SERIE: “ELLOS COPULAN”
MANUAL DEL JUGADOR
La gente que habitaba allí mostraba una sexualidad consecutiva rítmica. En todos los casos, el sexo inicial era macho, seguido por una serie de fases alternativas de hembra y macho durante toda la vida. Por regla general, el adulto completaba una fase hembra y macho cada cinco años, pero en algunos casos los individuos tenían hasta tres cambios de sexo, con un período de hermafroditismo (…/…) Era un pueblo feliz
De la cabeza a los pies, de Joe Orton
- NÚMERO DE JUGADORES.
La violencia tiene sabor y sonido. Es tan reconocible, tan propio, que es la verdadera lengua franca, la única que podemos hablar con propiedad en todo el mundo. Esas vocales gritadas de sangre roja palpitante e impúdica; las consonantes sordas de puños que se estrellan como mazos devastando todo a su paso; las patadas fricativas con su “zzzasss” devorador. Todo ese cargamento de aborrecimiento para instalar un dolor tan agudo y certero, que no deja espacio para nada más en ese vértigo que parece eterno.
Por el cuerpo de Abel, en ese momento, la adrenalina arrasa todo a su paso. Su corazón está desbocado y los ecos de su galopar estallan en sus sienes en dolorosas palpitaciones que ahora no siente. En ese segundo sublime todo le empuja hacia delante. Una cosa llama a la otra. Su puño rasga el aire hasta estrellarse con esa piltrafa en un sonido macizo y cortante; a eso sigue una patada contra esa piltrafa agarrotada por el dolor. Y de nuevo, como un tambor enmudecido, un “tuumm” escolta la muerte de esa violencia que, sin pausa, reverdece con mayor furia.
También el dolor tiene un sabor y un sonido propio. Él grita como una gata histérica. Es un grito agudo y lastimoso que chirría incisivamente en la cabeza de Abel.
• ¡Cállate, hijo de la gran puta! –ordena tajante con su voz cargada de rabia- ¡Maricón de mierda! ¡Cuánto más grites, maricón, peor es… !
Sin embargo, él no calla. No atiende a razones y en esa boira llena de golpes sigue su ruego convulsivo e irrefrenable. A su lado, la tormenta arrecia. El redoble de puñetazos y patadas llega a su clímax entre las risas y gritos de los agresores; las víctimas ya ni gritan, sólo aquella marica perturbada sigue con su hiriente queja. Abel lo coge por los hombros y con una fuerza descomunal lo levanta a la altura de sus ojos agitándolo con fuerza. No le ve la cara, todo está tan oscuro en esa noche que juraría que la nada rodea sus cuerpos.
• ¡Óyeme bien, mariquita de mierda! Un grito más y te mato. ¡Por mi puto padre que te mato!
Él sigue con su cantinela, sin hacer caso alguno a ese odio terminante y amenazador. Su grito penetrante y ahogado en el pánico sigue desbordándose por su boca. Por Los Cantones pasa un coche y la luz de los faros se filtra por entre los setos iluminando de una manera irreal ese momento. Hasta ese lento transcurrir, él no tenía rostro, sólo una maniquí penumbrosa que anunciaba a grito pelado su condición; pero ahora aparece fugazmente ante sus ojos una cara delicada y hermosa, agarrotada por el horror, pero aún así descaradamente bella y dulce, de una belleza que nunca había visto y que le arrebata misteriosamente. Abel detiene en seco su violento meneo, dejándolo quieto en el aire, agarrotado entre sus poderosas manos. En ese momento, esa maricona quejica también aborta su grito y con respiración agitada abre sus ojos llorosos a su agresor. Son unos ojos hermosos, negros como esa noche, pero que conservan la tea con la que arden cautivando su mirada todo lo que acarician. Es una mirada sincera, directa como un dardo. Ahora imploran, ruegan por una piedad que no existe, pues Abel sigue galopando a todo correr por esa senda que ha abierto.
Renace la oscuridad, pero él sabe que esos ojos siguen reclamando piedad. La negrura da forma al terror y de nuevo ese repicar agudo retumba en sus sienes. Le escupe con fuerza y el esgarro lleno de mocos se aloja limpiamente en la boca de la maricona. Éste cesa el grito y con fuerza es despedido al suelo cayendo con violencia. Suena un “ay” igual de agudo; pero a partir de ahí, nada. Por unos instantes ni se mueve, hasta que comienza a reptar torpemente. Es como una señal, Abel se precipita a darle patadas que resuenan sordas y compactas en ese despojo quejumbroso que responde inerte al terror. Otro coche ilumina la sombra. Una mancha roja sale mansamente de la cabeza de la mariquita, es casi un hilillo, un pequeño río que se amansa en un bache del suelo. En ese restaño, por un momento, le parece ver su cara, su odio, la muerte roja que trae consigo. Va a pegarle la última patada; pero ve su rostro, esa porcelana rota por el horror que sigue sin borrar la belleza hechizante de esa hembra en hechura de hombre. La bota se sitúa al lado y toma impulso, pero por alguna extraña razón, Abel no da el paso final. El caballo detiene su galope resoplando excitadamente.
A su lado la tempestad se ha apaciguado. La banda festeja su festín con claros signos de nerviosismo. Miran a un lado, a otro, dándose palmadas, pero sin perder de vista el mejor camino para huir. Por que ahora toca huir, como siempre. Abel sigue contemplando esa mancha oscura y trémula. Sus quejidos son débiles, ahogados por el sufrimiento. Se acerca a él y agachándose hurga en sus bolsillos. En el primero no hay nada; en el de la izquierda está la cartera y la polla. Roza su calidez al atrapar la cartera, que abre precipitadamente. Es una cartera de lona, y en aún las tinieblas se distingue su color llamativo. Toma un fajo de billetes; no más de quince mil pesetas, calcula; tira las tarjetas y sigue husmeando con urgencia hasta que lo encuentra. De nuevo la luz abre las entrañas del misterio y con el carné en la mano se desvela el nombre: Marcos Ventureira Castro.
Cuando tira el carné se los traga la noche coruñesa; y ésta no ha hecho más que empezar.
Son las tres de la mañana, la animación del Orzán ya ha pasado a mejor vida. El domingo se ha acabado. Una chinita asquerosa mamapollas (para Abel todas maman pollas) vendé las últimas rosas. Son siete, siete rosas rojas secas por el calor de las sombras. “Dos mil”, ni una peseta más ni una peseta menos, y va “con lebaja”. Él le da las dos mil con desprecio y le arranca las flores con brusquedad, ignorando la cortesía oriental del “glacias”.
Ya se ha despedido de sus camaradas, que continúan con la celebración de una noche tan agitada. Los vapores del alcohol lo llevan hasta el opel corsa y enciende el rugiente motor. Las llantas chirrían contra el asfalto, con la misma lastima que horas antes imploraba la maricona de porcelana. Revive, en trazos rápidos y vivos, la agresión. Los detalles se muestran con el realismo de los sueños y el rostro porcelana desgarrado reina en todos ellos. Su fragilidad es aparente, pues ni los golpes consiguen machacar la belleza arrebatadora que es exultante. Siente como su polla estalla, como vuelve a lucir la nobleza que lo acompaña desde temprana edad. Es hora de irse para casa, hay que volver a la cuna, fuera de ella hace frío.
Traga calles y más calles. La vida pasa a su lado como si no existiera, como un decorado más, tan irreal como todo lo que deja atrás. Cuando ve dónde aparca, no siente sorpresa alguna por encontrarse allí. Está en la carretera que lleva a las urgencias del Hospital Juan Canalejo. Recoge las siete rosas huérfanas y cierra el coche. Conforme baja las escaleras el murmullo ciego de la planta de urgencias llega a él. Atraviesa la recepción sin mirar toda la desesperanza de los que esperan y abre un gran portón que lo lleva a los ascensores. Se ahoga el murmullo y una flecha luminosa señala que ya viene su destino. Abel no piensa en nada y se entretiene colocando el manojo de rosas. Las hojas de su destino se abren y pulsa la cuarta planta: traumatología. Cuando se da cuenta está delante del puesto de enfermeras de la sección de hombres.
• ¿Marcos Ventureira Castro? –pregunta susurrando con la mejor educación.
• ¿Qué es usted, familiar suyo? –responde seca una cara amargada disfrazada de enfermera.
• Casi, como si lo fuera. ¿Ya está acompañado, entonces?
• No, parece ser que no tiene la familia aquí y tampoco quiere avisarla.
• ¿En qué habitación está? Vengo a cuidarle
• Esta en la 415. Aunque ahora duerme. Lo hemos sedado.
• ¿Cómo está?
• Bueno, aparte de las costillas y las magulladuras, no tiene nada malo. Aunque mañana le harán un TAC a primera hora, para ver si tiene lesiones en la cabeza; pero en las radiografías no salió nada. Seguramente mañana ya podrá volver para casa.
• ¡Perfecto! Muchas gracias. Voy entonces hasta allí. ¡Gracías, muchas gracias!
“Es ahí, a la mitad del pasillo”, oye Abel mientras avanza con atención. Cuando llega a la puerta, aún le da tiempo para escuchar un comentario dicho por ese palo seco: “¡Ay que joderse! Los únicos que ligan hoy en día son los mariquitas”. Cuando cierra la puerta y entra en la habitación las risas que proceden del cuarto de las enfermeras le acompañan hasta morir.
La habitación está tenuemente iluminada. Hay tres camas, todas ocupadas, y en la última de ellas una mujer oronda se despierta con temor. Un “buenas noches” susurrado calma la angustia. Él está en la primera. Tiene la cabeza de tal manera que enmarca su rostro como si fuera un cuadro, potenciando ese retrato seductor que ni bajo esas circunstancias apaga su luz. El torso vendado priva de seguir con esa belleza que él presiente que se reparte armónicamente por su apariencia. Duerme plácidamente. Se acerca hasta el sillón y se sienta. Contempla de nuevo su semblante. Es extremadamente bello, de una simetría perfecta. Ahora está sereno; sólo los párpados hinchados desmejoran esa imagen que lo acompañó toda la noche. En esa cara de media luna, unas cejas perfectas esculpen esa femenina belleza que reina en su rostro. Ningún rasgo es acusado, todos son suaves y delicados, puestos allí para saquear los sentidos, como esos labios carnosos perfectamente delimitados imprimiendo casi un corazón en la cara del bello durmiente. Lo mira atentamente durante unos diez minutos, dejándose llevar con una exploración en la que no para de descubrir tesoros y más tesoros. Su perfil elegante, sus orejas harmoniosas, sus pómulos dulces, su cuello espigado y terso. Poco a poco, todos esos rasgos adquieren la calidez de una porcelana, revelándose cada vez más bellos, más hipnóticos. Hechizado por ellos comienza a ver “su” transformación y una sonrisa tierna que muda a ansiosa se dibuja en su cara esculpida. Cuando por fin cierra los ojos y duerme, es el dulce aire de su rostro lo último que respira. Y por primera vez en muchos años, Abel duerme sin sobresaltos.
• ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?
Vuelve a repetir la pregunta con esa voz delicada, rota por el temor. Abel sale del sueño y en su rostro varonil traza una sonrisa franca y tierna.
• ¿Quién eres? ¿Qué ha
- INSTRUCCIONES DEL JUEGO. • ces aquí…?
• Tranquilo, estoy aquí para salvarte. No tengas miedo, no pasa nada…
• ¿Cómo dices? ¿Pero esto qué es…? ¿Quién eres?
• Ya te dije, estoy aquí para cuidarte. Toma, te traje esto. ¿Te gustan las rosas?
• Pero… ¡Ay, coño, mi cabeza! Pero, ¿se puede saber qué es esto? ¿Quién te envía?¿Cómo están Rafael y, sobre todo, Moncho y Javier?
• Eso no lo sé. No me envía nadie.
• ¿Cómo que no te envía nadie? –lo interrumpe bruscamente, mirándolo con curiosidad-. ¿Quién carajo eres, entonces? ¡Ah…! –como resistiéndose a creer la evidencia-. ¡No puede ser! ¡No puede ser…! –ya gritando con esa vocecita-. ¡Tú eres el hijo de puta…! ¡Tú eres…! ¡Aaaay!
Abel lo interrumpe dándole una hostia que lo para en seco, dejándole esa mueca de incredulidad esculpida en el rostro. Ni se atreve a respirar.
• ¡No grites, hostia! –le dice con una voz imperativa y susurrada, que trata de disimular el enfado con algo que parece una sonrisa y que lo acompañará mientras habla-. ¡No grites que me pones de mala hostia!. Y sí, soy yo; pero dejemos eso que no tiene importancia
• ¡Alucino! –interrumpe sin salir de su asombro y acariciándose la mejilla donde se dibuja la mano de Abel-. Alucino de verdad. Lo cuento y no lo creen.
• ¡Olvídate de eso! No recuerdes esa tontería –afirma con rotundidad, quitándole importancia-. Es cierto que se me fue un poco la mano. ¿Y qué? –objeta con ese tono bajo al tiempo que gesticula con las manos como un loco-. ¿Es que a nadie se le va la mano de vez en cuando? ¡No somos perfectos, hostia! Y sí, reconozco, aquí entre tú y yo, que me pasé. ¡Está bien, me pasé!; la prueba es que estás aquí. ¡Pero, joder! ¿Cuánto tiempo me lo vas a estar restregando por la cara…? ¿Cuánto tiempo me lo vas a estar restregando por la cara? No es un buen comienzo para lo nuestro, ¿sabes? De seguir por ese camino lo vas a joder. Además, ¿No piensas en tus responsabilidades?
• …
• ¿Acaso crees que soy yo el único responsable? – refuta como disculpándose- Es cierto que yo te pegué; ¡pero es que tú las estabas buscando! ¡Ya, ya, ya, ya…! Ya sé que tú estabas allí, a lo tuyo, que, según tú, no hacías nada; pero ese revolotear está pidiendo hostias a gritos. ¿No te parece?
• …
• ¡Claro que sí, cariño! Estabas pidiendo que te dieran de hostias a todo meter. Pero será mejor que dejemos eso. ¡Aunque eso sí!: no estaría mal, lo digo más que nada para que las cosas marchen, que reconocieras tu culpa por todo lo que me has obligado a hacer.
• …
• ¡No me mires así!
Mientras tanto el asombro de Marcos tiene una nueva compañía: la rabia. Es un sentimiento que sale de la indignación, de ir por la vida con las uñas siempre afiladas y el pelo encrespado ante los muchos ataques que tiene que sortear.
A lo largo de sus veintiún años, la rabia fue tomando atajos cada vez más cortos. Empezó disimulando su presencia, como si aún no supiese andar. En ese tiempo creía que en la indiferencia estaba el mayor castigo; ¡pero poco duró este consuelo!, por lo que no tardó en aparecer la faca afilada de sus palabras, tan agudas e igual de cortantes que su timbre; si bien la amargura cedió, seguía un regusto colérico en su sangre.
Cuando esto ya no sació su sed y no podía ya con tanto martirio moviéndose por su cabeza, la rabia apareció un día con una furia llena de uñas afiladas. El resultado fue que Marcos se convirtió en una loca, pero muy loca y peligrosa, que a la mínima de cambio, entra la palabra cortante y las hostias histéricas, mediaba un suspiro.
Era una ira irreflexiva, llevada por el pronto del momento que no podía dominar. Para él no existía enemigo grande o pequeño; existía sólo eso: el enemigo. El puto mamón que no guardaba sus chistes o insultos en el sobaco y quitaba toda su mierda a airear; o aquel que no manoseaba con el deseo, sino con el desprecio, que en ocasiones, como pudo comprobar, era el disfraz que tomaba el primero. Eran esas, y otras afrentas, las que llevaban a Marcos a vivir su mariconería como una militancia.
Aunque había momentos de felicidad, éstos permanecían siempre secundados a su lucha contra el mundo. Hasta cuando follaba, Marcos no olvidaba su papel. Cuando llegaba el turno del pitillo, de ese tiempo que se llena con vivencias que acercan a la persona que ha conocido cinco minutos antes, él encontraba el picaporte que le permitía entrar a saco en su discurso. Eran sobredosis de filosofía que siempre llevaban a monólogos interminables que rara vez terminaban en un segundo polvo, pues cuando entraba por ese camino su naturaleza no estaba para combates sobre mullido colchón, sino sobre endurecido asfalto.
Para él, todos los días eran veintiocho de junio. Llegó a tal grado de identificación a lo largo de esos años que conocía todo lo referente a su condición de maricón, a lo que está condición abstracta padecía; pero en todos esos años ni una sola mirada de refilón se dirigió hacia su interior. Todo lo que sabía de él, era ese ser en tercera persona en lucha constante contra el mundo; de él a favor, lo ignoraba todo. Nunca se había detenido a mirarlo, a ver qué pensaba o sentía. Entendía que llegado el momento de la liberación, de esa igualdad franca que él quería vivir desde su singularidad, habría más que tiempo suficiente para componer un menú apetecible. Mientras tanto, la “lucha” exigía puños, no caricias. Ahora, en ese asombro del que no salía, entendió que ese loco gesticulante estaba poseído por la misma obstinación que él; aunque la rabia del momento le impedía conocer qué clase fanatismo circulaba por esa mirada azul que lo interrogaba y por esa sangre que hervía a la menor provocación.
Notó que no podía controlar sus impulsos, que la cólera empecinada bullía en sus entrañas pese al temor que le inspiraba aquel rostro curtido del que poco sabía. Sintió que ni el pánico bastaba para aplacar esa ira que cuanto más agarrotaba, mayor fuerza tomaba.
Y el suspiro llegó. Le iba a dar una hostia; pero su movimiento se quebró por el dolor punzante que le agarrotó; pero aunque pudiese dar el golpe, éste no llegaría a la diana. Pese a la gesticulación que exhibía, le paró las manos al instante, como ave de presa. Una mirada de incredulidad cubrió su rostro exhibiendo un “a qué viene esto” colmado de incertidumbre. Durante un segundo su mano calibró la oportunidad de estrellarse contra esa marica rabiosa; finalmente guardó esas fuerzas desencadenadas, sin que la fortaleza de su mano abandonase su catadura amenazadora. Y en esa tierra de nadie continuó su parlamento
• ¿Así me pides disculpas…? Ese no es el camino. ¡Está bien! Comprendo que ahora estás excitada. ¡Está bien!, ¡está bien…!: te lo perdono. Pero que sea la última vez. Lo vuelves a hacer y te cruzo la cara. ¡Por mi puto padre que te cruzo la cara! Pero, ¡está bien! Todo sea por nosotros. Hay que empezar bien…
• ¿Pero de qué hablas? ¿Se puede saber de qué coño hablas? ¿Qué es ese nosotros? Mira, tranquilo, no te voy a denunciar. Por eso, estate tranquilo –dijo en un tono conciliador-. Pero será mejor que te vayas. Seguramente la policía vendrá por aquí. Siempre lo hacen. No es la primera paliza que me dan. ¡Por favor, vete!
• Bueno, creo que tienes razón. Lo mejor es que me vaya a desayunar. La noche ha sido larga. Llamaré al trabajo y les diré que me retraso.
• Eso, vete al trabajo.
• Tú no te preocupes. Ahora pregunto en enfermería a qué hora te hacen el TAC. ¿Sabes que no duele? A mi madre se lo hicieron y es como una radiografía.
• Ya, ya… ¡Por favor, vete! –imploró disimulando su rabia y dolor.
• Bueno, me voy.
Y se quedó allí mirándolo, como si esperara algo. Repentinamente se le acercó. Fue un movimiento tan brusco que lo asustó. Quedó a la entrada de sus labios a la espera de la invitación. Él sintió su respiración autoritaria pero cálida y quedó sumido en la incertidumbre, en el no saber qué hacer ni qué decir. Pero, extrañamente, no tuvo miedo. Sus labios viriles se le acercaron y le dieron un beso con una violencia no desprovista de ternura. Pese al odio que sentía, aquel beso viajó por su ser calmando la tormenta que estallaba en su interior. Le sorprendió no sentir ya esa intensidad que lo cegaba, ese odio frenético que sólo encontraba la serenidad en la violencia explosiva sin que ninguna otra purga lo pudiese calmar. Y de ahí venía su cara de sorpresa. No venía de haber recibido ese beso anunciado, sino de haberlo gozado.
• Bueno, yo voy a la cafetería. Primero paso a ver a qué hora tienes el TAC y después te recojo y te llevo a casa. Bueno, ¡tranquilo! Ya te dije que era como una radiografía.
• Ya, ya…
• Bueno, después te recojo. Descansa mientras tanto. ¡Oye! –exclamó ya en la puerta-, ¿qué nombre de mujer te gusta?
• ¿Cómo?
• ¿Que qué nombre de mujer te gusta?
• No sé -reflexionó-, Carmen, Laura, Isabel, Marta…
• ¿Y Diana?
• Sí, claro.
• Bueno, perfecto. Me gusta que te guste.
• ¿Por qué?
• No, por nada… –respondió misterioso-. Ya lo sabrás.
• ¡Ah! Aunque gustar, gustar… me gusta Marina.
• ¡No esta mal! Marina Diana… No, no está nada mal. Bueno, eso lo decidiremos más tarde.
• ¿Decidir qué…?
No obtuvo respuesta, él ya había cerrado la puerta y sus pasos avanzaban perdidos por el pasillo. Pensó de nuevo en la clase de fanatismo guiaría a este hijo de puta. Fuera el que fuese, estaba presintiendo que él jugaría un papel importante; ¿pero cuál? El pánico volvió a hacerle compañía y por fin entendió que su tenacidad, el motor que impulsaba su vida, había encontrado la horma de su zapato.
A las doce y media de la mañana él avanzaba en una silla de ruedas guiado por un mecánico celador que lo dirigía con indeferencia. Ya no llevaba la cabeza vendada, sino un simple parche cerca de la nuca que le permitía por primera vez en ese día palpar una libertad ajena a las molestias. En esa libertad llegó él para llenarla. En todo el trayecto estuvo pendiente de ver si estaba allí. Iba con el temor de que surgiese como una aparición, que al dar la vuelta a la esquina su férrea figura lo esperase con las garras abiertas. Si veía un grupo de gente, apostaba a que él estaba allí agazapado, cubierto por la complicidad de ese público que veía hostil, para asomar sorpresivamente con su inclemente tesón y llevárselo para siempre a esa batalla. Vislumbraba un combate entre iguales, entre fanatismos tan duros como el acero, pero que se disparaban desde trincheras opuestas: una marcada por la dulzura; la otra por la rudeza.
Sin embargo, no apareció durante todo el trayecto y en los últimos metros Marcos se tranquilizó. Se rió de sus temores, de esa aventura que presentía que cambiaría su vida y que ahora se aplazaba dejándolo en la comodidad de lo conocido. Era hora de renacer, de continuar con su lucha y evitar de nuevo esa mirada nunca había dirigido al interior. No había monstruos, pero temía lo que allí se alojaba.
Cuando abrió la puerta él estaba allí. Lo acompañaba un gran ramo de rosas rojas, una caja de bombones y una fijación indiscutible. Pese a la amabilidad de su cara, el brillo de sus ojos hablaba de lo inaplazable. Fue hacia su lado y le ayudó a levantarse. Cuando el celador se marchó, depositó un delicado beso en su mejilla que volvió a desconcertar a Marcos.
• Ya tengo el alta y el tratamiento que debes seguir. Tienes que guardar reposo durante un mes. ¿Trabajas?
• Sí…-contestó con lágrimas en los ojos, como perdido-. Sí trabajo.
• Pues tranquila. Yo llevaré la baja laboral a tu trabajo. Ahora me das el número de teléfono de tu trabajo y los llamo, y mañana queda arreglado todo ese asunto.
• ¡Gra… Gracias! –dijo sollozando.
• ¡No llores! Tranquila. No te preocupes. Yo te cuidaré. No te voy a abandonar, ¿sabes? ¡No mires así! Tampoco me tengas miedo. Olvida lo que pasó. ¡Yo ya lo he olvidado! No se repetirá más. Yo te cuidaré. Y nadie, nadie, ¡absolutamente nadie, te tocará! –dijo con autoridad-. Yo seré tu ángel.
• ¡Pero Dios mío! ¿Qué locura es esta? ¿Cómo puedes pensar que me voy a prestar a un juego con mi verdugo? –susurró entre sollozos cada vez más alarmantes-. ¿En qué cabeza cabe?
• Sigues recordando eso… –increpó cargado ahora de cariño-. No tienes que pensar en eso nunca más. ¡Prométemelo! Y no debes de tener miedo, ¿de verdad? No te voy a hacer daño, ningún daño. Antes me mato. No tengas miedo. ¡Por favor, no tengas miedo! Yo te salvaré. Nadie te hará daño; ¡y yo, menos que nadie!
• ¡Pero si no sé ni cómo te llamas!
• Abel. Abel, para servirte –al tiempo que le daba un beso, como si fuera una presentación formal que se diera en otro decorado-. ¡Ves! Ya sabes cómo me llamo. ¡Ya no soy tan desconocido!
• Yo… –apuntó frenando los sollozos-. Yo… me llamo Marcos.
• Lo sé. Es un nombre muy bonito.
• ¡Gra… Gracias!
• ¡Bueno! Mejor será que te vistas. He pasado por “Pidolti” y te he comprado ropa. ¡No me mires así! Compré una talla 38. ¿Es la tuya…?
• Sí…
• Ya imaginaba. La tienes aquí en el armario –indicó dirigiéndose hacia él-. Imagino que te gustará y que te sentará bien. ¿Quieres que te ayude?
• No. No es necesario.
• Si necesitas ayuda. Llámame –dijo tendiéndole la bolsa.
Con paso calmo se dirigió hacia el servicio. Ahora al andar notaba miles de agujas que desgranaban su pecho. Seguía sin salir de su asombro; pero las lágrimas ya no acudían a sus ojos. Ahora su mirada era serena dentro de la expectación que tenía cada segundo que pasaba. Aunque fue muy fácil quitarse el pijama, lo demás se complicó y los dolores insoportables volvieron prestos.
• Abel, ¡por favor! ¿Puedes ayudarme…? –solicitó asomando la cara por el vano de la puerta.
• ¡Claro! Espera –respondió alegremente, dejando el ramo de rosas en la cama.
Cuando entró se quedó mudo. Vio lo que la noche le había ocultado y se cegó por el deslumbramiento de lo que le regalaba el día. Su desnudez era igual de armoniosa y dulce que su semblante. De nuevo esa cualidad de fina porcelana sé distribuía por una piel aterciopelada y nívea, donde destacaban con fuerza las magulladuras y cardenales. Tenía un brillo particular y turbador. Su estilizado físico seguía acordes suaves que daban esa apariencia femenina a todo el conjunto. Casi no tenía vello y sus carnes eran torneadas, sin que la agresividad de sus músculos pasara de un límite que lo hacían aún más tentador. Marcos estaba ruborizado, como si fuera la primera vez que lo vieran desnudo, y cubría torpemente su “recato”. Aquello añadía aún más gracia a toda la hermosura que poseía a raudales. Bajó sus ojos. Y una timidez que hasta entonces no había visto cubrió su persona.
También Abel estaba poseído por la misma vergüenza. Un pudor desconocido se alojó en su espíritu y miró hacia otro lado, como si temiera violar con su mirada toda la beldad que allí se desplegaba. Con movimientos torpes, y llenos de la misma inocente timidez, tomó la tanga entre sus manos y ayudó a sentarse en el borde de la taza a un apocado que seguía con el rubor de las rosas. Cogió sus pies y se embriagó con su belleza. Era un pie delicado, pequeño, fino. Lo acarició levemente y subió con suavidad la tanga, ayudándolo a levantarse. Su sexo quedó a la altura de su rostro. Y pese a cerrar los ojos, ese segundo revivió en su retina con la misma rotundidad que poseía lo que había visto. Era un falo hermoso, cubierto de un vello negro azabache y anclado en unos cojones discretos y agraciados. Aún en reposo, su verga despuntaba la apostura que imaginaba que luciría. Era pequeña, de piel rosada, con el mismo fulgor inquietante que su cuerpo. Era la primera vez que veía un pene tan de cerca; pero no sintió el rechazo que esperaba encontrar, sino ese furor que lo había llevado hasta allí.
No se dirigieron ni una sola palabra mientras lo vestía; pero tampoco dejaron de pensar en ellos durante ese tiempo que se consumía en un ceremonial cargado de sensualidad. Deslizó el pantalón de pinzas por sus estilizadas piernas; lo abotonó y subió delicadamente la cremallera entre tanto miraba hacia otro lado, como temiendo que él descubriera en su mirada algo que aún no quería mostrar. Le puso la camisa caqui de fina seda, y abotonó con la misma calma los siete botones que bajaban el telón a su preciosidad. Después, discretamente, metió la camisa dentro del pantalón, sintiendo la suave calidez de su dermis en cada zambullida. Por último, tomó su peine y lo peinó con la misma delicadeza que había empleado en cada una de las labores. Pasaba cariñosamente las púas por entre su vello azabache, domándose éste al mínimo toque, como atendiendo apresurado a esa “voz de su amo” que lo guiaba. Ninguno de los dos se miraba, tan solo leves suspiros cruzaban el borde de sus labios.
• Creo que ya está –concluyó aún sin despojarse de esa timidez-. Eres… eres…
• ¿Sí…?
• ¡Eres muy guapa! –dijo como si le turbara decir esa verdad-. Estas muy guapa.
• ¡Gracias! –respondió con timidez-. Pero no debías de haberme comprado esta ropa.
• ¡Tranquila! No tiene importancia –y argumentó con vergüenza-. Recuerda que también te robé… ¡Pero será mejor que dejemos “eso”! ¿Nos vamos?
• Sí. Será mejor que nos vayamos.
• ¿Puedes andar?
• A paso lento, pero sí.
Y a paso lento, y sujetándolo con ternura, avanzaron hacia su destino. Su sombras, íntimamente ligadas, se proyectaban sobre el suelo, hasta desvanecerse al paso de la luz para cobrar vida con más fuerza un segundo después. En ninguno de los dos había resistencia hacia lo que iba a comenzar, caminaban apoyándose el uno en el otro, acompañados de un ramo de rosas, una caja de bombones y una fijación indiscutible.
Al llegar al coche le abrió la puerta, y cuando se iba a sentar lo interrumpió para reclinarle un poco más el asiento y que fuera cómodo. Lo ayudó a sentarse, le puso el cinturón de seguridad y le dirigió una última mirada cargada de la tensión que en ese momento vivían. Arrancó el coche con la violencia que le era propia y que, por unos instantes, Marcos había olvidado. Y a toda velocidad partieron. Él iba con los ojos cerrados, con los labios vencidos, sin que ninguna palabra asomara para llenar ese vacío cubierto por el tráfico de esas horas. En su mente detonaba otra de las tormentas de ese día. ¿Qué iba a ocurrir a partir de ahora? ¿Qué pretendía? Seguía sin ver claro la aventura en la que ya estaba. Pero había algo, desconocido y agazapado, que había cobrado fuerza para instalarse en su ánimo e impedirle bajar de ese coche que corría a toda velocidad. ¡Cuánto deseaba llegar ya a casa! Ver por fin algo conocido que le recordara la persona que era y que ahora se mostraba con esa nueva faz. En ese momento se percató de que no le había dado la dirección y el temor volvió con toda la intensidad.
• ¿Sabes mi dirección? –dijo agitada, y ya sin esperar respuesta-. ¿Adónde vamos…?
• ¡Tranquila! Te mereces unas vacaciones. ¡No pongas esa cara! Te repito: ¡No temas nada! Vamos al chalet que mis padres tienen en Baldayo. En este tiempo ya no lo utilizan y podrás descansar.
• No. ¡No, por favor! Llévame a casa. Te lo ruego.
• ¡No digas tonterías! Allí vas a estar de maravilla. Estarás rodeada de la naturaleza y podremos dar largos paseos por la playa.
• ¡No, de verdad! Llévame a casa. ¡Por favor, Abel!
• No insistas. Allí es dónde estarás. He pedido las vacaciones y este mes de reposo estaré contigo. Verás como pronto te pones bien y ese miedo que ahora tienes será agua pasada.
• ¡Llévame, por Dios! –ya sollozando-. Tengo cosas muy importantes que hacer. Quiero estar en mi casa. ¡Lo necesito!
• No tienes nada que hacer. Recuerda que tienes que guardar reposo durante un mes. Eso es el trabajo que tienes que hacer: descansar. Allí se respira mucha tranquilidad. ¿Sabes?, cuando yo estoy nervioso, siempre voy allí. El mar salvaje que hay allí es lo único que me calma.
• Pero yo quiero irme a casa, Abel. ¡A “mi” casa!
• A ella te llevo –respondió terminante.
Marcos se quedó en silencio, sin saber qué decir. Pensaba que ya había pasado el número del “más difícil todavía”; pero este era un circo con dos pistas, donde los ejercicios arriesgados no dejaban de sucederse a un ritmo frenético.
• Esa es tu casa. Quiero que lo entiendas así. A partir de ahora, todo lo que tengo, es tuyo, igual que tú eres mía.
• Y si yo no quiero… –protestó con temor.
• Sé que querrás. Sólo me tienes que dar la oportunidad. Cuando me conozcas, querrás. ¡Creo que no querrás otra cosa en tu vida!
• ¡Por Dios, no digas eso! No me conoces; y yo, lo que conozco de ti tampoco me gusta.
• Tenemos un mes para arreglar todo eso. Después, serás libre.
• Es decir: ahora soy esclava.
• No emplees esa palabra. Te voy a cuidar. ¡Claro que ahora eres libre! ¡Pero tienes que darme esa oportunidad! –rogó implorante-. Es el pago que te pido.
• ¿Estás viendo lo que dices, Abel?
• Sí, claro que lo veo.
• ¡Me estás pidiendo mucho! Y mi carácter, pese a que tú no lo veas ni lo creas, es otro. Además, esto es –iba a decir “una puta locura” pero no reunió el valor- una locura. ¿Qué es eso del pago…?
• Te estoy pidiendo un mes. Dame un mes y después decides. Te juro que después podrás hacer lo que desees, yo no estorbaré. Ya sé que tu carácter es otro; pero tampoco el mío es el que conoces. ¡Dame una oportunidad!
• ¡Dios, de nuevo la “oportunidad”! ¿De qué me hablas, Abel? ¿Qué oportunidad es esa?
• La de conocer a una nueva persona.
• ¿Pero qué más quieres que conozca? ¡Mira como estoy…!
• Sabes que no soy solo “eso”… Lo sientes, ¿verdad?
• Esto es una locura. No sé quién eres. Sólo sé lo que eres, lo que me hiciste.
• Pero soy más cosas y lo sientes, ¿verdad?
• …
• No dices nada. ¡No llores! ¡Por favor, no llores! Está bien… Si no crees en mí, en todo lo que te digo, ¡bájate!
Arrimó el coche a la salida del polígono. Los coches pasaban rápido zumbando a su lado y poniendo un sonido violento a toda la zozobra. Ni tan siquiera se atrevió a mirarlo. Sus ojos estaban empapados en lágrimas. Se quitó el cinturón de seguridad y su mano trémula se acercó a la puerta. Conforme se acercaba el temblor aumentó en intensidad. Él comenzó a jadear como un perro dolido cuando vio sus dedos en el picaporte y cómo iniciaban el lento movimiento de apertura. Sus sollozos se sumaron a los de Marcos. Eran lloros atragantados, como si intentará frenar la violencia con la que galopaban por su alma. La puerta se abrió lenta, muy lentamente, siguiendo el impulso nervioso de Marcos. Ahora ya no escuchaban el rugir de los coches, sólo el de la pena. Se alzó hacia delante con determinación y con un impulso violento cerró la puerta.
• ¡Vámonos, vámonos, por favor! –balbuceó sollozando al tiempo que sus manos abrazaron el ramo de rosas para ocultar su rostro que se deshacía en más y más lloros.
• ¡Dios, Dios…! ¡Cago en la hostia! ¡Te juro, mi reina, que no te arrepentirás en tu puta vida de la decisión que has tomado! –farfulló emocionado, al tiempo que llenaba sus manos de besos violentos y tiernos-. ¡Nunca te vas a arrepentir, mi amor! Gracias por darme esa oportunidad, Marcos.
• ¡Vámonos, Abel, y comencemos ya!
• ¡Sí, mi vida, sí…! Verás todo lo que te espera. ¡Ya verás…! Has nacido para todo lo que te espera…
El coche partió alegre y decidido, confundiéndose con la masa de historias que por allí rodaban. Pronto cruzaron la escarpada carretera que los llevaba hacia el nido. Sus ojos volvieron a abrirse ante el imponente chalet que dominaba un pequeño peñasco, por el que serpenteaban unas escaleras que se abrían al Atlántico bravo; después, una ligera pendiente hacia el este remataba en un pequeño pinar que lindaba con la carretera y hacía de entrada a la finca.
Volvió a sujetarla y con cariño dirigieron sus pausados pasos hacia el porche cubierto de flores. Marcos respiró toda la dulzura y serenidad que tenía esa estampa. Nunca se había imaginado en un sitio así, en el que todos los elementos parecían estar ahí para entregar la felicidad que portaban.
• ¿Te gusta?
Él ni respondió, seguía hipnotizado por toda la estampa, por la solidez que emanaba. Todo estaba allí para quedarse, para permanecer. Ninguna de las cosas que distinguió tenía la caducidad con la que había vivido siempre su vida.
• Espero que sí te guste. Será nuestra casa durante un mes. Yo no vengo mucho, la mano de mi madre está por todas las partes; ¡pero creo que a ti te gustará! Y tranquila. Nadie nos molestará. Tendremos todo esto para nosotros. ¡Tú no te preocupes por nada! Déjamelo todo a mí. ¿No dices nada…?
• No sé qué decir, Abel –respondió tímidamente.
• ¡Joder, qué bonita eres! Está bien, no digas nada, me llega con esa especie de sonrisa. Es la primera que te veo.
Entonces Marcos volvió a sonreír. No se había dado cuenta, pero llevaba bastante tiempo sin que una sonrisa encendiera su rostro. No era sólo la paliza, era la vida.
• ¡Otra más! ¡Cuanta generosidad! –y le dio un beso tierno en la mejilla a la vez que la abrazaba con cariño-. Como sigas así, nos va a sobrar el mes. ¡Je, je, je, je!
• Tú también te estás riendo. También es la primera vez…
• ¿Y te gusta?
• Sí. No está mal.
• Me alegro. Creo que a tu lado me van a salir más y si sé que te gustan, no me corto. A mí también me gusta tu sonrisa. Es muy bonita. Como tú –dijo acariciándole-. Tan bonita como tú. ¡Y te ruborizas! ¿Dónde está esa dureza de la que presumías?
• ¡Bah! ¡Déjame en paz!
• ¡No te enfades, Marcos! Todo me gusta –opinó mientras metía la llave en la puerta-. Hasta ahora es tal cómo me lo hiciste soñar.
• ¿Soñaste conmigo?
• Bueno, en cierto modo, sí, se puede decir que sí. Aunque desde que te vi no te he apartado de mí –dijo avergonzado y entrando precipitadamente en la casa-. ¡Pasa! ¡No, mejor espera un momento!
Y lo alzó como si fueran una pareja de recién casados. Pese a las protestas y al dolor que le ocasionaba, su semblante seguía cubierto de dicha, y una patina de orgullo vino a cubrir los pequeños huecos que la frágil felicidad dejaba.
Un amplio recibidor daba la bienvenida. Le dio una vuelta para que contemplara esa primera visión. La casa era abigarrada y excesiva. Estaba profusamente decorada, con un estilo de una feminidad sobrada, pero que a Marcos le pareció de buen gusto.
• Que, ¿qué te parece?
• Muy bonita.
• Sabía que te gustaría. Es la única casa que le permitimos decorar a mi madre. Es el regalo que le hizo mi padre para vivir una libertad que no tuviera semejante compañía. Las demás casas ya no son como esta, ¡afortunadamente!
• ¡No hables así! Tiene mucho gusto.
• Ya. Ya sabía yo que te gustaría. ¡Pues aún no has visto tu dormitorio!
Esquivando porcelanas, figuras, plantas y lazos, lo subió hacia el primer piso. La escalera terminaba en una especie de mirador donde había una pequeña salita que dominaba la entrada. Ahí el pasillo se bifurcaba. Tomaron el de la derecha y fueron hacia la última puerta.
• ¡Ahora, cierra los ojos! ¡Bien…! ¡Ya! ¡Ya puedes abrirlos…!
Y los abrió, y volvió a abrirlos por la exhuberancia de lo que allí había. Era un dormitorio de estilo ingles, con una cama con dosel que hacían juego, y primavera, con el ramillete de florecillas que estampaba la colcha. Había delicadas porcelanas y figuritas. La pared estaba forrada de una tela que conjuntaba con todo el barroquismo que desprendía aquel exceso. La posó delicadamente en el suelo y fue hacía las cortinas. Las abrió rápidamente y subió la persiana, y el mar se coló dentro. Abrió las puertas y con un gestó la invitó a pasar a la terraza. Era una terraza amplia, que respiraba el mar, que acariciaba el viento, que te llevaba a él. Y la brisa los agasajó llenándolos con su energía. Por un momento cerraron los ojos y respiraron toda la vida que bullía en aquellas olas encrespadas, en aquel horizonte difuso y eterno, y los dos a un tiempo se fueron arrimando lentamente hasta terminar abrazados, como si aquel acto fuera tan natural como el respirar. Así estuvieron unos minutos, empapándose tibiamente de todo lo que les rodeaba, incluso de ellos.
• ¿Te gusta, entonces?
• ¡Mucho, muchísimo…!
• ¡Joder, no sabes cuánto me alegro! Pensé que podías pensar que era una burla.
• La belleza nunca es una burla…
• Ya, pero es que mi madre y su amor por las flores puede llevar a una alergia. Eres la primera persona que traigo aquí. Me caería un puteo muy fino. ¡Es que no conoces a mi madre! ¡Es la hostia! La quiero, pero hay que reconocer que no pertenece a este mundo. Pero, ¿te gusta tu dormitorio?
• Sí. No insistas: ¡Me encanta! Puede que te parezca hortera, pero siempre deseé una cosa así. La casa de mis sueños sería muy parecida a esta. Y al lado del mar. ¡El mar que no falte! No creo que pudiera vivir muy lejos del mar. ¿Sabes? También lo veo desde mi ventana. No es bravo como este, pero sigue teniendo vida… ¿Y tu dormitorio? –dijo con timidez, al ver que se estaba poniendo melancólica.
• Justo enfrente. Así, si necesitas algo estaré cerca. Ese balcón es el mío. ¿Quieres verlo? Es la habitación de mi padre, la única que se libró de la plaga bíblica de mi madre, ¡je, je, je, je! ¡Je, je, je, je! Después te enseño la mía, sólo dormí en ella una vez y cuándo la veas quizás comprendas porqué.
Avanzaron cogidos de la mano hacia la sobria habitación. El contraste era tan evidente que la alcoba se hacía mustia y melancólica.
• Aquí me tendrás para lo que quieras, de día y de noche –dijo esto sin doble sentido alguno-. ¿Quieres comer?
• Aunque desde anoche no comí, no tengo muchas ganas. Prefiero descansar un ratito
• Sí… será mejor. Es natural. ¿Pero cenarás, no?
• ¡Claro!
• ¿Te apetece algo especial? ¿Qué te gusta?
• No sé… Lo que a ti te guste.
• Eso no es una respuesta.
• Es que me gusta todo, ¡en serio! Tengo buen diente, aunque no lo parezca.
• Bueno, pues entonces será una cena sorpresa. Nuestra primera cena. ¡Ahora será mejor que te acuestes! ¿Quieres ducharte? ¡Vale! Entonces enciendo el calentador. Después voy a ir a Coruña a por más ropa.
• ¡Pero no es necesario, Abel! Pásate por mi casa y traes lo que veas.
• No. Tranquila. ¡Déjate hacer! No te preocupes. Tú descansa; de lo demás, me ocupo yo.
• ¡Es que me da rabia!
• ¡De verdad, tranquila por todo eso! No te preocupes. El dinero me sobra. ¡No me mires así! No me gusta presumir, quizá porque lo tengo. Pero tranquila por el dinero.
La acompañó hasta su habitación. Seguían cogidos de la mano, como si los lazos que los ataran fueran de años y no de horas.
• ¡Bien! Ahora descansa. ¿Seguro que no necesitas ayuda?
• ¡No, seguro, tranquilo!
• ¡Está bien! Descansa entonces… ¡Ah! Una cosa más: ¡Lo siento! –dijo con arrepentimiento y dándole un beso en los labios.
• ¡Tranquilo! No pienses en eso –respondió con timidez-. Yo ya lo he olvidado ¡Je, je, je…!
• ¡Qué bonita eres…! –volviendo a darle otro beso-. Bueno. Enciendo el calentador y me bajo hasta Coruña. ¡Oye! Me tienes que dar la dirección de tu trabajo y así llevo la baja laboral.
• Sí, claro. Tengo una tarjeta en la cartera. Es fácil, queda en Cuatro Caminos.
• Vale. Pues también me acerco hasta allí. En un minuto está listo y puedes ducharte. ¡Bueno! Hasta la tarde. Cenamos a las nueve, ¿te parece?
• Perfecto.
• ¡Bien! Pues prepárate. Nos vemos por la tarde.
Sintió sus pasos perdidos y locos por el pasillo, su trotar por las escaleras, como llevado por el diablo, y aquel sonido lo enervó. Apoyado contra la puerta, volvieron a germinar esas lágrimas que siempre acudían. Ahora eran distintas. Ese ser que desconocía, había perdonado; y había perdonado de corazón, sin que la rabia se quejara. Marcos hoy no se conocía.
Paseó su vista por la habitación y con paso lento fue pasando su mano por los pequeños detalles con los que estaba ornada. Como en un adagio toda la belleza que allí existía fue embaucando lánguidamente su cuerpo, dominando su espíritu, llevándolo hacia un mundo donde el color y el detalle primoroso eran las únicas heridas dulces de la vida. Abrió la puerta del baño y ya no se sorprendió del “buen gusto”. Sólo las películas de Hollywood, de las que a él le gustaban (años 30/40), competirían con el esplendor de ese baño. Volvió hacia el dormitorio y aspiró ese aroma a lavanda que impregnaba todo y con cautela se sentó sobre la mullida cama. Pese al dolor que sintió, aquello era el cielo. Era una sensación que se transmitía rápidamente y que te llevaba a cerrar los ojos. En el cielo se escucharon pasos y leves golpes a la puerta.
• Ya está el calentador, Marcos. Ya puedes ducharte o darte un baño. ¿Necesitas ayuda?
• No. No es necesario, ¡gracias!
• Como quieras. Entonces, me voy. Ten cuidado, no vayas a lastimarte. Si te ocurre algo, puedes llamarme. Tengo móvil. No sé si sabes lo que es. Acaban de salir, como quien dice, pero hay un montón de sombra por ahí. Te dejo el número en la cocina. Bájate y tómate algo, lo que sea. La despensa está repleta. Bueno, me voy. Nos vemos después. ¡Descansa!
• Vale. Tranquilo.
• Bueno. ¡Adiós, hasta luego!
• ¡Hasta luego, Abel!
Cuando el coche partió con esa violencia que le era tan propia, Marcos comenzó a echar de menos a Abel. No lo tomó como amor. No sentía que era eso, aunque vivía el mismo desamparo que se sufre al no tenerlo. Pero de momento, ese ser desconocido en el que se estaba convirtiendo no tenía pistas que darle para explicar esa particular morriña.
Aunque estaba exhausto, su carne ardía en excitación. Todo era tan extraño y a la vez tan mágico, que le impedía conciliar la serenidad que sus heridas reclamaban. Durante las primeras horas, inspeccionó la casa con todo detalle. Buscando entre toda aquella plétora, algo que le recordase a Abel. Poco halló. Todo estaba teñido de esa feminidad enfermiza que inundaba todos los rincones con verdadero horror al vacío. Sin embargo, creyó adivinar cuál era su habitación. Las pistas le decían que eran tres hermanos; dos chicos y una chica. La habitación de ella, tenía el poso del uso y estaba llena de detalles particulares que personalizaban la estancia. Las dos restantes estaban huérfanas de cualquier signo que hablase de sus moradores. En la que creyó que correspondía a Abel, un coche de carreras presidía un buró decimonónico. Era el único rasgo de masculinidad del cuarto, donde las flores de lis y el azul celeste empapaban la mirada.
Volvió a su habitación y a duras penas se fue desnudando. Reparó en su cuerpo reflejado en una de las lunas del armario. Era una forma herida y arrebatadoramente bella. Se dirigió hacia su reflejo, embaucado por ese centelleo particular. Abrió la puerta y no apareció la desnudez que esperaba, sino ropa de cama primorosamente ordenada, y colgada de las perchas un enjambre de batines y camisones con los mismos estigmas que la habitación. Así en cada uno de los compartimentos del gigantesco armario. Parecía como si la dueña sólo viviera esa casa como un sueño dulce y prolongado. Y así en cada una de las piezas de ese quimera ideal que había plantado. Se preguntó si Abel estaría imbuido por la misma contumaz obstinación. Si él sería el ánima de esa fantasía que se alumbraba en el fulgor de sus ojos, igual que aquella profusión de flores y cerámica inglesa era la materia de la que estaba hecha las alucinaciones de su madre.
Parecía un lecho de algodón embrujante y perfumado. Con cautela, metió su pie estilizado hasta la feminidad en la cálida y vaporosa agua que emanaba la dulzura de sus sales. Se sumergió y la serenidad fue filtrándose hasta que llegó a su espíritu exaltado. Y casi sin darse cuenta, se quedó dormido, mecido por los vapores de un mundo feliz y despreocupado.
Nuevamente las llantas le hablaron de su fuerza. El rugido contra la gravilla, la urgencia de sus pasos, ese subir de dos en dos los peldaños de la escalera hasta que en un suspiro se hallaba ante su puerta.
• ¡Hola! Ya estoy aquí. ¿Estás visible? ¿Puedo pasar? ¡O si no, no! Métete en el cuarto de baño.
• Ya estoy en él –respondió somnolienta.
• ¡Perfecto! –dijo ilusionado-. No salgas hasta que yo te lo diga, ¿vale?
Escuchó sus pasos cautos y cargados de emoción, y el sonido de unas bolsas que se posaban sobre la cama; después, más ruido en la cómoda, para finalmente salir con la misma pillería y cerrar la puerta.
• ¡Ya está! Ya puedes salir. Si quieres te vistes y vamos a dar una vuelta a la playa. ¿Qué te parece?
• ¡Bien! Ahora salgo del baño y me arreglo.
• ¡Vale! Te espero.
Pero no sonó ningún paso que lo alejara. Seguía allí, tras la puerta, y se lo imaginó con esa emoción que momentos antes le embelesaba. Su físico arrugado salió del abrazo del agua. Con la gracilidad que le era propia se envolvió en el toallón y presa de curiosidad salió apresuradamente hacia la cama. Allí, en perfecto orden, la esperaban cinco bolsas alineadas. Abrió la primera de ellas. Era de Adolfo Domínguez y tenía un conjunto con ese aire informal y aséptico que tanto gustaba. La siguiente era un traje de lino de Roberto Verino y unos nikis vaporosos. La tercera era un conjunto de camisas de la Camisería Inglesa; todas informales y osadas. Cuando fue a abrir la siguiente bolsa se percató que llevaba una nota: “Para las noches”; lo mismo que la última. Con la misma agitación que en las anteriores, que las acompañaba de exclamaciones y suspiros, su curiosidad se lanzó hacia ellas.
Casi no podía creer lo que veían sus ojos. Ahora la exclamación le salió del pecho. Eran soberbios conjuntos de ropa interior; pero no la que esperaba encontrar: eran de mujer. De una mujer exultante, con raíces de pecadora, con una lujuria desbordada que casaba a la perfección con las fantasías masculinas más elaboradas. Los había negros, de una fiereza y lascivia que herían los ojos; rosas pálidos, delicadamente femeninos, pero igual de turbios por sus transparencias y encajes; rojos, tan encendidos como la pasión que comenzaba a entrever en Abel. Eran siete juegos, cada cual más provocativo, acompañados de medias de tacto suave que brillaban hasta cegar. No salía de su asombro, pero sabía que la siguiente bolsa marcaría el más difícil todavía. La abrió como si abriese la caja de Pandora, y un satén al bies negro, como una alma en pena, le dio la bienvenida. Tomó entre sus manos la fina tela y un delicado traje de noche deslumbró su mirada. Tenía también una gasa vaporosa y cada movimiento, por muy leve que fuese, se transmitía con toda fidelidad a la tela que parecía cobrar vida. Sus temores recorrieron aquella tela hipnótica; también su pasión; y ahora su incertidumbre.
• ¿Te gusta? –preguntó intrigado.
• ¡No sé qué decir, Abel! –respondió emocionado-. ¡No sé que decir! Es todo muy bonito, pero no sé si estoy hecho para esto…
• Tenemos un mes, ¿recuerdas?
Y en ese momento entendió y entró en el juego. Comprendió el porqué de su rubor cuando lo ojeó desnudo; el porqué de sus besos recatados vestidos de pasión; el porqué de ese feminización con la que se dirigía a él, que nada tenía que ver con su pluma, sino con el anhelo que en su mente se despertó desde el primer momento en que sus miradas se cruzaron para atarse. Alcanzó a ver que toda su levedad era por el hoy, por un presente que rechazaba pese a su embriaguez; vislumbró también, que su pasión era por lo que lograba entrever en ese mañana que allí, encima de la cama, tenía su primer pilar sobre el que él construiría su sueño. Una visión a la que se acercó con pasos lentos, pues sabía que era un precipicio el que le esperaba. Se miró al espejo de la cómoda y contempló esa belleza cruzada por leves pinceladas femeninas que adornaba su cara. Se desprendió de la toalla, que cayó con gracia a sus pies abriendo paso a una figura igual de delicada; ahora herida, pero siempre delicada. Se percató también, que la cómoda estaba llena de una serie de productos de maquillaje, de cremas y potingues, de emplastes y bases, de polvos y carmín, en una selección que no acababa, pues era tan grande como el ansia del que respiraba al otro lado.
Por un instante le pareció ver ese ser sumergido durante veintiún años al que no le había prestado atención. Al momento se preguntó si esa persona, de la que apenas sabía, sería al final ese ser al que Abel había invocado o, por el contrario, en nada se parecería a ese conjurado que él esperaba con tanta ilusión. No tenía respuesta.
Es verdad que a lo largo de su vida Marcos sintió una predilección distintiva por el universo femenino que lo rodeó desde su infancia hasta su independencia. Se encontraba a gusto entre las afables formas con las que desgranaban la vida las mujeres de la casa. Esta misma sensación lo acompañó por otros paisanajes. De la guardería al instituto, sus confidencias y complicidades encontraron el mejor regadío en sutiles maneras con las que las mujeres tejen su labor. Era cierto que, en un principio, era acogido con burla; pero pasado ese breve instante, los brazos estaban abiertos. Era “uno” de ellas. Pero hasta ahí llegaba su inclinación. Desde que le gustaron los hombres, allá por los cinco años, le gustaron siempre como hombre. Nunca ninguna fantasía se entretejió sin que él, en cuerpo y alma, estuviera. Era él, y ninguna mujer sublimada, el que esgrimía sus encantos en esas entelequias que siempre rozaban lo imposible. Las flechas de su corazón, desde muy temprano y para dificultar aún más su vida, apuntaron siempre a dianas equivocadas. Ninguna lección aprendió, pues con terca insistencia salía de una para meterse en otra historia peor. Los hombres que habían pasado por su cama eran consuelo, nunca antojo de su corazón. Así era Marcos.
Sonó el timbre y el ajetreo de los últimos minutos detuvo su marcha. No pudo distinguir quien era ni que traía, pues al momento se fue como había venido. Seguía retocándose ante el espejo con una intuición que ignoraba su origen. Sus ojos negros como la noche alumbraron entre sus pestañas rizadas y unos párpados brillantes que parecían contener un mar flamígero. Los pómulos levemente resaltados, sobre una base de maquillaje a tono con su piel que tamizaba el brillo resaltando más su cualidad de porcelana. Se había perfilado los labios, acentuando más el corazón que ya de por si dibujaban y, tras eso, el carmín había puesto la pasión con un brillo encendido. Ahora se alisaba el pelo pasando un fino peine que casi no dejaba rastro de su vadear, aplanándolo contra el cráneo y aumentando la forma ovalada de su rostro. Había finalizado su labor y, en ese momento, mirándose al espejo se encontró extraña, pero delicadamente hermosa. Como una muñeca de porcelana. Se disponía a bajar, cuando se percató de que al conjunto le faltaba algo: los zapatos. Ponerse los que tenía, desluciría todo, así que decidió ir descalzo, cubierto por unas medias que estilizaban aún más su atractivo. Abrió la puerta y se divisó en la luna del espejo. Desde allí era otra. Incluso él lo notaba. Percibía que ese ser que se miraba extrañado, se sentía cómodo entre aquellas delicadas telas; entre el emplaste del maquillaje y la luz de las sombras; entre la laca de uñas y el carmín; entre ese perfume suave que envolvía cortésmente sus pasos. - PREMIOS Y SANCIONES.
Avanzó por la escalera en penumbra como si fuera una reina. Era una aparición. La faz de su deseo hecha carne majestuosa y distante. Su rey, vestido de frac, la esperaba al término de la misma. Su rostro estaba ebrio al encontrarse con el sueño que había visto en su rostro y ahora se desplegaba con tanta audacia en su femenina complexión. Le tendió la mano, con esa virilidad dominante que nunca lo abandonaba del todo, y “ella” conquistó la luz de sus ojos tendiendo de manera elegante su mano estilizada. Sus labios viriles reposaron con ternura en esa mano tendida. La corriente de su beso circuló por su sangre caldeando su constitución envuelta en fina gasa. Siguió bajando lenta y aristocráticamente los tres últimos peldaños, al tiempo que él iniciaba el ademán de darle un giro y contemplar la obra bien hecha.
• ¡Estás preciosa! ¡Absolutamente preciosa!
• ¡Gracias! –respondió ruborizada-. Si no fuera porque estamos en tu casa, yo tampoco te habría reconocido. ¡Estás muy elegante!
• ¡Pero tú eres la que brilla! –aseguró dándole un beso en la mejilla que se fue deslizando en pequeños saltos hacia su cuello, mientras “ella” se arqueaba levemente-. Estás tal como me imaginaba. Espera un momento. ¡O sino, no! Ven conmigo.
La llevó hacia el comedor y la sentó en la presidencia de una mesa chippendale magníficamente puesta. Apagó la luz dejando que fuera el conjunto de candelabros que se desplegaban a lo largo de la extensa meseta los que iluminaran con su calidez el encuentro. Fue hacia la penumbra y desapareció de su vista.
Mientras esperaba, sus ojos reposaron en el esplendor que allí se daba cita. Era el servicio para dos comensales, con el lujo para un ciento. Sus ojos se impresionaron ante el resultado de aquellas idas y venidas que jalonaron aquella primera tarde. El mantel de fino lino y puntilla, el majestuoso centro de mesa, la delicadeza cristalina de las copas, el bruñido cegador, inquieto como el azogue, de los candelabros, de la cubertería… Todo estaba para agradar la vista, para serenarla con su belleza, para llevarla a la ensoñación que te acunaba desde que te dejabas mecer por la hermosura de su canto. Por el aire empezaron a deslizarse las primeras notas inspiradas de Federico Chopin y de las sombras surgió él ocultando algo en una de sus manos. Asió uno de los candelabros y se dirigió hacia “ella”. La luz aumentaba su resplandor, su emoción, hasta hacerla física, palpable. Marcos esperaba ansioso en esa incertidumbre placentera que ya adivinaba desde los primeros pasos que bajó para encontrarse con su destino.
• Veré si ahora eres mi Cenicienta –sentenció arrodillándose ante “ella” con emoción.
Tomó uno de sus pies y lo acarició suavemente, casi con fervor. Lo descansó sobre su mano contemplando la belleza perfecta de aquel pie pequeño, grácil y estilizado y se inclinó para besarlo con pasión ante el rubor de Marcos, que no sabía muy bien qué hacer fuera del placer que estaba sintiendo por la devoción que le rendía. Como el mago que quita un conejo de su chistera, él sacó unos estilizados zapatos de tacón de aguja. Tenían un tacón infinito y afilado como un estilete, y unas cintas de cuero negro estratégicamente situadas que desnudaban la belleza del pie. Con el apasionamiento de un fetichista que no tiene prisa por ver el punto final, sino que disfruta de cada paso como antesala del siguiente, fue engarzando primero un pie y luego otro, hasta coronar a la reina. Después, reclinado como estaba, tendió de nuevo la mano para que se alzase su creación, que desde las alturas lo contempla aturdido y absorto por todo lo que estaba pasando.
• Efectivamente –concluyo aún en el suelo-, eres mi Cenicienta. ¡Pero aún te falta la corona!
Diciendo esto se levantó y se dirigió hacia su sitio. Allí cogió un estuche negro y volvió con la misma emoción que antes al lado de su amada. Haciendo una leve inclinación de cabeza se lo acercó hacia sus temblorosas manos.
• La única lágrima que te haré derramar.
Con el estremecimiento de su emoción abrió el estuche de charol negro. Ante su corazón apareció una lágrima de diamante a juego con dos pendientes. El sortilegio de sus destellos llegó a sus ojos, que se abrieron a las lágrimas que mansamente, y de un modo incontrolado, hicieron su aparición.
• ¡Es precioso! –susurro emocionada-. ¡Demasiado bonito…! ¡Dios, ya estoy llorando! Vas a hacer que se me corra el rímel.
• ¡Te lo mereces, mi reina!
• No creo, Abel… Todo es tan precipitado –razonó con timidez-. No hace ni un día que nos conocemos.
• No pienses en el tiempo. Si es eso lo que te preocupa, te llevo buscando años y años. Así que, no pienses así, Diana –dijo subrayando su nombre ante la complacencia de Marcos-. Yo lo estoy viviendo de esa manera. No voy más allá de lo que siento. Y ahora que te veo, ¡tan bonita!: aún estoy muy lejos de todo lo que te mereces. ¡De verdad!: Eres especial. Y no he dejado de sentirlo desde que te vi. ¡Y no veas cómo lo siento ahora que todo se confirma! –concluyó en un tono casi enfermizo y arrobado por la pasión-. ¡Ahora, veo lo que soñé!
• Abel, estamos dando pasos de gigante.
• Bueno, la historia es así. Sé que no es una historia normal –continuó mientras tomaba la cadena con el diamante y se situaba a su espalda- de chico conoce a chica. ¡Pero no me tomes por loco! Esas ya las tuve. Ya sé cómo son y no las quiero. ¡He besado a muchas princesas! –resolvió con ironía-. Todas al final eran sapos. Sapos amargos que cuando no buscaban modelarte con lo que habían soñado de niñas –abrochó la cadena y tomó uno de los pendientes-, competían por destronarte. Esta historia es distinta, Diana. Ahora es el sapo el que se convierte en princesa –cogió el otro pendiente-. Y la princesa reina –dijo dándole un beso en la nuca- Y yo quiero hacer de ti una princesa. ¡Déjame crearte! Deja que haga lo que eres.
• ¿Y si no es lo que deseo, Abel? Si yo no soy esa mujer que tu buscas. Si soy otra, o, sencillamente, no lo soy.
• ¡Déjame a mí! Déjame intentarlo, ¡por favor! No sabes la cantidad de veces que he soñado contigo sin conocerte. ¡La cantidad de pajas que me he tirado a tu costa! ¡Joder! –protestó con amargura-, has estado conmigo desde siempre. Y lo descubrí cuando te miré. Lo vi en ti, no en otras. Y no nos va tan mal, ¿no te parece?
• ¡Pero, Abel, no todos los días serán así! –repuso como intentando hacerlo entrar en razón-. No tendremos esta música que nos acompañe, ni estaremos rodeados por toda esta hermosura, ni tú estarás tan guapo ni yo tan bonit… bonita. Ni tampoco estaremos solos como hoy. Esto es un sueño. Pero el final de los sueños es que uno siempre termina por despertarse.
• ¡No me importa, Diana! Recuerda que te recogí en la noche y en la basura. Estoy preparado para todo. Tenemos un mes para mamarlo. Para ver cómo se está en este cielo y cómo se está en ese despertar que tú dices. Créeme. ¡De verdad que no me importa!
• ¡No digas que no te importa! –interrumpió enfadada-. ¡Ahora y aquí no te importa! ¿Pero después…? Piensa que el amor es exigente. Yo exigiré, y exigiré todo. ¿Entiendes?
• Te entiendo. Claro que te entiendo. Pero si estamos los dos todo será más fácil de superar. Yo ya no soy el mismo. No me siento el mismo desde que te conozco, Diana. Soy otro. Ya sé que la gente no cambia, pero este que está aquí, es el que te estaba esperando. Desde que encontré, soy otro. No es que cambiará. ¡No me mires con esa cara! No es eso. Cuando te soñé, también me soñé… Es como… como si al haber encontrado lo que siempre imaginé ya no necesite más la persona que fui… y si al que me gustaría ser.
• ¡Cómo se ve que no lo has pasado, Abel! ¡Cómo se ve que no has pasado ni la mitad de lo que yo he sufrido y sufro! ¿Irás conmigo de la mano por la calle? ¿Me presentarás a tus padres, a tus amigos…? ¿Iremos juntos a las bodas que nos inviten? O nada de eso ocurrirá y nos tendremos que conformar con cuatro paredes en las que ser libre. Di. ¡Contesta!
• …
• ¡No sabes qué decir! Pues yo lo sé, cariño, yo sí lo sé… ¿Sabes?, llevo mucho tiempo padeciendo, currándome mi libertad como para encerrarme entre cuatro paredes, aunque sean de cuento como estas.
• Aprenderé.¡Te juro que aprenderé! Mi felicidad es la tuya. ¡Créeme! Después, todo esto –afirmó señalando toda la estancia- es para que veas lo que eres para mí. Pero sé que despertaremos; pero cuando eso ocurra: quiero estar a tu lado –dijo abrazándola y comenzando a susurrar emocionado-. Si ocurre lo que yo quiero, no deseo perderme ningún día, ninguna noche. ¡Te amo!
• ¿Pero cómo puedes decir eso? No hace ni veinticuatro horas que nos conocemos. ¿Cómo puedes decir eso…?
• Porque eso es lo que siento, Diana –repuso extrañado y con un leve enfado de que no se viera una verdad para él tan evidente-. Te llevo soñando toda la vida; y ahora que estoy despierto, siento que sigo en el sueño. ¿Comprendes?
• ¡No digas eso, Abel, por favor! –imploró-. No digas eso porque me creeré la belleza que me das, me creeré ese amor y me ataré hasta la muerte.
• Ahí estaremos –la interrumpió.
• ¡Déjame continuar, por favor! ¿Sabes lo que más temo?
• No. Dime.
• No es ser cómo soy, eso ni lo puedo evitar. Lo que más temo es al amor. ¡Amo tanto –señalo con tristeza-, que creo que moriría de amor! Temo al amor, porque es lo que más deseo. Y desde siempre, desde niño, sé que amar, para nosotros, es todo menos fácil.
• No tienes porque temer: yo te amo.
• ¿Pero estarás preparado para mi amor? ¿Estás preparado para darme lo que mi amor te exija? Mira que está guardado y saldrá como un toro de los chiqueros: dispuesto a matar o a morir. A matar o a morir, ¿lo entiendes?
• No tengas pena. Se lo que quiero y te quiero a ti. ¡Deja que te cree y vivirás!
• ¿Y si no?
• No te dejaré morir, porque yo me moriría –contestó con determinación-. ¡Me moriría! ¿Lo ves ahora…? No soy el de ayer. Soy el de hoy… soy tuyo…-afirmó al borde del llanto-. Soy tuyo…
Ya no respondió, se reclinó hacia él, dejándose cubrir por su poderosa musculatura que seguía en ese abrazo temperamental. Elevó la cabeza buscando ese beso que ahora presentía abrasador. Sus manos se deslizaron por su piel, cubriendo todo su rastro mientras la giraba lentamente hasta inclinarse para fundir sus labios. Su lengua avasalladora cruzó impulsivamente buscando el cálido abrazo. Marcos se sintió atropellado por su pasión, pero arrastrado también por ella. Se cimbreó ante sus caricias, mientras sus lenguas empapadas continuaban acariciando con frenesí los primeros jugos de su entrega.
Había algo que los ataba, que renunciaba a la separación. Cada caricia, ese beso prolongado y húmedo, era la maroma que los anclaba en ese puerto después de mucho errar. En ese momento en que sus cuerpos se unían eran la estampa de la serenidad, de la pasión elegante; pero a la vez, sus manos, sus pulsiones, revelaban una capa primitiva, de fiereza arcaica y primaria que los encadenaba con porfía a sus sueños, pudiendo llegar a tejer, por esa pasión, auténticas pesadillas.
Ahora eran la algaba donde comenzaban a crecer, entre la espesura de sus turbios abrazos, una nueva savia que los vigorizaba, deseando descubrir entre sus claros algo que aseverarse que sus palabras de amor echarían las raíces con las que fundar esa ventura. Sus besos era agrestes, con ese sabor de macho bravo que describía el tacto de sus manos sobre los hachazos de su musculatura. Su lengua llenaba su boca sublimando con su tacto un goce inaudito. Era una curiosa mezcla de delicadeza y tosquedad. Sus deseos seguían los telúricos caminos de un semental violento que nunca se había frenado ante nada. Sin embargo, su amor paseaba por otros contornos. No eran sus besos imperiosos, tampoco sus caricias vigorosas, sino ese abrazo tierno en el que la mantenía, ese cubrirla con la seguridad de su robustez despejando cualquier temor que asomara. Incluso la violencia de su entrega, le hablaba de un amor tan infinito como para postrarse a los pies de su cazadora, de su diosa Diana. Era tal su intensidad que en aquel momento Marcos no dudó que si muriera en ese instante, él seguiría con su mismo empeño sumergido en una necrolatría que lo acompañaría hasta la tumba.
Así era el embrujo que los sostenía en vida.
Sus organismos se templaron al calor de sus emociones. Su virilidad disfrazada presionaba contra el encaje negro de sus bragas; pero también sentía contra sus carnes la fiereza de una entrepierna que se figuraba monumental. Aquel hierro candente llamaba sin pudor a su aliento, imponiendo una dureza que traspasaba las entretelas de sus atuendos. Sus manos, igual que las de él, aún viajaban por su espalda, por su torso, por sus brazos, sin aventurarse todavía a cruzar la frontera. Pero allí estaba, con esa impertinencia que pocas veces había visto, aunque cuando las disfrutó fue para que se quedaran grabadas a fuego en su memoria y fisonomía.
Durante esos minutos, que se les hicieron cortos, sus besos siguieron llenando los resquicios de su abnegado abrazo. Los platos esperaban fríos, pero sus bocas seguían fondeadas en la calidez de esas apretadas incursiones, en las que sus lenguas no paraban de perseguir el único alimento que necesitaban.
En momentos de reposo, pegaban sus cuerpos hasta acompasar sus exaltados resuellos, llegando a una serenidad que les hablaba de tú a tú sobre la felicidad que vivían. Después, sin que hubiera una señal aparente, una simple caricia, el aroma perdido de su piel silvestre, la sutil sumisión de un parpadeo lánguido… volvía a abrir esa espita que unía sus hechuras en la fogosidad de ese amor tejido por ósculos tempranos que recién se habían encontrado. No volvieron a decir “te amo”, de seguros como estaban de que esa noche conjugarían todos sus tiempos.
Y comenzaron a hacer el amor.
Sintieron en cada uno de los gestos de aquella primera cena, la entrega de dos que se aman. Era un amor morboso, casi enfermizo en la urgencia con que se trazaba. Sus dibujos retorcidos tenían en el mismo encaje la pureza de este sentimiento, con la turbiedad que la singularidad añadía al trenzado. Sin embargo, era el único amor que habían descubierto desde su reciente encuentro. Uno y otro, temiéndolo, lo habían soñado, anhelado, encontrado… Cuando su mano, con sentida elegancia, lo situó en la presidencia de la mesa, tuvo, en ese leve roce, el mismo sabor de las mil caricias que consumen el arrebato de una noche; cuando su mirada, presa de modo inexorable, volvía a revivir entre los vapores del brindis, percibió, en ese instante, la erupción que se produce en el colapso del amor; cuando las palabras salvaban la larga mesa chippendale, llegaban a sus oídos con la misma melodía musitada que obliga la cercanía de dos hombres amándose; incluso las risas, revoloteaban como palomas espantadas hasta sentir ese aleteo vibrando en la boca del estómago, en las cavidades de un corazón temeroso por lo que había encontrado.
La cena, con la calma de estar disfrutando cada momento, se extendió por el espacio de cuatro horas. Cada uno de los manjares rimaba con ese momento en que la gloria tenía las exageradas medidas de una mesa chippendale puesta en los límites imprecisos de la penumbra que mimaba el encuentro. Las burbujas del cava siguieron regando sus lenguas avivadas, hasta confundirlos y sentir que esa negritud que los rodeaba no era ya amenazante, pues estando juntos nada había que temer de ese exterior que sabían amenazante. Con la razón nublada, vivieron aquel momento como un siempre que se agrandaba vadeando miradas de oprobio, escalando la vileza de lenguas envenenadas, planeando sobre el odio de puños irracionales… Todo era tan minúsculo al lado de ese amor que sentían, que a fuerza de vivirlo, en esos breves instantes que aún llevaban, toda aquella mierda muda que temían había desaparecido; no sólo ahora, en ese momento, sino que habían conjurado y vencido cualquier futuro por sombrío que éste fuera.
Se acercó con la copa de cava para el último brindis de la noche. “Ella” se levantó con distinción, ya imbuida no sólo por las ropas, sino por el espíritu que él había exorcizado durante la cena. Cruzaron sus brazos y acercaron sus labios con sensualidad al fino borde de la copa, y tras derramar por sus gargantas la alegría de las burbujas, apagaron la sed que los había convocado, en un beso largo y candente como las llamas de las velas que irradiaban de caricias la estancia.
La tomó entre sus brazos como si fuera un ramo, mientras “ella” se abrazaba a su robusto cuello y depositaba tiernos besos en el aroma viril de su piel. Se miraron durante unos segundos y sin decirse nada más, avanzaron con paso seguro sumergiéndose en las tinieblas que iban a iluminar. Los restos de la cena quedaron huérfanos, desprovistos de la hermosura que hasta hace nada embriagaba. Al fondo, sus pasos firmes se perdían por las escaleras, alejándose. El eco de aquellos pasos que se retiraban se fueron filtrando por toda la casa hasta hacerla latir, hasta llenar toda aquella oscuridad de vida. Era lo único que brillaba como fuego en aquella casa.
Llegaron al dormitorio, y como recién casados, abrió la puerta y antes de dar el paso que seguiría a otros, volvieron sus labios a juntarse con esa ternura enfermiza que habían alimentado en esas pocas horas en las que su amor germinó para estallar en una primavera rauda. Repleto de orgullo, traspasó el umbral de la puerta y con suma delicadeza la tendió sobre la mullida cama.
Aunque no era la primera vez, ni sería la última, Marcos sintió que aquello que iba a comenzar, nunca lo había hecho. Su alma sensible se empapó también de un nerviosismo tonto que le hacía perder el norte. Por primera vez en muchos años, todo se agolpaba en un torbellino caótico que le impedía dar el primer paso, y con éste, los siguientes. Descubrió su sonrisa, y se tranquilizó momentáneamente, y en la calidez de aquel jardín exagerado, de aquel lecho de rosas y ridículas puntillas, notó que no era falsa esa impresión de príncipe que ahora emborrachaba su mirada. Y se sintió deseada, se sintió mujer por primera vez en su vida, en su mirada no había lugar a dudas y él sintió lo que veía en aquellos ojos encendidos.
La mirada creó a la mujer hasta tallarla, hasta que ninguna esquirla desluciese ese sueño que ya se había instalado en su temerosa razón. Se vio, ya esclava de ese sentir, como un nuevo ser. Y aquel lecho fue la cuna de la nueva criatura que nacía tras el letargo de una pesadilla, en la que su forja de hombre había sojuzgado ese sentirse que ahora afloraba triunfante.
Abel aflojó la pajarita y su cuello fornido pareció engrandecerse al desabrochar el botón. De nuevo sonrió, pero las últimas chispas de esa risa iban resplandeciendo con los colores de un sueño que ahora lo esperaba en todo su encanto. Se inclinó levemente y aquellos brazos femeninos y torneados salieron a su encuentro. Se acunó en su cauce que manso lo recibía, acariciando con delicadeza su ancha espalda, mientras su agitada respiración daba cuenta de la tormenta que estallaba en su herido interior.
• ¿Estás nerviosa? –dijo susurrándole al oído-. No tienes porqué estarlo.
• Ya lo sé, mi vida; pero no sé qué me pasa. No puedo evitarlo. Todo esto, y no te rías –añadió fingiendo un enfado-, es nuevo, muy nuevo para mí. Es como si fuera la primera vez.
• Ya… Entiendo. En ese caso: también es mi primera vez. Si te soy sincero, nunca lo hice amando tanto a nadie como te amo a ti.
Aquello destruyó sus últimas defensas. Un aleteo de mariposas recorrió su sentir al tiempo que él hacía su declaración. Le depositó un beso tierno, que la timidez de su rubor le impidió mirar la avidez de sus ojos; pero no así sentir la avasalladora presencia de su virilidad que pugnaba en fuerza con la suya.
• Entonces, si es por eso: creo que también es mi primera vez –dijo con la seguridad que aquella noche envenenada había puesto en su corazón-. Es mi estreno en el amor.
• Mejor así. Nos inauguramos los dos a un tiempo; aunque también es la primera vez que estoy con una “mujer” como tú. El mío es un estreno por partida doble. ¡Ja, ja, ja, ja!
• Ya –respondió acariciándole el rostro que por un breve instante se había empañado de temor-. Piensa que soy tu creación. Yo tampoco nunca había estado así; ¿y sabes?: Me siento bien. No sé si es todo; pero ahora, no quiero ser más que lo que soy: ¡tuya!
• ¡Joder, qué bonita eres!
• Me has hecho así…
Año tras año, con muda obstinación, su fantasía había elaborado la esencia de esa mujer, que sus noches cálidas y sus sueños húmedos habían puesto a macerar con la esperanza de que algún día esa idea tomara cuerpo. Alguna vez, sus ánimos había decaído. En esas mazmorras, llegaba a preguntarse si realmente ese ser existía, o si había que tomar ese anhelo como un signo patente de su afectado antojo. El amor tampoco lo había ayudado mucho. Nunca llegó a él completo; parecía que, en el fondo, aquel loco sentimiento que era capaz de mover montañas, le hubiese llegado a él con un espíritu rebelde y hasta burlón. Era un amor cicatero, cubierto de bellas palabras sobre figuras y semblantes que ni en lo recóndito escondían lo que él ambicionaba. Esta dispersión de virtudes, le hizo pensar que quizá lo que él buscaba comenzara primeramente por una sustracción para finiquitar en una consoladora suma. Esa mujer, su mujer, estaría conformada por los ojos de una Clara, por el cabello azabache de una Laura, por los labios finos y ligeramente carnales de una Lourdes, por los pómulos sonrosados y torneados de Aurora; y así, parte por parte, todas las hembras que por su macho habían pasado. Lo mismo ocurría con el espíritu que daría anima a esa construcción. Nuevamente, el secuestro era la única vía de lograr ese aliento femenino que él codiciaba y que su dominante virilidad puliría debidamente. Ninguna de ellas reunía en su individualidad todos los atributos de su pesquisa; y aún ni en conjunto, llevado por la generosidad, la suma llegaba al resultado apetecido. Nunca, ni en la más absoluta desesperación, se le pasó por su cabeza que la suma de todas esas virtudes estuviese atrapada en la complexión de un macho femeninamente arrebatador. Por eso, aún se sorprendió ligeramente cuando su maciza mano paseó por la suave seda de su rostro de porcelana. Pero ahí estaba: su sueño hecho carne.
Sus dedos se pararon en los labios humedecidos por besos recientes. Marcos los besó delicadamente, llenando de esa ternura que Abel nunca había encontrado, cada vaporosa reunión. Sus ojos volvieron a sonreír agradecidos, emocionados al ver como su sueño no se convertía en sal amarga al mínimo toque. En su vida, Abel, sabía del sabor del placer; pero invariablemente, éste siempre venía acompañado de un regusto amargo que terminaba por dejarlo insatisfecho. Para un macho de sus potencias, el calibre de lo que encontraba siempre tenía un deje miserable que lo alejaba con la misma fogosidad con la que lo había poseído.
Marcos sintió su cuerpo dolorido aprisionado por toda la fortaleza de su hombre, que seguía mimando con extrema delicadeza lo que horas antes había mancillado con saturada violencia. Aquel peso grave, de masculinidad poderosa, se expandía sobre su ser en oleadas de calor que la arrullaban de un modo delicioso, sellando en cada célula, la presencia de su dominio.
Preso de ese tacto de porcelana y de esa ternura infinita, Abel fue quitando, con la delicadeza que a esto correspondía, capa a capa al sueño que había creado. Las tiras del vaporoso vestido siguieron el destino marcado por la codicia de sus dedos, deslizándose suavemente por la piel tersa y nívea de Marcos. Cada tramo, iba escoltado por besos tiernos, que electrizaban su piel y la hacían caer en un leve desvarío que encontraba respuesta en sinuosas caricias, que seguían deambulando por la robustez de su hombre.
Su torso vendado salió a la luz bellamente vestido por un sujetador negro de encaje arrebatado. Ahora no sostenía ninguna exhuberancia, pero en el torneado pecho de Marcos, Abel avistó el futuro perfecto que alcanzarían. Sus dedos reptaron entre las copas, y cayeron en el capricho. El calado del tejido dejaba ver el juego que inició con su pezón, la pujanza que éste robó, y la exhalación exaltada que llegó para quedarse. Y aquellos labios delicados besaron su frente, que se fue alzando pausadamente, recogiendo los frutos que Marcos le daba, hasta fundirse en ese afecto candente que anunciaban. La osadía que dominaba su mano, prosiguió el contorno de su estampa, hasta el broche del sujetador, que respondiendo a la voz de su amo se abrió presto. Con igual ligereza fue deslizando la prenda hasta que ésta quedó sujeta en sus torneados brazos, saliendo después delicadamente con el orgullo de la misión cumplida. Se levantó ligeramente, y entrevió esa belleza lánguida y delicada, herida aún sin el vendaje, cubierto su resplandor con esa negrura tenue del vestido que se arremolinaba a la altura de su ombligo. La vio avergonzarse, turbarse por su mirada, y aquello, que nunca había visto, encendió más su pasión.
Era una pasión dominada por la voluptuosidad que él veía en sus ojos; pero también por ese amor que, con igual lastre, danzaba, cogido de la mano, ese baile que los llevaría por derroteros nunca explorados, pero si entrevistos con precisión.
Se fue desabrochando, con esa brusquedad que uno no olvidaba, botón tras botón. Cuando iba por el tercero, aquellas manos delicadas continuaron la labor. Sin prisas, con elegancia, fue liberando aquel volumen cincelado, terminando cada paso, con un beso delicado que agonizaba en unas caricias mansas que abrían las carnes prietas. Subió el faldón de la camisa, y por unos instantes quedó parada, viendo en aquella imagen el resumen de su macho. Pues así era él: la elegancia de unas ropas que, en su vistosidad, seguían teniendo un deje ruin, antesala de esa naturaleza tenaz, que resaltada en esos espléndidos músculos que se batían en perpetuo duelo. Tras unos instantes, perdida en esa reflexión, sus manos escalaron hacia su cuello, atrayéndolo de nuevo a sus labios mientras liberaba de su maciza constitución la chaqueta del frac.
• ¡Eres muy guapo!
• Lo sé. Es para ponerme a tu altura –contestó halagador-; sino, no me querrías.
• Te amaría igual. Sabes a macho –añadió ruborizándose por su atrevimiento.
• Es que tengo que ser muy macho para estar con una hembrita como tú. No mereces otra cosa que yo, lo mejor.
• ¿Y tú te mereces alguien como yo…?
• Te digo una cosa, Diana: Aquí el único que tiene que escalar para llegar a tu altura, soy yo.
Se abrazó a su torso, casi a punto de llorar, mientras él, con suaves caricias en sus cabellos, trataba de consolar la verdad que sus ojos veían.
• ¡No llores mi reina! Recuerda que la única lágrima que te voy a hacer derramar, ya está en tu cuello. Las demás no entran, ni como consuelo del amor.
• ¡Es demasiado bonito, Abel! Me da miedo perderme tanta belleza.
• ¡Volvemos a lo de antes! –dijo levemente enfadado-. Dejemos las palabras para cuando sean necesarias. Ahora, sobran…
Y el consuelo de su mano, bajó con fiebre hacia su espalda y la apretó más contra él, hasta hacerle sentir toda la dureza que “ella” provocaba. Él percibió como aquella unión caldeaba su frágil efigie, que sospechaba insaciable. Sus besos se depositaron en su torso esculpido mientras aquellas manos huidizas emprendían su ruta despojándolo de la camisa y aferrándose con fuerza en sus hombros. Desde allí, empezó a cimbrearse, a hacer sentir a aquel acero, la calidez de ese terciopelo herido.
Se revolcaron por la cama en ese abrazo de fuego. Estrenaron sus carnes y apetitos, retozando impúdicamente por la inocencia de aquella colcha llena de flores delicadas y ridículas puntillas, aplastando con sus ímpetus la elegancia pastosa que les rodeaba hasta sumergirla en puro lupanar.
Sus cuerpos contrastaban vivamente, aunque la imagen podía llevar a engaño. Era cierto que aquella mole exultaba masculinidad en sus desmesuradas proporciones. Era rozar aquella carne prieta y brutal, y caer irremediablemente poseído en su arrolladora potencia. Contra este vigor inaudito, no era fácil combatir, sólo una lascivia tan perra como ese amasijo de carnes podía situar la batalla a las alturas esperadas. Y Diana la tenía. En esa lánguida feminidad, custodiaba también el mimbre de una tenacidad devoradora. Su mariconeo trocaba la brutalidad asentada en Abel, por una tonificada y retorcida lascivia que no tenía límites precisos, reelaborándose a cada paso con una obscenidad más manifiesta. Esto no impedía que junto a ese puterío campara también esa ternura, que en la brusquedad de su hambre, acariciaba la fortaleza de Abel para derrumbarla entre sus piernas.
Se cruzaban mordiscos cargados de una rabia azuzada por ese espolear de sus pollas batiendo contra el ardor que cargaban sus vidas jadeantes. Sus besos húmedos se lanzaban al azar, sabiendo que encontrarían ese piel caldeada por las primeras gotas de un sudor empapado en sexo o unos labios abiertos arrasados por una sed que no se calmaba ni con largos tragos. La misma rotundidad o delicadeza, aparecían ahora ante sus manos con sinos diferentes. Esa mano presurosa y robusta se topaba, al arrasar sus carnes, con la respuesta sensible que éstas lanzaban en su vicioso contoneo, haciéndole sentir, en ese bárbaro tacto, el gemir incesante de su calentura ; del mismo modo, aquella zozobra de Diana le hacía arañar el acero templado para, en un giro sorprenderte, mimar con delicadeza esa rojez, que prolijamente descubría en el ardor que combustionaba el canibalismo del que se nutría su masculinidad.
Sus manos naufragaron en su torso vendado. Lo fue llenando de besos minúsculos que la retorcían como una hebra, así hasta llegar a las lindes del vestido que cubría el encaje de su ropa interior. Allí su pulso firme y arrebatado continuó explorando toda la riqueza del paisaje. Bajó la tela tenue, que huyó a su determinación almibarando su vista con todo lo que contemplaba. Y sus ojos reposaron en esa meseta que emprendía una empinada subida. Cubierta por una tanga de finísimo encaje y voluptuosas formas, su hierro candente manchaba con sus jugos el delicado calado, y mostraba en esa dulce cárcel, una hermosura que espoleaba instintos que él creía dormidos o inexistentes. Bajó aquella tela vaporosa que en su caída dibujaba el torneado talle de Diana, y aparecieron unas medias radiantes que iluminaban aquellas carnes formadas para atrapar machos entre la gracia de sus paredes. A su paso, iba depositando caricias y besos; pero tomando el extremo de la media, frenó repentinamente todo el arrebato que hasta allí lo había llevado. Era tan patente su pasión, que ese segundo de mudez preocupó a Marcos. Abrió los ojos y notó en su rostro una sombra de desagrado, y su corazón, que ahora latía por esa pasión exultante, galopó a negro duelo.
• ¿Qué ocurre? –preguntó sin disimular su preocupación-. ¿Qué pasa?
• No… nada –respondió saliendo de su aturdimiento-. Espera un momento.
• ¿Pero qué ocurre…?
• Tranquila. No pasa nada. –dijo saliendo rápidamente de la habitación.
Sus pasos se perdieron por el pasillo, mientras “ella” continuaba perdida en su turbación, mirándose por si encontraba en su cuerpo la huella de aquella huída. Escudriñó su belleza sin hallar respuesta, mientras ruidos difíciles de determinar hablaban de una búsqueda. Los portazos dirigieron su mirada hacia la entrada, esperando encontrar en su llegada la respuesta a esa incógnita que le carcomía el alma. Y apareció. Venía con esa sonrisa pícara, con los ojos como teas, y ocultando en su mano algo que Diana no pudo descifrar. Sin embargo, todo lo que vio le hablaba de una pasión. No sólo era esa mirada calcinante; estaba su resuello ansioso que dilataba el nervio de sus pujantes pectorales; estaba ese mango que rugía en la entrepierna, pidiendo a gritos ya la luz, para hundirse después en la caliente oscuridad que albergaba su ser tendido y entregado. Todo lo que en él veía, quemaba.
Fue un parpadeo. Un brillo frío, metálico y amenazante. Cuando mostró su rostro, el miedo recorrió todo su naturaleza alarmándolo. En su mano, una navaja de barbero con las cachas nacaradas brillaba con audacia. También llevaba una brocha y jabón de barbear, y la badana a modo de látigo; pero sólo aquella navaja amenazante llamaba su atención. Ni cuenta se dio de la mano que le tendía, no había nada que lo apartase de la amenaza que se ocultaba en aquellas cachas negras y nacaradas, que mostraban un brillo diabólico, unas aguas negras, profundas y sucias.
• ¡Cariño! –rogó con una voz trémula-. ¡Despierta…! ¡Je, je, je, je, je! No pongas esa cara. ¿Me tienes miedo?
• No –respondió sin salir de su turbación-. No, no tengo miedo… ¿Pero qué vas a hacer?
• Lo que falta para completarte –contestó rápidamente, volviendo con su mano tendida a insistir-. Sólo lo que falta para hacer de ti esa muñequita que ahora me regateas.
“Ella” alcanzó a ver la resolución del enigma. Tomó su mano, y volvió a su hechura ese contoneo gatuno que aparecía a la primera caricia. El vestido quedo tendido a sus pies, y a partir de ahí se dejo hacer.
• ¡Despelótame! –le ordenó con su voz calcinada, al tiempo que se ofrecía al ansia de aquellas manos que revivían en las caricias.
Se acercó hasta pegarse, hasta fundirse. Allí, sintiendo el calor que desprendían en esa inflamación, obró. Siguiendo el ritmo de sus respiraciones, sus manos se perdieron por la precisión explosiva de su torso hasta caer en la gravedad que anclaba su constitución. Allí, con una agilidad estricta, abrió el candado que guarecía a la fiera. Deslizándose sobre esos volúmenes, se arrodilló hasta que su cara quedó a la altura de la hebilla del cinturón. Su lengua reptó por lo único frío que allí había, hasta que sus dientes atenazaron la pieza que abría ese volcán que gruñía en su dureza. Se tiró hacia atrás arqueando su fisonomía mientras el cinturón se deslizaba en un rugido sordo hasta caer al suelo. Allí lo tomó entre sus manos y se lo puso en el cuello aferrándolo fuertemente y dándole el extremo a su amo, que lo tomó con la misma fiereza que era entregado. Volvió a su entrepierna y restregó su cara contra aquella arma de proporciones e instintos demoníacos. Comenzó a gemir como una perra al sentir el aroma de aquel sexo masculino, que aún encerrado, gritaba su poder en esas notas que llenaban ahora su olfato. Era una pieza maestra y sensible, pues un ligero contoneo se instaló para acompañar a los entrecortados gemidos que ardían en la garganta de Abel. Su lengua asomó para empapar la tela que cubría su deseo, al tiempo que sus manos liberaban, botón a botón, al animal. Se sorprendió gratamente al ver que entre “ella” y la polla sólo había el pantalón, y como ésta, al primer signo de liberación, mostró su arrogancia.
Un glande robusto y violáceo, bruñido por sus jugos, golpeó su cara, presionándola ligeramente al ritmo de sus balanceos. Al siguiente botón, comprobó el fuste de la pieza, pues el pantalón se precipitó en su caída. Aquel coloso despuntaba al techo, jugando un difícil paralelismo con su liso abdomen, pues la sobrecarga de la herramienta mantenía un pulso incierto con el orgullo de su dureza, balanceándose hipnóticamente. Era el rabo que se correspondía con un macho como él. Su piel oscura y refulgente se veía colapsada por una serie de gruesas venas que aumentaban el grosor nervudo del engendro; tras esto, y en una caída libre de unos veintidós centímetros, aquel mango tomaba asiento, o trono para ser más justos, en unos cojones desmesurados. Era tal su masculinidad, que la fortaleza de su cuerpo no llegaba a rimar del todo con el vigor que atesoraba su falo, que, con desfachatez, quitaba varios cuerpos de ventaja a su fornido acompañante. Parecía una polla a un hombre pegado, una minga parásita que recogiera toda la energía de su víctima, obligándola de este modo a reforzarse para aguantar semejante arma. Sus labios se abrieron hacia el glande que servía de parapeto de la pieza, pero en ese momento, aquellas manos grandes, que estrujaban el acero entre sus dedos, abortaron el movimiento.
• No. Todavía no es hora de jugar con la comida. ¡No me mires con esa cara de sorprendida! No te dejaré hambrienta –dijo remarcando esta última palabra-. Te deseo tanto como tú a mí… –concluyó arrodillándose ante ella e izándola-. Pero queda aún algo por hacer…
Dobló su rodilla y dejó que se situase esa estilizada pierna, enfundada en brillos morbosos, sobre el nido de hierro dulce que le ofrecía. Con la pasión de un fetichista, fue bajando suave, muy suavemente, la media que a su paso revelaba el albor de aquella piel cubierta por un vello tenue y oscuro. Al llegar a la punta, se inclinó levemente hasta que sus labios rozaron los dedos.
Sintió el aliento cálido, y un momento después la embriagadora humedad con la que se deleitaba en su chupeteo vicioso. Era un cosquilleo incontrolable y placentero, que le hacía bullir por la absoluta dedicación que él ponía. Se agarró a la puerta para no perder el equilibrio, mientras aquellas fauces deseosas continuaban lengüeteando con frenesí sus dedos hasta hacerle perder el control y comenzar a tocarse su polla aún enclaustrada entre encajes y que seguía rezumando su dulce manjar. Deslizó aquella suave rugosidad por la planta de su pie, poniendo un gesto de éxtasis que era el único que podía resguardar el deleite que le reventaba. Estuvo por espacio de unos cinco minutos, hasta posar el pie bañado en el suelo y tomar a su sucesor. Con una pasión aún más exaltada repitió gesto a gesto aquel culto, casi litúrgico, que se explayaba en una atmósfera enturbiada por los gemidos de Diana, que seguía retorciéndose de gustazo. Finalmente dejó aquella maniobra y se levantó con su turbación para ir al servicio.
Sumergió la brocha en la palangana de agua tibia. Con movimientos precisos, enjabonó la brocha hasta lograr una espuma que desbordaba fundiéndose con su mano. Con el mismo arte que tendría un pintor, extendió la espuma por la pierna, repitiendo la operación hasta cubrirla totalmente. La miró con orgullo y con la misma exigencia tomó entre sus manos la navaja barbera.
• ¡Quietecita y no temas nada!
Pasó el agudo y refulgente filo por la badana. Así estuvo como unos quince segundos hasta considerar que aquello cortaría hasta la vida. Miró su reflejo en la hoja y sonrió con cierta malicia. Con la escrupulosidad y seguridad de un fígaro, situó el cortante acero sobre la piel aterida.
Era un sonido mineral y pausado que se metía en las entrañas. Aquella caricia de hierro, moría en un canto manso pero estremecedor. El vello abandonaba su nido en un coro de sordos y seseantes rugidos metálicos, aflorando a su paso esa piel nívea enrojecida por la fricción.
Fue una operación laboriosa. Con calma, disfrutando de cada paso por el extremado placer que sentía, la navaja fue rasurando aquellas piernas hermosas en precario equilibrio por esa pasión compartida. Cada cierto tiempo, Diana, se meneaba la polla como único alivio a la incontinencia que lo apresaba. Cuando terminó, volvió a contemplar su obra mirándola con un orgullo sobrecogedor que salió a la luz erizándose toda su piel. Tras eso, acercó de nuevo su lengua y la paseó por la suavidad de ese tacto que arrebataba su sexo. Como una gran boa, aquel hombre forjado se aferró a sus piernas, dejando que fuese la lengua en su exploración quien marcara el camino. Sus manos se agarrotaban sobre esas carnes dulces, mientras su tacto húmedo hervía en aquellas lascivias que retozaban sobre esa suavidad magnética.
Fue subiendo poco a poco, atraído por los gemidos de “ella”, hasta que ese sonido acariciante se mezcló con el veneno que su sexo aromático expelía. Allí, entrecalado, seguía presa y rezumante la minga. La miró por un momento y acercó el dedo índice que se deslizó por la turgencia de una polla tan hermosa como “ella”. Era una pija proporcionada, esbelta, con una vía espermática, que engrosaba su talle, que remataba en un glande rosado y chato. A diferencia de la suya, no había ninguna vena que remarcase su fiereza; si era esto lo que querías ver, tenías que alzar la vista y mirar a esos ojos entrecerrados que gemían, en su brillo indómito, entre los espasmos de un cuerpo en perpetuo vaivén. Continuó peregrinando hasta penetrar en esa carpa que la dureza había creado. Recorrió sin prisas esos dieciséis centímetros que acariciaban unos cojones afeitados no hacía mucho. Y allí se quedó, con su aliento empapando la calidez de aquella pija que no se cansaba de acariciar.
De nuevo tomó la navaja, y siguiendo los bordes agudos de la tanga afeito aquel vello ensortijado e hirsuto hasta dibujar un coño perfecto. Bajó la tanga con suavidad y se quedó contemplando aquella minga que se balanceaba hasta terminar mirando al cielo. Con el vello cortado de esa manera, se producía un efecto curioso que el hechura de Diana no hacía sino acrecentar. Aunque la minga no dejaba dudas sobre su virilidad, su hermosura, preñada de formas dóciles, rimaba con la feminidad que aquel “coño” recortado que escoltaba la pieza. De hecho, tomó el rabo entre sus manos y lo ocultó, y aunque el efecto aumentaba varios grados, no se alejaba tanto de esa impresión que tuvo al contemplar su faena por primera vez y ver la mujer que tanto deseaba.
La miró a los ojos y Diana comprendió la rendida admiración que lo retenía, que lo hacía seguir abrazado a sus muslos, como si temiese que, roto ese lazo, el sueño que él veía en “ella” se desvaneciese después de tanto perseguirlo. Durante una hora estuvieron así, abrazados como dos amantes eternos, llenando de pequeños besos los silencios con los que su amor se expresaba.
Diana se sorprendió de los cauces por los que navegaba aquel encuentro. En ningún momento se le presentó aquella ansiedad que dominaba todas sus refriegas. De los muchos polvos que su vida había gozado, lo único que era nuevo eran los rostros y cuerpos, gran parte de ellos olvidados ya; lo demás, era invariable. Una urgencia absoluta dominaba todas sus folladas. Le gustaba ser una perra puta y sucia. Entraba a matar desde el primer segundo, consumiendo una energía indecente hasta que, llevados por la fogosidad que ella ponía en juego, era salvajemente empitonada. Tras esa caída vertiginosa, en la que su naturaleza se transformaba, llegaba a una meseta placida, donde poco lugar había para las pasiones encendidas que momentos antes anegaban de sexo toda la cama. Siempre era así, siempre. Desde que cruzaba el umbral de la habitación, sus carnes ardían en una ansiedad que sólo tenía una medicina: una buena follada. No siempre lo conseguía; pero “ella” ponía toda la carne en el asador, así hasta cocerse en un sexo tan determinante que los hombres terminaban por arder, por consumirse…
Pero hoy, ¡todo era tan distinto! Habían pasado una hora abrazados. “Ella” de pie, como si fuese una diosa, y él arrodillado; y en esa hora no habían parado de hacer el amor. Lo habían hecho con la mirada, caldeando sus pupilas en la profundidad que asomaba obscena; lo habían hecho con los besos, regando con la humedad de sus labios el ardor fiero de sus pieles; lo habían hecho con sus manos, con caricias mudas que escribían cada uno de los pasajes que aquel amor urgente tenía. La cama seguía esperándolos huérfana, pero ellos seguían haciendo el amor.
Como salido de un trance, Abel tomó aquellos muslos que no había dejado de abrazar y la alzó lentamente. Desde esa altura, dejó que su aire herido y delicado cayese mansamente por entre sus músculos recios, al tiempo que sus labios daban una húmeda bienvenida a su ama. Cuando llegó a la altura de sus labios, se fundieron en un beso profundo en el que sus lenguas se retorcían extasiadas en sus encharcadas bocas. Después tomó aquel rostro de porcelana entre sus fuertes manos y le hizo ver, en sus pupilas inflamadas, todo lo que “ella” era para él. Cuando distinguió en el reflejo la misma avaricia que él tenía, volvió a besarla con la desesperación que trae una felicidad más grande que la vida.
• ¡Dime qué me amas! –rogó con pasión-. ¡Dímelo, mi reina!
• No lo ves… –respondió jadeante y tímida-. Acaso no lo ves.
• Pero quiero escucharlo.
• Te amo, Abel.
• Pues ahora dámelo, mi vida. Quiero seguir probando a qué sabe tu amor.
La cogió en su regazo, y los pocos pasos que los separaban de la cama, los dio con solemnidad. Su polla, erizada y turgente, daba placenteros latigazos en la espalda de Diana, adelantando toda la virilidad que iba a rugir en sus entrañas. La depositó con calma sobre la mullida cama, y aquella mole colosal abrigó la aparente fragilidad de Diana. Allí tumbados, el uno contra el otro, sintieron de nuevo el ardor que los forjaba, que los unía. Deliciosas corrientes sacudían sus carnes excitadas por ese contacto que hacía de ellos carne sensible. Y aquella masculinidad que instantes antes diera muestras de ensoñada mansedumbre, se despertó furiosa.
Los gemidos aullaron desde las primeras caricias. Ahora éstas tenían un calibre distinto. Ya no acariciaban el sueño, ahora llamaban a la lujuria, horadaban el ardor de sus obscenidades, buscando entre aquellos pliegues robustos, la entrada para fundirse, o encontrando en la suavidad de sus formas delicadas el veneno que mitigaba para encender aún más la pasión que encontraba con “su mujer”.
Se enroscaban buscando aquí y allá ese todo que concentrase aquel poder de seducción que se desplegaba con tal descaro por sus contornos. Esa búsqueda los llevó a donde la sangre palpitaba con más fuerza. Ante sus ojos se abrían aquellas carnes duras y refulgentes. Irradiaban pasión, pero sabían que aquel rostro no era expósito. Todo lo que les hacía hervir, quemarse, entregarse en ese perpetuo celo que ahora estallaba violentamente, era el fruto de un amor que en menos de veinticuatro horas germinaba exultante. Lo que en el desamparo habían soñado, estaba ahora jubiloso al alcance de la mano, con una realidad tan patente que el mundo, y el futuro que éste tuviera, tenía el compromiso de sus anhelos, y éstos se hallaban para siempre tatuados en los latidos de la piel enamorada.
Diana fue la que abrió fuego. Sus labios acorazonados besaron con delicadeza la punta de aquella gloria grave que se balanceaba con cortedad. Ese beso delicado, se abrió al sabor que allí se concentraba. Tenía un gusto candente, que la lengua, en su gula, terminó de avivar con precipitadas lamidas mientras la pieza, en toda su dimensión, se hundía en aquella gruta sedienta de polla.
Los gemidos de Abel eran ahora sorprendidos. Era cierto que la había soñado, que la había recreado mil y una veces, que a estas imágenes parpadeantes de su deseo, le fue añadiendo, con el tesón de un coleccionista, cualidades que armonizasen con su esplendor; pero vivirlo, vivir un sueño, no dejaba de sorprenderle. Se retorcía de placer. Tomó la polla de Diana entre sus manos, al tiempo que su vello púbico era acariciado por la brisa húmeda y cálida de aquella “mujer” que, corneada, tomaba aliento mientras el glande reposaba en la suavidad turbia de su garganta. A la salida, aquellos labios delicados se arrastraban por su piel nervuda produciendo un suave masaje que iba ganando en intensidad con la colaboración de una lengua juguetona. El placer era unísono. Aquella verga pantagruélica no veía la luz del día, sino que seguía sumergida en la gula con la que se aireaba el anhelo. El trayecto final, era un repaso detenido a ese capullo violáceo que, víctima de esa fricción, se ruborizaba. La lengua exploraba impúdica todos los recovecos de esa fortaleza. Su punta, aguda y penetrante, se hundía en el meato como perro que busca presa para después, presa de la excitación, buscar otras entradas para la madriguera recorriendo frenética el contorno granujiento del capullo antes de volverse a hundir en las profundidades de la tranca con igual avidez.
La mamada tenía un ritmo preciso, guiado por el más puro instinto. Todo lo aprendido entraba en juego. A esa combinación prodigiosa se sumaban sus manos que magreaban aquellos cojones altaneros y robustos, hundiéndose, cada vez con más descaro, en el camino que llevaba a su ano virgen. Abel estaba preso de la excitación, rugiendo y moviéndose como un poseso, llevado por esa voracidad que, a fin de cuentas, había llevado a todos los que habían disfrutado de ella a encularla ferozmente. Él le follaba la boca sin desprenderse su mano de aquella polla que masajeaba nerviosamente, recluso como estaba de su puta excitación. Pero lo magistral era la sabiduría con la que combinaba los ritmos de aquel placer. Había momentos en que el camino era lento y tortuoso. En esa extrema y lujuriosa lentitud, Abel era consciente de cada uno de los resortes que pulsaba aquella maestra; después, cuando creías que todo seguiría igual, un giro sorprendente precipitaba la mamada a una cadencia explosiva. Allí, aquel tragar frenético se combinaba con paradas bruscas en las que aquel pedazo de carne sabrosa era degustado con el detalle que su gula ilimitada ponía en ello.
Era increíble su voracidad. Cuando sus labios reposaban en el mullido colchón de su vello, las contracciones de su garganta se transmitían con claridad absoluta a la polla, sorprendiéndose Abel de que aquel esfuerzo aún no fuera el límite de su lascivia. Allí, sus labios ya frenados por la reciedumbre de sus abdominales, seguían luchando obstinadamente en tragar más y más carne dura, haciendo verdaderos esfuerzos por comer aquellos cojones bien plantados que seguían disfrutando del manoseo.
Ella no tomaba aliento, tomaba polla.
Cuando finalmente paró fue para desalojar de su garganta un gemido intenso y profundo que le estallaba en el cuerpo. Iba a retomar la faena, cuando fue “ella” la que sintió el abrazo húmedo. Se paró y contempló como su rostro aún cegado del placer, tomaba su carne con cierta temeridad del que no sabe qué hacer.
Aquel rostro viril que la había asustado, le traía ahora brillos complicidad. Entendía ese momento, aunque no lo hubiese vivido nunca. Y sentía en aquel abrazo torpe, un candor que tampoco había vivido. Un hombre como él, que había soñado con porfía la mujer ideal, se encontraba que su sueño, venía provisto de un hierro candente y palpitante que ahora él encharcaba. Pero no lo hacía mal. El recuerdo de su placer le hacía repetir como un reflejo lo que momentos antes había gozado como una maricona. Así, su lengua avasalladora, nada hecha a sutilezas, violó con apetito la belleza de aquellos dieciséis centímetros. Aún así, al llegar al fondo, de la pieza, se atragantó y abrió sus ojos desorbitados, encontrándose con la mirada rendida de Diana que, en su placer, agradecía su esfuerzo. Como una lección muda, “ella” comenzó a deslizar su lengua rugosa por talle nervudo de la verga. Al momento él, venciendo ese placer inaudito, hizo otro tanto. Cada una de las lecciones que Diana impartía tenía su contrapunto perfecto en esa torpeza que iba tomando brío llevada por el placer no sólo de recibir, sino también de dar.
Momentos después, ya liberados, dejaron que fueran sus apetencias las que colmaran sus acciones. Diana jugueteaba con esos cojones prietos e inabarcables, metiéndolos en la boca alternativamente para volver al cipote que seguía incendiando sus carnes. Abel, exploraba ahora ese culo seductor que iba ser la tumba placentera de su tranca.
Se admiraba de su belleza, de esas nalgas torneadas y níveas que guardaban por unos instantes las marcas de su impudicia, de esa raja profunda y carnal que, intrincada, terminaba su recorrido en un ano lustroso. Acercó su rostro hasta hundirlo en aquella masa apetitosa. Respiró profundamente, y su olfato se abarrotó de todo lo que “ella” era. Era el aroma de su sexo dulce, pero también de su ano que concentraba una frescura que él ignoraba que esa parte poseyera. Tras eso, separó sus nalgas y examinó aquella rosa que respondía al más ligero movimiento adaptándose con flexibilidad a esos magreos tempranos. Con curiosidad, acercó el dedo índice a las puertas de esa morada que se adivinaba acogedora.
Tenía un brillo obsceno e inocente a la vez. Si la miraba con su deseo, era la lubricidad de su naturaleza la que se presentaba augurando placeres salvajes entre sus carnes; sin embargo, si era el amor el que posaba su contemplación, le recordaba ese rubor inocente que a veces arrestaba la pureza de su piel, regalándole a Diana un carmín encendido que predicaba su turbación. Sin pensarlo más introdujo su dedo. Como unos labios acogedores, su ano rodeaba sensible y manso aquel apéndice que iba profundizando más y más, mientras veía asombrado como el sonrojo avanzaba imbatible por su dedo que era acariciado por aquellas paredes. Aquel descubrimiento alojó repentinamente en Abel una lascivia inaplazable, y mientras “ella” continuaba comiendo su polla, él dijo las palabras mágicas que abrían aquel tesoro.
• ¡Quiero metértela! –aseveró con pasión-. ¡Quiero follarte ya!
“Ella” lo miró desencajada, pues lo que siempre quería y ahora no echaba de menos, estaba allí para marcar sus carnes. Se sentó sobre la cama y abrió sus brazos intentando abarcar aquella magnitud esculpida en un intento de hacerle comprender que era suyo, que podía hacer con él lo que quisiera, pues todo, era lo que “ella” quería. Ahora entendía que, cuando uno ama y desea, no hay más límite que avanzar, que llenar los momentos, pues en cada uno de ellos se descubre al otro tanto como a ti mismo. Él, como si huyera de algo y aquella fuera su única guarida, se arrodilló ante ella y se abrazaron en intento por fundirse el uno en el otro.
• ¡Quiero follarte, mi amor! –repitió con una tierna calentura-. Quiero hundir ahí mi nabo. Hacerte rugir de placer y correrme como un cabrón de lo buena que estás.
• ¡Lo estoy deseando! –coreó “ella” contagiada por la misma enfermedad-. ¡No me pide otra cosa el cuerpo que tú leche!
• ¡Que linda eres, coño!
• Soy tuya ya… y quiero sentirlo también.
Y aquella mole, exultante y ardiente, comenzó a temblar de sensualidad. Tenía tantas expectativas, que todas las quería ya, y en sus ojos, aparte de la fiera impudicia, había también la incertidumbre de cómo empezar. No sabía, pese a todo lo que se había imaginado cada vez que pegaba a un maricón, cómo ponerla ni cómo ponerse. Su mazo golpeaba al aire, como humeándolo, y su cara fiera y violácea parecía, en el rubor de su excitación, enfadarse.
• ¿Tienes lubricante?
• ¿Lubriqué…?
• Lubricante, mi amor.
• ¡No, joder! –respondió atemorizado, como si con aquello la noche tuviera su fin-. No lo tengo.
• No tienes nada… una crema, un aceite. ¿Algo?
• No. Creo que no. ¡No joder!
• Es que tienes una polla muy grande. Y aunque he tragado de todo, la tuya es de alta graduación –añadió con picardía-. Y necesito lubricarme. No es una vagina, ¿sabes?
• Ya.
• Hay una cosa que puedes hacer. Puede que cuando te lo diga te sorprenda, pero es riquísimo y muy, muy placentero.
• Dime –respondió el ansioso-. Tú dime, mi reina.
• Te has comido coños, ¿verdad?
• Claro… –contestó sin tener muy claro por dónde iban los tiros-. ¡Claro que me los he comido!
• Pues es que me comas el culo. ¡No, je, je, je, perdona! –rectificó ella con rapidez-. ¡Qué cara pusiste…! Es que me lo chupes.
• ¡Je, je, je, je!
• Bueno. ¡Por lo menos ríes! Confía en mí, es muy excitante. Quítale el sabor a pescado…
• ¡Y ponle el de mierda…! –se apresuró a decir.
• No. ¡Je, je, je, je, je! No. Por eso puedes estar tranquilo: sabe a mí.
• Ya. Era una broma. Ya estuve por ahí… y me gustó.
• A mí también.
Diana se dio la vuelta con picardía y puso el culo en pompa. Ahora, estaba más tentadora que nunca. Sus nalgas, torneadas por naturaleza, mostraban una tersura única, labrada con el único propósito de ser tumba de rabos avariciosos. Un eje suave abría sus nalgas mostrando una raja que iniciaba su caída con un bochorno desvaído hasta alcanzar la canícula de ese epicentro origen de gozosos terremotos.
Atraído por esa imagen, y no por el “deber” que habían pactado se acercó. Su ano marcaba un antes y un después. Su escroto se iniciaba abombándose a escasos centímetros para caer con el lastre de sus cojones y mostrar, tras ese velo carnal, la belleza de su polla.
Su aliento ya acariciaba la humedad obscena de su gruta. Antes del beso, su mano magreó con gusto los cojones, haciendo que Diana se retorciera de placer. Tras eso, ordeñó su polla, al tiempo que su lengua retozaba por las lindes de aquel rubor encendido. Con movimientos cortos pajeaba a Diana; mientras, por su gusto, partía para conquistar ese sabor a carne, así hasta que esa lengua, que tapizaba antes el mango de Diana, comenzó a reptar complacida por su ano.
Ahora sus gemidos eran una celebración voluptuosa de todo su ser. Allí, entendió Abel, se hallaba el tesoro de aquella mujer. Con mayor brío, su lengua se deslizaba por esa carne sensible que se abría a sus bocanadas desperdigando el sabor ardiente y único de su sentir. Al rato, ya no le bastaba la lengua. Excitado por su sabor, por las respuestas que Diana catapultaba con su cuerpo, persistió en el meneo delirante del rabo al tiempo que sus dientes mordían aquellas carnes libres. Le excitó ver cómo aquella flor, antes cerrada, se abría a sus libaciones del mismo modo que una flor se abre a la cópula de una abeja. Su lengua, imperiosa como todo él, fue sumergiéndose entre las encharcadas carnes, tomando de esta suavidad todos sus jugos que venían repletos de “ella”, de sus agitadas sacudidas. Era tal la flexibilidad y vida de aquel encanto que limpiamente su lengua traspasó, para su sorpresa, el umbral hundiéndose entre aquellas paredes que no dejaban de acariciarle gratamente.
Al rato perdió el equilibrio. Ninguna cordura quedaba ya entre sus hermosas carnes. Sus soterrados jadeos se apelotonaban en la garganta, cegándose unos a otros. Como siempre le ocurría, en ese momento no era “ella”. Su natural sentir, de por sí suave, mostraba una faz atrabiliaria, como el envés de una moneda que sorprende después de haber conocido el apacible anverso. Era tal el gozo, que el orgasmo conquistaba su mente antes de que una sola gota de semen cruzase por su glande. Mil agujas sacudían sus entrañas; y si no fuera por el fardo que siempre soportaba, esa naturaleza colérica, que hacía gala sólo en estas ocasiones, le pedía encabritarse.
Literalmente, su vida estallaba en millones en millones de partículas desenvueltas, cargadas de una energía radiante que la hacían morir de gozo para renacer y volver a esa muerte dulce, en oleadas sucesivas, hasta que una sorna exaltada iba ganando una serenidad gris que la dejaba mortalmente herida.
Ahora, sentía como sus cojones ardían, como aquella mano vigorosa seguía con su menear corto y delirante, mientras su lengua violaba sus entrañas enviando placenteros impulsos que se sumaban a ese todo que la consumía.
Se balanceó violentamente a lo ancho de aquel jardín ridículo que ornaba la colcha. Zarandeada por mil latigazos, su garganta se hizo eco del rugido de su espíritu. A velocidad de vértigo, sus músculos se relajaban y tensaban, mientras por su columna se arrojaba millones de calambres placenteros que hacían galopar su corazón. Abel notó con claridad esas contracciones que apretaban exquisitamente su lengua que aún exploraba la interioridad de su placer; notó también, cómo aquella polla preciosa se abultaba en trémulos impulsos dando paso al fruto de sus ganas.
Salvajemente aumentó el aliento de sus meneos, tratando de exprimir un placer que ya era inmenso. Sus gritos se hicieron histéricos, agudos como el filo de una navaja, tan penetrantes que el alma de aquel momento entró por sus labios hasta confundirse en su sangre. En un último impulso, en ese orgasmo que estaban compartiendo, su mano se cerró en un abrazó fuerte sobre su glande. El calor de su lefa se estrelló contra los minúsculos surcos de sus huellas. Latigazos precisos y continuos, fueron sembrando aquel páramo seco de aquellos frutos que, ahora que los recibía, excitaban aún más su libido ya espoleada por esa corrida que se hallaba en su clímax.
Su lefa viva quemaba la palma de su mano, hasta que la última gota terminó con aquel bautizo y aquel semen abundante y efervescente buscó la salida de esa cárcel. Deshizo su abrazo correoso y “ella” cayó presa de convulsiones sobre el jardín. Allí, entre resuellos apremiantes, buscó el aliento que le devolviese la cordura. Mientras, Abel, en todo su esplendor contemplaba absorto como la leche de polla se escurría por su antebrazo. Tenía una caída mansa que contrastaba con la violencia de su parto. Aperlado, con ese brillo lúbrico que tenía todo lo relacionado con “ella”, dibuja un rastro sinuoso por su tensa musculatura. Hipnotizado por su rumbo y brillo, acercó esa lengua dominante, aún colmada de sus jugos, y la deslizo lenta, muy, pero muy lentamente, por ese rastro de su desbordante virilidad. Su gusto alcanzó su sentido. Era ligeramente acre, seco, hasta que en su huída dejaba notas de la dulzura de su dueña. Así, fue haciendo suyas, ante la mirada complaciente de Diana al ver su rostro turbado por el placer, las huellas de su candente feminidad.
Abrió la palma de su mano con un movimiento sinuoso y caldeado. Toda ella brillaba con la turbiedad nacarada de la lefa que parecía hervir. El calor de aquel fruto se traspasó a su rostro hasta reventar la voluptuosidad que había germinado. Y aquella mano, llena de fortaleza, tomó lo más regio de su temple. Con delectación empapó de semen esa tranca gloriosa que, en su sensibilidad, se balanceaba repitiendo la tensión de su belleza viril y labrada. Los calores de su verga refulgieron aumentando la sed de la pieza. El glande enrojecido mostraba la firmeza voraz de su sofoco. Con los restos de semen que aún quedaban, su lengua recorrió con fruición todos los resquicios que se prendían con terquedad en aquella mano gigantesca. La lefa reposaba en la punta de su lengua antes de hundirse en un apetito que se adivinaba ávido por el ansia de aquellas lamidas.
“Ella” seguía turbada. No sólo era la marea del orgasmo la que la sumía en una extenuación placentera, eran también las oleadas que empapaban sus pupilas con aquella hombría desaforada que anunciaba el rugir profundo que regodearían sus carnes. Por primera vez, aquel sopor en el que siempre se instalaba, naufragó entre las fauces de su macho. Saltó sobre “ella” hurtándole un beso a mordiscos y desvalijándole esa lasitud con la talla de esa mole que se incrustaba marcando a fuego la suavidad de sus carnes.
Sintió el sabor de su semen, al tiempo que el gusto de un macho como él, en ese estado carnívoro en el que había cimentado su celo. Era una sexualidad arrogante, posesiva y soberbia. Todo en él se hacía avasallador, como si su porte, provisto de fuerzas telúricas, en ese empuje tosco y colérico, te exiliara al vórtice de un fecundo ciclón. Bramaba, y aquel tronar subterráneo se expandía por los mil laberintos de la fibra tallada de ese macho hecho con violencia y determinación.
Se despegó con un rugido, por el que las babas se despeñaban uniendo el magma de sus cuerpos. Tomó sus piernas curvilíneas, llenas de esa feminidad que él había plantado. Magreándolas las subió sobre sus hombros, dejando aquella presencia tentadora abierta a su voracidad. La magnitud de su verga atravesaba las lindes de esa entrepierna, ya caldeada. Con un movimiento preciso, situó ese glande feroz a las puertas de ano empapado, pero sediento. Antes de meterla, miró nuevamente hacia esa carne acogedora que ahora respiraba anhelante y encharcada, con una lujuria que no igualaba ninguno de los innumerables coños que su mango había perforado.
Pese a la delicadeza con la que empezó todo, a estas alturas, Abel era otro. Era un macho tórrido, sediento, avaricioso, implacable. Cada uno de sus gestos, de sus jadeos, de sus miradas, venían sellados con esa masculinidad fuera de órbita en la que reinaban los machos como él. Entre el deseo y el acto, ahora, no mediaba la razón. Ésta se hallaba calcinada por el poder de ese mango supremo que, con su peso grave, dominaba todo su ser.
Ahora, ese amor domado, comenzó a cabalgar salvajemente.
Rozó la calentura de su ojete, y de una estocada la empitonó hasta que sus cojones sellaron la turgencia de sus nalgas. Su grito rompió todos los moldes. Era un grito femenino como “ella”; pero en un ser tan completo no venía solo. A ese dolor, se apilaban notas de placer, de sumisión, de lujuria, así hasta morir, hasta que sus pulmones quedaron vacíos dejando espacio a aquella polla que literalmente la perforaba.
Allí quedó clavado. Dejó que esa tranca sensible notara por toda su envergadura la calidez de aquellas carnes húmedas que lo apretaban con una lascivia dulce como “ella”, en espasmos rítmicos y deliciosos.
Tomó aliento fatigosamente, y sus respiraciones se hicieron más intensas pese al letargo de aquel puñal que quieto, subrayaba con esa impasibilidad, la fiereza con la que atacaría.
“Ella” la sentía en lo más profundo, con ese dolor que se irradiaba por sus entrañas, transformándose en ese viaje manso en un placer callado que arrebataba. Todo él se estaba adaptaba al intruso sin oponer ninguna resistencia, alegre e intenso por el avasallamiento; mientras Abel, en esa quietud, se empapaba del sabor de aquel asalto sintiendo ecos insólitos que nunca habían acompañado sus andanzas.
Se tumbó sobre ella resollando, con los ojos cerrados, ciegos de placer. La besó primero tiernamente, sin mover más músculo que aquella lengua estranguladora que en esa fruición iba ganando empuje. “Ella” sintió cómo ese calor se transmitía con transparencia por su realidad, como aquella ternura iba ganando en calado, profundizando en sus raíces, para poco a poco avanzar hacia el umbral donde todo se escribía a golpes de semen, de aceros con el sabor de la carne, de calor del infierno, de la concupiscencia escrita sobre absolutos.
Repentinamente, aquel vértigo de veintidós regó su furia con un aliento que resolvía en embestidas montaraces todo el hervidero que llevaba su ser. Su mango, cubierto de la patina que el sexo pone, perforaba velozmente aquellas carnes alteradas que conjugaban un mismo verbo jadeante. El pollón se hundía en profundidad sellando con su presencia imponente todas sus entrañas, todos los claros en los que el placer anidaba para estallar con aquel atosigamiento urgente, que envainaba y desenvainaba con la precisión de un pistolero mortal.
Acompasaron sus jadeos, sus gritos, sus incursiones, eran dos hombres revolcados en una cópula infernal que se sentenciaba en vandálicas y absolutas entregas.
Toda su tensa musculatura expelía una energía devastadora que recogía, en esa aparente fragilidad, una esencia preñada por una lujuria tenaz e invulnerable. Eran dos polos opuestos que, desde extremos diferentes, se encontraban para el combate que siempre habían soñado y que ahora, ¡por fin!, vivían. Encabritados seguían en ese bullir, como si no alojaran nada más entre sus carnes que sus sexos. Eran un culo y una polla. Todo lo demás se había doblegado a aquellas dos potencias que los arrastraban por una lubricidad tóxica, fertilizada por sudores, manoseos, babas, gritos, perforaciones…, todas danzadas desde el rapto, desde el puto delirio de aquellos fogonazos candentes.
Aunque había eyaculado hacía nada, su polla lucía espléndida, y así en medio de esa tormenta hubo una calma chicha que presagiaba el posterior vendaval. La empitonó dejándola clavada contra ese nido mullido, ya calado en sudores. Tomó su minga y empezó a masturbarla a una velocidad vertiginosa, como una llamada urgente a esa lefa que acudiría en el auxilio de su follada.
Diana rugía, contoneándose, estremeciéndose entre rugidos y jadeos, contorsionándose ante la enajenación creada por el hedonismo de su macho. Su polla sufría y gozaba de aquel tocar arrebatado que se sumaba a esa tranca poderosa que pulsaba todas sus entrañas en su empalamiento. En menos de un minuto, aquel corpulencia caldeada se colmó de corrientes que se cruzaban vertiginosas en su duelo. Su minga notó con absoluta claridad esos espasmos que anunciaban la corrida de su hembra y esa fiereza que impulsaba su mano se bifurcó hasta sus huevos que zumbaron con más energía que nunca en el propósito de alcanzar juntos la gloria que se anunciaba.
Desbocados sintieron como el semen zarandeaba sus cojones hasta espolear sus cuerpos. Su tranca se clavó de nuevo en las acogedoras entrañas y tensó su fisonomía como un arco dispuesto a disparar las saetas. Y disparó, y dispararon. Su minga sintió las arrebatadas caricias, ese retumbar de sus carnes que apretaban deliciosamente su tranca que, como un reflejo, comenzó a inundar las húmedas paredes. Ciego, dirigió su minga hacía su pecho sintiendo el ardor de aquella corrida que se sepultaba en trallazos rápidos sobre el sudor de su piel que tronaba por los gritos. En un último intento, sacó su pijo de aquel cuarto acogedor y lo dirigió hacia su torso vendado, herido, que ahora moría en los estertores del placer. Y allí, uno contra otro, estrellaron sus últimos tiros, como en un duelo en el que los dos salían vencidos por el deleite de esa primera corrida, pero única hasta que se encontraron.
Se tumbaron entre estertores, sonriendo y jadeando, todo a un tiempo, abrazados como buscando en el otro esa carnalidad que los devolviera sin traumas a la realidad de la vida. Casi sin fuerzas se acariciaron perezosamente mientras volvía la serenidad a esa naturaleza encharcada en el sudor y semen que seguía ardiendo entre espasmos moribundos.
La noche continuó. Buscaron el remanso del jacuzzi relajante que les trajo a la memoria otras aguas más cálidas. Cubiertos de espuma burbujeante volvieron a hervir, y cubiertos de semen, siguieron bombeando sus cópulas que renacían al embrujo de una caricia, de una mirada, de una sangre agitada que templaba el acero de sus entrepiernas. Sacudían sus cuerpos idos en un mar de espumas agitadas. Con precisión y violencia, su mango perforaba aquellas tórridas entrañas recubiertas, ya no por espuma, sino que en la febril alucinación de sus coitos, todo era semen, y el bramido de sus apetitos traía el rugir del mar a aquellas aguas agitadas por el sexo. En cada cañonazo, ponían todas las salvas. Aquel falo poderoso se encontraba en su retumbar contra las carnes hambrientas con un apetito tan mayúsculo como el suyo, que buscaba en sus meneos frenéticos perforaciones tan profundas como la exasperación que los turbaba.
Nunca antes se entregaran de tal modo. Parecía como un pacto de muerte. Un sino que los llevaba a una fornicación ilimitada, donde cada segundo era devorado con la determinación atávica de compulsivos bombardeos. Habían llegado a tal grado de comunión que uno era del otro, reconociendo en cada embestida el afán que los había llevado hasta allí, y azuzándolo para lanzarlo más allá en ese loco amancebamiento que no tenía otro horizonte que sus pollas retumbantes. Sus siluetas mojadas y cálidas, retozaban sin desmayo con una ferocidad descomunal y excesiva. Cuando llegaban al límite del éxtasis paraban agitados su combate, dilatando la muerte dulce que se anunciaba; tras eso, descubrían que el arrobamiento, entre ellos, tenía escalones todavía más embrujadores. Eran instantes breves, en los que esa leve tregua traía consigo un escozor melancólico que recorría sus vergas hasta que la voluptuosidad, espoleada por la nostalgia del placer, los hacía guerrear con mayor pasión. Esos convulsos movimientos no sólo llevaban el aullar de sus entrañas, sino también una sucia impudicia. Eran palabras de amor dichas con la mayor de las impudicias. Era tal el apasionamiento, que las palabras bellas eran débiles para contener el ardor de sus apetencias. Sólo las voces rebozadas de semen se acercaban al goce que los perturbaba. Pero era una lefa que nunca saldría en una poesía acompañada del adjetivo “nacarada” para unirse a la metáfora de las perlas. Era carnal, sofocada por el roce fogoso de sus arranques arrebatados, del carmín de sus carnes magreadas, tan húmeda como sus babas, pero en un ardor perpetuo que enloquecía todo lo que tocaban.
Al unísono llegaron al orgasmo. Clavados por la explosión de sus placeres, tronaron en mil espasmos electrificantes que elevaron a lo sublime lo que hasta ese día les había mostrado el rostro engañoso del placer. Los polvos que sus historias habían ganado no servían de nada para explicar lo que estaban viviendo. Todo se había multiplicado de tal modo, que el viejo y conocido orgasmo era un extraño recién nacido que seguía gritando su muerte en abundantes trallazos de semen. Eran unas corridas abundantes, espesas y caldeadas. “Ella” sintió, en el centro de ese vórtice, como la lefa corroía literalmente sus entrañas aumentado en enloquecimiento en el que estaba instalada. Mientras su grácil minga seguía regurgitando un río de leche que se mezclaba con el chorro potente del jacuzzi hasta diluirse en partículas que hacían del baño una gran eyaculación que vestía sus pieles. Cubiertos de semen, se reconocieron en la compañía y en la complicidad. Sus amores solitarios, que hasta allí llevaban, les parecían las pesadillas que anteceden al gran sueño. Encontraron una comunión tan íntima que el placer quedaba corto para explicarla. Entendieron que lo que les había unido y les uniría era una maroma de tal fortaleza que soportaría cualquier tempestad.
El tiempo jugó sus cartas y ese calendario que se desgranaba perezoso, apiñó para ellos la vida frugal de un soplo. Durante ese mes se amaron con urgencia, con el arrebato de sus vergas hambrientas; pero también se amaron con serenidad, con la templanza de dos viejos amantes conocidos que desmenuzan pacientemente el rosario de su pasión desmedida. Se amaron con los cuerpos, que retozaban incansables en un lecho privado de límites, sin más horizontes que sus vehemencias. También se amaron con las palabras. Una tarde, situados uno frente al otro, relataron sus deseos e invocaron con tal poder los verbos y adjetivos que éstos se tornaron en caricias y embestidas sonoras que los condujeron a ese orgasmo con el que marcaban el paso del tiempo. Pero también se amaron con el silencio. En las treguas, de sus crecidos combates, descubrieron la sazón de sus revolcones en el retozar de la serenidad del arrullo, de ese tiempo calmo que seguía obstinado preñado de ellos.
Salieron lo imprescindible, pues nada de lo que había fuera se podía comparar a lo que encontraban dentro. Sin percatarse, sus volúmenes se amoldaron a sus apetitos. Esa gracilidad de porcelana que vestía a Marcos, terminó por acusarse, por pulir sus esquirlas y florecer libre. A las dos semanas, su sentir era otro. Esta mudanza no respondía a ese baño de amor en el que se hallaba sumergida, sino a la íntima convicción de que “ella” era una única verdad: Diana. También su “Pygmalion” mudó la piel. Conforme su sueño se hizo realidad, aquella coraza violenta que protegía su corazón adquirió la herrumbre de las cosas inútiles y abandonas. Librado de la carga, sus pasos los dio ese corazón sediento por el que corría árida la sangre caliente que le impedía abandonar el tálamo, pero también la fecunda palpitación del amor que se abría a espuertas. Por primera vez, también sintió que él era por fin Abel.
No se hicieron preguntas sobre el qué, el cómo o el cuándo, pues sabían que ese futuro tenía una única respuesta: ellos. Cuando se miraban, no podían dejar de pensar cómo sería un mundo donde el otro no estuviera. Así el germen de ese tiempo que se abría, no se hallaba para ellos henchido de trances. Lo difícil, ya lo habían pasado. Y eso fue encontrarse. Habían tardado más de dos décadas en lograrlo. Por eso ahora, lo que se abría ante ellos tenía el sabor de un postre dulce con el que se cierran las grandes bacanales. En el clímax de su amor, una noche que yacían entrelazados, juraron que se inmolarían. Si la felicidad los había unido, entendieron que la única desgracia posible seria que la fatalidad los separase. Y tanto era su amor que ni la adversidad los vencería. Uno seguiría al otro a esa nada que les garantizaba la eternidad.
Ignoraron tanto el mundo, que les sorprendió que llamase a la puerta.
Bajó las escaleras de dos en dos, presa de la satisfacción que encontraba en su llegada. Mientras no se daba, la melancolía gobernaba su vida. Sola, buscaba pruebas de su paso, pequeños detalles que le confirmaran que él existía y no era producto de un sueño hermoso. Se pasaba las pocas horas que él no estaba, agarrada a las prendas que acariciaban su fortaleza. En ocasiones, temía estar presa de la locura; pero aún así, no podía resistir el arranque de olfatear como una perra en celo los bóxeres impregnados por el aroma de su sexo, o acariciar su cuerpo con la camiseta que horas antes cubría el baluarte de su macho. Cuando no estaba, “ella” tampoco era “ella”. Sólo el chirrido de las llantas sobre la gravilla, calmaba esa malsana melancolía de gata en celo. En ese momento, su corazón volvía a la vida, a esa cadencia que él había plantado. Sólo en ese momento, “ella” era “ella”.
Así era su amor. Vivía porque lo amaba y existía porque estaba con él. Lo demás, lo había olvidado.
Mientras avanzaba alocadamente, sintió sus pasos firmes sobre la gravilla, los saltos que pegaba para subir presuroso a su encuentro y esa llave que a veces, con la ansiedad, se resistía a entrar. Siempre preparaban una broma. Eran bromas inocentes, juegos que los llevaban a ser niños, porque allí se habían instalado. En ocasiones, desfallecía en las escaleras bajo los síntomas de una enfermedad infecciosa que sólo podía curar un doctor como él; en otras se escondía tan descaradamente como el lobo al que se le sigue viendo la patita para asustar al “desprevenido” corderillo. Y así, enredaban esos primeros minutos que compensaban esas horas vacías. Él también participaba del juego. Dejaba la puerta entornada sin atreverse a cruzarla. Tras esto, iba tirando las compras que había hecho. “Ella” fingía que él era Papá Noel. Y abría con la misma ilusión sus regalos para encontrarse con el “castigo” por haber sido mala. Si era un conjunto de ropa interior, éste venía desperdigado en tres o cuatro paquetes que iba entregando desordenadamente hasta que las piezas del puzzle encajaban. Y así con todo lo que compraba, pues todo era para “ella”.
Cuando vio la maleta, se preguntó que podía contener semejante maletón; pero cuando se disponía a abrirla, vio a Abel. Era un Abel más viejo, vencido por los años, pero no por la vida. A esas alturas, conservaba la frialdad de su mirada, la fortaleza en riña con los años y aún victoriosa, y el poder, ese poder que desciende del que ha hecho a lo largo de sus días todo lo que deseaba hacer, sin dar por ello explicación alguna.
• ¡Hola! No me esperabas, ¿verdad? –apuntó con un tono autoritario que marcaba una distancia-. Tú debes ser, pese las pintas que llevas, Marcos… ¿No dices nada? Soy José Luis, el padre de Abel.
• Ya… –repuso tímida-. ¿Y Abel?
• Será mejor que llenes las maletas –señaló tendiéndoselas.
• ¿Y Abel…? –preguntó a punto de sollozar-. ¿Y Abel…?
• ¡Vamos a ver! ¡Me has oído lo que te he dicho! –replicó enfadado-. ¡Has oído lo que te he dicho, joder! Pues para de preguntar y ¡mueve el culo, zorra! ¡Venga!
• Pee…
• ¡Ni peros ni hostias! ¡Muévete, joder! –ordenó tirándole las maletas con violencia-. ¡Cuánto antes acabemos, mejor! Así que no me enfades, ¡y muévete! ¡Vamos a ver, mariquita!, ¿a qué esperas?
Remarcaba con autoridad todos los verbos, dotándolos de una determinación que los hacía inapelables. Todo en él estaba revestido de ese imperio irrevocable. Su mirada, azul como la de Abel, tenía el filo de la navaja con la que cortaba cualquier atisbo de valor. Los demás atributos eran señales que acompañaban a esa bandada cruel con la que desplegaba sus actos hasta más allá de su avasalladora corpulencia. Diana sintió no sólo el dolor del trato, sino como su sola presencia reducía ese paraíso a la condenación. Era Dios y era la serpiente, y la expulsaban definitivamente del edén.
Las maletas estuvieron a punto de hacerle perder el equilibrio. En su aturdimiento no reparó el dolor del golpe, pues había un martirio que reinaba sobre todo, impidiéndole cualquier otro sentir que no fuera esa tortura que la calcinaba. Casi a trompicones, como ida, olvidando ya la elegancia con la que siempre seducía en ese tramo, subió las escaleras seguida por esa sombra celadora de todos sus pasos. Recorrió el pasillo dando tumbos, cargando las maletas que ahora tenían la sobrecarga de su pena y que se interponían en su caminar. Llegó al templo que durante un mes refugió sus embates, ese vergel exagerado en el que plantaron la cosecha de su amor. Abrió la puerta torpemente, derrumbada ya por las lagrimas que corrían alocadas por su rostro herido. Y se quedó en el vano de la puerta, sin atreverse a mancillar con la pena el aire del amor. José Luis la empujó sin miramientos, derrumbándola en un traspié que la llevó hasta la cama.
• ¡Qué asco! ¡Qué vergüenza! ¡Dios mío! Se entera mi mujer… ¡No sé como no te mato, maricón! ¡Levántate y recoge todo! Que no quede nada. ¡Venga, cojones!
Tenía una ira encendida y tajante. Un odio que se podía mascar y que ahora asfixiaba el dormitorio. No reparo en la belleza herida que seguía con su loco manar tumbada sobre el edredón, sino que la tomó y sacudiéndola volvió a impartir sus tenaces resoluciones.
• ¡Venga, hostia, no tenemos todo el día! ¡Y para de llorar, maricona! De momento, aún no te he pegado, y no por falta de ganas, ¡no vayas a creer…! –la zarandeó y la tiro hacia el armario-. Así que no me obligues a que te haga llorar de verdad… ¡Venga! ¿Qué haces? Abre el armario
Lo abrió con torpeza, sin el que el velo de los lloros le dejara ver toda la belleza que guardaba.
• ¡Dios mío! ¡Qué locura! Esto es una puta locura… No te puedes quejar, te ha tratado como una puta reina. Ni yo a mis queridas las adorno tanto. Me da ganas de vomitar. ¡Qué asco, joder! ¡Me cago en la puta…! ¡Pero joder!, ¿qué haces ahí parada? –se acerca y con rabia quita toda la ropa del armario-. ¡No ha reparado el muy maricón! Ha hecho de ti una putita. Y tú consintiendo… ¡Te ha calado muy bien, el maricón! Sólo pudo hacer –su ira continuaba hablando mientras seguía vaciando los cajones y baldas con violencia- lo que eres. Una puta maricona de mierda. Y como en las películas, hasta lloras. Un maricón con corazón de oro. ¡Joder, qué asco! ¡Que tenga que vivir yo esto ahora…! ¡Me cago en Dios! ¡Venga zorra, abre las maletas! ¡Un hijo maricón, un hijo maricón, un hijo maricón…! –guarda silencio y acaricia entre sus manos la ropa interior hasta que despierta-. Y todo por tu culpa, ¡maricón de mierda! –le cruza la cara y Diana cae al suelo sin ver como el padre duda si continuar con la paliza-. Porque mi Abel no era así. ¡Nunca fue así! –Diana se pone a gatas y entre lloros coge la maleta que comienza a abrir-. ¡Nunca! Al contrario. De todos, ese salió a mí; ¡hasta que tú llegaste, maricón de mierda! –la rabia se concentra en sus ojos con tal intensidad que vuelve a descargar otra hostia a Diana que está abriendo la maleta- ¡Espabila, cojones! Ese salió a mí. ¡Lo que ha follado, el hijo de puta! Ponía a las mujeres en su sitio: entre las piernas. Una tras otra. Y la estúpida de su madre preocupada. “¡Joder, decía yo, déjalo disfrutar! Es joven” ¡Pero la meapilas a rezar por la condenación de su alma…! Y mi machito: follando y dando de hostias a toda la mierda de este puto país. ¡Lo alegre que yo estaba… y ver esta mierda ahora! ¡Cómo me lo has jodido! ¡Cómo me lo has jodido, maricona de mierda! Un macho con todo un futuro por delante… y ahora un putito. ¡Pero no vas a ganar, maricona! No vas a ganar… De momento, yo ya he ganado. Tú te vas de esta puta casa y de su puta vida. No lo volverás a ver en tu puta vida, porque como te acerques… TE MATO. ¡Juro por mis muertos que te mato! Así que llena bien las maletas, pues te recomiendo que te vayas; pero lejos, ¡bien lejos! Pues por mucho que ruegue, como te vea por aquí… TE MATO. ¡Por mis muertos que te mato! Un maricón menos no importa. Y tengo que salvar a mi hijo, a ese maricón de mierda… Pero empresas más difíciles he hecho. ¿Y sabes, maricón? Nunca, nunca… he perdido. Nunca en mi puta vida. Así que no estás luchando contra un hombre que te llena de estas putas sedas… –se las lanza a la cara-, estás luchando contra un hijo de puta. Uno de los más grandes. ¡El más grande hijo de puta que verás en tu vida…! ¡Y esto lo voy a ganar! ¡Me cago en Dios si lo voy a ganar! Y a ese maricón que espera en el coche –Diana interrumpe su atropellado llanto y abre los ojos como platos, tomando las ropas con mayor rapidez-, a ese… ¡A hostias va a ser lo que era! No se me jode a mi un hijo así como así. ¡Antes lo mato que tenerlo ahí de maricón! Lo mato a él, y después, te escondas donde te escondas, te mato a ti. ¡Pero a ese hijo puta le quito el mariconeo a hostias! –termina de vaciar el armario y va hacia el servicio-. ¡Dios mío! ¡Qué asco! ¡Cuánta potingada de mierda! ¿Qué temía, desgastarte? –vuelve al dormitorio y toma la maleta libre-. ¡Que asco, Dios…! Apesta a maricón. Voy a tener que contratar a alguien para que limpie toda esta basura. ¡Me cago en Dios, un hijo maricón! Si hasta me lloró, ¡joder! ¡Qué asco, qué asco, Dios mío! –suena ruidos de cristal-. ¿Pero cómo pudo ocurrir esto? Y yo pensando que estaba con una puta zorra… Contento y feliz. Imaginándome que no paraba de follarla. Imaginándome cómo sería para que le diera tan fuerte… ¡Hasta que la curiosidad mató al gato! ¡Me cago en Dios! ¡Y estaba contigo! –incrédulo, vuelve a repetirse- ¡Y estaba contigo! ¡Qué grotesco! ¡Que grotesco eres, maricón! ¡Qué asco me das! –Vuelve al dormitorio y ve a Diana recogiendo todo rápidamente-. Porque no hay un maricón que no sea asqueroso, pero tú… ¡tú te llevas la palma! Eres la basura. ¡Eres la basura, hostia! Y tocaste a mi niño. ¡Y mira en que me lo has convertido! Todo lo que tocas se convierte en mierda; ¡pero esta vez no, putito! ¡Esta vez no…! –se dirige a los cajones de la mesilla de noche-. ¡Esta vez no!
• Ahí no hay nada.
• ¡Cállate, hostia, y sigue recogiendo! –se sienta sobre la cama y mira como Diana abre la otra maleta-. ¡Con lo que era el Abel! Y míralo ahora… ¡Apesta a maricón…! ¡Dios… todo menos esto! Pero a ese lo enderezo yo. O camina por donde tiene que caminar, ¡o por mis putos muertos que lo mato! ¡Con la cantidad de mujeres que tuvo y tiene! Y se fija en una cosa como tú… ¡Je, je, je, je! Mejor reírse que llorar. ¡Pero por mis muertos que se le acabó toda esta mariconada! Va a ser lo que era: ¡un hijo de puta como su padre! De eso me encargo yo. No va a mover pieza sin que yo diga qué pieza va a mover y para dónde. ¡Y se le va a quitar la tontería! Toda esa mierda que le has metido dentro. ¡Claro que nunca le perdonaré! ¡En mi puta vida olvidaré lo que me hecho! Aún ahora no sé si podré mirarlo a la cara sin partírsela. Si podré resistir verlo y olvidarme… que folló con otro… ¡Dios, qué asco! Muy bien se lo tiene que hacer… muy bien se lo tiene que hacer para que me olvide de las ganas de matarlo. ¡Qué disgusto, me cago en Dios! Pero lo quito adelante o lo mato. Y lo voy a tener cerca, como perro con correa. ¡Bien cerquita! Dándole todos los palos que sean necesarios hasta que venga con el rabo entre las patas para lamer mi mano. ¡Hasta hacer de él un hombre! Un verdadero hombre –Diana termina de recoger la ropa. Ahora toma el calzado y lo pone, atropelladamente, en una bolsa. Sigue llorando, pero hay una ansiedad en todo lo que hace-. Un hombre que pueda ir con el pecho levantado y la mirada alta. Menos es una mierda. No es nada. Y a ti, ¡maricón de mierda!, no te voy a perder la pista. Te voy a joder bien la vida. Así que te recomiendo, si es que no me conoces ya, que te largues, que te olvides de todo lo que has vivido, y recuerdes que lo que hagas a partir de ahora, va a depender que sigas viviendo. Así que huye, maricón. Huye y no mires atrás. No mires; no porque te vayas a convertir en estatua de sal, no, cariño, sino porque te haría sufrir de tal modo, que la muerte sería un premio. Ningún dolor que sientas ahora, se acercará a lo que puedes sentir a mi lado. ¿Terminaste? Pues venga…
Tenía los ojos velados por el llanto, pero en ese instante hasta agradeció no ver. Quería preservar al dolor, no incrementarlo con huellas que aumentaran, si es que era posible, lo que desgarraba su vida. Deambulando ciega, sus pasos atolondrados avanzaron por el pasillo, guiados por la esperanza de todo lo que se habían dicho, por ese reclamo de saber que Abel estaba allí. Cada paso nuevo que daba, lo acercaba a él, a esa promesa de inmolación que habían jurado y que se presentaba antes de tiempo. Bajó los peldaños mirando esa puerta por la que él entraba con raudo para estrecharla entre sus brazos y no separarse más. Le pareció que en cualquier momento se abriría y él aparecería, como esos héroes de las películas clásicas que siempre salvan en el último momento. Fue tan tenaz esta ambición, que sobre el confuso gorjeo de su mente sus pisadas claras y rotundas se fraguaron hasta detener su aturdida marcha. Pero la puerta seguía muda y ciega. Y esos pasos que marcaban su felicidad seguían errando por su deseo.
• ¡Venga! ¿Qué haces? ¡Muévete, maricón de mierda!
Como una marioneta rota, la flaqueza que la asolaba llevó sus pasos. Un peldaño tras otro su esperanza esperaba encontrar lo que no aparecía. ¡Y esos putos pasos sobre la gravilla seguían allí! Con porfía, tan claros que el sonido dibujo su figura, ese Abel que brotara de retozares placenteros hasta emerger desnudo y puro. Posó las maletas y se disponía a abrir la puerta, cuando la mano de José Luis le sacudió las esperanzas.
• Espera un momento. Antes de irte, quiero hablar contigo. Ven.
Se dirigió hacia el sofá tomándola de la mano hasta liberarla en el último tramo. Cuando se sentó, el sofá se hizo trono. “Ella” busco alejarse como muestra de un respeto, pero que estaba saturado de temor.
• No. ¡Acércate! No tengas miedo. Ponte aquí.
Se situó a su lado, casi pegado a él y sucumbió a ese llanto abandonado cubriendo su rostro fracturado por el dolor entre sus manos gráciles.
• Ahora te voy a explicar una cosa –repuso con un cariño extraño-. Así, no habrá malentendidos. Abel no quiere saber nada de ti. No tiene nada que decir. Así que no busques más explicación que la que hay: has perdido. Me ha pedido que te dé esto. Es su último regalo. Y te recomiendo que olvides el orgullo y lo tomes, pues te va a hacer falta, mucha falta. Como mañana estés por aquí, maricona, ya sabes lo que te va a pasar. Este medio kilo te ayudará a irte. Y con lo puta que eres, ¡sobrevivirás! Seguro que vas a sobrevivir. Aunque sea asqueroso decirlo, hay mucho viejo millonario y maricón por ahí. Y tú, no estás nada mal. Así que juega bien las cartas de los años; pero te salga como te salga: ¡No pises A Coruña en tu puta vida! Pues la perderías. Podrás revolcar tu culo por donde quieras y con quien quieras. Todo menos él. ¿Te ha quedado claro?
• Sí –replicó con voz ahogada por el llanto.
• ¡Bien! Ahora no hagas de esto un drama. Ni se te ocurra. Si lo piensas no has salido tan mal parada. Medio kilo y toda esa mierda. Muchas empezaron con menos. Y tú te vas con más de lo que mereces. No me lo agradezcas, tampoco se lo agradezcas a él. Ni se te ocurra decirle nada. Para ti, ya está muerto. Y tu quieres conservar la vida, ¿verdad…? ¡Claro! Pues entonces, ya sabes lo que tienes que hacer: desaparecer. Sólo si quieres morir, y no creo que quieras la muerte que te espera, pisaras esto. Otra cosa más –añadió cambiando ese cariño ambiguo que había empleado por el absolutismo que le era tan propio-. Nunca he pagado tanto por nada. Siempre que doy: recibo y gano. Así que me la vas a mamar, putito.
Diana seguía con el rostro cubierto esperando la continuación del argumento; pero éste no llegó. No vio ese odio que llagaba su espíritu, pero percibió movimiento. Cuando miró, él se estaba bajando los pantalones, acomodándoselos bien, y como quien enseña el orgullo de la casa, bajo el calzoncillo con cierta pompa.
• ¡Vamos! ¿Qué coño esperas? ¡Mámamela!
Si pusiera en fila todo aquello que aborrecía, sin dudarlo, aquel hombre abriría el rosario. En ese momento, sintió que el amor inmenso que tenía y tendría, poseía también su reflejo de odio. Y eso océano emponzoñado, de corrientes tan alocadas como el pulso de su corazón, yacía allí para un único ser: él. Había olvidado todas las ofensas, abusos y crueldades que la vida le regaló. De un plumazo, condonó todas las deudas que su lengua hiriente y uñas afiladas habían ajustado por su cuenta, y quedó sólo él, ese hombre con la verga enhiesta y un desprecio infinito en su mirada, en la que aparecía un leve brillo de su obscenidad.
Buscó en su valor aquella mala baba que salía presurosa a la mínima señal de alarma. Pero no encontró nada. ¿Dónde estaban esas uñas afiladas, ese espíritu suicida que la hacía enfrentarse con el mundo? Pese al odio, no encontró ni el más mínimo rastro de aquella furia contenida y desproporcionada. El amor la había cambiado tanto, que ahora que sentía perderlo, sentía ya su muerte, el óbito de aquel que durante todos esos años la acompañó protegiéndola y que ahora la dejaba en el absoluto desamparo. En un último esfuerzo, buscó esa rabia afilada; pero tenía la garganta agarrotada por el dolor, por un dolor tan intenso que la quebraba, y aquellas palabras que violarían su garganta para contentar su cólera se ahogaron. Para su sorpresa, se vio abriendo la boca y dirigiéndose sumisa a esa minga anhelante que la esperaba.
Era igual que la suya, como si hasta en ese punto la naturaleza jugara a la copia. Incluso su sabor tenía el poder de su carne calenturienta, de esa dominación que aquel hierro dulce imponía. Sus labios se deslizaron húmedos y vibrantes por el glande, avivando a su paso toda la sangre. La punta de su lengua volvió a retozar delirante en el frenillo, aguijoneando con maestría todo el capullo, buscando esos jugos que ya manaban para después, continuar por el vértigo de su caída hasta que su boca rozo el vello de sus cojones. Acudieron los primeros gemidos y ese zumbar que latía como una necesidad. Mientras “ella” continuaba allí sepultada, acomodando la pieza con leves contracciones de su garganta que resonaban placenteramente en el engendro.
Saboreaba ese rugir familiar, ese sabor neto que descolocaba su lujuria y sintió que, de alguna manera, aquello era el último polvo, el polvo de despedida, un adiós que el día no había dado. Así aquellas carnes marchitas de arrogancia, eran ellos. Y estaban allí, cincuenta o cien años después, pues hubiera firmado por mucho más, a las puertas de una muerte cercana que los despediría de momento.
Y cerrando los ojos, se imaginó que estaba con él. Que aquella mamada era una carta. No era una carta de reproches; la suerte estaba echada. Sino una carta orgullosa, donde “ella” mostraba lo mejor de sí misma en un claro alegato de “esto es lo que te pierdes”. Succionó con fuerza mientras subía lentamente por su talle nervudo regándolo con pasadas virulentas de su lengua que, al llegar al balano, se asentó para regir. Magreó sus huevos, con una lascivia tal que cubrió a ese Abel viejo de un arrebato tan nuevo como la sangre que bramaba en su entrepierna. Gimió como una perra en celo, culebreando su gracilidad de poseída. Dejó reposar la pieza, mientras se acomodaba entre sus piernas para ejecutar con mayor maña.
• ¡La mamas de puta madre, maricón! No me extraña que embrujaras a mi hijo.
“Ella” lo miró sin verlo, y con aquellos ojos oscuros y radiantes, lo folló. Lo deseó con tal intensidad, que por primera vez en su vida José Luis bajo la cabeza ruborizado. “Ella” reptó por su semblante, dejando que la calidez de hembra templara su fortaleza seca. Situó aquel corazón que iluminaba su rostro a las puertas de su boca jadeante. Y allí espero, acariciándolo con su aliento tibio y perfumado. No tuvo que esperar mucho. Y aquella boca autoritaria que construía con poder la realidad, rozó tímidamente ese corazón encharcado por los jugos de su sexo. Diana no respondió, sino que aflojó el nudo de la corbata y con una adoración cargada por el deseo comenzó a desnudarlo sin que él, en su turbación, opusiera la menor resistencia.
Buscaba sus labios, ese corazón cubierto por la lascivia y la idolatría, los buscaba con ansia, como toro cansado dispuesto a embestir al primer trote en la plaza. Cuando los encontró no los besó, los mordió. Eran cuentas pendientes, y ahora que se presentaba la ocasión, José Luis, no dudaba en celebrarlas, en tomar aquello como una bacanal. Retorció su rostro de porcelana, babeo por aquellas mejillas aterciopeladas y avasalló su boca, mientras recibía una serie de mimos que lo electrizaban. Le pellizcaba las tetillas, se restregaba impúdica sobre él, gemía inflamable, instalada en una locura que la precipitaba a ese pupilaje devorador.
Por primera vez en su vida, se sintió deseado. No es que nunca lo fuera, había sido galán y la vida le cruzó oportunidades sobradas de probarlo. Pero nunca había sido tan deseado, en límites tan absolutos como los que allí se ponían. Sabía que el amor no era suyo; pero siempre le había sobrado el amor, ¡para eso era el gran hijo de puta! Pero ese puto deseo que la movía como una zorra… ése, era suyo. Ese cimbrearse de perra, envuelta por aquellas gasas asedadas que la desnudaban cubriéndola, ese ardor con los que sellaba sus gestos. Todo eso, era por él. Y aquello lo hacía hervir.
Conforme lo desnudaba, su pericia iba a más. Con ojo avizor, como hombre que era a su pesar, pulsaba todos los resortes que escondían los machos. Era una mezcla de ternura y desvergüenza que impedía cualquier razonamiento, pues el padre, al igual que el hijo, caían en el vórtice de ese huracán.
Estallaba en mil tormentas. En esos mordiscos que llagaban sus carnes, en esas caricias obscenas que situaban el sexo más allá de la entrepierna, en sus mamadas potentes, en esa verga hermosa con la que le daba latigazos sobre sus carnes ya no tan prietas. Todo para encender aún más ese vicio que galopaba libre. Se puso de pie, situando su sexo erecto a la altura de sus ojos abiertos. Subió excitada aquellos velos granas que acariciaban su ser azorado. Lo subió con una lentitud exasperante, pero embriagadora. Cuando alzó el telón sobre su verga, él se la comió. La sepultó en su boca chupándola con la urgencia de su calentura. “Ella” se retorcía voluptuosa mientras continuaba despejando el rubor de su piel hasta quedar en cueros. Tras eso, quitó la polla de su boca y volvió a golpearlo con ella, con claros gestos que se había portado como un niño malo, mientras él respondía babeando por ese manjar que marcaba sus mejillas.
Se fue sentando lentamente, restregándose contra “su Abel”. Así, hasta que tuvo a tiro su portentosa pija. La tomó entre las manos y mirándolo la fue metiendo lentamente, acariciándola como nunca lo había hecho, viendo en su rostro las ráfagas de placer que lo sacudían, hasta que sus nalgas torneadas reposaron sobre los robustos cojones.
Fue una follada cadenciosa, como un salmo repetido que cantaba las excelencias del momento. Sintió como su polla era mimada entre aquellas paredes dulces, como sus labios seguían regando su lujuria; como sus manos de gata lo abarcaban llenándolo de un placer exquisito y puro; como sus gemidos, húmedos y cálidos, empapaban de sexo todo el juicio, toda la casa. Su culo se balanceaba exquisitamente comiendo su tranca con glotonería, cerrándole el paso con una fricción que lo exaltaba.
Sintió tal comunión en aquella fornicación que pensó que estaban conectados por más vías que una pija. Sus anhelos, sin nombrarlos, recibían respuesta. En décimas de segundo todo se adelantaba a sus ordenes. Parecía como si su deseo, fuera una palma de la mano en la que “ella” leía todas sus elaboradas bifurcaciones.
Gradualmente fue aumentando el ritmo de sus cabalgadas hasta situarlo en las puertas del éxtasis. Cuando lo tuvo allí, empleo toda su pericia y su culo empezó a zumbar alocadamente, mientras seguía con sus caricias, pellizcos y besos. Y en el arrebato del orgasmo vio como “su Abel” se descomponía en mil piezas, en mil gemidos roncos, en mil muecas contraídas por el placer. Y se sintió orgullosa, de haberle proporcionado a su macho una muerte tan dulce que seguía corroyendo sus entrañas. Y se quedó pegada a él. Sintiendo ese retumbar del corazón que volvía a recuperar sus fueros con su golpe seco. Percibió como su polla iba perdiendo fuelle, como entre sus contracciones iba buscando la salida. Pero hubo algo que no percibió y que esperaba. Era esa ternura que trenzaba con sus mimos las treguas de sus retozares. Le extrañaba no tener esa caricia cómplice, esos besos tiernos desperdigados aquí y allá, esas palabras dulces que le hablaban de amor. Y esperó, pero no llegaba.
Un pensamiento, raudo como un látigo, cruzó su mente hablándole de su desamparo. ¿Y si le ha pasado algo? Se levantó repentinamente y vio su rostro desencajado aún por el placer y viejo por los años. Y por un instante se consoló con la tontería de que sólo había envejecido. Pero al momento, la poca cordura que le había dejado el dolor, le habló de la verdad. No era él. ¡No era él!
¡Él estaba ahí fuera, sólo, desamparado, consumido por el dolor! ¿Y “ella”…? “Ella” se sintió sucia, asquerosamente sucia, pegada a ese cabrón, sintiendo en sus entrañas como su lefa asquerosa se escurría marcándolo, ensuciándolo. Se levantó apresuradamente, sorprendiendo a “su Abel”. Se puso el vestido, los zapatos de tacón y marchó desmañadamente por el salón hacía las maletas. A medio camino, la sensación de lo que era se le hizo insoportable. Se abrazó el estómago, presa del calvario, y aquellos llantos que se habían calmado con la despedida, bramaron con fuerza en la bienvenida a esa realidad que la empozaba en lodos.
• ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?
• Nada, nada –respondió agitada-. Nada…
Rogó para que no hablase más, para que su voz autoritaria no le recordara la traición a la que había sometido su amor. Pero nada apaciguaba el castigo de verse, de ver sus carnes violentadas por su asesino, de sentir como la lefa se escurría entre sus piernas recordándole con su tacto lo hija de puta que era. Y aquel sentir asentó su rabia en su cuerpo en cuclillas, violentando todo lo que era, todo ese ser despreciable en el que se había convertido. Ya no vio como su agresor se vestía apresuradamente con su rostro cubierto por la preocupación. Lo único que sintió fue como un estallido, como un aleteo de miles de mariposas que lo devastaban hasta dejar en su vuelo enclavado un malestar vivo y punzante. Y lo vomitó. Una arcada enérgica abrió su aire herido y estalló contra el suelo en un vomito extrañamente oscuro y pestilente. Y cuando creía que ya no había nada que arrojar, volvía la nausea con mayor intensidad, como si quisiera regurgitar todo lo que era. Pero nada salía, el castigo estaba en “ella”.
A tumbos avanzó hasta las maletas, abrió la puerta y ese aire que sabía a mar la calmó por un instante. Y allí estaba él, en el coche, sin saber muy bien qué hacer. Y “ella” creyó distinguir su dolor, olerlo como olía el suyo. Y ese corazón que hasta nada estaba roto, comenzó a latir alocado con la esperanza. Y con esa carga sus pasos fueron a reunirse con él, en un mar de lágrimas y risas.
• ¡Abel, mi amor! ¡Mi vida! Abel… –hablaba con sollozos, con una voz que había perdido la dulzura para acaramelarse con la esperanza del amor, pero también con su amargura-. ¡Abel! ¡Sal, mi vida! ¡Sal! No te quedes ahí –rogaba-. ¡Sal! ¡Sal, mi amor! ¡Sal…! –se pega a la ventanilla y se va escurriendo contra el cristal en el que deja el rastro de su pena, mientras Abel se cubre con las manos en un llanto amargo e histérico-. ¡Sal! ¡Sal, o no pararás de llorar! ¡Sal, mi amor, mi vida! ¡Uuuuaaaaaaahhh! –se retuerce de dolor-. Nos amamos, mi vida; y eso es lo único importante. ¡Lo único que somos, mi amor, mi vida! Lo único que tenemos… Tú y yo solos y para siempre. Para siempre, mi amor. ¿Recuerdas? ¿Recuerdas todo lo que nos dijimos…? Pues eso es lo que somos, mi amor. Lo demás, no somos nosotros. Es el egoísmo de los demás, pero no nuestro amor. ¡Te amo, mi amor! ¡Te amo! –toma el picaporte con debilidad, pero la puerta no se abre, le abandonan las fuerzas, y entre vagidos, como un bebé vuelve a amar-. ¡Abre, Abel! ¡Abre! –más debilitada-. Si te quedas ahí morirán tus sueños. Morirán, mi vida. Y lo sabes. Sabes que nos hemos soñado y que eso lo hemos vivido. Tú y yo. Nadie más. No hace falta nadie más para vivir la felicidad, ¡mi amor, mi vida! No hace falta…
• ¡Quítate de ahí, puto! ¡Apártate si no quieres que parta la cara!
• ¡No lo escuches, Abel! Él no quiere tu felicidad, quiere su orgullo. Nada más. Nada más que su orgullo… ¡No lo escuches! Escucha mi amor, escu…
• ¡Te lo advertí, maricón de mierda! –lo coge por los hombros y zarandeándolo lo obliga a mirarle-. ¡Te lo dejé bien clarito, maricona! Nada de dramas. ¡Nada de acercarte a mi hijo por que te mato, hija de puta! –le da un puñetazo que la tira contra la gravilla, al tiempo que un grito desgarrado suena en el coche que se abre-. ¡Y tú, maricón! –dirigiéndose a su hijo-: ¡Quédate ahí! No te muevas, ¡me cago en Dios! –el grito continúa aleándose con su pena-. ¡Métete dentro! ¿Me has oído? ¡Pues venga! ¿Qué coño haces? ¡Metéte dentro de una puta vez!
• ¡Sal, Abel, sal…! –implora con esfuerzo superando el dolor que la agarrota.
• ¡Te lo dije, maricón de mierda! ¡Te lo dije! –avanza hacia “ella” y comienza a patearla con furia-. ¿Te lo advertí o no, maricón? –vuelve el grito-. Y tú, ¡para de gritar, maricón! Y no te muevas, ¡joder!
• ¡Para, por favor, papá! –suplica-. ¡Para por Dios! No sigas…
• ¡Vete a la mierda, joder! Y métete en el coche. –vuelve su atención a Diana, que se agarra atenazada por el dolor-. Y a ti: creo que te voy a matar antes de tiempo –le da una patada en el estómago-. Ya lo creo.
• ¡Aaaaaarrrggggh!
• ¡Sufre maricón, sufre! –vuelve a darle otra-. Sufre como estoy sufriendo yo.
• ¡Para papá! –advierte con un tono amenazante-. ¡Para, me cago en Dios!
• ¿Y si no paro qué, maricona? ¿Vas a pegar a tu padre? –gestualiza su rabia mientras se dirige hacia su hijo que ya está de pie-. ¡Un mariconcete como tu –añade en tono de burla- va a pegar a su papito querido! ¿Dime? ¿Vas a pegar a papito, maricón de mierda?
• ¡No te acerques!
• ¡No te acerques! –repite con voz maricona-. ¡No te acerques! ¿Por qué sino qué, hijo de puta? ¿Vas a morder la mano del que te da de comer? ¿Del que te engendró? ¡De verdad que un mariconcete como tú, va a pegar a su papito querido! –se sitúa frente a él y mirándolo a la cara continúa con su burla-. ¿Y cómo, hijito? ¿Cómo lo vas a hacer? ¿Me vas a dar con el bolso?; o sino, no: ¿Me vas a arañar? ¿Me vas a tirar del pelo? ¿Qué vas a hacer, mariconcete? ¿Dime?
• ¡No sigas! Te lo advierto: no sigas… No cruces la línea.
• ¡No cruces la línea! –burlándose-. ¿Me vas a matar si la piso? ¡Con qué no cruce la línea…! ¿Por qué? –amenaza y aumenta el tono de su voz con toda la autoridad que le da su rabia-. Hay que tener huevos para decir eso. Y a ti, maricón de mierda, te faltan –repentinamente un rodillazo estalla sobre sus huevos, cae a sus pies, con su cara rota por el dolor a la altura de la entrepierna de su padre-. ¡Te faltan, maricón! Te faltan… No te parí, pero conozco el valor. Y un maricón como tú, que va dando palizas por ahí con sus amigotes, tiene todo menos cojones. –lo toma por los hombros y lo mete violentamente en el coche cerrando la puerta-. Y a ti, ¡maricón! Escúchame bien: ¡Cómo te vea, te mato! ¡Te mato, me cago en Dios!
Un torrente salvaje cuyo curso no puede detener, el tiempo se burla de Diana y le hurta toda posibilidad de ruego. Sucesivamente, sin que aprecie ningún desarrollo entre los hechos sino es la absoluta voluntad de José Luis, ve como éste monta en el coche, cuando vuelve a mirar, juraría que tras un leve parpadeo, ya las llantas rugen sobre la gravilla, y el rostro de Abel, cubierto por el dolor y el llanto, lo mira con un desamparo tan inmenso como la pena. No lo oye, pero le parece que grita. “Ella” también grita. No para de gritar mientras se mece en el dolor y en la soledad; y así permaneció durante tres horas hasta enmudecer y quedar con la pena amarga y profunda que mana en un llanto sin concesiones.
Ya anochece y “ella” sigue allí. No ve, sus ojos sólo recuerdan. Pasa la noche del encuentro y siente la violencia de esos golpes que desde el recuerdo no guardan el dolor de este ahora atormentado; pasa su aparición en el hospital, y ve como el temor no es una repuesta al recuerdo de su paliza, sino el miedo a ese amor obsesivo que ve en sus ojos; pasa la cena de gala, y el arrullo del cuento la hace sentir por primera vez esa mujer deseada que había ocultado; pasa la primera noche juntos, la segunda, la tercera y en todas ve lo mismo: amor y deseo. Un amor y un deseo grabado con la hondura de un siempre.
Es un viaje sin fin por esos recuerdos que aún huelen en su piel y bajo ese embrujo vuelve una y otra vez. Lo repite con tanta terquedad, lo saborea con tal placer, que al final de esa rueca siempre termina por pensar si lo vivido no ha sido un sueño. Esa incertidumbre y esa duda la impulsan a un nuevo viaje, a husmear por el amor que vivió, intentando ver si entre sus resquicios se encubría la mentira en todas las verdades que hicieron y dijeron. Por mucho que indaga, todo se descubre ante “ella” como una verdad absoluta, sin posibilidad de duda o replica. Sin embargo, ¿por qué no bajó del coche? ¿Por qué prefirió el odio al amor? ¿Por qué?, ¿por qué?, ¿por qué…? No encuentra respuesta y no quiere encontrarla. Si hay amor, ¿cuál es la respuesta? ¿Cuál?
Eran las tres de la mañana, cuando el mar vino a ella. Seguía el dolor, pero estaba el mar. Un mar inmenso y poderoso, indiferente pero libre, rugiente y vivo. ¡El mar! Despertó su entumecimiento y cuando se dio cuenta portaba las maletas pisando esa gravilla delatora que le hablaba de llegadas, nunca de partidas. Cuando iba a cerrar, dio un último vistazo a la casa. Tenía el fulgor de la luna. Le pareció acariciada por el sueño, por ese brillo de plata con el que refulgen los tesoros escondidos. Nuevamente ese manar impetuoso que no la abandonaba renació con mayor brío. Sin saber cómo ni tampoco el porqué, sus pasos se arrastraron sobre la gravilla. Se arrastraban con rabia, pero también con pasión, abriendo un surco de tierra negra sobre el granito lunar. No sabía a dónde la conduciría, pero cuando termino vio toscamente dibujado en el suelo un corazón. Un corazón triste y solitario, pero grande. Y allí, con el mar y el fulgor de la luna, le pareció que palpitaba.
Cargada con las maletas, tomó la carretera con paso abatido y avanzó sin mirar atrás hasta confundirse con la nada que la rodeaba.
- ¿QUIÉN GANA EL JUEGO?
Cuando “Ama Marla” llegó tres años después, precedió a su llegada un cargamento de baúles que constataban el lujo de ese cabaret agitado y anárquico, que no paraba de salir en los medios de comunicación como la última revelación de la postmodernidad. En sí, era una mirada al pasado, pero desde el descaro del presente; o más bien, desde la utopía del futuro, pues nada de lo que ocurría en el escenario entraba dentro de los cánones de lo políticamente correcto. Todo escandalizaba; y todo lo que escandalizaba, valía. Sin embargo, al lado de esta carnaza operaban otras de igual o mayor enjundia. Su estética, amanerada y preciosista, rozaba los sueños más kitsch de Hoollywood en sus delirios. Cuando salía con aquellos vestidos rebuscados y refulgentes, cegaba para reinar, y hasta Mae West, que en gloria esté, gritaba de envidia desde el más allá. Todo era tan maricón, que se amaba con pasión o se odiaba con asco. Al primer carro, estaba apuntada toda la modernidad del país que pisara; en el segundo, pocos osaban alzar la voz, pues una hembra como aquella, disparaba a matar; y esto no era una metáfora. Escoltando todo esto, venía su otra tabla de salvación (la otra, era la inteligencia de su verbo afilado): su voz. Tenía un color que engatusaba los oídos más exigentes, cambiando la tonalidad con la misma facilidad que de traje, desde el desgarro del bolero a la ironía de una cantata, todos los palos los hacía suyos.
Se contaban mucho y muy variado en torno a su persona, sin que hubiera límites precisos que cercaran un carácter tan salvaje y pasional. Había una leyenda que la perseguía desde sus inicios. No era una historia, sino miles. Algunas de dudosa credibilidad, pero todas posibles para una dama como ella. Desde su rápida ascensión al olimpo de las divas, un desfile interminable de historias pasaban por su vera. Su vida eran sus excesos. Toda esa hipérbole con la que cubría en el escenario, terminaba derramándose por el proscenio hasta, tras vencer el foso, estallar en el patio de butacas y salir a la calle, a la vida. Si bebía, era Baco reencarnado; si follaba, Venus, comparada con ella, era una monja y las vestales unas novicias. Y así en todos los órdenes. Ella misma aclaraba esa pasión por estar siempre en la cima. En una de sus escasas entrevistas, que concedió tras su estrellato, declaraba que: “Nada me llevaré al otro mundo. Todo lo haré en este.” Así era la rima con la que conjugaba su vida, ningún verso se apartaba de esta estrofa.
Se concedía el derecho a hacer; y entre el pensamiento y el acto siempre encontraba una senda por donde el pudor no discurriera. Nunca había un imposible, algún freno a su decisión, estaba tan segura de su genio que las trabas caían a su paso como castillos de naipes. Por su lecho, así se comentaba, pasó todo el que tenía que pasar, es decir, todos aquellos que despertaron su codicia.
Solía asustar. Nadie olvidaba su inteligencia aguda ni su arrojo afilado. Estas armas la llevaban a actuar con una simplicidad engatusadora. No había inteligencia que a sus ojos no apareciese con su desnudez cretina. Del arresto de los primeros movimientos con los que amedrentaba a sus posibles conquistas, pasaba, como por arte de ensalmo, a una sumisión adoradora. Este posición tan contrastada tenía una sola explicación a los ojos de sus amantes, y bien se preocupaba ella de remarcarla durante el transcurso del juego: eran ellos, y ese sabor a macho poderoso que descubrían entre sus garras, los que derriban cualquier muro entre esa hostilidad primera y una entrega que ninguna de las partes deseaba aplazar. Disparar salvas al orgullo, era la mejor forma de tener una buena polla, o a falta de ésta, una buena cartera entre las piernas. Y ella nunca hecho en falta ni lo primero ni lo segundo. Lo tenía todo, cayendo en este saco también todos aquellos que presumían de haber comido incontables coños, sin dejar de suspirar entre detalle y anécdota, por aquel culo y esa verga que seguían sembrando la duda en virilidades mal entendidas.
Nunca jugaba con el amor, o mejor dicho: ya no jugaba al amor; eso sí, el sexo era ración diaria, y nunca faltaba a su mandamiento con un proselitismo que ayudaba a engrandecer la leyenda. Aquellos que pretendieron quedarse, que quedaron imanados por su ser, vieron como tal pretensión eran zanjada en un proceso que recordaba al de la conquista, pero efectuado en sentido contrario: de la negativa cariñosa al desapacible adiós. Nadie, durante esos años, pasó más de dos noches en ese sueño que anhelarían mientras vivieran. Era ahí, donde residía lo que podíamos llamar cierta venganza. Todos sus encuentros venían revestidos de un halo especial que los hacía únicos, irrepetibles. Había aprendido a ejemplificar tan bien las fantasías de cada uno, que éstas se hacían carne entre las sábanas de raso. Incluso los impotentes encontraban en sus artes una certera medicina que los hacía excepcionales amantes. Al ansioso sabía darle serenidad, sabía enseñarle que la suma de momentos, en apariencia vacíos, contenían los mensajes que los llevarían al deleite; al sereno, sabía azuzarlo para que las pausas no fuesen letargos, sino reposos en los que atacar con furia. Así, con cada uno de los muchos que gozaron de su arte. El pago que estos viajes tenían era tan sencillo como doloroso: la ocasión era única. No había repetición. Podían estar fornicando toda la noche y todo el día, que esta traca no daría paso a una nueva noche y a un nuevo día. Todos, sin excepción, terminaban abandonados; solos en el infierno después de estar en el cielo.
Se amaba tanto que prefería la soledad, y su buena compañía, antes que anclarse a un hombre que, a la postre, era tan fácil de sustituir por uno igual o mejor. Todos sufrieron este “usar y tirar”; todos, excepto uno: Ludwig, su ayudante.
Él tenía una particularidad, que es la que os imagináis, aunque no es a ella a la que me refiero. Cuentan que estuvo con ella desde que arribó a Berlín, y desde ese momento fue su sombra cálida. Respondía a la perfección a ese prototipo ario que otras épocas ensalzaron; pero no era ésta la cualidad que lo mantenía libre de tormentas. “Ama Marla” sabía escoger tan bien la belleza, como tirarla después; aunque no siempre era ésta el eje que marcaba su decisión. Era su discreción, o mejor dicho su imposibilidad para ser indiscreto, lo que aseguraba su permanencia. Era sordomudo. Esto no dificultaba en absoluto su comunicación. Desde un primer momento, como todos, entregó su alma a ella; pero a diferencia de los demás, nunca elaboró ningún discurso que subrayara su esclavitud. Entendió su naturaleza y se conformó con ser “ese” que siempre estaba ahí, bien para rendir con su calibre veinticuatro, bien para consolar ese humor depresivo que en ocasiones la asaltaba. Siempre se preocupó por entender sus palabras y adelantarse a sus actos, sin que ella se esforzase por recorrer el mismo camino. Le bastaba saber que era comprendida, sin preocuparse si Ludwig necesitaba de la misma comprensión. A su favor, como no podía ser de otra manera, jugó el hecho de que la única preocupación de Ludwig fuera “Ama Marla”. Si ella estaba bien, él estaba bien, pues sabía que tarde o temprano recibiría justa recompensa entre sus carnes siempre acogedoras e indómitas. Carnes que, para él, construían el cielo que había soñado. Y por ese cielo, la acompañaba por esta tierra.
En su mente, igual que existía el aire para vivir, existía ella. No concebía un día sin verla, sin servirla. Ese era el dominio que “Ama Marla” tenía: su alma. El día que lo abandonara, aquella fortaleza caería en la ruina, hecha añicos; y nadie era más consciente de esa verdad enmudecida que el propio Ludwig. Desde siempre, y en todo momento, él estaba allí, con esa discreción tan particular que lo hacía invisible cuando la ocasión así lo requería, y manifiesto cuando su robustez de dos metros diez se hacía urgente y necesaria. Tanto en un caso como en otro, era de una eficacia inapelable.
Avanzó con ella desde los tugurios a los mejores coliseos, en una carrera rauda y exenta de dificultades. Al verla percibió aquella ascensión. Estaba hecha para el éxito, y el tiempo sólo pulió las esquirlas que apagaban un brillo natural; una vez que resplandeció, todo fue a más. Así, la casualidad siempre vino vestida de fortuna, y ésta allanó el camino a esa cima en la que continuaría hasta que la muerte pusiese fin a la gloria para dejar paso a la leyenda.
En un mundo atiborrado de estrellas parecidas a las vecinas de al lado, ella restauró la dignidad mítica que esta palabra encerraba en su origen. Ningún gesto, a lo largo de las veinticuatro horas del día, la acercaba al común de los mortales. Era oro, y con ese noble material no es probo hacer baratijas. El lujo y el exceso custodió ese recorrido con el que conquistó Europa, hasta que se habló de ella en lugares que nunca había pisado, pero que reclamaban su presencia con ofertas tentadoras. A esta pantalla le puso un marco que enaltecía la ostentación: su carácter. Libre, indómito, caprichoso, ¿con cuántos calificativos se puede designar a una verdadera estrella? Cuando termines de pensarlo, considera que ella los tenía todos.
Ahora volvía al principio, a ese tálamo que abandonó precipitadamente. Durante esos años no volvió a pisar España. Cuando las cosas comenzaron a ir bien, y la nostalgia le pasó la factura, no optó por ir sino por traer. En su deambular, la acompañaron familia y amigos que ella invitaba hasta que la nostalgia daba paso al cansancio, y con ello a la despedida. Pero nunca, ni en fechas señaladas, cayó en la tentación o tortura de acercarse a esa frontera que había cruzado. El empecinamiento de su negativa se tomó como un capricho más de estrella, pues el “no”, no iba custodiado por razones más profundas, exclusivamente la vehemencia tajante de su determinación; y ante ésta, no cabían más preguntas. El día en el que su estrellato se alzó sobre el firmamento, consideró que había llegado el momento de volver.
Como honor a la melancolía decidió celebrar la única rueda de prensa que concedía en España, en la ciudad de A Coruña, donde su espectáculo estaría una semana en el Teatro Rosalía Castro antes de proseguir su gira triunfal. Pero los honores continuaban. Un día antes del estreno presentaría el mismo en el desaparecido Teatro Luis Seoane. Allí, ante un reducidísimo grupo de amigos, exhibiría en intimidad la procacidad que la había llevado al estrellato.
Abel recibió una invitación.
Los cincuenta privilegiados que allí se encontraban esperaban expectantes el inicio del espectáculo. Se extasiaban ante el minimalismo de un escenario vacío y negro sobre el que difícilmente destacaba un piano de cola. Por fin las luces se apagaron y las primeras notas del piano anunciaron el comienzo. Una larga boquilla apareció elegantemente en la margen izquierda enmarcada en el foco de luz que se abría serenamente. Con un movimiento sinuoso, tan vaporoso como el del humo, emergió una pierna estilizada, elevada a los imposibles tacones, que daban paso a la diosa embutida en un estrafalario traje de lamé dorado, lentejuelas y plumas. Tras eso, su perfil estático y distante, asomaba con la misma belleza que un amanecer radiante. Los aplausos cegaban el local. Y de repente se obró el milagro. Su voz dulce e irónica se abrió paso entre los ensordecedores aplausos que ahogó. Y la seducción reinó durante dos horas y media.
• ¡Tengas todos ustedes muy buenas noches! ¡Con ustedes… “Ama Marla”…! Bien. Como esto queda un poco cutre, les aclaro que esta parte la hace mi maestro de ceremonias. Un ser encantador. Yo “comulgo” todos los días con él. Pero claro, este escenario tan chiquito, y con las “misas” que hoy llevamos… ¡Pues eso! Hoy, mi maestro de ceremonias, está de “extrema unción”. ¡Y mira qué aguanta! Porque fe, lo que se dice fe, tiene para dar y tomar; pero claro, ¡como últimamente estoy tan espiritual! No paro de “comulgar”.
Ahora que estamos con esto del espíritu, permitidme queridos que sea un poco materialista. Bueno, ¡no! esto está mal… Si me lo tienen que permitir los queridos… Así, a grosso modo… la presentación empalmaría con el epílogo. ¿Empalmaría…? Qué bonito verbo, ¿no? Bueno. ¿Por dónde iba…? ¡Ah, sí! Lo del permiso. Bueno, aunque estáis todos saludados, con lo exquisita que soy, puede que me haya adelantado un poquillo y no haya hecho los honores a las autoridades que aquí se hallen presentes. Majestad, Doña Sofía, ¡PRÍNCIPE FELIPE! ¡Ay, perdón! Siempre que pronuncio este nombre, me da como un subidón… Presidente, Presidenta; ¡ah, perdón! Doña Botella, Presidente de la Xunta de Galicia, Excelentísimo Señor, Don Manuel Fraga… –se ahoga-. ¡Ah! Creí que no lo conseguía. ¡Esto es lo malo de vivir en un país con tantos parados! Todos terminan de políticos. Yo, sin ir más lejos, tengo un amigo titulado…: ¡Era el tonto del pueblo! Lo tenía claro desde niño. ¡Y mira que luchó! Porque alguien tenía que decirlo: Esto no es nada fácil. ¡La rapidez con la que se reproducen estas bestias! Bueno, pues él lo consiguió. Con tesón y poniendo todo de su parte, fue elegido, por aclamación, en unas reñidísimas erecciones generales, “tonto del pueblo”. Pues bien, ¿lo que es la burocracia? Él, con lo feliz que estaba con su trabajo, y nada, que con esta puñeta de estar en Europa llega una subvención para crear empleo y aparece la “mala de la película”, la orientadora laboral. ¡Esta chiquilla, hombre…! ¿Cómo se llama…? Esta…, esta que es prima tercera de la mujer que limpia en casa del alcalde, y que tiene tres hijas, todas tontas, menos una lista que es puta y se está tirando al chiquillo este… ¿Cómo se llama? Bueno, el chiquillo este… ¡Sí…! que estudia para policía, y que va a la academia esta, donde está esta cría, prima segunda de una prima tercera del señor alcalde, y que, ¡mira tú lo que es la vida!, pues resulta que esta niña, tiene un novio; pero decente, ¡eh! No se vayan a creer… Pues bien, ¿por dónde iba? ¡Ah, sí! El novio decente, pues resulta que, aunque la niña no lo sabe, no es tan decente como parece. Ni el novio ni ella; pero bueno, estamos con él, y no tenemos por qué comentarle lo que todo el mundo sabe pero él ignora. Pero ya que hablamos de él… Pues sé, y lo sé de muy buena vena, que anda en asuntos de drogas. Una buena tapadera para lo que realmente le da dinero: una asesoría económica donde blanquea el dinero de la asuntos nada buenos: constructoras, industrias al por mayor, bancos… Nada peligroso teniendo en cuenta que la tapadera es la alcaldía… Pero, ¡por Dios! Ya me he perdido. Bueno, para finalizar, la orientadora está ahí por una causa muy justa: es la amante de la mujer del alcalde. No es que está mujer sea lesbiana. Es que él es impotente. Ella se hizo lesbiana en un curso de cocina. Cuando hacía la tortilla. Le cogió tanto gusto (es natural, a quién no le gusta un par de huevos bien hechos) que no para
¡Pues bien! Con lo feliz que estaba el tonto, y va y lo llaman a una entrevista… Ya no le preguntó lo que sabía hacer porque le quedó tan claro; ¡es que eso de tener estudios, da mucha vista! No como él: los abandonó todos para especializarse. Dejó la educación general básica para terminar siendo el tonto de la familia. Los ocho cursos, los terminó en uno. ¡Había confianza! La familia que se ama unida…; y estos es que se amaban los unos sobre los otros. Después, decidió hacer el bachiller: tonto de barrio. Como ya estaba más práctico, los cuatro cursos los acabó en una semana; en la Santa, por aquello del capirote. Y claro, con esa ambición, tenía que hacer carrera. No sabía si decidirse por una corta o por una larga; ¡comprobó que las largas tienen más aceptación! ¡Je, je, je, je! ¡Es que no era tan tonto como parecía! En la Universidad se pulió, pero antes de eso, aún le quedaba un poco de sexo.
Ya, como tonto del pueblo, con todas las ambiciones cumplidas, empezó a trabajar. Tenía un horario muy estricto. De nueve a dos, y de cuatro a siete; y a mayores, festivos y fiestas de guardar, porque a alguien tenían que apedrear los muchachos… Pero claro, la orientadora, la chiquilla esta… ¿Pero cómo se llama? Es lesbiana… eso quedó claro ayer… ¿Pero cómo se llama? ¡Dios mío, tuvo la boca tan ocupada que ni se presentó!
Bueno, pues esta chica… la chica esta –hace un gesto de pechos generosos- ¡Sí, hombre, esta…! ¡la de…! –simula una fricción- ¡Aaaarrssss! ¿Tú te acuerdas? –pregunta al pianista, que hace una mueca de indiferencia-. ¡Claro! ¿Tú por qué te ibas a acordar? Es mi pianista. Mi pianista: el público. El público: mi pianista. ¡Tiene unas manos! ¡Lo toca todo! Y con las dos, ¡eh! Bueno, aunque, a veces, hace unos solos… De él es la famosa obra, ejecutada en el mundo entero, “piano para una sola cola”; aunque es más conocida por su traducción: “Lento por el culo”. Es un gran ejecutante. Trabajó con los más prestigiosos, aunque nunca les llegó a ver la cara…; pero muchos aún lo recuerdan por su batuta. Es muy solicitada. Su “afamamo”, perdón: ¡afamado! compás dos por cuatro, o el cuatro por ocho (por el mismo precio) es una de las obras más aplaudidas. Ayer, sin ir más lejos con el terceto de los platillos… ¡Sí, hombre! Estos que hacen ¡chas!, sobre todo cuando se le caen; después con el cuarteto de las botellas, con el dueto de los cocineros. Tardamos bastante en cenar, ¡aunque no paramos de “comer”!
Ahora está en un buen momento. Yo lo rescaté. Es que no paraba de descender… ¡cada día eran más jóvenes! Cuando lo conocí le estaba explicando a un púber la diferencia entre adentro y afuera; antes le había explicado la diferencia entre seco y mojado; blando y duro… Algunos, incluso, aprendieron a leer a su lado. No empezaban con aquello de “mi mamá me mima”, “mi mamá me ama”; sino con lo primero que tenían a mano. Así que a todos les quedó claro que el universo de las letras se abría a uno con estas palabras: “El preservativo debe colocarse antes de cualquier contacto sexual, ya que son frecuentes las secreciones preeyaculatorias con semen. Abre el envase por uno de sus lados (dibujo 1), teniendo especial cuidado de no dañar el preservativo con las uñas sortijas, etc.…” ¿Se han fijado ustedes en la frialdad de semejante explicación? Es que hasta da ganas de no follar. Es como si para explicar cómo follar dijesen más o menos así: Tome usted el miembro y asegúrese antes de introducirlo que reúne todas las condiciones de dureza y salubridad; en caso de no ser así, absténgase de intentarlo, persevere y tantéelo más adelante, cuando las condiciones sean las anteriormente señaladas…
¿No me dirán ustedes que…? –gesticula cómo dando a entender que hay que echarle muchos cojones-. Bueno, continúo, como estamos entre machos, la explicación seguiría por estos derroteros: A las puertas del esfínter presione con cierta contundencia; si usted ve que pese a todo es impugnable, repita nuevamente los pasos 1º y 2º (dilatación y lubricación), sin dejar de prestar la debida atención al paso 5º (erección), no vaya a ocurrirle lo anteriormente citado. En caso de que el problema persista, tranquilice a la persona que cometió el error de acercarse a usted con palabras amables; tipo: “Le hago la firme promesa de que esta actuación no agravará su estado de salud”, o “Puede que la aflija levemente, pero tenga la seguridad que pasado cierto nivel percibirá una incontinencia gustosa”
¡Menos mal que a mí no me da por leer! Yo esto lo aprendí en la calle; ¡hasta me pagaban por progresar! Sí, ríanse, pero era cierto. Al principio lo hacía gratis. Pero después, como era tan buena alumna, comenzaron a “becarme”. No hubo curso que no estuviera becada. Pronto era toda una especialista. Ustedes recordarán, ¿verdad? Algunos han sido alumnos míos; ¡y aventajados! –aplausos y piropos-. ¡Basta, basta! –ruega cariñosamente-. Me van a hacer envejecer recordándome aquella época en la que una era una niña; un poco puta, pero una niña. Si lo pienso bien, ¡tampoco he cambiado tanto!; ¡como quien dice nada! Sigo siendo igual de ni… –se mira con detalle, mira al público y se queda reflexionando un rato-; mejor decir que si igual de puta –aplausos-. ¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí, por lo del tonto…! Digo esto para no seguir con lo de puta…El espectáculo dura dos horas, y lo de puta… –suena el principio de una melodía-. La verdad es que soy muy buena… en eso también –la melodía toma fuerza y ella comienza a cantar-.
Todavía hay gente que pretende
que su alma va a reencarnarse,
en cuanto a mí, no lo puedo creer,
aunque lo diga el mundo entero
solamente se vive una vez,
de verdad lo pienso aprovechar.
En un teatro,
yo quiero ser primera actriz,
en un castillo antiguo
su único fantasma,
en la ciudad
centro de todas las miradas.
Yo sé muy bien lo que digo
la vida no va a volver
¿a qué esperamos?,
abrid la puerta,
echemos la pena al mar.
No es vida el sueño en las nubes,
tiene que haber algo más,
el tiempo es oro, hay que gastarlo,
la vida no vuelve atrás…1
Durante esas dos horas y media, que pasaron con la rapidez que se vive la felicidad, “Ama Marla” fue todo. Tierna como una polichinela, arisca como una diva enloquecida, procaz como los obreros de un andamio. Todos los palos de la baraja salieron al escenario en un viaje elegante que daba paso a todas las mujeres que cabían en ella, llena de una exhuberancia que la llevaba al más difícil todavía en cada paso.
Abel la miró embobado, temiendo cruzarse con su mirada. Vivió momentos en que el espectáculo se hacía íntimo, casi como un reproche o un susurro, sumiéndolo en una confusión que lo apresaba; en otros, creía que esas caricias que en oleadas empapaban el patio de butacas, eran tan entrañables como las de antaño. Lo cierto es que viéndola, todo se hacía difícil.
Desde su aparición se percató de una verdad: El deseo tiene forma. Hasta que la volvió a ver, siempre entendió el deseo como una ensoñación, como esa utopía que uno buscaba de cama en cama sin perder la esperanza de poder lograrlo antes de morir. Entendía que el premio existía, pues ya lo había vivido en sus brazos; pero ahora, al verla, comprendió que aquel tiempo rehén de sus recuerdos, poseía ahora un pálido reflejo comparándolo con el esplendor actual que lo cegaba. Invidente a todo lo que no fuese su belleza, anidó en el embrujo de aquellos requiebros que sabían que eran suyos; pero temiendo también los desgarros incisivos que no llegaban huérfanos a su sangre helada. Amor y temor. No sintió más en ese tiempo apresurado que pasó como un sortilegio
Durante tres años, Abel la recordó cada día; del único que se olvidó fue de él. Evitaba que esa Diana cazadora cruzara sus pensamientos; pero el primero y el último del día eran siempre suyos. En ocasiones, tan numerosas que se hicieron incontables, el sueño se resistía a llegar, y esos prolongados insomnios tenían una única compañía: “ella”. La recreaba en aquellas horas que se resistían a morir con ese sabor fresco con el que arrulla la felicidad a dos que se aman. Las primeras semanas hicieron de él un sabueso desquiciado. Vivía para verla, para encontrar ese accidente que la volviera a traer a su lado. Los días se le iban en husmear aquí y allá sin otro resultado que la soledad de su deseo. Era tal su obsesión que en las innumerables ocasiones en que la “vio”, comprendió que sufría del mismo mal que el perdido en un desierto: veía agua donde sólo había arena.
Una noche, al dejar en casa a la que sería su futura esposa, vio que sus pasos lo llevaban a Los Cantones, a la misma turbia esquina donde la encontró por primera vez. Ahora, sin embargo, sus manos no eran puños, eran ruegos. En aquella ocasión no encontró a nadie que pudiera decirle que era de él. Más adelante, casi como una burla a su fidelidad obstinada, comenzaron a contarle una serie de historias disparatadas que le hablaban de una Diana perdida por las calles de la vida con la compañía de un sida que le acortaban los pasos; también como secretaria en una multinacional asentada en Barcelona; o formando parte del harén de un potentado kuwaití que tanto comía carne como pescado. Año y medio después, antes de encontrarla estampada en el couché de las revistas, percibió la verdad en la voz amariconada que le hablaba. Su memoria lo había borrado, pero aquel maricón que coqueteaba con cautela, llevaba sus carnes marcadas por la noche en el que la verdad descubrió sus cartas.
• Sí, ¿quién la busca? –sondeó con una curiosidad de patio de vecinas-. ¿Qué le quieres?
• Un amigo… Saber de “ella”.
• Una cosa –preguntó con desconfianza-: ¿No serás tú el que andas preguntado por “él” últimamente?
• Puede que sí –respondió lacónico-. Imagino que sí.
• Entonces… ¿Eres Abel?
• Sí.
• ¡Pues ya puedes ir largándote, bonito! No quiere saber nada.
• ¿Pregunta por mí?
• No. ¿Cómo va a preguntar por un hijo de la gran puta? Esto no lo digo yo, lo dice “el”, que te quede claro; yo no opino lo mismo –aclaró Javier con coquetería, viendo la cara de sorpresa que puso ante su respuesta y como después un dolor mudo se instalaba en su rostro-. ¡Es que Marcos es así! Una de las locas más cabronas que conozco. Tú hazle algo –indicó con sus ademanes exagerados y enfatizando cada palabra hasta arrastrarla con alegría-, ¡y la cagas! ¡Menuda es! Así es que no se va a casar nunca. Pero bueno, ¡allá ellas y su sangre de vinagre! Que no se extrañen de que después pase lo que pase. ¡Eso a mí no me ocurre! ¡Con lo dulce, dulce que soy! ¡Uuuuuummmmm! Tú sabes, ¿verdad? Por cierto, me presento: Javier –le tendió la mano con la “elegancia” de una dama decimonónica-; aunque puedes llamarme Javi, o, si tienes más confianza, Bibí, que suena más nórdico y exótico. Por que yo soy así: exótico, dulce, suave, complaciente, tierno, dócil, dúctil –añadió en carrerilla, mientras le tendía la mano elegantemente-, puritita jalea, ¡un bombón!
• Encantado –respondió tomándole la mano y siguiendo la representación que duro lo que su ansiedad: un beso en la mano-.Ya… ¿Pero qué te dijo?
• Bueno. Ya sabes… Lo de siempre: mariconadas. ¿Maricomprendes?
• Sí, ¿pero qué?
• Bueno… yo, yo le dije que lo andaban buscando; bueno, más que buscando, que no paraban de preguntar por “él”; y claro, va y me pregunta: ¿Quién? Y yo que quieres que te diga, le dije, ¡preguntan y ya está, bonita! Y ¿cómo es?, me dijo; y yo… pues mira, loquita, n.p.i.: ni puta idea. Y “él” –detiene la explicación y lo mira con picardía-, va y me pregunta: ¿Tiene una pinta de muy macho? Claro, yo en ese momento, ni idea, ¡tú sabes!, ¿verdad? Si es ahora… Pero claro, ¡yo, mi niño, no sabía qué eras tú! Y le dije: Pues qué quieres que te diga bonita, ni le vi la cara ni le vi la polla; ¿qué quieres que te diga?
• Ya, ¿pero qué te dijo? Ve al grano, por favor…
• ¡Calma, mi niño, calma! ¿Eres así de rápido con todo? ¡Por Dios, qué hombre! Es que no dejas ni expresarse a una, con lo bien que estaba quedando, ¡con lo artista que soy…!
• ¡Perdona! Pero continúa, por favor, continúa; ¡pero ve al grano!
• ¡Pues nada, continúa! –repuso irónica-. ¿Y cómo voy a continuar si ya me he perdido? ¿Por dónde iba, mi amor?
• Por el final.
• ¡Ay, qué sentido del humor! ¡Pero mira qué eres pillo! ¡Ay, estos hombres… cómo sois! ¡Sois…!
• ¡Por favor…!
• ¡Qué ya, mi vida! ¡Que estoy calentando motores! ¡Por Dios! ¿Eres así con todo, mi amor?
• A veces
• ¡Uuuummm! ¡Mira tú…! Así que a veces, ¿eh? ¡Mira tú! ¡Fíiiiiijate! ¡Bueno, mi vida, pues que las únicas prisas de hoy, sean éstas! ¿No dices nada…? ¡Pero qué pícaro eres! ¡Dioooosssss! Bueno, ¿por dónde iba? ¡Ah, sí! Y me dice: ¿Tiene pinta de muy macho? Y yo claro, comprenderás, ¡no te conocía, mi vida! Si me lo hubiera dicho hoy, y perdona por la franqueza pero es que si no lo digo muero, le diría: ¡Hija, y menudo macho! ¡Qué semental, mi niña!
• Gracias. –repuso avergonzado y ya convencido que lo mejor era que él siguiera su ritmillo.
• ¡Las tuyas, mi vida, las tuyas! –repuso con cortesía maricona-. Pues bueno, como yo no lo sabía, me dejó bien clarito, pero clarito, clarito, ¡eh!, que si tenía una pinta como la tuya, yo mutis, ¡closed total!
• ¿Cómo…?
• Se siente, mi vida, pero… yo tengo palabra. Y bien que me dijo: si lo ves, no digas nada. ¡Y yo, ya ves! Como tengo palabra… Es que soy muy fiel, ¿sabes? ¡Yo no soy como esos! –indicó señalando a otras maricas que paseaban sus carnes en pequeños corrillos-. Con ellos te pesaría la cabeza; pero conmigo… conmigo… ¡ligerita, ligerita como el aire! Nada de postizos ni añadidos. ¡Qué va, qué va! Conmigo no tienes que preocuparte… ¡Soy así!: ¡Fiel y viciosa! ¡Un poquillo putilla, para que me entiendas!; claro que con fidelidad, ¡eh! Eso que no falte. Sexo fiel; ¡y con eso sexo seguro, claro! ¡Mucho sexo! ¿Ves lo puta que soy? ¡Ji, ji, ji, jí!
• ¡Pero no me vas a decir nada! –rogó con cierta pesadumbre y poniendo en el asador un poco de sus encantos.
• Pues mira… Ya te digo. Tú ya ves lo qué paso, ¡y qué me dijo!, y también ves cómo soy. ¿Qué quieres que te diga? Es una cruz, pero…
• ¡Por favor!
• ¡Ooooooiiiiig, qué tonto! ¡No! ¡No, no, no y no! ¡Ooooh! ¡No pongas esa cara…!
• ¡Por fa…!
• ¡Y dale! ¡Dale vueltas a la macana! ¡Por Dios! Es que me estás poniendo en un compromiso. ¡Toda la coherencia de mi juventud, a tomar por el culo! ¡No! ¡De verdad!, no puede ser. Y, por favor, para de sembrar la duda en mi corazoncito. No seas malo. ¡Es que eres muy malo, mi vida! ¿Tú fíjate qué me estás pidiendo? ¡Tú fíjate! Además, se entera de que te dije algo, y seguro que viene desde Berlín a arañarme
• ¿Está en Berlín? –interrumpió bruscamente.
• ¿Cómo? ¿Qué?
• Qué si está en Berlín…
• ¿Dije yo eso? ¡Ves qué me haces decir! ¡Oig, qué hombre! Pues sí. Sí. Sí, así es. Es cierto. Está en Berlín. ¡Pero fuera de esto, mi boca no dirá nada más! –concluyó melodramática-. ¡Nada! ¡Closed, closed, closed every body time!
• ¡Por favor! Es importante.
• ¿Es importante?
• Sí…
• ¿De verdad?
• Sí.
• ¿Por?
• Quiero saber de “ella”… La echo de menos –finiquitó pudoroso-, mucho de menos…
• Ya… ¡Fíjate tú! ¡A mí es que esto me pone! Si fuera por otra cosa. ¡Pero el amor! –suspiró extasiada-. ¡Dios, el amor! Yo es que para eso soy fiel, casi una devota, una ferviente de mi novio. No quiero insistir en el tema; ¡pero bueno!, no está mal repetirlo. ¿Lo quieres mucho?
• …
• Parece que sí. Ni contestas. ¡Jo, qué bonito! ¡Y que lo tenga ese vinagre hirviendo! Es que no hay derecho. ¡Fíjate tú! Yo aquí, dulce, glamurosa, ingenua, ¡viciosilla y un poco puta!, fiel, entregada… ¡Y ya ves…! Siempre le dan pan a quien tiene garras. ¡Si es que hay que ser mala! ¡Hay que ser mala! ¡Javier, convéncete! –diciéndoselo a sí mismo-. ¡Mala y requetecabrona! Es que no se puede ser buena. ¡Tú me dirás! Nada, si al final, como siga así, me veo en un convento. Sola y con Dios. Porque claro, ¡este camino a la santidad está despejado de machos! Nada, nada… ellos, a los que los hacen sufrir y padecer. Cuanto más, mejor. ¡Dios mío, qué injusta es la vida! –dirigiéndose a ese Dios al que tutea-. Te despistaste cuando creaste al hombre. ¡Reconócelo, por favor! En la parte del cerebro algo tuvo que salir mal. Ahí seguro que no había barro, había fango. ¡Pero bueno, bonito, tú verás! –volviendo a Abel-. Si quieres sufrir por una locaza como Marcos, ¡tú sabrás! Pero te digo –lo tomó por el brazo para llamar su atención pues todo su parlamento lo escuchó cabizbajo-. La fidelidad es importantísima; más si es como la mía, que viene un poco puta. Avisado quedas, ¡bonito! ¡Pero bueno…! ¡Adiós, corpulencia!; ¡o digo: coherencia! ¿En qué estás pensando, reina? ¡Ji, ji, ji, ji! Con lo racional que yo era y perder todo eso. ¡Es que no paro de conocerme! Como siga así, estoy por levantarme un día y no saber quién soy. ¡La de facetas que tengo! ¡Un diamante! ¡Es que soy un diamante…! –volviendo de la reflexión y aprovechando para coquetear más descaradamente- Pues sí, está en Berlín; ¡y de cantante! Flipas, ¿verdad? ¡Es que es muy artista, mi niña! Yo, yo… yo se lo noté. ¡Esa voz! ¡Ni la Piquer ni la Pantoja! ¡Mi loquita es la que es artista! Es que la representación siempre se le dio muy bien; no como yo, ¡que soy sincera hasta la muerte! Moriré así: fiel y sincera. “Él” no, mi vida. Esa vena de artista… No te puedes fiar; y no te lo digo por mal, que yo soy buena. ¡Santa, diría! No. No lo digo por eso. Es que los artistas son así: unos putos mentirosos. ¡Si lo sabré yo! ¡La de artistas que me han engañado aprovechándose de mi bondad! Pero es que no aprendo. ¡Cómo soy así de entregada! –añadió coqueteando con esa inocencia que impregnaba todo lo referido a él, y el veneno que soltaba para los demás-. ¡Polla que veo, me ciego! ¡Y ahí va el corazón a tomar por el culo! ¡Venga… a la mierda! ¡Aaaay, lo que he sufrido con los artistas! Mejor no pensarlo, porque me pongo… Pues ahí esta, ¡de cabaretera! No. ¡No pongas esa cara, mi vida! Nada de puta. Es una cabaretera postmoderna. Y ya sabes, lo que menos abunda en la postmodernidad son putas; si aún fueran diseñadores, arquitectos, y todo esa prole…; ¡pero putas! Con los dedos de la mano. ¡Es que ya no se folla como antes! Ahora con tanta libertad, ya no se les da por lo prohibido. ¡Venga drogas! ¡De todos los sabores, tamaños y colores!; ¡pero follar, follar, lo que se dice follar…! ¡Nasti de plasti! Aunque eso sí –suspira satisfecho-: ¡La cantidad de maricones que hay! ¡El futuro es nuestro! Sí machito, sí, tú ríete; pero lo que yo te diga: el futuro va a ser muy, pero muy maricón. Ahí tienes al Marcos: el primer signo de los tiempos felices que nos vienen ¿A saber cómo es el espectáculo? Pero bueno, conociéndola cómo la conozco, seguro que tendrá mucho charmant, tipo Hoollywood, pero del guapo. ¡Y con lo maricona que es, ya lo estoy viendo! Que si plumas por aquí, que si lentejuelas, que si gasas, que si taconazos. ¡Vamos, como si no la conociera! Seguro que cargadilla. Lo que no entiendo yo, ahora que lo pienso, ¿es qué se le pierde a los alemanes con la canción española? ¡Con lo suyos que son!, ¿verdad? Claro que están tan buenos que yo lo de Hitler ya lo tengo olvidado. Con él murió el último alemán malo. ¡Si es qué hay que verlos! –se detiene recreándose en la imagen que su lujuria pone, hasta pasar la lengua por los labios en un signo de apetito-. ¡Ahí es que me costaría mucho ser fiel!; pero que conste, que lo soy. Yo sigo con mi coherencia, pese a esta pequeña caída sin importancia. ¡Claro qué, fíjate tú, allí toda rodeada! –continúa enfatizando cada una de las cualidades-.¡Todos rubios! ¡Todos ojos azules! ¡Todos con esos músculos de tecnología alemana! ¡Dios mío, qué injusta es también la tierra en el reparto! Casi cuando llame otra vez le digo que yo voy para allí. Sí. Se lo digo y ya está. Me voy de manager, o de esteticien, o señorita de compañía; ¡tanto da! Lo que está claro es que yo emigro; si no hay nadie que me para, claro –dijo mirándolo interrogativamente-. Si me paran… Yo me quedo. Como en España no se vive en ningún sitio, pese a lo mal que nos tratan a las mariquitas. Pero bueno, yo por fidelidad me quedo donde sea; ¡claro que decir “adiós” a los alemanes…! –se detiene reflexionando sobre los pros y los contras- . Pero bueno, ¡todo sea por el macho de España! –concluye agarrándose a él que tras la sorpresa, no opone resistencia-. ¿Pero, por dónde iba? Lo de artista postmoderna ya está; su éxito berlinés, aunque difícil de creer, ya está.
• ¿Tiene éxito?
• Sí, pásmate. ¡Pero ya te digo: mi niña es muy artista! Y como remate, para todos ustedes, querido y distinguido público. ¡Chatatachán, chatatachán, chachán! La niña que se opera.
• ¿De qué? ¿Qué le pasa? –pregunta angustiado.
• De momento nada; pero se va a “siliconizar”. Sí, ¡ya ves! Los sacrificios de una artista. Aunque bueno, eso siempre estuvo ahí –añadió misteriosa-. Creo que desde que tiene uso de razón, echó de menos un par de tetas bien puestas. Así que ahora, unas bien puestas, ¡y a tirar “pa’lante”!, porque pa’tras ni pa tomar impulso. La cuna del cabaret y “él” haciendo allí la cama. ¡Es que menuda qué es…! ¡Si seré tonta del culo! –diciéndoselo a si mismo-. ¿Por qué no me fui ya cuándo me llamó? Porque yo también tengo mi vena artística; claro que no tan desarrollada. Tengo todos los atributos. Fíjate sino –se apega más a él restregándose- los atributos con los que me premió el creador. ¡Ah qué sí! ¡Body Luxe! ¡Everybody Luxe! ¿No te parece? Estas formas… esta piel; ¡toca, toca sin miedo! ¿No te recuerda al terciopelo?
• Sí…sí, así es.
• ¡Qué suavidad!, ¿verdad? Y mi culito, ¿qué me dices de mi culito…? También puedes tocar –añade pícaramente-. No te cortes, bonito.
• No, déjalo…
• ¿No te gusta?
• Sí, sí esta muy bien –responde pudoroso.
• ¡Pues date una vuelta, tontito!; ¡venga!, ¿a qué esperas? ¡Uy, uy, uy, uy, qué tímido y vergonzoso! –dice llevando sin resistencia las manos de Abel hacia esa geografía-. ¡Pero palpa! ¡Magrea, mi amor! ¡Aaaa…aaaaaasí, mi amor! ¡Qué rudo, qué fuerte! –agrega paseando sus manos por la contundencia de Abel-. ¡Eres de acero! ¡Qué macho, por Dios!, ¡qué macho! Sí…, sí, sigue por ahí. ¡Mi niño, no me extraña que Marcos quedará así…!
• ¿Cómo? –preguntó interrumpiendo su exploración.
• ¿Qué?
• ¿ Que cómo quedó?
• ¡Oig, no, mi amor! Ahora no hablemos de esa puta locaza; ¡después, todo lo que quieras! Pero ahora, con las manos en la masa…No, ¡mi vida! –concluyó llevando sus ágiles dedos hacia el paquete que estallaba en la entrepierna-. ¡Tenemos que cocer bien el bizcocho, ahora que lo pusimos en el horno…!
• ¡No, dime primero eso!
• ¡Oh, no! Ahora no hablemos de esa cabaretera. ¡Justo ahora!
• Sí.
• No vas a parar hasta que te lo cuente, ¿verdad?
• Eso parece
• ¿Y después vamos a seguir con la “gastronomía”? –propone mimoso.
• Si me lo cuentas, sí.
• ¡Está bien! Bueno, como vamos a ser un “equipo”
• ¡Je, je, je, je!
• ¡Sí, ríete! Lo dicho: que entre compañeros de un mismo “equipo” tiene que haber confianza. Pues sí, el pobre sigue enamorado. ¡Así, cómo te lo cuento! Enamorado y dolido, porque quien ama también llora.
• ¿Así que sigue enamorada? –evocó emocionado-. Enamorada…
• Dolida, pero enamorada. ¡Claro que te odia! No hace más que odiarte…pero ya sabes: son esos odios en los que no paras de pensar en tu enamorado, aunque cubriéndolo de mierda porque ya no quieres seguir acariciándolo con el amor. ¡Oig, qué romántico me salió esto! Así se viven los grandes amores cuando se pierden. ¿Estás llorando?
• No…
• Sí.
• No. Es sólo que me emociona saber que no estoy solo, que aún sigue conmigo –añadió para su corazón-, como yo con ella…
• Aún lo quieres, ¿verdad?
• No puedo olvidarla.
• Ya.
• Tengo ese tiempo metido aquí –dijo señalándose el corazón y a la cabeza-; y no sale si no es para que lo recuerde. Día a día, noche a noche, no dejo de estar con “ella”, de imaginarme cómo sería todo si siguiéramos.
• Ya.
• De pensar en lo mucho que podríamos vivir.
• No puedes pensar así.
• ¿Por qué? –pregunto aún embadurnado en esa emoción a la que sucumbía-. ¿Por qué lo dices?
• Porque lo dejaste marchar.
• Me obligaron; no quería pero me obligaron.
• ¿Sabes una cosa? –dijo abandonando la alegre festividad de su voz-: Nadie hace lo que no quiere hacer. Tenga el precio que tenga, lo que uno desea es lo que hace.
• ¡No es tan fácil! –responde disculpándose.
• No te digo que sea fácil. Sólo digo que sí amas, haces. No soy de los que creo en que la fe mueve montañas; soy de los que sufro en que el amor lo puede cambiar todo, hasta el miedo. Si éste gana, no te atrevas a nombrar lo que viviste como amor. No lo insultes de esa forma.
• Pero yo la amo…
• Puede que lo creas así; pero creo que te engañas.
• No digas eso. No he parado de buscarla.
• Y si la encontrarás, ¿qué? ¿Qué harías?¿Qué ocurriría? ¿Qué le darías?
• Todo.
• ¡No me hagas hablar, por favor! Si así fuese, si eso fuese verdad, ¿estaríais así? Reconoce que te venció el miedo, el egoísmo…Cuesta, ¿verdad?
• …
• ¡Tranquilo! No eres el único del club. Esto está lleno, mi amor. No hay nada más fácil para un maricón que joder. Te lo puedo asegurar, sé de lo que hablo. Por eso también te digo que no hay nada más difícil para un maricón que amar, que verse amado. ¡No me mires así! Llevo mucho tiempo buscando el amor como para no dejarme engañar. Ahora follaremos. Será un polvo bonito, pero acabará con un adiós; o si todo va bien con un hasta luego que me hará sentir la esperanza de volver a estar contigo. Y esto no será porque tú tengas el corazón conquistado, o porque yo “no sea tu tipo”. Puede que así lo vivas, que así lo creas firmemente; pero no será por eso. La única molestia que te tomarás será la de abrocharte la bragueta antes de irte. No te quedarás a raspar un poco más, porque puede que lo que veas al final no te desagrade tanto; y eso, querido amigo, sería complicarse la vida. ¡Así es la vida del club!
• No sé qué decir…
• No tienes que decir nada. Tan solo tienes que cerrar los ojos y dejar –añadió magreándole el paquete- que “este” los abra. Y tranquilo, no te pediré que te quedes ni tampoco, si un día nos cruzamos por la calle, que me saludes efusivamente. Sabré entender que tuerzas la cara o cruces la calle… Pero aún así, si un día me buscas, olvidaré todo eso –dijo acercándose a sus labios y besándolo-, pondré una mueca de sorpresa como si hiciera un montón de años que no nos vemos, y esta marica volverá a ti como si aún tuviera la carne caliente de tus abrazos. ¡Pero nos estamos poniendo demasiado serios! Y no hay nada peor para un buen polvo que tomarlo con seriedad. Nada jode más que tomarse el sexo en serio. Y no estamos para eso –concluyo con un susurro húmedo-, estamos para disfrutarlo. Así que cierra los ojos y disfruta, el vuelo va a comenzar. Desabróchense los cinturones –añadió volviendo a la alegría que le era propia, parodiando a una azafata de vuelo-, me comunican de la torre de control que la pista está preparada para el despegue –dijo metiéndole la mano en el paquete y despertando al macho dormido-, el vuelo será tranquilo, placentero, con unos pocos baches de aire que harán temblar el aparato…; pero nada por lo que preocuparse, pues llegaremos al destino en el tiempo estimado.
Cerró los ojos mientras percibía como su rostro se deslizaba por su torso restregando sus labios en ese camino marcado que lo llevaba a la polla que ya había liberado. Cerró los ojos y cuando los labios húmedos abrazaron glande henchido de sangre pujante, su cerebro se atestó de imágenes de aquellos labios femeninos que alimentaban su libido. Percibió como los recuerdos se deslizaban tenaces por su cuerpo con la misma potencia que él imprimía a su rabo hasta hundirlo en ese rostro, ahora ya anónimo, por la vida que “ella” tenía. Comprendió que aquel tiempo pasado estaría para siempre esculpido en su reminiscencia, hundiendo sus raíces en ese deseo que germinaba siempre en la llamada a esos treinta días en los que el paraíso se hizo carne.
Tenía tal peso toda su imaginación que ni abriendo los ojos su imagen se esfumaba. Vio como aquel sarasa frágil y entregado devoraba con valentía el vértigo de veintidós centímetros furiosos por el anhelo de eso encuentro que llevaba tanto tiempo persiguiendo, así hasta que sus cojones desmesurados chocaban furibundos contra su barbilla. Poco a poco aquel rostro adquirió su dulzura, y al siguiente parpadeo era ella la que se la estaba mamando tan prodigiosamente. Tomo aquel rostro vencido por el ímpetu entre sus manos, y ya no le cupo ninguna duda. Era “ella”, su Diana. La acerco para besarla con avaricia, para darle en esos fogonazos en los que las lenguas se retorcían los besos robados por la ausencia y guardados durante la búsqueda. Era tal la emoción que el arrebato vino a tomar el pulso de su encuentro. Magreo con saña y devoción aquella entelequia que ardía entre el acero de su textura viril. La ropa huía de su cuerpo llevada por esa ansia de ver la efigie que taladraba todos sus pensamientos. Su deseo que no escuchaba las protestas de esa marica sobrecogida por el ímpetu de su amante. Con dos o tres zarpazos, aquel mariquita menudo y armónico, quedo en cueros en la escasa luz de la noche que llenaba con sus vacíos aL engaño que lo esclavizaba su recuerdo. Las protestas llamaron la atención de la fauna de maricones que pululaba por los jardines. Como un corro de vecinas se precipitaron hacia la pareja escondida por las sombras, llegando en el momento en que Abel se despojaba de sus vestimentas para dejar la forja de su constitución al fresco de la noche y al calor de aquellas miradas que siguieron hechizadas su férrea desnudez.
Habían visto cientos de miles de hombres, soñado con millones, probado cientos; pero ninguno de la docena de maricones que allí estaban, formando un corro tupido, dudó en afirmar que todos se resumían en aquel titán que concentraba entre sus carnes los sueños que se ambicionan. Cada uno de sus rasgos se marcaba y engrandecía en la oscuridad de la noche. Parecía que aquellos músculos fraguados con rotundidad arrebataban en su potencia el espacio hasta hacerse con la fuerza que reinaba en esas zonas foscas y expandir la grandeza de su solidez más allá de los límites férreos en los que reinaba.
La maricona había calmado sus protestas al ver que la apuesta se hacía en términos de cierta igualdad, pues todo lo que veía su asombrada mirada volaba demasiado alto, dejando esa equidad en la decisión de encuerarse. Sus movimientos eran urgentes, pero cargados de una intensidad en la que el deseo se hacía pequeño para poder explicar toda aquella grandeza. Abel seguía sumergido en la realidad de sus sueños, sin que nada lo apartase de aquella sombra que había nacido con la separación.
No fue consciente del dispuesto corro de pollas que empezó a masturbarse al unísono, acompañando sus decididas maniobras; tampoco sintió como ajenas aquellas manos que lo magreaban con intensidad, pues en la suma de todas ellas sentía el producto que recibía de la única persona que estaba con él en ese momento. La apretó contra su humanidad encendida, marcando en sus carnes la línea aguda con la que se dibujaba ese amasijo de excesiva virilidad, que concentraba toda su potencia, en la verga erguida que se acomodaba con fiereza en el abdomen jadeante del afeminado. Siguió recorriendo, palmo a palmo, aquella geografía que descubría en sus vericuetos el sabor de su hembra. Sus torneadas nalgas, sus esbeltas piernas, su cintura, esos pezones rosados y erectos que germinaban con sus lamidas encharcadas, esa suavidad de terciopelo que ornaba su piel hasta tomar carácter en la pija dócil y golosa que ahora masajeaba con rudeza.
Jadeaba como un poseso, como si la fuerza de aquella búsqueda incesante se inflamase en un segundo, para volver a renacer en el siguiente bramido. Vivía todo con furia y emoción, por sus mejillas se escurrían unas lágrimas empapadas por la felicidad, al tiempo que su pija enhiesta rezumaba los anuncios de su torrente de semen. La besaba con gula, mientras sus manos se sepultaban con ferocidad en aquellas nalgas recorridas tantas veces por aquel deseo que dormido en sus sueños multiplicaba ahora su vigor en esa alucinación de la que no salía. Sus dedos sabuesos buscaron el camino hacia casa y entraron en aquella gruta húmeda y acogedora que guardaba la saña voluptuosa de su doncella. La traspasaron limpiamente, con la compañía del grito agudo que su muñeca cimbreante dejó escapar entre los grititos de placer que no paraba de vomitar. El coro de mingas seguía sus maniobras en posición de firmes. Unos se masturbaban a otros, se besaban, se magreaban, dejando aquella espera en la que habían consumido su noche en el olvido, espoleados por el fuego que ardía en la hoguera de dos hombres enredados en un deseo inapelable. Su robusta polla sableaba el aire frío de la noche con arrogancia, llena del brillo irisado de sus jugos que estampaban su marca contra la piel delicada del mariposón. Hundió su dedos en la gruta iniciando un meteisaca preñado por esa hombría con la que llevaba todos sus actos, al tiempo que reventaba sus labios en la boca jadeante de su ilusión. El apremio de sus actos multiplicaba por mil sus calientes faenas. Tomaba su polla en un meneo frenético que rimaba con el meteisaca que se daba un palmo más allá; después, con el mismo encarnizamiento, deslizaba su mano ansiosa buscando en su suavidad el sabor de sus senos, de su cintura estrecha, de su vello ensortijado pero suave, de sus brazos armoniosos, de su rostro alucinado y babeante. Buscaba en aquel desconocido las piezas de un puzzle que había armado y desarmado desde que la separación se apoderó de su tiempo. Dejaba que su naturaleza, en plena explosión fuese tomada por manos anónimas que reptaban por los surcos de su musculatura, por el volumen excesivo de su verga y por esos cojones colgantes que se balanceaban como un fardo pesado. Las obscenidades de sus acompañantes traducían con claridad el pensamiento que no pasaba la frontera de sus gargantas ahogadas en jadeos de raíz animal. Lo tomó por la cintura, izándolo sin esfuerzo hasta colocar su verga a la altura de la boca y allí incinerarla en una mamada que ondulaba su trémula constitución. Su minga tenía el sabor que él recordaba, esa docilidad que iba ganando en pujanza conforme invadía los sentidos hasta cegarlos. La hundía en su boca, hasta sentir sobre su mentón el suave lastre de sus huevos, así hasta que volvía a liberarla de la enloquecida caricia en medio de una succión que despertaba el rugir de un falo acostumbrado a notas más suaves. Cuando llegaba al capullo, los retazos de su lengua lúbrica se vaciaban en todos los rincones con un frenesí que confundía. Así lo prolongó durante unos tres o cuatro minutos, hasta que sin aviso previo tiró hacia atrás esa ánima derretida que aseguraba su estabilidad asiéndose de sus cabellos. Quedó como un espantajo llevado por los vientos de impulsos que no controlaba. Ahora el vértice de sus ataques quedaba a la misma altura, pero en otro punto. Aplastó su rostro contra esa raja prieta que destiló con los primeros lengüetazos ese aroma que tenía viviendo en su memoria. Sus bufidos humedecieron el calor de esas nalgas tenues que destilaban el veneno de su ansia, de sus recuerdos. Contra ese vapor cálido volvió a estrellarse el llanto de su encuentro. Sabía que poco o nada quedaba para completar el único deseo que ahora regía su vida.
Desde la separación, la úlcera de sus invocaciones lo había llevado primero a buscarla y después, cuando finalmente se convenció de que nunca la encontraría, a recrearla cada vez con más fuerza. Esto era el único modo de mantenerse vivo para la representación.
Ignoraba la ocupación en la que estaría embarcada su Diana; pero de saberlo, se sorprendería por las similitudes de uno y otro espectáculo. Si el de ella se daba bajo bambalinas en el centro de un fulgurante arco de luz; Abel fue consciente de que a su alrededor había nacido un lienzo del que no era conocedor hasta entonces. Todo seguía igual, pero todo era distinto. Las normas, costumbres y usos proseguían su andar sosegado y repetitivo; pero ahora, él avistaba el trampantojo que aquella familiaridad, que antaño le apaciguaba, encubría. Tenía claro que la burguesía a la que pertenecía, aquella con ínfulas de nobleza por el mero hecho de poseer la única llave que abre todas las puertas: el dinero, nunca caería en la tentación de exhibir públicamente hechos como el que él había vivido. El pudor, tan contrario a la ostentación con la que se relacionaban, tenía raíces fuertes y vigorosas en todo lo tocante a historias como esta. Era cierto que por la rendija de tal recato se colaban flirteos e infidelidades. Pero éstas eran vistas, mientras se mantuvieran con discreción, como el picante que alegra una salsa, añadiéndosele en ocasiones, aunque esto dependía del sujeto “pecador”, cierta alabanza que venía a ser un premio o medalla a los casquivanos impulsos que se concedían los triunfadores. Pero esta consensuada permisividad, no se conducía del mismo modo cuando la historia venía acompañada de términos condenatorios que dejaban bien claro la posición inamovible del clan; y por extensión, de todo el mundo.
Este sentir era la sangre común que compartían todos, aquel plasma que los hacía vivir y revivir ajenos a cualquier circunstancia que los hiciese peligrar. Sin expresarlo, y por tanto sin necesidad de discutirlo por lo obvio de la afirmación, sentían que ellos eran el mundo. Fuera de esos límites tan precisos, marcados su mayoría por la posesión, estaban “los otros”. Ante este blanco y negro, nadie en su sano juicio dejaría su alta cuna para reposar al lado de todos los arribistas que pretendían llegar a donde ellos habían llegado. Las desviaciones, pese al blindaje con el que se protegían, eran sencilla y urgentemente extirpadas. La operación era rápida e implacable, sin que la discreción no estuviera en todos sus pasos. Podía parecer un truco de ilusionismo. Era tal la maestría con la que se ejecutaba, que uno podía llegar a pensar si realmente la persona desterrada había existido algún día.
A partir de la desaparición, la puesta en escena seguía un riguroso ritual en el que ninguna pieza se desviaba de las buenas costumbres. El nombre no volvía a ser escuchado, fuera de corros murmuradores, en ninguna conversación; a la vez, la familia afectada por tal “escándalo”, no volvía a oír pregunta alguna relacionada con tal sujeto. Si esto ocurría, un cerco de miradas censuradoras, acompañada por un respetuoso e incomodo silencio, ponía en su sitio al indiscreto e ignorante feligrés. Éste, sorprendido y afectado por su falta, entraba a las pocas horas, tras su oportuna ración de murmuraciones, en el rendido público que compadecía la desgracia y glorificaba el tacto con que la familia había arreglado el nefando asunto. Después, la ley del silencio seguía su inmutable andar sin que nada ni nadie entorpeciese su camino.
Esto no siempre ocurría así. Lo común, era que la sangre no llegase al río y el conflicto se solucionase en la acorazada intimidad de la familia. Esta privacidad no evitaba que los preceptos anteriores se aplicasen sin más alteración que unos leves retoques que daba el corpus familiar. La adaptación no aligeraba el castigo, al contrario: el reo convivía con los verdugos. Si algo se podía señalar como positivo en lo anterior era la libertad redescubierta del exiliado; aquí, ese aire no se respiraba. No había cárcel, no había exilio, sólo una libertad vigilada sobre la que no se levantaba el cerco hasta que la pieza volvía a casar perfectamente con las expectativas del mundo. Pero ni en ese momento, la sospecha entibiaba su alerta. El que lo había vivido, le quedaba hasta el final de sus días la certeza de que la vigilancia continuaba irreductible, y que continuaría así hiciese lo que hiciese.
No era en las palabras donde se manifestaba el celo de este cuidado. Ninguna de las que asomaba a partir de entonces tomaba claramente la desviación descubierta. Eran esos silencios, esas frases sin terminar vestidas con un tono que se hacía hiriente por su inocencia, esas miradas y un sinfín de gestos que comunicaban con toda notoriedad que nada se había olvidado.
La mejor exposición de esta cábala eran las reuniones familiares que cada cierto tiempo renovaban los lazos de amor. Si observaba aquel ritual íntimo tantas veces repetido, reparaba que las sonrisas y conversaciones cercaban con su disimulo esa sospecha que siempre quedaba en segundo término como un horizonte lejano pero presente. No era necesario decir nada más. En sus ritos, Abel era sabedor de que ninguno de ellos, pese al cuidado que ponían en su trato, no ignoraban los treinta días en los que vivió su verdad oculta. En silencio contemplaba cómo las relaciones en la mesa continuaban su curso melindroso sitiadas por esas zonas que no podían pisar pero que eran tan presentes que determinaban el día a día de su vida.
Y Abel lo sentía, lo sentía con tanta fuerza que hasta un abrazo lo llenaba de amargura y repugnancia. Ni soportaba su mentira, ni la bondad de aquellas verdades que lo tenían atado a un destino que no quería vivir.
En muchas ocasiones, intentó armarse de valor, romper esa baraja con un juego tan predeterminado que daba asco. Sin embargo, llegado el momento todos los ensayos que había fraguado en su ingenio quedaban secos y estériles en su miedo, en esa imposición tan sutil como tenaz que quebraba en añicos su fortaleza.
¿Cuántas veces ansió levantarse de la mesa comunicando su huida, gritando su búsqueda? No las contó, pero esa larva continuaba ahí fortaleciéndose, pese a que los avatares de su vida no hacían más que alejarlo de “ella”. ¿Cuántas veces, en ese quiero y no puedo, comenzaba a sentir unas ganas irreprimibles de gritar o llorar? Su rostro, marcado por esa virilidad patente, tomaba en aquellas ocasiones unas notas de amargura e indefensión tan perceptibles que ni el asedio templado de su familia lograba ocultar su preocupación.
En aquellas caídas de su valor, cualquier peregrina excusa servía para que ninguno de sus pasos lo diese solo. En esa muestra de excesivo amor que lo perseguía como una sombra, no tardó en comprender que la única carta que aligeraría esa carga sería una mujer. De las muchas candidatas a las que había poder optado, se permitió un gesto de rebeldía, el único que puso en la inexorable meta a la que se veía condenado. Podía haber escogido entre las muchas candidatas de buena familia que pululaban por A Coruña; sin embargo, en su afán de recrearla, quiso que hasta esa verdugo involuntaria fuese una mala fotocopia que aliviase su impotencia y dolor.
La encontró. Bailaba ajena a su destino, anclada en esa felicidad que la había llevado hasta los veintidós años disfrutando de la sencillez de lo que le era dado, pues esa era su condición: no ambicionaba más de lo que tenía. Pese a sus atributos generosos, su carácter la premió con una indeferencia difícil de entender hacia lo material y cotidiano, y una atención, tampoco sencilla de comprender, que se centraba en un mundo profundo, un mundo pleno que no tenía más límites que los de su cuerpo y más infinito que el de su imaginación.
Desde ese reino tan propio, como una fortaleza a prueba del tiempo, resistió los embates que desde la adolescencia acompañaron a su belleza. Disfrutaba tanto de ella que no creía que todo aquel interés que despertaba escondiese mayor apuesta que la que estaba gozando. Exhalaba, con esa indiferencia que camuflaba en despiste, un aroma que la hacía irresistible e inalcanzable. Atraía todas las pasiones, pero todas ellas chocaban hasta estrellarse con esa flema imperturbable que los dejaba malheridos sin mayor defensa que el olvido, pues nada en su comportamiento hacía engendrar la venganza. Hasta la ira, hija de esa impotencia que nacía al no conseguirla, dirigía sus zarpazos no hacía ella, sino hacia la víctima enamorada que no reunía los requisitos que la despertasen de su hechizo.
Ante ella pasó, por varias veces, el amor de su vida, ese que la habría reconciliado con la muerte; ante ella pasó, por varias veces, la muerte esbozada en un amor tan grande que tenía el pago de la vida; ante ella pasó, por varias veces, el amor que duraba lo que el adiós. Y así, victoria y fracaso, se trenzaron sin ser quien de despertar a la bella durmiente que portaba en su rostro el sino de la infelicidad: ese faz aterciopelada que recordaba a la porcelana suave de una muñeca decimonónica.
Pero él la encontró. Sonaba “Al calor del amor en un bar” y ella danzaba las primeras notas de ese tango popero que bailaba con su fantasía. En uno de sus giros, su rostro se descompuso en leves retratos estrobóscopicos hasta conjugar un grito que despertó el deseo de Abel. Durante breves segundos, creyó que su búsqueda había terminado y “ella” estaba ahí; distinta, pero estaba. La realidad le volvió a hablar del fracaso de su pesquisa; pero esta vez, lo premió con un paso más hacía esa meta que se resistía. De alguna manera, había algo en su imagen que contenía en pequeñas dosis esa Diana que había construido y gozado durante un mes. Su rostro ovalado, esa cadencia femenina de sus movimientos, y una suavidad que se desplegaba en curvas sinuosas, la acercaban a esa suela de los zapatos de su anhelo; ¡pero algo era algo! Nadie, desde que inició su husmeo, estuvo tan cerca del propósito.
Los dos pasos que lo separaban los tomó con seguridad y con la firme determinación de un náufrago que se agarra al tronco en mitad del océano. Lo hizo así, pues en el mismo momento de su desilusión comprendió que parte de su salvación se encontraba entre los brazos de aquella mujer.
Ésta despertó de su sorpresa y se vio bailando con un hombre descomunal e inapelable que le hablaba desde la altura. Sin saber por qué, la indolencia con la que zanjaba todos los ataques cayó debilitada por una audacia que se había templado en las victorias ignorando que también existía el fracaso. Volvió a escuchar aquella voz varonil que le preguntaba por su nombre; y también, sin saber muy bien por qué, de sus labios salió su cortesía empapada por un presentimiento que tomaba peso: “Beatriz”. “Me gusta -continuó diciendo desde su altura imponente-. Yo soy Abel; pero, a partir de ahora, puedes llamarme mi Abel”. Reparó en sus palabras que continuaban su curso y descifró que aquel presentimiento, que no lograba entender, le anunciaba el empeño indiscutible de estar para quedarse.
¡De modo que así era él! –pensó mientras Abel seguía recitando todos los epítetos con los que se le podía nombrar-. Así que ese príncipe que la despertaría de su letargo respondía al fortín que seguía con aplastante naturalidad domando su condición. No salía de su asombro y como una recién nacida observó detalladamente cada una de sus partes, de esa virilidad encendida que se encumbraba en la altura desparramándose por toda su constitución, de esa voz que, imponiéndose a la música, subyugaba con docilidad su voluntad dormida. Lo palpó con la duda de si se desvanecería como un engaño más de la noche, pero tenía la consistencia de una realidad más viva que la vida. Era tanta su carnalidad, que en ese tacto apresurado Beatriz tuvo la sensación de que fusionaba a un tiempo el mundo de los sueños en el que había vivido y la existencia a la que ahora despertaba llevada por su ímpetu.
Cuando terminó la pieza volvió a prestar atención a sus palabras que acompañaban su gesto de sacarla de allí. En su primer y último gesto de rebeldía le explicó que no podía irse, que estaba con unas amigas, que no lo conocía, que aquello era una locura. Un escueto “ellas entenderán” la desprendió del destino que hasta ese momento tenía para darle el que sería suyo. Ya a la salida se corroboró ese nuevo sino que avanzaba a pasos agigantados. La presentó a sus amigos como “Beatriz, su novia”, y ella, aún tratando de sobreponerse al alud que la llevaba, no supo ni quiso decir no en su última posibilidad de escaparse.
Deambularon hasta perderse en la madrugada. Vieron los primeros rayos del sol abrazados. Cuando se despidieron, se besaron. Ella firmó con ese beso su amor; él su tranquilidad.
A las tres semanas la invitó a una de aquellas reuniones familiares. Si bien el recibimiento fue cortés, pero frío, todos fueron conscientes de la naturaleza de aquella mujer que se aferraba, con esa simplicidad que imprimía en todos sus actos, al amor sin cuestionar más vida que esa. Sólo, José Luis, el padre de Abel, entendió por dónde iba el juego. Sin embargo, ese primer resquemor quedó olvidado por el sortilegio que exhalaba Beatriz. Cuando el conjuro tomó vida y la separación entre ellas era mínima, José Luis se negó a ver la necrofilia que tenia aquel amor. A diferencia de Abel, él sí quería olvidar a Diana. En su vida, era el único capítulo que no quería abrir; por eso, desde un principio, se entregó con entusiasmo a esa recién llegada, y le otorgó unas confianzas que allanaron el camino de su presentación. Desde que conoció a Beatriz, él no volvió a pensar en Diana.
En ese plazo breve, Abel había aprendido a llamar a su afecto “amor”; ella supo desde esa primera noche que no podía nombrarlo de otra manera que esta: AMOR. Se veían todos los días y durante una semana no ocurrió nada que alterase esa primera impresión de Abel. Sin embargo, un día ella le dio la primera pista sobre cuál era el camino.
Como todas las tardes la fue a buscar a la Universidad, cuando le dio el beso de rigor llegó a él el aroma de un perfume que despertó su recuerdo. Era cierto que cuando la vio su primer recuerdo fue “ella”, pero al estar tan asombrosamente cerca de su deseo, tuvo el efecto de un conjuro, durmiendo la posibilidad de ir más allá de lo que se le ofrecía. Pero ese aroma, era “ella”.
A partir de ese día decidió despertar a la vida el recuerdo que lo perseguía. Como un Prometeo que robara el fuego, destruyó a esa Beatriz que había llegado hasta él. Día tras día, los regalos se sucedían hasta ir más allá de donde había llegado con Diana. Sin saberlo, llevada por la seducción del lujo y la elegancia, ella era “la otra”.
Él llegó hasta los sueños que le tenía reservados, y comenzó a vivir esos días, que no estaban escritos en la tenacidad del recuerdo ni sepultados por el miedo. Era la segunda oportunidad de lo que pudo ser y no fue. Si lo vivido le parecía un cuento, esas páginas vacías que ahora llenaba con Beatriz tenían las respuestas al misterio de qué ocurriría con la felicidad cuando ya casados, ya tomadas las perdices del mundo, seguiría ésta como acompañante llenando los renglones del día a día. Cuando el monstruo se completó, al mes de iniciar la construcción, comenzaron a vivir juntos. La familia, pasada la primera sorpresa de su decisión, respiró con tranquilidad. El brillo de sus ojos fue interpretado como la muestra de su amor. Ninguno cayó en la cuenta de que éste correspondía al fulgor de su obsesión.
La vigilancia prosiguió, pero la felicidad de Beatriz aminoró la presión. Su natural transparencia hacía ver a ese corro vigilante un estado de felicidad que, por su grandeza, tenía algo de obsceno. La tranquilidad volvió a regir las relaciones. Beatriz, que fue vista en un principio como una arribista, la tomaron posteriormente, al no tenerlas todas consigo respecto a la “desviación” de Abel, como el ángel protector de la estirpe. Desde esa atalaya, con esa sorprendente falta de ambición, comenzó a dominar de un modo inconsciente el complicado entramado de relaciones que se tejían. Convencidos de su bondad, ninguno osó a llevar la contraria sobre las disposiciones que tomaba. Lo curioso es que no buscaba ese poder, sino que venía a ella atraído por ese atajo que siempre descubría en todos los conflictos que se presentaban. Lo hacía desprovista de orgullo, llena de ese cariño que siempre acompañaba a sus palabras sin que ninguna doblez asomase en su discurso, y una naturalidad que despejaba cualquier duda sobre sus intenciones; después, no volvía a hablar del tema, pero todos seguían esas indicaciones inocentes que ahorraban los vericuetos. No pasó mucho tiempo, cuando ganó el cariño de toda la familia sin excepción, situándose en el mismo rango que los que presumían de linaje. El día se le consumía en esas atenciones que prestaba sin preguntar. El misterio era cómo podía llevar a un mismo tiempo tantas cosas y no flaquear; la respuesta no les quitó de dudas, pero subrayó la excepcionalidad de una hembra como ella: “No sé… haciéndolo”. Tenía también otro efecto poderoso que contribuía a afianzar su posición. Desprendía una serenidad tan grande que las personas a su lado se sentían agradable y extrañamente confortables. Todas ellas terminaban por desnudarse, por exhibir ese cuarto oscuro sobre el que siempre opinaba pero nunca juzgaba. Esto hacía que se convirtiera en amiga íntima en los primeros metros, y que esta consideración se mantuviera inalterada mientras duraba la carrera. Esa disposición sugería al sentir general hablarle desde el corazón, pues había un cierto temor a que hablándole desde otros órganos ella no entendiera el alcance de lo dicho; y además, era toda una fortuna tener una persona así, un ser a la que poder contar lo que ni la almohada sabía. Y eso, en sus mundos llenos de oropel, era un tesoro valioso
Él la “amaba” porque era “ella”, impidiéndole ver otras profundidades que los demás exploraban. El hechizo al que todos sucumbían tenía en él efectos diferentes. Cierto que lograba la serenidad, pero no por desnudar su alma, sino por descargar su lefa.
Follaban todos los días y casi todas las noches; aunque no pasaba semana en que Abel no buscara noticias de Diana. En la fornicación, Beatriz se descubrió como una aprendiz sobresaliente. Nunca había un no en sus labios agitados en gemidos, en su coño chorreante, en su ano acogedor. Si bien no tenía la fortaleza con la que Diana vestía su feminidad, sus pasos no estaban tan atrás. Presa de orgasmos que se sucedían sincopados, su defensa ante tanto ardor llegaba con el desvanecimiento. Era tal su placer que los vahídos eran su meta habitual. En ese estado inerte, él libraba con la potencia de su rabo todas sus fantasías hasta gritarlas sobre esa muerte, de la que resucitaba momentos después más entregada que nunca al hombre que sería su desgracia y su dicha. Al despertarse, notaba sus entrañas encharcadas por un semen vivo que corría por sus piernas, que supuraba por su ano, que le corroía su cuerpo estremecido; pero siempre, siempre, lo encontraba con su rostro hundido sobre el coño o el culo, preso aún de jadeos y sudores, y, en ocasiones, llorando. Allí lo dejaba, pues sabía que le molestaba despegarse del aroma de su sexo. Lo veía permanecer, con los ojos cerrados, e inhalando anhelante el sexo encharcado, sin saber que lo que absorbía eran sus recuerdos, hasta que con un beso sellaba sus labios y dormitaba la perseverancia de sus remembranzas. Abrazados entraban en el sueño con una respiración serena, presos del amor, pero atados a distintos deseos.
Cuando follaba, era con ella. En ningún momento se cuestionó su sexualidad. Sus preguntas eran para buscar, no para encontrar. Si pensaba en el cuerpo de un hombre, la repugnancia llegaba a su estómago con la fuerza de un puñetazo. Aunque no volvió a las andadas, sintiendo en esta renuncia una especie de homenaje, si zanjó cualquier acercamiento que se produjo durante su investigación. Odiaba a los maricones, vinieran desde el extremo que vinieran, fuesen femeninos y singulares o masculinos y plurales, le asqueaba profundamente toda esa tropa de pollas hambrientas. Si bien era más condescendiente con las mariquitas, esa gracia no llegaba para abrir la puerta de su bragueta. Sólo si pensaba en Diana su polla bramaba. Eso no lo entendió nadie. Sólo Javier, con su sabiduría maricona, comprendió que un macho como él, viviendo por y para su obsesión, con la única persona que fornicaría sería con su sueño. Por eso, cuando lo atacó, se desvaneció en sus ilusiones para dejar hueco a ese tesoro que Abel buscaba. Las veces que se vieron, siempre lo sintió con Marcos. Envidiaba esa entrega, ese amor calcinante que seguía vivo, esa espera en perpetua búsqueda; pero desistió de cualquier intento de hacérselo olvidar. Cuando se enamoró de él, cualquier muestra de cariño tenía el efecto contrario: lo alejaba, lo ahuyentaba despavorido. Así aprendió a ser un culo, una polla, una boca, a que su organismo recibiera el placer de sus embates, sin que su espíritu se engañara sobre el destinatario de tal arrebatada pasión. Se ejercitó a amarlo en silencio y a gozarlo en gritos. El infinito placer paliaba el infinito dolor de un amor que nunca sería correspondido, y así su corazón sólo salía en las ensoñaciones de su soledad, cuando solo y abandonado se podía permitir el lujo (para él, la necesidad) de amarlo, mientras su abundante esperma salía de sus entrañas calcinándole la piel.
Siguió hurgando con su lengua, encharcando ese ano hambriento que comería de un trago su polla. Sentía como los gritos de la marica se transmitían por su cuerpo empapado en espasmos. Su ano se abría a su glotonería y la lengua entró limpiamente en esas paredes tersas y suaves. La rugosidad de su lengua se restregaba con generosidad, degustando con deleite el sabor de sus entrañas acarameladas. Javier se deshacía en gritos sinuosos mientras recibía la lujuria de ese macho imponente y de los buitres que allí estaban comiendo la carroña. Acercaban sus pollas tumefactas y chorreantes hasta chocar contra sus cuerpos. Los atizaban, como si fueran los jockeys de una carrera, para que sus carnes sudorosas y empapadas de sexo, fuesen más allá. Manoseaban su lujuria unos contra otros, entendiendo que eran convidados a un festín, pero que no podían pretender nada más del Rey de la selva que lo que conseguían. Y esto les bastaba. Tocar su complexión forjada, pasear sus pollas por la contundencia de sus músculos, besar ese sudor exhalante a sexo, era pago ya más que suficiente.
Seguía saboreando con fruición su culo, hundiéndose entre las nalgas, mientras los ecos de placer se estrellaban contra su tensa constitución. Su minga era ahora mamada por unos del ramo que se debatían a muerte con otros aspirantes que deseaban depositar su homenaje en ese talle inabarcable. Se besaban entre ellos, sin dejar de lamer la prodigiosa minga que tenían entre las fauces. Llenos del sabor de su sexo, se desvanecían en gemidos que eran aprovechados por los demás para disfrutar del banquete.
Su ano abierto aparecía estrellado con los restos de sus babas. Era de una palidez ruborizada, pero lleno de vida. Exhalaba como la boca jadeante, mientras las carnes torneadas que lo rodeaban en ofrenda mostraban las huellas del delirio de Abel. Estaban las marcas de sus manos, de sus mordiscos, de sus lametazos, todos llevados por la urgencia de su frenesí.
Volvió a erguirlo, y cuando su rostro embotado por el placer llegó a la altura de sus labios, hundió con prisas su hambre mientras se abrazaban como posesos, tratando uno y otro de fundirse. Sus manos exploraban la rendida esencia de aquella marica anónima que se transfigurara en su Diana. Había cariño, pero era un cariño soterrado, que araba su piel con el deseo que había fermentado en la espera.
A Javier nadie lo había follado de ese modo. Sólo podía compararlo con su único amor, ya perdido en la adolescencia, y que reunía, sin llegar a la altura que vivía en ese momento, las mismas notas de deseo y amor.
Continuó aferrado a su presa que se pegaba a su temple de acero. Lentamente lo deposito en el suelo y con movimientos precisos y terminantes, remató el festín de los buitres que volvieron a su corro húmedo. Miró a sus ojos envueltos en la penumbra y vio en su brillo un arrobamiento similar al que Diana le regalaba. Sonrió, y tomando el rostro entre sus manos conjuró su fantasía con un último beso que despertase a esa princesa de ensueño que se alojaba en su mente, corazón y polla.
Cuando separaron sus labios encharcados, Javier presintió que había llegado el momento para el que lo había preparado. Su semblante expresaba esa determinación, pero también un alejamiento que no tenía nada que ver con el éxtasis en el que iba a participar. Se estremeció ante su volúmenes macizos y fraguados. De los pies a la cabeza, discurría una energía efervescente que hacía latir la fuerza de un semental como él. Su nabo se balanceaba erguido, desafiante, feroz y empapado. La arrogancia mayúscula que aquella pieza transmitía, desmoronaba todas las defensas sucumbiendo en un fuego que abrasaba sólo con la mirada, que daba latigazos a tus entrañas hasta que éstas renacían en una primavera enfangada de aromas y aceites.
Le abrió las piernas mientras lo sujetaban dos de los buitres con la minga erguida. Situó su tranca feroz a las puertas del esfínter empapado. Cerró los ojos y alzó su rostro al cielo estrellado, lo tomó con fuerza de las caderas dando un último magreo. Durante unos instantes quedó estático, sólo su respiración jadeante que iba en aumento apuntaba un signo de vida. Todos estaban en silencio, sólo el ruido amortiguado de la noche y esa respiración enérgica y ansiosa vestían la belleza de aquel esplendor. Asió la base de su polla sin desprenderse de su rostro extasiado que continuaba en ese viaje íntimo que ahora partía. Su verga se ensanchó por la fuerza de su agarre, aumentando la saña de la pieza que concentraba todo el rubor de su esculpida figura. Como un sabueso el glande rozó levemente el ano encharcado produciendo el primer suspiro de Javier ante el anuncio. Después, como un relámpago, bombeó el vértigo de aquel lustre surcado de venas. Su grito espantó a la noche calando a todas las criaturas del parque en ese ensalmo que sabía a gloria y a dolor. Lo dejó allí, empitonado, mientras que aquel maricón preso a su minga, a la fortaleza de sus manos y a la codicia de los asombrados voluntarios que lo sujetaban, vibraba en torsiones que trataban de dar cabida a aquella lumbre que lo mataba de placer e indescriptible dolor. Así estuvo durante un minuto largo, en el que su físico, entre gemidos, se amoldó a aquel engendro. Pese a la aparente falta de movimiento, la silueta de Abel estallaba en energía. Sus músculos latían en esa respiración jadeante que turbaba el escenario hasta ahogarlo en sexo. Después, sin anuncio previo, aquella verga regia inició un balanceo voluptuoso en el que la calma de sus ataques llevaba a marcar de ardor la vida de Javier. Su efigie arponeaba sinuosa y contumaz la calidez que calcinaba ese sosiego perturbador y firme de nabo bien plantado. Lo giraba en esa incursión que no parecía tener fin, así hasta que sus cojones sellaban las carnes sudadas, para iniciar una despedida que no era tal, pero que producía en Javier un enloquecimiento que lo desgarraba en gritos histéricos. La cadencia serpenteante se alteraba gradualmente, como si toda aquella energía que rompía la natura de Abel fuera tomando, paso a paso, el control de la follada. Ese deseo, se fue manifestando en pequeños gestos que subieron, aún más, la temperatura del encuentro. Aquellas manos robustas exploraron ciegas, pero certeras, aquel templo babeante que los ojos de su ilusión convertían en su Diana. Buscó su minga y la acarició con la misma lascivia con la perforaba su culo.
Los primeros trallazos de lefa se estrellaron contra sus temples exhalantes de sexo, deslizándose aquella lefa cálida y brillante sobre la fortaleza de sus músculos en incandescente movimiento. Como si fuera un pistoletazo de salida, una fila de mingas los rodeó para continuar con el bautismo lúbrico. Gritos de orgasmo se sumaron a esa traca final que empezó a escupir en todas direcciones los frutos de sus mariconerías. Él continuaba con los ojos cerrados, sintiendo como aquella lluvia de semen regaba, espoleando, su juicio, su sexo, su brío.
Cuando ya no hubo ni una gota más que lustrara sus estampas, él tomó el relevo de la batida. La misma majestuosidad que hasta ese momento había tenido, mostró su reverso. El macho dejó paso a la fiera, y volvió a asir aquellas caderas menudas y femeninas. Como llevado por un arrebato, arponeó con toda la violencia de su fortaleza. Cada embestida era un grito, una hazaña que concentraba el aire tosco, inapelable y primitivo de su masculinidad que con bravura martilleaba aquel culo en fugaces y sorprendentes perforaciones. Javier ya no podía más, estaba arrobado, en trance, y un gemido continuo dio las notas de placer que la marica estaba gozando. Sin previo aviso, su minga, traqueteante por las potentes empitonadas, regurgito un semen abundante que se esparcía formando un arco contra el suelo. Sus jadeos continuaban agónicos, sintiendo un placer al que su cuerpo ya no podía dar una salida natural pero que seguía férreo sometiendo su voluntad en un meteisaca que no tenía comparación con lo vivido. Los movimientos eran contumaces y briosos. La polla corneaba con rapidez, como sumando el aturdimiento de sus centímetros al vigor de la fornicación. Era un poseso con todo exaltado a la máxima expresión. El aliento de sus expresiones, la potencia de sus músculos, la belleza masculina de su naturaleza, su minga retozante que se abría paso para volver a aparecer un suspiro después. Paulatinamente su rostro enrojeció mientras que de su garganta, como si saliera de la profundidad de una sima inaccesible, brotaba un bramido potente que domaba el aire de la noche. En ese instante todo detonó. Sus bombeos se hicieron aún más bruscos y firmes, su reciedumbre se dilató en una masa de una masculinidad rotunda, mientras que aquella minga sabrosa disparaba un semen ardiente que sepultaba con arrojo. Su rostro desencajado seguía exhalando aquel bramar que erizaba los cabellos, mientras una corriente trémula recorría, sembrando de espasmos, la potencia de su hombría. Huérfano en su orgasmo, buscó la calidez en el abrazo de la espasmódica marica. Lo asustó cuando la atrajo, pero la sosegó en ese abrazo que caldeaba su alma con la despedida de un amor. Así estuvieron tres minutos, hasta que su minga, ya achicada, salió al frío de la noche y despertó al príncipe.
Como saliendo del sueño y volviendo a la pesadilla de la realidad, su naturaleza cambió. No que decir nada. Igual que segundos antes irradiaba un sexo hechizante e irrazonable, ahora aquel aire cálido tenía la frialdad de una amenaza demasiado peligrosa. Con paso firme, mientras recogía su ropa tendida por el suelo, transmitió con claridad a la codicia de los maricones que se apelotonaban que la noche había bajado su telón. Se enfundo la ropa, sin que ninguno osará acercarse a ese titán que se despedía de la realidad para instalarse en sus sueños húmedos. Aún jadeante, Javier estaba perdido buscando su ropa. No sintió sus pasos, pero sí supo reconocer la arrogancia con que lo asió.
• Nos veremos. No aquí, pero te buscaré.
• Sí –respondió temblando y emocionado-. Sí, por favor, no dejes de hacerlo.
• Una cosa más: si te llama dile que la amo.
• No te preocupes. Lo haré. Tranquilo.
Javier nunca lo hizo. Si le hablaba de él, que lo había visto en tal o cual sitio, pero nunca le dijo una verdad que saliera de sus labios. Le dolía amar sin poder decir que amaba, pero aún sabiendo que esa verdad era inalterable, en la soledad de su esperanza anhelaba aún con más fuerza que la próxima vez que estuviera en sus brazos fuera él, y no esa Diana atada a los sueños, la que recibiese toda su fogosidad, todo su amor. A él, en cambió, nunca le mintió. Deseaba hacerlo, pero su mirada, sus sentimientos lo desbordaban. Nunca pasó por la cabeza de Abel preguntarle si le había dicho todos los mensajes que él le enviaba, hasta tal punto Javier desaparecía ante sus ojos que sólo quería escuchar lo que Diana decía. Y Javier hablaba. Relataba con puntos y señales todas las conversaciones que mes a mes tenían.
En una ocasión, dramatizó más de la cuenta uno de aquellos desgarros de ira con los que Diana trataba de olvidar su amor. Al escucharlo, Abel sintió tal pena que a partir de ese día, aquellos arañazos que punteaban sus conversaciones se convirtieron en caricias por el arte y el amor de Javier. Si Abel estaba feliz, Javier también lo estaba. Además, pronto entendió que la supuesta indiferencia con la que Marcos preguntaba por Abel, no era tal. Las llamadas respondían a un patrón inalterado. Primero liquidan unos cuantos minutos con hechos insustanciales; después se colaba una de las muchas novedades con las que Marcos coronaba su vida; pero, por último, disfrazando su importancia con un tono que no lograba ocultar del todo su preocupación, Marcos siempre preguntaba por Abel. No lo hacía directamente, no decía: “¿Y viste a Abel?, o, ¿qué sabes de Abel?”. No, no era así como lo hacía. Con una superficialidad muy estudiada, decía: “¿Y qué sabes de ese maricón?”, subrayando con desprecio esa palabra, o: “¿Qué sabes de ese grandísimo hijo de la gran puta?” En una ocasión que no sabía nada, pues así era, comprobó lo que ya sabía. Un “oh” surgió de la línea. Era una exclamación apagada, llena de una tristeza que se contagió a sus palabras hasta tal punto que rápidamente llegó la despedida y no esa hora, o media hora, en la que el tema central era invariablemente ese hijo puta.
Los encuentros con Javier se fueron haciendo cada vez más íntimos. Si los primeros se tiñeron de la misma urgencia con la que marcaba sus despedidas, poco a poco, aquella Sherezade supo conquistarlo con sus relatos. Lo enredaba con impresiones, con especulaciones que adornaba aquí y allá, con puntos ridículos, pero que invariablemente atraían la atención de un Abel que la ceñía en ese descanso del guerrero en el que remataban sus fabulosas cópulas.
Javier vivía para esas tardes que empalmaba con la noche en la que la despedida era el colofón. Vivía los restantes días del mes consolándose en otros lechos que no tenían ni un asomo del sabor de aquellas sábanas caladas de sexo. Pero siempre, pese a que las despedidas se iban retrasando mes a mes, llegaba el dolor del adiós. Sin embargo, en una ocasión, cuando Beatriz se había ausentado unos días en compañía de su cuñada, él le pidió que se quedará a dormir. Para su sorpresa, Abel lo hizo. A la mañana siguiente, Javier disfrutó de la calidez de una cama que no estaba abandonada y comprobó como las fantasías con las que había tejido momentos como estos, se correspondían con lo que se sentía al despertarse a su lado. Fue un día tan especial, que durante la noche no durmió un solo instante. Vigilo su sueño para añadir más recuerdos al que sabría que nunca se cumpliría: el suyo. Pero antes de eso, Abel le dio una noticia.
Una tarde, tras aquellas faenas gloriosas, su tono se hizo grave. Ya en las primeras palabras, Javier sintió un escalofrío que no lo abandonó mientras él habló. Aquel tono circunspecto tenía ciertos dejes de un ruego, de una plegaría. “Quiero que le digas una cosa. Dile que me caso. Dile que él próximo dos de agosto me caso con Beatriz. El dos de agosto –añadió misterioso-, no te olvides, el dos de agosto…” Tras la confesión no se atrevió a mirarlo a la cara, sino que se hundió cabizbajo en sus meditaciones. Javier quedó en una incertidumbre no sabiendo muy bien qué hacer, si felicitarlo o darle el pésame.
• Bueno –añadió después de unos minutos-. No es una mala noticia, ¿no?
• No sé.
• ¿Tú quieres hacerlo?
• Sí y no.
• ¿Sí y no? ¿Cómo se come eso?
• Sí y no. Si me caso, no hay mejor mujer que ella. Mi familia está encantada, y yo… también. Es una buena mujer. Sé que me ama, que me ama muchísimo, tanto que me asusta…Pero yo no puedo darle el mismo amor. Ese ya no lo tengo. ¿Entiendes?
• Sí…
• Lo tengo –agregó apesadumbrado y bajando poco a poco el tono de voz-, pero no está en ella…
• Pues no lo hagas, Abel.
• No es fácil. Por lo menos, no es fácil para mí…solo como estoy. No es fácil.
• Pero no estás solo.
• Sí, si lo estoy. Cuando no se tiene cojones, se está solo. Y yo –dijo agarrándose el mazo-, tengo polla, pero no cojones. Éstos me los tienen bien agarrados.
• ¿Pero qué te puede pasar?
• Lo que me puede pasar ya lo sé y no quiero vivirlo; sólo si “ella”… no… ¿pero qué digo? No sé si aún con “ella” tendría el valor que me hace falta. ¿Sabes lo que desearía?
• No, dime.
• Desearía que nada fuera tan complicado. Contentar a todo el mundo a la vez: a mi familia, a Beatriz, a Diana.
• Ya…
• Encontrar un punto donde mi vida y su vida, pese a todo, pudiese vivirse de algún modo, aunque fuese clandestino.
• Pero eso no puede ser; ¡y menos ahora!
• Ya… Entonces, sólo me queda pasar el dos de agosto y seguir viniendo aquí de vez en cuando a consolarme…¡Joder, qué mierda de vida! No paro de follar, pero a la única persona que amo ni la tengo…¡Me cago en la puta de oros! No sé como me abres la puerta
• No digas eso –se apresuro a decir Javier.
• Sí, ¡hostia! No sé como no coges la puerta y me la estampas en las narices, o me castras, tanto da…
• ¡No digas eso, por favor!
• ¡Me lo merezco, Javier! ¡Me lo merezco! –afirmo con esa rabia empapada en pena-. Soy un mierdecilla, así que me merezco todas las hostias que reciba. ¡Me lo merezco, Javier!
• Puede, pero no seré yo quien te lo haga. Sólo puedo tocarte para abrazarte, acariciarte, besarte –añadió ruborizado-. ¿Pero sabes una cosa?
• ¿Qué?
• No tiene porque ser así. Ahora lo es, pero no tiene porque ser así siempre. No creas que tu presente es tu futuro.
• ¿Qué quieres decir?
• ¿Acaso te imaginaste alguna vez en tu vida estar en la cama con un hombre? –preguntó con esa voz aflautada y melosa-. No, ¿verdad? Pues entonces…
• Ya.
• Tu mañana no tiene porque ser lo que salga del dos de agosto, si es que ocurre.
• Ocurrirá –se apresuró a decir-, ocurrirá; pero puede que, como tú dices, mi presente no sea el futuro que me espera…o puede que no. Todo degenera.
En esa cuesta abajo, el dos de agosto se casó. Y allí estaba Javier, en un discreto segundo plano desde el que no perdía detalle, pues mucho era lo que tenía que contar cuando “Ama Marla” le preguntará por ese puerco maricón. No fue invitado a la boda, pero recibió desde Jordania una postal de una puesta de sol del mar Muerto en la que le relataba de modo sucinto los breves días que llevaba de luna de miel; otra llegó cuatro días después, desde Estambul. Un mes después, vino él con el único regalo que le dio en todo ese tiempo: un mosaico rosicler en el que se adivinaba un desierto; también llevaba bajo el brazo el álbum de fotos que había acabado de recoger.
Nunca Beatriz fue más Diana que en aquellas fotos. Parecía un ser de otro mundo. Etérea, elegante, hermosamente bella, extrañamente feliz, atractiva hasta el dolor. Javier se fascinó con cada una de las fotografías. Entendió, bajo ese hechizo, porqué los que compartieron con ella ese momento estaban presos de igual encantamiento, arrobados y felices, secuestrados para el tiempo en aquellos instantes en los que la vida tuvo otro sabor. Incluso Abel, a su lado, parecía feliz; sólo volvía a él el rostro grave y derrotado cuando la instantánea no era compartida con aquel ser excepcional. Tras cerrar el álbum, su corazón no acostumbrado a estas chanzas, pero añorante de ellas, comenzó a querer a la única mujer que merecía tal hazaña: Beatriz. La amó por ella, igual que, en cierto modo, odiaba a Marcos por el infinito amor que Abel le tenía. En ese instante se dio cuenta de su insignificancia, pero también de la imposibilidad de huir de aquel castillo de naipes hecho de una gran verdad, pero unido por una mentira: él nunca lo amaría. No encontró fuerzas para dar un manotazo a todo aquello, sólo su mano volvió a abrir el álbum y encontrarse con el hechizo que seguía tan fresco como en la primera mirada.
• ¡Estás muy guapo!
• ¡Javier! –dijo sorprendido, saliendo de su ensimismamiento-. No te había visto.
• Ya –contestó presumido-. Creo que hoy no tienes ojos para nadie…
• Sí. Puede ser –asumió con cierto pudor para concluir con una sonrisa pícara-. No te digo que no.
• ¿Qué te pareció?
• No sé –repuso emocionado-. No encuentro palabras. Fascinante, pero se queda corto.
• Sí, estoy contigo. Es más estrellona de lo que me imaginaba. Está fuera del alcance de los humanos.
• Sí, es cierto –dijo sonriendo por la exagerada teatralidad de su entonación-. Es una estrella.
• Y, ¿cómo te sientes?
• Bien. Nervioso, excitado…Pero ya me voy.
• Lanzó algunas picadas, ¿no crees?
• Algunas sí –reconoció levantándose de la butaca-. Pero también hubo sus caricias, algunas por lo menos… –puntualizó orgulloso-. ¿No te parece?
• Sí. Es una gatita tierna y arisca –dijo sin disimular sus celos.
• ¡No seas mala, maricón! –añadió entre cariñoso e irónico.
• Sabes que no soy mala; pero uñas tiene, ¡y bien afiladas!
• Así es ella.
• ¡Por Dios!, ¿por qué a las malas se las disculpa, y a las que somos honestas y fieles se nos pisa? No lo entiendo, te lo juro que no lo entiendo. ¡El mundo está loco!; hablando de locuras: ¿Te vienes a tomar una copa? Dicen que irá a trasnochar por ahí
• Sí. Casi sí. El espectáculo para mí creo que terminó.
• ¡Ay por Dios! A ver si va con más cuidado… –protestó dándose la vuelta por un empujón un poco brusco, aunque sus humos bajaron al ver el torreón alemán que lo apartaba-. ¡Dios mío! ¡Tenía que vivirlo para creerlo…! ¡La puta, qué bellezón! ¡Dios mío, me estoy cagando de gusto! –añadió dirigiéndose a Abel que miraba extrañado a este personaje que se situó frente a él sin decir ni una palabra-. Te das cuenta. ¡Qué seguridad!, ¡qué aplomo! ¡La madre que lo parió, estos alemanes están hechos de otra carne! ¡Ooooooiiiiiigggggg! ¡La puta! ¡Qué bueno estás cabronazo! Oye –dirigiéndose a Ludwig-, ¿no sabes quién soy? Me presento –le tiende la mano como una gran dama-: Javier, para servir a Dios y a usted. Es decir, a la santísima trinidad que tienes encima, porque todo está en ti, ¡chiquillo!, ¡hombretón! –ya más emocionada y subrayando todas las palabras hasta preñarlas de sexo mientras lo toca descaradamente-, ¡machote!, ¡polla brava!, ¡cabronazo, que seguro que me matas a polvos!
La gente abandona el teatro pendiente de la pequeña escena que está montando Javier, al que le lanzan comentarios burlones.
• ¡Callar, malas pécoras, envidiosas, que sois unas envidiosas! ¿Y tu no dices nada, mi querido nazi?
• ¿Pero qué quiere? –preguntó Abel un poco mosqueado.
• No sé ¡Pero como sea a ti, me corto las venas! Me las corto. ¡A ver, macizo rubiales!, ¿qué quieres?
• …
• ¿Speak englischssss? ¿Parle vu francheeeé? ¿Nou? ¿Not? Pues bien mira que lo siento. El único alemán que quiero aprehender es el que te cuelga entre las piernas.
• ¡Pero cómo eres…!
• ¡Ala, bonito, tú atácame! Es que es cierto, ¿o alguna vez has visto mejor semental que este? No, ¿verdad? Pues entonces…¡Dios mío -recita mientras lo palpa con más descaro-, fíjate bien cómo lo fabricaron! Es que no fallaron ni un milímetro, ni a lo alto ni a lo ancho. Sólo pido ahora que sea profundo y se enamoré de mí. ¡Oye, mi jeil Hitler! Además -presumiendo con cierto orgullo-, soy amigo de la dueña, su mejor amigo. ¡Así que a tratarme, bonito!; y bien, ¡claro! Muy bien. ¡Como si fuera el Rey! ¿Yu anderstan? –insiste ofreciendo de nuevo la mano-. ¡Joder, será borde! ¿Será de esta galaxia? –pregunta dirigiéndose a Abel que mira sonriente todo el barullo que Javier está montando-. Sí, es de esta galaxia; pero tímido, muy tímido y moldeable, ¡como a mí me gustan! Ai loviu…¡Dios!, ¿y como se dirá tímido en inglés? Ai loviu cortito. ¡Not! –se ríe mientras gestualiza llevando la mano al pecho-. ¡Cortito never! ¡Ai loviu timideishon! En serio, ¡very jard con todos los timideishons! Así cómo te lo cuento, ¿qué te parece? Fascinante, ¿no? ¡Que estoy diciendo que fasxhión! ¡Oig, por Dios, no me extraña que tuvieran un Hitler! Es que son cortitos; ¡cortitos pero very fascineishonxs! ¡Anda!, ¿y ahora qué hace?
Ludwig le entrega un sobre menudo y coqueto. Las pupilas de Abel se abren como fosos cuando comienza a leer las breves líneas.
• ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?
• ¡Ahora no la pierdo, Javier, ahora no la pierdo! –dice emocionado-. Me invita al camerino.
• ¡Qué puta! No hace ni una pequeña fiesta para sus amigos de verdad y fíjate tú… -critica sin ocultar sus celos y hablando para si mismo-. ¡Es que es perra, perra! Se lo está montado fatal; ¡pero fatal, fatal! Para mí, que no se puede ser más cabrona.
• Vamos –dirigiéndose a Ludwig.
• ¿Y tu a dónde vas, Yermany pipol? ¡Ah! De eso nada, donde vas tú, voy yo, que hay mucha lagarta suelta en el hall; y serás alto, macizo y todo lo que quieras, ¡pero estas perras te pierden enseguida! Mejor que te proteja, sino te pillan y se te acabo el día con esa panda de hambrientas. ¡Si lo sabré yo! ¡Vamos, hombre! ¡No he mamado yo de la vida!
El hall está lleno, nadie se decide a abandonar el teatro. Es un jardín florido, lleno de colores y alegría, cubierto del humo denso de los cigarros, hasta adquirir la cualidad de una niebla que borra los contornos hasta llevarlos al sueño. Todos están a lo suyo, riendo y despellejando, dándose palmadas de bienvenida y besos de hasta luego; pero todos la esperan. Un silencio espeso se adueña del vestíbulo al aparecer Ludwig.
• ¡A ver, bonitas, paso a la realeza! –reclama Javier adelantándose a la comitiva con decisión-. ¡Venga, apartarse! ¿Qué ocurre?, ¿acaso nunca habéis visto un hombre?
• ¿Lo dices por ti? –interpela una voz descarada que rompe el encanto del momento precipitando una ola de carcajadas.
• ¡No me hagas hablar hijo de las mil leches, no me hagas hablar…! ¡Y venga, muévanse! La reina está cansada y hoy sólo recibe a la realeza.
• ¡Qué petarda eres, maricona!
• ¡Dios mío, lo que es la envidia! A ver, Yernany, tú dirás, ¿por dónde vamos?, ¿por dónde cae el dormitorio real?
Ajeno a este mundo, Ludwig avanza sobre la orden de “Ama Marla” separando las aguas de miradas que no perdían detalle de su fraguada constitución. A su lado, hasta Abel corría el riesgo de desaparecer. Tras su paso, las cincuenta personas allí reunidas alzan el vuelo de los murmullos golosos antes de a abrazar la noche y esfumarse en esa Coruña que follarán hasta el amanecer tierna y salvajemente.
Entraron en el angosto camerino en el que su efigie estaba sentada frente al espejo fumando un cigarrillo que borraba la porcelana de su reflejo. Al instante un gesto de rabia cubrió su rostro; pero aquella máscara que salió como una explosión, se domó en pleno vuelo cambiando en un parpadeo al de una cordial, sorpresiva, pero afilada bienvenida.
• ¡Javier! ¡Tú aquí! –dijo abalanzándose con elegancia hacia él e iniciando la representación de la despedida con dos besos fríos en las mejillas-. ¡Qué sorpresa! Mañana mismo tenía pensado invitarte a comer, así que ya me ahorro una llamada. ¿Por qué mañana estás libre…?
• ¡Claro que sí! Hace tanto tiempo que no como marisco, ¡fuera de algún percebe que otro! –añadió con picardía-, que excepto que se hunda el mundo, mañana comemos juntas.
• ¡Perfecto! Nada me agradará más. Pues hasta mañana entonces, querida…Ludwig, acompaña a este buen amigo hasta la puerta y después vuelve aquí. Tienes que ayudarme a quitarme esto –dijo señalando su estrafalaria y lujosa vestimenta.
Javier no supo que decir, sólo dirigió sus pasos hacia la puerta como un manso corderito dejando a la loba con el líder de su rebaño. En el vano de la puerta intentó decir algo, pero la imponente presencia de Ludwig no cejó en su marcha arrastrándola hacia la calle. Al cerrarse la puerta siguieron escuchando el descarado galanteo con el que se consolaba ante la pérdida de su amor ante el feroz apetito de su “rival”.
• Este Javier no cambiará en su vida –subrayó Abel para romper el fuego el silencio.
• Resulta difícil cambiar. Nadie cambia.
• Tú sí.
• ¿Tú crees?
• Has crecido.
• ¿Quieres decir que he envejecido?
• No, con tus años nadie envejece. Quiero decir que estás muy guapa. Más guapa de lo que me había imaginado.
• ¿Y tu mujer? –preguntó sin hacer caso a su comentario.
Nuevamente el silencio reinó cortando la poca serenidad que quedaba. Ella volvió a sentarse y tomó el cigarrillo sin dirigir la mirada hacia nada en concreto.
• ¡Cuánto tiempo!, ¿no?
• No el suficiente.
• Sí…puede ser. Pero te ha ido bien.
• No tengo de que quejarme –afirmo con resignación.
• No podrías.
• ¿Tú crees?
Volvió el silencio, ahora tan pesado como una losa. Intentó dar unos pasos hacia ella que seguía en su trono, enigmática como una esfinge; pero le faltó el valor de emprenderlos. Sólo brotó una pena negra que seguía viva por lo que pudo haber sido y no fue. Quería huir, esfumarse como ese humo del cigarrillo, abandonar esta existencia en la insignificancia de la nada; y a la vez, ser esa tela que acariciase su apostura, que reposase serena bajo su sombra, sin otra vida que estar ahí. Pero seguía quieto, acompañado por la cobardía que seguía fiel y fuerte.
En aquellos segundos, que transcurrían lentos y penosos, entendió el error de su fantasía. La amaba, no había dejado de amarla, de buscarla, de recrearla… Cada uno de los días de esa espera, se consumían en engañar a la obsesión alimentándola con sucedáneos. Ese no pasar página, le llevó a trazar puentes sólidos que finalizaban en la otra orilla, en ese anhelado encuentro que tarde o temprano se produciría. Pero la solidez, al peso de la realidad, tenía la fragilidad de un cristal fino que se haría añicos con un leve suspiro. Aquellos pasos que la separaban de ella estaban cubiertos de dolor, de esquirlas afiladas que abrirían, al toque de una caricia, heridas tan abismales como esos tres años que los separaban.
La puerta se abrió y apareció Ludwig. Su estatura descomunal se empequeñeció en los pocos pasos que la separaban. Al llegar a su lado, aquel fornido imponente se desmoronó en un servilismo idólatra. Ella se levantó dejando que Ludwig desabotonara con adoración cada uno de los botones de aquella filigrana caprichosa. Como el telón un teatro, el terciopelo de su piel fue apareciendo pausadamente, deslumbrando palmo a palmo en cada nuevo avance. El reflejo de su rostro, en el azogue frío del espejo, seguía mirando con indescifrable arrojo a Abel. Era una mirada orgullosa, altiva, en el que la condescendencia no aparecía en ese horizonte de su mirada que hería; pero en su esperanza, también veía rayos de un sol cálido y acariciante que, aún así, no lograban cegar las llagas abiertas.
Había otras heridas. La mayor, su cuerpo. Era un embrujo. Aquella delicadeza que lo raptara estaba ahora en un esplendor hechizante. Era una mezcla sutil y vaporosa que anonadaba la vista con la beldad de su torneadas formas, que ahora llegaban a la frontera de sus nalgas. A esa altura, el vestido cayó a sus pies, con la misma liviandad que el ruedo que abandonaba. Cerró los ojos, pues en ese parpadeo su empaque se había esculpido con fuerza en sus retinas. No había un solo rasgo de masculinidad, sino una escultura torneada exultante y cortés, que jugaba a arrebatar con cada una de sus curvas y proporciones. Se cubrió los senos, dejando sus hermosas piernas enfundadas en unas medias que estilizaban lo imposible, pues poco o nada añadían a al primor de aquellos extremos que descansaban sobre unos zapatos imposibles de afilado tacón. Se ocultó tras el biombo, dejando que Ludwig recogiera el vestido con sumo cuidado e iniciara la operación de vestirla nuevamente. Su rostro continuaba plantado en el orgullo, sin ningún otro signo que hablase de ella. Así la vio Abel cuando abrió sus ojos y sus miradas se cruzaron para separarse por esa cobardía que ahora era la única compañía que tenía.
• ¿Quieres que hablemos? –preguntó cabizbajo.
• ¿Por qué no? Creo recordar que la última vez que nos vimos no nos dijimos mucho –dijo aún llevada por ese orgullo.
• Lo sé y lo siento.
• ¿No me digas?
• Sí. Y tú sabes que fue así.
• Aclárame una cosa, Abel -dijo asomándose en sus palabras las primeras notas de rabia que le costaba disimular-: Dime, ¿cómo lo sentiste?
• ¿Qué quieres decir?
• Es fácil de responder; pero no me importa repetir la pregunta: ¿Cómo lo sentiste?
• Te puedes hacer una idea…después de lo que habíamos vivido, te puedes hacer una idea.
• No sólo una, Abel. Hice mil, dos mil ideas. Ya no se cuantas; pero en la espera de aquel día, no paré de hacerme mil ideas, pensando que vendrías a mí. Me hice todas, menos la tuya. Esa es la que quiero escuchar.
• No podía –respondió avergonzado.
• No. No te engañes. No es el momento –dijo ya cargada de una amargura que cedía al orgullo-. No querías. Esa es la verdad. La otra, me insulta. Insulta mi inteligencia, insulta mi vida, mi amor.
• No. No podía.
• ¡Por favor, no insistas en eso! –gritó llena de rabia-. Respétame un poco.
• ¡No podía, Diana! Me encerraron.
• ¿Te encerraron? ¿Te encerraron? Eras libre, ¿recuerdas? ¿O es que no aprendiste nada durante ese mes? Era antes cuando estabas preso. En ese mes, no. Ahí no. Ahí fue cuando fuiste libre, cuando creaste tu sueño y lo viviste.
• No fue fácil.
• Eso ya lo sabíamos. ¿O te crees que sumar dos más dos en este caso dan cuatro? No, mi vida. Aquí, para vivir y sumar ese dos más dos, tienes que arañar, tienes que robar, saquear aquí y allá toda la felicidad que te quieren quitar. No te ponen una alfombra roja bajo los pies, no te cantan ningún himno ni alabanza…Te joden y cuanto más, mejor. Todo sea por el bien de la puta patria –hablaba con rapidez y seguridad, como si hubiese abierto una espita y por ella saliera la destilación de un pensamiento mil veces fermentado-. Todo sea por la puta tranquilidad de qué dirán. Pero tú ni arañaste. Sacaste las garras, pero no fuiste quien de dar el zarpazo.
• Te busqué.
• ¿Cuándo y en dónde? ¿Me buscaste cuando te esperaba? ¿Me buscaste en mi abandono?
• Te busqué desde que no te tengo.
• Ese fue mi error…
• Y no paré de buscarte –la interrumpió-. Día a día, hasta saber de ti.
• Y con eso ya está todo pagado, ¿verdad? ¡Te busqué y no paré de buscarte! Soy tan bueno que primero te abandono, y después no dejo de buscarte. ¡Así soy de bueno! ¡Así soy de cabrón!
• ¡Lo siento, lo siento! Pero no paré de buscarte. Te amo y esa es la verdad.
• ¡Qué poco tardó en salir la puta palabreja! Sabía que la dirías. Lo sabía. Me aposté a mi misma que no tardarías ni cinco minutos en decirla; pero de nuevo te vuelves a engañar y a engañarme. ¿Acaso lo que he vivido expresa ese amor? ¿Hablan estos tres años de ese puto “te amo”? Un te amo no se conjuga así, Abel. Un te amo se vive de otra manera. ¿Crees que tiene este sabor? –Ludwig le entregó un corpiño rojo con encaje negro, desvergonzadamente impúdico-. No contestes. No sabe a esto. No tiene esta amargura.
• Pero es cierto –musitó-. Te amo.
• ¡No me trates como una loca! –gritó en un estallido de rabia-. ¡No me trates como a una puta loca! ¡Y, por favor, no ensucies esas palabras! Si realmente me hubieses amado, todo sería muy distinto. Todo. Creíste amarme, y puede que aún lo creas; eso ya no me incumbe. Lo que si sé, porque lo mamé, mamé todo ese puto dolor, mascándolo día a día la rabia y el desengaño, es que nunca dejaste de amarte –casi lloraba, para calmar el momento señaló a Ludwig que entrara a ayudarla, su presencia la calmó un poco, pero tan poco como para que la amargura volviera con el mismo ímpetu-. ¡Te amaste tanto, cabrón!, que lo demás te importaba un carayo. Lo primero, tu culo, tu puto orgullo, tu puta supervivencia; lo demás, no hacía ni sombra. Tú eras lo importante, por mucho que tus palabras fueran tiernas, y tan amorosas como para repetir lo mucho que me amabas, tu egoísmo y cobardía eran más fuertes. Esos son tus poderes, Abel. No hay otros. No hay nada.
• Sé que la cagué, Diana.
• ¡Por favor, no me llames así! No es un nombre que quiera recordar. Ya sabes mi nombre… y ese es el que te permito.
• Perdona, Marcos. Pero créeme, en ese momento, era lo único que podía hacer. Tenía que dejar que las aguas se calmasen y volver a por ti.
• ¡Que las aguas se calmasen! ¿Y se calmaron?
• Sí. Con el tiempo, sí.
• No. ¡Nunca se calman, Abel! Ni ahora casado se calman, ¿verdad?
• …
• ¿Pues entonces? ¿Qué te llevo a subir al coche? ¿El amor?
• Salió así. No puedo volver hacia atrás.
• No te pido que vuelvas hacia atrás. Lo que te pregunto es por qué no fuiste hacia delante. – Ludwig volvió a salir y tomó una tanga que hacia juego con el corpiño. Ella desapareció de su vista, volviendo a emerger unos instantes después-. Esa es la pregunta.
• No lo sé.
• Yo sí. ¿Quieres que te lo diga?
• Como quieras.
• Sólo tenías miedo –dijo saliendo del biombo y andando hacia él hasta acariciarle el rostro-. Sólo eso: miedo. Miedo y egoísmo, nada más.
• Puede –reconoció azorado e inclinándose levemente para alargar aquella caricia-; pero también había el amor. Créeme.
• Está bien. Pongamos que te creo. ¿De qué clase de amor me estás hablando?
• Del que hay, del que está aquí –dijo señalando al corazón.
• Si es el que viví me llega –Abel alzó su rostro sorprendido-. No me mires así, me llega para hacer lo que quiero hacer.
• ¿Y qué quieres hacer?
Ella se dirigió sinuosa hacia su oído, alzándose levemente, como una cobra, y un susurro silbante acompañó a la declaración.
• Follarte.
• ¿Follarme?
• Sí. Sabes que es eso, ¿no? –interrogó con la misma sensualidad que ya no la abandonaría.
• Sí.
• ¡Pues a ver! Dime: ¿cómo es eso?
Casi temblando, Abel la fue atrapando en un abrazo y dirigiendo sus labios hacia el corazón de carmín.
• ¡No! –interrumpió con un deje de burla-. No es eso. Si vas por ahí, has escogido el camino errado.
• ¿Cómo? –pregunto sorprendido, sin desprenderse de ese abrazo que continuaba su camino.
• Lo que has oído. ¡No quiero que me folles, quiero follarte! ¿Entiendes ahora?
• Sí. Creo que sí.
• ¿En serio? ¿De verdad? Entonces…¿Qué tienes que hacer?
• Dejarme hacer… -respondió dubitativo.
• No se puede resumir más y mejor. Efectivamente, dejarte hacer…Y ahora que lo entendiste, ¿Deseas continuar?
• Sí.
• Perfecto. Pues entonces vamos. El escenario nos espera.
Lo tomó de la mano, y con una leve inclinación de cabeza dirigió una de esas órdenes que sólo Ludwig comprendía. Éste fue hacia el rincón donde reposaban los trajes. De entre las lentejuelas y plumajes apareció un maletín negro, en apariencia siniestro. Tras cogerlo, miró a “Ama Marla” que hizo un imperceptible gesto de asentimiento. Con seguridad, y esa mezcla de servidumbre y adoración que ponía en todos sus actos, aquel magnífico ejemplar, vestido totalmente de negro, abrió el camino hasta el escenario.
La sala estaba vacía y oscura, muerta del encanto que la ahogaba minutos antes. Ludwig subió al escenario, tras él, contoneándose con una lujuria que brotaba de su naturaleza iba Diana; Abel era llevado sin otra voluntad que la que le guiaba. Si fueran al infierno, él hubiera dado el primer paso. Sin embargo, cierto presentimiento empapaba todo aquello. El maletín, con la misma mudez que Ludwig, expresaba un aire malsano.
Se situaron en el centro del escenario mientras Ludwig se perdía entre bambalinas. Un golpe seco y un foco ilumino intensamente una esquina del escenario. En cascada, a golpe de fusilamiento, los focos iluminaron todo el escenario.
• ¡Qué empiece el espectáculo! –anunció con el mismo aire de gran estrella que tomaba cuando subía al escenario.
• Que raro se ve todo desde aquí –observo Abel-. Aún siendo pequeño, impone. Hace falta valor para subir aquí.
• No. Es otro veneno el que te lleva. El valor no tiene nada que ver con esto. Es el deseo, el querer contentar a una vanidad que sólo se alimenta con el aplauso, el ser la persona más seductora del mundo aunque interpretes al ser más abyecto. Eso es lo que te hace subir, lo que te hace ir de un escenario a otro. Deseas seducir. ¡La vanidad y el deseo son las drogas más duras que existen¡ -reflexionó con un deje de amargura-. Nunca te das saciado. Vives por ellas –afirmó mientras Ludwig volvía al escenario situándose en un segundo plano portando el maletín-. Un día crees que ya llegaste a tu tope, que a partir de ahí no hay nada que merezca la pena, sino un oscuro vacío; sin embargo, el reto continúa: no hay que perder lo que se tiene, y hay que ir a por más, en otras tierras, con otras gentes; y todo, por ver tu nombre en negrilla en la crítica del día siguiente y en un papel que seguramente terminará envolviendo un kilo de sardinas. ¡Así es la vanidad!
• ¿Pero no está tan mal vivir la fama?
• La fama –enfatizó con acento trágico acompañado de gestos airados-, ¡la fama! ¡Esa es una mala puta! Crees que cuesta lo que te da; y es que lo que da, ciega. Incluso hasta el punto de creerte feliz. ¿Y quién no paga por la felicidad? ¿Qué precio ponerle? No importa lo bien que lo hayas hecho, pagas; y lo jodido del caso, es que estás dispuesta a pagar. ¡Otra puta de cuyo coño no quieres prescindir! Eso es la fama: una mala puta.
• Ni que te hiciera desgraciada.
• Ni feliz. La fama no ahuyenta la soledad, sólo la acompaña –seguía arrastrando las palabras como si se hallara en el centro de una representación trágica-; y hay momentos que ni eso. Estás rodeada, han pagado cuatro mil, cinco mil pesetas por tu cuerpo; y de propina, ni un duro por tu alma. Y allí estás, tan sola que necesitas drogarte como una cerda o follar como una coneja para olvidar el abandono en el que vives. ¡Y basta ya! –concluyó enérgica-. Siempre me ocurre igual. Un escenario me desnuda y aún no llegó el momento. Ahora –añadió con la misma sensualidad que cuando inició la propuesta-, el que se tiene que desnudar eres tú.
• ¿Yo solo? –dijo replicando a esa sensualidad que ya lo excitaba.
• ¿Necesitas ayuda?
• No estaría mal –rogó con ironía mientras avanzaba hacia ella-. Se hace menos pesado.
• ¡Está bien! ¡Ludwig, desnúdalo!
Abel se quedó un poco sorprendido, pero no tardó en reaccionar. Hizo un gesto de frenar a Ludwig, pero éste no atendía a sus órdenes. Sólo tenía una ama, y no era él. Intentó frenarlo, pero su voluntad inapelable rimaba con los dos metros diez de altura, y ningún empeño pudo contra aquella determinación. Unas notas de Chopin comenzaron a sonar indecisas en el piano.
• ¿Sabes que estoy aprendiendo a tocar? –informó ajena a la lucha que se estaba dando en el escenario-. ¿Te suenan estas notas? –Abel zanjó por un momento su enfrentamiento, como llevado por los recuerdos de aquella primera noche-. Lo sabía. Sabía que lo recordarías –afirmó mientras continuaba ejecutando el Nocturno-. Es hermosa. Después de todo, no he conseguido odiar a Chopin. Sabe comprender muy bien el sufrimiento, aunque digan que comprendió el amor. ¿Por qué sólo los artistas son conscientes de esa verdad? –se preguntó mientras seguía desgranando la pieza-. Quizá crean la belleza como consuelo a ese dolor, ¿no te parece?
• No lo sé –respondió dubitativo-. Quizá no sea un consuelo, sino una fiesta, una celebración por haberlo vivido y poder cantarlo.
• Te equivocas. Fíjate bien, todas las canciones que llamamos “de amor”, románticas, sentimentales y cuantos más adjetivos quieras poner, todas son tristes y lánguidas. No hay ninguna que sea alegre. Son como un último suspiro. Todas fatigadas y mortecinas –siguió acariciando las notas del piano-. No existe una sola canción de amor que se exprese con alegría.
Dejó que Ludwig lo fuera despojando poco a poco de sus ropas, operación que realizaba con gran maestría, como si éstas se desvaneciesen a su tacto. La melodía lo llevó a aquella primera noche. La vio de nuevo turbada por emociones que no podía contener, con esa belleza frágil, y aún anunciada, que reposaba somnolienta, indiferente a esa importancia que ahora alumbraba sus rasgos. Ahí radicaba la diferencia.
Cuando él la creó, ella no era consciente de los tesoros que guardaba. En cambio ahora, los había fraguado hasta darles esplendor, hasta ser tan patentes que a nadie le pasaban desapercibidos. Desde ese conocimiento, la avaricia era ahora el aposento desde el que retaba al mundo. Sintió una pequeña desilusión. Era cierto que había llegado hasta los territorios de la fantasía para saquearlos y hacerse con ellos. No había duda que si su fantasía hubiera recorrido todo el camino, el resultado sería el que ahora contemplaba. Pero en esa lucha, también había perdido. Sólo él que había desnudado su inocencia, que había bebido de su primer amor, se percató de que ya nada quedaba de aquel rubor inocente. El corpiño rojo tenía ahora, a sus ojos, la apariencia de una herida abierta, y también éstos le dijeron la verdad: la única navaja que había lacerado aquel ser estaba, finalmente, impúdicamente desnudo ante ella.
• Estás cómo cuando te fuiste; quizá mejor.
• Los dos hemos mejorado.
• En apariencia, sí –contestó deteniendo la interpretación.
Se levantó y cimbreó su paso hasta situarse frente a él. Le tomó la mano. Sintió que temblaba, transmitiéndole la impresión de un imberbe ante la prueba de su vida. Se miraron a los ojos. Lo que allí vio, no lo había olvidado.
En sus recuerdos tenía presentes los grandes momentos, pero la fascinación, donde tarde o temprano siempre recalaban las naves de su memoria, era en esa cotidianidad donde todo era excepcional por la presencia del amor. Recreaba aquellas horas muertas que vestían con el sabor de sus miradas, de sus suspiros serenos, de sus caricias livianas. Cuantas tardes habían pasado uno a lado del otro haciendo el amor sin siquiera rozarse, respirándolo en cada uno de los segundos con los que la vida los premió. Y allí estaba de nuevo esa mirada que la hizo estremecer, sin que el orgullo fuera quien de sostenerla. Cuando bajó sus pestañas, su mano subía a sus labios que la recibieron con besos tibios y arrebatados. Eran también los mismos besos. Todo era lo mismo. Todo tenía ese sabor que no olvidaba; todo menos la rabia de su dolor que la hizo bajar con autoridad la mano para conducirlo hacia el centro del escenario.
• ¡Túmbate! –ordenó sin mirarlo.
Sin despegarse de su mano se sentó en el suelo cruzando las piernas. Ella se agachó ligeramente y empujó hasta tumbarlo, huyendo de los besos que él buscaba sediento. Una vez allí, tomó su otro brazo hasta extenderlo a modo de un crucificado. En ese momento, el encanto se rompió. Un ruido retumbante despertó a Abel del sueño al que se había entregado. Ludwig clavaba a la altura de su muñeca, con una pericia mecánica desprovista de cualquier signo de humanidad, una especie de gancho del que sobresalía un arnés.
• ¿Qué es esto? –le preguntó sin disimular ese impreciso temor que le producían los martillazos implacables-. ¿Qué hace?
• Es parte de la sorpresa –informó lo más seductora posible, tumbándose sobre él y deslizando sus labios por el cuello, camino de la oreja, al tiempo que lo acariciaba para tranquilizarlo-. Recuerda tu promesa. Tienes que dejarte hacer. Hoy soy yo quien cocina todo.
• ¡Pero nada de rollos raros, por favor!
• Despreocúpate por eso. Hoy –dijo acariciando su polla que ya tomaba magnitud, quizá un poco menor de lo que recordaba- estás aquí para disfrutar lo que te negaste.
Él no supo qué decir. Tenía la impresión de que aquel cuerpo exuberante y femenino, que se deslizaba suave por el suyo, era la estampa misma de la serpiente del deseo. Aún así, sentía un desasosegante temor. Su fantasía, cuando la vivió, había explorado todos los rincones que tejió en su solitaria obsesión. Sin embargo, aquello nunca lo había sondeado. Los choques del martillo seguían calando en sus sienes, emponzoñando de un modo extraño aquel deseo abrasador que se abría en sus carnes. Cada golpe, seco y retumbante, le iba hablando de su condena. Comprendió que el enemigo en el amor cuando se presenta, luce un manto de caricias irresistibles. Y sintiendo la seguridad de su condena, se dejó llevar. Era el momento de pagar.
• No olvides –dijo con un hilillo de voz preñado con la emoción que huía por sus ojos en un lagrimear manso-, aunque no lo creas, que te amé y te amo.
• Lo sé. Tranquilo –respondió Diana sintiendo como la verdad calaba en su piel sin que la rabia se asustara, retrocediendo tan sólo unos metros para ocultar su rostro en la vergüenza-. Es mi regalo, mi forma de pasar página a estos tres años.
• Por eso me entrego.
Lo dijo como un reo dispuesto ya para partir. Diana sintió en sus palabras que comprendía la finalidad que ocultaba para aquella representación. La respiración profunda que siempre acompañaba a su deseo, venía danzando ahora con pequeños temblores, quejidos abortados por una pena que ahora entendía al verse desnudo ante ella. Diana seguía sobre esa geografía abrupta y tenaz que revivía con detalle en sus perennes recuerdos. Muchos hombres habían gozado de sus carnes. Ya había perdido la cuenta. Sin embargo, este alivio no le hizo menguar la fortaleza de esa memoria viva que quería enterrar. En ocasiones, un gesto, un aroma, una parte del amante, le traía la impresión de que él estaba allí. Eran unos instantes tan fuertes, que incluso llegaba a dudar de la realidad que renacía para enterrarla en la prosa melancólica de su ausencia, en esa soledad que vivía sin él.
No tenía muy a menudo estas ilusiones, pero con el paso del tiempo se percató de la gran verdad que deseaba olvidar y no podía: Él era la suma de todos. No es que no los hubiera mejores, pues la vida se encargó de regalarle cientos; pero ninguno de ellos era él, y ese era el que amaba. Su puto corazón seguía latiendo con terquedad por el único que le daba vida.
Lo amaba tanto que lo odio con toda su alma. Cada día de abandono engrandecía aquella bola de nieve que ocultaba en su violenta caída la verdad que clareaba en sus despejadas cumbres. Allí, ajeno al tiempo y al dolor, seguía viviendo con intensidad ese amor abandonado. La soledad lo volvió loco, y el orgullo, odio. Sólo este último llegaba a la lumbre de sus días. A ese vagar embotado por los oropeles de una fama que cebaba el poder de su odio.
No es que creyera que la venganza fuera un plato frío. Su demora no estaba dominada por semejante precepto. El rencor, mecido a lo largo de esos años, exigía una fortaleza que intuyó encontrar en un estrellato incontestable. Sólo cuando era diosa bajó a la tierra para sacrificar.
Los martillazos, en ese contacto íntimo con su piel, se transmitían nítidos y poderosos, amplificando también la certeza que se escurría por los ojos de su amado. No se atrevía a mirarlo, a bucear en sus ojos. Sabía lo que allí iba a encontrar. Incluso ocultándose a sus ojos en la virilidad de su musculatura, en ese respirar agitado por la culpabilidad que sentía, su epidermis humedecida por la cálida respiración, exhalaba la certeza de sus sentimientos. Diana respiraba el aroma de su amor. Era difícil de precisar. Llenaba su olfato con esas reminiscencias frescas de un amanecer que vence a la umbría noche. Sabía a vida, a carne.
Siguió allí tumbada buscando en su interior la voluntad de parar en seco aquel plan tramado desde el odio. Cuando los golpes se detuvieron momentáneamente, sintió sus latidos, pero ni estos fueron quien de amansar su locura. Ludwig fue hacia los pies que separó para volver con aquel siniestro martilleo.
Cuando volvió en sí, seguía escuchando los impactos de la crucifixión, pese a que Ludwig estaba terminando de esposar a Abel. Se levantó y vio su cuerpo más tentador que nunca. Su complexión tallada quedaba en una expresión estática donde la fortaleza sólo hablaba de potencia. Cada uno de sus músculos se hallaba en tensión marcando su territorio con una fiereza turbadora en la que la masculinidad y belleza jugaban un pulso tentador. Aún preso, no estaba indefenso, el orgullo de su cuerpo dominaba por él. Y en el epicentro, izado con la misma jactancia, la turgencia de veintidós centímetros retaba anclada en sus cojones rebosantes.
Diana avanzó hacia ella. Un tacón afilado jugueteó con ese badajo bruñido. Todavía no se atrevía a ver su rostro, pero en ese momento lo enlazó a sus ojos. Las lágrimas habían cesado, y sus ojos arrobados le hablaban ahora de un placer buscado y postergado durante tres años. Unas pequeñas gotas de sudor coronaban su frente y sus labios humedecidos competían con el rubor que inundaba sus mejillas ante todo lo que se presentaba. Lentamente, el tacón presionó la robusta verga hasta que reposo sobre su endurecido abdomen, pero aún allí continuó con la misma saña provocándole un dolor agudo que lo hizo contorsionarse, pero no librarse de aquella arma que causó su grito de dolor.
• ¡Aaaaaaaaaaaaaaaah! ¡Joder, que me lastimas! –rogó venciendo al dolor agudo que aún así empapaba sus palabras-. ¡Quita de ahí!
• ¿Te duele? –preguntó inocente y pícara a la vez que aligeraba levemente su aplastamiento.
• Siiiiií –respondió lastimero-. ¡Claro que me duele!
• Resistes poco; y yo que tú, pondría un poquillo más de voluntad. Se pueden descubrir muchas cosas en el dolor. Algunas insospechadas.
• ¡Diana, nada de rollos raros!, ¡por favor! Haz de mí lo que quieras; ¡pero no aumentes el castigo de tres años! ¡AAAaaaaaayyyyyyy! ¡Joder!
• No lo veas como un castigo, ni como un ajuste de cuentas. Es una forma de pasar página. Nada más que eso, Abel.
• ¿Qué quieres decir?
• No te preocupes, lo entenderás cuando la noche acabe. No hay prisa.
Alzó los brazos como una diva y apareció a su espalda el servicial Ludwig. Al momento, con esa pericia tan ensayada, desabrochó el corsé; cuando éste estaba a punto de caer, como una Lolita viciosa, ella frenó la caída con sus manos al tiempo que su rostro se cubría de inocencia y picardía. Con un movimiento compulsivo, tiró el corsé cubriendo la cara de Abel. Fue una décima de segundo, pero en ese leve instante él vio lo que había soñado. Fue ese sueño el que le impulsó a mover su cabeza con una actitud frenética para quitarse aquel velo que le privaba del deseo.
Sus ojos quedaron secuestrados por aquella carnalidad exuberante. Redondos, turgentes, exquisitamente femeninos, frescos y jóvenes. Eran tantas las cualidades que aquellos senos le inspiraban que durante la visión viajó por todas ellas. Su planta había cambiado. Seguía esa finura tan propia que él había vislumbrado tres años atrás, pero torneada con una delicadeza de hembra curtida. En ese balance sabroso, las cualidades de la porcelana se aliaban con la procacidad que los machos instalan en la mujer. Las proporciones se idealizaban hasta tal extremo, que Abel sintió como su minga secretaba cálidos fluidos que sólo ella podía provocar con el ardor de esa hechura enaltecida.
Su mirada era un reto, y a la vez una complacencia. Allí estaba el orgullo de saberse deseada e inalcanzable. El poder emanó como un gas letal y al instante ese amasijo de músculos y masculinidad intentaba con todas sus fuerzas librarse de sus ataduras para poseerla en una cópula infinita e inaplazable. Rugía como un león enjaulado, turbado y ansioso. Su musculatura se llenaba con el rubor del empeño, acentuando la hombría fiera de su sangre y ese ido deseo que hervía en su semen. Ella contemplaba complacida sus vanos esfuerzos y las notas de impotencia que iban ganando terreno en su tesón. Los bramidos dieron paso, al cabo de unos minutos y casi imperceptiblemente, a los jadeos cargados de derrota. Su torso se expandía y contraía violentamente, en un latir salvaje de alimaña acorralada y libre. Pues así, atado como estaba, nunca fue más libre. En esos minutos de lucha, entre su deseo y su voluntad no mediaba ningún prejuicio. Los convencionalismos que convivían con ese mariconeo oculto y disfrazado por una fantasía, eran ahora potros encabritados, en los que la verdad cabalgaba pura y libre.
Continuaba anclado en sus vehementes sofocos, cuando de improviso ella se abalanzó como una gata furiosa. Su sexo, aromático e hipnótico, quedó a la altura de su boca húmeda y jadeante. Comenzó un balanceo lascivo, en el que una pequeña brisa llenaba su olfato, su gusto, su vista, todos sus sentidos y locura, con las esencias de aquel tesoro custodiado por una tanga. No tardó en aparecer la lengua que deslizaba su gula por el encaje de aquel guardián. Diana sumó sus gemidos a la voracidad encharcada de Abel. Sintió la humedad tórrida de una saliva calcinada por el sexo y cómo ésta iba conquistando su pubis hasta ahogarlo del ardor de su amante. Por las papilas de Abel se destilaban el sabor neto de aquel sexo que había secuestrado su cordura y su pija. Tenía un sabor peculiar, ligeramente acre, pero endiabladamente dulzón y arrebatador. Cuando todo su gusto era ella, experimentó una sensación extraña y placentera: Ella lo había poseído. Nunca salió de su memoria, pero ahora circulaba por sus entrañas, por sus venas, por esa sangre que estallaba en su fornida pija. Seguía con ese lamer hecho de holas y adioses. Los movimientos de Diana ganaban en voluptuosidad, rezumando una sensualidad que viajaba por una dermis suave y acariciante.
Eran dos trenes a toda velocidad, en los que cada nueva lamida echaba más carbón a la caldera. Su apetito se armó con la rabia de aquel anhelo férvido. Los dientes atenazaron el encaje que se disolvió ante la determinación de su impulso. Se rasgaba en una muerte dulce liberando la sangre y el brío de un falo presidido por la armonía que regalaba esos dieciséis centímetros adolescentes. Su pija estaba empapada por los jugos de esa masculinidad tan especial que allí reinaba. Nunca fue más coño que en aquella ocasión. El dibujo de su vello púbico volvía a hacer del trampantojo el arma de la ilusión. Cuando aquel manjar rozó sus labios ruborizados, éstos le hicieron asiento. Se ahogaron gratos en una voracidad que lo recorría con una saña lujuriosa y dulce. Succionaba con potencia hasta hundir la pieza en su bochornosa garganta, árida por los gemidos placenteros que la asolaban. Después, en esa despedida obligada por el bombeo de Diana, exprimía la pieza hasta que su glande quedaba recluso por el abrazo glotón de una lengua que odiaba las ausencias y se derretía en frenéticos viajes.
Así estuvieron minutos que pasaron con la brevedad con la que se bebe la grandeza. Cuando aquellos cojones depilados anunciaron su descarga, Diana sentó su torneado trasero en aquella boca hambrienta. Casi no le dejaba respirar, pero ninguna queja salió de aquel explorador que ahora exhalaba el alimento de sus entrañas. En un gesto violento, lleno de ese fervor en que él la había instalado, Diana rompió los últimos restos de la tanga. Nuevamente el hambre horadaba sus carnes. Su lengua magistral extraía de la profundidad de su raja toda su sensualidad. Estaba alterada, ardiendo en deseos que la hacían vivir en la locura de su sexo. Se contorsionaba como una puta, deslizando la raja de su culo por el desenfreno de su macho. Cuando su lengua cruzó limpiamente su ano dilatado, sus cojones volvieron a avisarla de la explosión que preparaban. El clímax estaba tan cerca que lo podía tocar. Su perfil estremecido y libertino ya nada sabía de venganzas y compensaciones. Consciente de su estado, de esa demencia arrebatada, su odio larvado acudió raudo.
Fue un grito titánico. La suma de un esfuerzo mayor que el de Abel agarrotado a su castigo. Quedó trémula, en precario equilibrio, ante el rostro de Abel que se alzaba impotente por seguir en aquella sacrílega voluptuosidad. No recobró el pulso hasta instantes después. Jadeaba como una perra y sus manos se debatían en auscultar su cuerpo buscando señales de cordura que no llegaban. Su piel sudada exhalaba un brillo tamizado que la cubría de un halo celestial por el efecto de los focos. Para Abel, Dios, como mujer, tendría que ser Diana.
Dando traspiés se dirigió hacia Ludwig que había contemplado todas las maniobras con una frialdad prusiana. Apatía aparente, pues su apetitoso paquete marcaba con jactancia el bravo territorio de su hombría. Allí, presa de la histeria, Diana se abrazó desvalida en una caída en la que los llantos salían de la mano con los jadeos. Él, como siempre en estos casos, la protegía con esa ternura muda que no pedía explicaciones, pues su amor era así: incontestable e imperecedero.
La tuvo allí, en ese regazo maternal, durante unos minutos. Sus bufidos eran tan tiernos y tranquilizadores como una nana. Poco a poco, cuando la serenidad llegó a su hermosura, las manos correspondieron a ese abrazo paternal con la respuesta de una amante, no de una hija.
Como dos serpientes en una danza de celo, se refregaban con lascivia. En esa adoración suprema que Ludwig sentía, bajó hasta la sumisión. Sus dos metros diez se arrodillaron mansos y fogosos, dejando que la avidez de su ama ejecutase su voluntad. Y ella, silueteada por ese liguero que enmarcaba sus torneadas piernas, se agachó ligeramente para despojar a Ludwig de su ropa. Aquel telón negro que cubría la extensión de su solidez, dio paso a un torso deslumbrante y macizo. Estaba hecho con el preciosismo mudo que poseía aquel ser enigmático e intensamente bello. Abel sólo pudo resistir una breve visión de aquella exquisitez. Sus ojos se cerraron con rabia al tiempo que su corazón se alborotaba por unos sentimientos en los que el deseo estaba ausente.
• ¿Qué haces, puta? –interrogó con odio y asco-. ¿Qué haces mala puta? ¡Te voy a matar como sigas tocando a ese puto nazi de mierda! ¿Me oyes? ¿Oyes lo que te estoy diciendo hija de la gran puta? ¡No lo toques, me cago en Dios! ¡No lo toques! ¡Mala puta! –cada vez más cargado de impotencia en sus palabras y en sus inútiles gestos de liberación, Abel enrojecía de ira-. ¡No lo hagas, hija de la gran puta! ¡Qué te mato, me cago en Dios! ¡No lo hagas…! ¡No lo hagas…!
Abrió los ojos para ver si sus amenazas habían producido el efecto deseado. No se sorprendió de lo que vio entre los velos que ponía el llanto de su rabia. Conforme vomitaba toda su cólera, el poco juicio que le quedaba, lo alertaba sobre la índole del castigo: sus ilusiones no tendrían lugar; quizá estuvieran invitadas sus pesadillas, pero desde luego sus deseos comenzaban a recibir certeras patadas en los cojones.
Ella continuaba con sus artimañas indiferente a las protestas que seguía arrojando la peste de Abel. Aquel dolor, ensuciado por insultos que enunciaban su impotencia, tenían el efecto contrario. Se excitaba por la pena mayúscula al tiempo que su rencor aliviaba parte de su carga. Su minga excretaba con generosidad por saber que cada una de las caricias, cada uno de sus arrebatos, volaría hacia sus ojos para cegarlos en úlceras purulentas. Ella sabía que aquel odio malsano que ensuciaba sus sentidos, escondía también un amor gritado; pero, a la vez, entendía que la misma cobardía que estuvo presente en él desde el abandono, era la que protestaba ahora por el castigo.
El dolor, el horror, para Diana, alcanzaba su plenitud no en la concreción de un cuerpo herido; ahí el daño sólo era carne, una mierda que no tarda en cicatrizar. Incluso, cuando su resentimiento se agudizó como el filo de una navaja, vio claro que ni la sordidez obscena de la muerte logra victoria con su fin, porque ahí la nada es lo que comienza a existir, y en ese vacío no florecen ausencias ni rabias. Lo quería vivo, pero muerto.
Así el horror, ese parásito que corroe la vida, se alejaba en su resarcimiento de la materia tocada por el sino de la putrefacción. Su horror visitaba otras iglesias, otros santuarios. Ahí donde mora el orgullo, donde uno ha construido ese ser forjado contra accidentes, en ese tálamo impoluto, instalaba el horror en una noche de bodas que no conocía de finales. Juzgaba que mientras viviera, el horror viviría; y cuanto más quisiera su víctima olvidar, más fuerte se haría y más voraz sería su apetito. Su horror era inclemente. No sabía de misericordias. En su abrazo, no dejaba abierta ninguna puerta que permitiera el respiradero; habría la de la humildad, pero no entraba en cuenta de tan fuerte que era la rabia y la amargura que anidaban en esa cobardía que fue la cuna del desamparo. De esa naturaleza era el dolor que la sordidez de Abel destilaba.
El vómito hediondo de sus palabras estallaba como una ola ante sus cuerpos escabrosos. Los empapaba vivificándolos, dotando a ese frenesí de un vicio sucio que ardía en cada gesto, relampagueando los deseos de la tormenta de su entrega. Sus dedos hurgaban con pericia en la bragueta de Ludwig abriendo espacio a su descomunal carnaza. Con la misma rectitud que su espíritu inclemente, su falo aireó la vanidad de un apetitoso calibre veinticuatro. Aquel tótem sacrílego reposaba sobre unos cojones recios y depilados, tras éstos, un leve vello blondo coronaba la pieza. De la misma naturaleza que su amo, aquella verga tenía una expresividad muda, tajante, precisa e inapelable. Su carne era impoluta sin que esa pureza que exhibía amortiguase la ferocidad de la verga. Su glande sonrosado regurgitaba las primeras notas de los placeres que hervían en los cojones. La punta de la lengua reposó sobre el lustre hipnótico de su robustez. Su rencor fue la señal de salida. Su boca delicada de muñeca de porcelana se abrió ávida ante el maná que tragaba sin aparente esfuerzo. Y aquella estatua marcial, dotada de vida por se seguidora de órdenes, cobró vida propia. Unos ronquidos jadeantes culebrearon por las dimensiones de su cuerpo hasta salir encharcados por el frenesí que lo enloquecía. Ella mamaba con un ansia estudiada. Sabía en todo aquel torbellino que estaba provocando dónde pulsar y qué cadencia tomar en ese viaje de veinticuatro paradas que estaba finalizando. Abel, entre las nubes de su llanto, no podía evitar tampoco gozar de la voluptuosidad de la entrega. Era un espectáculo más, como el que había contemplado no hacía ni una hora. Cargado con las mismas notas de seducción, con el laborioso trenzado del “más difícil todavía” con el que ella salía dispuesta a conquistar al publico; y aunque la rabia era grande y pesada como una gigantesca losa, el sexo que aquella mamada contenía en todos sus ritmos era arrebatador. Así que calló, dejó que sólo el llanto continuase su curso y se dejó mecer por aquella vista que lo llevaba a los recuerdos más hermosos que había vivido.
Cuando llegó al final y sus hermosos labios hicieron nido en el pubis ligeramente ensortijado de Ludwig, volvió a sacar a sacar a la luz la enhiesta pieza cubierta de sus babas. La succionaba con apremio, como si todo su ser se concentrase en aquellos labios dulces y en la lengua que jugueteaba en las entrañas. La compostura de Ludwig quedaba ya muy lejos. Se podía adivinar el porqué de su felicidad entendiendo el cómo de su placer. Sus ojos desorbitados o cerrados; sus labios en perpetua mueca de placer o mordiéndose con una ferocidad incruenta; su cuerpo, acostumbrado a la rectitud de una línea y un destino, moría ahora entre convulsiones que lo desequilibraban, pues todo se le iba en buscar con sus poderosos brazos un centro donde hallar apoyo. Estuvo así durante unos cuatro minutos, comiendo aquel mango pantagruélico mientras sus manos retozaban en caricias que animaban la temperatura. Como una gata, con esa indiferencia del que tiene ya todo planeado y perfectamente medido, fue arqueando su cuerpo y acercándose al de Abel, que en ese acercamiento arreciaba su furia. Estrellaba contra el suelo su cuerpo prisionero. Los golpes eran secos y profundos, redoblando su ira contra las mudas paredes del teatro. Como si uniese letras y al final estás hiciesen palabras, aquel retumbar fue ganando la amargura inconsolable del ejecutor. Del brío del acercamiento paso a una cadencia mortecina, como el paso de una Semana Santa en el que la pasión que se celebra es la de la muerte. No se volvía a escuchar aquel retumbar hasta que los últimos ecos se ahogan en los estertores con los que la mudez de Ludwig gritaba; entonces, arqueaba su complexión hasta que el macizo de sus músculos alcanzaban la máxima expresión, y desde allí se lanzaba con todo el peso de su rabia contra el seco suelo.
Cuando consideró que aquel capítulo había acabado, realizó la sutil transición con la que se empalman dos canciones en un espectáculo. Dejó aquella tranca al aire, bruñida por sus jugos, y con una elegancia nada fingida se tumbó sobre el cuerpo de Abel. Éste comenzó a comerla a besos, a reír llorando, a saborear, entre quejas y gemidos, el sabor de su hembra retorciéndose de gusto. Allí, cuerpo sobre cuerpo, sus manos se deslizaron por la rotunda hombría de su presa, abarcando el forjado que no se impresionaba sobre su sensible piel. Ludwig, arqueando sus piernas, se situó justo en el medio de aquellos dos seres enfebrecidos. Diana cerraba los ojos en un rostro ausente que la llevaba a otro mundo; puede que incluso que aquellos recuerdos que hoy conjuraba para enterrarlos. Su expresión de placer mudó sutilmente cuando abrió los ojos y se encontró con la perfecta composición del germano que seguía blandiendo su sable lustrado. Del placer pasó a la malicia con un simple brillo en los ojos que remató con una sonrisa sucia, cargada de vicio. Dejó de acariciar la ferocidad con la que se expresaba la masculinidad de Abel para comenzar un delicado periplo por el delicado encaje que formaba su figura. Mostró el rubor de sus senos endurecidos para en una suave cadencia tomar el rumbo de sus caderas para retozar en la entrepierna adolescente y hermosa que seguía bañada en presemen; después las deslizó por el terciopelo níveo y torneado de sus muslos hasta llegar a la altura de las rodillas. Con un gesto brusco, cargado de determinación, agarró sus muslos dejando a la vista el ojete aún encharcado por las babas de Abel, que le daban un brillo impúdico.
Estuvo a punto de perder el equilibrio, pero la eficacia muda de su sombra la libró de la caída. Se arrodillo con la adoración del que es conocedor del más allá que le espera.
Abel seguía ciego disfrutando del placer de aquellos besos golosos que regalaba y de sentir el peso firme y suave del único cuerpo que había amado. Cuando la robusta minga del servidor fiel se situó a las puertas de aquellas entrañas que él había adorado en su deleite y buscado en su perdida, aún no fue consciente de la invasión; sólo la primera embestida lo exilió de sus sueños para catapultarlo a su pesadilla. Diana grito como un animal mientras el manjar hundía su ensañamiento en una única estocada certera; así, hasta que sus cojones chocaron contra las nalgas de su amada y los cojones aprisionados de su enemigo. Allí reposó su hombría, mientras la lucidez de Abel le hablaba de la escabrosidad de lo que a continuación iba a tener lugar.
Sintió unas poderosas náuseas germinadas al calor de su rabia. Rugían en su estómago con una ferocidad de fiera encarcelada, arañando con encono todo su ser. No podía emitir ni una sola palabra, ni un solo grito. Su dolor era tan grande que vencía cualquier atisbo de vida. Ni tan siquiera acudían a él las lágrimas. Estaba muriéndose preso de un dolor más grande que el que se había anunciado.
Su boca se abrió en una mueca horrible, expresión de ese grito que no lograba cruzar el confín de su corazón y que seguía acribillándolo tenaz. Lo sentía como un invasor, como un ejército millonario que aguijoneaba toda su cordura con una crueldad que aumentaba segundo a segundo. Tensó su cuerpo tratando de ahuyentarlo, pero el dolor se hizo más presente. Ahora aquellos aguijonazos que jalonaban su sentir tomaron la presencia de zarpazos inclementes que lo hacían sentir desfigurado, roto. Su estómago se contrajo hasta la mínima expresión, y de ahí, como catapultado, salió toda la ponzoña que guardaba. Vomitó entre estertores que le parecían anunciar el fin de su vida, mientras Ludwig comenzaba su ardiente danza. Le salió un vomitó casi negro, espeso, lleno de sangre, que lo ahogaba y terminaba su recorrido manando salvajemente contra el suelo, escurriéndose por su rostro contraído por el pánico y salpicando, sin que esto cambiara el guión de lo que se escribía, a Diana que presa de la lujuria seguía recibiendo el bombeo despiadado de Ludwig. Eran perforaciones profundas y raudas, que se batían a duelo con las agonías del vómito que lo asfixiaba. Tosió violentamente tratando de buscar atajos que lo llevaran a la vida, pero la vomitona continuaba su ineludible camino atrapándolo en una muerte que jugaba un macabro escondite; apareciendo ora sí con toda su crueldad y ora no con toda su esperanza, pero sin mostrar en ningún momento cuál de las dos alternativas sería la victoriosa.
No pudo observar el rostro de Ludwig derrotado por el inmenso placer, ni tampoco su hermoso cuerpo bombeando rudamente a la gata en celo que gemía como una zorra. Sus músculos tensos y perfectamente delimitados, obraban una fuerza que hundía su potencia en la profanación destemplada de aquel ojete tierno y fresco, que repetía con saña su galope encabritado sepultando su agraciada polla en virajes incruentos y sacudidas crueles. Su rectitud germánica se contagiaba de los aires latinos que desplegaba tan singular hembra, y su ataque feroz se crispaba con notas que puntuaban aquel polvo glorioso. Se besaban y magreaban con procacidad, disfrutando el uno del otro y ajenos al sufrimiento de Abel que aún se debatía en su lucha.
Sus gemidos pronto se enfangaron en obscenidades. Y sobre los ecos los que se debatía su vida o su muerte, llegó la compañía de aquella mujer que alteraba todos los sentidos.
• ¡Cabrón! ¡Hijo de la gran puta! ¡Cómo me follas, mariconazo! ¡Qué cacho de polla tan guapo tienes, cabrón! Me revienta. ¡Aaaaaaaaaaaaah! ¡Ardo…! ¡Ardo, hijo de la gran puta! ¡Me quemas las entrañas de gusto! Soy una puta zorra. Me haces zorra; una zorra en celo. ¡Aaaaaarrrrrsss! ¡Una zorra putona en celo! ¡Que gusto, hijo de puta! ¡Qué rico! ¡Qué pollón tan bueno, Dios mío! ¡Qué gloria! ¡Diooooooossssssss! ¡Qué pedazo de pollón! ¡Qué gusto, me cago en la puta! ¡Qué gustazo…! ¡Aaaaaaaaah! ¡Me pasaría toda la puta vida follando contigo! ¡Así hasta matarte o polvos o correrme yo hasta morirme! ¡Aaaaaaaayyyy! ¡Aaaaaaah! ¡Qué gusto! ¡Qué dolor! ¡Fóllame, cabrón! ¡Fóllame así…!
Eran requiebros ardientes, presos de una pasión que la desbocaba, que la llevaban del jadeo de sus embestidas a la hoguera lúbrica en la que ardía su cuerpo. Todo estaba conjugado. Su boca lanzaba ese sexo teñido de palabras; pero su cuerpo danzaba ante las arremetidas escribiendo con sus carnes la posesión que la consumía. Buscaba en cada perforación ese más allá que impulsaba una polla que abría todos los apetitos. En su entrada abría sus carnes hasta que el roce enfurecido hacía arder literalmente sus entrañas arrasando de gusto todo lo que se encontraba a su paso. Cuando llegaba a su destino final, lo hacía con tal violencia y dominio, que hacía sentir en el dolor y en el placer la presencia de esa pija mayúscula en todo su cuerpo.
Ese placer tenía la cualidad de generoso. Cualquiera disfrutaría de un cuerpo como el de Diana, de una destreza como la suya. Su placer el camino por el que se conducía el que tenía la fortuna de poder disfrutarla. Viéndola gozar como una puta, el brío del amante se entusiasmaba encabritándose en cada ataque.
Era un goce con múltiples caras; pero todas verdaderas. No había ni un solo poso de falsedad en aquellos rendibúes engalanados en sexo sucio con los que lucía a sus amantes. Todo en su cuerpo se transmitía con expresa claridad, y ese albor no tenía otro fin que seducir letalmente al amante de turno. El sudor, el rubor, los trémulos espasmos, los arqueamientos, gemidos, jadeos, obscenidades… todo, todo tenía la huella de una verdad pura y directa, que no hacía sino fortalecerse en ese ir a más con el que terminaba sus fornicaciones. En sus brazos, en sus carnes, uno era el mejor amante del mundo, y esto convertía a sus carnes y sus brazos en el mejor premio al que uno podía aspirar.
Contra su cuerpo entumecido, ahogado en el pánico, seguían retumbando las implacables perforaciones que aumentaban su dolor y desgarraban sus moribundas postrimerías. Lentamente, muy lentamente, el aire volvió a sus pulmones, y aquel desasosiego de estar a las puertas de la muerte quedó zumbando en su estomago como un abejorro que aleteaba fugazmente por todo su ser, llevando el espanto aquí y allá. Era una agitación porfiada, que aún sin el horizonte de la muerte tenía a su cuerpo encharcado en un pánico que no remitía, pero que lo premiaba con una sensibilidad exacerbada. Sentía sobre su cuerpo aquellas cabalgadas enloquecidas, el ardor que vencía toda razón que llevan los cuerpos en cópula, sus jadeantes obscenidades, el perfume de sus sudores, y su pija, aplastada, y de nuevo vuelta a la vida, por las carnes dulces de Diana. Lo percibía con tal claridad que vio el ligero cambio que se produjo en la furia de Ludwig. Aquel germano, firme y mecánico, que fue ganando en furor desde la primera embestida, redobló los espasmos febriles de sus choques. Como en un tornado, toda su energía se concentró en su cimbreante cintura, en su arponeador mango que ahora en caída libre ametrallaba con carnicera crueldad las carnes sudadas y placenteras de Diana presa ya del orgasmo.
Su cuerpo se sacudía de un lado a otro sobre el precario equilibrio que producía el cuerpo tallado de Abel. Éste, desde el velo de aquellas sacudidas frenéticas, advirtió con dolor y claridad el grito mudo de Ludwig. Su rostro enrojecido y empapado en sudor se convirtió en una mueca de éxtasis moribundo, como si después de aquello la muerte ya no fuese ningún problema por haber gozado lo que había vivido. Y así continuó, durante los quince segundos más largos de la vida de Abel. Su rostro contraído empalmaba una muerte dulce con otra, evitando cualquier respiración para dejar que las olas de su placer moribundo agonizasen sobre su locura. Era tan grande la sensación que Abel revivió los recuerdos que las carnes de Diana alimentaran y, por un momento, su memoria perduró con una intensidad física que aleó el pavor que lo fustigaba con el placer que resucitaba la evocación.
Perdido en ese limbo al que estaba condenado no sintió el grito agónico de Diana al ser abandonada por aquella tranca que la empitonara hasta el éxtasis; tampoco los movimientos que después sucedieron. Cuando abrió los ojos y volvió al dolor, le sorprendió la vista que lo castigaba. Aquel ano que el había gozado estaba ahora a escasos palmos de su rostro. Era una flor abierta, iridiscente y carnal, de la que manaba, obscenamente y con generosidad, el semen aperlado y cálido siguiendo la dulce curvatura de su muslo. Permanecía quieta, mientras seguía expulsando en suaves contracciones todo el semen que encharcaba y corroía sus entrañas. Un lamparón cayo sobre su ojo, cegándolo momentáneamente y dejando en su visión una cortina que enmarcaba todo lo que veía.
Después de unos minutos se alzó como una diosa y se dirigió hacia Ludwig. Sus movimientos eran tan estudiados que Abel se preguntó cuántas veces había representado en su imaginación todo lo que ahora vivía. Le tendió la mano y aquella musculatura muda volvió a su natural sumisión. Lo acompañó hasta situarlo a la altura del rostro de Abel que seguía herido, abatido por el pesar. Lo arrodilló, dejando toda su belleza reposada a las lindes del rostro doliente. Aún en esa postura, la corpulencia de Ludwig mostraba su perfil implacable, su minga reposaba ahora con una carnalidad que apuntaba los futuros bríos. Abel lo miraba desde la incertidumbre, preguntándose por el rumbo que tomaría la ceremonia y la respuesta llegó de Diana.
Desde la otra orilla, su rostro besó con dulzura las férreas carnes del germano, avanzando a pequeños pasos. Parecía un conjuro, una de esas claves secretas que abren la cueva del tesoro, pues a los escasos segundos Abel contempló asombrado como aquella tranca que no hacía nada había hecho la guerra haciendo el amor, volvía a estar preparada para más batallas. Como buen soldado, su arma bruñía jactanciosa, sólo un resto de semen en su punta delataba lo cercano de su último combate. Siguiendo los pasos del desfile, sin que se cruzara ninguna palabra más, se colocó en la línea de fuego. Abel esperó que nuevamente Diana se tumbara sobre su cuerpo, que fuera sus carnes heridas el colchón sobre el que retozaran su lujuria incansable. Sin embargo, ella ni se movió, sino que observaba con una sonrisa maliciosa la ejecución de Ludwig, y por su rostro, finalmente entendió Abel que él sería el fusilado.
Su mariconeo entendía de folladas; pero en ninguno de sus escarceos puso más allá de su polla. Su culo seguía siendo esa cueva virgen que pensaba guardar hasta su muerte, pues en el ponía el último reducto de su “hombría”, aquella carne que por impoluta le evitaba verse como un maricón más. Era una regla tan sentida, tan obligada, que ni cuando se la mamaban dejaba por mucho tiempo que los dedos hambrientos de sus amantes jugueteasen por la entrada de su ojete. Un ratito de gusto, y su mano, guiada por aquella moral, abortaba firme y con ensayado disgusto aquella leve penetración en su hombría.
Sobre esos espacios virginales tenía la habilidad de crear milagros tan engañosos que por su tosquedad sólo embaucaban a una obstinación tan cobarde como la suya. Aunque era cierto que seleccionaba las piezas, pues lanzarse a la vorágine que le pedía el cuerpo derrumbaría de una vez por todas ese engaño tejido desde el miedo, aún era más cierto que aquel artificio no pasaba de los aledaños de su cuerpo ni de ese enredado pensamiento que lo consolaba. Sin embargo, ni Diana ni Javier dudaron en ningún momento de que Abel era un maricón con todas las palabras y el acento; que no se lo manifestasen se debía a la incomodidad que se vislumbraba tras su teórico discurso, tras ese enmascaramiento al que sometía el cuerpo de un hombre hasta tratarlo en femenino; pero fuera de ese discurso que inicialmente embotaba los oídos de sus amantes, su práctica lo alzaba hasta ese mariconeo que evitaba mirar. Sólo un culo sabroso, acompañado de una buena polla, hacía que el hierro de su entrepierna se templase a gusto; lo demás, puras mariconadas de un maricón que no quería ser lo que era.
Cerró los ojos, como si negando la visión ésta tuviera la capacidad de desvanecerse; pero nada de eso ocurrió. Sintió las manos firmes de Ludwig manosear su cintura e ir avanzando en ese magreo obsceno sobre su torso, a la vez, su aliento jadeante acarició sus cojones. Su lengua puntiaguda se enredó en una exploración compulsiva que encharcaba sus cojones sudados. Los lamía con un frenesí llevado a veces por el arrebato que le hacía comer aquellos cojones robustos. Abel, que continuaba ciego, no pudo evitar gemir, sentir el placer de aquella lengua áspera y fuerte sembraba en él. Al lado de ese placer, advertía también la vergüenza de sentirlo. No encontraba disculpa en el verse atado y a merced de lo que quisieran, pues ninguna de estas dos razones explicaba del todo aquellos gemidos que, mansos e imparables, quemaban su garganta; tampoco ese serpenteo, abortado por las ataduras, con el que acompañaba las expertas lamidas de Ludwig encontraba otro asidero que el placer puro y llano que encontraría cualquier maricón en manos de aquel macho descomunal.
Era un placer nuevo, distinto. Si las ataduras hasta ese momento respondían al castigo, ahora éstas daban una nueva variante a esa cara oscura. Veía su cuerpo sumido en un placer que no podía controlar y sobre el que no podía responder. En ese momento, su calentura le llevaría a tumbar a ese puto alemán y metérsela hasta la empuñadura, joderlo bien jodido, saborearlo hasta dejarlo seco y, por supuesto, ahogarlo en lechazos de su rico semen. Sin embargo, estaba preso, indefenso, sintiéndose tan solo carne, una carne excesivamente sensible; quizás, más que nunca, pues aunque Ludwig se lo estaba montando de puta madre, la respuesta de su cuerpo atado era superior a aquellas maniobras tantas veces probadas.
Sembró aquellos cojones peludos y fornidos durante unos minutos hasta que todo el sabor quedó atrapado en el gusto del alemán; después, aquella lengua reptadora rastreó buscando la presa hacia la raja oscura que ocultaba el vello hirsuto. Abel se arqueó levemente permitiendo que su ojete recibiese el premio. Lo inaudito cobró cimas de placer. Nunca había dejado que “su hombría” fuese saboreada, pero ahora ésta despertaba de ese letargo forzado con un brío generoso y expansivo. Notaba las frenéticas lamidas del alemán y como éstas saboreaban su ano con avaricia, depositando en cada enardecido chupeteo un cosquilleo que literalmente lo enloquecía. Su ano respiraba. Se abría en trémulas bocanadas, preso ya de esas oleadas que sacudían sus embotados sentidos. Como un niño en una charca, la lengua retozaba estridente pulsando todo su sentir a la vez. Con sus manos abrió aún más su ano virginal y entro aquella puntita juguetona para arar sus húmedas entrañas. Seguía con los ojos cerrados, pero ya no por ningún asomo de pudor. Su respiración jadeante se quedaba suspendida, arrobada por aquel placer hasta ahora insólito y que le hablaba, a grandes voces, de lo que ya sabía. En aquellas folladas que su mariconeo le permitía, había visto el éxtasis. Lo había visto en sus rostros arrobados, cuando la furia de sus embestidas se transmitía nítida al placer que poblaba aquellos gestos cercanos a la enajenación. Y ahora, su cuerpo le daba la moneda que su polla tantas veces había regalado. Sus sentidos seguían en la embriaguez que un Ludwig sediento preñaba. No le advertían de un más allá, de un nuevo paso a dar en este juego que lo trastornaba. Para él, aquello era el fin, la meta. ¿Qué más podía haber después de aquello?
La lengua del alemán cesó su ejecución sin que sus efectos murieran con aquella huida. Abel continuaba en ese punto incierto donde lo había dejado. Resopló, expulsando en una bocanada todo ese ardor que se le atragantaba pero que seguía quemando el alma. Lo siguiente que notó no venía con el mismo mensaje. Percibió una opresión en su ano. Primero un ligero contacto, casi acariciante, pero un segundo después, el rostro era implacable y fiero. Como si toda su sensibilidad se reuniera en torno al anillo de su ano, un dolor macizo y agudo dio la bienvenida a aquel intruso. Durante unos segundos no supo a qué respondía esa naturaleza nueva que se abría paso en su cuerpo con huellas dolorosas. No le hizo falta abrir los ojos para saber quién era el que llamaba a sus entrañas. Su rostro adquirió una mueca de dolor infinito mientras concentraba todas sus fuerzas en impedir que aquella tranca infernal arrasara sus intestinos. Pero nada se podía contra aquella firmeza germánica que continuaba su avance inalterable al dolor que producía. Su glande robusto entró forzando dolorosamente sus carnes que trepidaban en punzadas agudas. Era tal el dolor que aquellos gemidos que antes paseaban deliciosos por su garganta se espantaron en un grito cruento. Sentía su ano dilatarse, estrangular aquella magnifica polla hasta ceñirla con firmeza. Cada centímetro de aquel vértigo llegó a él con el rastro del martirio. De nada servían sus gritos ni sus ruegos, los veinticuatro pasos de aquel misil pungente arrasaron sus entrañas hasta empalarlo, hasta quedar en un nido punzante que se explayaba por sus entrañas, por sus riñones, por todo su cuerpo. Cuando sus cojones rozaron sus nalgas encharcadas, el soldado quedó firme y anclado, como si por fin prestara atención a los ruegos que le hacía desde su desesperación. Pero no era así. Abrió los ojos y lo vio. Y lo que vio, le habló de lo que pasaría.
Cuando miró su bello rostro, sus ojos tenían un brillo que impregnaba toda su expresión. No estaba allí para hacerlo gozar, esa expresión estaba cuando rendía sus tributos a Diana; estaba para hacerlo sufrir, para violarlo. Sus miradas se cruzaron, atándose la una a la otra; la de Ludwig escribiendo el horror, la de Abel ahogándose en éste hasta que en su cuerpo no se encontrara otra respuesta. Su mango se achicó hasta la pena. El sufrimiento no sabía nada del goce.
Con despreció zarandeó sus caderas en un meteisaca furibundo. Su minga entraba y salía asolando todo a su alrededor, creando una calentura extraña, árida. Notaba su fuerte paso, y como éste estallaba con violencia al final de un recorrido que marcaba sus cojones chocando contra las nalgas. Sus gritos de dolor se confundían con las embestidas fieras que seguían su ritmo implacable y fanático. Pronto su ferocidad se instaló en todo su cuerpo. Seguía envainando con furor aquellos veinticuatro centímetros que perforaban cruentos su sentir, pero sumaba a este ímpetu asolador, la violencia de su rabia. Comenzó a golpearle, mientras continuaba con inclemencia su furibunda follada. Parecía que cada embestida buscaba no sólo el placer de su minga, sino también el dolor de su amante. Cuando su mango llegaba al final del recorrido, siempre lo hacía con un arranque demoledor, como si buscase un camino que lo atravesase para matarlo.
Sus golpes, al principio febriles, se aplicaron con saña buscando ese dolor que lo acorralase. Abel sólo gritaba. Sus lágrimas enfilaban su rostro contraído por el dolor y la impotencia, sintiendo como lo partía por la mitad un dolor insoportable por su furia. La minga salía a la luz bañada en jugos y sangre, aumentando con aquella patina la faz furiosa de esa polla que horadaba las entrañas ardientes. Era un animal follando. Si con Diana el deseo lo llevó al fervor; con él era la rabia quien empuñaba aquel dolmen. Su cuerpo sudado y bello, refulgía cruentamente, sacudiéndose en tensiones que aumentaban el dolor que padecía Abel, que ponía todos sus esfuerzos en liberarse de aquella tortura. Sus gritos conjugaban con los de Ludwig. Rabia y dolor eran la misma cara.
• Lo estás gozando, ¿verdad, mariconcete? –preguntó Diana al alemán-. Un virgo siempre es un virgo; ¡y más si se resiste! ¡Y este puto maricón se resiste! ¡Gózalo! –dirigiéndose a Abel-. No todos pueden. Tiene la fidelidad de un perro. ¡El mismo celo! ¡Y con lo perra que soy, sé cómo tenerlo contento!
• ¡Oooaaa! ¡Hija de la gran puta! ¡Aaaarrr! ¡Te voy a matar! ¿Me oyes? ¡Aaaay! ¡Te voy a matar!
• Pero para que pierdes el tiempo… si ya estás muerto.
Le escupió sobre su rostro contraído por el dolor y bañado en lágrimas, y enfundada como estaba tomó su abrigo. Sus pasos retumbaron sobre el escenario venciendo el ímpetu de la follada y el martirio, hasta perderse.
• ¡Hija de puta, no te vayas! ¡Te voy a matar! ¿Me oyes? ¡Te voy a matar!
Su rabia se ahogó en dolor, Ludwig le daba de hostias, mientras continuaba su cabalgada. Los puños, del mismo hierro que su polla, se estrellaban contra su cuerpo convulsionándolo hasta un dolor inextinguible. Lo sintió estrellase en la mandíbula, hasta que ardió en sangre. La furia era ahora inaudita. Una tormenta incruenta que detonaba con dureza en su extrema corpulencia. Se comía los labios de gusto, anunciando su fin. Fue en ese momento cuando Abel, ahogándose en el sufrimiento, sintió placer. Sus gritos que hasta ese momento sólo sabían de la tortura, tomaron aires de terciopelo. El cuerpo, entumecido y reacio, se gobernó buscando ese más que se pregonaba en gemidos y un goce difícil de situar pero que conquistaba sus cojones. Fue una sensación tan clara que nuevamente su polla revivió con una pujanza nunca obrada. La tenía tan dura que reventaba. Con el dolor aún a cuestas se vio como una maricona facilitando aquella follada implacable. Ludwig advirtió pronto la diferencia. Lo empaló con su polla mientras lo miraba con desprecio. Abel temió mirarlo a los ojos, pero no pudo resistir la tentación de expresarle su placer. En sus amantes había visto el mismo gesto, aquel embeleso preñado de lujuria, y ésta fue la que puso antes de recibir una hostia que se estrelló contra sus labios entumecidos. Tras eso, ignorando su dolor, el alemán continuó con su rabia. Esta parecía no tener fin. Le clavaba la polla hasta lo más hondo, con una energía tan febril que sintió arder sus entrañas.
Sus gritos volvían a alearse como sus cuerpos, aumentando en cada embestida la intensidad de sus arrebatos. El rabo ametrallaba en esos últimos pasos con una ira desmedida. Su cuerpo enrojeció como una tea hasta contraerse y expandirse en violentos espasmos que clavaban la robustez de su mango en las celdas de su alma. Notó como un chorro caliente, con el mismo poder del ácido, anegaba su cuerpo en trallazos potentes que buscaban espacio con el mismo cuerpo que la polla. Su grito mudo apagó las quejas de Abel, enfangando con su susurro silbante los dos cuerpos estremecidos por el placer. Aquel placer que Ludwig contagiaba desde su pose de estatua fogosa y que seguía corroyendo en oleadas sus entrañas perdidas entre el dolor y el goce.
Así estuvo durante un par de minutos, con su pollazo palpitando en sus entrañas y recibiendo las caricias que Abel le daba como respuesta contrayendo su ano, como temiendo su despedida. Sin avisar saco violentamente su polla, acompañándolo con un grito al que se sumo el de Abel por su orfandad. Se sentó sobre el escenario dejando reposar su cuerpo agitado. Abel preso, desnudo, y jadeante, buscaba esa serenidad que no llegaba pero que sabía cercana ahora que el telón se bajaba.
Arrastrando su cuerpo desde donde estaba, Ludwig liberó una de las manos con torpeza y cansancio, sin que al final de esa liberación apartara su mano. Abel se quedó quieto. En su dolor, que aún persistía, se imaginaba que cuando viera el primer signo de liberación, él arrastraría los demás con la urgencia que da el odio y la venganza. Sin embargo, sorprendentemente, no hizo nada. Seguía quieto, sin añorar esa libertad secuestrada, conservando con avaricia los restos de aquel tesoro que había disfrutado en esa sumisión que le corroía, y que le hacía suspirar a las puertas de perderla.
Ludwig apartó levemente la mano, pero cuando se iba, Abel se la agarró con fuerza. Él quedó inmóvil, pero sin que ningún temor asomase a su rostro tumbado y que ahora miraba Abel. Sus miradas se ataron sin que ningún reto cruzara sus pupilas. Con el pulgar Abel lo acarició suavemente. Cuando el rostro sorprendido de Ludwig pidió respuesta, él no supo qué responder. Su rostro congestionado por los golpes respondió por él ruborizándose sin que la caricia terminara su cortejo. Ludwig fue arrastrándose hasta él, hasta que sus rostros quedaron a un palmo de distancia. Allí sus pupilas frías brillaron con ternura. Como un amante colocó el peló de Abel, buscando ese retrato perfecto que escondía entre los tumores. Tras el pelo, continuó acariciándolo con una suavidad que mostraba la profundidad de ese reverso fiero que hasta ahora había jugado en el encuentro. Sus ojos sonrieron respondiendo a los de Abel, y esa sonrisa que se escapaba por los sentidos asomaron a sus labios, abortándose por el dolor en el caso de Abel. Cuando éste apareció, Ludwig depositó un beso de aleteo sobre los cardenales sangrantes. Eran besos tan dulces que infectaban con ligereza todo su cuerpo. De golpe a golpe fue depositando su ternura, que anidaba sin rencor en las contusiones que tapizaban su musculatura. Bajó por su torso, que temblaba de goce por su paseo galante, buscó el jugo de sus pezones que lo saludaron erguidos por la atención, recorrió su abdomen sobre el que reposaba su virilidad turgente y maciza. Lo apartaba con sus besos, con su lengua húmeda que regaba la piel cárdena, pero el pijo volvía a buscar su compañía. Lo sorteó para hundirse en su vello hirsuto y regado de sexo, mordisqueo esa pelambrera malsana dejando que los pelos huyesen de su abrazo mansamente. Bajo hacia los cojones sudados y saboreó nuevamente el sabor acre de su desmesura. Lo que antes guiado por la rabia del deseo; lo hacía ahora por la mansedumbre de ese mismo afán. En una y en otra ribera, reinaba. Siguió reptando hacia la raja por el camino ancho de los insolentes huevos. Hundido, obsceno y abierto, reposaba el ojete. Lentamente, sobre sus bordes abultados por la follada, salía refulgente el fruto de su violación. Con la punta de la lengua tomó los primeros sorbos de su abundante cosecha. Abel respondía retorciéndose de placer, y en gemidos profundos y ahogados que él no oía pero presentía por la claridad del ardor de su cuerpo. Reanudó la exploración de las profundidades caladas por su nabo, acariciando aquellas paredes húmedas y caldeadas que respondían a su masaje con leves contracciones que animaban el manar. Sobre su cabeza reposó la mano de Abel que lo acariciaba con una ternura apasionada. Cuando no quedó nada, salió de sus entrañas para enfrentarse a sus ojos jadeantes. Se arrastró sobre su cuerpo entumecido, encarando sus musculaturas tenaces y extremadas, hasta llegar a sus labios. Mezclaron la pasión con la sangre en un beso que no se sometía a las despedidas. Su mano libre se clavaba en sus prietas carnes, azuzando el contacto de sus cuerpos, de dos machos frente a frente. Cuando abortaron el beso, se miraron encendidos. Los labios de Ludwig estaban teñidos por la sangre de Abel, de un rojo tan encendido como su calentura. Ludwig se balanceo sobre él, sintiendo sobre su musculatura el hierro candente de veintidós centímetros que lo saludaba. Se arrastró como la serpiente que tentó a Adán, descapullando la desfachatez de su glande inflamado con su recia carnosidad. Cuando su rostro llegó a aquella torre erguida, sus fauces se abrieron con glotonería.
Se comía la polla con ansia, en un abrazo feroz que encharcaba su minga, al tiempo que su lengua empujaba su avance con un masaje frenético que se combinaba con los giros que daba a su rostro. Parecía que la vida dependiese de ese orgulloso cordón umbilical sobre el que depositaba toda su maestría, sin esfuerzo aparente, conducido por una lujuria encendida. Los centímetros de su nabo iban pasando sobre esas paredes húmedas que succionaban con poder. Las venas montaraces de su polla se cubrían de un brillo escabroso en aquel meteisaca delicioso que iba ganando en ambiciones. Cada vez tragaba más, y más profundamente, en un vaivén medido que arrastraba tras de sí un placer arrebatado. Abel gemía enloquecido por aquel cóctel que contenía las mismas partes de gula que de maestría. Cuando llegó al tope, aún faltaban sus buenos siete centímetros para culminar la cima. Esto no lo desanimó, sino muy al contrario. Sin despegarse de su presa, giró su cuerpo hasta dejar su culo sabroso a la altura del babeante Abel, y desde allí continúo su placentero ataque. Succionaba con potencia, masajeando a su paso todo el contorno hasta llegar a esa línea que lo separaba de la arcada; desde allí retrocedía con igual dedicación hasta atesorar el glande que recibía como un trato aparte, en el que su lengua se enredaba al perímetro hasta casi cerrarlo con su rugosidad.
La fogosidad de su mamada recorría clara todo su cuerpo que trabajaba para aquel tragar. Sobre sus ojos, Abel veía un culo musculoso y macizo, cubierto por esa belleza pura que daba el blanco de su piel. La raja se obscurecía levemente hasta tomar un matiz rosado que remataba en su ojete pecaminoso. Estaba depilado, mostrando el rubor de su pasión. Los ahogos placenteros de Abel humedecían aquella carnaza atrayente, desplegando ante su olfato el poder de su sexo. Entre jadeo y jadeo, la lengua entumecida busco el sabor macho de aquella gruta impoluta y masculina. Lamió con fervor, conducido por la mamada espléndida que estaba recibiendo y que hacía de su labor un cucú anárquico, que sólo asomaba cuando el placer no le agarrotaba los sentidos. Ludwig agradeció aquellas atenciones aumentando su pericia hasta que al rato, la envergadura de su tranca reposaba gozosa en la cálida humedad de su boca. Sintió las contracciones de su garganta, y como una exhalación final revoloteaba con furia sobre el vello de sus huevos; después comenzó el retorno, lleno de esa sabiduría que lo embriagaba. No fue un retroceso urgente, llevado por la necesidad de llenar de aire sus pulmones, sino que marcó cada uno de los veintidós centímetros con el apetito insaciable de sus ansias. Aquella huída acompañó su orgasmo. Sintió como su cuerpo preso se estremecía, como sus cojones hervían de gusto, como polla se hinchaba para darle salida a esa erupción que no sabía de plazos ni de paradas. Cuando la boca de Ludwig retozaba sobre su capullo, éste escupió con fuerza una generosa eyaculación que la voracidad del germánico recibió con gusto. Abel se derretía en un gran gemido que sólo podía depositar en la locura. Su brazo libre golpeaba el suelo con fuerza, al tiempo que su rostro se hundía entre las nalgas de Ludwig intentando frenar las convulsiones que lo azoraban. Era una eyaculación larga y pesada, que dejaba secos sus cojones, pues el apetito de Ludwig no hacía más que incrementar aquella muerte dulce. No se preocupó de tragar, sino de sacar. La maestría que había mostrado en todo momento, brilló ahora hasta cegar. Sus mamadas eran más frenéticas, concentrándose en los primeros centímetros de aquel prodigio que zarandeaba con sus giros frenéticos, con su lengua juguetona, con sus labios húmedos y acariciantes. Cuando ya no quedó nada y Abel reposaba preso de espasmos, Ludwig continuaba atado a la polla, hasta quitarle el más miserable e ínfimo de sus frutos. Una vez logrado, se volvió hacia su rostro con la boca llena de semen efervescente que se corría por la comisura de sus labios.
Le sonrío con sumisión, como un perro abandonado que encontrase nuevo amo. Frunció los labios dejando escapar un chorro espeso de su tesoro que terminó sobre los de Abel; después tragó, con un gesto de buen groumet, el resto de su premio. Tras eso, se tumbó a su lado delicadamente, abrazando a su cuerpo herido y jadeante, posando su pierna sobre su abdomen y sepultando sobre su muslo la polla aún regia. Se dejaron así durante unos minutos, hasta que buscaron un abrazo más cálido de sus cuerpos, uniéndolos íntimamente, pegados el uno al otro hasta quedarse dormidos.
A las dos horas, Ludwig lo desató. Lo hizo con suavidad, temiendo despertarlo. Cuando Abel abrió los ojos, Ludwig comenzó a hablar. Eran unos gestos rápidos y expresivos, pero que Abel los tomó por un pacto, por un perdón, por un ofrecimiento, por una poesía.
• No te entiendo muy bien; pero sea lo que sea lo que quieres decir, yo también digo lo mismo.
Lo ayudó a levantarse con ese tono servicial que lo hacía a uno sentir como una estrella. Se dirigieron hacia el camerino.
Cuando salió a la calle estaba nevando. Al principio lo tomo como una ilusión, como una alucinación producto de las últimas horas vividas; sin embargo, los copos caían mansos enmantando la calle de un blanco extraño, casi onírico. Encendió el coche y se fue hacia su casa, más asombrado por esa nieve que nunca había visto en Coruña, que preocupado por las explicaciones que tuviera que dar. Sobre el asfalto el rastro de otros coches dejaba una huella oscura y viva que contrastaba con la nevada. Las aceras se iban llenando de animación de gente que salía para retratar aquel milagro que permitía hasta hacer bolas con las que luchar. La calle tenía un silencio amortiguado, como si la nieve limpiara toda la realidad hasta dejarla reducida a su pureza. Sobre el parabrisas se estrellaban copos que morían suavemente dejando su rastro en una línea cada vez más abundante. Durante el trayecto, que duro más de lo esperado, como si las distancias se alargaran en este juego hipnótico, arreció la nevada, hasta que toda la noche que iluminaban sus faros era un manto blanco, una nada viva.
Al abrir la puerta, sintió la alarma y la viveza de la voz de Beatriz que desde el salón le anunciaba como novedad que toda Coruña comentaba: estaba nevando.
• ¡Viste, Abel, está nevando! ¡Aquí…! ¿A qué flipas? ¡Dios mío! –dijo ya dejando que venciera el tono alarmante-, ¿qué te ha pasado? ¡Cómo vienes! ¿Qué te ocurrió?
• Nada, un atraco –dijo asombrándose de lo rápido que había maquinado la coartada y la franqueza con la que daba su explicación-. Un puto atraco.
• ¿Un atraco? ¿Dónde…?
• En Fernando Macías, cuando venía de visitar a los de Castro.
• ¡Dios mío! ¿Pero cómo fue?
• ¡Tranquila, mi amor, ya pasó!
• ¿Cómo que ya paso? ¡Dios mío, pero si vienes hecho un Cristo! –dijo acercándose a él con ánimo de ayudarle-. ¡Dios mío, pero cómo vienes…!
• ¡Tranquila, ya te contaré! Ahora necesito ducharme y descansar de este mal trago.
• ¿Cómo que ya me contarás? ¡Por Dios, Abel! ¿Tú no te viste? Si te pudieron haber matado. ¿Cómo que ya me contarás?
Y le tuvo que contar, sorprendiéndose nuevamente de su capacidad para narrar mentiras, del efecto que éstas tenían en Beatriz que, a cada paso de su aventura, daba gracias a Dios porque todo terminará cómo terminó, sin poder evitar esos lloros que conjugaba con los mimos ayudándolo a desnudarse.
A ella, dentro de su propio mundo, le costaba entender la maldad que se movía por esos horizontes que con terquedad negaba. Este modo de obrar hacía de ella un corazón exaltado que terminaba por buscar en los lloros la salida a tantas vidas que huían de ese patrón de cuento en el que se movía. No es que ignorara el mundo, sino que poseía demasiada sensibilidad como para vivirlo y aún encima entenderlo.
Cuando lo ayudó a desnudar, su mirada mostraba un asombro por todos los cardenales que lucía su cuerpo. Los tocaba con temor, como temiendo ahondar en la herida, pero al mismo tiempo como prueba que la maldad del mundo existía y estaba ahí. Lo arropó con sus preocupaciones, con sus preguntas, con ese buscar los detalles que al hombre le pasan desapercibidos. Abel, a su curiosidad, le respondía con una fantasía que fluía como horas antes había manado su sangre, con temor a veces, con pasión siempre. Cuando lo acompañó hacia la ducha se quedó con él, de espaldas a la mampara mientras el agua sacudía la alegría que Abel sentía en ese momento al ver que las cosas salían tan rodadas.
• ¿La viste?
• ¿A quién?
• A esa… –dijo en un tono de voz extraño, como si temiese cruzar la línea que la separaba de la fealdad del mundo-. Ya sabes…
• ¿A quién? –preguntó Abel sin poder disimular su temor y tratando por todos los medios de encontrar aquel camino de entereza por el que estaba paseando segundos antes.
Tardó en responder, finalmente suspiró profundamente y mirando hacia el espejo donde se reflejaba el cuerpo envuelto en vapores de su marido continuó:
• A esa… o ese… –debió de sonarle un poco ridículo, pues al momento añadió bajando la mirada-: a la cabaretera
• ¡Ah… ya!
• ¿La viste?
• No. No la vi… ¿Por qué tenía que verla?
• Porque es tu “amiga” –respondió cargando la palabra amiga con un significado oscuro que le hablaba de una maldad desconocida en su mujer-. Llamó aquí
• ¿Llamó? –dijo sin ocultar su inquietud, aunque al momento trató de disimular-. ¿Como qué llamó?
• Sí. Llamó y estuvimos hablando –respondió mirándole a esos ojos que se reflejaban en el espejo-. Además, esta tarde quedamos para tomar un café.
• ¿Pero qué me estás diciendo…? ¿Qué te dijo?
• ¿Cuándo?
• ¿Pues como que cuándo? Cuando la viste, cuando te llamó…
• Bueno, cuando me llamó fue un poco extraño…
• Extraño, ¿por qué?
• No sé… se la veía nerviosa, preocupada. Me dio la impresión de que no esperaba que me pusiese.
• ¡Qué cosas dices! –dijo en un tono de cuento embaucador, deseando transportarla nuevamente a ese mundo propio en el que se movía y desde el que resultaba inocente y, por tanto, poco peligrosa-. ¿De dónde quitas eso?
• Creo que al principio me tomó por una criada o algo así; mientras creyó eso se la veía tranquila, pero cuando le dije que tú no estabas, pero que podía dejarme el recado a mí que era tu esposa, comenzó a ponerse nerviosa, como si eso la perturbara.
• Serán impresiones tuyas…
• Puede, aunque no me lo pareció…
• Pero, ¿qué te dijo?
• ¡Ah, ya! Su preocupación era si ibas a ir al teatro esta noche… si habías recibido la invitación. Yo le dije que no sabía, pero que lo dudaba pues hoy tenías una reunión importante. ¿Recibiste la invitación?
• No –respondió dando la espalda y comenzando a enjabonarse-; y si la recibí, no llegó a mis manos.
• Eso le dije yo. Le dije que me extrañaba que la hubieras recibido, porque no me habías comentado nada. ¿Y sabes qué pasó? No me digas que son cosas mías, pero me dio la impresión de que aquello la tranquilizaba…
• No te lo voy a decir, aunque lo piense.
• Ella ya se iba a despedir, y yo le pregunté de qué te conocía, pues nunca me habías hablado de ella.
Se quedó en silencio, interrogado por ese rostro que lo desafiaba con su ternura. Intentó acaparar un aplomo que no llegaba. Sabía que tenía que responder, pero sabía que la respuesta lo llevaría a donde no quería estar.
• Bueno… Fue hace mucho tiempo… Yo ya ni lo recuerdo.
• Ya… ¡Desde luego cómo eres…! Para una persona famosa que conoces no me lo dices.
• Supongo… supongo que imaginé que igual que yo la había olvidado, ella también a mí.
• Pues por lo que se ve no.
• …
• Bueno, ella me dijo que sería una larga historia.
• ¿Lo qué? –pregunto saliendo de su cobardía.
• Vuestra amistad, cómo os conocisteis y todo eso…
• ¡Ah, ya…!
• Me dijo que quizá no tuviera tiempo a escucharla. Y aquí, no te lo vas a creer, pero es que la quería conocer. Deseaba conocer a ese del que todo el mundo habla. Así que le dije: “No. No, ¡que va! Lo que me sobra a mí es tiempo”. ¿Y a qué no sabes qué ocurrió?
• Que tomasteis un café.
• ¿Cómo lo sabes?
• Me lo dijiste antes, ¿no lo recuerdas?
• ¡Ah, sí! Sí, perdona…
• Continúa.
• ¿Quieres que continúe?
• …
• Fue muy curioso. Quedamos en el “Hércules”, al fondo de todo. Estaba lleno de gente, jugando las partidas y todo eso. Cuando llegué aún no estaba. Yo me senté a esperarla. Ya sabes como es el sitio, el vocerío que hay, y como cada quien está a lo suyo; sin embargo, sabía que había llegado antes de verla.
• Otro presentimiento de los tuyos.
• No. Esta vez no. Se hizo el silencio. Llegó el silencio antes que ella. Todos enmudecieron. Iba elegantísima; quizá un poco descarada para esas horas, pero elegantísima. Avanzaba firme y orgullosa, con una seguridad que nunca he visto. Y es cierto…
• ¿Qué es cierto?
• Hasta que lo dijo no me había fijado… Vino hacia mí directamente, sin dudarlo, como si nos conociéramos de toda la vida. “¿Eres Beatriz?”, me dijo; y yo alucinada, le contesto: “¡Claro! Sí”. Me encontraba estúpida, como si dudara de quien era yo. Yo le pregunté: ¿Cómo me conociste? Y ella sólo dijo: “Tienes cara de Beatriz; además, nos parecemos mucho”. Y es cierto. Claro que ella es como más estrella… ya sabes lo que quiero decir; pero había cierto aire que nos unía a las dos. Yo me puse muy nerviosa. En ese momento ya no sabía qué decir. Quería hacerle tantas preguntas, pero a la vez me intimidaba. No sabía si me intimidaba ella o las respuestas que podía recibir –dijo mirándolo nuevamente, bajando la mirada para continuar con su parlamento-. Fue ella quien preguntó.
• ¿Qué te preguntó?
• Pues ya sabes… lo típico que se habla en estos casos y entre mujeres: ¿Cómo nos habíamos conocido?, ¿qué tal nos iba…? Todas esas cosas, ya sabes. ¿Y sabes una cosa? No sé por qué, pero me encontraba muy cómoda. Me gustaba hablarle de ti, de mí, de nuestro amor. Creo que nunca lo expresé mejor que con ella. Fíjate que hasta la hice llorar…
• ¿La hiciste llorar?
• Bueno, sí. No te enfadaras, ¿verdad? Es que cometí una tontería… pero es que estaba tan bien…
• …
• Bueno –dijo cambiando ya el tono y mirándolo con esa inocencia que él conocía y que ahora se agrandaba en extremo-. Ya te digo: ¡no te enfades! Sé que está mal, que tú debías de ser el primero… pero se lo dije a ella.
• ¿Qué? –preguntó con ese aplomo perdido aprovechando la ventaja.
• Le dije… Bueno, hay muchas formas de decirlo, pero…: estoy embarazada –dijo iluminándose el rostro antes de brotar una sonrisa que acompañó a esa luz-. Si, no me mires así: vamos a tener un bebé.
Abel sabía que tenía que hacer algo. La noticia realmente le había sorprendido, pero llegaba en un día donde la sorpresa marcaría los recuerdos y rencores de los próximos años. Y ahora esto. Continuó con ese rostro que se suponía que había que poner, sabiendo que eso ahuyentaría los caminos tormentosos que anunciaba una mujer como aquella. Salió cubierto de espuma y con una emoción que no sabía muy bien a qué respondía. Aquel bebé que llegaría comenzaba a resonar como un eco en su interior, extrañamente calmó toda su tensión. Se abrazó a ella.
• ¿Qué haces loco? –exclamó en tono de falso reproche-. ¡Qué me mojas!
• ¡Mi vida, mi vida! ¿Un niño? Mi vida.
La abrazó con firmeza, con locura, empapando su mole aquel cuerpo delicioso, nido de tenacidad, y comenzó a dar vueltas mientras no paraba de reírse y repetir: ¡un niño, un niño! ¡Vamos a ser papás! Beatriz compartía su alegría y se dejaba besar por ésta.
• Deja, que me vas a aplastar –dijo contagiada por la alegría-. ¡Mira como me has puesto! ¡Je, je, je, je! Ahora tengo que cambiarme. Anda termina de ducharte mientras me cambio, y después hablamos.
Abel la miró con orgullo, con una admiración que salía por la piel al saber que aquel cuerpo delicado llevaba en sus entrañas la vida. Ella salió del baño, mientras se miraba al espejo contemplando su felicidad.
• Una cosa más –dijo ya fuera-. ¿Es cierto todo lo que me dijo?
Él continuaba mirándose al espejo, y durante unos segundos pensó en contarle todo, en hablarle de que aquel mes que nadie quería citar, de su sentir y sus peregrinaciones, de su verdad. Si todo el mundo lo hablaba, porque no él. Y así lo hizo.
• NO.
• Ya me parecía a mí, ya me parecía a mí –dijo alejándose feliz por el pasillo y perdiéndose su voz en un canto
Sintió un escalofrío, una corriente que recorrió su cuerpo con una crueldad fría. Comprendió en ese momento que muchas de las borrascas que enturbiarían su vida se resolverían con la sencillez de una mentira. Un gusto amargo se le alojó en el garganta. Hizo por tragar, por borrarlo, pero sabía que la mentira para quitar esos sinsabores no servía. Y se miró al espejo.
Llevaba tiempo contemplándose, como muerta, intentando reconocer en aquel reflejo la persona que era. Sobre la cómoda estaban extendidos todos los potingues que conseguían aquel rostro que el mundo deseaba. Saliendo del embrujo, se quitó las pestañas postizas, tomó las toallitas desmaquilladoras y lentamente, con una saña cruenta, fue desmaquillándose. Los polvos dejaban un rastro sucio y emborronado en su rostro, mutilando toda su belleza hasta acercarla a la caricatura patética.
Se abrió la puerta, era Ludwig. Avanzó hacia ella y le dio un beso en el cabello, dirigiéndose después hacia la cama para tumbarse en ella como único espectador. Ella continuó tomando una toallita tras otra, creando sobre su piel huellas de pureza que aún así no le traían lo que deseaba ver. Cada nueva pasada descubría un ser que ya no reconocía por mucho rencor que pusiera en la pasada. Ningún gesto se reflejaba en su rostro, sólo un hieratismo seco y estéril. Toallita tras toallita fue hiriendo su rostro con un masaje que enrojecía su piel. Cuando ya no quedaba nada, volvió a contemplarse. Durante unos minutos quedó quieta, como si fuera aquella muerte aparente el blasón de su vida. Repentinamente, con una violencia desproporcionada, arrojó contra el suelo toda la cosmética que escoltaba su belleza. Los tarros, frascos y perfumes se estrellaron en una expiración muda contra la mullida moqueta de la habitación. Así uno tras otro, sin que ningún trueno alumbrara aquel repentino estallido, ni tan siquiera un grito. Cuando no quedo nada, su garganta explotó. Era un grito agónico, consumido ya en su salida, feneciendo en un silencio de llanto mudo.
Con el rostro contraído por el dolor, enrojecido como una máscara diabólica, cayó de rodillas, impotente, como un flor vieja en la que el batín eran sus pétalos muertos. Y así estuvo hasta que no quedó nada que llorar.
Se dirigió hacia la ventana. Seguía nevando con una serenidad que tapizaba todo el puerto de A Coruña. Los copos caían como una cortina. Parecía que la nada se había instalado fuera; sin embargo, el viento lloraba.
Y ella fue hacia la cama, rogando por no soñar.
Para Alberto. Porque decida lo que decida ser, hombre o mujer, ya es una de las mejores personas de este mundo. Conocerte es un lujo para cualquiera.
¡Gracias por darme ese premio!
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Ya sabéis ese proyecto en el que ando últimamente. Se titula “Postales desde la otra acera”. No sé que deciros para que os animéis a contarme cualquier cosa que os haya pasado. Los correos hasta este momento son pocos, no superan la media docena. Si mi voluntad me lo permite, colgaré un par de historias para que veáis por dónde van los tiros. Ya sé que lo he prometido en muchas ocasiones, pero ahora lo voy a cumplir. El fin no es otro que trazar una panorámica sobre nosotros con todas las historias que vaya recibiendo. Todo lo que seáis vosotros es lo que va a reflejarse. Que eres sexo, pues sexo; que eres corazón, pues corazón; que eres miedo, pues miedo. Pensar que lo que me interesa en este momento no es cómo se escribe la fantasía. De esa ya tengo bastante. Lo que me cautiva es la realidad. La vuestra. Puede que seáis un polvo glorioso, algo parecido a lo que habéis leído; pero puede que no, puede que estéis en esa búsqueda; o que no siendo la gloria si estéis en el cielo, o en el infierno, que tampoco es un mal sitio para encontrarse. No me enrollo más y os animo a que escribáis. Espero vuestras colaboraciones. Gracias.
