AVANCE
No sé cuántos relatos llevo anunciando la publicación de este pequeño avance; tampoco cuántas veces os llevo pidiendo que me enviéis vuestras historias. En honor a la verdad, habéis cumplido más vosotros que yo; aunque las colaboraciones no sobrepasan la media docena, mi dejadez excede cualquier disculpa que pueda decir.
Hoy, ¡por fin y no sin tiempo!, ha llegado el día. Este es el pequeño catálogo que os muestro para que os hagáis una idea de por dónde van los tiros.
Cuando escribo, siempre pienso en esa persona que está al otro lado. Me hago una idea vaga, y trato de atizar con toda mi imaginación su sentir. Mi objetivo no es otro que vuestra polla. Cualquier relato mío que hayáis leído está escrito bajo esa premisa; después, en su desarrollo se suman otras más. Unas veces revindicar una condición, otras una edad, otras un gusto; eso ya depende de la historia y por dónde me quiera llevar; pero en ningún momento pierdo de vista ese primera diana que me marco cuando comienzo una historia. En esos relatos, que ya van por la quincena, es la imaginación quien toma el mando. Excepto casos muy contados, lo que se narra es totalmente ficticio, aunque lo fuerce hasta darle el sabor de lo vivido. Las pocas veces que narré algo real, como en “mi pupilo” y “yo no era más que un chaval”, me percaté de que la satisfacción conseguida por mi parte era mucho mayor: la realidad siempre era más sorprendente que mi imaginación.
El tiempo ha dado la razón a esto y a mi ficción. En ocasiones, cuando recibo algún correo, no es raro encontrar que muchos de esos seres que están al otro lado, y que yo imaginé, han vivido situaciones parecidas o idénticas a las que yo he inventado. Tengo un montón de “plumas bravas” por ahí perdidas; gente que “pasó y miró”, quedándose finalmente, y así con casi todos los relatos. A todo ser imaginado, le corresponde uno real; uno que ha vivido lo que yo he imaginado, o que le gustaría vivir lo que imaginé. Sin embargo, cuando estas extrañas coincidencias se dan, no dejo de pensar que su historia es mil veces mejor que la mía por mucho que yo la haya embellecido.
Esta verdad surgió de manera más patente, cuando mi buen querido amigo Julián me contó un recuerdo personal. Al leerlo me sentí hechizado, hasta tal extremo que rápidamente corrí a escribirlo para que mi memoria no lo enterrara. En esta ocasión, olvidé ese objetivo que siempre me marco, y dejé que fuese la verdad que él había sentido la única que trazará las líneas. Cuando llegué al punto final, vi que de alguna manera aquella historia no sólo lo definía, si no que de algún modo nos definía a todos. Todos habíamos tenido una primera vez; todos nos habíamos enamorado; todos habíamos tenido una follada despreciable; pero ese “todos”, a la vez, ocultaba una singularidad que hacía de aquel momento retratado algo irrepetible, único. Al final, decidí abrir una nueva serie. El objetivo ya no era templar las pollas, sino reconocernos, saber de qué pasta estábamos hechos, lograr como una especie de fresco que contuviese esa diversidad tan rica que se oculta o se muestra tras nuestra orientación sexual.
Para eso son mis ruegos, para hacer un relato en que quepa de todo, porque ahí sí, en ese “todo” estamos nosotros.
Espero que las dos muestras que os expongo os dé una idea y os animéis a enviar vuestras recuerdos e historias.
Por mi parte, nada más que daros las gracias anticipadamente y esperar que os guste.
Un abrazo.
E.P.M
A Coruña, 4/XI/2002
Llegó con timidez, pero con el rabo duro arponeando la tela de su vaquero. Con cara tierna procedió a disculparse por lo apretado de su agenda que no le permitía pararse más de lo necesario. Ray pensaba en la pena de esta prisa, pues era cierto lo que le había comentado por el chat: estaba para echarle un polvo.
Con la tensión del momento, se le habían olvidado las mínimas normas de educación. No le había ofrecido ni un simple café, y en su ofrecimiento no esperó a su respuesta; era cuando huía, y ya iba por el pasillo, cuando “SexBig” le dijo que no quería nada. Retrocedió sobre sus pasos y así, viéndolo de espaldas, con ese rubio angelical que iluminaba su cabeza, tuvo los cojones de acercarse a él y tomarlo por el cuello, mientras su mano proseguía la vertiginosa caída de su pecho hasta plantarse en su entrepierna.
• ¿Qué hacemos?
No obtuvo otra respuesta que su mano apretando con fuerza la suya, que seguía magreando esa polla que sospechaba despierta y sudada, con ese sabor a sexo que lo calentaba sólo de pensarlo. Se levantó precipitadamente y bordeando el sofá se pegó a él, empitonándolo mientras manoseaba su cuerpo con urgencia en ese arte de toreo que se había marcado.
• Vamos a la cama –sugirió Ray preso de la excitación.
No se dejó desvestir, sino que con rapidez se despelotó al instante. Llevado por él, también Ray se desnudó sin el ceremonial que tanto lo excitaba. Su polla aún no estaba dura; si estaba excitado, pero la precipitación con la que todo se estaba desarrollando lo había pillado desprevenido; así que se arrimó a él para calentarse. Tendría unos treinta y siete años, de esos que no se aparentan; su cuerpo mostraba los primeros síntomas de la dejadez con la que se asientan los años, pero aún así retenía la hermosura que arrebatara a otros antes que a él. Soldado a su cuerpo, magreándolo a conciencia, notó la caliente dureza de esa polla gruesa y bien formada. Debían de ser como unos quince centímetros, pero a Ray, en ese momento, le supo a más.
Cuando se acercó a sus labios, con la lengua ya dispuesto a avasallarlo, se los encontró cerrados a cal y canto.
• No. ¡Nada de besos en la boca! –repuso tajante, mientras lo tiraba hacia la cama.
Allí situó las dos pollas juntas y sin mediar otro ademán, se balanceo con furia, pasando su nabo duro por los cojones y la polla desfallecida de Ray. No estaba mal. Tenía su punto, pero no era lo que quería. No se habían despelotado, ni tomado un tiempo, aunque fuese poco, en un precalentamiento en el que hubiese mariconeo y ternura a partes iguales; pero, para más inri, no besaba, con lo que le excitaban a él los besos…
Perpetuaba aquella compulsiva agitación, mientras magreaba su cuerpo, chupaba sus pezones, lo besaba con avaricia, lo pellizcaba. Ray quería responder, pero notaba, sin poder precisar el porqué, que todo lo que hacía no era bien recibido. Cada segundo que pasaba, aquella sensación aumentaba. Sentía que a “SexBig” le importaba un huevo quien estuviera allí: él estaba en otra parte. Seguro, pensó Ray, que no me lo está haciendo a mí, seguro que está pensando en cualquier maricón que no le hace ni puto caso, seguro que esos putos meneos no son por mí, sino por ese que no le permite ni decir pío.
De vez en cuando, aquella urgencia que llevó como insignia desde el principio, se situaba en su mano. Ponía las dos pollas en su mano y las meneaba frenéticamente hasta que esa repentina explosión desaparecía del mismo modo sorpresivo con el que había aparecido. Ray pensó que no estaría mal gemir, así que esperó y calculó qué momento sería el idóneo para parir sus gemidos en los resquicios que la respiración jadeante de “SexBig” dejaba. Así que empezó a gemir, y pensó que no lo debía de estar haciendo tan mal, pues la embestida de “SexBig” ganó en potencia.
Al quinto o sexto gemido se dio cuenta de su error. En circunstancias normales, aquello era la antesala del polvo, de la vibrante penetración que lo enervaba, que lo despegaba de la vida para hacerlo gozar como una mariconaza. Sin embargo, allí estaba: el otro trota que trota, y él deseando que esa urgencia fuese aún más rápida, pues sabía que ni por todo el oro del mundo su minga reluciría; y ya le estaba dando un poco de corte seguir con aquellos jadeos que tan deficientemente rimaban con su nabo mal plantado.
• ¡Joder tío, fóllame! –dijo jadeante.
Al mismo tiempo que lo pronunciaba, se preguntó por qué lo había dicho, por qué sus palabras salieron ardiendo de su garganta cuando su minga permanecía igual de fría. “SexBig” paró su perforación aérea, y con esa mudez que no lo abandonaba, levanto las piernas de Ray hasta la altura de sus hombros. Con precisión escupió certeramente sobre el glande y embadurno con sus babas su gruesa chorra. Aquella imagen excitó a Ray. Era lo único bueno que había pasado desde que un minuto antes comenzará aquel polvo de hola y adiós. Generalmente, le gustaba todo en los hombres; pero si esto se unía a su cuerpo, el deseo alcanzaba límites infranqueables. Le excitaba el sudor, la suciedad, los culos apestosos, el orín rancio… todo lo que podía producir arcadas, era plato de gusto para Ray; ¡claro que tenían que estar bien servidos! Amaba la ternura, pero sólo como inicio; después le parecía vomitiva. Él follaba por maricón, sólo por eso; los amores y otros sentimientos de puta secretaria, se la ponían floja, sobre todo como ahora, que estaba siendo infiel a su novio. Así que cuánto más aguerrido fuese el gesto, mayor era su excitación. Un camionero, ese era su ideal. Lo había hecho en un par de ocasiones, y éstas habían quedado tatuadas en su memoria. La última, había sido el año pasado, en él área de descanso de la autopista, después de pasar la salida de El Burgo. Así que pensó en aquel cordobés que había logrado la mejor de sus corridas.
En aquel pensamiento estaba cuando sintió el dolor de la polla de “SexBig”. Por un instante pensó que el sueño que tenía se había transfigurado repitiéndose aquella obscena embestida; pero mirando su cara de ángel, se percató del engaño. En dos sacudidas metió su nabo hasta el fondo.
Un minuto antes juraría que el grosor de su mango le pasaría factura, pero había sido la rapidez de la impresión la que urdió la frágil trama. No estaba mal, pero le seguía jodiendo esa ausencia a la hora de fornicar.
Ahora sus resoplidos aumentaban, por lo que decidió que sus gemidos tenían que ir a la par en ese paseo. Puso tanto entusiasmo, que sintió su mano meneando su pijo consumido. Le pareció un gesto bonito, con lo que sus gemidos se hicieron más sordos, como si surgieran de aquel pozo que él estaba perforando mecánicamente.
Casi no sentía su polla, así que decidió tomarlo por las nalgas y guiar un poco su ataque, mientras intentaba acompasarse a esos asaltos mudos que había iniciado. Le pareció que tenía un buen culo, de esos guapos para magrear, incluso, sentía por momentos como aquella carne flácida recuperaba su turgencia con la tensión del ataque. Comenzó a disfrutarlo, sin que su polla diera los menores signos de vida. Por mucho que lo intentaba; o cuanto más lo intentaba, peor era.
Se dejó llevar. Disfrutar de lo poco que había que disfrutar, de su culo, de ese vello difuminado por su torso, de sus pezones erectos. Decidió que no lo miraría, que le sudaba qué cojones quería él; tampoco él estaba tan preocupado por lo que Ray sentía, pese a la “generosidad” de su paja. En ese estado, comenzó a recuperar parte de su esplendor, incluso, aquellos gemidos tan falsos, trataban de recuperar la sinceridad habitual.
Ya era demasiado tarde pues sintió ese cosquilleo en los cojones con los que siempre se anunciaba la corrida. Como siempre su cuerpo se contrajo en espasmos, en un harapo de extremidades que se retorcían ajenas ya al peso de la realidad. Aquello le gustó a “SexBig”, que aumentó el ritmo y la potencia de sus penetraciones.
Ray comenzó a eyacular con la abundancia de siempre, y en ese estado sintió como la polla de “SexBig” salía apresuradamente de su culo. Preso de la curiosidad abrió sus ojos para ver qué había ocurrido. Rugía como un maricón sin perder de vista aquella polla que, posada sobre sus cojones, meneaba “SexBig” con desesperación. Con la misma mudez que había hecho gala en este rapidísimo round, un trallazo de lefa se estrelló contra sus ojos abiertos como platos. A este, sin pausa alguna, sucedieron otros cuatro o cinco que fueron regando su rostro, su pecho, su abdomen, de un semen espeso y caliente, al tiempo que su polla expulsaba su fruto sobre el abdomen que ahora regaban juntos.
No se abalanzó sobre él agotado, cosa que Ray esperaba, sino que siguió allí quieto durante los breves instantes de la agonía de su turbación.
• ¿Dónde está el servicio? –preguntó sin ningún rastro de emoción.
• Sales y la primera puerta a mano derecha –contestó Ray aún jadeante.
Recogió la ropa desperdigada por el suelo de la habitación y en pocos movimientos y ninguna palabra se dirigió a su destino. Ray quedó allí, absorto en sus pensamientos, sin poder liar algo que explicara ese polvo que tenía desarrollo, nudo y desenlace en un solo y apresurado acto. Por curiosidad miró el reloj. Entre cortesías y polvo no habían pasado más de ocho minutos y ya sonaba el familiar sonido del agua.
No más de dos minutos después, “SexBig” apareció vestido tan pulcramente con la que había llegado. Raí seguía en pelota, reposando en la cama.
• Tienes una polla guapa –aseguró SexBig.
Aquello Ray lo recibió no como un halago, sino como una mentira piadosa de las muchas que se habían vivido en los últimos ocho minutos.
• No estuvo mal –dijo cambiando de tema-. Incluso si tuvieras más tiempo podría haber estado mejor, sin tantas prisas… Así que cuando dispongas de media hora –dijo en un tono bromista que ocultaba su verdad-, podríamos repetirlo.
• ¡Claro! –respondió con ese tono tan difícil de descifrar.
Un silencio molestó se asentó en la habitación. Se miraron sin saber qué decir, si es que había algo que decir. En esa mirada fugaz que evitaban, Ray percibió que “SexBig” quería lo mismo que él.
• Tienes prisa, ¿verdad?
• Un poco.
• Pues espera, me pongo el calzoncillo y te acompaño hasta la puerta.
Avanzaron por el pasillo, sin saber muy bien cómo despedirse, pero aún así abrazados como si fueran tiernos amantes de toda la vida. Antes de abrir la puerta se besaron en las mejillas como un gesto más de la cortesía que era necesaria para el adiós.
• Bueno –dijo Ray-. ¡Hasta la próxima!
• Sí, hasta la próxima. Te escribo un “emilio” y te digo cuando paso otra vez por Coruña.
• Vale. ¡Pues como quieras!
• Bueno. ¿Un beso?
• ¡Claro!
Tenía el mismo sabor que los anteriores, aunque tenía a su favor el ser el último.
• Pues nada. ¡Adiós!
• Adiós.
Ni esperó en el vano de la puerta a que él tomara el ascensor. Uno y otro se dirigieron hacia su huída. Dentro escuchó el sonido monótono de las puertas del ascensor abriéndose; tras eso el alivio del descenso.
Sintió los tirones del semen seco sobre su piel y avanzó hacia el servicio. Preparó la ducha, y así como estaba se metió bajo su chorro cálido. Quería cuanto antes quitarse ese semen seco que lo molestaba, aunque sabía que nunca más volvería a hacerlo.
Esa noche, sin embargo, ellos volverían a copular. No hay nada mejor para sacar un clavo que usar otro.
Ellos copulan, pero no volverán a encontrarse nunca más, por eso siguen copulando.
En cueros, tras las cortinas, asomándose con ansiedad, lo esperaba cada tarde. Allí, con la polla entre sus manos, deseaba, con toda la fuerza que aullaba en su entrepierna, que él llegase. Se preguntaba si aquella sombra larga que se proyectaba calmosa sobre la acera, sería él finalmente, si tras esa negrura surgiría la luz de su estampa rubicunda que, igual de calmosa, dirigía sus pasos hacia el encuentro. En ese momento, ya no lo veía con claridad. Su rostro se pegaba al cristal y los resuellos anhelantes sumergían su figura en una neblina densa, que desvanecía todo lo que Julio veía en él. No le hacía falta ver más. Todo lo que él era estaba grabado con una fuerza que, a los trece años, le parecía eterna. No miraba ya ese flequillo impertinente que respondía al más ligero movimiento con caídas armónicas; tampoco era necesario ver el cielo alegre de sus ojos; ni esa belleza pulcra que ornaba su rostro; ni esa proporción perfecta de un cuerpo expresivo, en el que veía ese “ser mayor” que deseaba. Para Julio, nada de eso era necesario: él estaba siempre y para siempre. Aún así, no podía apartar la vista de ese caminar apacible y seguro que toma aquel que nada tiene que conquistar; su mirada vigilaba, hasta perderlo, esos pocos pasos que lo separaban. Y entonces sonaba el disparo de salida…
Siempre lo recibía en pelota; pero él no daba a importancia alguna a aquello, dando a entender, con sus escasos gestos, que no podía existir otra forma de recibirlo que esa. Tras eso, se acomodaba en el sofá y ojeaba con despreocupación la habitación sin que la consideración de lo que veía, fuese lo que fuese, variase al cruzar su mirada con los ojos entregados de Julio. Después, invariablemente, tomaba entre sus manos el “Interviú” del padre y comenzaba a ojearlo con esa calma que desesperaba a Julio que, a esas alturas, aún no tenía claro nada de lo que podría ocurrir posteriormente. Sonreía con arrogancia, manifestando una desaprobación muda por todo lo que en esa revista se atacaba. Cuando llegaba a las páginas de desnudos, se detenía con atención. Allí, con la vista clavada, comenzaba a rotar la revista para ver aquel esplendor desde distintos ángulos por si algo se había perdido o como si en esa contemplación se pudiera hundir en la planicie de aquellas carnes abiertas, y ver lo que se hurtaba a la vista de los demás. Esto molestaba a Julio, aunque trataba de ocultar su desazón. Sin embargo, le parecía increíble que estando él en cueros, su mirada ardiente se dirigiese a esas putas de papel couché; pero también sentía una cierta satisfacción que venía unida a la muda irritación con su misma grandeza. Lo miraba y veía un macho babeante de coños febriles; pero también sabía que finalmente terminaría perforando sus jóvenes carnes. Era un premio que compensaba ciertas amarguras. Con Arturo todo era así. En su exacta pulcritud, repartía, desde que siete meses atrás se iniciara esta aventura, el mismo número de dones que de condenas, sin dar explicación de ningún tipo sobre lo uno o lo otro. Esto hacía que aquella conservadora actitud tomara cierta aura de misterio que de otro modo no tendría, pues las palabras siempre acaban por mostrar la estupidez de la especie.
Cuando finalmente la revista recuperaba su perdida horizontalidad, seguía con la ceremonia como si nada hubiera pasado. En ocasiones, con un simple gesto señalando al mueble bar podía pedir una copa, o un refresco si esa mirada que te perdía caminaba hacia la cocina. Había días que, tras todas estas maniobras, él se iba con esa seguridad que no dejaba lugar a dudas. Allí quedaba Julio, tras las cortinas y con la polla dura en la mano, hasta que su figura volvía a llenar la calle, con su sombra tranquila, otra tarde cualquiera. Pero eso no era lo habitual, aunque tampoco lo excepcional. Lo familiar era que el “Interviú”, tras ese manoseo observador, reposase en su ataviado regazo; después, ocurría algo milagroso. Esa mirada que te perdía, obraba con su poder demiúrgico, y una vez que su estela se dirigía a él, éste, en su desnudez, cobraba vida. Existía.
Una vez recobrado su sentido, y con ello su ser, se acercaba sonriente y osado. Su extenuada figura entraba entonces en una lucha que se iniciaba tímida, casi con el sabor de una caricia. Tras ese primer contacto, Arturo se quitaba el jersey, como si con este gesto anticipase la lucha que se daba a continuación. Era una imagen que Julio nunca quería perderse. Primero veía su torso levemente musculoso y bañado por un vello blondo que casi no se distinguía; después ese sobaco donde el vello se arremolinaba más apagado, con rastros de sudor; pero, luego, venía lo mejor. Comenzaba a emerger su rostro; y tras eso, ese cabello dorado, perfectamente acicalado y ordenado, se desparejaba por breves instantes para recobrar en su caída, o con un levísimo gesto que él hiciera, esa compostura que jalonaba su pulida belleza. Otro golpe más, y Arturo se arrojaba a una lucha que avivaba los sentidos. Sus cuerpos retozaban por la habitación, restregándose impúdica y alegremente, en un intento por dominar al otro. Solía ganar él, eran veinte años contra trece; pero si en uno había la fuerza, en otro estaba el nervio. Era un orgullo fiero y cabrón, que le hacia entregarse con más rabia en cada encuentro, con una ferocidad que lo mantenía todas las tardes desnudo en su incertidumbre, y que ni esos revolcones voluptuosos lograban calmar del todo.
Eran luchas extenuantes, donde la violencia tenía el mismo rostro que la lujuria. Los manoseos eran obscenos hasta arder en el infierno. Aquellas manos elegantes, eran ahora guerreros crueles que arrasaban su piel inocente, exprimiendo todo el sexo que allí se quemaba. Sus labios, húmedos por la calentura, se buscaban avariciosamente en besos sanguinarios que aleaban el ardor de la pasión con la rabia lasciva que tenían, hasta convertirse en mordiscos cruentos que marcaban sus carnes como reses bravas.
Cada asalto era una conquista. En ese enervamiento en el que brevemente irrumpían, Arturo siempre perdía para ganar. Dejaba que aquellas manos casi pueriles y jadeantes, tomaran parte del botín: ahora el cinturón, ora un zapato, luego abrir la bragueta, después… llegaba un punto en el que sólo el bóxer en carpa marcaba la desigualdad. Ahí, sobre el suelo, estaban dos cuerpos sudados de sexo, febrilmente hermosos, enmarañados en corrientes que tensaban sus músculos hasta transfigurarlos en puro deseo. Eran un paisaje, una foto sobre la que uno podía pasar de la claridad de la juventud a la ambigüedad de la adolescencia y quedar rendido por el detalle con el que toda esta hermosura se refería.
A esas alturas, Julio se deslizaba por ese torso caldeado que desplegaba una atracción que lo apresó desde el primer día. Sentía en esa bajada como la polla de Arturo, rozando su piel sensible, estaba haciendo su llamado.
Su boca se abría empapada al rubor del glande bruñido por los sudores de la lucha. Tenía un sabor peculiar que contrastaba con la imagen de su amo siempre tan impoluta. Con el tiempo, llegó a pensar su minga segregaba los humores que toda aquella representación inmaculada sorteaba. Era de un sabor agreste, que se iba endulzando con la glotonería de sus succiones, hasta quedar en esa neutralidad que tanto rimaba con su estilo; pero aquellas notas no huían del todo, se transformaban. El interregno fenecía con la rudeza de esas estocadas que su polla empuñaba sobre el culo abierto de Julio.
Después de una buena mamada, que en raras ocasiones compensó, lo situaba contra el sofá. Allí, sin muchas contemplaciones, esos catorce centímetros se hundían entre sus carnes para sentir el calorcillo con el que lo apretaba la adolescencia. Lo empitonaba en asaltos salvajes, que tomaban breves descansos para suavizar su ímpetu. Le gustaba ver como su polla, ligeramente morena, ligeramente gruesa, ligeramente todo, se hundía en ese culo lampiño y níveo, hasta aplastar el nervio de aquel adolescente contra la tapicería. Le gustaba ese meteisaca delicioso, ese balanceo que lo pegaba a Julio, y que le hacía percibir con todo detalle el goce del efebo. Aquello lo encabritaba, y más cuando esa penetraciones mostraban con gestos rotundos hacía donde trotaba Julio. Sus jadeos irregulares, llevaban en sus resquicios cargas profundas que estallaban ininterrumpidamente. Era una gloria, ver como sus embestidas eran respondidas por el nervio de aquella languidez que se meneaba con acierto hasta acoplar su minga en lo más profundo de sus tórridas entrañas. Allí, sudados y jadeantes, ese muñeco lindo comenzaba a hablar, y de la inocencia de sus años brotaba la suciedad de sus palabras. Aquel contraste entre la inocencia y la procacidad, hacía que todos aquellos discursos con los que bañaba la follada, retorcieran ésta hasta hacerla arder. No paraba de hablar, sin recato alguno, de lo que pasaba por su polla. “¡Hijo de la gran puta!, solía decir, “¡Mátame con tu polla, cabrón…! ¡Dale, dale hostia, dale! ¡Así! ¡Qué dolor tan rico! ¡Uuuuuuyyyyyyssss! ¡Joder, maricón! La tengo en la garganta. ¡Me voy a correr como una puta! ¡Me cago en Dios! ¡Joder, qué guay!” No podía callar, aquellas frases en las que las erres y eses se marcaban con impudor, en el que las vocales se fundían con los gemidos, en el que la tonalidad cabalgaba al son de las perforaciones, exaltaban a Arturo que no dejaba de atizarlo con su falo, con sus manos, con su boca. Era una sucesión donde el arrebato tomaba el pulso a ese orden tan propio de él. En meneos frenéticos, todo su cuerpo comía el plato sabroso que Julio ofrecía. Seguía manoseando sus carnes abrasadoras; al tiempo que su polla profundizaba con pasión en ese culo humedecido por los fluidos de dos que se follan, así hasta que su ojete abierto mostraba los signos de la candencia de esa fricción enardecida. Sus nalgas abiertas y inflamadas por los choques de la penetración, por sus agarradas apasionadas, recuperaba su alba naturaleza en las profundidades de su raja acrisolada; pero allí, en medio de tanta pureza, su ano tomaba un color encendido y lustroso, hasta refulgir en brillos tan obscenos como sus palabras.
Seguían aquel cabalgar lustroso, donde sus cuerpos se contorsionaban presos de ímpetus difíciles de domar, donde sus carnes se tensaban y relajaban en estertores violentos, donde sus jugos se calcinaban hasta empapar toda la estancia de un sexo convulsionado por energías regeneradoras. Llegaba un momento, que todo iba a más. La mano de Julio paseaba entonces por su polla expósita de atenciones, y masajeaba la voracidad de su pieza, que apuntaba desarrollos magistrales. Lucía una fimosis que agrandaba su capullo, por el que no dejaba de expulsar, tras esa cárcel de piel bruñida, abundantes secreciones con las que su naturaleza se había dotado para sobrevivir y disfrutar. Se la meneaba de un modo encendido, mientras aquella mudez jadeante, que taladraba sus carnes, perdía parte de su cortedad, ganando sus jadeos cierta audacia que rompían con el decoro tradicional del carácter de su familia. Era como una señal, como esos avisos que se sitúan en las autopistas kilómetros antes de llegar a meta. En ese momento, se dedicaban a ellos con energía, hasta que sus cojones, casa de sus humores, hervían y estallaban precipitadamente. Así, en una sucesión sobre la que no se podía fijar un punto y aparte que interrumpiese ese manar. Sentían como un cosquilleo delicioso comenzaba a rebullir agitadamente; después esa explosión buscaba la salida de escape, soltando a su paso todas las espitas que los abrían en sacudidas, sumiéndolos en un descontrol placentero que se asemejaba a una muerte dulce.
Era un goce, sentir esas fuertes contracciones sobre la polla trémula que escupía toda su carga en disparos certeros y abundantes que morían entre bufidos roncos, con los que trataban de lograr una serenidad que no envidiaban, pues las sensaciones aún daban latigazos crueles. Aún sentía, dentro de su culo, como el semen lo corroía con su calor empapante; mientras, con su mano, recogía los restos de lefa desperdigada, y aún tibia, con la que alimentaba la sed de su amante clavado a sus carnes.
Allí envueltos en sudores y semen descansaban hasta que el anochecer los separaba. Era un momento que Julio no quería, pues nunca sabía cuándo llegaría la próxima tarde; aunque también por otra razón: Julio lo amaba. Y lo amaba de verdad, estaba tan colgado por él como esas cortinas tras las que lo esperaba ansioso. Arturo siempre callaba.
Día tras día, consumía sus tardes esperando esa llegada. Allí en cueros, tras la cortina, continuaba con la polla erecta esperando el alivio que siempre anunciaban sus pasos calmos. Un día no llegó, ni al siguiente, ni al siguiente del siguiente, y así hasta que no llegó ninguna sombra que lo calmase.
En esa espera, el recuerdo era dolor. Julio no llegaba a entender cómo deshacerse de un corazón que vivía un presente palpitando sobre un pasado que no se repetía por mucho que lo aguardase. Él había jurado, aunque nunca lo había dicho en espera de que fuera Arturo el que abriera la ronda, amor eterno. Y desde la alameda de esa edad, la eternidad le parecía incluso poco.
El tiempo trajo el olvido y esa eternidad del para siempre, a duras penas llegó al año. No volvió a pensar en él, no volvió a seguirlo como una sombra penitente, no volvió a llamarlo… Fue todo tan sencillo, que se sorprendió que esa palabra que se considera insustituible, pudiera ser tan fácilmente olvidada. Llegó al extremo de que no volvió a desearla nunca más.
Y vivió sin echarla de menos.
Años después, vio en la prensa que había muerto el padre de Arturo. Fue la primera vez, tras muchísimo tiempo, en que ese nombre volvió a él. Como si el poder evocador del recuerdo convocara, sonó el timbre el portal. Él abrió sin preguntar, y se asombró al ver que instantes después, también llamaban a su puerta.
Ojeó por la mirilla y le costó reconocer lo que veía.
Cuando abrió, él pasó como si sólo una tarde los separase. Se sentó en el mismo sofá de siempre, ojeó el salón hasta sentar en su regazo el “Interviú” sobre el que había pasado la agitada historia. Continuó el mismo ritual, ese silencio reverencial que su deseo imponía, esas miradas dirigentes, esa menguada seguridad que ahora se veía en toda su ridiculez. Su mirada de nuevo volvió al bar, y al instante un enmudecido Julio puso la copa de whisky sobre su temblorosa mano; después, se quedó contemplándolo, viendo desde la serenidad cómo se desarrollaban aquellos recuerdos que él había vivido de un modo anhelante.
Examinó con calma el “Interviú”, volviendo a observar aquellas rotaciones que tanto lo enojaban y que ahora le resultaban grotescas. Cuando hubo terminado, emergió aquella mirada creadora que antaño dotaba de vida todo lo que deseaba. Sin embargo, en ese hoy de muchos años después, el embrujo no tuvo el resultado esperado.
Con disimulado disgusto avanzó hacia Julio y le dio ese empujón que abría sus carnes. Sin saber muy bien por qué, Julio respondió. Y el ayer retornó al hoy. Casi sin darse cuenta, la fiebre los llevó por caminos trillados en un pretérito lejano.
Arrodillado ante él, le mamó la polla. Conforme lo hacía, se preguntaba qué había visto en el único hombre al que había amado en su puta vida. No llegó a entender qué lo había atado a él con esa porfía que recordaba inmensa. Su polla no era gran cosa, las había visto y gozado en cantidades suficientes como para suspender aquella que succionaba; además, el tiempo había jugado en su contra. Aquel cuerpo que él recordaba perfecto, tanto como para desearlo para sí, estaba ahora ajado por una vida descuidada que no había podido retener tesoro alguno. Sin embargo, seguía chupa que te chupa aquella carne que ni arcadas le producía. También abrió el culo y cobraron vida aquellos gemidos instalados en sus recuerdos; pero por mucho que lo intentaba, ninguna palabra ensució aquella enculada que llegaba a su fin entre los estertores sordos de Arturo.
Cuando eyaculó, Arturo habló por primera vez. Con la minga hundida en sus carnes, y con la misma entonación que tendría una declaración de amor, le susurró al oído: “¿Sabes que mi padre murió…? Lo enterraremos hoy”. “Sí”, fue lo único que salió de la boca de Julio.
En cueros, y tras la cortina, lo vio partir con esa flema abatida hacia el entierro. Al perderlo de vista, se preguntó, con esa misma calma que tantas veces había visto desde la ventana, si se daría cuenta de que hoy ya había asistido a uno. Tras esto no volvió a pensar más en él, hacía ya tiempo que no necesitaba esperar tras la cortina para buscar y encontrar lo que deseaba.
Ellos copulan; pero evitan encontrarse. Ninguno de los dos halló lo que buscaba en ese pasado que visitaron para enterrarlo.
