Posiblemente sea aquí donde empieza mi historia, bueno, mi historia gay. Fue más o menos en este momento donde yo empecé a mirar a mis amiguitos de una manera diferente. Ni siquiera concebía lo que era el sexo, ni la sexualidad, ni mucho menos, pero no me apetecía jugar con las niñas, ni prestarles la más mínima atención fuera de lo justo y necesario.
Conocí a Guillermo en el colegio, él vivía en Madrid, y puesto que su padre trabajaba como policía nacional lo destinaron a Alicante, que es donde yo siempre he vivido. La primera vez que lo vi apenas lo recuerdo, pero desde el principio congeniamos, y como encima vivíamos muy cerca, después de clase siempre volvíamos juntos a casa.
Desde los ocho años apenas nos separamos y aunque siempre hemos tenido una pandilla de amigos bastante grande, entre Guillermo y yo había una complicidad que no existía con el resto. Con él he pasado la mayoría de los momentos importantes de mi infancia, incluso de mi adolescencia. Fue con Guillermo con quien fumé mi primer cigarrillo a escondidas en su buhardilla. Eso sí que lo recuerdo como si fuera ayer.
• Martín, quiero contarte algo pero no sé como hacerlo -. Me dijo en un tono bastante extraño.
• Suéltalo ya y no te hagas el misterioso ¡idiota! Le grité.
• Schhhhhh… ayer le robé un cigarrillo a mi padre. ¿Lo probarías conmigo?
Es cierto que siempre he sido el niño bueno de la pandilla, pero a una proposición de Guillermo yo no podía fallar.
– No sé si deberíamos, pero si tu lo haces yo también.
Guillermo sacó el cigarrillo de su mochila y con un mechero lo encendió como pudo. Empezó a toser como un descosido, y lo lanzó al suelo con cara de asco. Yo le observaba, y tras toser convulsivamente, empezó a ponerse colorado. Recogí el cigarrillo del suelo, y lo acerqué a mis labios. Absorbí, pero quizás demasiado fuerte. Un sabor horrible embriagó mi garganta. Me escocía, me daba ganas de toser, incluso arcadas, por lo que lo tire al suelo y lo pisé.
Aún me hace sonreír acordarme de ese momento, y no porque me gustara, pero no puedo sacarme de la cabeza la cara de Guillermo, tan rojo y después tan blanco, como mareado. Miraba su cara y me daban ganas de abrazarle. Pobre, el intentaba hacerse el chulo, pero yo sabía que realmente no le había gustado nada.
En un principio nunca di importancia a estos sentimientos tan cariñosos hacia Guillermo, pero poco a poco y con el paso del tiempo empecé a comprenderlos. Lo que yo jamás imaginaba es que por un momento iban a ser correspondidos.
Mi vida escolar transcurrió con toda normalidad. Siempre he sido un buen estudiante y he pasado mis cursos con cierta tranquilidad. El caso de Guillermo no era igual, ya que él no era una persona muy constante en sus estudios, y aunque yo siempre intenté ayudarle en todo lo que pude, no le sirvió de mucho.
Una mañana como otra cualquiera fui a recoger a Guillermo a su casa puesto que vivía cuatro adosados hacia la izquierda del mío. Pero me abrió la puerta su madre y me dijo que él no iría esa mañana, que estaba resfriado. Por aquel entonces yo contaba 15 años. Me dirigí solo al colegio que estaba en la misma urbanización. Y tal como había hecho mi camino, me senté, solo.
Desde los 8 años, que fue cuando el llegó a Valencia, nos sentábamos juntos, pero jamás habíamos fallado ninguno de los dos a clase. Parecerá una tontería, pero ese fue el momento en el que me di cuenta que algo fallaba. Por que, yo en un primer momento pensé que era un fallo.
Me pasé toda la mañana como abstraído, mirando hacia su pupitre e imaginándome esas crueles caricaturas que él siempre hacía de nuestros profesores. Tomé los apuntes que pude y nada más escuchar la campana del colegio me dirigí hacia su casa. Creo que jamás había tardado tan poco tiempo en volver a casa, pero mis piernas andaban solas, me apetecía tanto verle. Apenas su madre había abierto, me colé por el hueco que se formaba entre ella y la luz de la puerta. Con un escueto ¡hola! me dirigí hacia su habitación.
Nada más abrir la puerta, allí lo vi, en pijama, pálido y tendido sobre su cama. Tenía la cara algo hinchada pero yo lo veía tan guapo como siempre. Una sonrisa de oreja a oreja se dibujó en mi cara. Un leve movimiento de la suya fue la respuesta.
• ¡Anda que vaya cara tienes!. ¿Tan mal te encuentras? – le bromeé.
• Estoy jodido de verdad Martín-. Apenas he comido en todo el día.
• Ayyy… pobrecito mío exclamé.
Un silencio se hizo en la habitación. ¿mío? ¡¿Porque había dicho eso?!. Intente seguir hablando para suavizar el tema pero no se me ocurría nada. Y noté que él también estaba incomodo. Pero de repente entró su madre. Llevaba una bandeja y varias capsulas, supuse que era su medicación. Deje varios folios sobre su cama y me fui. No pude ni despedirme. No me atreví a decir ninguna palabra más.
Entre en casa y directamente subí a mi habitación. Me deshice de mi mochila y me tumbé en la cama. En toda la noche no pude sacarme de la cabeza aquel maldito “mío”. Tampoco había cometido un error tan grande, pero que un chaval de quince años le dijera eso a otro no era habitual. Al menos a nosotros había conseguido incomodarnos.
Me desperté por la mañana con el mismo pensamiento con el que me había acostado. Pero decidí no darle mas vueltas. Solo había sido un comentario fuera de lugar. Esto no iba a cambiar nada entre nosotros. Guillermo tardó varios días en volver al colegio. Pero el día que lo hizo fue tan normal como cualquier otro.
Varias semanas después salimos de clase y fuimos a mi casa a preparar un trabajo sobre pintores renacentistas que no habían mandado días antes en el colegio. Mi madre como yo le había pedido nos había preparado merienda y varias enciclopedias especializadas que había conseguido de la biblioteca municipal. Estaba copiando textos de la enciclopedia cuando Guillermo me dijo:
• ¿Martín porque dijiste eso el otro día?
• ¿A que te refieres? – mentí, haciendo como que no sabía de que hablaba.
• El otro día cuando estábamos en mi casa dijiste “pobrecito mío”. No sé porqué pero me incomodó tu frase. Imagino que te diste cuenta-
• Emmm –tartamudeé- no encontraba una respuesta.- Joder guille somos amigos hace años, no creo que fuera tan malo ¿no?.
• No si malo no es, pero a veces noto que me miras o que pones malas caras cuando hablo con Clara. No sé… empiezo a pensar cosas raras. ¿No serás maricón?
Creo que si me hubieran echado por encima un cubo de agua helada no hubiera sentido tanto frío. Se me congeló el cuerpo. Se me sonrojó la cara. Dejé caer mi bolígrafo en la mesa y salí del comedor, subí a mi habitación y me encerré con llave. Quería llorar, me sentía muy impotente. Yo solo había intentado tratar con el máximo cariño a mi mejor amigo y él me insultaba.
Enterré mi cabeza en la almohada y grité. Me sentía humillado, ultrajado. Estuve llorando toda la noche. Cuando llegó mi madre a casa y bajé de mi habitación Guillermo ya no estaba. Había recogido todos los trastos de la mesa y se había marchado. Mi madre me observó algo sorprendida, imagino que por el hinchazón de mis ojos, pero no hizo pregunta alguna.
Me levanté y no fui a casa de Guillermo a recogerle. Era la primera vez que iba solo al colegio. Entré en clase y me senté en mi sitio. Pocos minutos después entró él. Venía acompañado de Clara. Se sentó a mi lado y me saludó escuetamente. No nos dirigimos ni una sola palabra durante toda la mañana. Y cuando sonó el timbre recogí mis cosas y salí de allí. Pocos metros antes de llegar a su casa, noté su presencia a mi lado.
• Martín por favor no estés así. No lo dije con ninguna mala intención-.
Yo seguí caminando como si nada. Pero él apoyo su mano sobre mi hombro y me volteó.
• De verdad que lo siento. No quiero que estemos así. Y repentinamente me abrazó.
No entendía nada. Ayer me había insultado por haber mostrado mi cariño hacia él y hoy me abrazaba, y en mitad de la calle. Intente hacerme el ofendido, pero me fue imposible. Respondí a su abrazo y sonreí. Él también lo hizo. Estuvimos abrazados unos segundos antes de que se apartara. Me pidió que mañana pasara a por él y entró en su casa.
Volví a mi casa con una absurda sonrisa en la cara. Y a la mañana siguiente tal como me había pedido, fui a recogerlo a su casa como su no hubiera pasado nada. Desde ese día todo transcurrió con bastante normalidad. Volvíamos a hablar de todo, a hacer los trabajos del colegio juntos, como si nunca hubiera ocurrido nada.
Era época de exámenes, ya que las clases terminarían en un par de semanas, y mi madre me sorprendió con la noticia de que una de sus tías había fallecido. Por lo que viajarían a Galicia, su pueblo natal, al entierro de esta señora. Yo puse mil y una excusas relacionadas con mis exámenes para no tener que acompañar a mis padres, pero mi madre se mostró bastante reacia a la idea de dejarme solo en casa un par de días. Gracias a dios mi padre tuvo un momento de lucidez.
• ¡Por favor Marisa! que ya no es un niño. Tiene casi dieciséis años. Y serán un par de días…
Yo miraba a mi madre esperando su consentimiento. Ella se quedó callada un rato y cedió. No lo podía creer. Me iba a quedar solo dos días. Toda la casa para campar a mis anchas.
A la mañana siguiente muy temprano, mi madre entro en mi habitación, dejó varios billetes sobre mi mesilla y me dio un beso en la frente. Yo me hice el dormido y ella cogió su maleta y salió de allí. Cuando deje de oír el ruido del coche me levante y corrí por toda mi casa dando saltos de alegría.
Me sentía inundado de alegría. Me duche y me vestí más feliz que nunca. Nada era diferente, pero yo sabía que estaba solo en casa y solo eso me hacia sentirme bien. Fui a recoger a Guille y le conté toda la historia por el camino.
• Joder Martín, ¡Que envidia! – Podíamos hacer algo. ¿Por qué no invitas a la pandilla y hacemos una noche del pijama?. Me propuso. - Podíamos decírselo a Jaime, a Clara y a Rocío y dormimos todos allí.
Seguramente si no hubiera nombrado a Clara hubiera accedido, pero no soportaba a esa chica. Siempre andaba con esos aires de grandeza que la caracterizaban. Total porque era delgada y rubia. Es bien cierto que todos los chicos de clase la avasallaban pero tampoco es que fuera para tanto.
• Si tú quieres vente, pero yo no voy a montar ninguna fiesta en casa. ¡Mis padres me matan!
• Jo tío. Bueno yo si me apunto. Pero si invitaras a estos…- Dijo como si nada.
• ¡He dicho que no Guille! Exclamé.
• Ok, ok.
No sé que había sido mejor. Si montar una fiesta o quedarme a solas con Guillermo. Estaba muy nervioso. Él quizás había olvidado aquel viejo incidente, pero yo no quería volver a meter la pata como lo hice aquel día.
Tal y como habíamos quedado, alas 8 en punto se presentó en mi casa, con su mochila con el pijama, la ropa del día siguiente y varias películas para ver durante la noche. Hicimos unas pizzas para cenar y nos tumbamos en el sofá para ver la primera película. Como no, era una de esas de superhéroes americanos que siempre salvan el mundo y que de fondo ondea la bandera de los Estados Unidos.
Una vez terminada la película, yo me puse a recoger todo lo que habíamos ensuciado con la cena. Y al volver al comedor me encontré a Guille tumbado a lo largo de todo el sofá. Se había despojado de su camiseta y tenía el mando del televisor en la mano.
No pude evitar echar una mirada a su torso desnudo, pero él ni siquiera se dio cuenta. Cambiaba constantemente de canal como buscando algo.
• ¿No tienes ni un solo canal porno o que? – me preguntó
• No lo sé – mentí.
Apenas había terminado la frase. Una guapa morena apareció en la pantalla. Ella se dedicaba a hacerle una felación a un tremendo hombre de color negro. La cara de Guillermo cambió por completo. Se incorporó en el sofá. Y paso su mano por encima de su pantalón. Justo por encima de su miembro.
• Tío me muero de ganas de probar eso. ¿Tu no? – me preguntó sin mirarme.
• No sé – su pregunta me incomodó. - Ya lo probaré algún día-. Dije intentando desviar el tema.
Su postura y su pregunta me incomodaban. Y aunque hice varios viajes a la cocina para ver si el se despegaba del televisor, no fue así. Terminé de recoger y me senté en el sillón esperando que él propusiera hacer algo. Me fue inevitable echar un vistazo a su pantalón. Fue entonces cuando me di cuenta que estaba totalmente en erección.
Algo se movió dentro de mí. Sentí como un pinchazo en mi estomago y cuando quise reaccionar estaba atónito mirando el bulto que se formaba en su pantalón. El me observo y se observó a si mismo.
• Disculpa tío, pero la morena me puso caliente. Dijo riéndose.
• No, no que va tranquilo. Contesté con voz entrecortada. Guille se quedó mirándome.
• ¿Tú te masturbas verdad?
• Emm… de vez en cuando-. Volví a mentir.
• Tengo muchas ganas ahora mismo. Te importa si…
• Haz lo que quieras, hay confianza-. Dije sin dejarle terminar la frase.
No tardo ni diez segundos en desprenderse de sus pantalones y de su slip. No podía creerlo. Lo que iba a ser una noche de risas y películas, se estaba convirtiendo en el momento mas morboso que había tenido hasta el momento.
Guillermo comenzó a masturbarse sin importarle que yo estuviera a su lado, y sin apartar la mirada de la pantalla. Pues la morena había terminado con su felación, y ahora el negro la penetraba en posturas imposibles. Hacía todo lo posible por no mirar a mi amigo, pero su respiración era totalmente morbosa para mí, y varias miradas de reojo se me escaparon.
Era un chico bastante dotado para su edad, al menos a mi me lo pareció. Su pene debía medir como 2 o 3 centímetros más que el mío, incluso de grosor me ganaba por goleada. Algo que me hizo avergonzarme un poco. Su mano no dejaba de frotarse con su miembro y cada vez lo hacía con mayor velocidad. Por un momento quise que la tierra se me tragara y así no tener que contemplar esta escena.
No sabía hacia donde mirar. Pues Guillermo era un chico muy llamativo. Su cuerpo definido por la cantidad de deporte que hacia, y ese gran miembro hubieran sido el objetivo de las miradas de cualquiera. Pero yo no quería hacerlo, no quería mirar. No quería que él se volviera molestar. Pero por dios, no podía evitarlo.
Sin darme apenas cuenta mi miembro empezó a reaccionar y comenzó a aumentar de tamaño. Intenté cambiar la postura en la que me encontraba para así disimularlo. Pero disfrutaba mucho con la estampa que Guille me estaba ofreciendo.
• ¿Tú no piensas hacerte una o que? – exclamó
Fui incapaz de contestar y pesar de estar totalmente avergonzado, simplemente me limité a deshacerme de mi ropa e imitar a mi gran amigo.
La situación era de lo más variopinta. Dos adolescentes encaramados a un televisor masturbándose como si el otro no estuviera. Yo apenas prestaba atención a la televisión, pues mi mente estaba centrada en escuchar la respiración de Guillermo. Eso era lo que realmente me excitaba no aquella mujer vulgar siendo penetrada.
Antes de lo que yo hubiese imaginado Guillermo comenzó a jadear bastante fuerte. Dirigí mi mirada hacia él y noté como incluso tenia pequeñas convulsiones. El ritmo de su mano era frenético y varios segundos después estaba eyaculando. Varios chorros de semen salpicaron su abdomen, incluso uno de ellos llegó a su pecho. Él quedo rendido en mi sofá y apartó la mano de su miembro sin poder dejar de jadear. Acto seguido esta imagen provocó que yo hiciera lo mismo.
Me sentía avergonzado de haber eyaculado delante de mi amigo, pero a él parecía no importarle. Se levantó como si nada.
• ¿Martín te importa si me pego una ducha? Mira como me he puesto – dijo riéndose.
• No hay problema-. Contesté sin levantar la mirada del suelo.
Mientras Guille se refrescaba en la ducha, me aseé como pude con el papel de la cocina y me vestí de nuevo. Cambié el canal y puse el típico programa de tele venta nocturno. Pocos minutos después apareció el con una toalla enrollada en la cintura.
Guillermo se tumbó en el sofá como si nada y se encendió un cigarrillo. Yo me sentía abrumado no sabía hacia donde mirar ni que hacer. ¿Qué podía hacer un momento así?. Decidí quedarme mirando la tele y fue cuando Guille empezó a contarme su atracción por Clara.
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