feliz, con excepción de un acontecimiento del que puedo asegurarles dejó una huella imborrable en mi memoria. Desde que tengo uso de razón he sabido que soy diferente: me gustaban los niños; y desde muy pequeño empecé a perseguir a los niños que me gustaban; al principio solo quería estar cerca de ellos, solo para verlos; pero conforme fui creciendo, despertaron una serie de sentimientos que iban desde la simple admiración, hasta querer ver sus cuerpos, sus muslos, sus tetillas, incluso tocarlos. Ahora comprendo que estos sentimientos eran normales para todos los niños, solo que los demás los tenían hacia las niñas; pero todos sentíamos lo mismo y muchas veces me aproveche de la situación para poder estar cerca y tocar a algún niño que me gustaba. Así fue como acaricié a uno de mis compañeros: Fito, en verdad, casi le doy un beso; cada vez que recuerdo sus grandes ojos verdes, redondos y engalanados por esas pocas pecas de color rosa, sonrío de gusto; pero ese día, no pude resistir la tentación y pasé mi mano sobre su rostro. Recuerdo que ambos contenimos el aliento, mi mano pasó deslizándose suavemente sobre su piel, su tibia piel y, simplemente, él se alejó rápidamente sin decir una sola palabra.
Fito nunca prefirió mi amistad, siempre andaba con los deportistas de la clase a pesar de que siempre me alegraba cuando teníamos alguna actividad juntos, sobre todo si era en deportes; cómo me gustaba verlo correr, yo era su porrista personal y aunque él nunca fue el niño más rápido, para mi sí lo era; pero siempre quedé relegado al final, siempre después de sus amigos. Aquella mañana tuvimos educación física y la clase fue de atletismo; el maestro siempre hacia competencias entre los más aptos contra los menos en parejas de dos personas y me sentí muy afortunado cuando Fito y yo debíamos competir. El corría más rápido que yo, yo ansiaba llegar a la meta junto con él pero pronto empecé a ver cómo se alejaba; me sentí impotente, frustrado por no poder seguir su ritmo, ese era precisamente el objetivo del maestro: estimular a los que menos podían. Fito pasó la meta pero no se detuvo, siguió corriendo aunque con menos velocidad y se burlaba de mi, me gritaba -¡alcánzame tortuguita!- varias veces volteó para ver que tan atrás estaba de él y mostraba una sonrisa tan franca y diáfana que me parecía como un himno, como un coro que vitoreaba a un campeón acercándose a la meta y la meta… era él. No me detuve en la meta sino que lo seguí; de pronto, lo vi claro: él cada vez corría más lento y yo más rápido para poder tenerlo entre mis brazos, eso fue lo que pensé, que al alcanzarlo lo iba a abrazar. Pero no ocurrió así, sin que yo lo esperara, él frenó brúscamente cuando me encontraba a un metro de mi tan preciada meta, lo hizo para derribarme, chocamos y no recuerdo si sentí algún dolor por el golpe, quedé sobre el suelo, boca arriba y Fito justo encima de mí. Su rostro mostraba esa sonrisa tan sincera que solo los niños pueden mostrar, me decía –eres un bueno para nada- y reía a carcajadas por haberme derribado. Sus ojos tan abiertos y cristalinos, rodeados de ese manto azul del cielo, y que rodeaba su rostro, eran como unos faros que alumbraban el camino que yo debía seguir, ambos reímos hasta que recobramos el aliento mientras, lentamente, me di cuenta de que su cara estaba muy cerca de la mía, y sus labios a un leve movimiento de ser alcanzados por los míos; sin embargo, me pareció correcto acariciar primero su cara para luego besarlo, justo como lo hacen el la televisión. Así que hice una inspiración profunda y contuve el aliento, acaricié su dulce rostro, lentamente. Yo esperaba que respondiera de la misma manera, de verdad estaba seguro que él haría lo mismo y terminaríamos en un beso de amor; pero no fue así: se puso serio, también hizo una larga inspiración, se levantó y se fue corriendo; desconcertado, miré como se alejaba de mí ese trofeo que apenas estuvo en mis brazos un par de minutos, estábamos tan lejos de los demás que nadie se dio cuenta de lo sucedido. Me levanté pensando que quizá no era el momento apropiado, tal vez a Fito le dio vergüenza acariciarme, o esperaría el momento adecuado para responder a lo que sentía por mi. El resto del día Fito parecía evitarme; sin embargo, en mi inocente, infantil y obstinada mente, estaba seguro de que Fito sentía lo mismo por mi. Yo no sentí ningún miedo, fue tan agradable, tocar a ese niño que tanto me gustaba; pero no tocarlo como cuando lo saludaba o cuando alguien anotaba un gol y nos abrazábamos, no; algo desconocido, y que venía de un lugar dentro de mí, se liberó aquella mañana cuando acaricié el rostro de Fito.
Seguramente no lo hubiera hecho si en ese momento hubiera sabido lo que me esperaba al salir de la escuela. El y sus amigos, tal vez cinco o seis de ellos, me esperaban frente a los baños que se encontraban cerca de la puerta de la escuela, al pasar junto a ellos me despedí mostrando una sonrisa con la fuerte esperanza de que, tal vez al día siguiente, Fito me dijera que me quería tanto como yo a él. ¿Cuándo me hubiera imaginado lo que me tenían preparado? Me sujetaron de la ropa y me metieron al baño a empujones; al principio pensé que se trataba de alguna broma pero segundos después recordé que, unas horas atrás, había acariciado el rostro de Fito. De inmediato supe que lo que había hecho era algo malo. Sentí la sangre bajar hasta mis tobillos y mis rodillas temblar, me estrellaron contra la pared, estaba aterrado y tenía tantas ganas de gritar pero me sobrepuse a la situación y les pregunté con débil voz ¿qué quieren? Ellos no respondieron, esperaron a que nadie más hubiera en el pasillo y cerraron la puerta. Entonces empezaron a insultarme.
-Puto, maricón, eres un puto, no queremos nada de los putos, marica, te gustan lo hombres- todos me lo decían excepto Fito, él estaba callado y detrás de ellos, no sé si porque me tenía miedo o porque le daba vergüenza haberme puesto en evidencia y permitir que me atacaran de esa forma; o porque los demás lo defendían de mí. Después pasaron a los golpes, empezaron muy débiles pero solo era falta de confianza, cuando vieron que no me hacían nada y que sus últimos intentos fueron parados por mí, se enfurecieron. Recordemos el poco vocabulario que tiene los niños a los 12 años, a cada golpe que me daban repetían las mismas palabras insultantes. Yo resistí pero no por mucho, en realidad, en mi mente solo habían unas pocas palabras: no voy a llorar. Ya no podía parar sus golpes, venían desde varias direcciones al mismo tiempo y ahora sí me pegaban con fuerza. Entonces cometí un gran error: me agaché, y ellos no tardaron para empezar a patearme, Julio, el más grande del grupo, me tomo de los cabellos y pegó su entrepierna a mi cara y me dijo – ¿Te gusta la verga? pues chúpate ésta- lo hizo dos o tres veces y se retiró para que los demás pudieran seguir golpeándome; entonces otro hizo lo mismo: con mucha fuerza golpeaba su entrepierna sobre mi cara y mi cabeza golpeaba contra la pared mientras me decía -chúpamela puto, chúpamela- hasta que alguien le dijo –ya detente que tienes sangre en el pantalón-, yo sangraba por la nariz y francamente sentí gusto al ver los pantalones de ambos manchados de sangre justo en la bragueta ¿qué explicación darían a sus mamás?
Ahora creo que si no me hubiera agachado hubiera sido otra la historia; como feroces bestias me tenían, literalmente, como a su presa: sometido y contra la pared. Podía oír el sonido de mis dientes, sentir la sangre escurrir de mi nariz y su sabor en mi boca, y aunque algunas lágrimas se escaparon de mis ojos pude contener el llanto sin embargo estaba tan aterrado que casi no hice nada para defenderme. Nuevamente Julio tomó la iniciativa, y sin mucha resistencia de mi parte, me llevó de los cabellos hacia uno de los inodoros mientras los demás me golpeaban la espalda y me pateaban las nalgas con todas sus fuerzas; una de esas patadas me dio justamente en el ano y caí al suelo dejando escapar un ¡ay!, fuerte pero corto, una vez más, repetí aquellas palabras como si fueran la oración de un mártir clamando al cielo: no voy a llorar, no voy a llorar, no voy a llorar. Intenté levantarme pero mis piernas casi no me obedecían, empecé a rogar: ya déjenme, por favor, pero mi débil voz no se escuchaba entre tantos puto, marica, maricón, mariquita… Julio no soltó ni por un momento mis cabellos y me arrastró hasta poner mi cara sobre el inodoro. Me aterró sobre manera imaginar mi cara dentro de la mierda que había en la taza, apoyé mis manos sobre el asiento para contrarrestar el empuje de Julio, los demás lo ayudaban con golpes en mi espalda y patadas en mis piernas. Las mismas palabras insultantes, las cuales no quisiera repetir tanto por temor a aburrirles, nunca dejaron de sonar, pero ni Julio y compañía lograron meter mi cabeza en la taza.
No recuerdo en qué momento logré levantar mis rodillas del suelo y este fue otro gran error porque Julio ya se notaba cansado; sin dejar de forcejear sobrevino un silencio, estaban cansados, todos estábamos cansados excepto Fito, él observaba detrás, en silencio… al igual que tantos impotentes, o cobardes, que simplemente se detienen para ser testigos de las muchas injusticias que hay en el mundo. Uno de ellos dijo –ya, vámonos- y otro más lo apoyó –sí, ya le dimos su merecido al pinche puto-; sin embargo, la frustración de Julio era muy grande como para dejarme casi de pié a unos centímetros de la mierda, me agarró por el cuello y me golpeó fuertemente la cara, se apoyó contra la pared para asegurarse que yo no pudiera escaparme y apretó muy fuerte, temía que la falta de oxígeno me dejara completamente a su merced y finalmente dijo –Fito, cógetelo- los demás lo apoyaron con mucho entusiasmo –sí, cógetelo, cógetelo- pensé que Fito simplemente iba a poner su entrepierna sobre mis nalgas como lo hicieron con mi cara e inesperadamente alguien me bajó los shorts con todo y mis calzones, intenté escapar con las pocas fuerzas que aún tenía pero con cada uno de mis movimientos Julio me apretaba más el cuello y los demás me golpeaban la espalda, entonces aprovechando la postura en la que me encontraba, alguien me dió un golpe muy fuerte en el ano. Hubiera gritado y llorado de dolor pero no podía, mi cuerpo cayó sin fuerzas, Julio me soltó al sentir que mis fuerzas me abandonaban, todos callaron temerosos, al ver que yo empezaba a recuperarme me sostuvieron entre todos mientras le decían a Fito –apúrate, cógetelo rápido y ya vámonos- otro decía –no, ya vámonos-. Fito, finalmente accedió, sentí su tibia piel apoyarse con fuerza sobre mis nalgas tan dolidas. A través del dolor y de la humillación logré sentir como el pene de Fito se ponía más y más duro. Aunque a nuestra edad ya sabíamos que el pene puede meterse en la vagina, era inimaginable una penetración anal. Fito hizo algunos movimientos para asegurarse de poner su pene justo en mi lastimado ano y empujó varias veces sin tener la intención de penetrarme, yo sentía claramente el movimiento de su pene cuando él apretaba los músculos de su entrepierna; un minuto más tarde se dieron por satisfechos, sin que Fito retirara su pene de mi ano me soltaron y caí al suelo mientras sentía el pene de Fito rozaba mis nalgas, hubiera girado la cabeza para ver a Fito, para ver la expresión de su rostro después de haberme hecho algo como eso, a mi, que tanto lo quería, pero la humillación era muy grande, permanecí en silencio deseando que alguien entrara al baño.
Se fueron rápido dejando la puerta abierta y solo entonces solté a llorar amargamente, en el piso, vencido, una cascada de lágrimas se mezcló con la sangre que ya empezaba a secarse sobre mi rostro. Me toqué el ano intentando menguar el intenso dolor que aún tenía, me sentí muy débil, muy triste y avergonzado. Me quedé en el suelo, llorando y con los calzones en los tobillos, tal vez esperando que alguien oyera mi llanto y entrara para encontrarme violado, pero nadie llegó; unos 5 minutos después me puse de pie, hice una bolita con el papel higiénico y me la puse con mucho cuidado sobre el ano, pensando que así me iba disminuir el dolor, lavé mi cara, mis manos y mis rodillas, mi mochila se encontraba junto a la puerta y al levantarla me di cuanta de que había sido pisoteada, al igual que yo. Salí del baño y ya no había nadie, al caminar hacia la puerta me di cuenta de que la bolita de papel era totalmente inútil: a cada paso sentía un dolor agudo que me subía desde el ano y me atravesaba. La puerta ya estaba cerrada, señal de que todos los alumnos se habían marchado, por lo tanto debía caminar hasta la dirección para pedir a alguien que la abriera, me detuve a decidir si caminar o esperar a que algún maestro saliera. Afortunadamente uno de los maestros me vio desde lejos y corrió para abrir la puerta, la cual tenía un candado enorme, pintado de naranja y que siempre me había imaginado que algún día al abrirlo, sería feliz; al ver mi rostro, el maestro supo que algo me había pasado, yo esperaba que me preguntara ¿qué te paso? Seguro me pondría a llorar pero no fue así: me dijo –ya ves lo que te pasa por andar peleando- hubiera querido gritarle que yo era la víctima pero no tuve tiempo, me tomó de un hombro y me sacó de la escuela casi a empujones porque yo caminaba muy despacio.
Lentamente caminé hasta mi casa, deseando no haber hecho lo que hice, herido en mi orgullo, profundamente decepcionado de mi gran amor, Fito. Tardé el triple de tiempo para llegar mi casa, donde nadie me esperaba. Mi madre murió en un accidente cuando yo apenas tenía dos años, mi tía Sofía fue mi madre sustituta pero mi padre nunca permitió que yo viviera con ella, porque tenía su propia familia. Todos los días al salir de la escuela me dirigía a casa de mi tía Sofía para comer y hacer mis tareas y al anochecer mi tía me llevaba a mi casa. Ese día, pocos minutos después de llegar a casa, mi tía llamó para preguntarme por qué no había ido a comer a su casa; no me atreví a decirle que mis compañeros me habían golpeado y que el niño a quien tanto quería me había violado; solo le dije que se me hizo muy tarde jugando con unos amigos, me di un largo baño y me fui a dormir. Ahora recuerdo que fue un viernes porque al día siguiente me levanté muy tarde, y aunque ya no me dolía el ano, tenía moretones por todo el cuerpo, principalmente en las piernas. Me vestí rápidamente para que mi papá no viera mis heridas y fui a su cuarto para saludarlo, ya estaba despierto y al acercarme a su cama me jaló – ven aquí mi papacito- me dijo muy contento y me dio un fuerte abrazo a lo que yo respondí con enojo debido a que sus caricias lastimaban mi adolorido cuerpo y él, al ver mi rostro fruncido me dijo – no se enoje- y me dio otro fuerte abrazo. Cuando pude zafarme corrí a la cocina porque tenía mucha hambre y sed. Aquel fue un largo fin de semana, no pude dejar de pensar en lo que me habían hecho y sobre todo lo que haría mi papá si le contara lo que sucedió; parecía aletargado cada vez que mi vista se perdía mientras recordaba esos amargos momentos.
El lunes fui a la escuela decidido a enfrentar lo que viniera. Era de esperarse que las burlas y los insultos de mis compañeros fueran de menos a más, incluyendo las de mi amado Fito. Entonces me sentí muy triste al ver lo que se había convertido Fito. Finalmente de la tristeza pasé al coraje y el viernes nuevamente tuvimos educación física, jugamos fut bol y mis atacantes no desperdiciaban ninguna oportunidad para patearme y darme toda clase de golpes e insultos. En algún momento Julio y yo nos quedamos solos, retirados de los demás, y aprovechó el momento para amenazarme –pinche puto cobarde, hoy te vamos e repetir la putisa- me dijo mientras me enseñaba el dedo índice para dejar bien claro que me iban a violar otra vez. El coraje y la determinación me dieron la fuerza y la puntería necesaria para someter a esa bestia, casi sin pensarlo cerré mi mano derecha y di un golpe fulminante en la nariz de Julio, que desde luego nunca se lo hubiera imaginado, ni yo tampoco, ya que Julio era como 20 centímetros más alto que yo, casi una cabeza. Calló de espaldas con las manos ensangrentadas cubriendo su rostro, se retorcía en el suelo llorando de dolor; de pronto, se abrió de piernas dejando sus testículos frente a mi; al igual que un león frente a su presa, sentí sed de sangre, de venganza, y placer cuando mi pié derecho alcanzó sus bolas, Julio tardó como dos segundos para empezar a gritar después del impacto. Me sentí grande y poderoso, como David frente a Goliat, más que David, porque se valió de un arma, en cambio yo, derribé a ese gigante con mis propias manos. Cuando los demás escucharon los gritos de Julio corrieron hacia nosotros, el primero en llegar fue Gustavo y fue recibido con una certera patada de mi parte que lo hizo retroceder; la llegada del maestro impidió otro enfrentamiento, me sujetó de la playera y me llevó a la dirección, de camino pude observar la mirada culpable y temerosa de mi amado Fito. Yo estaba arto de los insultos y humillaciones y ya no lo iba a permitir, el director me preguntó -¿por qué has golpeado a mis compañeros de esa manera?- y yo respondí sin vacilar, conforme el relato de mi ultraje salía de mi boca, las lágrimas escurrían sobre mi rostro como si fueran testigos de cada una de mis palabras.
Cuando llegó mi padre, mi llanto era tan fuerte que me dificultaba la respiración. La psicóloga de la escuela me abrazaba en silencio y aunque estábamos a unos metros, no podía entender nada de lo que hablaban el director y mi papá, de lo que gritaban el director y mi papá. En un arrebato de ira mi padre me cargó en sus brazos y salimos de la escuela mientras el director nos perseguía diciendo –no se vaya por favor, espere…- y al pasar por la puerta pude observar la distorsionada imagen del enorme candado, Nunca más volví a esa escuela y las veces que me encontré a algunos de mis excompañeros, me preguntaban por lo ocurrido ya que nadie sabía nada: solo que algunos fueron expulsados como Julio, Gustavo, Fito, Ricardo, Marcelo, Enrique y Erick y yo… simplemente desaparecí. Desde luego, no le dije a nadie lo que me habían hecho, y no por consejo de mi padre, que cada vez que tenía la oportunidad me decía que nadie tenía por qué enterarse; sino porque, yo mismo, quería olvidar que cuando acaricié el rostro de Fito, él supo de inmediato lo que significaba: que me gustaba él, que me gustaban los niños, también quería olvidar cómo fui golpeado y cómo Fito, al “violarme”, sintió placer y yo… también.
Continuará.
